Un tonto enamorado
Wynne pretexta dolor de cabeza para retirarse a sus habitaciones.
En el mismo instante en el que Leliana se empeñó en que el hermano Genitivi les acompañase hasta Risco Rojo para poder dejarlo en un lugar seguro y que, además, pudiese recibir su justo reconocimiento por haberlos llevado hasta la última morada de Andraste, como mujer que ha vivido una larga vida tuvo la certeza de que ello no le traería más que problemas.
Faltaría más, no se equivocó ni un poquito. Lo que comenzó siendo un pasatiempo de unos días se está convirtiendo en un molesto dolor de muelas.
En el fondo es consciente de que la culpa es suya y sus ganas de disfrutar lo que le queda de vida, sin calcular bien las consecuencias.
Lo suyo hubiese sido cortar la relación aquella vez que él le regaló uno de sus libros dedicado. En vez de ello, se había reído en la intimidad de su tienda de la ridícula dedicatoria con tintes románticos que le había dejado, cual tonto enamorado.
Después de eso había venido el ramillete de acebo, e incluso así, ella se había metido bajo sus pieles, porque una cosa debía reconocerle al hombre, el entusiasmo con el que se daba.
La primera vez que yacieron juntos, la maga se sorprendió con el grado de dedicación y entrega de la que él hacía gala. Se notaba que la vida del erudito itinerante era muy solitaria y que hacía mucho que no estaba con una mujer. En realidad, tal parecía que apenas había disfrutado de los placeres de la carne en su vida.
Durante un corto período, un hombre así resulta ser excitante, pero superada la novedad, el grado de acaparación que pretende, además de vulgar, se torna en una insoportable carga de la que una ansía librarse cuanto antes.
No contento con llamarla delante de todos "la señora encantadora" -cada vez que lo escucha mantiene como puede una hipócrita sonrisa, cuando lo que en realidad le gustaría es partirle el bastón en dos sobre la cabeza-, desde que han llegado a Risco Rojo no cesa de importunarle diciendo que deberían cartearse una vez que se separen. Al argumento de la vida errante que él lleva, ha rebatido y propuesto que le responda únicamente cuando se halle instalado durante una larga temporada o en su casa, o en algún punto de Ferelden. ¿Qué será lo siguiente? ¿Pedirla en matrimonio?
Menos mal que pasado mañana se van en cuanto amanezca y le dejarán atrás. Quizás entonces pueda reírse de todo esto.
Agobiada, pensando en si mañana se comportará o si Ferdinand dramatizará la despedida, se acerca a abrir la ventana. Necesita un poco de aire fresco que la despeje.
Apoya los brazos en el alféizar y observa el jardín. Debe reconocer que el ala de las habitaciones de invitados del castillo posee unas hermosas vistas.
En cuanto sus ojos se acostumbran a la tenue luz nocturna, dos sombras entrelazadas acaparan su atención. Tarda unos segundos en darse cuenta de que son los dos guardas grises.
Se olvida de Genitivi, pues la rabia tiene ahora un nuevo objetivo.
"En el nombre de Andraste, ¿cómo puede la enana jugar así con el dulce Alistair?" Ambos tienen deberes para con su Orden y el deber está por encima de todo. Algunos sectores de la sociedad no se pueden permitir el amor.
La muchacha tiene más mundo, su pueblo está dividido por castas, esa división de la gente tendría que estar bien impresa en su carne y en su piel, debería haberla hecho plenamente consciente del lugar que debe ocupar en el mundo y entre las personas de mayor rango que ella, por contra, a él le mueven su ingenuidad y sus sentimientos.
El futuro rey de Ferelden tiene obligaciones con el pueblo y miras más altas en cuanto a jóvenes doncellas se refiere. ¿Qué puede aportarle la mejor amiga de Morrigan? Nada, excepto crueldad y dolor.
Su moral le susurra que impera hablar con Alistair, sutilmente hacerle ver el error que está cometiendo. No será ella quien permita que le manipule una persona de dobles intenciones.
Por lo bajo comienza a murmurar y provoca una tormenta sobre ellos. Se camufla tras la cortina y los observa compartir un último beso con el agua cayéndoles encima, luego echan a correr, hasta que desaparecen debajo del porche.
