Capítulo beteado por Pulpi Mortensen, Beta EFF.
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Capítulo 24
Le cose del passato
Isabella percibió la mirada acusadora de Christian hacia Edward. Ella trató, en vano, de descifrar la expresión del rostro de su marido, pero él no mostraba absolutamente nada. La única señal de que algo le afectaba era el pulso rápido reflejado en el cuello de él. La castaña regresó su mirada hacia el griego que yacía sobre la cama del hospital. Esos ojos grises tenían un leve brillo, como cuando le diriges una mirada a un adversario, un enemigo. Miles de preguntas tenía Bella en la cabeza, intentó seguir el hilo de la situación entre Edward y Christian. ¿Qué había sucedido entre ellos?, pero sus intentos se quedaron en eso, intentos, pues convenientemente Christian comenzó a hablar en griego.
—Así qué no le contaste a tú esposa cómo rompiste mi corazón. Muy típico de ti —acusó Christian en griego.
La mirada chocolate se mantuvo sobre el cobrizo. Lo que sea que haya dicho Christian, había sido una acusación de algo, ella lo intuía por la tensión del cuerpo de su esposo.
—Alguien debía darte una lección, Christian —replicó Edward con voz levemente amable—. Deberías hacerle saber a la mujer, sí estás interesado en ella...
—¡Tú lo sabías! —repuso Christian, interrumpiendo al cobrizo.
—Sabía que te gustaba cualquier mujer con falda...
—¿Podrían, por favor, hablar en inglés? —La suave voz de la castaña sonó más fuerte de lo normal entre esos hombres, que por un momento, se habían olvidado de su presencia hasta que la escucharon levantar la voz. Edward miró a su mujer. El pulso reflejado contra sus mejillas.
—¿Edward? —llamó Bella—, ¿le robaste la prometida a Christian?
Desde la esquina de los orbes cafés, ella pudo vislumbrar que una sonrisa se asomaba victoriosa en los labios del griego. Esa sonrisa desapareció cuando la castaña dirigió su mirada a Christian, esperando la respuesta de su marido. Por segunda vez, volvió a pisar su mirada en Edward, necesitaba que la respuesta de él calmara la miseria que estaba sintiendo en lo más profundo de su ser.
—No soy culpable de tal cosa, cara, y tampoco la mujer en cuestión puesto que no sabía del interés de Christian hacia ella.
—Pero te dije que le iba a proponer matrimonio a mi mujer. Te invité y pedí que trajeras acompañante, y ¿a quién trajiste? —Christian decidió responder al ver que Edward permanecía en silencio—, a la mujer a la que quería proponerle y… —Los orbes grises se posaron en la castaña—. Ella sólo tuvo ojos para él. —afirmó señalando con el dedo a Edward—. Ella ni siquiera volteó a verme una sola vez durante toda la noche. ¡Él me robó a mi mujer!
—¿Quién es esa mujer? —inquirió Isabella. Edward no se molestó en responderle a su esposa.
—Anastasia Steele —masculló Christian—. Ella trabaja en su equipo de finanzas. —Volvió a señalar, molesto, a Edward con el dedo.
La castaña observó a su esposo. De verdad, ¿Edward le robó la mujer a su tío? No tenía sentido para ella—. ¿Edward? —lo cuestionó a él.
—Hace poco menos de un año vine a hacer mi visita de rutina a mi compañía y Christian —el cobrizo miró a su tío— me visitó esa misma noche en mi oficina. Estaba trabajando hasta tarde, analizando los balances contables con Ana. Fuimos a tomar unos tragos a un bar y cada quién se regresó por su lado. Yo estaba cansado y me fui directo a casa.
Bella asintió. Le creía a Edward. Él no le mentiría frente a su tío, de eso estaba segura.
—Tuve varias juntas en la semana fuera de la oficina —continuó Edward—. Nunca supe que Christian venía a la oficina para ver a Anastasia. —Él volvió a dirigirle una mirada a su tío. Christian no pudo ocultar su culpabilidad.
