Los personajes no son míos. Bleh… lo sé, es triste. Son de Stephanie Meyer. La historia si es mía.
25. CONFIANZA
Edward POV:
—Vamos, vamos…
No contestaba.
—¡¿Dónde demonios están? —grité a nadie en particular, dejándome caer en el sillón.
Llevaba desesperantes treinta minutos marcando el número de Bella y Alice, sin éxito. En momentos como éste, me cuestionaba seriamente por qué las personas insistían en tener comunicación inalámbrica, si cuando se les necesitaba, no contestaban.
Es como si la tierra se las hubiese tragado. No había rastro de ellas, exceptuando la desaparición del auto de mi hermana. Pero ellas no podían haber salido, porque habíamos acordado salir todos apenas Jasper llegara a casa, y ni siquiera él se había hecho presente.
Ya me había parecido extraño cuando logré salir de mi habitación, después de ducharme y vestirme, sin ninguna réplica de mi insistente hermana. Extraño, pensé, pero no lo cuestioné con mayor ahínco. Supuse que, como tenía a Bella para jugar a "vestir a la muñeca", no le había quedado tiempo para criticar el tiempo que pasaba peinándome.
—Como si fuese tanto tiempo —me quejé, en el silencio sepulcral de la sala de mi casa.
Como sea, fui a la habitación de Alice con la intención de llevarme a mi novia algunos preciados minutos antes de que tuviésemos que irnos, para estar un tiempo a solas. Las manos prácticamente me picaban por tocar su satinada piel, y ya quería escuchar mi nombre de su boca entre suspiros de placer, mientras le besara el cuello.
Claro que nada de eso pasó, porque me encontré completamente solo en la enorme casa Cullen.
Tomé por enésima vez el celular y marqué con efusividad.
Nada.
Me masajeé las sienes con mis dedos, tratando de pensar qué hacer.
No sé dónde podrían estar. Mi mente, por más que tratara de encontrar la respuesta, no tenía idea de cómo solucionar todo esto. Podrían estar en cualquier lado. Solas. Desprotegidas. Desamparadas.
¿Y si salieron a comprar algo y quedaron detenidas en el medio de la nada por una falla mecánica del auto?
¿Y si alguien las raptó y ahora está haciendo una carta con letras recortadas para pedir recompensa?
¿Y… y si ahora mismo una poderosa red mafiosa está planeando la mejor forma de poder traficar sus órganos?
Está bien, estoy siendo un exagerado. Debía calmarme y dejar de pensar en locas teorías conspiratorias.
Unos insistentes golpes en la puerta principal detuvieron mis pensamientos. Casi corrí hacia ella con la completa esperanza de ver a Bella cruzar el umbral y arrojarse a mis brazos, para poder abrazarla, y besarla, y tocarla…
—¡Edward!
Oh, era Jasper.
—Jazz, lo lamento, pero no sé dónde está mi desaparecida hermana con mi desaparecida novia, así que no sé si saldremos en este momento y…
—¡Calla! —me cortó—. Tenemos mucho que hacer y muy poco tiempo para desperdiciar. Vamos, andando.
Me empujó hacia la puerta e hizo que caminara hacia mi auto. Cuando saqué las llaves de mi volvo, él las arrebató de mis manos en un ágil movimiento.
—¡Ey! —traté de que me regresara las llaves, pero él ya había abierto la puerta del conductor y se había subido.
Se asomó por la ventana y habló.
—En serio, Edward. Nada de tiempo. Apresúrate a subir.
—Pero Bella…
—Lo sé. Te lo explico en el camino. Ahora sube.
Enfurruñado, caminé hacia el lado del copiloto, sólo porque Jasper parecía saber más que yo en todo este asunto.
Viajamos rápidamente por las calles de la ciudad. Se apreciaba a simple vista que la vida nocturna en Los Ángeles era abundante. Era como si fuese de día por la cantidad de personas que deambulaban a esta hora. Las luces de las farolas iluminaban sus caras, y el cálido ambiente les permitía usar ropa holgada o, en el caso de las mujeres, extremadamente corta.
Pero yo no quería admirar la belleza nocturna ni las chicas que pasaban, en serio quería saber qué diablos pasaba.
—¿Jasper?
—Espera un poco —parecía que buscaba algo entre las tiendas y escaparates. De un momento a otro su cara se iluminó. Estacionó en un rápido movimiento y me encaró—. Ok, Edward. Ahora tienes que escucharme atentamente, porque es ahora o nunca. Créeme.
—De acuerdo —dije lentamente, sin estar demasiado seguro hacia dónde iba esta conversación.
—La cagaste. Pero, en serio. La cagaste-cagaste. Alice me dio órdenes expresas de lo que se tiene que hacer para solucionar todo, y honestamente, quiero que lo hagas al pié de la letra, sino yo también lo lamentaré.
