Morder la manzana

Capítulo 25: Reconstrucción.

Al día siguiente, sin embargo, despertó con una sensación extraña en la boca. Sin moverse, miró la puerta de su cuarto, que seguía cerrada, antes de incorporarse en la cama, sacando una pluma pequeña de su boca. Rápidamente, Severus dirigió su mirada a su propia almohada, viendo la tela de la funda desgarrada y dos agujeros en la almohada. Tosió con fuerza, expulsando tres plumas más de su boca y, después de pasar la lengua por los dientes un par de veces, concluyó su exploración con resultados desconcertantes: la almohada estaba rota, pero sus dientes tenían un tamaño normal y no estaban lo suficientemente afilados como para desgarrar la almohada.

No tenía hambre, así que se vistió con ropa de mago, salió de su cuarto y, antes de marcharse a la tienda en la que trabajaba, se dirigió al cuarto de su madre. Con cuidado, asomó la cabeza por el hueco de la puerta y la miró descansar: después de que la noche anterior se fuera con su padre, Severus no tenía claro que ella volviera a la que Severus llamaba 'su casa'.

Sintiéndose más tranquilo al verla aparentemente sana y salva, el mago se marchó con rapidez al callejón Knocturn. Nada más entrar en la tienda polvorienta y oscura, el dependiente huesudo le mandó a ver al señor Squill echándole miradas de auténtico terror. Severus, sin embargo, trató de mantener la calma, sabiendo que el hombre le gritaría y gritaría por horas.

— Señor Squill. — dijo en voz baja como saludo. El hombre orondo se levantó, lanzándole una mirada asesina, y le indicó con una mano que se sentara delante del escritorio en su pequeño despacho.

— Te dije que no faltaras dos días, Snape, y lo has hecho. ¿Qué quieres que haga ahora, despedirte? — le gritó prácticamente. Severus le miró fijamente: necesitaba ese trabajo, pero tampoco podía poner en venta su orgullo y dejar que Squill lo pisoteara. Así que permaneció en silencio, retándole con la mirada y esperando que su jefe dijera algo. — La próxima vez que pase esto, no te molestes en volver. Y ahora, a trabajar.

Severus se permitió sonreír con suficiencia mientras se sentaba en su taburete y comenzaba a realizar los encargos que Squill le había ordenado: los dos sabían que Squill no le había despedido porque tardaría años en encontrar a un sustituto que no dimitiera al día siguiente de haber empezado a trabajar.

Solucionado su problema de alimentación y de trabajo, a Severus sólo le quedaba solucionar lo que acababa de descubrir la noche anterior: que su madre estaba loca por querer volver con su padre. Ella había vuelto a casa sana y salva, y según había mirado Severus, no tenía marcas de abuso ni parecía triste en su sueño. Y su padre, además, no le había gritado la noche anterior por amenazarle con la varita. De hecho, pensó Severus distraídamente mientras encendía el fuego del caldero, había sido capaz de llegar hasta el pasaje que conectaba el callejón Diagon con el callejón Knocturn; es decir, había caminado por el mundo mágico.

Siguió pensando en todo ese asunto escabroso de su padre mientras seguía trabajando a toda prisa; una cosa era que Squill no pudiera echarle del trabajo por obvias razones y otra, tentar a su suerte con una productividad baja. Movió rítmicamente la pierna, acordándose también de Florence Preston: la chica rara de Ravenclaw, su amiga, había presenciado la escena que había montado Lucius el día de su conversión. Suspiró varias veces mientras terminaba los encargos, bastante agobiado.

¿Qué iba a decirle? Por cómo había hablado Lucius ese día, parecía estar sugiriendo que Severus y él mantenían una relación o algo parecido. ¿Debía decirle que estaba saliendo con Malfoy? ¿O que Malfoy le acosaba? No creía que ninguna de las dos fuera cierta y mucho menos la verdad. ¿Entonces, qué le decía? Se estiró mientras salía por la puerta de la tienda oscura, pensando en algo en lo que no había caído hasta entonces: ¿Ella querría verle o simplemente escuchar sus patéticas excusas?

Por un momento se quedó parado: ¿desde cuándo le importaba tanto lo que ella pensara? ¿Desde cuándo le importaba simplemente Preston? Se conocían desde hacía bien poco y Severus, en todo ese tiempo, había sido grosero y maleducado con ella sin ponerle un límite para desentenderse de la idea de tener un nuevo amigo. Sin embargo, por su cabeza todavía pasaban los recuerdos de su beso, sus indirectas, la mirada que le lanzaba Florence a veces… Ella estaba, de alguna forma, interesada en él. Muy interesada, pensó Severus con sorna, pues no se había apartado de su lado a pesar de todos sus intentos por echarla.

Todavía pensaba en una forma de disculparse disimuladamente con Preston cuando llegó a la puerta del semisótano. Levantó la mirada y la vio: Florence Preston, con su túnica azul puramente ravenclaw y sus miradas frenéticas y asustadas, se encontraba en una esquina del pasaje, más cerca del callejón Diagon que del Knocturn. Severus la miró disimuladamente, sabiendo que ella no le había visto a él, y sin encontrar todavía una forma de disculparse y dar la cara, abrió la puerta de casa.

