Continuamos tras el enfado… Además de comenzar con la ópera Fausto.

Muchísimas gracias por los comentarios y a esas personas que no hablan español y también leen los capítulos.

¡Todos sois geniales!

¡Adelante!

~~~OOO~~~

La música en el alma

Capítulo 25: Las útiles decisiones que nos involucran

Quince días después,

Martes, 9 de agosto de 1870

La continuidad en las acciones es algo increíble. Los cuerpos deben estar en constante movimiento, como los engranajes de un reloj.

Si se detienen, mueren.

Nos mentíamos a nosotros mismos cuando decíamos de descansar; lo único que conseguiríamos sería engañar a nuestro organismo, el cual seguiría con sus constantes mandatos en cada órgano vital, haciéndonos sobrevivir. A pesar de estar dormidos, el corazón latía, transportando sangre a todas las recónditas esquinas del cuerpo; respirábamos, en un lento compas que agitaba los pulmones; sentíamos, terminando por despertar en el caso de que un brusco roce nos agitase.

Lo que nos rodeaba era igual, todo seguía unos patrones aunque no nos diésemos cuenta; haciéndome pensar que cada acción estaba escrita en piedra, siendo las personas meros títeres dirigidos por las manos del destino, quien movía nuestros hilos.

El destino era tan cambiante; podía hacernos aguantar las peores cosas, para luego traernos la máxima felicidad imaginada, y más tarde acabar en una especie de letargo periódico, que se volvía casi agotador.

Aquello era en lo que se habían convertido mis días en la ópera desde la dichosa noche que llegué tarde a la lección. Era una aburrida rutina entre las prácticas y actuaciones de Platea, las enseñanzas de mi maestro, descansar lo mínimo, y volver a empezar; sin comentar que en el día de hoy se nos estaban dando las nuevas partituras para Fausto, una tremenda obra que todos los parisinos parecían amar, teniendo una fuerte fe los gerentes de que, con aquel espectáculo, sobresaldríamos de dinero.

Era de saber que una de las arias más duras era la del final, donde cantaba Marguerite. La soprano principal, tras cuatro horas de actuación, debía ofrecer todo de ella misma para aquella hermosa canción, a pesar de lo agotada que estuviese.

Al parecer, para La Carlotta, no suponía ningún reto, y estaba más que visto que a pesar de un duro rendimiento ella no daba ningún simbolismo de cansancio, mostrándose tan altiva como siempre.

Era algo que envidiaba de ella, y deseaba estrenar la ópera para observar si era real lo que decían sobre que la voz de la mujer y sus acciones no cambiaban a lo largo de los actos, como si acabase de entrar a escena.

Esperaba, en algún momento, tener ese tipo de fuerza y poder lucirme así frente a un público. Pero aquello sonaba imposible, además de que nunca se me ocurría realizar tal deslumbrante obra; a veces me sentía como un patito feo en un reino de cisnes, a pesar de que me demostrasen que éramos todos iguales.

El señor Onetto se encontraba llamando a los grupos del bajo coro, repartiendo las hojas que debían aprenderse para interpretar, dándoles indicaciones sobre todos los aspectos a resaltar.

Los del alto coro esperábamos sentados en las butacas; habían añadido a nuestro grupo a varias personas más, quienes estaban que no cabían en sí mismos de la emoción que les recorría.

Comenzó a nombrarnos entonces, teniendo que gritar, para que el resto hablase en tonos más bajos, no pudiéndonos escuchar bien los unos a los otros a causa del incesante barullo.

Tuve el mismo pensamiento que me solía rondar últimamente la cabeza, acerca de los cuerpos en movimiento y no descansar nunca, al ver a la muchedumbre temblar nerviosa; parloteando sin cesar; agitándose las ropas que vestían, vibrando los papeles en sus manos, riendo.

Un bostezo creció en los músculos de mi cara, obligándome a abrir la boca y taparla con la mano, desperezándome en el incómodo sillón.

—Pareces cansada, Christine —comentó Angeline, quien ya había charlado con el maestro de canto y ahora solo me esperaba a mí para salir del auditorio y comer algo.

—Un poco —admití estirándome con una queja baja.

—Suele ser tu costumbre últimamente, ¿no duermes bien? —me preguntó sin mirarme a la cara, dirigiendo su rostro hacía el telón que cerraba el escenario, pudiéndose ver las cabezas de algunas bailarinas sobresalir entre la pesada tela roja, asomándose enseguida la de Meg que, al vernos, nos sonrió y pronto volvió a esconderse con una mueca, habiendo sido regañada seguramente por su madre.

Era cierto que me encontraba más cansada —incluso un día llegué tarde por despertar tarde—, pero el problema no era por dormir o no bien, sino por las largas horas que gastaba con el Fantasma practicando.