Ahora ya no puede verlos, mas sí escucha las risas. Luego, sus murmullos se apagan. Han entrado en el castillo y con ello llega el momento de comportarse.
Besos mágicos
Han parado a comer en un claro del bosque y, contrariamente a lo esperado, cuando Leliana ha sugerido que podían detenerse en el camino por hoy, nadie se ha opuesto.
La pelirroja se ha sentado en la hierba con las palmas de la mano sobre el suave verdor y el laúd a un costado. Echa la cabeza hacia atrás, cierra los ojos y respira profundo.
Un chillido la saca de su éxtasis. Sandal se ha caído, el muchacho gime y unos lagrimones descienden por sus mejillas.
La bardo se levanta al adivinar su propósito, viéndolo acercarse a ella; le muestra el joven su brazo lastimado. Con cuidado desliza la manga del jubón hacia atrás, quedando al descubierto unas magulladuras en el antebrazo.
Con delicadeza, ella pasa los dedos por la zona afectada, acariciándola y luego le da un beso "mágico" que hará que sane enseguida. Contento tras la cura milagrosa, él se va a continuar jugando con El Canino.
Les observa correr y tirarse al suelo, en donde empiezan a rodar sobre el pasto. Olvidando ya la reciente herida, el muchacho ríe, y Leliana no puede dejar de sentirse contagiada por esa felicidad tan plena que él desprende.
Bajo un árbol, Wynne lee una novela de amor. Se la ve preocupada. "¡Pobrecilla! Seguro que está triste porque atrás quedó el hermano Genitivi".
Leliana se enorgullece mucho de haber podido conseguirle a la pareja más tiempo para disfrutar juntos cuando propuso que él les acompañase a Risco Rojo. Le resulta reconfortante comprobar que a esa edad todavía el amor puede tocar a tu puerta y sacudir tus emociones. Se los veía muy entusiasmados el uno con el otro. Wynne se hacía la dura con él para que sus compañeros no sospechasen y Ferdinand no podía dejar de mirarla con admiración -qué hermoso a esas alturas de la vida-.
Quizás en el futuro puedan volver a encontrarse, "si es que queda futuro". La joven sacude la cabeza tratando de desechar tan negativo pensamiento. "No", se dice, "si hemos hallado la Urna de las Cenizas Sagradas, también podremos batirnos contra esa incierta oscuridad que es la Ruina".
Sin previo aviso y de forma totalmente inesperada, Sandal se abalanza contra ella y la lanza al suelo. Al caer se golpea con una piedra en la rodilla.
No tiene tiempo para pensar en lo bruto que él ha sido, pues una flecha pasa silbando por encima de ellos. Escucha a El Canino gruñendo y a Wynne murmurando un hechizo.
Leliana se maldice a sí misma mientras se levanta y saca una pequeña daga de su bota. Sus armas principales han quedado en la tienda.
Un grupo de mercenarios se ha aproximado, cerca de un árbol, apostado se halla un arquero. Corre a esconderse, pues en medio del prado ella es un blanco fácil para las flechas y él parece haberse dado cuenta también.
Alcanza una roca tras la que parapetarse, pero ya una saeta se le ha clavado en el talón. Hace acopio de sus fuerzas y, con la espalda pegada fuertemente contra la piedra, se la arranca produciéndole el acto mucho dolor.
─La pelirroja, la pelirroja. Centraros en ella ─chilla el que en apariencia lleva el mando.
Siente que el terror se apodera de ella, no es una cobarde, pero va armada con un ridículo puñal, contra uno quizás tenga una oportunidad, mas contra varios no. Se atreve a asomarse para ver cuál es la situación.
Enseguida vuelve a dejarse caer contra las rocas. Está perdida sin remedio. El mabari se ceba con el arquero, Wynne mantiene a dos ocupados, pero ya los cuatro restantes corren hacia ella. No puede huir, pues su pie, ahora herido, no se lo permite.
─Andraste querida, presérvame ─susurra antes de levantarse para encarar a los malandrines ─, que me deseen para llevarme a un burdel.
Pues esa es la única forma de que pueda salir viva de ésta.
El más cercano a ella trae un hacha en alto, rostro sanguinario. Se alegra de que traiga un arma tan pesada y lenta, aunque en apariencia letal y carnicera. Antes de que tenga tiempo de bajarla, le da una patada con todas las fuerzas que tiene en la entrepierna. Se magulla el talón herido, el dolor es extremo, pero ha valido la pena.
