Anecdotario de Terry Grandchester
*Esta es una historia que ubica a Terry en la época actual y no en los años de la serie "Candy Candy".
Rivalidad - Capítulo II
Esta es una historia que comenzó durante mi adolescencia, un día en que después de que Robert Hatthaway insistiera mucho, acepté una invitación suya para cenar en su casa con su familia. Robert sabía que yo había abandonado la casa de mi padre en Inglaterra y seguramente imaginaba que a mis poco más de quince años, me encontraba totalmente solo en Nueva York.
-¡Buenas noches familia!- Saludó Robert con entusiasmo a su esposa e hijos reunidos en la sala de su casa en cuanto llegamos- Les presento a Terry Grandchester, el joven talento recién llegado de Inglaterra de quien tanto les he hablado.
-Buenas noches- saludó la señora Hatthaway con una sonrisa tendiéndome su mano-. Es un gusto conocerte.
-Gracias señora Hatthaway, a sus pies- correspondí el gesto con un beso en el dorso de su mano.
-Mira Terry, estos son mis hijos: Robert, Ann, Miriam, Joseph, Michael y Caroline.
-Mucho gusto- los saludé ofreciéndoles la mano.
-¡Así que tú eres el nuevo prodigio de la Compañía Stratford! –intervino Robert hijo con desdén.
-¿Prodigio? No, en realidad no creo que ese término aplique para mí- respondí con el mismo desprecio con el que el chico hizo su observación- . Aunque sí, soy extraordinariamente bueno en lo que hago.
-Estoy totalmente de acuerdo contigo Terry- aseguró Robert padre dándome una palmada en la espalda, sin darle importancia a lo mordaz de mi comentario-. Este chico llegará lejos y pasará a la historia como uno de los mejores y más grandes actores de la historia del teatro. A pesar de su corta edad, es poseedor de una fuerza interpretativa como a pocos les he visto.
No hace falta decir que el comentario de Robert padre no le cayó en gracia a su primogénito así que aproveché la ocasión y lo coroné con una sonrisa de satisfacción que dejara muy claro quién era Terry Grandchester.
El resto de la velada fue agradable a pesar de los desplantes del hijo mayor de los Hatthaway. Aparentemente las cosas no andaban muy bien en su relación, pero eso no me extrañó en absoluto porque yo mismo no me llevaba bien con mis padres en aquel entonces y el muchacho parecía ser más o menos de mi edad.
Aunque pasar tiempo con los Hatthaway era agradable, decidí guardar mi distancia durante los siguientes meses. En aquellos días no creía mucho en los lazos amistosos y prefería dejar claro que mis avances en el teatro se debían a mi talento y esfuerzo, y no a mi relación personal con el director artístico.
No mucho tiempo después audicioné y gané el papel estelar en "Romeo y Julieta", de William Shakespeare. ¿Acaso el cielo me estaba abriendo las puertas de la felicidad sin límites? Meses atrás, durante la gira de "Rey Lear", otra extraordinaria pieza de mi autor favorito, había tenido la oportunidad de reencontrarme en Chicago con la pequeña pecosa que me robara el corazón durante mis días de estudiante en el Real Colegio San Pablo, y con quien desde entonces sostuve una maravillosa relación epistolar que me hizo pensar que los sueños se podían volver realidad; que me convertiría en Romeo y que traería a la Julieta de mi corazón para nunca volverme a separar de ella.
Pero una cosa es lo que soñamos y otra muy distinta la que se convierte en realidad.
Volví a ver a Candy e interpreté para ella desde lo más profundo de mi alma al Romeo que llevaba tatuado en mi ser, pero al final de aquella función, no tuve otra opción que soltarla de mis brazos y pedirle que fuera feliz aunque no pudiera quedarse a mi lado.
Un par de semanas antes, durante los ensayos, un juego de luces se desprendió de su sitio justo sobre mi cabeza. La única que se percató de lo que estaba por ocurrir fue Susana Marlowe, mi co-estrella del momento, quien sin pensarlo dos veces, se lanzó sobre mí para apartarme del peligro que me amenazaba.