Entonces se desató la pelea: entre todos aquellos magos y brujas desaliñados y oscuros, alguien pareció notar la presencia de la bruja de alta cuna como algo molesto y sólo fue cuestión de segundos que comenzaran a atosigarle, diciéndole que volviera a su mundo rosa, que se fuera de ahí y cosas mucho menos agradables que involucraban a sus padres de por medio. Si Florence hubiera sido una valiente gryffindor, habría sacado la varita y les habría amenazado a todos; si hubiera sido una slytherin, ellos estarían lamiéndole los pies; si fuera una hufflepuff ya estaría en su casa, llorando amargamente y recordando las palabras hirientes de los vagabundos; pero era una ravenclaw, y como ravenclaw intentaba apaciguarlos, prometiéndoles que se iba a quedar en esa esquina y no molestaría a nadie.

Craso error; Severus sabía bastante bien que negociar con una turba enardecida sólo daría como resultado un linchamiento. Por el simple aspecto de los que poblaban el callejón Knocturn, Severus podía sacar como conclusión que, o no tenían mucho dinero, o eran simples matones o prostitutas que hacían trabajos ilegales. A fin de cuentas, él ya estaba familiarizado con aquella atmósfera fúnebre, siniestra y misteriosa que rodeaba al callejón Knocturn.

Así que Severus suspiró, cerró los ojos y pensó que una buena forma de disculparse era alejando a la muchedumbre enfurecida de Preston. A fin de cuentas, ella era una ravenclaw de buena familia: no tendría ningún amigo en el callejón Knocturn, salvo Snape. Cerró la puerta con cuidado y se dirigió con pasos fuertes hacia el tumulto: fue empujando duramente a todo el que se cruzaba por su camino hasta llegar a Florence y, una vez allí, frente a la mirada acongojada de la muchacha, Severus se enfrentó al que parecía ser el cabecilla del grupo:

— Déjala en paz. — dijo con un tono de advertencia. Aquello era lo que más le gustaba del callejón Knocturn: con tantos malhechores rondando por ahí, no pasaba nada con que fuera cruel y siniestro con los demás, con que les amenazara o lanzara algún hechizo un poco oscuro.

— Quítate de en medio, niño. — la voz de aquel tipo escuálido y sucio, con ropas harapientas, era ronca y chirriante. Intentó apartarlo con una mano y pasar por su lado hacia Florence, que intentaba fundirse con la pared, pero Severus volvió a colocarse frente a él, con mirada amenazadora. — Que te apartes, te he dicho. — de nuevo, lo cogió de la túnica con una mano y trató de pasar a través de él. Esta vez, sin embargo, la mano izquierda de Severus le cogió por la muñeca.

— Déjala en paz. — repitió lentamente, clavando su varita en la garganta del hombre. Empezaba a ponerse furioso ante la insistencia del tipo roñoso, así que apretó más la muñeca hasta que dejó de intentar llegar a Florence. Se despegó de Severus, echándose hacia atrás y tratando de liberarse de su agarre, y cuando Snape soltó su muñeca, el hombre trastabilló y perdió el equilibrio. Humillado ante los que querían echar a la intrusa, que cada vez eran menos, sacó su varita y apuntó a Severus:

— No eres un rival digno para mi, chico. Yo he sido campeón del torneo de duelos tres años consecutivos. — alardeó, intentando amedrentar a Severus. Por cómo cogía la varita, un agarre tan fuerte que parecía que estaba ahogando a alguien, Snape dudaba mucho de que estuviera diciendo la verdad; más bien parecía marcarse un farol, esperando que su pose agresiva hiciera mella en él. Pero a Severus, que el tipo le amenazara con la varita sólo le hizo querer sonreír: después de los gritos de Squill, si se imaginara su cara en vez de la del vagabundo, el hombre acabaría muerto.

— Sectunsempra. — susurró mientras agitaba la varita. Apuntó a su mano, pues había llegado ya a perfeccionar su encantamiento y lanzárselo directamente haría difícil que sobreviviera. La maldición golpeó en la mano del hombre, haciendo que su varita se rompiera en pedazos y empezara a sangrar copiosamente, dando alaridos de terror.

Todavía con la varita en alto, Severus miró a los demás presentes, retándolos a que le atacaran. Después de un rápido vistazo al vagabundo, todos empezaron a correr, no queriendo estar cerca de ninguno de los dos duelistas. Snape bajó la varita, mirando la cara de su oponente: llevaba el brazo pegado al pecho mientras recogía los pedazos de su varita con la mano torpe. Sus ojos, empequeñecidos por la espesura de sus cejas, estaban repletos de lágrimas y de su nariz empezaba a salir una humedad que se pegaba a la barba mal cortada. Severus hizo una mueca de asco mientras la víctima corría calle abajo, renqueando, y desaparecía por el callejón Knocturn.

Entonces, cuando ya todos se habían marchado del pasaje, Severus supo que era momento de enfrentarse a Florence Preston. Que Merlín le acogiera, pensó con sarcasmos, mientras se giraba lentamente hacia la figura pequeña, menuda y temblorosa.