Su idea de usar al caído como escudo humano se ve truncada cuando otro hombre se echa a correr hacia ella, espada en mano. Ver el filo de una daga saliéndole por el gaznate y escuchar el grito gutural de Sten, es todo uno.
La irrupción del qunari iracundo causa pavor a los enemigos. Puede que incluso más que ver que ahora mismo son superados en número. Durante unos segundos reina el desconcierto en las filas enemigas. El suficiente como para acabar con uno de ellos desarmado y retenido, dispuesto a ser sometido a un intenso interrogatorio.
Zevran se acerca a recuperar su daga, la cual permanece todavía clavada en el pescuezo de la víctima.
─Qué bueno soy con el lanzamiento de cuchillo ─comenta guiñándole un ojo.
─¿Qué tal la tarde de hombres?
─¡Ay! Mi ardiente pelirroja, ojalá te hubieses visto antes en la necesidad de que te rescatásemos. En el Qun no saben lo que es la diversión, tan sólo castrarla. La próxima vez nos fugamos el templario y yo solos.
─Déjame ver tu pie, querida ─Wynne casi no le da tiempo a que se apoye en Zevran, pues bien no acaba de hablar y ya está examinándola.
La bardo es consciente de que tendrán que comprarle unas botas nuevas, pero quién sabe cuánto tardarán en hallar un vendedor que las tenga. Es muy probable que en el reino enano no las fabriquen para pies tan grandes, ahora toca pasar frío y mojarse los pies.
Desvía la vista, ya que no desea ver su propia sangre, eso es algo que le provoca flojera, más que el propio dolor. Sus ojos se encuentran con los de Alistair, que descansa su espada encima del hombro, mientras, a su lado, Sten mantiene al único superviviente que no ha conseguido escapar contra el tronco de un árbol, a unos centímetros del suelo, sujetándolo por el cuello con su fornido brazo. El mercenario tiene la faz encarnada, se nota que le cuesta respirar. Patalea en un débil intento por liberarse de su captor.
El ex templario vuelve a mirarla otra vez, lo cual hace que se ponga nerviosa.
─¡Zev! Ven aquí, por favor.
─Donde tú me pidas allí estaré, con o sin favor, mi valiente guarda.
A la joven pelirroja no le resta más que observar a Alistair pasando la mano por el hombro del elfo, a la vez que le susurra algo.
Sten suelta a su presa, tras despojarla del calzado. En cuanto se ve en el suelo, el ex cuervo le clava la punta de sus dagas en el trasero, obligándole con ello a escapar corriendo, lo cual provoca las carcajadas del guarda y de Zevran.
Por recomendación de la sanadora, la bardo se sienta a descansar para evitar que la herida se le reabra con el esfuerzo de caminar. El Canino y Sandal se sientan a su lado; el enano le da un beso en la mejilla, tratando de restablecerle la salud igual que antes ella hizo con él.
Ella, sonriente, lo toma por el cuello y le da un abrazo. Al mirar enfrente, ve a Alistair recortando la distancia que les separa.
El joven se acuclilla e hinca una rodilla en el suelo y apoya el peso de su cuerpo en la otra pierna.
Anteanoche, cuando el arl desveló de quien era hijo el guarda, ella creyó que entre eso y la insistencia de nombrarlo rey, la inseguridad se empeñaría en dominarle. En lugar de ello, le había visto amanecer con aplomo y cierta seguridad en su semblante, como si al librarse del secreto su personalidad se hubiese reafirmado. Hay algo en él, algo nuevo, como un deje de determinación brillando en sus ojos.
─Leliana, ¿quién es Marjolaine?
La pregunta, no sólo la toma por sorpresa, si no que reabre las yagas de su espíritu, volviendo a convertirlas en heridas profundas.
¡Oh, Marjolaine! ¿Es que acaso no bastó con robarle la inocencia? ¿Con la manipulación? ¿Con el intento de supresión de su persona? ¿Con la traición? ¿Con aquellos interminables días de degradación y tortura? ¿Qué más desea la insaciable crueldad de Marjolaine? ¿Su cabeza como trofeo de pared? Y pensar que hubo un tiempo en el que la idolatraba, en el que besaba la tierra que ella pisaba.