—En mi última noche en Grecia, Christian me invitó a cenar y me pidió que llevará a alguien. Anastasia estaba en mi oficina cuando tomé la llamada y la invité a ella. Cuando llegamos al restaurante, Christian estaba furioso. Le pregunté si estaba bien y él dijo: "de todas las mujeres en Grecia tenías que invitarla a ella". De acuerdo a mi tío, Ana no me quitaba los ojos de encima, pero yo no tuve esa impresión —sentenció Edward.
Eres ciego frente a las cosas que pasan a tú alrededor Edward. Uno se pregunta, ¿cómo es que eres un hombre de negocios?
—Después de que te fuiste, Ana no tomó ninguna de mis llamadas y siempre me daba excusas cuando la visitaba en la oficina, alegando que tenía mucho trabajo —repuso Christian enfurruñado.
—Ella estaba ocupada —defendió Edward a Anastasia—, para eso se le paga.
—Yo le gustaba a ella hasta que tú lanzaste tu encanto y hechizo como a todas las mujeres en las que he puesto mis ojos —vociferó el hombre de los ojos grises.
Bella no entendió lo que Edward había mascullado en griego, sospechaba que no había sido educado y no se iba a molestar por pedir una traducción.
—Soy cinco años mayor que él. —Señaló con el dedo hacia Edward—. Nací cuando mis padres ya eran demasiado grandes; fui un accidente —sonrió Christian infantilmente.
Isabella sonrió. Christian era joven, casi de la misma edad que Edward, pero él no era atractivo para ella en comparación con su atractivo, encantador y sexy esposo.
—Siempre, desde que él era adolescente —Christian fijo su mirada en Edward—, estábamos juntos. Donde sea que fuéramos, él atraía la atención de todas las chicas —protestó—. Ellas caían rendidas a sus pies.
¡Háblame de ello!
—He estado esperando —la voz de Christian se apagó—, que por una vez, Edward retire su hechizo de mi Anastasia —finalizó.
—No puedes echarle toda la culpa a Edward. —La suave voz de Bella dejó en shock al cobrizo. Edward alzó su rostro. Nunca esperó que su esposa lo defendiera. Creyó que ella iba a ponerse del lado de Christian.
—Edward sólo la invitó para que lo acompañara esa noche. Por otro lado, si él hubiera sabido de tus intenciones para con ella, no la hubiera invitado como su cita. ¡Al menos eso espero!
—No mereces tener a esta mujer tan hermosa y dulce como esposa —se quejó Christian—. Es demasiado buena para ti.
Bella rió suavemente.
Edward bajó su cabeza. Si sólo su tío supiera el plan que había ideado para obligar a Bella a casarse con él.
—Es por eso que no me invitó a su boda —declaró Christian—. Sabía que podría haberte robado de él.
¡No lo creo! La castaña buscó desesperadamente la mano de su esposo para unirla a la suya. Edward observó el rostro femenino, lleno de dudas le sonrió a ella, su mujer; quién le regresó una sonrisa tímida.
—¡Ja! Debí de haberlo sabido. El diablo también te ha hechizado —declaró el griego.
Una enfermera entró discretamente en la habitación, esperando a que las visitas de Christian se marcharan para poder atender adecuadamente al paciente.
—Te visitaremos de nuevo esta noche —decidió Edward, pasando uno de sus brazos por la cintura de Bella.
—Váyanse, estoy cansado —replicó Christian sin prestarles mucha atención, pues estaba encantado con la presencia de la hermosa morena que había entrado en su habitación.
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—Es culpa tuya por robarle la novia a tu tío —bromeó la castaña en el momento en que Edward la acompañaba a la salida.
—No tú también, cara —suspiró él—. No soy un cazador y mucho menos un hombre que tenga la necesidad de robar en su vida. —La mirada verde de él encontró los ojos chocolates que analizaban su expresión.
La castaña inhaló profundamente digiriendo semejante información. Edward se estaba refiriendo a su integridad, injustamente herida por el carácter y la culpa que le imponía Christian. Bella sabía perfectamente que su poderoso, carismático y extremadamente guapo marido no tenía la necesidad de robar a ninguna mujer de los brazos de otro. De hecho, era consciente de que las de su mismo sexo estarían locas si no se ofrecieran a semejante Adonis.