—Jazz, estás siendo endemoniadamente ambiguo. Habla claro, por favor.
—Está bien. Bella te escuchó hablar con Jane —estaba seguro que mi corazón dejó de latir y mi cara estaba más blanca que el papel—. Por supuesto, entendió todo mal y está completamente furiosa. Salió con Alice a un bar al centro de la ciudad para criticarnos. Entre conversaciones, Alice supo por qué ella estaba enojada contigo, y tu hermana asegura que Bella no está muy convencida de que todo este embrollo tenga solución.
—Mierda.
—Sí, estás jodido.
—No ayudas, Jasper —dije con acidez.
—Claro que lo hago. Para eso estamos acá.
Miré por primera vez en donde diablos estábamos. El letrero de la tienda era de muchos colores, con dibujos de estúpidos bebés con pañales rosas y flechas en las manos. Decía "PuppyLove".
—¿Qué… es… esto? —pregunté en trance.
El lugar parecía sacado de una película barata de San Valentín. Había enormes corazones en la vitrina del local, flores de todas las formas y tamaños, y estoy casi seguro haber escuchado sonidos de besos cuando una persona pasó por la puerta de la tienda.
—Esto es la solución —lo miré con cara de "antes muerto", a lo que él agregó—. No tienes una mejor opción. Además, metiste la pata de una forma tan profunda, que es imperativo algo hostigosamente cursi. La verdad es que no tenemos tiempo para hacer un poema, ni menos componer una canción de amor, así que —se encogió de hombros— esto es lo más cercano a lo que dijo Alice.
No lo podía creer. Bella me había escuchado y ahora quien sabe qué cosas está pensando. Esto era culpa mía, por aceptar seguir una de los absurdos consejos de Alice. Y ahora, ¿cómo esperaba que siguiera otro de sus consejos, si el primero ya había tenido tan desastroso final?
Supongo que no tengo otro plan.
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Bella POV:
Caminé por entre la multitud del lugar, chocando de vez en cuando con ellos. Estaba algo mareada, y el arcoíris de colores que desfilaban a mi vista como luces parpadeantes, no estaban ayudando precisamente. Tenía un sabor amargo en la boca, y no era por el alcohol bebido, sino los últimos acontecimientos.
Vaya, ¿quién iba a pensar que una inocente sesión de estudios culminaría en un bar, sufriendo por la incertidumbre?
Porque eso era: incertidumbre. Yo no podía asegurar que Edward estuviese engañándome, a pesar de haber escuchado su llamada telefónica. Si yo evaluaba objetivamente la situación, casi podría considerarse una prueba circunstancial. La chica no dijo nada revelador, nada que me dijese que ellos realmente tengan una relación.
Claro que todo era demasiado confuso. Si no estaba haciendo nada malo, entonces, ¿por qué lo ocultaría?
Me detuve abruptamente, chocando con una chica que venía caminando tras de mí.
¿Podría… sería capaz de ir directamente a Edward, y preguntarle qué es lo que ocurre con esa tal Jane?
Me mordí el labio inferior, debatiéndome en el valor que le tenía a mi orgullo.
—No puede ser —dijo una voz retumbante frente a mí, teñida por absoluta incredulidad. Levanté la vista—. ¿Cómo puedes estar acá, pensando, en vez de estar divirtiéndote?
Emmet.
—Dices la palabra "pensar", como si fuese algo horrible.
—¡Porque lo es! Bueno, en este contexto lo es —agregó lo último, al ver mi ceja alzada—. Vamos, Bella. Estás en un bar, eres joven, hermosa e inteligente. No puedes estar acá pensando en cosas demasiado densas. ¡Es hora de pasarla bien!
A pesar de ser un chico bastante liviano y de bromas fáciles, se veía a lo lejos que Emmet entendía más de lo que demostraba. No era el chico tonto de fraternidad del que trataba de hacer ver con sus camisetas impresas con letras en latín y esos enormes músculos.
—Creo que ya te lo había dicho, pero eres bastante perspicaz.
—¡Ey! Ya me gustaría que le dijeras eso a mi hermana —rió con fuerza, haciéndose escuchar entre la multitud.
—De todos modos, creo que tienes razón. No pensaré más. Me limitaré a dejar que todo fluya —dije con total convicción.
Ya me había cansado de pensar. Pensar apesta. Si las cosas se solucionan, bien, pero no voy a intervenir. Dejaré que el destino y las circunstancias hagan todo por mí. Si es lo correcto, va a pasar.
—¡Así se habla! Hey, ¿quieres bailar o —se acercó a mí con aires cómplices— tu pequeña novia se enojará?
—¿Alice? Nah, no es celosa —respondí a su broma, conteniendo las risas.