Ella salvó mi vida y por esa razón había quedado mutilada. ¿Podía abandonarla a su suerte sabiendo que era un inmenso amor por mi lo que la había empujado a salvarme de una muerte segura?
Me quedé al lado de Susana a pesar de que mi corazón me pidió a gritos que corriera tras el amor de mi vida. En medio del vacío que significó haber perdido a Candice, comencé a beber licor en grandes cantidades y eso no tardó mucho tiempo antes de verse reflejado en mi desempeño, a pocas semanas de haber estrenado la obra con mi primer estelar.
Robert Hatthaway trató de acercarse a mí, pero no se lo permití. Era tan grande el dolor y el vacío que estaba sintiendo que, aunque suene contradictorio, no había espacio para nada que no fueran grandes cantidades de alcohol que embrutecieran mis sentidos haciéndome ver una realidad muy distinta a la que tenía enfrente.
No pude soportar por mucho tiempo vivir en la piel de aquel Romeo que noche tras noche gritaba a los cuatro vientos el amor y la pasión que arrebataban su corazón y que ya no serían para la Julieta de ojos como esmeraldas, así que una noche mandé todo al demonio y me alejé de Nueva York sin mirar atrás.
Vagué desolado, sintiéndome profundamente avergonzado por darle la espalda a la mujer que me había salvado la vida y al hombre que me había abierto no sólo las puertas del arte escénico, sino también las de su casa y seguramente las de su corazón, pero mis emociones estaban totalmente quebradas y mi mente confundida ante lo que significaba mi felicidad y lo que era honorable. No tuve fuerzas para dar marcha atrás, pero tampoco las tuve para buscar a Candy y pedirle que empezáramos de nuevo, juntos y muy lejos de todo y de todos.
(1)Una noche, meses más tarde recuperé la cordura al ver en una de mis alucinaciones etílicas a mi pequeña pecosa viéndome, como nunca deseé que me viera interpretar personaje alguno: totalmente alcoholizado y ausente de lo penoso de la realidad en torno mío.
Después de aquella experiencia regresé a Nueva York cargando el enorme peso de mis culpas y aunque no hubiera querido volver a ver a Robert Hatthaway, más por vergüenza que por otra cosa, fui a buscarlo para pedirle perdón y suplicarle que me diera trabajo una vez más.
2Las cosas no fueron como lo esperé pero acepté su ofrecimiento porque en ese momento no vi que tuviera otra opción.
Aunque Robert intentó reintegrarme a su ambiente familiar, seguramente pensando en que eso me haría la vida menos amarga, siempre inventé excusas para no aceptar sus invitaciones porque me sentía profundamente avergonzado con él y con su esposa.
Una noche acepté acompañarlo a cenar y no sabría decir si lo hice para quitármelo de encima o para tener un pretexto para pasar una noche lejos de Susana y su infinita tristeza.
-Miren nada más ¡El hijo pródigo ha regresado! – me recibió Robert hijo, con evidente ironía y sarcasmo.
-Robbie por favor compórtate- le suplicó Ann, su madre-. ¡Hola Terry! ¡Qué gusto volver a verte!- se volvió a mí para saludarme con un abrazo que sinceramente no esperaba recibir.
-Gracias señora Hatthaway. Lamento mucho haberlos decepcionado- declaré con la cabeza baja.
-De eso ya ni te acuerdes, Terry- intervino Robert padre dándome una palmada en la espalda-. Lo importante en la vida es saber salir delante de las vicisitudes y tú has demostrado tener la madurez necesaria para enfrentar los obstáculos y aceptar las consecuencias de tus actos.
-Gracias señor Hatthaway- le dije sin entender por qué me hablaba de ese modo si lo que en realidad merecía era que me diera una patada en el trasero.
-¿Y es verdad que estuviste trabajando en un teatro de carpa por todo el país?- cuestionó mordaz Robert, el hijo mayor.
-Robbie, por favor no hagas ese tipo de preguntas a nuestro invitado- le suplicó de nueva cuenta su madre.