Incluso Antoinette me había amonestado por tal fallo; preguntándome también sobre mi aspecto al crecerme de nuevo pequeñas ojeras bajo los ojos que iban en aumento.

—Querida, pareces casi enferma; no sé qué es lo que te molesta, pero debe cesar. Para trabajar aquí necesitas hacerlo lo mejor que puedas; no lo olvides —me había dicho, engendrando en mi interior una sensación de bochorno por mi absurdo despiste.

Había empezado a cantar con el Fantasma, y a pesar de que el espectro me hubo sugerido que las clases fuesen más cortas, me negué.

Había pasado tanto tiempo desde la última vez que canté de tal forma, como si mi alma se desprendiese del cuerpo. No era la misma sensación que solía sentir al realizar sobre el escenario, sino, más bien, como una especie de orgullo propio que aumentaba y aumentaba… Cada vez más, hasta preguntarme si en algún momento fuese a estallar y a llevarse todo a su paso.

No cantaba así desde que mi padre murió, y era tal placer el que me cubría a dichas horas que me negaba a perderlas, daba igual de lo agotada que estuviese.

A pesar de que todavía nos encontrásemos estudiando la pronunciación de las vocales, no evitaría el seguir aprendiendo, tornándose curioso todo lo que él me decía.

Nuestra relación no mejoró con el tiempo, es más, se había convertido en algo mucho peor, reduciendo nuestras formalidades a puramente las clases. Solo podía asumir que aquello fu mi culpa, y que el Fantasma era, de hecho, pedante.

Él, daba la impresión de saber acerca de todo y todos, y se jactaba de muchas de sus cualidades, siendo eso de muy mala educación, haciéndome suponer incluso que se tratase de algo de lo que no se daba verdadera cuenta. Además, para mi gran consternación, el cambiar puntos de vista como lo habíamos hecho antes fue anulado, creando él una barrera invisible e infranqueable por la que no se me permitía pasar, prefiriendo más una enemistad.

—Creo que son los nervios por la nueva obra —dije, volviendo a la conversación, no siendo una mentira completa.

Estar desde el inicio de una producción me hacía sentir como si mi puesto en la ópera fuese incluso más real que antes, y aquello me daba qué pensar, a pesar del mucho tiempo que desperdicié al llegar al edificio sobre tales ideas.

—A mi me parece maravillosa; todavía no me creo que vuelva a participar en ella. —Angeline parecía aturdida, agarrando las partituras contra su pecho, con la mirada perdida —. Es tan bonita.

—Solo he leído de lo que trata, nunca he escuchado nada —admití.

—Ya lo verás entonces. —Se mordió los labios, sin mirarme todavía, hasta que con un resoplido comenzó a susurrarme al oído—. Se supone que no puedo decírtelo, que monsieur Onetto será quien te lo haga saber, pero estoy más que emocionada. —Se llevó una mano a las mejillas, estirándose en sus labios una sonrisa.

Levanté una ceja, no sabiendo bien si terminaría de contármelo. Sería cruel si no lo hiciese habiendo ya levantado mi curiosidad.

—¡Está bien! —prosiguió sin dudar, tomando una bocanada de aire, como si fuese a darme la noticia más importante de todos los tiempos—. Nos han dado una parte para cantar.

Giré el rostro totalmente hacia ella.

—¿Qué? —No entendía nada—. Dios del cielo Angeline, te explicas peor de lo que pensaba.

—¡A ti y a mí, un dueto para cantar solas!

Me erguí, frunciendo el ceño, como si las palabras salidas de su boca fuesen en otro idioma del que no sabía nada.

—Pero cuando el señor te lo diga hazte la sorprendida; a poder ser más de lo que estás ahora, no vaya a pensar que no quieres hacerlo —continuó ella, dándome golpecitos en la mano.

—¡Oh! Por supuesto que estoy contenta, es solo… es solo que…

—Yo tampoco me lo esperaba; no al menos contigo —rio, estando ahora tan nerviosa como la gente que nos rodeaba.

—¿Cómo es la letra del dueto? —la pregunté, siendo anunciada entonces por el director italiano, quien me hacía señas rápidas para que acudiese.

Angeline me indicó que fuese, murmurando algo por lo bajo que no pude oír.

Me acerqué a él con pasos deliberadamente lentos.

Signorina Daaé, es la última que me queda y, además, creo que nunca ha participado en una representación de Fausto, ¿me equivoco? —habló mientras recogía de las maderas del escenario varios papeles, ordenándolos a una velocidad asombrosamente rápida.

—No, monsieur.

—Confío en que pueda aprender todas las cosas en tan poco tiempo. Yo no habría comenzado con los ensayos tan tarde, pero ya sabe como los gerentes son… —prosiguió, dándome las partituras.