—Entonces vamos.
Me tomó de la muñeca con su enorme mano y prácticamente me arrastró al centro de la pista de baile. Tastabillé detrás de él, tratando de mantener el poco equilibrio que me quedaba, chocando mis hombros con las personas que pasaban.
—Emmet yo… yo no bailo.
Ya estábamos de frente, entre una marea de personas que se movían de un lado al otro al ritmo de la batería. Emmet me sonrió lentamente, dejándome ver sus adorables hoyuelos de niño travieso.
—Yo tampoco.
—¿Entonces qué haremos acá? —pregunté con sarcasmo— ¿Hablar de la levedad del ser, que vaga por el universo en busca de un significado?
—¡Joder, Bella! Apaga tu cerebro por un momento —rió.
Cierto. Ese era mi plan. Nada de pensar.
—En que… en serio, Em. No sé bailar.
—¿Me vas a rechazar? —preguntó con fingido dolor, dejando salir su labio inferior y mirándome con ojos de cordero degollado. Cuando vio que eso era precisamente lo que yo iba a hacer, él agregó—. Además, sería la segunda vez que me rechazas en un día. Mis amigos pensarán que tengo mal aliento o algo así. Vamos Bella, no me dejes mal con ellos.
Emmet señaló hacia una mesa en particular, con un asentimiento de cabeza. Seguí la dirección a un rincón apartado de la multitud, sin embargo, las personas que se encontraban allá en definitiva no podrían considerarse como desapercibidos.
—¿Acaso tienes como amigos al equipo nacional de futbol americano? —pregunté atónita.
Cada chico que miraba era incluso más grande que el anterior. Todos portaban imponentes músculos en brazos y antebrazos, y sus torsos eran tan grandes como un armario. Realmente eran impresionantes. Y muy particulares. Uno de ellos bebía vigorosamente de su vaso de cerveza, dejando correr un pequeño río por una de las comisuras de su boca. Cuando terminó, golpeó su pecho como si fuera gorila, mientras el resto gritaba en aquiescencia.
Emmet agitó su mano por sobre su cabeza, llamando la atención de sus amigos. Ellos vitorearon con voces graves hacia nosotros, algunos saludándolo de la misma forma que lo hizo él y otros levantando sus pulgares en señal de "aprobación masculina".
—Bailemos —me tomó de la cintura y me acercó a él—. Prometo no propasarme contigo… a menos que me lo pidas.
Reí de su ocurrencia y dejé ir mis ataduras.
Resultó ser que Emmet era bastante divertido. No había mentido en que no sabía bailar, pero ese hecho lo hacía incluso mejor. Hicimos todos los pasos clichés: Pasamos desde "el robot", "la macarena", "onda disco" y un muy extraño "charleston". Incluso Emmet, para mi completa sorpresa, se tapó la nariz e hizo un movimiento ondulatorio con su mano contraria sobre su cabeza, como si se estuviese zambullendo en el agua.
—Oh… no lo puedo creer —dije en jadeos—. Me duele el estómago de tanto reír.
—Y eso que no has visto mis pasos mágicos —rió—. Déjame mostrártelos. A las chicas les encanta.
—No sé si quiera… —retrocedí en broma y alcé mis brazos hacia su pecho.
—¡No seas nena! Prometo no soltarte como la última vez.
Y sin dejarme tiempo para replicar, tomó mi brazo y me apegó a él, pasando una de sus piernas entre las mías y posando su amplia palma en mi espalda.
—Es un baile brasileño, lo aprendí la última vez que fui con mi familia —me hizo girar en un rápido movimiento, para luego volver a la misma posición—. Genial, ¿eh?
—Emmet —reí—. Creo que te refieres a la lambada. Pero ese baile estoy casi segura que no te hacen girar como bailarina de ballet.
—¡Pero así es más divertido, Bella!
Y para apoyar su aseveración, me tomó otra vez y me hizo girar dos veces, para luego llevarme contra su pecho e inmediatamente inclinarme hacia mi espalda, doblándome como si fuese pretzel. Yo ya había perdido casi todas las inhibiciones de mi cuerpo con lenta absorción del alcohol de mi cuerpo y las tonterías que hacía Emmet. Era tan divertido. Todo era divertido.
Entre jadeos y risas, traté de levantar mi cuerpo de la molesta posición en que me tenía mi pareja de baile. Mi espalda ya había comenzado a punzar.
Cuando logré tomar una bocanada de aire para decirle a Emmet que me levantase, lo vi.
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Edward POV:
Mis puños se apretaron sobre el ridículo ramo de flores que llevaba en mi mano. No lo podía creer. Yo había estado a esa absurda tienda llena de corazoncitos por más de una hora, escuchando la eterna cháchara de vendedor sobre cuál sería el mejor peluche para pedir perdón, ilusionado por la benevolencia de una muy dolida Bella, ¿y resulta que ella estaba en un bar de mala muerte, bailando con cualquier tipo?
