«Para salvarse hay que extender las alas del sentir genuino».
Besa a su novia y la deja en el pasillo de paredes naranja. La ama por llorar, por sentir, por demostrar el mismo amor que él ostenta. Va hacia la puerta que contiene al incontenible, al ente sin significado. Cruza, en el umbral, a Susu, que mira hacia el interior del cuarto con ceño fruncido, incluso con lágrimas en sus ojos. Lágrimas, como Pares.
Lágrimas, como él.
Lágrimas, no como quien está, sin estar, en el cuarto.
Y entra. Y lo ve.
El ente no llora.
—Trunks...
El susodicho no responde. No habla, no mira. Incluso parece no respirar.
No reacciona.
Ante nada.
—Trunks, yo...
Sigue sin responder. No hay hablar ni mirar. No hay, casi, respirar.
El ente es más ente que nunca.
—Trunks...
Pero Goten no se rinde. No puede, no quiere. Exige recibir una respuesta.
Y no la recibe.
Y enloquece por no recibirla.
—¡Trunks!
Goten lo mira; mira al que, supuestamente, es Trunks, su mejor y único amigo; su mitad.
Lo mira.
Está sentado en la punta de la cama, ante la ventana. El cubrecama es rojo y negro, las paredes del primer color, el traje de Trunks del segundo.
Lo mira.
Pareciera contemplar la lluvia, cruel tempestad que se suscita al otro lado de la ventana.
Y Goten lo mira.
No, Trunks no está mirando esa ventana.
Esos ojos están vacíos.
Traga saliva, desesperado. Llora todas las lágrimas que Trunks no está liberando.
Entonces, el entendimiento, la consecuencia: ha perdido a su mejor amigo.
Lo ha perdido para siempre.
Al comprender, piensa; lo hace sin dejar de mirar al ente.
¡Jamás será igual!
Porque no hay manera de que lo sea, no así, no después de la muerte.
Así que nunca volveremos a reír juntos.
Ni saldremos a divertirnos.
Ni charlaremos acerca de la nada.
Porque su voz no volverá salir.
Porque sus ojos ya no mirarán.
No a mí.
Tampoco a alguien más.
A nadie.
Porque perdí al Trunks de mi infancia, ese Trunks que me incentivaba al descontrol y las travesuras, el de buscar las esferas del dragón para pedir montañas de dulces y un parque de diversiones propio.
Se terminó.
Trunks se terminó.
Porque no llora.
Porque no mira.
Porque no respira.
—¡Trunks!
Y no hay caso: no reacciona.
No nada.
No.
—¡TRUNKS!
—¡Goten, no!
La voz de Susu, angustiada tanto como la de él, no lo detiene. No hay manera de hacerlo. Es que Goten necesita a Trunks, al gigante de la infancia, al de la mirada que convence, al de cada maldita carcajada de sus recuerdos.
Lo necesita.
Es su amigo.
Es su hermano.
Es aquel que, en esta historia, tanto lo ha dotado de significado.
Y es que el significado es una cadena, pasa de eslabón a eslabón, depende del anterior, el siguiente depende de él, y así, y viceversa.
El significado es un torrente de sangre que pasa de eslabón a eslabón, que va y vuelve, que se nutre antes del retorno al comienzo.
La gente amada, la fundamental, es imprescindible.
Sin Trunks, Goten no se siente Goten.
Sin Goten, Trunks no se siente Trunks.
Así es cuando el cambio se suscita.
Cuando la injusticia ocurre.
Cuando las lágrimas caen de un lado y no del otro.
Así es el sentir ante la pérdida física, emocional, auditiva, sensorial del otro: soy una mitad perdida en el gris, una mitad sin destino, una mitad sin sostén.
Soy una insulsa mitad.
Sin Trunks, soy una insulsa mitad.
Porque sin él, nada parece, ahora, posible. Las ocurrencias, las locuras; nada es igual.
Por eso, lo necesito.
Por eso, quiero que él me necesite.
Así como Trunks necesita a quien acaba de morir.
—No le grites, no es la forma.
Goten, ahora sí, frena las zancadas que lo han dejado a medio metro de Trunks. Susu lo observa desde el umbral de la puerta. Goten la mira un segundo; al otro, lo mira. Sí, mira a su amigo. Trunks de nada se percata.
De nada.
Nada de nada.
Nada, nada, nada.
Nunca nada.
Nada nada.
Nada.
Goten se arrodilla en el suelo.
—Eh, Trunks...
Nada.
Goten arrastra sus rodillas por el piso, hasta llegar junto a las piernas de su amigo.
—Eh, Trunks... ¿Trunks? ¿Me escuchas?
Nada.
Nada.
Nada.
Y un suspiro.
—Trunks... —Goten sonríe por primera vez en días—. Eh, príncipe, ¿por qué tan silencioso?
Nada.
Nada.
Nada.
Y los ojos se mueven.
Y las pupilas apuntan.
Lo apuntan a él.
A Goten.
A nadie más.
—Eh... Trunks, no te tienes que quedar quieto, así, medio catatónico; tienes que gritar, llorar y golpear. ¿Quieres golpearme para descargarte? Yo no tengo problema. Sé que lo harías por mí si esto fuera al revés.
Los ojos azules, débiles, secos, parpadean. Lo hacen por varios segundos, como reflexionando los párpados, en vez del hombre, qué hacer con la oferta.
No responde, sin embargo.
—Vamos, Trunks —insiste Goten. Dulce, dulce Goten de la infancia, de siempre—. Descárgate. Golpéame.
Como cuando éramos niños y me decías que eras más fuerte que yo.
Como cuando peleábamos y tú, siempre soberbio tú, sólo usabas una mano. Como diciéndome así que eras muy, muy superior.
Hazlo, Trunks.
¡Grítame!
¡Dime cuanto sientas!
¡Dilo, te lo suplico!
La boca de Trunks se abre.
—Goten...
La sonrisa del amigo de toda la vida se manifiesta en blanco esplendor.
—Dime.
Los corazones laten. Uno vivo; otro agonizante.
—Ya no existo.
La sonrisa desaparece.
—No digas eso. Sí existes. Existes porque estás aquí.
—Pero estoy vacío, Goten.
—No lo estás.
—Siento que sí lo estoy.
—Sientes equivocadamente.
—Sin Isa, ya no sé quién soy.
—Eres Trunks.
—No sé quién es él.
—Eres tú.
—No lo siento yo.
—Descárgate y lo sentirás.
—No me sale... Ya no sé cómo hacerlo. Sin Isa, ya no me sale.
Duda en el rostro del amigo.
—¿Qué cosa?
—No sé, ya, cómo expresarme.
La sonrisa retorna, lo hace en el rostro de Goten.
—Llora.
Pena, vergüenza, en el rostro del ente.
—No me sale.
No me sale nada si no es ella quien me lo pide.
Porque él era, hasta hace unas horas, un dependiente.
Lo es.
Lo será.
Goten se levanta del suelo. Pide soledad a Susu con la mirada. Ella tarda cinco minutos en marcharse. Goten termina por no darle importancia; olvida que afuera de esas cuatro paredes existe el mundo. Porque la olvida, los olvida a todos.
Porque Trunks lo necesita.
Y nada más que su amigo importa.
Ahora, así es.
—Llora.
Lo abraza posesivamente, lo aprieta con todas sus fuerzas. Lo obliga.
—¡Llora!
—Goten...
—Llora. No tiene que darte pena, no conmigo. Soy tu amigo, estoy contigo desde siempre.
Y lo estaré.
Pero Goten no entiende, eso piensa Trunks; no entiende por qué no puedo.
No puedo porque...
Porque ella...
Ella...
Ella ya no está.
Ya no tengo en quien derramarme.
Ya no tengo quien me asfixie.
Ya no tengo quien me beba.
Y sin eso.
Y sin ella...
Ya no existo.
Sin ella, lo que siento, el que me hubiera gustado ser, está condenado para siempre.
Condenado...
Y llora, de repente.
Llora al pensarlo.
Llora al sentirlo.
Llora al descubrir que jamás volverá a estar con Isabelle.
Que jamás volverá a amarla.
Que jamás, ella, lo amará en los ojos.
Y llora.
Llora tanto que Goten llora con él.
Llora tanto que se va de sí mismo.
Que pierde el control.
Que pierde la cordura.
Que cae al suelo.
Que grita.
Que se retuerce.
Y Goten con él.
Goten, boca arriba en el piso, junto a la cama, aprieta el cuerpo de su amigo contra él. Trunks se va en llantos y gritos y temblores y todo. Goten llora junto a Trunks, debajo del Trunks que lo abraza, debajo del Trunks que abraza también. Goten gira hacia la puerta. Susu, deshecha, se despide. Los abandona, como debe ser. Los abandona y los dos, tirados en el piso, abrazados, apretados en idéntica fuerza saiyan, lloran.
Lloran.
Lloran.
—Estoy aquí, Trunks. Estoy aquí...
Mas la respuesta del ente es llorar más.
Se va.
Se despide.
Se va tras la pared.
Pared de vidrio donde la injusticia será posible, perdido el contacto para siempre.
Pared tras la cual se autodestruirá los próximos cuatro años.
Hasta el día en que la nefasta escena se repita.
Bajo la lluvia.
Bajo la muerte.
Bajo la vida.
Hasta que Goten encuentre a Trunks.
Y lo salve de la destrucción.
Y lo salve de la locura.
Con unas palabras susurradas y una sonrisa.
Con un cariño intacto que Trunks no creerá merecer.
Jamás.
Porque no lo merecerá, efectivamente.
—Estoy aquí, Trunks. Estoy aquí...
Jamás.
TRIÁNGULO
Capítulo XXIV
"Melodía"
xxx
«Es el hombre quien envenena el universo».
(D.H. Lawrence, El amante de Lady Chatterley)
Los pasos, contra el piso, eran martillos contra la más frágil madera; todo, bajo él, chirriaba. Las gentes que caminaban en torno a él, por su parte, eran espectros silenciosos, grises todos y cada uno de ellos.
—¡Hijo de puta! —gritó uno.
—¡Imbécil, mira por dónde vas! —gritó una.
—¡Eh, idiota! ¡Fíjate! —gritó uno más.
Los seres insultantes eran meros transeúntes; para la mente desconectada, sin embargo, eran monstruos. Los veía en escala de grises, con mil ojos dentro de los ojos, sangre en torno a los globos oculares. Cada choque contra alguien, quien fuera, era un grito interno; un grito pavoroso, agónico. ¡Eran monstruos! ¡Monstruos grises del mundo gris! Eran monstruos de muerte y venían por él. Lo estaban persiguiendo, por eso estaban ahí, en la calle; por eso lo cruzaban en ese minuto, ese segundo, ese sitio, ese día.
Porque el gris era una boca en medio del cielo, una boca de dientes rojos y lengua semejante a una serpiente plagada de pupilas. El veneno se esparcía por los obscenos labios del mundo. ¡El gris quería engullirlo! ¡Y él no lo iba a permitir! Por eso corría, por eso huía; ¡no quería ser devorado!
—¡NO!
¡No quería que el gris lo devorara como si de un bocado de tratara! ¡Quería algo más! ¡Quería ser, ser, ser! ¡Ser el que quería ser! Quería entregar al que era en bandeja para que, de las cenizas mismas de su locura, renaciera el que anhelaba ser. ¡Lo haría reinar su vida! ¡Así tenía que ser!
Por eso, para existir, necesitaba a quien reía desenfrenadamente, a lo lejos.
Si la mataba, podría morir y renacer.
Y amar a sus ángeles.
Y perderse en sus ángeles.
Y salvarse con las alas de sus ángeles.
Es el delirio de quien ha perdido todos los tornillos; aquel que corre pisando cada tornillo, dañándose con cada tornillo, matándose con cada picudo, asqueroso, erótico tornillo.
El delirio de quien ha perdido todo.
Todo menos lo más trascendental.
El latido del corazón.
No importaba nada, nada más que correr. Corría hacia donde la estridente risa lo llevaba, en la senda de ese laberinto demarcado por la risa; bajo la tormenta escupida por la boca gris, líquido que manchaba el pavimento negro una y otra vez, insistentemente; obsesivo el líquido justo como la risa lo era. Isabelle lo tironeaba de los cabellos, lo insultaba tanto o más que la gente que chocaba al correr enceguecido. ¡Vamos, corre! ¡Corre! ¡Corre! ¡Corre, bebé! ¡Corre, a ver si te animas a matarme!
—¡COBARDE! —Risas—. ¡Cobarde, bebé cobarde! ¡MÁTAME!
—¡CÁLLATE! —bramó él, fuera de sí, cortado para siempre el hilo que lo ataba a la gris realidad. No dejó de correr ni un segundo. Las risas continuaron, las escupidas continuaron, los ojos encerrados en ojos continuaron; él continuó—. ¡CÁLLATE!
Y jamás dejó de correr; no había manera. La risa lo atraía y la boca hambrienta lo empujaba. Isabelle lo llevaba por cada calle de la ciudad, en zigzag impreciso, símbolo de la locura. Su ropa no sólo estaba húmeda sino que estaba empapada, chorreaba el líquido por todo su cuerpo. No sabía por dónde debía ir; sabía perfectamente a dónde debía llegar.
A ella.
A lo que de ella queda.
—¡Cobarde! ¡COBARDE!
—¡CÁLLATE!
Y más insultos de las gentes grises del mundo gris, insultos escupidos por las bocas de los ojos que en uno encerraban miles.
—¡Enfermo!
—¡Mira por dónde corres, idiota!
—¡Ten cuidado, hijo de puta!
Y más choques y más furia en la capital de la modernidad, oh, banal metrópoli de rascacielos imposibles y liviandad con respecto a, respecto de, todo; y más instinto asesino, verdadero, recorriendo las venas con la pasión de los que sienten.
Cuando la desesperación nos lleva, cuando la enfermedad nos enceguece, no somos más que flechas rojas hundidas en un mar gris.
Sin color.
Nada.
Se detuvo en medio de la sala del inmenso departamento; se detuvo a asimilar la situación. Estaba solo. Trunks se había ido. Pero, ¿a dónde? Paralizado, Goten buscó poner su mente en blanco. Miró el departamento como pudo dada la poca luz que había, proveniente de la única lámpara que había prendido. Encendió más luces, buscó detalles; uno lo encontró a él. Se acercó a la mesa ratona, al cenicero donde había unas treinta colillas de cigarro. Una largaba humo; un cigarro mal apagado.
—Se acaba de ir...
Corrió hacia la cocina, volvió, fue, se metió al cuarto, al baño, a todo ambiente del departamento que le fuera accesible. Frenó ante la quinta del pasillo.
Golpeó.
—¡Trunks...!
—¿Qué hay en la última puerta?
—Cosas.
—¿Qué cosas?
—Es... como una caja fuerte. Hay cosas que debo mantener cerca de mí y bajo estricta seguridad, nada más.
—No pareciera estar en ninguna parte...
Sin más, se alejó de la puerta.
Fue al cuarto, se agachó junto a Tsuki, la acarició. El corazón se le empezó a encoger. ¿Dónde estaba Trunks? ¿Dónde? Pensó a la velocidad de la luz; nada. Nada de nada. Nada. Besó a Tsuki entre los ojos adormecidos y recorrió nuevamente el departamento. Apestaba a cigarrillo por todas partes, sin excepción. Era tremendo lo penetrante del aroma del vicio. Entonces, vio colillas en cada cenicero. Incluso las vio en el piso. Vio cajetillas vacías, las recolectó una por una. Eran seis. Esa cantidad encontró, por lo menos.
En medio de la sala, miró el ventanal. La lluvia no caía; perforaba el aire y se clavaba sanguinariamente en el piso. Era la tormenta más cruel que había presenciado. Lo era por el significado, no por la tormenta en sí.
—¿Dónde estás?
El rugir de la tormenta fue la única respuesta que recibió.
Trunks se había ido. Su ki no se sentía.
En escenas así, los que somos amigos y amamos por la amistad no hacemos más que una cosa: desesperar. Goten, naturalmente, tan natural como la tormenta que azotaba la ciudad, desesperó. ¿Dónde estaba? ¡¿A dónde se había ido?!
—Trunks...
La sola idea de imaginarlo solo, bajo la lluvia, le destrozó a pedazos el corazón.
La impotencia es una suerte de veneno que nos quita toda fuerza.
La impotencia mata al que ama.
Se concentró. ¡Tenía que sentirlo! ¡Tenía que hallarlo! ¡Tenía que haber una manera! Cerró los ojos, apretó los puños. ¡Tenía que lograrlo!
—¡¿Trunks?! —gritó el niño—. ¡Sal de tu escondite, vamos!
—¡Encuéntrame, Goten! ¡Si no me encuentras, jugar no tiene sentido!
—¡Ah, vamos! ¡Ya me cansé, no se vale si escondes tu ki! ¡Es aburrido jugar a las escondidas así!
—Concéntrate y vas a poder encontrarme. ¡No sabes sentir el ki! ¡Tienes que aprender!
—¡Sí que sé!
—¡No! ¡No sabes! Toma esto como un entrenamiento, niño.
—¡¿Niño?! —Goten se enfureció—. ¡Sólo tengo un año menos que tú, no te hagas el mayorcito!
—¡Bah! De acuerdo, te daré señales de vida. —Trunks, desde el lugar en el que se encontraba, escondido en la infinitud de las montañas Paoz, dejó latir en su interior pequeñas llamaradas de ki. Goten las percibió, pero éstas, engañosas, bailaron en torno a él. Trunks se estaba escurriendo como agua entre las manos, todo con tal de confundirlo y ganar—. ¡Ya! ¡Ahora deberías poder!
—¡Siempre te sales con la tuya! ¡No se vale! ¡No se vale!
—Tramposo... —murmuró, su cuerpo poseído por el temblor.
Cerró los ojos. Se concentró lo más que pudo, casi imposible hacerlo dados los nervios. Lo sintió. Movió la cabeza hacia la derecha, y más, y más. Dio tantas vueltas que entendió que estaba girando en círculos. La tormenta de fondo, despiadada tormenta de la desesperación; sólo podía escucharla perforar al mundo, escucharla y percibir todos los ki que existían en la Tierra. Y ese, el que le interesaba, en el medio. Y ese, moviéndose a la velocidad de la luz, tan cerca como lejos. El ki era, por lo inestable y debilitado, una aguja en un pajar.
Goten sintió enloquecer.
Tomó el móvil, lo llamó. «El número solicitado está apagado o fuera del área de cobertura». Al cortar, quiso lanzar el aparato por la ventana.
—Tramposo...
Entendiendo que no iba a hallarlo quedándose parado ahí, se marchó del departamento. Saltó por la ventana, aterrizó en el primer callejón y corrió hasta la puerta del exclusivo edificio. Vio al portero ante la puerta envuelto en un gesto preocupado. Se mostró ante él y la preocupación se multiplicó en los dos rostros.