Sacó un reloj de color plata con flores rojas talladas en la superficie del bolsillo derecho de su chaleco, abriéndolo para mirar la hora, cambiando su aspecto a uno un poco más estupefacto.

—Yo… —tragué saliva—. Creo que podré, no se preocupe.

Era sorprendente el taco que me había dado, con anotaciones por todos lados, además de haber otros papeles muy diferentes que me decían el cómo moverme y colocarme en el tablado.

Era mucho más compleja que Platea, y solo de pensar todo lo que tendría que memorizar se me revolvía el estómago.

—No le será complicado, cara ragazza; los ensayos pronto comenzaran a ser a gran escala y, en pocas semanas, mientras sus compañeros le arrastren de aquí para allá, podrá memorizarlo. —Guardó de nuevo el reloj y puso toda su atención en mí—. Quisiera parlare con vos, si no la molesta.

Pestañeé varias veces, ¿a caso no estaba hablando ya conmigo?

No obstante, le di mi asentimiento, y con voz potente hizo que todos saliesen de la estancia, ordenándoles que fuesen a comer y que regresasen lo antes posible; todavía quedaba mucho que discutir.

Las bailarinas aparecieron tras el telón, y Meg, Angeline y varias más me preguntaron si las acompañaría, teniéndolas que decir que Gabriel me quería para algo; ya las avisaría cuando terminase.

Acabamos por quedarnos solos el hombre y yo.

Le estudié mientras recogía todos los bártulos que tenía esparcidos por la zona. Era tan pintoresco, con aquellos mechones blancos bien peinados hacia atrás en su cabeza. Me sorprendía al ver aquel color en el cabello de alguien, casi imposible de existir; además de verse tan tupido. A pesar de lo nervioso que era, nunca se lo tocaba, dejándolo allí a la perfección. Sus manitas se moverían por las orejas, los ojos, la nariz, los labios, pero ni un solo roce iría al pelo.

Viendo que no podía llevar más cosas, le presté mi ayuda, tomando varios libros, textos y muchas más partituras, colocándolas en una pila entre mis brazos.

Nos dirigimos hacia la sala donde se suponía que debía ensayar el coro, siendo ésta demasiado pequeña para los integrantes; habiéndola dejado finalmente como un cambiador en una esquina y un despacho estrecho para el maestro en otra, donde guardaba todas sus cosas.

Me movía pegada a él, escuchándole hablar acerca de la obra y de lo muy esperada que era; a pesar de tratarse de una "típica" a la gente le gustaba, asegurándome de que disfrutarían y no pagarían en vano.

Al llegar, me señaló donde depositar lo que llevaba, sintiendo las extremidades liberadas al dejarlo todo sobre una gran mesa larga, pegada a ella varias sillas con el respaldo de un color verde anticuado.

Me hizo sentarme junto a él, mucho más cerca de su cuerpo de lo que yo habría decidido, pero supuse que no se habría dado cuenta, repartiendo frente a mí las páginas que ahora debería estudiar si quería hacer algo bien sobre el escenario.

Buscó una en particular y la colocó delante de mis narices, señalando con los dedos varias partes. Había dos pentagramas, uno con la indicación para soprano y la otra para mezzosoprano, estando guiadas por el mismo tempo. Como bien me había dicho Angeline, interpretaríamos aquello.

—Pude ver como la señorita Mercier se dedicaba a darle la noticia —me reprochó, inclinando el rostro hacia mí—. Por lo que iré al tema que más me afecta, en cierto grado, por supuesto. —Se reclinó contra la silla y yo me negué a crear falsas disculpas para mi amiga—. Como ya sabe, hemos decidido cederles este pequeño papel a las dos; no es nada demasiado sobresaliente, pero sí lo es exigente en lo que respecta a sus voces. Mas, sabemos que pueden cumplir con la petición. —Sacó su clásico pañuelo oscuro del mismo bolsillo donde llevaba el reloj y se lo pasó por las sienes, con aires distraídos, arrugando los labios—. Lo que nos ha llevado a esto es, como decirlo, la búsqueda de nuevos actores principales; a excepción de cuatro, los demás vienen y van, y sería aconsejable mantener a varios en el Palais Garnier; tener a cantantes que aseguren un buen rendimiento y llenen las butacas.

Podía entender el fin de lo que me decía, pero no llegaba a comprender cómo un pequeño pedazo de canción haría que Angeline y yo nos posicionásemos a la altura de los más grandes.

—Lo que os ofrecemos ahora no es nada, y estas cosas requieren su debido tiempo —suspiró, contestando a mis pensamientos—. Además, bambina, debe añadir el hecho de que la nostra diva no acepta ninguna clase de adversario, y los gerentes respetan dicha cosa como si se tratase de uno de los diez mandamientos. —Volvió a tomar la partitura, estudiándola con detenimiento, como si acabase de encontrarla tirada en el suelo, en vez de haber planeado esto con tiempo—. Lo que pretendemos, monsieur Reyer y yo, junto a varios más, es mostrar nuevas voces, con caras que ya conozcan —pareció finalizar, entregándome la hoja, ligeramente arrugada.