—¿No puedes remediar las cosas entre Christian y Anastasia Steele?
—¿Remediar? No puedo obligar a Anastasia a que esté con Christian. —Edward se detuviera a las afueras del ala privada de su tío, deteniendo a Bella por el brazo—. ¿Cómo puedo forzarla a ella para que tenga una relación con Christian?
—¡Ah sí, claro!, ¿cómo pude ser tan presuntuosa? —replicó Bella sarcásticamente—. No podrías hacer algo tan solapado. —Ella se refería al pasado, pero cuando esas palabras le llegaron a Edward, éste la empujó contra el muro del hospital. A pesar del frío que se colaba por la espalda de ella, el cálido aliento de él acarició sus mejillas causando que la temperatura de su cuerpo se elevara. En especial en cierta parte de su anatomía. Desde la esquina de sus ojos, ella pudo observar que Elizabeth y Jane tenían sus miradas fijas en su dirección, pero la cercanía de Edward les impedía, en cierto modo, ver lo que sucedía entre ellos. Como imanes, los ojos de ella fueron atraídos por las profundas esmeraldas del hombre que la había acorralado contra la pared; su marido, su hombre.
—No puedes comprarnos con Christian y Anastasia. —La voz del cobrizo fue casi un susurro—. ¿Te atreves a negar la atracción entre nosotros, tesoro? —le retó. Su pulgar delineaba la longitud del cuello de ella. Isabella tragó incómoda, su garganta estaba seca. Edward estaba peligrosamente cerca de ella, la desarmaba por completo. Por su ventajosa posición se dio cuenta de la forma en que Jane los observaba desde la sala de espera, tenía la boca abierta. Como ella no respondió, Edward continuó—. Sabes, Anastasia no siente lo mismo que Christian está empeñado en creer que siente por ella.
—¿Por qué? —siseó Bella—, porque tú sabes "lo que sea que ella siente". Su atracción es hacia ti.
Una de las manos masculinas cayó a su costado. La mirada verde de él evitó el rostro de ella—. No puedo hablar por Ana —negó el cobrizo con voz ronca—. No he hecho nada para que ella se sintiera atraída por mí.
Ese era el problema con Edward Cullen. Como un imán, él era capaz de atraer la atención de todas las mujeres sin hacer ningún esfuerzo. Ellas son atraídas como las polillas son atraídas hacia la luz.
—Vámonos —murmuró la castaña—, estamos atrayendo demasiada atención.
Elizabeth y Jane no eran las únicas que los observaban, algunas de las enfermeras y doctores del hospital tenían puestas sus miradas en ellos.
—Eres mi esposa. No me importa. —Él restregó aún más su cuerpo contra ella y la pared. Sus rostros estaban a centímetros el uno del otro.
—Edward… —suspiró ella con dificultad, empujando gentilmente con sus manos el pecho masculino que la apresaba. Tanto como disfrutaba de los besos de su marido, de hecho demasiado, no deseaba perder el control ahí y lo haría en el segundo en que sus manos se pasaran por su cuello. La castaña alcanzó a escuchar un gruñido de él por haberse apartado. Ella lo siguió hasta que se reencontraron con las dos mujeres que los esperaban en la sala de espera.
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—Christian se ve tan mal. —Jane ancló sus brazos en el brazo de Edward. La rubia alzó su mirada para regalarle una patética expresión de cachorro.
—¡Oh, él sobrevivirá! —repuso Edward sin sonreír.
—¿Cómo puedes ser tan insensible hijo? Christian tuvo una cirugía. Necesita mucho cuidado y atención.
—Él se niega a venir a Londres, mamá. No podemos quedarnos aquí indefinidamente, Bella necesita regresar a Londres.
Elizabeth y Jane, ambas arpías, miraron a Isabella. Ella desvío su mirada, se sintió incómoda por las miradas de las dos mujeres que se empeñaban en hacerle la vida cuadros.
—Estoy preparada para quedarme aquí contigo para ayudarte a cuidar a Christian —se ofreció Jane, batiendo sus pestañas coquetamente—, aún cuando Bella deba regresar a Londres.
¡No, Edward!