Estaba enojado…
No, estaba furioso.
Reconocí de inmediato cuando Bella reparó en mi presencia. Estaba claramente sorprendida. Y el idiota que la tenía agarrado no despegaba sus asquerosas manos de ella. Ahora que lo miraba mejor, lo conocía. Era el mismo chico del cual Bella conocía la vez que la llevé al hospital, y también el que la llevó aquella vez que ella se había torcido el tobillo.
Oh, ese hecho sólo hacía hervir mi sangre con mayor ahínco.
Empujé los artilugios que había comprado a mi novia al pecho de Jasper y me encaminé hacia la —nótese el sarcasmo— hermosa pareja de baile.
—¿Qué estás…? —tartamudeó Bella.
Su conquista la incorporó, acercándola a su pecho en un rápido movimiento.
Uno, dos, tres… vamos cálmate…. Cuatro, cinco…
—¡Ey, te conozco! Eres ese doctor… uhm… ¡Edmund!
Seis, siete…
—Es Edward, Emmet. Es mi… novio.
—¡Oh! —se vio sorprendido. Luego nos miró a ambos de forma intermitente—. Oh.
Sí, idiota. "Oh"
—Isabella —traté de hacer que mi voz se escuchara serena, aunque honestamente no creía poder—. Nos vamos en este momento.
Varias emociones cruzaron por el rostro de Bella. Primero pasó por la sorpresa, luego por el nervio, tuvo una pizca de culpabilidad, pero finalmente se recompuso en algo mucho más potente. Ira.
—Yo no me voy a ningún lado —se cruzó los brazos y me miró con altivez—. Y especialmente contigo.
Quince, dieciséis, diecisiete…
¿Por qué era tan putamente imposible mantener el control?
Resoplé con burla y la miré desde mi altura.
—Ya lo dije una vez, Bella. No me hagas repetirlo —me acerqué a su cara y susurré—: y te aconsejo que no me hagas intervenir.
Estábamos jugando a las miradas fijas, ninguno de los dos dispuesto a dejarse perder.
—Ok —Emmet levantó la voz—. Creo que es momento de que me vaya. Sé cuando estoy haciendo mal tercio —tomó a Bella por el codo y susurró a su oído algo que no escuché.
Veintiocho, veintinueve… puto treinta…
Bella me miró con odio, y asintió con la cabeza.
¿ELLA me mira con odio a MÍ? ¡Yo debería ser el que tiene derecho a enojarse! Encontrarme con mi novia tocándose con ese bruto frente a babosos con ese minúsculo trozo de tela que difícilmente se puede llamar falda, no me tiene precisamente brincando de alegría.
—De acuerdo, me voy. Sin embargo —me miró con ojos entrecerrados— estaré a la vista.
¡Já! Que amenaza más patética.
—Yo también me voy —dijo Bella, apenas el grandulón se mezcló con la gente.
La agarré del brazo antes de que diera un paso, acercándola a mi cuerpo.
—Al único lugar que irás, será a casa. Conmigo.
—¿Ah sí? —preguntó con una ceja alzada—. ¿Y si yo no quiero ir?
—No tienes opción.
Bella rió con burla y se soltó de mi agarre, dando varios pasos en dirección contraria. Maldiciendo como marinero, caminé tras ella, ignorando al mar de personas que bailaban a nuestro alrededor. Sólo tenía un objetivo, y nadie me haría cambiar de opinión.
Me planté frente a ella, ignorando sus protestas e insultos. Bella puso uno de sus brazos en jarra, agitando un dedo hacia mi pecho. Era consiente que ella estaba hablando, porque veía su boca moverse, pero ya no estaba dispuesto a hablar. Se había acabado su plazo. Me agaché, posando el vientre de Bella en mi hombro, y me volví a levantar, sujetando el dorso de sus rodillas.
—¿Qué haces, Edward? ¡Bájame ahora mismo! ¡Dios, estás siendo un idiota!
Yo caminaba hacia la salida. Necesitaba respirar aire fresco, quizás menguaría el mal humor que ahora portaba. Era cierto que necesitaba hablar con Bella, pero si lo hacía en estas condiciones, estaba plenamente consciente que luego me arrepentiría.
—¡Cavernícola! ¡Secuestrador! ¡Roba-chicas! —Bella gritaba y golpeaba mi espalda, pero mi agarre era de acero. No la dejaría escapar—. ¡Ayuda, un sicópata me lleva!
—Honestamente, Bella. A nadie le importa.
Crucé la puerta del bar y la brisa nocturna golpeó mi cara. Aspiré con fuerza y comencé a dar grandes zancadas por la acera. Me encaminé hacia los estacionamientos.