No sabía qué decir; el aliento se quedó en mis pulmones y mis ojos se dirigían desde el hombre hasta lo que me estaba dando, como si aquello fuese la firma de nuestro acuerdo, un acuerdo que quería hacerme crecer como cantante de ópera.

—Es… un orgullo que nos hayan elegido a nosotras —terminé por decirle, tomando el papel, sintiendo los dedos arderme.

—No diga tal cosa; necesitamos sangre nueva, por así decirlo, y su voz y la de su compañera son perfectas para mostrarse en primer lugar. Además de tener bellos rostros —me alagó.

Todavía sopesaba la idea de todo lo dicho.

"Una diva de la ópera, Christine"

Un escalofrío de placer me recorrió la espina dorsal.

—Poco más tengo que decirla y, espero, que usted sea mucho más… callada sobre lo aquí hablado —reanudó, levantándose del asiento—. Esto es solo el principio de una idea creada por varios directores; sería de considerar que no se expanda, por favor.

Con deliberada lentitud repetí sus movimientos, mirándole a los ojos. Notaba el pecho rebosante, y ahora sabía bien que, según saliese de allí, me parecería al resto de coristas que disfrutaban de la nueva producción; pero mi felicidad era dirigida por otra cosa.

—Gracias señor, por esta increíble oportunidad.

Le tendí la mano, alegrándome de que me la estrechase enseguida, con su palma sudorosa.

Prego, bambina.

No podía esperar el tiempo suficiente para llegar a mi habitación y gritar de alegría contra uno de los almohadones.

~)}O{(~

Una calidez alentadora se había instalado en mi pecho, y cuanto más pasaba el tiempo más caliente se volvía, terminando por convertirse en un fuego crepitante que me salpicaba todo el cuerpo.

Al dirigirme a comer con el resto de compañeros, intenté no mostrar ninguna expresión que delatase la felicidad que me rodeaba, además de cierta ansiedad por tenerles que ocultar algo que me producía tales sensaciones.

Angeline no había compartido la noticia con nadie más, pues cuando llegué, una Meg curiosa tuvo la amabilidad de preguntarme:

—¿Para qué te quería el director? —me cuestionó, con su poca cortesía habitual.

—Había olvidado algunas partituras, y me hizo acompañarle a la sala del coro; además de explicarme las cosas necesarias para la actuación —la dije con facilidad, quitando únicamente la parte del dueto que ahora compartía con la otra mujer.

Meg levantó una ceja y por varios segundos pensé que me discutiría algo, pero pronto se encogió de hombros y con su alegría enfermiza comenzó a parlotear sobre lo emocionada que estaba con Fausto, igual que el resto de personas que allí se encontraban.

~})O{(~

Antes de comenzar con la obra había decidido, de una carrera, ir a bañarme a mi cuarto; calentando además la voz, para que cuando llegase de nuevo a la planta superior no se notase ninguna diferencia de que había faltado.

Un calor sorprendente golpeaba Agosto, y era mucho peor que las altas temperaturas de los meses pasados; ayudando esto, además, a que las protestas por cualquier cosa aumentasen y creasen tal irritación que llegásemos a un punto de no retorno, donde alguien comenzaría una discusión sin sentido, consiguiendo que el ambiente se enturbiase más.

Me lavé el pelo, dejando que los dedos rozasen la piel sensible de mi cabeza, contenta del agua fresca que me mojaba la piel, limpiando aquellos tórridos días.

Tenía la increíble necesidad de contarle a alguien todo lo que me había dicho el señor Onetto. Había rezado a mi padre, dándole millones de gracias por la siguiente oportunidad que me mostraba, pero tenía que admitir que no era suficiente; quería hablarlo con quien podría compartir la ilusión y felicidad que ahora me recubría.

Tomé la pastilla de jabón que traje conmigo, encontrándose en un estado terrible actualmente; era casi una bola entre mis manos, habiéndola frotado de la forma particular que yo solo hacía, dándole el aspecto de una pequeña pelota. Habían pasado cuatro meses desde que crucé la puerta principal de la ópera de la mano de Madame Giry, con temor de no caber en ningún sitio, desconfiada por no saber qué sería de mí.

Temblaba de solo pensar en el pasado, pero aquello no era de importancia en este momento; quería correr a algún lugar y gritar mi satisfacción y agradecimiento al cielo y las estrellas, esperando que me escuchasen y compartiesen mi júbilo, deseando que el tiempo corriese más rápido, haciendo que me preguntase que demás dichas me traería consigo la vida.