-Es verdad- respondí mirando a los ojos al "niño bonito" Hatthaway.
-¿Y qué se siente caer tan bajo?- preguntó Ann, la mayor de las chicas.
-¡Esa no es la manera de tratar a un invitado!- intervino Robert padre evidentemente molesto y ordenó:- Discúlpate en este instante.
-Déjelos señor Hatthaway- dije con cierta desfachatez, sabiendo que eso los haría rabiar-. Es natural que sientan curiosidad porque no han conocido las bajezas del mundo. Trabajar en un teatro ambulante fue una de las cosas más estúpidas y humillantes que he hecho en mi vida, es verdad- la miré a los ojos tragándome la vergüenza que aquello me provocaba-. Pero denle gracias al cielo que tienen unos padres extraordinarios que nunca permitirían que ninguno de ustedes hiciera una estupidez semejante.
Ann y Miriam bajaron la cabeza y los más chicos se miraron sorprendidos sin entender bien a bien lo que acababa de suceder, después de todo seguían siendo unos niños. Robert hijo, en cambio no se quedó callado y agregó:
-Como sea, yo no voy a quedarme a rendirle pleitesía a un payaso como tú.
-¡¿Qué estás diciendo? – enfrentó Robert a su hijo- ¡Vuelve aquí y dale a Terry una disculpa por lo que acabas de decir!
-Mira Papá, el que mamá y tú encuentren encomiable la actitud de este individuo no hace que nosotros, tus hijos- remarcó señalando a sus hermanos-, estemos de acuerdo con su proceder.
-Robert tiene razón papá- intervino Ann-. Él pagó tu apoyo y cobijo dándote la espalda y metiéndote en un problema mayúsculo. ¿Acaso ya lo olvidaste?
-¡¿Y quiénes son ustedes para decirme cómo debo proceder?
-Creo que lo mejor es que me marche- interrumpí recriminándome al mismo tiempo haber aceptado aquella invitación.
-¡Tú no te vas a ningún lado! – ordenó mi maestro y anfitrión de la noche- Eres mi invitado y esta es mi casa, y en mi casa se hacen las cosas como yo digo; ya es hora de que les quede claro eso a mis hijos. Y ustedes. ¿Qué no se dan cuenta de que su comportamiento es por demás vergonzoso e indigno?- increpó a sus dos hijos mayores- ¡Sepan que eso es algo que no estoy dispuesto a tolerar!
En aras de que la paz volviera al hogar de los Hatthaway, me tragué el orgullo que me pedía a gritos que moliera a golpes a Robert hijo o que me largara de ahí a toda prisa y sin mirar atrás. Supongo que hice gala de mis dotes actorales para pasar el resto de la noche pretendiendo que nada de lo ocurrido me había importado en lo más mínimo, sin embargo, antes de irme me disculpé con Robert y su esposa por haber provocado una situación tan desagradable con sus hijos.
-Lamento mucho haberles provocado un disgusto semejante.
-No digas eso Terry- dijo la señora Hatthaway obsequiándome la más dulce de sus miradas-. Somos nosotros los que nos sentimos muy apenados contigo por lo sucedido. Lo único que deseábamos era que te sintieras bienvenido y arropado por el calor de una familia.
-Y lo consiguió señora Hatthaway- correspondí sonriéndole- la cena estuvo deliciosa y el placer de su compañía ha pagado cualquier sinsabor que haya tenido que vivir.
-Todavía no entiendo por qué se portaron de modo semejante- apuntó Robert aún avergonzado y preocupado.
-Es natural, vieron la oportunidad de ponerme en mi lugar y no la desaprovecharon. No los culpo señor Hatthaway, tienen razón al decir que pagué con una mala moneda todo el apoyo que usted me dio. No son ellos los que hablan, sino la desconfianza que les inspiro y que no es infundada.
-Aun así, esa no es manera de comportarse. ¿Es esa la educación que les hemos dado?- preguntó mirando a su esposa- Pero tendrán su castigo, que no te quepa duda. Actitudes como la de esta noche no pueden permitirse de ningún modo.