—Edward, bájame. Me siento mal. Creo que voy a vomitar.
Me detuve de forma abrupta, sopesando las posibilidades.
No demoré más de un segundo en tomar una decisión. Continué caminando hacia mi volvo.
—Como si pudiese caer en esa sucia treta, Bella —murmuré, dándole un apretón a sus rodillas.
Ella se retorció, soltando un bufido exasperado.
Abrí la puerta de mi auto y la dejé en el asiento del copiloto. Bella se cruzó de brazos y miró hacia otro lado, ignorando mis intentos de hacer coincidir nuestros ojos.
—Podría haberlo hecho, ¿sabes? Bebí bastante —refunfuñó mientras le abrochaba el cinturón de seguridad.
Solté una risa fría.
El viaje en el auto fue en silencio e incómodo. Ni siquiera atiné a poner algo de música, estaba demasiado ensimismado en tratar de comenzar la conversación sin decir algo estúpido o potencialmente insultante. Pronto llegamos a casa. No había terminado de estacionar, cuando Bella se quitó el cinturón y abrió su puerta, tambaleándose fuera del auto.
Saqué la llave y solté otra tanda de improperios. Agarré a Bella antes de que cayera sobre las petunias de mi madre.
Ella palmeó mis manos cuando ya estuvo de pié, lanzándome dagas con la mirada.
—No querrás que te lleve otra vez en el hombro —amenacé—. Déjame sostenerte al menos.
Bella gruñó, pero se sostuvo de mí la mayor parte del camino a las escaleras y la entrada de la casa. Caminé junto a ella en el segundo piso, pero, cuando hizo ademán de entrar a la habitación de Alice, la jalé hacia mí y seguí mi camino, a pesar de sus protestas.
La hice entrar a mi habitación y cerré la puerta, apoyando mi espalda contra ella.
—De acuerdo. Es hora de aclarar todo.
Bella rodó los ojos y se sentó en el borde de mi cama, cruzándose de brazos.
—No sé qué podría ser aclarado.
—Yo sí, así que seré yo quien hable.
El aire estaba denso. Bella me miraba como si estuviese planeando meticulosamente mi muerte con una cuchara.
Me crucé de brazos de la misma manera y me negué a aceptar un no por respuesta. ¿Me estaba desafiando? Pues no iba a ganar. Ahora yo sería el que hablara y ella se quedaría callada, quisiera o no.
Adopté una postura firme, casi glacial. Al parecer, Bella reparó en mi actitud.
—Y quizás soy yo la que se irá por esa puerta —se levantó—. Y seré yo la que no te verá nunca más.
En las últimas dos palabras, su voz se quebró. De pronto estar furioso no era una idea muy buena. Mi enojo se desinfló exactamente como un globo tocando una aguja.
Me sentí pésimo.
—Bella… oh, cielo… lo siento tanto… —la acerqué a mí y la abracé con todo lo que tenía, tratando de traspasarle mis sentimientos en ello.
Sentí que mi camisa se mojó con sus lágrimas, pero su llanto fue silencioso. Pasó sus brazos por mi cintura y ocultó su cara en mi pecho. Acaricié su espalda, esperando pacientemente a que se calmara. Besé su cabeza, su sien y, cuando logré separar su cara, le besé las mejillas y labios.
Bella me miró con una expresión que no pude descifrar. Era una especie de ensoñación y añoranza. Alejé los remanentes de lágrimas que tenía en su cara con mis pulgares. Ella sonrió levemente ante mi toque, inclinándose hacia una de mis manos, pero era una sonrisa triste, sin la misma emoción que siempre.
—Bésame, Edward —dijo de pronto, con voz ronca—. Por favor… sólo bésame.
Me acerqué a ella e hice lo que me pidió; junté nuestros labios con la suavidad que pude encontrar. Los de ella estaban suaves y salados por el llanto. Me bebí los restos de su tristeza, tratando de llevármela toda. Esta era mi culpa. Si no fuera por mí, Bella no estaría llorando en este momento. Mi intención era darle un beso dulce, significativo, pero Bella tenía otra idea. Tomó mi nuca con sus manos y se alzó en puntas de pie, profundizando el beso. Apenas sentí su lengua delineando mi labio inferior, mi cuerpo estalló en llamas.
Mis manos viajaron rápidamente a sus caderas, sosteniéndola y a la vez acercando su cuerpo al mío. Esto era el paraíso. Bella estaba siendo demandante, pasional. Comenzó a caminar hacia atrás, llevándome consigo sin separar nuestras bocas. Comenzó a caer y se sostuvo del cuello de mi camisa. Caí con ella a mi cama.