Terminé canturreando canciones suecas que me enseñó mi padre, incluso con la letra, convirtiéndolas de nuevo en algo real y hermoso; preparándome así para la actuación venidera.

~)}O{(~

Al subir, todo volvió a tornarse entonces a Platea; no debíamos olvidar la actuación que representábamos a pesar de estar emocionados por la siguiente; por lo que, al llegar al vestuario de mujeres, éstas, se encontraban recitando la letra de las canciones que hacíamos, sumergiéndonos en aquella horrorosa continuidad.

Angeline no mostró tampoco ningún aspecto diferente, y yo fui tan neutral como ella; lo único que nos pudo delatar ligeramente fue una serie de guiños que compartimos nada más vernos.

Todo lo demás siguió su curso.

Era cierto que me había movido con más naturalidad en el escenario; las notas de los acompañamientos parecían salir solas de entre mis cuerdas vocales; los bailes eran fluidos; y conseguimos que una de las partes más complejas y, en la que desgraciadamente siempre íbamos mal de tiempo, saliese a la perfección.

Incluso Carlotta parecía más contenta que de costumbre, dándonos falsas sonrisas a todos al caer el telón en el último espectáculo, el cual nos dejaba al fin volver a casa para descansar.

Nuestros aires eran de personas a las que hubiesen plantado una semilla dentro sus cuerpos; semillas que comenzaban a echar raíces y de las que nos ocupábamos nosotros mismos, regándolas con emoción y trabajo duro.

Pero aquella misma planta que germinaba en nuestro interior con tan solo un día de nacimiento, iba ser duramente azotada con lo que planeaba mostrarnos la Prima Donna, queriendo lucirse frente a los trabajadores con una de la arias que ya se sabía de la nueva producción.

Muecas y ceños fruncidos decoraron nuestros rostros al escuchar las indicaciones de los gerentes que nos decían de colocarnos abajo en las butacas.

—Hay personas que quieren dormir —se escuchó a uno de los tramoyistas, que llevaba entre sus manos varios sacos con aspecto pesados.

El señor Richard dirigió su rostro hacia arriba, con aire malhumorado.

"¿Cómo se atrevía a negarse a tal acto de la diva?" debía pensar.

—No será tanto tiempo, monsieur. Ahora siéntese; cuanto menos se tarde mejor será, ¿no? —dijo en voz muy alta, para que todos le oyesen.

Al terminar de colocarnos iniciamos un aplauso, sin verdaderas ganas. Yo no dejaba de mirar el relojito que guardaba, preguntándome si el Fantasma se enfadaría si volvía a llegar fuera de la hora establecida a causa de los jefes, rezando en el interior de que si se daba el caso fuese que no.

Todos estábamos distraídos y cansados; habían hecho colocarse incluso a los que se dedicaban a organizar los almacenes o a lavar la ropa. Pobres almas…

De la nada apareció la soprano, con un gesto de burla casi malvado en sus labios. Podría ser el Mefistófeles de Fausto en vez de Marguerite con tal gesto terrible.

Me preguntaba si sabía lo que opinábamos todos sobre este tipo de acciones que solía hacer de vez en cuando, además de sorprenderme al ver que nadie se atrevía a quejarse; mas podía comprenderles, cruzarse lo menos posible con los pasos de La Carlotta era casi una exigencia si querías mantener el puesto.

La mujer abrió la boca y comenzó con el aria, sin ningún acompañamiento. Era cierto que su voz sonaba impecable, y que acariciaba las notas con una suavidad sorprendente, siendo casi imposible superarla. Además de no forzar los gestos que hacía, conjuntándose bien a lo que cantaba.

No sabía a qué parte de la ópera pertenecía aquel fragmento que recitaba, pero, si me olvidaba de quien lo estaba actuando, podía sentir un ligero pesar encima de los hombros, siendo estas las palabras de la verdadera Marguerite, la cual ahora sufría por amor, por un engaño.

Cerré los ojos y permití que me arrastrase, intentando olvidar a la mujer encima del escenario interpretando tan dulce letra; hasta que de la nada, un estrepitoso golpe y varios gritos de las personas que me acompañaban sentadas me obligaron a abrirlos de par en par, dejándome observar la escena en las maderas.

Uno de los telones había caído con un terrible latigazo y choque de las cuerdas sobre el suelo, sin llegar a golpear a la soprano, quien se encontraba al lado del decorado derramado, y había creado tal alarido que daba la impresión de que en realidad la habrían tratado de clavar una estaca en el pecho.

—Otra vez no…

—Es el mismo telón de la última vez.

—…y sigue sin caer encima de ella —murmuró Francine, abanicándose el rostro regordete con unos papeles que tenía en la mano derecha, resonando a mi lado entre todas las voces crecientes.

Tuve que reírme, intentando relajar la agitación que ahora sentía. No era la primera vez que ocurría un error, al fin y al cabo éramos humanos.