¡Y claro que no lo permitió! Tal vez Robert Hatthaway guardaba la apariencia de ser un tipo bonachón, y en general lo era, pero estaba claro que en el momento en que se transgredían las reglas dejaba de lado su aspecto compasivo para convertirse en el hombre firme y determinado que pone las cosas en su lugar.
Como era de esperarse, Robert hijo no estuvo dispuesto como su padre, a olvidar mis "agravios" y en cada ocasión que nos vimos por los siguientes años me lo hizo notar. A veces pienso que las cosas se pudieron haber suavizado con una buena pelea, pero los tiempos en los que desahogaba mis frustraciones de ese modo estaban lejos junto con mis días de colegio.
Después de muchos esfuerzos logré recuperar mi sitio como actor en la compañía Stratford y aunque mis ingresos económicos no eran despreciables, no le propuse matrimonio de inmediato a Susana. En aquel entonces no lo aceptaba, pero más que estar agradecido con ella por haberme salvado la vida, estaba profundamente resentido por "obligarme" a pasar la vida a su lado en lugar de dejarme realizar mis sueños de amor al lado de Candy.
En lugar de terminar con todo y decirle a Susana que no podía cumplir mi promesa de quedarme para siempre a su lado, desquité mi rabia engañándola con cuanta mujer se me puso enfrente: solteras, casadas, viudas, jóvenes y mayores. Cínico y desvergonzado como siempre he sido, nunca tuve el menor empacho en coquetear con mis admiradoras, incluso delante de ella.
Durante una de las fiestas de cumpleaños en casa de Robert Hatthaway padre me topé con Claire Auden, joven dueña de un gran carisma, rasgos delicados y un cuerpo fenomenal. Su posición como compañera de escuela y mejor amiga de Ann, la hacían una invitada frecuente a los eventos familiares de los Hatthaway, donde resultaba que yo también era un invitado recurrente.
-Buenas noches, preciosa.
-Hola Terry ¿Cómo estás?- me sonrió coqueta.
-Podría estar mejor pero eso depende de ti- le tomé la barbilla con delicadeza.
-¡Ay Terry! Nunca dejas de galantear- aseveró fingiendo inocencia.
-Y tú no dejas de gustarme- acaricié lentamente su mejilla mientras me aproximaba lentamente a su oído- ¿Qué te parece si tú y yo nos vamos a un lugar menos concurrido?
-Sabes que no puedo hacer eso- respondió sonrojada hasta los cabellos, si es que eso era posible-. Ann se volvería loca y me mataría si supiera que me fui contigo.
-No tiene por qué saberlo- insistí aspirando el delicado aroma a frutas dulces de su perfume.
-¡Claire!
Se escuchó la voz de Ann, aproximándose a nosotros y echando por la borda todo mi trabajo de aquella noche con la chica Auden.
-¿Qué es lo que pretendes?- reclamó Robert hijo en la primera oportunidad que tuvo cuando Ann y Claire se alejaron de mi lado.
-¿Qué te parece que pretendo?- pregunté con una sonrisa irónica disfrutando ver a Robert hijo evidentemente fuera de sus casillas.
-No cabe duda que no tienes vergüenza. Eres un hombre comprometido- me tomó del brazo tratando de apartarme de todos.
-Comprometido pero no casado- agregué con cinismo al mismo tiempo que solté mi brazo de su mano.
-Y en las narices de tu prometida- señaló a mi novia que se encontraba en el extremo opuesto de la sala conversando con los padres de Robert- Eres despreciable Grandchester. Después de lo que Susana hizo por ti, deberías besar el suelo que pisa. No sé cómo mi padre no se ha dado cuenta de la clase de alimaña que eres.
-¿Ya terminaste "Pepe Grillo"?- pregunté con desfachatez- Porque sinceramente prefiero irme con las chicas, que quedarme aquí a escuchar tus reproches.