Traté de levantarme y así no dejar todo mi peso sobre Bella, apoyando una de mis manos en el colchón, justo al lado de su cara. La miré; estaba sonrosada, acalorada y jadeante. Tomó mi mano libre y la llevó al muslo que había enroscado en mi cadera.
Su muslo desnudo.
Oh, sería sublime hundirme en la desinhibida pasión que ahora flotaba entre nosotros, pero aquel pájaro de la culpa revoloteaba en mi cabeza. No podía… bueno, si podía. Lo debía. Esa era la diferencia.
—Bella… n-no deberíamos hacer e-esto aún. No hasta que hablemos.
Oh, Dios. La lengua de Bella en mi cuello.
—Por favor, Edward. Sólo quiero sentir —coló sus manos por debajo de mi camisa, arrastrando sus dedos por mi estómago—. Necesito esto… sentirte.
Esto estaba tan mal, pero mi cuerpo se negaba a escuchar mi conciencia.
Bella estaba frenética. No estaba siendo ni suave, ni sutil. Metió su mano en mi pantalón y agarró mi erección sin ninguna señal de pudor. Creo que podría atribuirlo al alcohol y la pasión por partes iguales.
—N-no, Bella… no podré ser suave si —oh… sus manos—s-si sigues con eso.
—Entonces no lo hagas —jadeó sobre mi boca—. No quiero suavidad.
Oh, por todo lo bendito que hay en este mundo… ¿Bella me estaba insinuando que lo quería… fuerte?
Un rugido animal brotó de mi garganta. Mis manos comenzaron a vagar por todos lados, tocando, apretando y pellizcando. Bella gemía y me besaba con más ímpetu.
Esto era tan incorrecto, estábamos a pasos de tener sexo enojado. Quería hablar, aclarar todo, pero las palabras no salían, no conseguía formular otra palabra que no fuera su nombre.
—Bella…
Estábamos en el punto que ya no podíamos esperar, ni siquiera para quitar todas nuestras ropas. Me incorporé en mis rodillas y quité sus bragas casi con furia. Ella tomó mi cinturón con manos temblorosas de pasión, tratando de desprenderlo en torpes movimientos.
Me incliné en ella para besarla. Quería que supiera, al menos por mis acciones, todo lo que sentía por ella.
Bajé mis pantalones y boxers, lo suficiente para sacar mi dureza. Cuando me estaba acomodando en su entrada, me percaté de un ligero cambio en esta ecuación: las erráticas caricias de Bella habían disminuido hasta desaparecer. Despegando mi vista de mi erección, la levanté hacia su cara.
—Oh… definitivamente alguien de allá arriba me odia —murmuré para mí.
Bella se había quedado dormida.
Tomé aire y me levanté, acomodando mis ropas nuevamente. Con algo de dolor, moví a Bella lo mejor que pude al centro de la cama, cubriéndola con el edredón. Se veía calma, en paz. Su pecho subía y bajaba a un ritmo regular, y sus largas pestañas creaban sombras en sus mejillas enrojecidas.
Creo que era mejor que fuese así. Quizás después de haber tenido sexo desenfrenado, Bella se habría sentido mal y no habría querido escucharme. Teníamos que hablar civilizadamente, sin interrupciones y con la mente abierta, no así, ambos demasiado ensimismados en buscar algo del otro de forma egoísta.
Suspiré.
Baño frío. Ahora.
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Bella POV:
Ow… mi cabeza… va a explotar…
Parpadeé con un insufrible dolor justo en el centro de mis cejas. Mi cabeza palpitaba insoportablemente y sentía que mi boca repleta de algodón. Me restregué los ojos con una de mis manos, tratando de enfocar la mirada en… algo. Lo que sea.
Ventanas, puerta, cama, edredón, mesa de noche… Ow, ow… ¡ow! ¡Oh Dios, mátame ahora!
Gemí y me hundí en las sábanas, tratando de ocultarme del dolor con la almohada.
—Arriba, Bella. Siéntate.
Me congelé en medio de mi autocompasión. Esa voz… era la voz de Edward.
Anoche estaba borracha, muy borracha. Pero no lo suficientemente borracha como para olvidar cada pequeño detalle de lo vivido. Me lancé a él como gata en celo. Prácticamente le rogué que tuviera sexo conmigo, con la forma en que me comporté. Oh, vergüenza, mi fiel compañera.
Ooooow…
—Por favor.
Su tono me hizo poner atención. Se escuchaba ansioso. Asomé uno de mis ojos por entre las sábanas, temiendo ver su reacción después de todo lo ocurrido. Pude notar que se había bañado recientemente, por su cabello ligeramente mojado y las pequeñas gotas de agua que bajaban por su cuello. Estaba usando unos jeans oscuros y una camisa gris claro, que enmarcaban sus amplios hombros.