—Estas cosas pasan —la dije, colocándome mejor allí—. Tal vez nos permitan salir —murmuré mientras miraba el relojito de nuevo.

A nadie le importaba ahora la escena frente a nosotros; los telones solían caerse en los ensayos; las bailarinas tropezaban de vez en cuando; los cantantes desafinarían, al igual que los instrumentos…

Era todo cuestión de práctica y dedicación; y de no ser por la diva pronto habría sido aquello olvidado, pero la señora Giudicelli tenía otros planes, como acusar al aire que intentaban matarla aplastándola bajo el peso de un gran lienzo, siendo muy bien escuchada por los gerentes y el grupo de personas que intentaban que se encontrase mejor.

—Eso espero… —suspiró la mujer

Pero, de ninguna parte, entre todas las voces, resonó una por encima, tratándose de otro grito perteneciente a un hombre, el cual entraba al escenario con un conjunto de redes entre sus manos, tropezando con sus propios pies, con el rostro desencajado. Como si acabase de ver a un…

—¡EL FANTASMA! ¡ÉL HA DELCOLGADO EL TELÓN! —vociferó Joseph, volviendo a tropezar.

Varias personas se levantaron de donde se encontraban sentados, creándose un silencio inquietante y repentino en la sala.

—No diga tonterías Buquet. ¿Estaba usted allá? —le preguntó Moncharmin, ayudando a La Carlotta a recomponerse, tomándola del brazo junto su compañero.

—Yo-Yo… Oui monsieur, me encontraba en mi puesto. Pero le he visto, ¡le he visto! —Soltó los aparejos que mantenía, dejando que otro bramido saliese de su garganta—. ¡Su rostro es el del mismísimo demonio!

Los ojos del tramoyista parecían que en cualquier momento caerían de sus cuencas, dándole un aspecto desquiciado de lo abiertos que los mantenía, diferenciándose casi las venas rojas que brillaban en contra del blanco.

—Decías haberle visto ya —le acusó alguien.

Como si el hombre hubiese sentido el escozor de un fustazo, se dirigió únicamente hacia quien le habló, casi lanzándose desde lo alto a esa aquella persona.

—Eso pensaba… Dios del cielo. Hoy le he visto de verdad; bajo esa máscara que lleva, ¡esa máscara! No hay un rostro, ¡no hay nada! Sus ojos brillan como las llamas del infierno y su cara… es el semblante de una cara, sin ninguna forma. Ese demonio no tiene cejas, sus ojos se mantienes solos en sus huecos, no tiene carne en las mejillas, ¡no tiene nariz!

Se frotó la cara con las manos, tan fuerte que daba la sensación de querer borrar unas marcas invisibles que solo él podía sentir, arrancándose la piel si hacía falta.

Dejé que en mi mente se colase todo lo que había dicho el tramoyista y comencé a catalogarlo. ¿A caso era así mi tutor?

Tomé una bocanada de aire.

—Cada día más borracho —rio otra persona.

—No mientas, o el espectro acabará por tomarlas contigo —se burló otro, carcajeándose con el anterior.

Varios trabajadores más hicieron gemidos, como si se tratasen de espíritus malignos.

Buquet, quien todavía estaba allá encima y observaba como sus palabras eran tomadas a broma, además de ser ignorado por los gerentes, los cuales ayudaban a la diva a bajar con cuidado por las escaleritas, dando por finalizado el rendimiento de la noche, volvió a hablar, mucho más airado.

—No os dais cuenta. Él manda sobre todos nosotros; alguien que hace llamarse Fantasma de la Ópera, alguien que sabe cómo esconderse…

Pasos fuertes resonaron a las espaldas del hombre, y tras una aclaración de garganta y varias patadas al decorado desechado en el suelo, el señor Reyer habló, con una voz tan profunda y clara que conseguía devolver la poca seriedad que había en la sala.

—Tal Fantasma no existe, monsieur —dijo, con la expresión fría e inmutable—. Ahora será mejor que marche, ya es suficientemente tarde, y mañana se debe continuar.

Con una suave reverencia se volvió a ir, y nosotros comenzamos nuestro camino hacia la salida, murmurando sandeces.

Todos parecíamos ignorar lo ocurrido, como si en realidad nada hubiera pasado; o como si se tratase de algo natural, algo que vivíamos continuamente, a lo que debíamos acostumbrarnos.

En mi cabeza todavía daba vueltas la descripción que había dado el tramoyista, teniendo que sujetarme en una ocasión contra una de las butacas más alejadas, sintiéndome completamente torpe, pero tuve que aplazar dichos pensamientos para cuando me encontrase sola, dado que al llegar a las puertas, Meg y Antoinette me hicieron señas para que me acercase a ellas, alejándonos de la muchedumbre, escondiéndonos entre unos pilares retorcidos.