-Si así te comportas ahora, no quiero ni pensar lo que harás cuando te hayas casado. ¡Pobre Susy, me da pena!
-Si sientes tanta pena por la "pobre Susy",- hice una mueca de fastidio- ¿por qué no vas a entretenerla? Al fin y al cabo, no soy celoso- le aconsejé cínicamente apartándome de ahí.
-¿Y qué pretendes con Claire?- me retó.
-Eso es algo que no te concierne, así que déjame en paz antes de que tengas que lamentarlo- amenacé encarándolo.
-Eres una basura Grandchester, no permitiré que te burles de Claire…
-¿Que me burle de Claire? ¿Todo este drama es por la señorita "dulces mejillas"? ¡Vaya! Eso sí que no me lo imaginaba, después de todo te gustan las mujeres.
-¡Imbécil!- me lanzó un puño que pude detener sin problema.
-¿Quieres pelear? Bien, yo también lo quiero así que vamos allá afuera.
Salimos al jardín de inmediato y tan pronto como pusimos distancia del salón, los golpes no se hicieron esperar. Tristemente, Robert no duró ni cinco minutos antes de que yo lo dominara.
-No te sientas mal- le dije bajándome las mangas de la camisa y poniéndome de nueva cuenta el saco-. En la calle es donde se aprenden estas cosas y tú siempre has sido un "cachorrito de casa".
-Eres un desgraciado-balbuceó limpiándose la sangre del labio inferior.
-Hasta otro momento, "Pepe Grillo"- me despedí burlándome de lo patético que se veía.
Con el paso del tiempo, las asperezas entre Robert hijo y yo se fueron limando, o al menos eso pareció. Me imagino que cuando los años se van acumulando, el temperamento se va enfriando o tal vez las agresiones toman nuevas y más inteligentes formas para lograr su cometido.
Como quiera que sea durante los siguientes meses me mantuve muy ocupado lidiando con los "nuevos deberes" que Robert padre me había asignado en el teatro, como para ponerme buscar bullas con Robert hijo. Los esposos Hatthaway habían sido bendecidos con un nuevo embarazo pero que trajo consigo ciertas complicaciones porque Ann ya no estaba en edad para volver a estar en cinta, y lo menos que Robert podía hacer, era estar a su lado todo el tiempo que le fuese posible.
A pesar de los riesgos y las complicaciones, Robert y Ann recibieron nueve meses más tarde a una pequeña pero saludable y hermosa nenita a la que llamaron Julia.
Un par de años más tarde las cosas cambiaron para bien en 3mi relación con Susana; supongo que en algún punto del camino me di cuenta de que mi actitud infantil no me estaba llevando a ningún lado y en cambio sí hacía mi vida más difícil de lo que en realidad era, así que decidí que era momento de sentar cabeza, de reconstruir mi vida sentimental como había reconstruido mi vida profesional, pero de nueva cuenta las cosas no salieron como lo planeé y cuando le propuse matrimonio a Susana, ella decidió que lo mejor para los dos era tomar caminos separados.
Mientras todo eso pasaba, Robert hijo se graduó como ingeniero civil del Colegio de Ingeniería y Ciencias Aplicadas de la Universidad Stony Brook y en cuanto consiguió un buen trabajo con buena paga, le propuso matrimonio a Melanie Harley, la chica que le robó el corazón el día que le tomó sus datos de ingreso a la universidad algunos años atrás.
Yo en cambio nada más sostuve relaciones superficiales que de antemano sabía, no terminarían en matrimonio. Una parte de mí estaba convencida de que nunca volvería a sentir lo que alguna vez Candy me inspiró, así que durante muchos años pasé de una chica a otra sin siquiera pensar si con alguna de ellas podría formar una familia.
Algunos años después me volví a enamorar. No puedo decir a ciencia cierta si fue igual que la primera vez porque ya no era un chiquillo de quince años, pero del mismo modo que en aquel entonces, el corazón me dijo que por la chica delante de mis ojos, bien valía la pena arriesgarse, ¿y quien puede saberlo? Tal vez en esta ocasión la historia tendría un final feliz para mí.