—¿Ha visto a Trunks?
—Salió hace un momento. Minutos.
—¿Le dijo dónde iba?
—Dijo que compraría cigarros. Ya debería haber vuelto...
Más preocupación, en uno, en otro.
—¿Notó algo extraño?
—Sí. Parecía agitado, irritado..., desquiciado. Lo vi como fuera de sí; parecía otro, no el señor Brief.
—De acuerdo... Por favor, anote mi número. Si vuelve, no dude en llamarme. Lo estoy buscando.
El portero asintió, abrumado. Apuntó el número en su móvil sin dudarlo.
Más frustrado que nunca y sin nada más por hacer allí, Goten se fue. Voló bajo la lluvia sin saber nada, absolutamente nada, exceptuando un algo en especial: Trunks estaba jugando a las escondidas, y él, como cuando eran niños, no podía encontrarlo. No hasta que a Trunks se le antojara.
Nada puede antojársele a quien ha perdido todo contacto con el mundo.
Nada, cuando es sangre la que cubre los ojos.
—Mami... —dijo, y golpeó suavemente la puerta del laboratorio—. Mami, por favor...
La voz de Bra, así, se quebró.
Bulma abrió la puerta sonriente, como si hubiera salido de paraíso, contagiada aún por las oleadas de calor que sólo en el paraíso se pueden percibir. Venía de su mundo, de aquello a lo cual le ataba el más fuerte significado. Era natural la paz que expresaba ni bien salir de su sagrado laboratorio, el lugar de la creatividad más sincera que pudiera sentir.
Al ver a Bra, sin embargo, la sonrisa cayó.
—¿Qué pasa?
Bra se deshizo en lágrimas. Los dos corazones vibraron, se sincronizaron.
—Trunks, mami...
Cinco minutos, y Bra estaba en la sala, ante sus padres. Vegeta lucía serio, tan impenetrable como él solo; Bulma lucía nada, porque estaba blanca como un papel y dura como el hierro. Estaba aterrada, sólo que la dureza era la máscara perfecta.
Bra suspiró. Recordó que el tiempo es oro cuando un problema se suscita, que el protagonista del problema era su querido y único hermano, y que apresurarse era, más que nunca y para siempre, menester.
—¡Trunks desapareció...!
Relató los sucesos a la velocidad de la luz, tan rápido que se le escaparon detalles, tan rápido que Bulma tuvo que frenarla más de una vez con el fin de comprender. Vegeta, mientras, impertérrito. Fui a ver a Trunks, y entonces él, y entonces yo, y entonces dijo, y entonces dije, y entonces los dos, y entonces me echó. Cuando nada le quedó adentro a Bra, calló. Tembló notoriamente, sollozó sin poder evitarlo. Bulma la sacó de su silencio y ausencia, la trajo de vuelta a realidad al obsequiarle una caricia en la espalda.
—¿Dices que Goten fue a su departamento? —indagó, la voz tan nada como la mujer blanca y de hierro.
—Sí.
—Lo llamaré.
Lo hizo, lo llamó al móvil, y Goten la atendió tan tenso como ella se sentía, como Bra se veía, como Vegeta ocultaba estarlo, incluso.
—Voy camino a tu casa, Bulma. No estaba en su departamento. Según observé y me confirmó el portero, salió justo antes de que yo llegara.
Bulma se golpeó el pecho con un puño.
—De acuerdo. Te espero, Goten.
Al cortar, Bulma se sostuvo del respaldo del sofá. Contuvo el llanto, inevitable descarga tratándose de su hijo, suspirando una y mil veces. Tenía que aguantar. Necesitaba a su privilegiado cerebro, no a las emociones exacerbadas de su corazón. Era el cerebro el necesario. Era pensar, no sentir, lo que la ayudaría a ayudar a Trunks.
¿Pero cómo aguantar?
¿Cómo?
Era Trunks, era su hijo. Era uno de sus más grandes orgullos. Era uno de los tres seres más especiales del universo.
—Vegeta...
El aludido cerró los ojos, de pie y cruzado de brazos ante Bra. Él sabía que Bulma iba a decir su nombre tarde o temprano. Iba a decirlo justo como lo dijo, con ese tono indescifrable, sin aliento. Ahora, quedaba esperar a que ella hiciera la pregunta que él esperaba que hiciera, la obvia, la predecible:
—¿Sientes su presencia?
La pregunta esperada, hecha.
Cómo conocía a esa mujer.
—De forma intermitente. Es casi imperceptible. Parece moverse a gran velocidad —dijo con voz grave, tan serio como cortante, tan impenetrable como endurecido.
—Ok —fue la única respuesta que Bulma brindó.
¿Qué más decir, cuando las almas, dentro de nuestros cuerpos, se convulsionan al punto de volvernos locos con sus sacudidas?
¡Detente!, le gritamos al alma cuando no podemos más.
Y el alma se sacude hasta hacernos perder la razón.
Así es cuando se tiene corazón.
Vegeta se encaminó a la puerta. Era evidente lo que se disponía a hacer.
—¡Papá, antes de que te vayas! —Bra se levantó del sofá de sopetón. Aún llevaba su cartera colgando de su hombro. De ésta extrajo su móvil. Se lo extendió a su padre—. ¡Llévatelo! Llama en cuanto lo encuentres, por favor.
Vegeta no respondió, no con palabras: descruzó los brazos, guardó el móvil en su bolsillo, se puso un abrigo liviano y salió de la mansión de los Brief. Antes de marcharse, contempló de soslayo a Bulma por última vez. Nomás mirarse, los dos entendieron: él buscaría a Trunks; ella pensaría en qué hacer luego de hallarlo.
Se negaban a creer que él pudiera cometer una locura. No un hijo de los dos. No justamente él.
Pronto, las mujeres de la familia estuvieron a solas. Bra invitó a pasar a Pares y Susu, que seguían fuera, en el aero-coche. Al entrar y ver a Bulma, Susu sintió quebrar su garganta. Susu admiraba a Bulma Brief, lo hacía incluso desde antes de conocer a Trunks. Tenía una especie de amor atado al fanatismo, por ser ella tan inteligente, tan misteriosa, tan poderosa y fuerte y valiente y todo lo que una mujer le gustaba que fuera. Ella era su ídolo. Fue hacia Bulma y la tomó de los hombros. La observó. Y Bulma, la nada y el todo, devolvió la mirada.
—Dime todo lo que tengas que decirme, Susu.
—Sí, Bulma. Sí.
Goten llegó minutos después, empapado. Bra le dio ropa limpia y seca para que se cambiara, antiguas prendas de Trunks que aún estaban en su viejo cuarto. El jean le quedaba un poco largo, la camiseta perfecta. Eran casi el mismo talle.
El Trunks de antes y él.
El Trunks que, en este preciso punto, ya no existe.
Sin planearlo ni notarlo, por puro instinto, acarició la camiseta que llevaba puesta, añorando al amigo-mitad. Tramposo, tramposo, tramposo. ¡No me dejes afuera! ¡No así, Trunks!
No así, sin dejarme decidir.
No así, sin mi permiso.
No me dejes fuera, Trunks.
No me dejes fuera así como lo has hecho los últimos cuatro años.
—¿Y Vegeta, Bulma? —preguntó, la voz tomada. Al escucharlo, Pares corrió a la cocina, con el permiso de la dueña de casa, para preparar un té.
—Fue a buscarlo. Siente muy levemente su ki.
—Yo casi no lo siento. Hay pequeñas llamaradas; nada más. Es como si estuviera intentando esconderlo, o no; es como si no lo estuviera controlando, como si... no pudiera.
Bulma le sonrió apenas. La madre de su amigo, a un lado de Bra en el sofá, estaba y no estaba. Goten tembló al verla: jamás la había visto en un estado semejante. Viniendo de Bulma, era un estado imponente. Era indigno. Era conmovedor.
—Trunks no dice nada, nunca —dijo ella. De ahí en más no se detuvo—. He intentado todo; no hubo caso. Le insistí con el psicólogo, con el que venga a entrenar con Vegeta (hace tiempo que no viene), con animarlo, intentar que ría; lo que sea. Lo animé a hablarme; no quiso. Hace unos meses que se ve muy tranquilo; verlo así me animó: realmente pensaba que él estaba saliendo adelante al fin. Más lo pensé cuando algunas personas, conocidos, me preguntaron quién es la mujer con la que lo han visto. ¿Sabes algo de ella? Por lo que me han comentado es una chica joven y muy guapa, de cabello rubio. He esperado a que Trunks me lo cuente, pero no lo ha hecho. Nunca cuenta nada..., nunca.
Al final, la voz se apagó.
Goten asintió débilmente.
—Yo la conozco, Bulma. Tú también.
—¿Eh?
Tanto Bulma como Bra se asombraron.
—Sí, aunque prefiero no decirte, de momento, quién es. —Goten suspiró. Pares le trajo el té y él lo sostuvo entre sus manos. Lo bebió de a ínfimos sorbos, como sin ganas. Estaba mucho más inquieto de lo que solía—. Hace meses que está con ella. Incluso la trajo conmigo y Pares.
—Se los veía muy felices —comentó su novia, siempre a su lado, recordando el beso pausado en la sala, con la canción punk de fondo. Cuánta perfección.
—Desde ese día lo he visto poco —continuó Goten—. Él siempre está con ella, todos los fines de semana, incluso entre semana. Y es como dices: lo vi mejor, lo vi tan bien que dejé de preocuparme.
Bulma rió, claro que no con alegría, tampoco con nostalgia o deseo; rió con apatía, rió por reír, rió por no llorar.
—¿Y cómo pasó de eso a esto? —preguntó Bulma. La pregunta fue más a la vida, al mundo, a la justicia, que a Goten—. Por lo que Bra me contó, estaba alucinando con Isabelle y, para colmo, amenazó con matarla. ¡Matarla! Y está muerta, y él le dijo a Bra que la escucha reír... ¡Alucinaciones, Goten! ¡¿Desde cuándo?! ¡Hace cuánto lo estará viviendo solo, sin decirlo! No quiero ni siquiera imaginarlo...
Los ojos de Goten se abrieron todo cuanto pudieron. Como no había escuchado el relato de Bra, la impresión y la angustia lo taparon al enterarse de lo sucedido. ¿Alucinando? ¿Solo? ¿Solo, sin pedir ayuda de ningún tipo? ¡Tenía que ser una broma! ¡La broma de peor gusto que pudiera hacerse!
—No...
Nada más pudo decir.
Luego, todas las miradas, sin previo acuerdo, con la naturalidad que la tensión a veces puede permitirse, se fijaron en Susu. Ella, asumiendo el rol que debía asumir en tan difícil momento, habló:
—Pensé lo mismo que ustedes. Trunks nunca ha estado del todo bien, como saben: va y viene, es un círculo vicioso. Claro que, al venir, cada vez lo hacía con más apatía y menos vehemencia, sin caer en enormes ataques de depresión, pero...
—¿Depresión? —inquirió Bulma, seria.
—Depresión, Bulma. No es siempre, no voy a mentir, pero en estos cuatro años, Trunks ha mostrado los más variados estados: tiene épocas donde no desea ver a nadie, otras donde parece desinteresado de cuanta cosa se te ocurra, otras de llanto y tristeza, otras de melancolía. Cuando ya no puede más, desde que Isa murió hasta ahora, siempre viene a verme: hablamos, yo lo abrazo y él llora. Llora y se lamenta por ella, lleno de amor. Aún la ama. —Bulma amagó con decir algo, sus ojos azules brillosos por la emoción que las palabras le provocaban; Susu, con un gesto, le pidió proseguir—: Sin embargo, hace unos tres meses, al principio de la primavera, me dijo que ya no iba a sufrir. «Isabelle se terminó», eso fue lo que me dijo concretamente. Desde entonces lo he visto poco, casi nada. Hasta hace unos días.
»Fui a verlo a su oficina. Entendí que esa aparente mejora que él demostró y todos percibimos era una fachada. Trunks se estaba hundiendo mientras fingía estar bien, mientras incluso creía que lo estaba. Pero no: cuando hablamos en su oficina, entendí que ella, la mujer de la que Goten habla, sólo era para él una Isa más. Él la estaba usando, sin desearlo realmente pero sin evitarlo tampoco, y al estar con ella no estaba gozando de algo nuevo; estaba intentando concretar lo mismo que tenía con Isabelle.
»Trunks nunca ha dejado de buscarla, Bulma. Trunks jamás la ha olvidado, jamás lo ha superado: Trunks nunca terminó de hacer el duelo. Ese es su único y gran problema: su duelo nunca fue hecho.
»Él nunca siquiera intentó aceptar su muerte.
—Y se tragó todo, solo —razonó Bulma.
—Y fingió para que ninguno de nosotros pudiera ayudarlo —agregó Goten.
—Exactamente —sentenció Susu—. Trunks se hundió porque quería hundirse. No se dejó salvar porque no quería ser salvado. Dudo que lo quiera ahora, de hecho. Lo único que él ha querido estos cuatro años es estar con Isa de nuevo.
Una eterna última vez.
—Por eso me dijo que la necesitaba —dijo Bra.
—Sí, princesa.
Goten, de repente, se puso de pie, interrumpiendo la charla que, con trabas y susurros, se desarrollaba. Habiendo dejado la taza sobre la mesa ratona, observó a Susu con ceño fruncido. Susu recibió esa mirada con resignación. Sabía que se la merecía.
Porque ella tenía más culpas que cualquiera. Eso pensaba de sí misma.
—Lo siento. —Goten se encaminó a la puerta. Las palabras salían de su boca atropelladas—. No puedo quedarme sentado; tengo que ir a buscarlo. Ayudaré a Vegeta.
—¡Aguarda! —Bra le dio una rompe-viento vieja de Trunks que, durante la charla, había sostenido en sus manos. Sabía, conociéndolo, que Goten no se quedaría sentado por mucho tiempo—. Llévatela, para que no te enfermes.
Goten le sonrió con una dulzura que la princesita, la Bra niña que aún era en su interior, amó. Susu, al observar a Bra durante el diálogo de ésta con Goten, agradeció que Isabelle jamás hubiera matado esa pureza.
Como sí se lo había hecho a Trunks.
Luego de que Goten se marchara, Bulma, que de un segundo al otro había recobrado el color de su rostro, mas no la calma, clavó los ojos en Susu. Sonrió, y al hacerlo frunció el corazón de la artista. La mirada de Bulma Brief, la que tanto admiraba, era incluso más imponente que la de su hijo. Y la conmovía de la misma forma.
—Sabes mucho más de lo que dices —afirmó la madre, seca.
—Sé muchísimo más, sí —afirmó la que se sentía como tal, tan madre de Trunks como quien la miraba penetrantemente.
—¿Y por qué no dices más que lo que has dicho?
—Porque hay cosas que no quieres saber de él, Bulma. Hay mucho de Trunks que hasta yo preferiría no saber.
Bulma, como conteniendo la furia histérica que ese silencio le provocaba, suspiró. Miró el techo, jugueteó con sus labios cerrados, se mordió las paredes internas de sus mejillas, parpadeó repetitivamente, sin ritmo sus párpados inquietos por la incertidumbre.
—Necesito saber lo más posible —afirmó Bulma—, lo de la alucinación no es suficiente. Necesito saber más síntomas para entender qué es lo que le sucede y cómo debo ayudarlo.
Susu suspiró.
—Síntomas...
Un silencio, y Bra sollozó. La princesita pensó en decirle a su madre aquello que Susu le había explicado en el aero-coche, que Isa, su Isa, su cuñada y amiga y confidente y todo, en realidad se sentía atraída hacia ella, ¡hacia la hermana de su propio marido! Apretó los párpados. No, no podía decírselo a su madre. No ahora, no así.
—Trunks dijo, más o menos, que debía irse con Isa porque ella se lo había dicho: «sin mí no existes». Según él, ella le dijo eso.
Bulma negó con la cabeza una y otra vez. Se le partía el alma. Escuchaba la caída de cada trozo de alma contra el suelo con espeluznante claridad.
Como Trunks había escuchado cada tornillo.
—Isa, además de reírse, le daba indicaciones, entonces.
—Sí, mamá.
—¿Qué más? Susu, ayúdame. Dime algo que te suene extraño y que pueda ayudarme a entender.
—Bulma, yo...
La aludida largó una escalofriante, amarga carcajada.
—Dilo. Tarde o temprano lo sabré, así será de todas formas. Si Trunks debe hacer un tratamiento luego de esto, lo cual parece que deberá, es bueno empezar a indagar. ¡Alucina y tiene tendencias...! —Ahogó un grito. Se calmó con admirable entereza. Era una leona—. ¡No, me niego a aceptarlo!... ¡Quiere irse con ella! ¡Irse! ¡Quiere morirse! —Una pausa, una dolorosa pausa fue el preludio de todo—. Para ayudarlo, necesito saber.
Susu tragó saliva. Bajó la mirada. ¿Cómo decir algo sin traicionar a Trunks? ¿Cómo contar la parafilia, las obsesiones, las conductas obsesivas? ¿Acaso debía, tenía derecho a decirlo? ¿Cómo ocultar la historia del Trunks que era y del Trunks que quería ser?
¿Cómo contarlo, si quien estaba ante ella no era cualquiera, sino Bulma Brief en persona?
—Delira —dijo al fin, al entender que ya de nada servía callar—. Piensa que ciertas acciones podrían acercarlo a Isabelle. Está tan seguro de ello que asusta.
—Es decir, malinterpreta la realidad. La distorsiona para seguir creyendo —razonó Bulma. El alma partida seguía cayendo.
Susu asintió.
—Nunca nombra a Isa, no por su nombre —añadió Pares.
—Estaba sucio y ojeroso cuando lo vi —rememoró Bra,
—Digan más —pidió Bulma. En su cabeza hacía un punteo con cada cosa que escuchaba. Y el alma caía, caía al piso.
—También lo vi más delgado, mamá.
—Nunca acepta vernos a Goten y a mí. ¡Cuesta tanto convencerlo!
—¿Qué más?
—Trunks está frustrado —sentenció Susu—. Se odia, Bulma. ¡Se detesta! Tiene la idea de que ha fracasado en absolutamente todo.
«En desprenderse de la vida digitada por causa de su cobardía».
—Infravaloración...
Bulma se rascó la boca con las uñas. Buscó un cigarro; lo necesitaba. Cuando ya estaba encendido entre sus dedos, pidió más datos. Entre Bra y Pares rememoraron cuanto se les ocurrió: fuma demasiado, por momentos está irritable, a veces está ido, siempre se aísla. Destila frialdad, apatía total. No parece interesado en nada, no genuinamente.
—Es como si no sintiera nada, mamá. —Bra, al decir lo dicho, se recordó hablando del mismo tema con Pan.
Así lo veía: vacío.
Desde hacía demasiado tiempo.
—Es —prosiguió la joven—... es como si no estuviera ante ti.