El problema es que esto ha dejado de ser algo entre ellas dos, algo que se suponía estaba enterrado, al menos por su parte, hasta que hoy, con su acción, Marjolaine la incita a vomitar la ira que durante años ha acumulado dentro. No permitirá que se cobre la sangre de quienes se han trocado en familia para ella, no permitirá que vuelva a rozarle su virulencia.
"Algún día, Marjolaine, algún día habré de hacerte pagar el peaje por todas esas líneas que osaste cruzar".
Lágrimas de tristeza y rabia se entremezclan en su rostro.
Se deja arropar por los brazos de Alistair antes de abrir la caja de sus recuerdos, detrás suya nota cómo Sandal le abraza y reposa la cabeza en su espalda.
Dame veneno
Esa mañana la enana amanece con un atisbo de nerviosismo. Su mente evadiéndose constantemente.
Lo primero que Morrigan piensa es que la causa es ese bobo de Alistair y el probable miedo que ella pueda sentir si, por salvaguardar al futuro rey de Ferelden, se quedasen sin el único guardia gris existente a parte de ella.
Las miradas que sobre él posa de soslayo, cuando cree que nadie la ve, así se lo indica.
El misterio le es revelado al atardecer.
Parten las dos hacia el bosque en busca de setas para la cena. Allí se pierden durante horas.
Si algo aprecia la bruja de su compañera es que sabe cuando callar y cuando hablar.
Al lado de una charca que cría tantas ranas como níscalos, la muchacha de baja estatura se para frente a sus turbias aguas. En su mano un junco, el cual va partiendo pedacito a pedacito. Según lo corta lo lanza hacia adelante.
─Duncan, el líder de los guardias grises de Ferelden, estaba de paso por Orzammar, había ido a sellar un agujero por el que los engendros salían a superficie. Fue la providencia, la fortuna o como quieras llamarlo, que lo hallase cuando me interné allí. Me habían descastado y condenado a morir en el reino que una vez perdimos.
Se vuelve y confronta su mirada, antes de continuar con su narración.
Dos príncipes en dos días. Títulos que para ella nada significan. Le impresiona más la sangre del dragón que discurre por las venas de uno o la fortaleza de la otra.
Comprende el privilegio que supone que se lo cuente a ella antes que a nadie. Denota una gran confianza y un cariño que quizás, en el futuro, al llegar la hora de lidiar contra el Archidemonio, lamente.
La noticia, sin lugar a dudas, provocará incertidumbre entre la compañía. Si una vez llegados a Orzammar no le permiten entrar, tendrá que tomar el liderazgo Alistair. La hija de Flemeth no puede evitar darse una palmada en la frente cuando el fugaz pensamiento aparece en sus mientes.
─Necios. Los hombres, sean de la raza que sean, excluyen a aquellas mujeres que les superan en ingenio y virtudes porque son temerosos e inseguros de sí mismos. Necesitan ser siempre los dueños de la situación, sin nadie que les intimide.
La princesa enana se ríe.
─Eres genial, Morrigan. No cambies nunca. Ojalá hubieses sido mi consejera cuando todavía era una niña de papá viviendo en Palacio.
La bruja de la espesura, ahora que lo ha mencionado en voz alta, se da cuenta del porqué Sten se empeña en rechazar su oferta de acostarse juntos: ella le intimida. Ese hombretón tan grande siente respeto por su magia, por lo que ella como maga representa. Descubrirlo le hace esbozar una sonrisa; lo considera un acto cobarde y pueril. Y pensar que lo tenía por un hombre razonable y coherente, la persona del sexo opuesto más parecido a ella que jamás ha conocido.
Es difícil luchar contra el miedo primitivo que la gente ha mamado desde la infancia.
Ha de confesar que ese terror innato a veces le satisface, pues le hace sentirse poderosa e invencible, mas en ocasiones le exaspera tanta estupidez sin sentido.
─¿Y esta, Morrigan? ─la otra mujer le enseña una seta recién cogida.
─Esa sí. Veo que esta tarde ha sido productiva. Ya no volverás a envenenarnos.
─Teniendo en cuenta que nunca me dejáis acercarme a los pucheros, lo veo difícil, aunque cogiese miles de setas de esas rojas venenosas ─tras unos minutos de silencio, lo siguiente que la enana le pregunta le coge desprevenida ─. Como soy tan buena alumna, ¿cuándo me enseñarás a fabricar venenos?