-Ya sé que no les gusta ser interrumpidos cuando se encierran en el estudio a trabajar pero llegó la hora de la cena y a mamá no le gusta que las cosas se enfríen- nos advirtió Jules tras tocar un par de veces la puerta del estudio de su padre.
Robert y yo nos habíamos enfrascado toda una tarde revisando y comentando algunas propuestas para poner en escena la siguiente temporada, cuando nos sorprendió la hora de la cena así que me preparé a acompañarlos porque de antemano sabía que Ann no permitiría que fuese de otro modo.
La cena de aquella noche no fue distinta a cualquier otra hasta que un poco antes de que se sirviera el postre, Robert hijo se apareció de improviso.
-Buenas noches familia- saludó sin mucha emoción.
-¡Robbie!- gritó Jules emocionada lanzándose a los brazos de su hermano mayor en cuanto lo vio.
-¿Cómo te has portado Julie?- preguntó Robert a manera de saludo recibiéndola con una mueca que pretendió ser una sonrisa.
-¡Hijo, qué sorpresa!- expresó Ann con evidente alegría- ¿Por qué no nos avisaste que vendrías? ¿Ya comiste?
-Hola mamá- la abrazó brevemente-. No, no he comido pero no te preocupes que no tengo apetito.
-No es que no me de gusto verte hijo pero, ¿está todo bien? - intervino Robert padre dándole también un abrazo.
Si Robert no le hubiera hecho la pregunta, seguramente la habría hecho yo. Robert hijo lucía demacrado, ojeroso y su barba de tres días junto con su aspecto en general desaliñado, daban razones para preocuparse.
-Quisiera decir que todo está bien pero de inmediato se darían cuenta de que les miento. Hola Terry- dijo al acercarse a mí para darme la mano.
-¡Hola Rob!
-Melanie se fue de la casa- soltó la noticia sin más.
-¿Pero cómo es eso posible? ¿Y los niños?- cuestionó Ann notablemente preocupada.
-Se fue sola. Al menos no con mis hijos- corrigió con profunda tristeza.
-¿A dónde?- preguntó Jules.
-A Los Ángeles. Aparentemente la vida en Seattle no es tan glamorosa o atractiva como lo es allá o en cualquier otra maldita ciudad donde yo no figure en el mapa- explicó haciendo todo lo posible por contener un ataque de rabia.
-¿Pero así, tan de repente?- fue el turno de Robert padre de preguntar.
-No, no fue de repente. Melanie y yo hemos tenido problemas prácticamente desde el día que le dije que nos mudaríamos a Seattle.
-Eso fue hace casi tres años- murmuró Julia.
En otra época seguramente no habría tenido empacho en quedarme, sólo para ser testigo de la desgracia de "Pepe Grillo" y enterarme del chisme completo y de primera mano, pero las cosas habían cambiado y su pena no me estaba causando la menor gracia.
-Creo que es mejor que me retire- me disculpé al tomar el último sorbo de café que quedaba en mi taza-. La cena estuvo deliciosa Ann, nunca habrá nadie que te supere con ese tortellini con salmón.
-Pero todavía no terminamos de revisar los libretos- señaló Robert padre con premura y algo desconcertado por lo rápido que estaban sucediendo las cosas.
-No te preocupes por eso, los revisaré más tarde y te daré mis comentarios mañana- dije encaminándome a la salida-. Lamento mucho lo sucedido Rob- murmuré dándole una palmada en la espalda a manera de despedida.
-Gracias Terry- respondió asintiendo con la cabeza.
Instalado en el estudio de mi departamento, revisé como pude los libretos que faltaban; la imagen de Robert hijo no dejaba de darme vueltas en la cabeza y me preguntaba por qué algo como esto le había sucedido a alguien como él. Sé que el amor o el desamor no tienen mucho que ver con los méritos de las personas, pero de alguna manera sentía que lo ocurrido con Robert era muy injusto porque si había en el mundo un buen partido, ese sin duda era él. Sí, un tipo limpio, sin grandes dosis de malicia, trabajador, comprometido, estable, atento, considerado, con una muy buena educación y por el estilo de vida que se daba, también con una nada despreciable suma de dinero en el banco. Todo eso sin contar sus atributos físicos que no eran pocos y que no habían desaparecido tras la boda con Melanie, como pasa en muchos cuando ya "atraparon" a la chica soñada.