Susu escuchó y escuchó. No abrió la boca por largos minutos, hasta que el momento llegó:
—Bulma, yo puedo darte un detalle más, pero en privado.
—De acuerdo.
Se pusieron de pie al mismo tiempo. Se miraron y, sin más, caminaron juntas. Pares, mientras, se quedó junto a Bra, a su lado en el sofá. En el pasillo que conducía a la puerta de salida de la mansión, en penumbras, Susu tomó las manos de Bulma.
—Es algo íntimo —dijo—. Puedo decir muchas cosas íntimas de él porque bebé me confía todo, me cuenta cada cosa que le pasa, hasta lo que no se cuenta. Pero no puedo decirte todo: te diré lo único que me animo a pronunciar.
Bulma no la miró más. Miró el techo, el piso, las paredes. Nunca más miró a Susu.
—Dilo.
Susu apretujó más las manos encerradas en las suyas.
—Estos cuatro años ha tenido largos periodos de no estar con ninguna mujer.
El techo, el piso, las paredes; todo dio vueltas y vueltas. Parecía una pesadilla. Y era verdadero. Estaba sucediendo.
Y Trunks, su propia sangre, era el protagonista.
—¿A qué llamas «largos periodos»?
—Años. La última vez, antes de la chica de la que Goten te habló, fue un año entero.
Todo aire se fue de los pulmones de Bulma. Lo mismo le pasó a Susu.
—A-Años...
Qué vergonzoso era hablar de ese tema tan íntimo en relación directa con su propio hijo. Qué vergonzoso, sí, escarbar hasta ese punto detrás de los ojos azules de Trunks. Ya no quería saber más; era suficiente.
—Susu, basta. No quiero saber nada más. Siento que estuve cuatro años ciega.
—Lo lamento mucho.
—Entiendo que la amaba, juro que lo entiendo. Si algo le sucediera a Vegeta, no me quiero imaginar cuánto me costaría salir adelante. Pero esto sigue pareciéndome exagerado; sigo sintiendo que hay algo que no sé, algo fundamental.
Susu tragó saliva. Había llegado el momento culmine. Venía la pregunta definitiva:
—¿Quién era Isabelle en realidad, Susu?
Había llegado, sí.
—¿Quién crees que era tú, Bulma?
Impresionada por la pregunta, la madre de Trunks dijo lo primero que le salió, casi sin pensarlo:
—Una mujer avasallante, alegre, comprometida, pasional, talentosa. Una mujer fuerte y admirable. Estaba loca por él.
Loca, sí. Literalmente.
Fuera de sí por los zafiros incrustados.
—¿Y qué relación crees que tenían ellos?
Un escalofrío recorrió la espalda de Bulma. Susu, pese a la incertidumbre, no bajó la mirada: los ojos grises de la artista se mostraban, ante su interlocutora, confiados en cada palabra que la dueña de éstos profería.
—Una relación pasional, íntima, intensa —contestó Bulma.
—Era más que «intensa» la relación.
—¿Eh?
—Era excesiva. Isa lo era.
—¿Isa...?
Bulma se refregó el rostro con una mano. Era como sacarse una venda y dejarla caer al suelo; era como despertar en medio de un dulce sueño y encontrarse en la peor de las pesadillas. La protagonista, en esta ocasión, era la fotógrafa.
La mentira de Isabelle Cort, muerta. Tan muerta como ella lo estaba.
—Esto que le pasa a bebé es más que un duelo mal hecho, Bulma; estamos hablando de un Trunks que fue dañado no por la muerte de Isa (esa fue la estocada final), sino por la relación que tenía con ella. Bebé ya se estaba viniendo en picada antes de que Isa enfermara, porque tenían una relación demencial, asfixiante, llena de obsesión, exageración y la más cruel de las dependencias. Él era dependiente de ella como un adicto es dependiente de una droga. Isa, que más que enamorada estaba obsesionada con él, lo llevó al límite. Y hasta aquí llego. No me atrevo a decirte más, salvo que:
»Es Isa la culpable de esto, de todo.
»Isa enfermó a bebé.
Un odio visceral fluyó de los poros de Bulma, un odio tan grande y tan insoportable que fue capaz de tensar cada músculo de su cuerpo. Apretó los dientes justo como Vegeta lo hacía en el diálogo íntimo de sus cuerpos; contuvo con la fuerza el deseo inexorable de apretar un cuello y matar. Apretar un cuello, sí, ese cuello. El de Isabelle Cort.
Por un instante, así como Trunks, Bulma perdió contacto con la realidad. Quiso correr hacia la tumba, abrirla, tomar los huesos de Isabelle y despedazarlos con sus manos.
¿Y qué crees que él desea hacer?
La respuesta, viniendo de la locura, siempre parece descabellada.
Y a veces puede ser la más acertada de todas.
—Ya... —Bulma, con voluntad inquebrantable, disipó la cólera y trajo de vuelta a la razón. Pensar; nada más debía hacer—. Si todo esto desembocó en este ataque de Trunks, la recuperación será difícil. No podrá solo, está mal...
»Va a necesitar ayuda profesional.
—Sí.
—Llamaré a alguien de confianza, lo haré ahora mismo... Y tú, Susu, por favor: mientras, llama a esa mujer. ¡La necesito! ¡Tengo que hablar con ella! ¡Necesito saber, intentar entender qué carajo está sucediendo! Y necesito pistas, todas las que pueda tener en mis manos. Necesito salvar a Trunks. Lo necesito...
Susu volvió a admirar a aquella mujer. La admiraba tanto que sólo deseaba abrazarla y agradecerle tanta grandeza. Mas no era momento; ahora, había que actuar.
—Lo haré.
De haber estado él ahí, las hubiera observado en silencio, tan en silencio que hubiera procurado, incluso, dejar de respirar. Es que la imagen era conmovedora, dulce.
Perfecta.
Los ángeles estaban juntos en la cama. Pan dormía sobre el pecho de Marron, quien, despierta, acariciaba el cabello negro pausadamente.
De haber estado él ahí, estaría ante las dos, de pie. Estaría conteniendo la respiración con los ojos pegados a las alas blancas nacidas en sus espaldas. Las alas que él les sentía y que, por sentirlas, existían.
Marron se aferró más a Pan, intentando alejar a Trunks de su mente; era imposible. Mucho le había costado calmar a Pan, pero lo había hecho: la muchachita, ahora, dormía como una niña en sus brazos. La abrazó más y más, la atrajo por completo a su cuerpo. Dormida, ella le devolvió el posesivo abrazo. Se meció y la meció, sintiendo una especie de instinto en su interior, un instinto abrasador. Besó la frente de Pan como una madre besa a una hija. Eso se sentía; una madre con una hija en brazos.
Cerró los ojos y se vio ínfimos meses atrás. Se vio en su cama, la de su departamento, con Trunks abrazado a ella, las manos de él apoyadas en su vientre y la boca apoyada en su nuca. Sus ojos pesaron. Hacía cuánto y hacía cuán poco la salvación parecía posible.
Hacía cuánto.
Cuán poco.
Cuán.
...
Se vio como uno de los tres seres abrazados en medio de la blancura, plumas bajo los cuerpos y una potente luz sobre las cabezas. Se vio desnuda, tan desnuda como las dos personas que tenía ante sus ojos. Vio que su cuerpo era blanco, que ella era un ángel, tan ángel como quien estaba aferrada a su cuerpo, la musa blanca que dormía sonriente. Era ella, Pan, su amiga, su espejo, su más querida compañía, asida a ella como si las dos fueran una. Las dos ostentaban hermosas alas blancas, tan blancas como ellas, como el mundo. Detrás de Pan, aferrado a las dos, lo vio. Era él, el demonio, con cuernos ensangrentados, pintura corrida por su rostro, alas negras en su espalda. Plumas, de ellas y de él, flotaban en el aire, como adornos que venían del cielo y levitaban en torno a ellos. Vio los ojos del demonio, desparramados en su rostro, desnudos, fijos ojos de zafiro, apuntándola.
—¿Por qué? —susurró ella, sin dejar de mecer a Pan. Meciéndola, meciéndola, meciéndola. Era una madre abrigando del frío del mundo, del gris, a su hija. No era ni amiga ni hermana ni nada que se le pareciera; era su madre.
Y él su padre.
—La traje para que estuviéramos completos.
—¿Completos?
El demonio le sonrió. Le sonrió y la acarició, la acarició y la besó en los labios. Las besó a las dos.
A las dos.
—Sin ti, sin ella, sin mí, la perfección no existe.
—¿Perfección?
—La perfección de un triángulo de rojo ante el gris.
...
—Triángulo...
Despertó al escucharlo, a él, a Trunks. Ahora, estaba vestida, tan vestida como Pan. Estaban abrazadas sobre la cama del cuarto de huéspedes de Susu. Esa era la realidad. ¿Pero por qué había soñado algo así? Aún no lo sabía, pero ese sueño sería el principio de un significativo capítulo de su vida, de la de los tres.
El nacimiento de una idea es la epifanía del artista.
Es ese instante donde el significado cobra forma.
Se vuelve tangible, se vuelve un ser.
Y nos obliga, el significado convertido en musa, a expresarnos.
Como este triángulo, imperfecto triángulo, me obliga.
El móvil, que vibró sobre la mesa de luz, la distrajo. Atendió.
—¿Hola...?
—Guapa, te necesito.
—¿Susu?
—Ven a la mansión de los Brief, ven cuanto antes. Es urgente.
El mal presentimiento la atravesó, rayo contra árbol, muerte contra alma. Se quedó sin aire. Tembló con tal violencia que Pan despertó.
—¿Qué sucede, Marron? —inquirió la muchachita, sin soltarla.
—¿Guapa, sigues ahí?
—Marron, háblame.
—¡Guapa, es urgente!
—¡Marron!
—¡Eh! ¡¿Sigues ahí?!
Ella, con el rayo que en su interior, que tomaba la forma de su ser, reaccionó:
—¡¿Qué le pasó a Trunks?!
Al otro lado de la línea resonó un suspiro.
—Lo siento, guapa... Bebé, hoy, nos confirmó que la cosa era peor de lo pensado. Y perdóname, pero te necesitamos. Bulma te necesita. Es Bulma quien te llama, guapa. Ven, ven. Tómate un taxi, te lo pago cuando llegues. —La voz redujo su timbre—. Vengan las dos.
Cortó. Pan la abrazó. Tiritaron juntas, sin aire.
—¿Qué le pasó?
—No lo sé.
—¡¿Qué hacemos?!
Marron luchó por respirar.
—Vamos a ver a Bulma.
Poseídas por la misma preocupación, una que sabían él no merecía pero que el amor de ambas hacia él hacía merecer, se fueron del departamento de Susu a toda velocidad.
Un guerrero es inmune a muchas cosas, incluso al rugir de la naturaleza. Lo único que hacía la tormenta era molestarlo por su aplastante insistencia. Lo irritaba sobremanera, sólo eso. Sus nervios estaban, no obstante, controlados; su carácter contenido; su convicción en lo alto. Tenía que hallar a Trunks. Pasara lo que pasase, debía hacerlo.
Trunks no era digno de un comportamiento tan reprochable como el que estaba teniendo. Era su hijo; era alguien que no podía ni debía ni tenía por qué perder la razón.
Pese a la gran concentración que era capaz de domar como el guerrero que era, Vegeta no pudo detectar apropiadamente el ki de Trunks. Se movía, lo sentía moverse a una gran velocidad, pero el ki parpadeaba como unos ojos en medio de la oscuridad, lo hacía intermitentemente, casi imperceptiblemente. Era dificultoso seguirlo; el ki estaba débil. ¿Por qué? Si Trunks estaba furioso, justo como Bra lo había descripto, entonces no tenía lógica que en la furia estuviera transmitiendo una presencia tan extraña, maltrecha, agonizante. Pensó en un porqué bajo la lluvia, haciendo caso omiso a ésta. Levitaba bajo las nubes, vislumbraba con ojos frenéticos las luces de la ciudad que titilaban bajo sus pies.
Trunks se movía y su ki estaba débil.
«Es como si estuviera cansado».
Frunció el ceño de aquella forma legendaria que sólo le pertenecía a él.
«Es como si estuviera agotado..., sin dormir».
Sin saberlo, había dado en el clavo. Faltaba muy poco para el domingo, minutos para la medianoche. Trunks no dormía desde el viernes por la mañana.
Un saiyan no se cansa fácilmente, eso lo sabía mejor que nadie. Para que un saiyan se canse, se dijo, sin entrenamientos de por medio, tiene que llevar muchas horas sin dormir. Los saiyan podían aguantar cualquier intensidad por su naturaleza guerrera, desde climas inapropiados hasta largas horas sin dormir ni comer. Sin embargo, si Trunks llevaba una considerable cantidad de horas sin hacer las últimas dos cosas, sin probar bocado y sin descansar por lo menos un poco, era probable que su cuerpo estuviera agotado. Para que un saiyan esté en el esplendor físico necesario para una batalla, comer y dormir son reglas de oro.
Sí, ese ki le decía eso: Trunks estaba al límite de su físico. Seguramente tenía, para colmo, sendas cajetillas de cigarro encima. Peor.
—Chiquillo... —masculló, enardecido.
Sin más, llevado por un nuevo parpadeo del ki, voló hacia el norte de la ciudad. Esta búsqueda no sería sencilla. Al contrario.
—Gracias por venir.
—Bulma, por favor. —Risas—. Sabes que cuentas conmigo.
Sotela era el nombre de la psicóloga que Bulma había consultado tantas veces desde la muerte de Isabelle, aquella con la que Trunks nada había querido saber. Era una mujer robusta, blanca, baja, de piel redonda y canas desprolijas envueltas en un rodete. Llevaba lentes de pasta y un traje sobrio color gris. Sotela era la hija de un viejo compañero del Dr. Brief, una de sus manos derechas en la primera fábrica de automóviles. Como tenían la misma edad, aunque ya no lo pareciera por lo avejentada que estaba la psicóloga, Bulma recordaba jugar con ella en la fábrica. Jamás había sido de las amigas, no tenía muchas fuera del círculo de los Guerreros Z; ninguna, de hecho. No conservaba amigas de ninguna parte, mas con Sotela siempre había habido respeto y cariño, complicidad y buenos recuerdos. Por eso la mantenía cerca, sobre todo desde hacía cuatro años. Cuando la recibió en la puerta de la mansión, Bulma suspiró, desganada. No hubiera querido llegar jamás a ese límite.
Siempre supo, en el fondo, que algún día la necesitaría.
Fueron hacia la cocina. Bulma quería y debía hablar en privado con ella. La conversación avanzó fríamente, con la seriedad de una madre angustiada y una profesional solícita:
—¿Trunks?
—Sí, Sotela.
—Cuéntame.
—Escucha reír a Isabelle.
—¿Sólo reír?
—Hace unas horas le dijo a Bra que Isabelle le dijo que debía irse con ella.
—Hablamos de una posible alucinación: ésta dice a quien la sufre lo que quiere escuchar. Es lo que quien padece la alucinación piensa, Bulma. Si la escucha reír y la escucha diciéndole que debe irse, es él y nadie más que él quien lo desea, quien se siente tan mal consigo mismo al punto de convertir sus propios anhelos en la voz de Isabelle. —Al ver el ceño fruncido de Bulma, Sotela tomó fuertemente su mano. Como profesional, mantuvo su cabeza fría y concentrada—. Dime más.
—Piensa que hay formas de volver a estar con ella.
—Delirios: pareciera no ver a la realidad como lo que es.
La ve como lo que siente.
—Parece que no...
—¿Qué más?
—Le dijo a Bra que la mataría. Quiero decir, que mataría a Isabelle.
—¿Cómo se lo dijo? Trae a Bra, quiero hablar con ella.
Bulma llamó a su hija. Bra estaba nerviosa, histérica. No podía ni sabía cómo dejar de estarlo habiendo presenciado a Trunks de aquella forma. Se sentó ante Sotela en la mesa de la cocina y reprodujo con detalle todo lo que ya había contado varias veces, la escena en el departamento de su hermano. Al terminar, Bra se quedó junto a su madre, congelada. Bulma agregó todo lo que Pares, Bra y Susu le dijeron. Sotela, al escucharla, creyó entender qué estaba sucediendo. Claro que, como profesional, no podía asegurarlo hasta hablar con el propio Trunks; los síntomas descriptos, sin embargo, eran casi evidentes. Por el vínculo que mantenía de la infancia con Bulma, no muy fuerte pero sí mantenido regularmente, sintió pena por lo que tuvo que decir:
—No voy a asegurar nada, no tengo manera de hacerlo, pero quizá esté en medio de un brote. Esto lo vino incubando, Bulma. Esto no es de hoy: viene de ayer, de hace semanas o meses. Si estalló ahora es porque algo lo hizo estallar.
—¿Qué pudo ser?
—Estrés. Éste puede deberse a muchísimos factores. No sé cuál sea el que afecte a Trunks, pero algo sucedido recientemente, quizá, haya desatado este brote.
—¿Algo como qué...?
Algo como entender que había usado a Pan y Marron.
Algo como entender que el triángulo había muerto.
Algo como entender que se está solo en el gris, solo y sin salvación.
Algo como entender que había perdido a Isabelle.
El timbre de la mansión resonó.
—Debe ser ella... —Bulma se levantó abruptamente y salió disparada a la puerta; no llegó. Susu y Pares ya las habían recibido. Con Bra y Sotela detrás, que la habían seguido sin dudarlo, se paralizó al ver a las dos personas que menos hubiera esperado encontrarse en la noche más fatídica de su vida.
—¿Marron? ¿Pan?
La hija y la nieta de sus dos más queridos amigos estaban pálidas, se veían cansadas. Pan traía una rompe-viento negra que le había visto muchísimas veces puesta sobre su ropa; se notaba era su favorita para días de lluvia como aquel. Traía, además, la capucha puesta. Marron traía un piloto azul que le quedaba grande, claramente no era de ella (Anita se lo había dado antes de salir). Suspiró al verlas, sin entender qué era lo que estaba sucediendo.
Bra corrió hacia Pan y la abrazó; parada junto al sofá, Pares se tapó la boca, pues fue la única, contra todo pronóstico por su naturaleza distraída, en entender qué estaba sucediendo; Susu vio la confusión en Bulma, y decidió, por el bien de todos, ir hacia la que debía en pos de armar el menor escándalo posible. Perturbaba ver a las musas igualmente afectadas; hacía dudar de lo evidente. Una vez junto a Marron, rodeó sus hombros con un brazo.
—Es ella a quien buscas, Bulma.
La reacción de ésta fue la misma de Pares: se tapó la boca. Los ojos estallaron en brillo. El rostro de Marron, ante ella, se estrujó, se tiñó de blanco algodón. Los ojos celestes se agrandaron hasta límites insospechables. Ninguna de las dos supo qué decir. Oculta en el hombro de Bra, Pan agradeció que nadie estuviera viendo su rostro, tan desfigurado por la angustia como el de la musa dorada. Tomó fuertemente a Bra, consoló sus nervios con caricias en su espalda y, sin más, jugó a la indiferente, a la desentendida. Ante Bulma, era mejor fingir que Trunks sólo tenía una línea, no un triángulo, subyugándolo.