─¿Venenos? ¿Acaso quieres matar a tu hermano, guarda? Porque si es así no tienes más que decírmelo y yo lo haré por ti.
La otra calla. No es hasta que han pasado unos minutos que vuelve a retomar la conversación.
─Si Bhelen muere estando yo cerca de Orzammar, todo el mundo dará por hecho que soy una fratricida y que también maté a Trian. No quiero ser recordada como la asesina de mis hermanos, si no limpiar mi honor y recuperar mi nombre para la historia de Orzammar.
La bruja de la espesura no dice nada, ¿para qué? Poco pueden hacer sus argumentos contra el concepto de honor. Pero si algo ha aprendido es que en esta vida es mejor golpear que ser golpeado y que, si alguien te ha hecho daño una vez volverá a reincidir.
El conquistador del mundo
Tras haber conseguido que Leliana vomite toda la ira que lleva dentro, Wynne les toma el relevo a él y a Sandal. La maga guía a la pelirroja hasta la tienda donde duerme, en la que le ofrece una infusión recién hecha de tomillo con miel silvestre y un hombro sobre el que apoyarse.
Todos tenemos un pasado del cual no podemos evadirnos. Si hace nada a él le ha alcanzado su ascendencia regia, hoy ha sido la Marjolaine de Leliana, mañana, y quien dice mañana dice en unos días, será el hermano de Lady Aeducan.
Alistair no sabe cómo reaccionará cuando se encuentre cara a cara con ese indeseable. Cierto que de no ser por su mezquindad él nunca la hubiese conocido a ella, no hubiese languidecido durante meses por una mirada suya, una sonrisa; no habría sucumbido al fuego que arde en sus labios, en su lengua y en su piel. Sin embargo, imaginarla sola, perdida en los Caminos de las Profundidades, abandonada como quien sacrifica una res a las fieras por diversión, una ira interior se revuelve en su estómago, pugna por salir y destrozarlo todo a su paso.
Sí, deberá contenerse porque eso es lo que exige el código de conducta de un buen guardia gris, porque están en guerra contra el Archidemonio, porque el hijo de Maric no debería provocar problemas diplomáticos, pero con qué ganas alzaría por el pecho de su jubón a ese príncipe arrogante y lo zarandearía con los pies colgando a centímetros del suelo.
Así como el arado hace surcos en la tierra, existen sucesos que hacen mella en el alma de los hombres, para ella han sido esas últimas semanas en Orzammar, para él su infancia.
Zevran saca brillo a las botas que le regaló, él, a su lado, trata de zurcir los agujeros de sus calcetines con un resultado pésimo, todo hay que decir. Pero Wynne no le ha dejado otro remedio tras negarse a ayudarle con esa tarea.
─Cómprate unos nuevos, mi intrépido guardia. O si no, siempre puedes pedírselo a tu hermana de armas.
El elfo le guiña un ojo y no puede evitar reírse ante la broma. Alistair también sonríe, más porque la ve venir en compañía de Morrigan con una cesta llena de setas que por el comentario. Un cosquilleo inunda su estómago.
Hermana, no cree que sea ese precisamente el nombre que deba darle, pues el cariño, las caricias y besos que le reserva no se parecen en nada a los castos que se le prodigan a una hermana. No, más bien es su dulce niña.
─¿Qué ha ocurrido aquí? ─preguntan ambas a la vez, señalando la pira en la que reposan los cadáveres de los hombres que les asaltaron hace apenas unas horas, a la espera de la incineración.
─Ya sabéis, allá a donde vamos nos gusta hacer amigos.
─Pues esperemos que tus "amigos" nos hayan legado sus pertenencias a su muerte, guarda.
Una molesta tensión se impone entre ellos, Morrigan viene dispuesta a discutir con él, pero Lady Aeducan tercia rápidamente en la conversación para hacer desaparecer el malestar.
─Hoy Morrigan me ha enseñado a recoger setas. Creo que ahora que ya distingo las venenosas de las comestibles podemos romper el veto que me habéis impuesto, así que prepararé la cena y Alistair puede ayudarme. Una verdadera lástima que los amigos no se hayan quedado para cenar y chuparse los dedos con el plato que podrían degustar.