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Los ojos achocolatados se posaron en Edward, quién permanecía de pie entre ellas. Isabella a su derecha y las otras dos mujeres a su izquierda. Las cuencas castañas perdieron su brillo cuando ella se dio cuenta de que su esposo estaba contemplando la propuesta de Jane. Bella se acercó a él apretando ligeramente sus dedos—. No te vas a quedar —susurró ella cerca del oído de él para que sólo él la escuchara.
Esas atractivas cejas cobrizas formaron una línea recta, como siempre sucedía cuando ella era sorprendida por las extrañas demandas de Edward. Bella alzó la barbilla, desafiante, determinada a luchar contra su marido. Ella no iba a permitir que él se quedara en Grecia con esa… man eater. Estaba placenteramente complacida y sorprendida, al mismo tiempo, cuando vio la sonrisa torcida en los labios de su hombre, esa sonrisa que causaba cosquillas en su entrepierna.
—¿Ah, no? —Sonrió él.
—No, no te vas a quedar —repitió la castaña, levemente molesta porque algo le estaba sorprendiendo a él—. ¿Qué es tan gracioso?
—Cuando levantas la barbilla de esa forma tan desafiante y tus ojos se oscurecen como chocolate líquido, sé que no va a haber negociación posible contigo. —Rió él perezosamente.
Isabella no sabía por qué se había ruborizado. Estaba segura de que sus mejillas parecían dos tomates rojos. Su cuerpo entero estaba cubierto por una pequeña capa de sudor, mientras Edward la seguía mirando con esos ojos color jade.
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—Edward —Jane jaló el brazo del cobrizo para atraer su atención—, ¿debería cambiar mi agenda?
—No —Edward dejó de ver a Bella—, voy a contratar a una enfermera particular para que cuide de Christian.
Los brazos de la rubia se desplomaron sobre su costado, decepcionada por la decisión de Edward.
—Gracias —susurró Bella en el oído de Edward. Ninguna de las otras mujeres esperaba eso de él.
En el rostro de Isabella se había instalado una sonrisa de oreja a oreja, pero Edward no le había replicado nada.
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Edward estuvo demasiado callado durante su regreso a su Villa. La castaña se preguntaba qué era lo que estaba pensando él. Elizabeth se había enfurecido con Edward porque él no las acompañó de regreso a casa. Se estaba volviendo loca, pues se había atrevido a comentar frente a su hijo—: Espero que aparezcas algún día durante tu estadía en Grecia. Hay cosas que deberías de ver. —Después de haber dicho eso, le dirigió una mirada cargada de furia a Bella antes de subir a su automóvil.
—Christian y tú parecen más dos amigos que tío y sobrino —declaró Bella.
Le tomó a Edward más de diez segundos en registrar que Bella le estaba hablando. Él movió su cabeza vehementemente antes de responderle a ella.
—Por la cercanía de nuestras edades —rió él—. Pasamos mucho tiempo junto mientras ambos crecíamos. Cuando cumplí diecisiete habíamos ahorrado una cantidad de dinero y durante nuestras vacaciones de veranos, empacamos lo básico y viajamos por toda Europa para descubrir cada atracción turística. —Una sonrisa sincera se instaló en los labios del cobrizo al recordar su pasado—. Christian me enseñó muchas cosas —repuso reflexionando. Le había enseñado todo lo referente a las mujeres, pero eso, Edward se lo iba a guardar para sí mismo.
—¿Realmente está enojado contigo? —La castaña fijó su mirada en el atractivo rostro de su marido, admiró su fuerte mandíbula. Era como si hubiera sido cincelada por los mismísimos dioses griegos y esos labios carnosos hechos para pecar y…
—Así que, ¿estás lista para nuestro viaje a la playa? —Edward colocó su brazo en el cuello femenino. En silencio, Bella notó que él evadía responder la pregunta que ella le había formulado.
—Sí. —Sonrió ella—. Han pasado siglos desde que nadé en el océano.
—Bien, no puedo esperar a verte en bikini. —Su mirada verde se fundió con la mirada chocolate de la mujer a su lado.