En esta ocasión, debía dejar sola a Marron. Así se lo había pedido ella.
—Yo asumiré la situación, Pan. Si algo ha ocurrido, es mejor no armar un escándalo. No es momento; esto es algo entre nosotras y él, nadie más.
—Está bien, sé que es lo mejor, pero... ¡Marron, no quiero dejarte sola!
—Es preciso, linda. —La tomó de la mano, le sonrió. En la soledad del taxi, nomás bastaba susurrar—. Estaré bien. Tú y yo, pase lo que pase, estaremos bien.
»Te lo juro.
—Bulma, lamento mucho que... —farfulló, desencajada, Marron. Al verse frente a la madre de Trunks supo que no sería tan fácil, no como ella lo deseaba.
—Soy yo quien lo lamenta —aseguró Bulma, emocionada.
Hizo una pausa, pensó, procesó la información. Se dijo que ella, que Marron, era escalofriantemente perfecta, que el sólo imaginar que Trunks y ella estaban juntos era tan inesperado como hermoso. Y esa mirada, ¡esa mirada! Marron era transparente, un ángel.
Entendía, con mirarla, por qué Trunks la había tenido a su lado los últimos meses.
Marron era especial.
Las dos, a su manera, lo son.
—Necesito hablar contigo. —Bulma extendió su mano, sonriendo—. Ven conmigo, por favor.
Marron volteó un instante hacia Pan. No pudo mirarla a los ojos, pues el rostro de la muchachita estaba hundido en el hombro de la temblorosa Bra. Lamentó no poder mirarla, mas no se detuvo por ello.
—Está bien. Pero antes, por favor... —Volvió a voltear hacia Pan, necesitada de mirarla por lo menos una vez antes de irse—. Por favor, dime qué sucedió.
Bulma asintió.
—Trunks tuvo una especie de brote.
El alma, el cuerpo, el corazón; Marron completa se estremeció. Pan sintió lo mismo; cada sensación, idéntica.
—¿Brote? ¿Cómo que un brote?
—Alucinaciones, delirios. Isabelle le dijo que debía irse con ella. Y desde hace unas dos horas está desaparecido.
Cada palabra fue una estaca directo al corazón. Pan, en brazos de Bra, tembló en sincronización con Marron. El nexo de las dos estaba más consolidado que nunca. Las palabras se atragantaron en cada garganta y ya nada fue posible.
—Siento su ki —se escuchó de repente. Era Pan, que jamás sacó el rostro del hombro de Bra—. Lo siento débil pero lo siento, Bulma.
Lo siento en mi interior, en cada milímetro de mi piel. Siento al Trunks que me tomó con tan desgarradora fuerza hace tan sólo una noche.
Lo siento, lo percibo con todo mi ser.
Siento todo lo que él significa, sin merecerlo, para mí.
Siento el amor que siento, intacto.
«Lo siento».
La muchacha se agitó. No podía más; sentía, sobre todo, enloquecer.
—Vegeta y Goten lo están buscando.
Y Pan soltó a Bra por fin. Estaba decidida. Reguló su respiración y apretó los puños. ¡Debía hacerlo! ¡Por ella! ¡Por Marron! ¡Por ese amor que las dos sentían por él!
—Yo también voy.
—¡Pan, gracias! —exclamó Bra, pensando erróneamente que lo hacía por ella.
Y no era así.
Era por el amor que las dos le tenían a Trunks que lo hacía. Miró a Marron, Marron a ella; todo estuvo dicho. Fue hacia la rubia, le tomó fuertemente la mano, le sonrió y, como si algo se hubieran dicho en el idioma de los ojos, asintieron.
—Haré todo lo posible, lo prometo.
—Gracias, Pan.
Sin más, se fue. Un silencio, y Marron aceptó la mano de Bulma. Juntas, se retiraron de la sala. Sotela caminó detrás de las dos. En la mesa de la cocina, café de por medio, la explicación fue breve y, en parte, falsa: peleamos el viernes. Trunks tenía ideas extrañas, ideas de las que quería valerse para concretar de nuevo aquello que tenía con Isabelle; ideas que me incluían a mí. Peleamos, lloramos; fue horrible, pero necesario. Me fui y no volví a hablar con él desde entonces. Fue lamentable...
—Y pese a ser lamentable, era lo que correspondía, Bulma. —Marron, que ni un sorbo le había dado al café, bajó la cabeza. Miró el líquido negro y pensó en Pan, Trunks y ella en el departamento, abrazados en el sofá, hablando de cuanto pudieran hablar, sonriendo, felices. La perfección; el nexo que era ruta para la salvación—. Trunks no fue sincero estos cinco meses que pasamos juntos.
«Y siento que no puedo perdonarlo».
Pero podrás.
De esto, las dos podrán.
De lo otro, sólo una lo hará.
Bulma perdió el brillo característico de sus ojos. Adoraba a Marron así como a cada hijo de sus amigos de toda la vida; la adoraba como la parte de su estimado Krilin que era. Sotela, a su lado, terminó el café y dejó la taza sobre la mesa.
—Bulma, es preciso que lo encuentren pronto. Si está en un brote, como parece, puede ser capaz de cualquier cosa. Y por cualquier cosa entiende eso mismo, cualquier cosa. Lo que se te ocurra. Los brotes no deben tomarse a la ligera: pueden hacer que la persona vea, escuche y sienta las cosas más horribles. Es como vivir, percibir como real, la más terrible pesadilla.
Detrás del lavaplatos había una ventana, que estaba cerrada, aunque las cortinas estaban abiertas. Se veía la tormenta, se veía el cielo, se veía la locura de la naturaleza en su cúspide. Bulma y Marron observaron al mismo tiempo, y la culpa las azotó así como la lluvia azotaba a la ciudad.
—Lo-lo siento. —farfulló Marron, tragándose la desesperación, aquella que deslizó sus palabras en subyugado tono.
No podía soportarlo.
Se puso de pie y salió disparada de la cocina. Fue a la sala, miró a todos los que la rodeaban y no sintió nada por ninguno. No quería saber nada con nadie; sólo quería estar en su departamento, en el sofá, junto a Trunks y Pan, como antes, como siempre. ¡Quería al triángulo! ¡Quería a Trunks! ¡Lo quería sano y salvo, refugiado para siempre en los brazos de las dos!
¡De las dos!
—Guapa...
Susu estaba ante ella, Bra y Pares detrás.
—Es mi culpa...
—No, por Kami. ¡No digas eso!
—¡ES MI CULPA!
«Es culpa de las dos».
Susu la abrazó con la fuerza más abismal. En sus brazos, Marron se derramó entera. Nada de ella, salvo la vacuidad del cuerpo, quedó.
«Es culpa de los tres...».
Del triángulo que de inocente, al parecer, no tenía un pelo.
Corre, mi amor.
Corre a la destrucción.
Corre hasta mi tumba y hazme el amor.
Como antes, como siempre.
Corre hasta mi tumba y hazme el amor.
—¡CÁLLATE!
No veía, no sentía, no percibía absolutamente nada; de la realidad, nada de nada. En cambio, veía lo que sentía: la boca gris del mundo gris, los fantasmas persiguiéndolo, determinados a robarle el alma. Escala de grises y el llanto de sangre; ese era su mundo. Ido, perdido, corría, nada más. Estaba cerca, aunque no lo sabía. Era la risa la diosa de la destrucción que lo guiaba a donde se le antojaba. Porque él no podía solo; él necesitaba depender.
De ella.
Los insultos de los transeúntes que chocaba al correr se escuchaban a kilómetros, huía de ellos desesperadamente; Trunks estaba dentro de un recipiente, aislado del mundo. Corría dentro del recipiente, en círculos; moría. El cansancio lo haría colapsar en cualquier momento, así sería si no se detenía, si continuaba corriendo sin razón. ¿Pero qué más da colapsar cuando ya no se tiene salvación? ¿Qué importa colapsar cuando la angustia es subyugante al punto de la desconexión?
Nada.
La tormenta no ayudaba; el cuerpo le pesaba dada la humedad de su ropa. El vicio fumador ayudaba aún menos; estaba agitado como en su vida lo había estado. Su rostro estaba pálido, sus mejillas rojas, sus ojos rojos y azules. Sofocado y en el pico de adrenalina, no esperó a que el semáforo cambiara a su favor. Así como llevaba haciéndolo desde que había salido de su departamento, saltó hasta la otra vereda. La gente, que por la tormenta escaseaba en las calles, gritó de forma idéntica cada vez. Era un monstruo sin significado partiendo la tierra con su paso.
Era un errante.
Un caminante sin rumbo.
Y llegó.
Había dado innumerables vueltas por la Capital; había pasado por las mismas esquinas varias veces. Se detuvo por primera vez. La calle estaba desierta y las luces de la ciudad parpadeaban. Lo que tenía ante él era el cementerio donde una tumba rezaba «Isabelle Cort», nacida en el 760 y fallecida en el 795. Treinta y cinco años, fotógrafa. Ojos celestes, piel blanca, cabello rojo. Muerte causada por un violento cáncer poco común, pero posible y peligroso, en mujeres jóvenes.
Saltó el muro.
Habiendo entrado al tétrico cementerio, caminó despacio. Cada paso era tan enfermo como solemne. Empapado como lo estaba, parecía uno con la lluvia, un fragmento tan líquido de la tormenta como cada gota proveniente del cielo. Las risas, ahora, parecían gemidos. Éstos cada vez se tornaban más fuertes, desquiciados; se agigantaban junto con la tormenta, danzaban como fantasmas grises, ante él. Rayos eléctricos ocasionales iluminaron débilmente las tumbas que esquivaba con su caminar pausado, retorcido.
En un segundo, la vio: era una y eran miles; era la veintena materializada en cuerpos grises de iris rojos, de llanto rojo.
—¿Te acuerdas esa vez, en la cama?
—Sí...
...
Era un cuerpo inerte. Era un objeto. Era tu juguete. Estaba tumbado en la cama, contigo encima. Me hacías lo que querías. Gritabas.
—¡Sí...!
Gritabas y yo no hacía nada en respuesta.
Nada más que sentir.
Me prohibiste jadear, tocarte, moverme; me prohibiste todo menos sentir. Me violabas el cuerpo y yo abría más y más la boca, mis ojos cerrados y mis manos bajo mi nuca.
Tus manos se deslizaron por mi pecho.
—Bebé...
Tus ojos se clavaron en mis párpados.
—Eres...
Tus dedos apretaron mi cuello.
—Eres perfecto...
Apretaron más. Te moviste más y más.
—Eres tan perfecto que te mataría, lo juro...
...
—Quiero que hagas lo mismo. Si tanto deseas matarme, hazlo como yo lo deseo.
—¿Ahorcarte?
—Quiero que quiebres mi cuello.
—Lo haré.
Caminó con más sigilo, con parsimonia; sin alma. Era un fantasma gris inmerso en el infierno mismo; era un loco hablando con la nada; era un ente sin significado. Hoja vacía, ningún color, ningún óleo en especial; vacuidad. Los rayos iluminaban de tanto en tanto, y entre la risa jadeante y la insistencia de la lluvia nació una melodía. Trunks respiró fuerte al escucharla. Sus ojos se agrandaron, sus pupilas se dilataron, su cuerpo tembló completo. Algún día intentaría recordar esa noche, ese instante; no podría. Cuanto le sucederá en las próximas horas será el más terrible secreto de su alma por el resto de sus días, hasta el último.
—Sólo recuerdo la lluvia y la risa. No recuerdo qué hice, qué vi, qué dije, qué pensé, qué sentí. No recuerdo nada, nada salvo la risa y la lluvia; la melodía de los dos sonidos fusionados —dice ante la tumba, arrodillado, acariciando la grieta con forma de nudillos en la piedra.
Detrás de él, las dos lloran. Saben, una a su lado y la otra no, que ese recuerdo perdido debe ser el más pesado de los ladrillos para Trunks. Nada podrá curarlo, se dicen en un fuero interno que, por la sincronización, parece uno y no dos; nada lo curará. Jamás.
La salvación jamás es completa.
Hasta el último.
Cada paso resonó en el entorno como una pesada gota más; era tan lluvia como la lluvia misma, que lo tapaba entero. El recipiente en el que giraba estaba rebalsado, y él se ahogaba, y él se despedía.
—¡Bebé! ¡Llegaste!
Frenó. Un rayo le permitió leer el nombre de la tumba que se extendía delante de sus ojos. Los fantasmas danzaron alrededor de él.
—Isabelle Cort... —leyó.
Sonrió, tan tétricamente como la situación se manifestaba. La armonía posmoderna nacida de la fealdad misma de la angustia era tan imponente como los ojos eyectados de sangre lo eran. Tanta fealdad lo rodeaba que la perfección era, ni más, ni menos, un hecho. Todo era perfecto; perfectamente melancólico.
Depresión absoluta.
Belleza imperfecta en el pico de la perfección.
Incluso la oscuridad puede estar dotada de belleza.
Y la oscuridad, a veces, es la que más significado tiene.
El que sufre puede jactarse de estar vivo.
Ella rió más que nunca.
—Vamos, hazlo... ¡Mátame!
—Shh...
Se agachó sobre la lápida de piedra que cubría el suelo. Deslizó sensualmente su cuerpo en su superficie, hasta recostarse boca abajo. Tapó, así, la lápida que cubría aquel ataúd de pino opaco que, bien sabía, estaba debajo. Acostado, acarició los bordes de la lápida lenta y voluptuosamente. Era un amante-espectro.
Era un enfermo.
—Te odio...
—Y te amo por hacerlo, bebé.
—Te odio, mi amor...
Hizo de su mano derecha un empapado puño. Posó los nudillos en la piedra. Golpeó. Lo hizo con más debilidad de la posible y deseada. Entendió, sin entenderlo realmente, que estaba débil. Le llevaría tiempo atravesar la superficie para llegar al ataúd. El ente era tan ente que no era consciente ni de sus propias facultades.
—¡No podrás hacerlo! Eleva tu ki y atraviesa la piedra, ¡vamos!
—Cállate...
Risas, risas, risas. Eran las risas de la injusticia el eco de eterno repetir que resonaba en el centro de su cerebro. Isabelle se regodeaba en su triunfo, bailando veinte veces, perversa veintena, en torno a él.
—No podrás... ¡No podrás!
—¡CÁLLATE! —Golpeó la lápida una vez más—. Cállate, cállate, cállate... —Cada palabra era un sonido gutural, destrozado; cada palabra era un puñetazo—. Silencio, no te rías más.
Y ella siguió riendo.
—¡BASTA!
Y él siguió golpeando la lápida, hasta que sus nudillos sangraron, hasta que en la lápida sus nudillos se dibujaron, perpetuos.
Las risas no sólo no se detuvieron; se incrementaron. Eran risas eróticas, frenéticas, tan locas como la dueña de la voz. Cada vez eran más fuertes, así como la lluvia, así como los golpes de los nudillos.
—¡BASTA!
Risas y risas. Risas. Más risas.
—¡BASTA! ¡Déjame en paz! ¡Me estás volviendo loco! —La garganta se desgarró por el rugir de la angustia en su plenitud—. ¡Basta! ¡BASTA! —Golpeó con más fuerza que nunca la lápida, que mostró con más claridad sus nudillos. Y más, y más—. ¡Basta! ¡Basta! ¡BASTA! ¡TE ODIO! ¡ME ESTÁS MATANDO, HIJA DE PUTA!
Me estás matando, me estás sacando todas las posibilidades... ¡Me matas! ¡Ya es tarde, ya es imposible! ¡Me anulaste para siempre! ¡Y no me dejaste elegir!
—¡NO ME DEJASTE!
Me hipnotizaste, me enamoraste, me usaste, me violaste. ¡Me arruinaste la vida! ¡LA ARRUINASTE!
—¡Y jamás podré ser feliz de nuevo! ¡POR TU CULPA!
¡Porque no puedo olvidarlo, no hay forma, no hay método! ¡Es inolvidable! ¡Es inolvidable, Isa! ¡El daño que me hiciste es inolvidable!
—Y me dolerá para siempre —dice ante la tumba, delante de las dos—. Sé que mi alma tiene una quebradura y que jamás se curará.
¡Nunca podré sacarlo de mí, nunca podré superarlo! ¡Odio vivir sin vivir, existir sin existir! ¡PORQUE NO EXISTO SIN TI! ¡No existo!
—¡NO EXISTO!
Y quiero existir. Quiero tener significado por mí mismo, como ellas, como mis musas. ¡Quiero mi propio significado! ¡DÁMELO, ISA!
—¡Devuélvemelo! ¡HAZLO!
Y déjame volar hacia ellas, y deslizarme al horizonte con las dos. Déjame estar con ellas. Déjame perderme en ellas. Déjame, por favor.
Te lo suplico.
—¡SÓLO QUERÍA ESTAR CON ELLAS! ¡Sólo quería salvarme y salvarlas! ¡Sólo las quería a las dos! ¡A Marron, a Pan, a Marron, a Pan! ¡No quería nada más! ¡PERRA! ¡TE ODIO!
Enceguecido, golpeó y golpeó y golpeó. La tormenta era tan devastadora como sus lágrimas, como la sangre que fluía de sus nudillos, como la risa histérica de Isabelle, que reía detrás de él y ante y junto a él. Y la sintió abrazarlo, mil manos al mismo tiempo; la sintió tocarlo, la sintió acariciarlo impúdicamente en el punto más sensible de su ser: su alma.
Sus ojos.
Sus párpados se abrieron mortalmente. Un grito desgarrador atravesó al mundo con fatídica pasión. Si no la hubiera sentido acariciar sus ojos con la punta de los dedos, si no hubiera visto el rojo nublar su vista así como el gris apoderándose de su ser, lo hubiera hecho.
La hubiera arrancado.
La hubiera pulverizado.
Pero no lo hizo.
—¡¿Quién anda ahí?!
Una luz, de una linterna, alumbró su cuerpo. Quien estaba tras él gritó de impresión. Leyó el nombre de la tumba: Isabelle Cort. El loco vestido de negro que estaba tumbado sobre la lápida volteó su rostro: era Trunks Brief. No tuvo que ver más que sus ojos para percatarse de semejante verdad: ¡Trunks Brief estaba insultando a Isabelle Cort y estaba agrediendo demencialmente su tumba! ¡Su tumba! ¡La tumba de quien fuera su mujer! El guardia de seguridad del cementerio, ante la eyectada mirada azul del presidente de la Corporación Cápsula, retrocedió sendos pasos.
—Usted no entiende... —dijo aquel espectro, ente, aparición con los ojos de Trunks Brief adheridos al que parecía ser el rostro—. ¡Tengo que matarla! ¡DEBO HACERLO!