Todos quedan mudos, en sus caras pintada la expresión del horror, excepto en el de la pequeña guarda que con cierta inocencia les ofrece una sonrisa.
─Mejor nos ocupamos Zevran y yo.
─Allá donde la hermosa Morrigan me requiera la seguiré.
La bruja murmura por lo bajo y le entrega la cesta cargada de hongos a su ayudante, el cual, antes de seguirla les dedica un gesto de asentimiento.
─¿Todavía sigue creyendo que le hará admitir que es guapa?
─Sí. Se ha empeñado y tiene de plazo hasta que el Archidemonio nos coma. En mi opinión es tiempo insuficiente.
─¡Uh!
─Eres muy astuta mujer ─ella le observa interrogante ─, sabías que no te dejarían cocinar y lo has usado en nuestro favor ─alza él las cejas como impresionado.
─Será un secreto entre nosotros ─ella se sonroja y baja la mirada admitiendo el engaño, sin poder evitar reprimir una media sonrisa. Se frota las yemas de los dedos de una mano contra otra, consciente de la travesura.
El ex templario reprime las ganas, una vez más en ese interminable día, de tomarla por el talle e inclinarse para besarla.
Antes chocaban hombro contra hombro, se apretaban la mano, se tocaban el brazo y, en ocasiones especiales, se abrazaban. En aquel entonces él creía que eso era lo máximo que podría aspirar a tener de ella. No obstante, ahora que su relación se ha trocado en algo más íntimo, se han vuelto precavidos, la vergüenza, el pudor de mostrar públicamente el cariño que se profesan les obliga al recato.
Ansían la soledad entre ellos, ya que en los pocos instantes que han podido pasar en privado han desatado la tormenta que el resto del tiempo les azota. Les saben a poco los momentos compartidos, los cuales aparecen a cuentagotas. No es fácil ser nómadas.
─Ven, acompáñame, tenemos que hablar sobre Leliana, pero no quería hacerlo delante de Morrigan.
El chico de la Capilla vuelve la vista atrás para comprobar que ella le precede. Se acercan a la pira, en donde él comienza a relatarle a grandes rasgos la historia de Marjolaine. No desea traicionar la confianza que la bardo ha depositado en él, pero tampoco puede callarlo todo. Sabe que Lady Aeducan posee discreción y le ayudará a sobrellevar la parte de carga que él mismo se ha echado sobre los hombros.
─Cuando hayamos convocado a todo aquel que se ha comprometido a prestar ayuda a los guardas en época de Ruina, durante el tiempo que tarden en preparar adecuadamente a sus ejércitos nos ocuparemos de ayudarles en tal empeño y, de paso, nos encargaremos de esa mujer.
─Creo que he hecho algo temerario. Yo...le pedí a Zev que le enviase un mensaje de los cuervos. Leliana no lo sabe todavía y me parece que no le va a gustar.
Ella le mira sorprendida y de repente comienza a reírse a grandes carcajadas.
─Mandarle una advertencia de parte de los cuervos antivanos a alguien que ha osado atacar a uno de los nuestros me parece un plan brillante. En mi obcecación yo no hubiese pasado de patearle el trasero.
─Me subestima usted, señora, si considera que nos olvidamos de ese clásico.
Redobla la dama su risa y, entremedias, el caballero cree escuchar un "¡por las barbas del Paragón!"
Las dudas, que hasta ahora ha tenido, sobre su comportamiento con respecto a la ex amante de su amiga, por fin desaparecen.
Alistair tira del codo de la princesa de Orzammar, la guía alrededor de la pira, la cual les deja ocultos del resto del campamento, instante en el que se atreve a tomarla de la mano para internarse en la zona arbolada.
La chica se apoya contra el tronco de una secuoya gigante y él se reclina sobre ella dispuesto a invadir la codiciada boca con innumerables besos. Empero, la conquista de la fortaleza es detenida, cuando, imprevisiblemente, ella le toma por el mentón y pone un dedo en sus labios.
─Tenemos que hablar ─la preocupación reflejada en su rostro.
Y Alistair no quiere hablar, no sólo porque prefiere los besos, si no también porque cree saber de qué van a conversar.
Esta mañana, Leliana le ha hablado de lo bueno que sería que él decidiese ser rey, a su vez, Zevran le ha comentado que podría hacer muchas cosas por el pueblo y que, fuese cual fuese la resolución que tomase, él le apoyaría.