—Está loco Buquet, ¿verdad? —comentó primeramente Meg, agitando con sus manos la falda de seda de su vestido de baile.

—Eso parece…

¿Qué pasaría si las dijese que estaba dando clases con aquel ser del que hablaba el tramoyista? ¿Estaría yo también loca? ¿O a caso era todo eso producto de mi imaginación?

La señora resopló con cierto enfado, cruzando las manos sobre el pecho.

—No quiero discutir ese tipo de tonterías con nadie; lo pasado, pasado queda. —Cambió el peso de sus pies, de uno a otro—. Lo que quería decirte, al igual que Meg, es que estamos contentas del papel que te han dado para el nuevo rendimiento.

Me mordí el interior de las mejillas; había cenado aquella noche con ellas, como era costumbre, y no había dicho ni una palabra al respecto, sin saber si me estaría permitido mencionárselo.

—Yo… no sabía que… —intenté excusarme.

—Me alegro de que no lo estés divulgando, y entendemos el por qué no nos dijiste nada —me animó la mujer, riéndose para relajar el ambiente.

La rubia estaba tan contenta como siempre, dirigiendo la vista desde la una a la otra, como si se tratase del mejor cuadro que hubiese visto en toda su vida.

—Carlotta va a odiarte —me dijo—. Te lo iba a decir hoy en la comida, pero es mejor en privado, así no se acelerarán las cosas.

—¡Meg! —la riñó su madre, golpeándola en el brazo.

Tuve que hacer una mueca.

—Tal vez se dé cuenta de que mi voz no es la de un pajarillo —intenté resguardarme, contando totalmente con la nueva fuerza que me ofrecía mi maestro, el cual ahora mismo debía de estar esperándome, y el que me hacía tener nuevos sentimientos extraños, relacionados con lo sucedido.

—Estamos seguras de ello, querida —me aduló Antoinette, agarrando a su hija—. Lo mejor ahora será que descansemos. Como bien han dicho: mañana hay cosas que hacer, y la caída del telón dará mucho que hablar.

Meg volvió a reír, despidiéndose de mí, sin dejarme decir nada más que también unas pocas palabras.

~)}O{(~

Correteé a al cuartucho lo más rápida que pude, siendo ya más de las diez y media pasadas. Tenía el corazón en un puño y los pulmones me seguían arrastras. Casi había olvidado la enorme noticia del dueto con todo el ajetreo tras, y durante, las actuaciones; además de las palabras gritadas del tramoyista, las cuales todavía hacían eco en mi cabeza.

Mas, a pesar de todo, deseaba desesperadamente contarle al Fantasma las buenas noticias, rememorándolas a cada paso que daba, curiosa de si serian de su agrado.

En mi cabeza imaginaba cómo poder sacarle el tema, a pesar de lo poco que hablábamos sobre otras cosas que no tratasen de teoría musical; sopesando las oportunidades y el cómo me contestaría, con aquel tono suyo suave, o tal vez algo enfadado, no permitiéndome saber el por qué...

No obstante, pequeñas ondas, como las que producía una piedra al tirarla contra el agua de un lago profundo, me acariciaban, siendo cuestiones sobre aquel ser que había asustado al hombre alcohólico. No dudaba en que pudiese estar ebrio en el momento que caminó sobre el escenario, chillando unas palabras que fueron ignoradas casi en su totalidad, no estando dispuestas las personas a creer más sandeces. Con todo lo que debíamos sufrir, lo mejor era reducir las fantasías e intentar envolvernos de claridad, para no perder la cabeza.

Uno de mis pies se topó con una baldosa mal equilibrada al resto, haciendo que casi chocase contra una de las mesas colocada en el largo pasillo.

Al oír las palabras de Joseph, poco más que una sensación de curiosidad me había llegado al interior, desatendiendo a sus patrañas, haciendo mis propias suposiciones; mas, con todo aquello dicho y, claramente habiendo sido amenazada por el que ahora era mi mentor de voz, era increíble, desde un punto de vista ageno, que todavía desease apresurarme para relatarle lo sucedido, cuestionándome además sobre si la caída del fondo había sido por su culpa.

Mi insensatez se desbordaba, como si estuviese sobre una tabla recta, cayendo desde todos los lados posibles

Pero ahora mi primordial preocupación era que llegaba tarde, y el no saber su estado de ánimo al entrar por la puertecita.

Deposité, como era de costumbre, los libros sobre la mesa, pero en esta ocasión no me senté, me quedé levantada, dando un pequeño rodeo.

Los minutos pasaban y la voz no aparecía. Tal era mi impaciencia que me atreví a llamarle.

—¿Maestro? —murmuré bajo, sintiéndome como una tonta, sin nadie a quien ver para dirigirme.