El hombre, al escucharlo, tembló. ¡¿Acaso estaba loco?!
«Loco...».
Inmediatamente, al entenderlo, se arrodilló. Largó el paraguas lo más lejos posible, apagó la linterna y, bajo la lluvia, intentó calmarse. ¡Era un brote! Eso tenía que ser: no había otra explicación. Trunks Brief estaba en la tumba de Isabelle Cort diciendo que debía matarla, destrozando la lápida con su puño cerrado, ensangrentado de tanto golpear sin fuerza. La lápida estaba quebrada, bajo él: o era una pesadilla de pésimo gusto o era una suerte de brote que debía detener cuanto antes.
—¿Matarla, dice? —preguntó el hombre, como si aquello fuera lo más normal del mundo.
Ante todo, debía tratarlo con inmenso respeto; con suavidad.
—Sí... —Trunks le dio la espalda, golpeó tres veces la lápida y retornó a él—. Me está matando, me está tocando, se está riendo... ¡Se ríe! ¡Tengo que matarla! ¡Ya no soporto que se ría! —Desfigurado todo menos los ojos de Trunks, sonrió. Fijó los ojos en la negrura del cielo—. ¡CÁLLATE, ISA! ¡CÁLLATE! —Y golpeó, la golpeó, de nuevo.
El guardia respiró profundo. La lluvia le nublaba la vista, tenía que limpiar sus párpados con la ropa constantemente. Bajó la cabeza, observó a Trunks como pudo.
—¿Y acaso... «matarla»... solucionará sus problemas?
—¡NO! —espetó Trunks, violentado, en respuesta—. ¡Pero por lo menos dejará de reírse! ¡Y cuando deje de escucharla, quizá, yo...! ¡Quizá pueda salvarme!
—Yo no escucho risas —dijo, intentando sonar comprensivo, el guardia—; sólo escucho la lluvia y nuestras respiraciones. ¿Está seguro de que ella ríe?
Trunks abrió tanto los ojos que el hombre, al atisbarlo, hizo retroceder su cabeza. Era tan macabra como increíble la demencia que esos ojos expresaban.
—¡Sí! ¡Se ríe! Se está riendo... —La voz se deshizo; perdió su fuerza, convicción, deseo. La voz se apagó, murió así como casi todo Trunks lo había hecho—. Se ríe...
—No, no lo hace. Creo que necesita ayuda, señor. —El hombre, de repente en confianza, solidaridad absoluta en sus facciones, sonrió—. Permítame ayudarlo. —Extendió, con suavidad, su mano—. Lo ayudaré, se lo prometo. Puede confiar en mí.
—¡NO! —Trunks volteó por completo hacia él. Se sentó sobre la tumba, apretó ambos puños y golpeó veloz y débilmente la lápida a cada lado de su cadera. El cuerpo entero estaba tenso, las venas hinchadas bajo su piel. Apretó aún más los puños—. Tengo que matarla... ¡TENGO QUE CALLARLA!... —Miró hacia atrás, apretó más los dientes—. ¡CÁLLATE!
El hombre suspiró. Tenía que pedir ayuda, pero bien sabía que en un brote no era buena idea tener cierta clase de comportamientos. Debía ganarse su confianza.
A veces, el destino es caprichoso.
A veces, nos pone la voz indicada delante.
—¿Sabe? Mi hijo solía tener brotes —le contó. No mentía; exageraba un poco, nada más—. Se los provocó la depresión y el estrés: en la escuela, lo maltrataban, lo insultaban y discriminaban. Él se tragó todo, y empezó con sus brotes. Aún los tiene, pero mi mujer y yo lo cuidamos mucho. ¿No es curioso el daño que las personas pueden hacer? ¿No es curiosa la violencia mortal de las palabras, señor? De las voces de las personas... Como la risa que usted escucha: una simple risa puede destrozarnos el alma, pero pienso que no debemos permitirlo. Debe restarle importancia a las risas que cree y no escucha, señor. No la deje ganar: su vida está primero. Matarla no solucionará nada, la venganza no soluciona nada; simplemente extiende el veneno por nuestras venas. ¿Vale la pena dejarse vencer? No lo haga, señor: tranquilícese, véame como un amigo, hable conmigo. Yo le prometo discreción, respeto y comprensión.
Trunks, que golpeaba con cada vez menos énfasis la tumba a cada lado de su cadera, lloró.
—Se ríe... —insistió en un hilo de voz.
—Vamos, confíe en mí: mi nombre es Tark. —Le extendió la mano. Trunks miró ésta con terror—. ¡Mucho gusto!
Trunks miró la mano por minutos enteros. Los dos, a tremendas alturas, estaban más que empapados. Tark no emitió sonido, continuó con la mano extendida y la sonrisa en su boca. Los nudillos detuvieron gradualmente su insistencia, hasta el punto en que se detuvieron. Los ojos de Trunks nunca dejaron de llorar, por su parte. Levantó la mano derecha y demostró, al hacerlo, cuánto tiritaba.
Ese hombre salido de la nada, por algún motivo, no era gris. ¡No! Su cabello tenía color, sus ojos tenían color, su piel tenía color. Era un ser vivo. Era un ser.
Existía.
—Mucho... gusto...
—¡Eso es! —Tark apretó la mano. Estaba parcialmente satisfecho. Que le hubiera devuelto el gesto era un enorme paso. Claro que Trunks lo soltó al instante, casi espantado por el contacto—. Su mano sangra, permítame ayudarlo. ¡No sé si tengo vendas en el botiquín, pero algo habrá! Vamos, levántese.
Trunks se demoró más minutos en hacerlo. Cada acción le demoraba una eternidad. Lo hizo, Tark se asombró al ver que debía sacarle una cabeza y media de altura, y lo imitó: también se puso de pie. Antes de caminar, el guardia dijo:
—Confíe en mí, señor. Todo estará bien. Sígame.
Trunks se quedó petrificado un minuto; luego, asintió débilmente. Tenía color, tenía color, tenía color.
Tenía el poder de salvarlo de la enorme boca que, en el cielo, ansiaba engullirlo.
Empezaron a caminar, Tark sólo un paso delante. Trunks caminaba como un niño, sosteniéndose la mano herida, tembloroso y con el rostro lleno de lágrimas. Tark se recordó caminando junto a su hijo de una forma sumamente similar y sonrió: las casualidades, a veces, son divertidas. Ahora llevaba a Trunks Brief, el hombre más rico del mundo. ¡El más rico! Era de no creer.
Era real.
—Me da mucha vergüenza... —farfulló Trunks. Su voz denotaba una mezcla de sentires tal que nombrarla como sólo una era no hacerle justicia.
—No tiene de qué. No le sucede algo que no le suceda a nadie: las personas, las malas, son capaces de generar reacciones así en quienes no tenemos su maldad. Así son los seres vacíos de este mundo injusto, señor. No le dé el gusto a esa mujer. Relájese. Hablaremos todo lo que necesite.
—Personas malas...
Isabelle Cort.
Es que ella, Trunks, no era aquella que tú amaste; ¡deseaba a tu propia hermana! ¡Te hizo dependiente a ella! Es obvio ante quién estás: Isabelle era una de esas personas que existen en el mundo, personas de ojos deformes e imposibles de mirar.
Personas vacías.
Seres putrefactos.
Por eso no puedes pintar sus ojos: porque no los conocías.
No podías mirarla porque no había nada que mirar.
Los seres putrefactos tienen grandes talentos; el máximo es el de disfrazar la mirada.
Esos ojos grandes que miraste eran ojos vacíos.
Esa Isabelle que amaste estaba vacía.
Esa Isabelle por la que te dejaste amar no te amaba.
Era una de ellos: el enemigo.
Los seres grises capaces de anularnos dentro de nuestro propio cuerpo.
Los seres grises...
Los que no tienen alma dentro de los ojos.
—Isa...
Tark lo vislumbró un momento: ese era el rostro de quien está defraudado de la peor forma. Lo detuvo, buscó el paraguas con la linterna, la apagó de nuevo para que él no se sintiera acosado por la luz y lo cubrió con el paraguas. Reanudaron la marcha. Trunks miró su mano ensangrentada.
«Personas malas...».
—Sólo quería que me amaras.
—Cállate... —susurró en respuesta. Tark, alarmado, frenó.
—Señor...
Y Tark mutó: se volvió gris, tan gris como el entorno, como la vida, como la locura que Trunks respiraba como si algo verdadero fuera. Ni siquiera el aire era de verdad; nada lo era, no si eran sus ojos quienes lo percibían.
—¿Ya te rendiste? ¡Dijiste que me matarías! ¡Que me matarías y te matarías y estaríamos juntos!... ¡Quiero estar contigo, Trunks! —Risas—. ¡Quiero estar contigo y tú quieres estar conmigo!... ¡MÁTAME, COBARDE!
—Basta...
—¡Cobarde! ¡Cobarde! ¡Cobarde! ¡Cobarde!... ¡COBARDE!
Un rayo, una tempestad y una risotada; nada más se escuchó, no desde la perspectiva del ente-demonio sin alas para salvarse. Trunks giró violentamente, vislumbró la tumba, vislumbró a Isabelle riendo sobre la lápida, seca y brillante bajo la tremenda tormenta, y estalló.
Estaba hecho.
Estaba loco.
—Está seca...
Ella rió más.
—¿Señor? —Tark, sigiloso, a una distancia cargada de respeto, lo vislumbró.
—¡ESTÁ SECA!
—¡Señor, no hay nadie! ¡No deje que el recuerdo le gane! ¡No lo permita!
—¡ESTÁ SECA! ¡SECA! ¡Se ríe!
—¡COBARDE!
—¡Se ríe! ¡SE RÍE!... ¡LA ESCUCHO!
La ficha cayó, a sus pies.
Entendió todo.
O eso cree.
Sin creer.
—¡SE RÍE Y ESTÁ SECA Y ME ESTÁ HABLANDO Y NO ESTÁ AHÍ! —miró a Tark. El hombre se paralizó—. ¡ME VOLVIÓ LOCO! La estoy viendo... ¡Y estoy loco!
Perdido, lanzado a la nada.
Quebrado.
Su ki se elevó, la luz blanca de su poder lo rodeó. Apretó los puños, sin dejar de mirar a la tumba y al fantasma que estaba sólo en su corazón: Isabelle y sus risas y todo su ser. Corrió hacia ella con la luz rodeándolo. Tark cayó al piso de la impresión.
—Es una pesadilla...
Y no lo era.
Trunks, la luz blanca el recipiente rebalsado que lo ahogaba, corrió hacia Isabelle. La golpeó. A ella nada le sucedió.
Rió y rió. Rió.
Paralizado por descubrirlo, por verla mirarlo con los ojos deformados (uno no ve lo que es; ve lo que siente), por entender que las risas resonaban en sus tímpanos y en ningún lado más, perdió todo su ki. Se apagó, y al apagarse los sintió; eran las consecuencias por el rugido momentáneo de su poder. Miró al cielo, a su derecha.
—Papá...
Miró a su izquierda.
—Goten...
Miró al frente.
—Pan... —Lloró—. ¡PAN...!
Miró a Tark. Gris, gris Tark.
—Lo siento...
Y salió corriendo a toda velocidad. Tark no llegó a levantarse. La impresión era extrema. Era insoportable.
Como la injusticia de la maldad lo es.
Tres flechas se unieron en el mismo punto. Vegeta y Goten no ocultaron su sorpresa al toparse con Pan. La muchachita, entendiendo la impresión de los dos, dijo:
—Marron y Bra están muy angustiadas. Lo mínimo que podía hacer era ayudar.
Goten se relajó. Por un instante, verla tan preocupada lo llenó de desconcierto.
A veces nos gusta, disfrutamos, estar ciegos.
A veces le damos la razón a la ceguera.
Vegeta observó sobre dónde estaban levitando.
—Aquí está la tumba de la gritona. Es este cementerio —afirmó en tono indescifrable, seco.
Goten observó también.
—Sí, aquí está enterrada Isa...
El padre y el amigo se miraron un solo instante; al siguiente, bajaron. Una luz, presumiblemente de una linterna, giraba a lo largo y ancho del cementerio. Era como si alguien estuviera buscando algo en la más inexorable oscuridad. Pan los siguió con el corazón en la mano. ¡¿Qué había sido ese desesperado chispazo de ki?! ¡¿Por qué ya no se sentía?! Como pudo, aguantó. No tardaron en aterrizar, correr e interceptar a Tark. El hombre giró hacia ellos y los enfocó con la linterna. ¿Acaso era él el que se estaba volviendo loco? ¡¿De dónde habían salido esas personas?! Enfocó, sobre todo, a Vegeta.
—Su rostro me suena... —dijo.
Vegeta se cruzó de brazos. No tenía paciencia ni tiempo para situaciones de ese tipo. No con Trunks suelto y capaz de cualquier cosa.
—Si le digo que puedo contactarlo con la familia Brief y que ésta estaría dispuesta agradecer su silencio, ¿qué tendría para responderme?
Tark bajó la linterna al piso. No, evidentemente no estaba soñando.
—Le diría que he visto a Trunks Brief hace tan sólo cinco minutos.
—¿En qué condiciones? Lo estamos buscando. —Detrás de Vegeta, tanto Goten como Pan admiraron la entereza y seriedad del padre de Trunks. Su voz estaba tan tranquila como la luna, oculta detrás de las nubes que provocaban la tormenta.
—No tiene por qué ofrecerme dinero, ante todo permítame aclararle eso.
—Después hablaremos de eso —espetó el príncipe—. Ahora, necesito que me diga en qué condiciones lo vio.
—Estaba... empapado. Era como si llevara tiempo bajo la lluvia.
—¿Qué más?
—Lo encontré sobre la tumba de Isabelle Cort. Le estaba hablando, la insultaba y recriminaba; le respondía. Le pedía que se callase. Golpeaba impetuosamente la lápida, tanto que su mano estaba herida por golpear. Sangraba.
Vegeta se tomó medio minuto para responder. Era una estatua en medio del cementerio, inmutable, inmune incluso al clima, a esa lluvia que subía y bajaba caprichosamente su intensidad. A sus espaldas, Goten se sujetó la cabeza y Pan se tapó la boca. Se atisbaron de soslayo, captaron la angustia del otro, y Goten, reaccionando más rápido, atrajo a su sobrina hacia él y la rodeó con un hombro. Hizo fuerza en el agarre, no por Pan; hizo fuerza porque él era quien necesitaba el sostén. Era demasiado, lo que acababa de escuchar era excesivo. Pan no reaccionó: permaneció quieta, agitada, fuera de sí.
No le entraba tamaña angustia en el cuerpo.
—¿Y qué sucedió?
Tark, antes de responder, tragó saliva.
—Hablé con él. Parecía en medio de un brote: efectivamente estaba hablando con Isabelle Cort. Me dijo que ella se estaba riendo de él. Como mi hijo ha padecido brotes en su juventud (no de esta magnitud), más o menos pude reaccionar: me arrodillé junto a él y le hablé con toda la calma posible. Evité mirarlo a los ojos y tocarlo. Él pareció relajarse. Lloraba sin parar. Le dije que confiara en mí, que no iba a pasar nada. Él me siguió a mi cabina, donde pensaba vendarle la mano, pero de pronto volteó. Pareció verla. Y de repente... —Los nervios lo invadieron—. Una luz blanca... lo rodeó y... Ya no entendí nada más: esa luz me dio demasiada impresión. No supe reaccionar ante eso. Me pidió disculpas y se fue corriendo. Desde entonces lo estoy buscando. No hay caso.
—¿Algo más?
—Pareció entender que ella no estaba ahí. Dijo que estaba seca pese a estar bajo la lluvia.
—Y se fue.
—Sí.
—Bien. —Vegeta, tan inmutable como al principio, se dio vuelta—. La familia Brief le agradecerá por esto cuanto antes.
—Bue-Bueno...
—En cuanto el chiquillo aparezca, le aseguro que serán muy generosos con usted. Aunque no quiera dinero, de alguna forma lo recompensarán por su información.
Y Vegeta salió corriendo. Pan y Goten se soltaron, agradecieron al guardia y corrieron tras el príncipe. Lo que habían escuchado era demasiado grave; no podían perder ni un minuto.
Fuera del cementerio, levantaron vuelo. En el aire, hablaron:
—¡¿Qué hacemos?! —indagó Goten.
—Buscarlo. —Vegeta meditó un instante—. Yo me ocuparé del norte y el este; chiquilla: tú ve al sur; niño, tú al oeste de la ciudad. Quien lo encuentre eleve su ki para avisarle a los demás.
—¿Y en caso de que no lo...?
Goten no pudo terminar de preguntar qué hacer en caso de no hallarlo; Vegeta no lo dejó continuar.
—No acepto fallos. —Y disparó hacia el norte a gran velocidad.
Goten y Pan se miraron una última vez antes de hacer lo mismo, salir disparados en las direcciones señaladas por Vegeta. Éste, alejado definitivamente del cementerio y de los híbridos, buscó un techo para sacar de su bolsillo el móvil de Bra. Lo observó un instante: rosa metálico, marca Cápsula. Era uno de los celulares más caros del mercado. Bra lo había llenado de colgantes de corazones que hacían un ruido espantoso al chocarse unos con otros. Él no era partidario de los móviles, no le gustaban y mucho menos le interesaban. No tenía tiempo ni ganas de perder minutos de vida en esos videojuegos de moda, muchísimo menos en las redes sociales. ¡Bah! Tonterías terrícolas que jamás soportaría.
Como los medios de comunicación, como los chismosos que iban y venían con sus cámaras, detrás de su mujer y sus hijos.
Como esa gritona, Isabelle Cort, que jamás le había caído bien. De hecho, no la soportaba: ella venía de los chismosos, de aquel escrupuloso y poderoso aparato social que le parecía de lo más nefasto del planeta Tierra. Nunca se había fiado de Isabelle.
Y qué tarde le había llegado la razón.
Llamó.
Bulma tardó segundo y medio en atender su móvil.
—¡Vegeta!
—Lo vieron en el cementerio.
—¡¿Cementerio?!... ¡Cómo no se me había ocurrido! ¿Lo encontraste?
—No. Su poder de pelea dio un respingo; luego se desvaneció. El guardia del cementerio lo vio. Trunks huyó antes de que el niño, la chiquilla y yo pudiéramos llegar a él. Nos dividimos para buscarlo.
—Perfecto... Y... Y...
—La debilidad de su poder indica que está cansado, Bulma. Es muy probable que esté agotado, que lleve mucho tiempo sin dormir.
—Eso dijo Bra, que se veía cansado, que estaba ojeroso.
—Quizá busque dirigirse a alguna parte: a su departamento o a otro lugar.
—Entiendo...
—Piensa en lugares a los cuales pueda dirigirse.
—Ok.
Y cortaron.