Era demasiado pedir que su niña se mantuviese al margen sin pronunciarse al respecto. Tan sólo aguarda a que no sea tan pesimista como Wynne, y es que la maga ha tenido con él una charla para recordarle sus responsabilidades e, incluso, hablarle de que debería pensar en cimentar un buen matrimonio con una joven noble con la que tener descendencia para asegurar el trono y la continuidad de la sangre Theirin. Ha insistido en que él, al igual que un mago o un guardia gris, no puede olvidar su rango y deberes, ellos no son libres, si no personas que tienen que estar por encima de sentimientos y pasiones.
"Sólo quiero ser, por favor, déjame ser".
Tras contemplarlo en silencio durante unos segundos, ella se pronuncia.
─Bodahn me ha dicho que según los rumores que se escuchan por los caminos, en Orzammar todavía no poseen rey, hay dudas sobre quién debe ser el sucesor de mi padre. Mi llegada no será bienvenida. Hubo un tiempo en el que mi nombre fue barajado para ostentar esa corona. Puede que interpreten mi presencia como un reclamo de la soberanía ─calla y, antes de volver a proseguir, busca las manos que él apoya en su cadera, las toma entre las suyas, como si con ello estuviese asiéndose al valor ─. Alistair, es muy probable que no me permitan entrar. Si eso sucede tú has de lidiar con el Cónclave. No será fácil, no te lo pondrán fácil, ya que estarán demasiado abstraídos con sus propios conflictos.
─Pero, te necesitamos. Yo te necesito allí dentro, no pueden prohibirte la entrada.
─Pueden y lo harán. Y no te autoengañes, tú no me necesitas. Sé que te han dicho desde niño que eres poca cosa, pero eso no es cierto. Mírame, no dejes que esos pensamientos se apoderen de ti. He conocido a muchos hombres que se jactaban de poseer una gran inteligencia, hombres a los que les hubiese gustado poseer la mitad de tu rapidez para contestar irónicamente, síntoma inequívoco de brillantez mental. Jamás te falta coraje para enfrentarte a un enemigo o a una causa perdida.
» Me avergüenzo de confesarlo, pero cuando cayó Ostagar sólo pensaba en llegar a Denerim para reunirme con Gorim.
─¿Ibas a abandonarme? ─un nudo se le instala en la garganta, ella se muerde los labios, en sus ojos pintados los remordimientos.
─No, eso jamás. Iba a pedirle a él que nos siguiese. Soy tonta y egoísta, pero tú eres noble, habías perdido a Duncan e incluso así tu valor y nobleza se empeñaron en continuar. Sé que Morrigan dice que soy yo la que dirijo el grupo, no es verdad, tú nos uniste. Sin ti no existiríamos como compañía.
» Eres mejor de lo que crees, en ti se encierran grandes cualidades. ¿Sabes? Casi no me acuerdo, pero de niña conocí al rey Maric. Mi padre hablaba con reverencia de él, le había impresionado y, por las anécdotas que recuerdo que se contaban a la mesa, tú te le pareces mucho. No era un rey al uso, podía dejar de lado sus tareas regias si su corazón se lo pedía, era divertido y comprensivo y un buen regente.
» Sea cual sea el camino que elijas seguir en la vida, no dejes que te digan lo que debes o no hacer. Nadie tiene derecho a decidir por ti lo que es mejor, lo que te hará feliz ni cómo tienes que comportarte. No permitas que marchiten tus sueños. Sé siempre tú mismo.
» ¡Ah! Y que sepas que me alegro de que Gorim se haya casado con otra, de no ser así no habría sido capaz de abrir los ojos y verte, me habría perdido una de las mejores cosas que me ha sucedido en la vida.
» Si pudiese prestarte durante unos minutos mi mirada para que te vieses a través de ella tal y como yo te veo...
Sacude la cabeza, cambia su semblante preocupado por una sonrisa que le ilumina y, sin darle tiempo a sobreponerse a todo eso que acaba de decirle, se pone de puntillas, desliza una mano en su pecho y la otra en la nuca, se abre paso a través de sus labios y su lengua se enreda con la suya. Alistair se siente el conquistador del mundo, como si al lado de esa mujer cualquier cosa fuese posible.