Me senté, apoyándome al respaldo de mi cama y me las ingenié en restregarme los ojos sin perderlo de vista. Sin decir una sola palabra, acercó un vaso con agua y depositó en mi mano dos pequeñas pastillas.
—Para el dolor de cabeza —respondió de forma seca mi pregunta muda.
Las llevé a mi boca y las tomé sin chistar.
Y… ¿ahora, qué?
Edward carraspeó.
—Creo que deberíamos hablar.
Me mordí el labio y me debatí en las distintas formas de escapar de esta situación. La que más me serviría ahora sería usar una máquina del tiempo para volver al momento en donde todo se tergiversó hasta este punto. Un Delorean de "Volver al Futuro" sería muy útil para estos casos.
Dejé escapar el aire de mis pulmones y asentí, no sin sentir horribles punzadas en mi cabeza por el movimiento brusco.
—Creo… creo que necesito hablarte de todo esto desde el comienzo, si es que puedo explicarlo.
Yo me callé y me limité a escuchar. De todas formas, no tenía ningún deseo en emitir una sola palabra.
La narración de Edward comenzó. Al inicio debía reconocer que estaba algo reticente a lo que iba a escuchar, ya que la verdad me asustaba más que cualquier excusa. Me dijo que nada de lo que pasó era de su intención. Yo tampoco, pensé, pero dejé que siguiera.
Dijo que todo fue un inmenso malentendido, agregándolo a nuestra larga lista de ellos. Que Jane no era nadie… bueno, era alguien, pero no lo que yo podría suponer que era. Ella trabajaba para Rose, y al parecer Alice pensó que necesitaba una aliada en esta batalla campal en tratar de hablar con ella. Me juró que nada, absolutamente nada había pasado entre ambos, ni tenía intención de que sucediese. Además agregó, quizás para tranquilizarme, que ella estaba a kilómetros de distancia, con todo un océano de por medio.
Sopesé la situación por unos cuantos minutos. Era demasiado como para aceptar y olvidar. En serio me sentí mal con todo que pasó. Se sentía casi incorrecto lanzarme a los brazos de Edward y hacer como si nada hubiese ocurrido. Aún me sentía algo extraña con todo, y todavía tenía dudas.
—Pero Edward —dije, llamando su atención—, aun no entiendo algo.
Él me miró expectante, esperando a lo que tenía que decir. Su cabello estaba algo despeinado, quizás por la infinidad de veces que se pasó las manos por entre sus hebras a lo largo de su historia. Sus ojos estaban de un verde brillante, observando cada uno de mis movimientos. Hizo un leve asentimiento de cabeza para que prosiguiera.
—Yo… yo no entiendo por qué no me lo dijiste antes —miré mis manos y jugué nerviosamente con las sábanas—. Lo que me dijiste no suena tan mal como para que me lo ocultaras. Siento —carraspeé y tragué con dificultad—, siento como si no confiaras en mí.
Edward me miró con horror y negó varias veces.
—No, Bella… Dios, no —tomó mis manos y les dio un reconfortante apretón—. No es eso.
—¿Entonces, qué es? —pregunté, suplicante— Ayúdame a entender, porque no estoy siguiéndote.
Él suspiró con pesar. Nunca lo había visto así de… arrepentido.
—Ya bastante tenías con todo lo que te he hecho cargar. Sé que no es cómodo para ti, no creas que no lo sé. Sólo… quería evitarte otro desagrado. Reconozco que no ha sido fácil nuestra bizarra relación con novias falsas, mamás que no saben, esconderse… —suspiró—. Lo sé, en serio lo hago. Lo único que quería era alivianarte todo esto, ahorrarte más problemas. Nada más. No era desconfianza, lo prometo.
—¿Ah, sí? Y dime entonces, ¿qué pensaste cuando me viste ayer con Emmet en la pista de baile?
Di en el clavo. Edward frunció el entrecejo y su mandíbula se tensó.
—No es lo mismo —dijo entre dientes.
—Claro que sí, Edward. La confianza no es elitista, no puedes decidir cuándo ocuparla y cuándo no. Acá es un asunto de blanco y negro. Es, o no es.
Edward maldijo en silencio, respirando fuertemente y tomándose el puente de la nariz con sus dedos.
Después de su pequeño arranque de ira, me miró con fiereza.
—Bien, tienes razón —dijo para mi total asombro—. Pero si yo lo reconocí, también debes hacerlo.
—¿Yo? —pregunté en una octava más alta.
Él me lanzó una mirada burlona.
—Sí, tú —dijo con obviedad—. Si lo entiendo bien, alguien no preguntó antes de actuar. Alguien tomó algo que no era suyo y lo revisó. Alguien supuso erróneamente y no se dio el trabajo de corroborarlo. Alguien salió disparada a "vivir la vida loca" sin darle la oportunidad a su novio para explicarse. Alguien…
—¡De acuerdo, de acuerdo, entendí!