Bulma suspiró, explicó todo a quienes estaban ante ella, divididos en los confortables asientos de la sala, y se masajeó la frente, pensativa.
—¿Dónde podría estar? Vegeta dice que es muy probable que esté agotado. —Miró a Marron, hundida en un sofá individual, con los ojos hinchados, la mirada perdida—. Linda, tú fuiste de las últimas en verlo... ¿Lo viste cansado?
Marron frunció el ceño.
—Ahora que lo dices, Bulma... Trunks llevaba días durmiendo muy mal. Dormía poco. Y estaba fumando más que nunca.
Bulma no pudo evitar impresionarse un tanto: saber que Marron y Trunks habían amanecido juntos era un poco fuerte dada la situación en la que se encontraban. Era demasiado repentino.
Y quizá jamás vuelva a suceder.
—¿Se te ocurre algún lugar que no sea su departamento?
Marron no titubeó:
—Trunks tiene un departamento en el Distrito 6. Es un departamento pequeño, bastante humilde.
Bulma parpadeó repetidas veces. Cerca de ella, Pares dio un respingo.
—¡Sí! Ese departamento es de Goten y de Trunks. ¡A mí me llevaba Goten cuando empezamos a salir!
—¡¿Un departamento de ligue?! —Bulma rió. ¡Qué placer permitirse reír por lo menos un segundo en tan tensa situación!—. ¿Goten sigue teniendo la llave?
—No lo sé, Bulma —dijo Pares. Todos los presentes recuperaron la seriedad—. Quizá...
—Trunks guarda la llave en el cajón de su mesa de luz.
La frase de Marron enmudeció al grupo.
—Llamaré a Goten. —Bulma tomó su móvil e hizo lo que dijo. Luego de saludarse, de que Goten intentara explicarle lo sucedido y Bulma lo frenara por ya saberlo, por haber hablado con Vegeta, preguntó—: Goten, ¿tienes idea dónde puede ir Trunks? Marron y Pares acaban de hablarme de un departamento en el Distrito 6.
—... ¡Es verdad! ¡Voy inmediatamente!
—¿Tienes la llave?
—... ¡No! Ah... Se la di a Trunks cuando empecé a salir con Pares. Sólo tengo la del cuarto que yo usaba, no la del departamento.
—Marron dice que puede estar en el cajón de su mesa de luz.
—Genial. Voy a su departamento.
—Sí.
—Ah, Bulma, oye... —Goten se tomó medio minuto para proseguir—. ¿Hay alguna forma de que te contactes con algún profesional? Tal vez, cuando encontremos a Trunks, esté muy nervioso. Me gustaría saber cómo debo tratarlo para que no huya de nuevo.
Bulma necesitó sonreír. Cuánto amor le tenía a su hijo ese muchacho, que por más hombre que fuera ya para ella seguiría siendo el pequeño Goten.
—Ya contacté a alguien. Te pondré en altavoz.
Sotela, sentada junto a Bulma, saludó amablemente al híbrido. Goten le hizo la misma pregunta que acababa de hacerle a la madre de su amigo. Sotela, en respuesta, exclamó:
—En caso de que esto sea un brote, muchacho, lo más importante es que actúes con todo el respeto posible. Trátalo con mucho tacto, con suavidad: no lo toques, no lo mires; si estás de pie y él sentado, agáchate. Si él te dice disparates, tú asiente, nada más. Intenta, con inmensa dulzura y paciencia, sin gritos, la voz pausada, explicarle que necesita ayuda, que nada malo sucederá, que confíe en ti. Si eres su mejor amigo, sin dudas confiará en ti. Pero tenle paciencia, ante todo: respeto y paciencia es lo más importante aquí. Respeta su espacio personal, no le recrimines nada ni tampoco lo retes; no lo juzgues. Lo que él necesita es apoyo y comprensión.
—Perfecto. Muchas gracias, señora.
Una vez finalizada la comunicación, Pares sorprendió a todos los presentes al ponerse de pie:
—¡Quizá sea buena idea dividirnos! Podemos aguardar por él en distintos lugares a los cuales pudiera ir. A lo mejor, por ejemplo, se le ocurre ir con Susu o con Goten. Será mejor que vaya a mi departamento.
—Buena idea. —Bra también se puso de pie—. Yo voy al suyo.
—Y yo al mío —afirmó Susu.
—Yo me quedaré aquí —exclamó Bulma.
Marron y Bulma se miraron al mismo tiempo, repentinamente. La hija de Krilin se acercó a ella, la tomó del brazo y le habló en susurros:
—¿Por qué no hablas con Dende? —preguntó la rubia, su voz más apagada que nunca.
Bulma negó con la cabeza. Por supuesto ya había pensado en eso.
—Él no puede meterse en estos asuntos, Marron. Es como cuando Trunks habló con él por la salud de Isa: Dende no podía meterse, no con la naturaleza y sus designios.
Marron frunció más y más el ceño.
—Recuerdo que fui a hablar con Dende —contó Trunks a sus musas, las dos en sus brazos, los tres el mismo rojo ante el gris—. Él me dijo que no podía hacer nada por ella.
—Es lamentable que no haya podido —dijo Pan—. Pero tiene sentido, ¿sabes? No estamos tocados por una vara mágica: ¿cuántas personas mueren injustamente, prematuramente, sin que Dende pueda ayudarlas? Hay problemas que debemos aceptar sin pensar en nuestros poderes y contactos sobrenaturales: hay problemas que debemos aceptar como los terrícolas que somos.
—Exacto.
—Es cierto.
—Sólo nos queda seguir pensando y confiar en Vegeta y los chicos —la animó Bulma, con la misma entereza envidiable de cada diálogo suscitado—. Sé que sigues enfadada con él, pero en este preciso instante no hablamos de alguien que esté en sus cabales: cada cosa que él pudiera haber dicho o hecho queda de lado; es su vida la que está en juego.
—Lo entiendo y tienes razón —contestó la rubia seriamente—. Deseo tanto como tú que todo esté bien, te lo juro.
Bulma le sonrió. Acarició sus brazos, como intentando darle calor.
—Lo sé. Gracias por estar, linda.
—Gracias a ti.
—Eres perfecta para él —sentenció la emocionada madre—. Lo siento, pero quería decírtelo.
Marron devolvió la sonrisa, aunque la de ella estuvo manchada por la resignación.
—Lo perfecto no siempre es lo que se desea. —Suspiró—. Dudo que me busque: me quedo contigo, Bulma.
«Quizá, él prefiera a Pan a su lado. Luego de esto, puede que así sea».
No hubo manera: no pudo correr más. Mortalmente agitado, Trunks se apoyó en la pared de lo que parecía un edificio y tomó aire. No tenía idea de dónde estaba; sólo sabía que estaba oscuro y llovía a cántaros. Miro su cuerpo: estaba tan mojado que parecía salido de una piscina hacía tan sólo un segundo. Miró, ahora, delante: había algunos locales, todos cerrados. Debía ser tardísimo, plena madrugada. Habiendo recobrado un ápice de aire, caminó lenta y lúgubremente; el ente era más bien un espectro, una terrorífica aparición. La lluvia corrió por todo su cuerpo, la sintió tocarlo en cada rincón. Ya no oía nada, ni siquiera el ruido de la tormenta, ni siquiera su respiración: todo era silencio.
Hasta los sonidos se habían vuelto grises.
No más melodía.
Isabelle ya no se reía de él.
—Hija de puta...
Detuvo su espectral paso para manotear, en su bolsillo, sus cigarros: todos empapados. Los lanzó al suelo, frustrado, y volvió a revolver sus bolsillos. A una manzana, divisaba una estación de servicio. Pescó un rollo de zenies, tan mojados como él, y maldijo. No podía tener menos suerte. Le llevó diez minutos caminar esa manzana, mas lo logró. Entró al local de la estación.
—Unos Mild Seven.
El vendedor, un chico joven, delgado y pecoso, miró a Trunks un minuto entero. El hombre que tenía al frente parecía un fantasma: tenía una gorra y una capucha encima, iba de negro, y sostenía con una mano temblorosa la visera, que mantenía baja. Al verlo entrar le había parecido un ladrón por lo lamentable de su apariencia, por cuán empapado y sucio, con restos de barro —del cementerio— y pintura —de los cuadros—, iba. Al recibir los billetes, éstos estaban empapados. El sujeto le dio tanta lástima que se los aceptó. ¿Acaso era sangre lo que tenía en su mano? Al notar que el hombre fantasmal le había dado el quíntuple del dinero, que por estar tan pegados los billetes se le habían escapado, el muchacho intentó llamarlo: ya había desaparecido.
Trunks prendió un cigarro bajo el toldo de lo que parecía un local de instrumentos musicales. Se quedó allí fumando. Fumó dos al hilo, estudiando las guitarras de la vidriera. La garganta le ardía. Se tocó la frente: ¿ese calor era fiebre? ¿Era eso posible? Una abrumadora tristeza lo tapó: los había desilusionado a todos. Había perdido a Pan y Marron. Había lanzado su vida al viento, a la basura de la existencia, por una mujer que estaba muerta en un ataúd desde hacía cuatro años.
Había arruinado su vida.
—No hay camino de vuelta...
No había, ya, salvación.
Caminó cuando la tormenta menguó en intensidad. Sólo lloviznaba. Anduvo de calle a calle, sin destino ni idea, sin nada. Estaba perdido, literalmente, en el sendero de su propia vida.
—Mamá se enojará conmigo...
Caminó y caminó.
—Papá me dará una paliza...
Y caminó.
—Bra no me va a perdonar...
Y caminó, sí, caminó.
—Goten no volverá a dirigirme la palabra...
Y caminó.
—Las perdí.
Frenó. Lloró.
—Las perdí...
Se cubrió el rostro con las manos. Nunca había notado que estaba en medio de la calle, no en la vereda.
—Las perdí...
Una bocina.
—Las perdí...
Un grito.
—Las perdí...
Y lo vio: un auto se dirigía hacia él. Al verlo, se alegró.
—Adiós...
—No lo hagas, Trunks... ¡No!
Miró al cielo. Una voz que eran dos le habían gritado al unísono: eran los ángeles, sus musas blanca y dorada, en su esplendor máximo. Iguales a como lucían en su cuadro, desnudas y perfectas. Ambas le extendían una mano. Él recuperó el brillo de sus ojos. Saltó.
El auto pasó de largo. Cuando ya no estaba allí, ni ese ni otro auto, aterrizó en el asfalto. Aún en medio de la calle, miró una vez más el cielo: los ángeles ya no estaban sobre él.
No había nada.
Sólo gris.
—Hija de puta...
Y caminó.
—Me arruinaste la vida...
Y caminó.
—Me la arruinaste, Isa...
Y caminó.
—Me separaste de ellas.
Y caminó.
—Te odio...
Y caminó.
—Te odio...
Y caminó.
—Todo fue mi culpa...
Caminó tanto que terminó en una zona alejada del centro. No tenía idea de qué día era ni de qué hora transcurría; sabía sólo que era de noche. Pasó por puertas de casas, de hermosas casas de un piso o dos. Frenó ante una: una música estridente, de otra década, música dance, venía de una ventana. Iba acompañada por gritos, de aquellos que, dentro de esa casa de ladrillos a la vista, hacían una fiesta. Se sentó bajo el toldo de un humilde almacén que estaba junto a la casa. Escuchó miles, millones, de canciones. Se fumó la mitad de los cigarros. Lloró.
—Las perdí por mi culpa...
Dentro de la casa de al lado, la gente continuaba riendo. Bailaban, gritaban y se divertían. La alegría de la música acompañaba.
Paraliza al sensible escuchar lo que sucede fuera de su ser.
Paraliza al sensible escuchar una alegría que no siente.
Paraliza al sensible no poder ver al mundo sin su sensibilidad.
¡Estamos desarmados! Seres sensibles sin escudo ante la vida, ante la crueldad de esta vida y estas gentes malignas que tanto gozan y se alimentan de nuestro sufrimiento.
Esos seres sin ojos, seres a los que no se puede mirar.
Duele.
Duele al sensible encontrarse solo, rodeado de felicidad.
Duele sentir un dolor que nadie más siente.
Le duele, a él, estar solo en el mundo.
Me duele, a mí, la injusticia.
Duele, a todos puede dolernos, la incomprensión.
La malinterpretación.
La crueldad de los sin-ojos malignos.
La crueldad de los sin-derecho.
La crueldad del mundo mismo.
Harto de lo que oía, de las mismas canciones mil veces seguidas, caminó. Unas manzanas; un parque apareció ante sus ojos. No se dio cuenta, porque no había manera de entender nada de cuanto sucedía, pero ese parque era aquel en el que había encontrado a Pan hacía una noche, aquel en el cual la había besado. Era ese.
Entró, saltó a la cima de un árbol y allí se quedó, despierto. Se abrazó, se meció. Moría de frío y de miedo y de odio y de todo. La fiebre era una línea, pero allí estaba, en su cuerpo. Tan débil estaba que la tormenta y el frío habían causado leve efecto.
—Las perdí...
Casi había parado la lluvia. Casi había amanecido.
Las había perdido, a las dos.
Se aferró a las mojadas rejas con toda su fuerza, así como hacía una noche se había aferrado al cuerpo del hombre al que estaba buscando con obstinación. Cerró los ojos, se concentró. No estaba ahí.
Le había llevado dos horas encontrar la casa de tres pisos. ¡Apenas recordaba dónde estaba! Y la había hallado en las afueras, y había levitado en torno a cada ventana. Y nada.
Trunks no estaba ahí.
¿Dónde, entonces, podía estar?
Frustrada, ofendida, encolerizada, apretó las palmas contra la reja. Si no lo encontraba, iba a explotar.
—Tranquila...
Se tapó los oídos. ¡No quería recordarlo! ¡No podía! ¡No!
—¡¿Dónde mierda estás, Trunks?! —sin importarle nada, ni las gentes ni el mundo, tuerca separada de la maquinaria, golpeó la reja una y mil veces—. ¡¿DÓNDE ESTÁS, DÓNDE?! ¡¿DÓNDE?!
Se sujetó la garganta. Le ardía por los gritos. Un nudo no la dejaba respirar.
Y él, en sus recuerdos, la tranquilizaba, como cuando ella, desnuda en sus brazos, se enfrentaba a la mujer que había en su ser, llena de temor.
—Trunks...
Golpeó su frente contra la reja.
—Te necesito...
Para no explotar en mil pedazos por causa de incertidumbre.
El amor puede ser una cuerda anudada en el cuello.
Puede ser una cuerda dispuesta a matarnos.
En la juventud, así puede ser el amor.
El más inolvidable amor.
Sin más, voló lejos de la casa.
Y él estaba más cerca de lo que ninguno de los que lo estaban buscando había estado.
—Ya amanece. Quizá necesitemos ayuda. Bulma, ¿quieres que llame a mi hermano y mi padre?
—De acuerdo, Goten.
Cortaron. Bulma apagó el último cigarro que le quedaba en el cenicero de la mesa ratona. Le dolía la cabeza de tanto fumar y de tanto ingerir café. Era inevitable la inquietud constante, sin embargo: no podía quedarse callada y quieta en su asiento, ¡no había manera! ¡Ya no podía más!
Bra la llamó por enésima vez; Bulma me dijo por enésima vez que no sabían nada. Bra terminó por volver a la mansión de los Brief; ella tampoco podía más. Se sentó junto a Bulma cuando, afuera, ya había luz: el domingo se había iluminado con los rayos de la mañana.
—Duerme, mami. Yo me quedo despierta.
—No puedo.
—Yo tampoco.
Gohan y Gokuh llegaron diez minutos después, tele-transportación mediante, el hijo con ropa casual y el padre con su acostumbrado traje naranja de entrenamiento. Bulma les sonrió como pudo y les explicó la situación con la mayor de las penas. Ellos se fueron inmediatamente después a ayudar con la búsqueda.
—Quizá esté durmiendo en alguna parte, quizá se quedó dormido y nada malo sucedió, pero... —dijo Bulma prendiendo un cigarro que Bra le ofreció. La joven también prendió uno—. No me puedo quedar tranquila.
Marron, pronto, dejó de oírla. Se disculpó con ambas (Sotela, a pedido de Bulma, se había retirado) y fue al baño. Allí, llamó a Pan. La muchachita contestó inmediatamente.
—Nada.
—¿Nada?
—Nada...
Se quebraron al mismo tiempo. Se dieron un minuto para dejar correr la angustia contenida. Un poco más relajadas, continuaron:
—Ya no sabemos dónde buscar —farfulló Pan—. Busqué incluso en donde... él y yo...
Marron se impresionó.
—¿No fue en su departamento?
—No. Fue en otra parte.
Marron entendió que había sido en el Distrito 6. No quiso preguntar más.
Error: si se lo dijeran ahora, lo encontrarían antes.
A veces, por la angustia, no queremos saber de más sobre absolutamente nada.
—Entiendo... —se limitó a decir.
Las horas, entonces, corrieron despacio, tan lentas y vagas como siempre corren cuando es la angustia la protagonista. Marron se dijo que eso era injusto, que la vida transcurría rápido cuando la felicidad estaba presente; lo hacía lento cuando el sentimiento era la tristeza. ¡Y no debería ser así! ¡Debería ser al revés! Miró el reloj.
¡Que pasen todas las horas que deban pasar, ahora!
¡YA!
Afuera volvió a llover.
Goten y Pan volvieron a descansar, más obligados por Gohan que por quererlo realmente. No duraron mucho: una hora de dormitar en el sofá y salieron juntos. Goten continuaba ciertamente sorprendido con la actitud inquebrantable, entera y convencida de Pan. Se puso en el lugar de ella y entendió que su comportamiento era natural: si Bra desapareciera y Trunks estuviera muerto de angustia, yo no descansaría hasta que ella apareciera. Claramente, Pan lo hacía por Bra.
Y no.
Pares volvió, Susu también. Sotela se mantuvo comunicada telefónicamente. No quería interferir en el ánimo de la familia. Más pasaban las horas y más tortuosa se volvía la espera, la situación. Las posibilidades. Lo sabía y lamentaba por Bulma.
La posibilidad de encontrarlo a tiempo se estaba agotando. Iban al ritmo del reloj del mundo; de la crueldad de la existencia.
¿Cuánto tiempo estuvo sin estar? ¿Cuánto tiempo se meció? ¿Cuánto tiempo?
¿Quién era? ¿Qué significaba?
¿Qué?
Se lanzó de la cima del árbol. Había vuelto a lloviznar. Agitado nuevamente, las mejillas rojas por el hilo de fiebre, caminó. Era domingo al mediodía, un nublado domingo gris. Caminó sin prestar atención, como la noche anterior, ensimismado en la nada misma, un ente espectral en búsqueda de su perdición.
Isabelle, por su parte, continuaba en silencio.
Por ahora.
Caminó sin ver ni sentir; caminó, el alma maltrecha llevada por el cuerpo, quebrada para siempre. Caminó hasta reconocer el camino, hasta verse en un lugar familiar; no le ocurría desde el cementerio.