Algunos días más tarde, Robert padre me contó que Rob y sus hijos se quedarían a vivir un tiempo con ellos mientras encontraban un lugar propio dónde vivir. Rob estaba consciente de que lo ocurrido en su matrimonio había afectando seriamente a los chicos y pensó que tenerlos en el cálido ambiente familiar de la casa de sus padres les ayudaría a encontrar algo de la estabilidad perdida tras la partida de su madre y su nuevo cambio de residencia a Nueva York.
Desde mi experiencia con el accidente de Susana, siempre he pensado que la mejor manera de superar una tragedia, cualquier situación desagradable o que está fuera de nuestras manos controlar, es conducirse por la vida con naturalidad. En la medida en la que le restas importancia a tus problemas, estos dejan de ser un obstáculo para que salgas adelante.
Varias semanas después de que estrenáramos nuestra primera puesta en escena bajo el amparo de la nueva compañía teatral que acabábamos de fundar, Robert organizó una fiesta en su casa para celebrar su cumpleaños a la que asistimos todos los que tenemos un lazo afectivo con él.
-¡Hola "Pepe Grillo"!- saludé a Rob usando mi apodo favorito para él.
-¡Hola "Cabeza hueca"!- respondió dándome la mano.
-No eres bueno para esto, acéptalo de una vez- le dije refiriéndome al patético intento de apodo con el que me había llamado-. Te presento a "Floydina".
-Mucho gusto- saludó mi novia tendiéndole la mano-. Jennifer Browell.
-Mucho gusto, Robert Hatthaway hijo.
-Voy a buscar algo para beber, ¿quieres algo Rob? –pregunté.
-Nada gracias, estoy bien – agitó su vaso con ron.
-Prometo volver antes de que este tipo te duerma con sus aburridísimas historias- le dije a Jen dándole un breve beso antes de ir hacia el bar.
Mi intención fue cumplir mi promesa y pasar la mayor parte del tiempo de aquella noche al lado de mi novia, pero nunca conté con que 4había alguien en aquel salón que necesitaría de mi apoyo y respaldo más que nadie en ese momento.
A pesar de que no me fue posible estar mucho tiempo al lado de Jen, no me preocupé demasiado por eso porque Robert hijo pareció entenderse bien con ella y al final de la noche sellaron con un apretón de manos, lo que sería el principio de una sólida amistad. Contrario a lo que se pueda pensar dado mi temperamento celoso y posesivo, esta situación no me preocupó ni me incomodó; Rob estaba atravesando una situación complicada con su divorcio como para siquiera buscar iniciar un nuevo romance con cualquier otra chica y aunque mi noviazgo con Jen era muy reciente, estaba firmemente cimentado, ambos habíamos tenido ya nuestra dosis de dolor en el aspecto sentimental y estábamos conscientes de lo que queríamos de la relación.
Pero una cosa es lo que piensas en medio de la lucidez que te da la cercanía del ser amado y otra muy distinta la que crees cuando los problemas y otras preocupaciones te embriagan con el influjo maléfico de los celos.
Robert padre se había alejado del teatro dejándome a cargo ciento por ciento de la dirección artística de la nueva compañía, no es que me quejara de la situación, por el contrario, aquello era una oportunidad de oro, un paso muy importante en mi desarrollo profesional, pero siempre lo había imaginado como algo que tardaría mucho tiempo (tal vez años) en suceder.
Más pronto de lo que hubiera imaginado, me vi inmerso en una serie de conflictos originados por una huelga de escritores en el país, que me puso en la disyuntiva de volver al teatro clásico o salir a conseguir material nuevo a Canadá o a algún otro país.