Bella desvió su mirada de él. ¿Qué había con ese hombre? Cada vez que lo veía directo a los ojos, todo lo que quería era llevarlo directo a la cama. Se estaba volviendo una ninfómana, una adicta al sexo. ¿Todas las mujeres sentían ese mismo deseo por sus amantes? ¿El deseo disminuía con el tiempo? ¿Sentirían la misma pasión ella y Edward dentro de quince años a partir de ahora? Él le había advertido más de una vez que no consentiría un divorcio. Así que era mejor que ella se asegurara que esa química sexual no se terminara entre ellos. Ella trató en vano ocultar su sonrisa.
—¿Qué te ha hecho sonreír? —inquirió Edward.
¿Cómo podría ella revelar su lluvia de pensamientos a él?
—Creo que deberías ir a la playa completamente vestido —murmuró ella.
Edward echó la cabeza hacia atrás y se carcajeó. —Con Natasha como tu seguridad, cara, no tienes de que preocuparte. —Aún recordaba como la pequeña le había propinado una fuerte patada en la espinilla sin siquiera averiguar lo que sucedía entre él y su tía.
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A la mañana siguiente, ellos disfrutaban de un profundo y reparador sueño. Bella estaba enredada en los brazos de Edward. Él había estado bromeando con ella acerca de cómo había sido la envidia de cada hombre en la playa. Ese bikini color rojo realzaba el pálido color de la piel de ella. Bella sólo pudo sonreír y bajar su mirada ante semejantes comentarios por parte de su esposo. La castaña no admitió frente a Edward que tan celosa había estado por culpa de un grupo de jóvenes que había puesto sus toallas cerca de donde ellos estaban y que ellas buscaban cualquier excusa para hablar con él y coquetearle de vez en cuando.
Como Bella no conocía mucho de el país donde se encontraban, estaba a punto de pedirle a Edward que la llevará a conocer las atracciones turísticas en Grecia cuando el móvil de él sonó. Hubiera deseado que él no hubiera contestado, pero ella no expresó sus deseos. Edward se disculpó con ella y tomó la llamada en su recámara. Ella pudo escuchar con facilidad la llamada pero no entendió nada, pues Edward hablaba en perfecto y rápido griego. ¡Tengo que aprender ese idioma! Bella recostó su cabeza en el pecho de su marido. Los dedos femeninos trazaron dibujos sobre el pecho masculino, enredándose de vez en cuando en los finos vellos que lo cubrían.
Edward estaba tenso después de finalizar la llamada. Bella alzó su rostro para mirar el rostro de él. Sus esmeraldas estaban apagadas, su rostro era una máscara. Era como si le hubiera sucedido una metamorfosis desde que había tomado esa estúpida llamada. Edward estaba con ella en la cama físicamente, pero no en espíritu.
—Edward —le llamó en un susurro.
—Tengo que salir. —Él tiró de la sábana que cubría su cuerpo desnudo. Los ojos de Edward cayeron sobre la mano de su mujer en su brazo, en un intento para que él no se fuera. Ella lo soltó de repente como si hubiera tocado algo realmente caliente. El cobrizo se levantó de la cama y se puso el pantalón de su pijama que estaba sobre el suelo.
—¿Cuándo vas a regresar? —preguntó la castaña con voz suave.
—Estaré de regreso a la una de la tarde, cara. Voy a invitarte a comer, así que viste algo sexy para mí.
Hola, antes de que decidan matarme les comento que ahora fui yo a la que se le fueron las cabras con Heidi porque olvidé enviar el capítulo a mi Beta. Disculpen la demora además me tocó ser madrina de bautizo y por el tiempo no pude subir antes el capítulo.
La próxima actualización no va a demorar tanto.
Gracias por su comprensión.
AGRADECIMIENTOS:
A todas las que dejan sus hermosos Review, mil gracias. Agradezco sus lindas palabras y comentarios.
A las nuevas lectoras ¡Bienvenidas!
A las lectoras fantasmas. Anímense a dejar sus comentarios. Siempre con respeto.
A todas las que me han apoyado desde el inicio de está locura.
A mi beta, que es rápida con la corrección de capítulos.
A las chicas que siguen y tienen en sus favoritos a esta historia.
Alex de Grey
15/12/2014