Me cubrí la cara con mis manos en total mortificación.
Edward rió y yo lo miré con la mayor indignación que pude demostrar por entre mis dedos. Él me sorprendió cuando reemplazó mis manos por las suyas y me depositó un suave beso en los labios.
—Somos un par de idiotas, ¿no? —dijo en una sonrisa, sobre mi boca.
Suspiré con un extraño alivio.
—Idiotas desconfiados —agregué.
—Lo solucionaremos, cariño. Juntos —rozó nuestras narices, haciéndome sonreír—. Hablando. Conociéndonos mejor.
Bien. Este tema no había concluido ni solucionado, pero la intención ya estaba sobre la mesa. Sólo teníamos que dar pequeños pasos de bebé en esto. Dicen que Roma no se construyó en un día, entonces, ¿por qué nosotros podríamos construir una relación en el mismo tiempo? Claramente es más difícil.
Estuvimos un tiempo en la cama entre pequeñas disculpas y promesas a mejorar nuestras reacciones si algo iba mal. Le expliqué a Edward —con dificultad, pero lo hice— que Emmet sólo era un amigo y nada más, y él me juró que era la única mujer en la que podía pensar, así que era absurdo suponer en alguien más. Suspiré con ensoñación, me sonrojé y lo besé, como era de esperarse. Me estaba convirtiendo en una chica bastante predecible, pero no podía evitar esas reacciones con Edward.
—Bien, ahora me gustaría hacerte el desayuno, ¿quieres bañarte antes o prefieres quedarte en cama?
—¡Edward! Ni que estuviese convaleciente —rodeé su cuello con mis brazos y lo miré muy de cerca—. Muchas gracias, pero no. Prefiero pasar al baño y luego ayudarte. ¿De acuerdo?
—Como quieras —rozó mis labios con los suyos, como si fuese una promesa para algo mejor—. Te espero abajo.
Con un movimiento grácil, se levantó de la cama y caminó hacia la puerta. Justo antes de cerrarla, se giró y me guiñó el ojo, dejándome momentáneamente aturdida.
El dolor de cabeza había disminuido, dejándome sólo un pequeño malestar. Me levanté y caminé hacia el baño, percatándome que no estaba usando mi ropa, sino una amplia camiseta deportiva, que suponía, era de Edward. Sonreí y la olí sin vergüenza, disfrutando de su masculino perfume.
Me vi en el espejo. Estaba portando una melena digna de león, con mechones asesinos hacia todos lados, amenazando a cualquiera que se acercarse a sacar un ojo de una limpia estocada. Mis ojos estaban levemente rojos y mis mejillas muy coloradas. Pero lo que más notaba era mi sonrisa, amplia y ligeramente desquiciada. Sip,"Efecto Edward".
Estaba plenamente consiente en que Edward no era perfecto, pero tampoco lo era yo. Nadie lo era. Sí, se equivocó en no decirme nada, pero yo también lo hice en revisar sus cosas. Lo importante era sobreponerse a todo lo pasado. No iba a ser fácil, pero la confianza no se hace, se construye. Ya tendríamos tiempo de hacerlo.
Giré sobre mis talones para ir a buscar algo de ropa antes de ducharme. Justo antes de salir, agarrando el pomo de la puerta, divisé algo interesante en mi reflejo. En mi espalda, impresa en grandes letras azules sobre la camiseta deportiva que estaba usando, decía claramente "CULLEN".
Sonreí.
Edward podría estar de acuerdo en comenzar a confiar el uno del otro, creerme y saber que yo confiaba en él, pero no por eso se le iba a quitar esa extraña posesividad que tenía sobre mí.
Esta era una curiosa forma de marcarme como suya. Pero, a pesar de todo, no me molestaba. De hecho… me gustaba bastante.
¡Hola, hola!
Aaay, debo reconocer que le tengo un cariño "especial" a mi Edward, a pesar que sea algo despistado y enojón. xD
Pufff… siento que ha pasado una infinidad desde la última vez que actualicé, pero en serio me costó sacar este capítulo. Iba a ser más corto y lo iba a dejar en un momento de incertidumbre, jeje… Después me arrepentí y decidí solucionarlo todo, de todos modos iba a ser así tarde o temprano.
Sé que quizás se ven algo confusas las reacciones de todos, pero les juro que cada movimiento que dan los personajes tiene un significado. Ya verán, ya verán… ;)
¡Tengo Twitter! :D Lo sé, es raro y aún me cuesta acostumbrarme, pero creo que es mucho más accesible para todos y se siente más cercano. Me pueden agregar (twitter en mi perfil) y, si quieren, podemos conversar. :)
Bueno, ¿me dan un poco de amor? :D