Revisó su bolsillo.
Sacó la llave.
La miró, posada la llave en su mano.
Ahí había quedado, desde la noche anterior, la llave de la antigua casa de tres pisos, el mundo de lo que él e Isabelle eran: el mundo de los dos.
Fumó el último cigarro bajo la molesta llovizna, oculto de ésta bajo el balcón de una casa.
Ahora, la llave era lo único que le quedaba.
Caminó, entonces; caminó errante el ente-espectro de alma maltrecha. Caminó a pasos lentos, perezosos, débiles, pesados. Caminó el hombre empapado por la lluvia, por la lluvia y la angustia. Sin saber que le llevó más de una hora atravesar ínfimas manzanas, se vio frente a la casa, a sus rejas de dibujos llamativos. Abrió la reja y la cerró, algo que no hizo con la puerta principal, que dejó posada en el marco. No lo hizo a propósito. Lo hizo porque no tenía fuerza de nada.
Entró. Subió por la escalera caracol hasta ese piso, el del cuarto rojo. Abrió la puerta escribiendo mecánicamente el código de seguridad. Cerró la puerta al ingresar. Prendió la luz roja: mil ojos, los suyos, los de antes, los que aún tenían vida, lo miraron.
—Hija de puta...
Se sintió tan observado que la furia, que le nació en la raíz misma del alma, de la vida, lo subyugó.
—Me arruinaste la vida...
Y la locura volvió a plasmarse ante él con la fatalidad de un trazo.
Y ella lo abrazó por detrás. Habiendo posado su boca en la oreja del ente, dijo:
—Cobarde...
Todo Trunks se estremeció.
—Bebé cobarde...
—Cállate.
—No. Porque eres un cobarde...
—Cállate.
—Cobarde, bebé cobarde...
—¡CÁLLATE!
Lo que siguió fue obvio, predecible: destruyó cada fotografía pegada en la pared. Así como había destruido su propio santuario del recuerdo, aquel cuarto reinado por la veintena, templo de adoración solitaria a Isabelle; ahora destruyó el templo que ella, siempre ella, loca, enferma, le había levantado a él.
A los ojos de él.
—¡CON MI HERMANA, HIJA DE PUTA!
Arrancó una foto. Arrancó cien. Arrancó mil.
—¡NUNCA FUISTE SINCERA!
Y otras mil. Y otras; una.
—¡ME USASTE! ¡ME MENTISTE! ¡ME ARRUINASTE!
Una más. Otra más. Otra.
—¡DEVUÉLVEME MI ALMA, ISABELLE! ¡DEVUÉLVEMELA, HIJA DE PUTA!
Y más.
—Te lo suplico...
Y más.
—Por favor...
Y más.
—Te necesito...
Así, rompió todas las fotos, y los muebles, y todo. Abrió la puerta tras él, miró su cuerpo y vio ojos por toda su ropa. Sus propios ojos, que ya no le pertenecían. Se sacudió violentamente, bramando insultos al aire, a Isabelle, al mundo. Pegó un alarido, cerró rápidamente la puerta del cuarto rojo, y corrió escaleras abajo. Llegó al cuarto de la noche anterior, con Pan; se encerró. Abrió la cama con movimientos frenéticos, desordenados, exacerbados. Miró los ángeles en la repisa: sonreían, lloraban sangre. ¡Lloraban y reían los ángeles de la repisa! Y todos comenzaron, entonces, a entonar una melodía, acompañada por la lluvia proveniente del exterior, acompañada también por la risotada de Isabelle.
Trunks pegó otro alarido.
Se quitó la gorra, la lanzó hacia los ángeles, que no sufrieron daño alguno. La gorra cayó, sin pena ni gloria, al suelo. Las alas de los ángeles se extendieron. Rieron al son de la lluvia, de Isabelle; rieron los ángeles. Rieron Pan y Marron, tras él. Rió la masa gris con labios hambrientos y lengua puntiaguda tapada por pupilas que se desprendió del techo y se lanzó a por él. ¡Todos reían! ¡Y la melodía era tan hermosa como horrenda, tan resplandeciente como lúgubre, tan perfecta como imperfecta! ¡Era el canto de la locura, orgásmico canto de quien ha perdido todas sus oportunidades!
—¡BASTA!
¡Adiós, realidad! ¡Adiós!
¿Qué es un artista sin realidad?
Un condenado.
¿Qué es un sensible rebalsado de sentimientos sin forma?
Un cadáver.
Se arrojó en la cama, se cubrió con la colcha roja y negra, con los almohadones, almohadas; se cubrió los oídos con todas sus fuerzas. Gritó, se sacudió al ritmo de su atrofiada alma. Basta, basta, basta, basta, basta, basta.
Y la melodía lo hizo explotar.
—¡BASTA!
Y la lengua se desprendió de la boca.
—¡BASTA!
Y la lengua le hizo el amor a sus ojos, pupilas contra pupilas.
—¡BASTA!
Y la boca lo engulló.
Adiós, mis ángeles. Adiós.
Lo demás no fue, porque no existió: el cuerpo tiritó y el alma bramó hasta quedarse sin aire, sin fuerzas. La voz se volvió un hilo gris. Su ki, bajo cero, no se sintió más.
Y los ojos, sin su droga, es decir sin los labios de Isabelle Cort, se durmieron.
Adiós, mundo.
Adiós.
De noche, de nuevo. Faltaban tres horas para el principio del lunes. Marron se alejó de los presentes, que habían aumentado al llegar Videl y Chichi para contener a Bulma, y se sentó junto a una de las tantas ventanas que bordeaban la mansión. Miró la lluvia, las luces tenues que parpadeaban en las calles. Miró las ventanas iluminadas por electricidad, por risas, por vida.
Se llevó una mano al pecho.
Cantó.
Qué triste, qué vacía sonaba su voz sin él. Sin él, sin su demonio. Parecía ayer, lo hacía en sus recuerdos, aquella madrugada desnuda, cuando lo encontró fumando ante la ventana de su departamento. Parecía ayer, sí, aquel sexo ejecutado en el sofá, aquellos gemidos sincronizados. Los cantos de los dos, fusionados.
—Eh...
Marron volteó abruptamente. Se sonrojó, se calló. Al ver a Pan, sonrió.
—Cantabas, Marron.
—Cantaba, sí.
—¿Qué cantabas?
—La canción favorita de Trunks. Que casualmente es la mía también.
—La favorita de los dos...
—Sí.
—Canta. Quiero escucharte.
—No canto bien, lo siento.
—Canta. Eso nos calmará a las dos.
Una al lado de la otra, se tomaron de la mano. Observaron, juntas, la lluvia. Marron cantó.
—La conozco, es muy vieja...
—Sí, lo es.
—Pero es muy bonita...
Las dos lloraron.
—Sí.
—Quiero que vuelva, Marron.
—Yo también quiero.
—Quiero abrazarlo. Abrazarlos a los dos.
—Quiero lo mismo.
—Protegerlo.
—Cuidarlo.
—Amarlo.
—Amarlo, Pan.
—Amarlo...
—Una eterna última vez.
Un silencio. La lluvia y sus corazones; melodía implorante.
Sin ellas y sin él, la perfección no existía.
No existe. No existirá.
—Lo buscamos en cada maldito rincón. Mi padre, mi tío y yo acabamos de volver —dijo Pan.
—¿Y tu abuelo?
—Fue a ver a Uranai Baba.
—¿La hermana del abuelo Roshi? ¿La adivina?
—Sí. Lástima que no se nos ocurrió antes...
—¿Y Vegeta?
—Sigue buscándolo. Ahora estaba inspeccionando en las afueras.
—¿Y el ki de Trunks?
—No se siente...
Silencio.
Dos suspiros al unísono.
—Pan, yo...
Marron no tuvo manera de proseguir: Gokuh apareció en medio de la sala con dos dedos en su frente. No traía una sonrisa consigo. Bulma, derrotada en el sofá, con Chichi y Videl a cada lado de ella, buscó los ojos de su mejor amigo.
—Uranai Baba está en el otro mundo. Intenté ubicarla pero fue imposible. —Tanto Gokuh como Bulma fruncieron el ceño.
—Ya no puedo más, Gokuh. Sé que no debemos, pero... ¡No lo soporto más! ¡Vamos a ver a Dende! —Se puso de pie y se aferró a la ropa de su amigo de siempre—. ¡Vamos, anda! ¡Por favor! ¡Tal vez no pueda verlo, no pueda precisar dónde está, pero...! ¡Quizá nos dé una pista! ¡Una pista, nada más! ¡Una pista!
—Si algo hubiera sucedido él nos hubiera contactado. No sé si...
—¡Vamos! ¡Vamos!
—Pan, pensemos.
Marron distrajo a la muchachita, que escuchaba a su abuelo atentamente.
—¿Pensar?
Marron tomó la mano de Pan y la alejó de la sala. Terminaron en uno de los mil pasillos de la mansión, en penumbras.
—Piensa en estos tres meses —pidió Marron—. ¡Pensemos en algo especial que él pudiera haber dicho! ¡En un lugar, en un sitio que tuviera gran significado para él! ¡Tiene que haber algún lugar! ¡Tiene que haberlo!
Se miraron intensamente. Pensaron: lugares especiales para Trunks.
—El risco cerca de Paoz.
—Aquella playa a la que iba volando con Isa, donde ella le tomaba fotos...
—Fotos...
—Fotos...
—¡La casa en las afueras! —dijeron al mismo tiempo.
—... Momento, no.
—¿Qué pasa, Pan?
El rostro de la muchachita se contrajo. ¿Acaso...?
—¿Has visto esa casa alguna vez? —La voz le tembló como nunca.
—No. Sólo recuerdo que Trunks dijo que tenía tres pisos y unas...
—... Escaleras caracol. —Pan abrió desquiciadamente los ojos—. ¡Ahí fue...!
—¿Qué cosa?
—Lo nuestro.
Se paralizaron.
—¡Fue ahí! ¡Oh, no! ¡No puedo creerlo! ¡Fue ahí! —Pan tuvo que taparse la boca para no pegar el alarido de su vida.
El asco y el amor y el odio le dieron sendas vueltas por la cabeza.
Le había hecho el amor en la misma cama donde Isabelle se lo hacía a él. En la misma.
—No es posible...
—Aguarda, aguarda... —Marron intentó, en vano, contener el timbre de su voz. Al ver que no podía contener más el grito, tomó nuevamente la mano de Pan y la hizo correr junto a ella hasta el final mismo del pasillo—. Pan, ¿acaso Trunks sigue teniendo esa casa? ¡Nadie aquí la ha nombrado! ¡Esto es nuevo!
Ella, sin poder digerir tanto al mismo tiempo, se sujetó la cabeza. La apretó. Era demasiado.
—¡Es que no sé si es la misma! ¡Pero ya fui ahí, fui tres veces por la mañana! ¡Y no había nada! ¡Todo estaba cerrado y apagado y su ki no se percibía ni nada! ¡Si él está bien, durmiendo en alguna parte, su ki, estando cerca de él, debería percibirse muy levemente! ¡Pero allí estaría!
—¡Pero nadie aquí la ha nombrado! ¡¿Y si él...?! ¡¿Y si está ahí, Pan?!
—No estaba ahí... —Las lágrimas cayeron solas a lo largo del rostro de la muchachita.
—O quizá...
—¡No lo digas!
—¡Pan, por Kami! ¡Ya no sé qué pensar! ¡Necesito saber dónde mierda está! ¡Necesito saber si está! ¡NO PUEDO MÁS!
Pan se tapó la boca. Levantando furiosamente su ki, contuvo el grito una vez más. Su voz salió susurrada:
—Yo tampoco...
—Se los diré.
Pan no llegó a responderle: Marron salió disparada a la sala. Todos miraban en dirección al pasillo. Cuando ella llegó, la observaron impresionados. La habían escuchado gritar.
—¡¿Marron?! —Bulma soltó a Gokuh y se acercó a la hija de Krilin.
—¡Bulma! ¡BULMA! —Marron, fuera de sí, evitando permitir que los nervios le atravesasen el alma, se sostuvo de los hombros de la madre de su demonio. La vislumbró como pudo; sus ojos estaban repletos de lágrimas—. ¡¿Y qué me dices de la casa de las afueras?! ¡Trunks me ha hablado mucho de esa casa, ahora que lo recuerdo! ¡PERO NADIE AQUÍ LA HA NOMBRADO!
No hubo una persona que no se pusiera de pie.
Goten se abalanzó sobre las dos.
—¡La vendió! —exclamó, alterado.
—La vendió, sí...
—¡¿Están seguros?! ¡Quería matar a Isa, Bulma! ¡Y ESE ERA SU MUNDO, EL MUNDO DE LOS DOS! ¡¿Y si la sigue teniendo?! ¡No pensamos en eso! ¡Y Trunks, a esta altura, es capaz de todo! ¡En su obsesión, pudo haberla dejado sin vender! ¡Pudo haberles mentido! ¡Puede que la tenga aún! ¡O quizá, por más que no le pertenezca, fue ahí de todas formas!... ¡Ya no sé qué pensar! ¡Ya no sé!
Susu pegó un alarido, al fondo de la sala.
—¡Tiene sentido! ¡VAMOS!
Bra llamó presurosamente a Vegeta. Cuando él atendió, ni siquiera lo saludó:
—¡Papá, ve a la casa de las afueras, donde vivía con Isa!
—¡¿Para qué mierda?!
—¡No perdemos nada con ir a revisarla!
—Dame con tu madre.
Bulma tomó el teléfono. Jamás dejó de mirar a Marron.
—Vegeta, ¿y si mintió? —dijo—. ¿Y si dijo que la había vendido y jamás lo hizo? ¿Y si fue hacia ahí? ¿Y si se metió ahí? ¿Y si...?
—Cuando llegue elevaré mi ki como señal. —espetó el príncipe—. Dile a Kakarotto que traiga a su mocoso con la tele-transportación. Y no vengas, ni tú ni nadie más que ellos dos.
—... De acuerdo. —Al cortar, dio el mensaje a su amigo.
Gokuh dio la espalda a todos. Goten se aferró a su hombro. Bulma contuvo el aliento. Marron cayó de rodillas al suelo, sujetándose el pecho. Pan, al final del pasillo, lloraba mares, acurrucada contra la pared. La culpa era una lanza que la había atravesado entera. ¡Pero si ya había ido! ¡Pero si había levitado en torno a esa casa tres veces! ¡Y no había sentido nada! ¿Y si estaba ahí? ¡¿Y si era tarde?!
«¡Será mi culpa!».
¡¿Por qué no había hablado antes, por qué no había asumido sus responsabilidades?! ¡Era tan inmadura! Así se sintió.
Pero es que, envueltos por el miedo, no somos capaces de tomar las mejores decisiones.
Menos cargando sobre nuestros hombros, como Pan, como Marron, semejante e inmerecido amor.
Uno, dos, tres minutos. Gokuh y Goten, en un abrir y cerrar de ojos, desaparecieron.
Bulma suspiró. Cerró los ojos. Recordó cada escena vivida junto a Trunks como si la estuviera viviendo, desde la más tierna hasta la más dramática. Lo recordó jugando con sus robots en su cuarto, y las lágrimas que contuvo por veinticuatro horas, al fin, cayeron.
Era mejor prepararse para lo peor.
Aparecieron ante una puerta.
—Está abierta —dijo Vegeta sin voltear a ellos, señalando la puerta apoyada en el marco.
Goten miró el entorno. Un escalofrío le heló el alma. Sentía que la tele-transportación lo había llevado atrás en el tiempo, exactos cuatro años atrás. La noche, la lluvia, la angustia palpable en el aire. Estaba cuatro años atrás, justo después del funeral de Isabelle.
—Vete. Kakarotto. Déjanos al mocoso y a mí.
Gokuh necesitó mirar por un simple segundo a Vegeta para asentir y marcharse. Antes, sin embargo:
—Si necesitas que vuelva, ya sabes.
—Vete —murmuró Vegeta. La seriedad era una tela en torno a su cuerpo. Parecía de piedra.
Gokuh, entonces, se fue. Vegeta, a solas con Goten, empujó suavemente la puerta. Asomó, prendió la luz. Los dos entraron.
Vegeta ni se inmutó; Goten contuvo un grito.
—Está todo igual. ¡Igual! ¡Ni un mueble corrido! ¡NUNCA LA VENDIÓ; MINTIÓ!
Vegeta avanzó hacia la escalera.
—¡Aguarda!
El alarido de Goten no lo dejó seguir. Vegeta volteó hacia él, más de piedra que nunca.
—¡Yo lo haré! ¡Yo iré! ¡Déjame a mí! La psicóloga me explicó cómo... —Goten se aferró a una la pared más próxima. Estaba al límite de sus nervios—. Sé cómo tratarlo, puedo hacerlo.
«Ya viví esto una vez».
Vegeta lo atisbó un segundo; al siguiente, subió la mirada al techo. Una sonrisa enigmática asomó por su rostro. No dijo nada; se alejó tres pasos de la escalera. Eso fue suficiente. Goten le agradeció y corrió al primer piso a toda velocidad. Delante de la puerta del mismo cuarto donde habían llorado abrazados con fuerza abismal, Goten buscó calma.
—Concéntrate y vas a poder encontrarme. ¡No sabes sentir el ki! ¡Tienes que aprender!
—Tramposo...
Tocó la puerta con las manos más temblorosas del mundo. Suspiró.
...
Lo sintió.
Las lágrimas se escaparon sin más.
—Tramposo...
Entró feliz, sin pensar en qué imagen encontraría. No le importó, porque el ki estaba ahí, porque él estaba ahí, ¡porque estaba vivo! ¡Estaba vivo, de verdad! Entró y nada más que eso, que el ki, que la señal de vida de su obstinado mejor amigo, importó.
Y quien ha salvado a Trunks no son las musas.
Es Goten.
El amigo, el hermano, la mitad de Gotenks.
Es Goten el salvador en este triángulo de rojo ante el gris.
Porque los amigos de verdad, los únicos, los genuinos, son para el ser las alas de la salvación. No son, jamás, pesadas rocas del hundimiento. ¡Los amigos son alas, no rocas! ¡Los amigos de verdad jamás hunden!
¡Jamás!
Sí, las alas.
Sí, la salvación.
¿Existe la salvación?
Sí, existe.
Puede que no sea completa, puede que no sea milagrosa.
Pero existe.
En eso elijo creer.
Entró y la imagen no pudo ser más perturbadora: un bulto estaba acurrucado bajo el cubrecama. Era el mismo, el rojo y negro. Todo era exacto: ¡hasta los ángeles en la repisa! Aquellos tétricos ángeles que Isabelle compraba a mansalva. La mitad estaban en la repisa y la mitad quebrados en el suelo. El bulto se movía; respiraba.
Prendió una lámpara.
—Trunks...