Durante el tiempo en que el conflicto duró, fui pasando cada vez menos tiempo con Jen. Nos llamábamos por teléfono aunque fuese brevemente varias veces al día todos los días, es verdad, pero el contacto telefónico nunca será capaz de darte la misma calidez y seguridad que te dan un abrazo o un beso.
Como quiera que sea, Jen y yo nos las ingeniamos para superar el obstáculo que significaba que nuestras agendas no tuvieran muchas coincidencias. En ocasiones ella iba al teatro aunque fuese sólo por cinco minutos porque mis ocupaciones no daban para más, y en otras yo me daba una vuelta al bar donde ella trabajaba aunque tampoco tuviera todo el tiempo del mundo para dedicármelo.
Lo único malo de verme con Jen en el bar era que también me encontraba con Rob. Aparentemente los lazos amistosos se habían solidificado haciéndolos muy cercanos, cosa que dejé de ver con buenos ojos porque de pronto pareció golpearme la realidad que nos rodeaba, ellos tenían mucho más en común y eso me llenó de rabia y dolor.
Aunque intenté no darle mayor importancia a las visitas de Rob al bar, pronto tuve motivos para estar furioso con él y lo peor de todo, con Jen.
Continuará.
1 Los detalles de este encuentro son tratados en la versión manga de "Candy Candy" por Kyoko Mizuki. .com/ páginas 918-933.
2 Los detalles de lo sucedido en esta parte se encuentran en la anécdota "Teatro: Mi Historia" por Annabel Lee.
3 Los detalles de esta historia se encuentran en el minific "Mi Vida con Susana" por Annabel Lee.
4 Lo ocurrido en aquella fiesta se detalla en la anécdota: "Karen y Susana: Agua y Aceite" por Annabel Lee.
Querida lectora: Muchas gracias por concederme unos minutos de tu tiempo para compartirte esta historia. Tus comentarios son bien recibidos y muy agradecidos también. Espero contar contigo en la siguiente entrega.
En este capítulo quiero agradecer especialmente a Mondhexe por su review. Aunque ya la contacté por mensaje, quiero aprovechar este espacio para compartirles lo que le dije respecto a la historia, porque tal vez más de alguno por aquí se ha hecho la misma pregunta que ella.
Sé que es un poco raro ver a Terry hablar sobre personas que son conocidas en nuestra época, porque sabemos que la serie "Candy Candy" está ubicada a principios del siglo XX. En aras de querer hacer algo fuera de lo común, se me ocurrió contar todas estas vivencias de Terry pero como si viviera en nuestro tiempo. Para que se den una idea, cuando empecé esto en el 2007, Terry tenía 35 años. ¿Por qué no más joven? Pues porque con esa edad, ya tendría en su haber un montón de cosas por compartir con nosotros.
Otra cosa que también me comentó Mondhexe es sobre la categoría del rating que es M y me sugiere bajarla para que la historia pueda llegar a más lectoras. La razón por la que la catalogué en el nivel más alto es porque más adelante habrá anécdotas con contenido sexual y de temas que personalmente no considero aptos para jóvenes menores de 18 años. Estoy pensando en la posibilidad de bajar este proyecto de categoría y crear una historia anexa que contenga estos escritos pero pienso que tenerlas por separado tal vez haga que los lectores se pierdan así que necesito un poco de tiempo para ver cómo defino este asunto. Si alguien tiene sugerencias al respecto, son más que bienvenidas.
¡Millones de gracias Mondhexe!, espero seguir contando con tu compañía y observaciones a lo largo de este proyecto.
También quiero agradecer a mis hermanas sirenas Gi y Soly porque como siempre, ya se han dado una vuelta por acá para dejarme un apapacho (y jalarme las orejas porque me tardé una eternidad en publicar, jejejeje) Gracias mis niñas, las quiero y como les dije, haré todo lo posible por ser más constante.
Para variar ya me extendí así que los dejo deseándoles lo mejor del mundo.
Besitos del corazón:
Annabel Lee
P.D. ¡Escríbanme por favooooor! =D