Tal vez… tal vez había sido molestado por lo ocurrido encima del escenario. Sin embargo, él me contestó, con un tono líquido, escurridizo, resonando potente y de forma ineseperada:

—Madeimoselle —habló secamente.

Levanté una ceja y di varios pasos hacia delante, en dirección a la chimenea, girando ligeramente la cabeza a un lado.

No parecía querer continuar, dejándome sola con un silencio incómodo.

—¿No vamos a dar la lección? —tuve que preguntarle—. Sé que he llegado tarde, pero...

—¿Es eso lo que quiere? —me cortó.

Algo que no paraba de sorprenderme era lo fácil que le era cambiar la fuerza en la voz, incluso en cambiar sus sonidos. Cuando me asustó en el sótano de la ópera, habían sido varias voces las que me atacaron. Apenas las recordaba con nitidez, pero estaba segura que el mismo Fantasma las creaba. Había llegado a dicha conclusión con el paso de los días.

De vez en cuando, se le escaparía una nota extranjera que me hacía cuestionarme si era del todo Francés, originando en mi mente frágil sueños de países lejanos mientras dormía, totalmente diferentes al nuestro.

En está ocasión, su tono había sido como el de un niño, asustado y esquivo.

Tragué saliva.

—¿Por qué no iba a querer? —le devolví la pregunta, no entendiendo muy bien lo que pretendía con aquello.

—¿No oyó a Buquet? —dijo con desprecio, escupiendo las palabras—. Yo creo que todo el mundo lo escuchó.

—Sí, y también se rieron de él —le embestí con eso.

Silencio. Más silencio; tanto que creció en mis oídos un pitido.

—¿Debo preocuparme por algo? —continué, agarrando la tela de la falda que llevaba.

No había pensado en atacar al Fantasma con nada de lo que había dicho aquel hombre, y tampoco había esperado aquella reacción por su parte; como si tuviese sentimientos meramente mundanos.

—No, por supuesto que no. Hice una promesa, la cual no estoy dispuesto a incumplir —soltó el aliento—; no de nuevo.

—Al igual que yo —intenté que notase la verdad en lo que dije; no traicionaría su confianza.

Di otra vuelta por la sala, arrastrando los dedos por las paredes, con detenimiento.

El Fantasma suspiró.

—Parece complacida —susurró tras varias respiraciones más.

Levanté el rostro por encima de mi hombro, como si se encontrase allí, con una sonrisa creciéndome entre las dos mejillas.

—¿No sabe el por qué, maestro?

Percibí el sonido del roce de una ropa; algo inusual, no habiendo sido la mía.

—Prefiero oírlo de usted —admitió, volviendo a distraerme.

Me llevé las manos al pecho, intentando mantener, aunque fuera, un punto medio en mi cuerpo, notando como si en cualquier momento pudiese desaparecer y echase a volar.

—Me dieron un dueto con la señorita Mercier —lo solté todo casi sin respirar—. Podré lucirme frente a la diva, ¡le haré tragar sus palabras! —me reí, dando una vuelta sobre mí misma, sin preocuparme de lo que pudiese opinar el espectro que me observaba.

Resonó entre las paredes algo parecido a una carcajada, tan suave y ligera como una pluma, dejándome la duda de si en verdad la había escuchado; y en tal caso, se clavó en mi frente la sorpresa de haber hecho reír al Fantasma, aunque fuera tan tenuemente.

Mas pronto se tornó de nuevo en silencio, y del silencio salió un gruñido.

—Debería tratarse de usted quien hiciera de Marguerite, a pesar de las faltas que pueda cometer, prefiero su carisma en el escenario antes que a madame Carlotta.

Me quedé quieta repentinamente.

—Estoy agradecida por lo que me han dado; nunca les exigiría nada más, maestro —declaré, intentándole enseñar lo satisfecha que me encontraba ahora mismo.

Ah, niña. Pero para eso estamos practicando, ¿no? Para que en algún momento sea su puesto el de diva.

Meneé la cabeza, no dejando que tales palabras me afectasen. Estaba radiante con solo imaginar la mucha rabia que le daría a Carlotta. A pesar de que un primer momento no había sentido tales cosas sobre la mujer, ahora se había convertido en algo importante; algo que ansiaba demostrarla.

—Pero no demasiado pronto, aún —intenté terminar con esa conversación, que comenzaba a darme falsas esperanzas, siendo estos sueños demasiado inverosímiles.

El Fantasma, no obstante, volvió a reír; una risa mucho más grande que la anterior, la cual consiguió llegar hasta las profundidades de mi carne.

~~~OOO~~~

¡Me encanta el Fantasma! Cada vez que escribo sobre él, deseo pasar de estos capítulos e ir directamente a cuando se muestra…

Espero que os haya gustado.

Un besazo y hasta el próximo capítulo!