Se acercó muy, muy despacio.
—Eh, príncipe...
Más, más despacio.
—Trunks...
Se arrodilló junto a la cama. Extendió la mano, asió el cubrecama y lo movió, lo hizo bailar sobre Trunks.
—Trunks...
Y el ente despertó del sueño. Arrastrado por la voz iluminada de una de las personas más fundamentales de su vida, reaccionó.
—¿Goten...?
La felicidad no entró en el pecho del hijo de Gokuh.
—Trunks. ¡Campeón! ¿Qué haces, eh? ¿Duermes? Qué forma de dormir, tapado hasta lo indecible. ¡Estamos en verano! ¡Hace calor! ¿Por qué no te destapas?
Goten aguardó más de cinco minutos. Lentamente, Trunks se destapó nada más que el rostro. Estaba pálido, sonrojado, con los párpados hinchados. Goten observó la mano: estaba cubierta de sangre seca. Se miraron un ínfimo instante. Trunks tenía los ojos más dulces que le hubiera captado alguna vez. Parecía un niño.
—¿Se calló? —Los ojos azules centellearon—. ¡Se calló!
—¿Quién?
—Isa. ¡Se reía! ¡No paraba! Y los ángeles de la repisa se reían y lloraban sangre, y la boca gris del techo se abrió, y la lengua me atacó... y...
Goten tenía una felicidad tal que nada lo perturbó. Ni los delirios.
—Ya le di una paliza —afirmó, orgulloso—. No reirá más, no te preocupes. La mandé al infierno, de donde espero jamás vuelva a salir. ¡Le pediré a papá que me lleve al otro mundo para decirle a Enma Daioh que la meta en un calabozo de aire! Esa almita revoltosa... Ya verá.
Trunks se cubrió casi por completo, de nuevo. Asomaban, nomás, sus ojos.
—N-no estoy bromeando. ¡No bromeo! ¡SE REÍA, GOTEN!
—¡Yo tampoco bromeo! ¡Me ocuparé de que no vuelva, te lo prometo! Pero para hacerlo, necesito tu ayuda.
—¿Eh?
—Quiero que vengas conmigo. Te llevaré a un lugar. ¡Tienes que confiar en mí! En mí y en tus padres y Bra, que te quieren mucho. ¡Sí, hasta Vegeta! Aunque no lo demuestre, lo hace. Lo sabes mejor que yo.
Trunks, asomado bajo el cubrecama, lloró.
—No puedo ir contigo...
—¿Por qué no, príncipe?
—Porque no me merezco tu cariño y preocupación.
—¿Por qué?
—Porque soy una mierda.
—¡No eres ninguna mierda!
—Pero Goten, yo...
—Vamos, príncipe. ¡Basta de dramas! Vamos, levántate. Aunque no te lo merezcas, eres mi mejor amigo. Y te quiero, idiota. Eres una de las personas que más significado tiene para mí aquí, en este mundo.
—Goten, no...
—Trunks, sí... ¡Vamos! Vamos a la casa de tus padres, ¡ahí podrás ducharte y descansar! Apestas a cigarro. ¿Qué son esas manchas de pintura? ¡Y el barro, hombre! ¡Eres un sucio! ¿Hacía cuánto que no dormías?
—Desde... el viernes.
—¡Con razón tienes esas ojeras, oye! Te ves terrible, sería capaz de ligarme más chicas que tú esta noche.
El cuerpo se revolvió bajo el cubrecama.
—Goten...
—¿Qué?
—Mírame.
Goten lo hizo: los ojos de Trunks brillaban, enceguecían. Algo en esa mirada, hacia al fondo, tenía al de siempre. Pero no.
Algo faltaba.
—Me quebró. Para siempre...
Goten se emocionó a más no poder.
Qué ganas de matarla.
—Entonces permite a tus seres queridos que cuiden de esa quebradura, para que ya jamás vuelva a molestarte.
«Nunca más te ocultes tras esa pared, Trunks. Nunca más».
Lo observó de nuevo: los ojos de Trunks brillaban justamente por eso: la pared ya no estaba ahí. El alma estaba expuesta. El hombre, su amigo, había vuelto.
En el mismo cuarto, bajo la misma lluvia.
Había vuelto.
El círculo ya no era círculo; era una línea, y Trunks había llegado a su final.
Estaba hecho.
Era una línea roja sobre el gris.
—Vamos, anda... ¡Levántate, vago! Y no vuelvas a hacer trampa: aunque yo no sea el mejor percibiendo el ki, siempre te voy a encontrar.
—Goten...
—Siempre te voy a encontrar, tramposo. Siempre.
Y Trunks, despacio tanto por el cansancio como por el miedo y la angustia, se levantó.
Un mensaje de texto congeló todas las almas. Envuelta en hielo, Bulma levantó el móvil. Lo miró. Leyó. Asimiló. Gritó.
—¡ESTÁ BIEN!
Observó a Marron, tumbada en el piso con Susu a su lado.
—¡Tenías razón!
Marron también asimiló.
—¡Marron, tenías razón!
Y al fin se pudo reír en la mansión Brief.
Bulma llamó a Vegeta y dialogaron brevemente. Sus diálogos eran tan extraños que nadie los entendió al escucharlos: Bulma no terminaba de pronunciar palabras; se entendían con demasiado poco. Era conmovedora la conexión de los padres de Trunks. Cortaron.
—Iré en una nave.
—¿Sola? —preguntó Gohan.
—Sí.
—Es lo mejor, Bulma. Ahora, todos aquí sobramos. —Gohan buscó la aprobación de su madre y su mujer para proseguir—. Nos vamos, todos.
—Estoy muy agradecida. —Bulma tomó las manos de Gohan—. No sé qué sería de mí sin todos ustedes... ¡Gracias!
—¡Cuida de Trunks, Bulma! —Gokuh la sacudió, alegre, carcajeado, y le dio la espalda—. Nosotros nos vamos.
—¿Y Pan? —exclamó Chichi, mirando a un lado y al otro.
—Creo que fue al baño —exclamó Gokuh—. Esperémosla.
—Pan se quedará conmigo —lanzó repentinamente Marron, de pie. Se limpiaba las lágrimas lo mejor que podía, la alegría era infinita—. Ya me lo había dicho.
Gohan le sonrió. La sonrisa era sincera, típica del padre de Pan. Nadie desconfiaba del nexo de las amigas.
—De acuerdo, me parece lo mejor.
Se fueron por la puerta, a bordo de una nave. No tenían ni idea.
Susu también se despidió, así como Pares. Antes de marcharse, la artista abrazó a Marron.
—Cuídense, los tres.
—Sí. Y gracias, Susu. Pese a todo, yo...
—Perdónenlo.
—¿Eh?
—Perdónenlo. Hablen los tres y perdónenlo. Cuando tenga el perdón de las dos, podrá decidir qué hacer con su vida. Por ahora, déjenlo hacer el tratamiento que deba hacer. Denle un tiempo, guapa. Trunks las quiere, te lo aseguro. Y pienso que... él...
—¿Qué?
Susu rió.
—Nada, nada. Cualquier cosa me llamas, guapa. Encantada de recibirlas con Anita en casa, son dos encantos, tú y la niña.
—Gracias...
Bulma se fue en una nave. Solas, Bra observó, visiblemente incómoda, a Marron.
—Te he odiado mucho los últimos meses, ¿sabes?
A Marron se le cayó la cara de impresión.
—¿Disculpa?
Bra sonrió.
—Pero ya no puedo odiarte, no habiendo mencionado a la vieja casa de Trunks e Isa. ¡A nadie se le había ocurrido! Pan no quiere a cualquier persona. Es inútil que me sienta celosa de ti porque ella, ahora, te prefiera a ti...
—Bra...
Pan apareció segundos después. Le había llevado demasiado tiempo calmarse, asimilar la situación. Era quien más rebalsada estaba, por buscar y buscar bajo la lluvia, sin éxito, conteniendo la ira por proteger lo que entre Trunks, Marron y ella había sucedido. Por proteger obstinadamente al triangulo había contenido en exceso. Aún no captaba del todo lo que estaba sucediendo. Superada, demasiada inexperta se sentía.
No podía más.
A veces somos demasiado jóvenes para afrontar determinadas situaciones.
—No es que la prefiera, Bra. —Pan se abalanzó sobre su amiga de toda la vida. La apretó con la acostumbrada brutalidad—. Es distinto. Algún día te lo explicaré.
¿Será?
—Bueno, bueno... ¡Lo importante es que mi hermano está bien! ¡Bien! Qué alegría. —Se soltó de Pan y las atisbó a las dos, a las que, sin que ella lo supiera, eran un triángulo junto a Trunks—. Quédense si quieren. Mamá dijo que llamaría a Sotela desde la nave, así que debo esperarla.
—No... —Marron negó con la cabeza, poniéndole énfasis a su respuesta—. Será mejor que nos vayamos, Bra. Ahora es momento de su familia, de nadie más. Estaremos de más, las dos.
Bra sonrió, resignada.
—Está bien. Mantendré informada a Pan. ¡Te mataré a mensajes, chiquilla! Ven a verme cuando puedas, me hará feliz verte.
—Claro, Bra.
Pan y Marron, abrazadas, se fueron. Afuera continuaba lloviznando. Los problemas, para ninguno de los tres, habían terminado. El triángulo aún les latía en el alma.
Faltaba, aún, la parte más importante.
La charla, el beso, la despedida, la decisión.
Esa puerta.
Esa pasión.
Esa verdad.
Ese llanto.
Ese abrazo de dos.
El abrazo final.
Faltaba, aún, perdonar a Trunks.
Lo último, sin embargo, ya casi era un hecho. Lo fue cuando se marcharon de la mansión: en un taxi, rumbo al departamento de Marron, las musas se abrazaron con aplastante fuerza. Lloraron, juntas, de felicidad. Todo lo demás que daba de lado.
Trunks estaba bien.
Los ojos de Trunks aún brillaban.
Trunks seguía en el mismo mundo que ellas.
Nada más, de momento, importaba.
Perdonado estaba ya.
Por ahora.
Bajó de la aero-nave familiar de un salto. Poco le importó resbalarse, caer, ensuciarse. ¡Nada más le interesaba! Sólo Trunks, nadie más que Trunks. En la puerta aguardaba por ella Vegeta. Intercambiaron miradas, y la mujer subió lo más rápido que pudo por las escaleras caracol. Cuando llegó al primer piso, agitada, corrió hacia la puerta entreabierta. Se abalanzó al cuarto.
—¡Trunks!
Su hijo miraba el piso. Estaba sentado al borde de la cama, frente al ventanal, con Goten a su lado.
—Bulma, tiene un poco de fiebre. —Goten habló en voz baja, bajísima—. Está nervioso aún.
Las palabras de Sotela le latieron en el recuerdo a la madre; se calmó. Debía hablar despacio, con cuidado, con paciencia.
—Yo los dejo —dijo Goten, y se fue.
Solos, el ventanal ante ellos, Bulma se sentó en el lugar dejado por Goten, junto a su hijo. Tomó asiento, y con una mano se acercó a la mejilla de Trunks. No la tocó. Se limitó a mirarlo. Sentía que era uno de los días más felices de su vida.
—Estarás bien, hijo —exclamó ella, calmada, todo lo calmada que podía fingir estar.
Trunks no respondió. Bulma notó sus mejillas rojas.
—Hijo, tienes fiebre.
La mirada de él perforó el suelo. Escuchaba a su madre tan lejos, tan distante, que el sólo pensarlo lo devastaba más.
Las risas venían por él, de nuevo.
—Sí... —dijo en un quebrado murmullo.
—¿Vamos a casa? Te daré esa sopa que hacía tu abuela. ¡No me salió nunca, pero lo intentaré! —Rió a carcajadas.
La voz se escuchó más y más lejos.
Casi no escuchaba a su madre.
—B-bueno...
Los ojos de Trunks rodaron hasta alcanzar los de Bulma. Ella contempló los ojos como si éstos fueran lo más bello de la galaxia. Trunks era transparente. Era esa misma mirada que Vegeta le había regalado un día: una mirada sin muro, cristalina. La madre se sintió orgullosa del hijo.
—¿Puedo acariciarte?
Un minuto de silencio.
—Por favor... —respondió él.
Bulma acarició la mejilla de Trunks. Ante el contacto, él cerró los ojos. Disfrutó esa caricia como si fuera una suerte de redención. Era la caricia de su madre; era la caricia que más deseaba sentir en el peor instante de su vida.
Y las risas entonaron, junto a la lluvia, una nueva melodía. Ni aquella perfecta caricia pudo silenciar al silencio. Tembló, y Bulma acarició no una, sino las dos mejillas. Él dejó de mirarla; ya no podía sostener los ojos de su madre.
No quería ver gris en los ojos que más amaba.
—¿Recuerdas cuando...? —susurró Trunks, casi sin voz, desesperado por la melodía que subía gradualmente de volumen. Hablaba, él, lenta y dulcemente, dolidamente—. ¿Recuerdas que... una vez... yo estaba jugando con unos robots? Uno era rojo y el otro azul...
—Sí...
Los dos corazones latieron tan rápido que parecieron romper la velocidad de la luz.
—Y tú viniste a decirme que mi maestra te había mostrado mis dibujos...
Ambos pares de ojos brillaron al punto de parecer incendiados. Fuego, no más hielo azul. Cuánto significado.
—Sí, Trunks. Lo recuerdo.
—¿Y si te digo que sí, es muy tarde?
Un corazón se detuvo. El de Bulma.
—¿Para qué?
—Quiero ir a esas clases de arte...
—¿Trunks...?
El hijo apoyó un lado de su rostro sobre el pecho de la madre. Ésta, anonadada, emocionada, feliz y triste y todo lo que puede sentirse por tener corazón, por el mero hecho de ser madre, peinó el cabello lila con un cariño conmovedor.
—Quiero ir, mamá...
Los dos lloraron. Él continuó:
—Quiero ir...
Y empezar de nuevo.
Y redimirme.
—Trunks...
Él tomó las manos de su madre. Separó su cabeza de ella, puso las manos de ella sobre sus oídos y volvió a hundirse en el pecho de Bulma. Ella tiritó como en su vida lo había hecho. Mas, decidida, apretó así como él se lo pedía.
—Haz que se calle... —pidió él.
Porque no quiero escucharla más.
—Y déjame ir a esas clases, por favor...
Para, así, volver a empezar, mamá.
—Quiero ir a esas clases, mamá...
Por favor, te lo suplico.
—Para que ella deje de reírse...
Déjame volver a empezar.
Nota final del Capítulo XXIV
Dedicado a Mis y a Chibi. Cada una de Uds. sabe por qué. Hermosas las dos. Gracias por tanto, por el cariño, la confianza y la amistad.
Y dedicado a Mya, mi hombro virtual y consejera personal (hermosa vos n.n) que atendió mis dudas vegetarianas con una enorme paciencia y cariño. ¡Te adoro mucho y más! Si sigo así te voy a terminar dedicando el fic entero (lo haré al final XD). ¡Considerate tía de Tri, Mya! Este fic y esta loca que lo escribe te deben demasiado. Sin vos no sé si llegaba hasta acá.
n.n
¿Qué puedo decir? El capítulo lo ansié enormemente durante todo este tiempo. La escena de la tumba fue una de las primeras que se me ocurrió, allá por el 2010, cuando Tri nació en mi atrofiado cerebro. Llegar hasta acá fue hermoso, lástima que me costó mucho concentrarme, que tardé bastante en inspirarme. Algunos problemas personales no ayudaron demasiado, pero bueno: escribir es liberarse, es sacarse todo de adentro. Intenté hacer justamente eso.
No sé si es un buen capítulo, pero créanme que le puse mi alma. Llegué a un pico de emoción tremendo. ¡Lloré, se los juro! Bulma me hizo llorar. Nunca me había pasado, no tan así. Fue tremendo para mí.
Sobre Dende, quise explicarlo así porque pienso que tiene mucho sentido. ¡Sería fácil ir a pedirle a él que les diga dónde está y fin! ¿Pero por qué? Pienso que Dende, como dios de la Tierra, no tiene derecho a dar esa clase de informaciones: es algo que le concierne a él y nada más: él vigila, escucha, no arregla los problemas de todo el mundo personalmente. Este es mi muy personal pensamiento sobre el tema. Además, ¿Dende sería capaz, realmente, de ubicar una aguja en un pajar? ¿Podría?
Por esto mantengo la teoría de que Dende sólo se ocupa de los que puede amenazar con la vida del planeta, como Majin Boo. No lo veo metido con el drama de una persona, por más grave que éste sea.
No sé, teorías. Como siempre digo, una de las cosas buenas de escribir fics es exponer teorías propias. ¡Eso intento hacer! Los dioses deben tener sus límites. Chan. XD
Sobre Tark: el guiño sólo lo entenderán completo quienes hayan leído Pecados. XD No pude evitarlo: Tark es mi OC favorito de ese fic, lo adoro, y por ser en mi otro fic un personaje tan importante en la estabilidad mental de Trunks (es como su segundo padre, maestro de la tecnología, consejero; es el más fiel al príncipe), cuando tuve que pensar en ese guardia pensé inmediatamente en Tark. Ignórenme. XD
Sobre Sotela: era otro de tantos personajes de ese fic que jamás publiqué, de donde salieron Isa, Susu y otros tantos. Era psicóloga, igual que acá. Ella le hacía como una terapia de grupo (?) a Trunks y sus amigos. Cosas bizarras que se me ocurrían de chica. XD
Sobre los Mild Seven, los cigarros que compra Trunks: Jajaja. Si DB es mi anime favorito, X de Clamp es mi segundo puesto indiscutido. En ese fic, mi personaje favorito (Subaru Sumeragi) fuma esa marca. Me salió del alma, perdón. XD
Gracias a todos por sus mensajes, por su dulzura y respeto y honestidad. Muchas, muchísimas gracias. Amo escribir; el amor es independiente a qué tan mala o buena pueda ser haciéndolo. El amor está ahí, siempre, en cada palabra que escribo. Creo que si no hay amor, escribir no sirve de nada. ¡LES AGRADEZCO EN EL ALMA CADA PALABRA DICHA! ¡Gracias!
Princesa sayajin 13, mil gracias por esa cita. Fue increíble para mí. =)
Y eso. =)
Y un anuncio: el próximo capítulo no es un capítulo. Tampoco es un resumen; es un «paréntesis». Va a ser muy corto y mi deseo es publicarlo el 30 o 31 de diciembre. Espero llegar. Luego de este paréntesis, el fic sigue como viene. En total quedan cuatro entregas. En tres la resolución amorosa será un hecho. ¡Veremos qué pasa! Esa escena está por estallarme en la cabeza, muero por escribirla.
Nada... ¡Voy a extrañar Tri! Demasiado...
Nos leemos. n.n
Dragon Ball (C) Akira Toriyama, Bird Studio, Shueisha, Toei Animation
