Descargo de responsabilidad: Monster Musume no es de mi propiedad y este escrito solo está hecho para fines de entretenimiento y sin fines lucrativos
Bueno, quiero pensar que no ha pasado tanto tiempo desde la última vez, aunque visto el reseteo que he tenido que hacer os he dejado sin capi durante mucho, mucho tiempo…En fin, espero que esta nueva versión sea más del agrado de todos, el mío incluido, y que la disfrutéis. ¡Pasad un gran día!
-"No soy humano Erin"-. Remarcó el geólogo, tumbado en el suelo, mirándola a los ojos. Unas palabras que por unos segundos empezaron a destruir, a desmoronar todo el mundo de la dragona, al menos hasta que continuó. -No soy humano Erin, soy un monstruo-. Su voz raspaba, temblaba. Sus ojos, como los de su compañera, comenzaron a humedecerse.
-Erin…Te amo-, su mirada se apartó de la de la joven tan rápido como terminó de soltar esas palabras, sonrojado y nervioso. -Pero no te merezco. Mi pasado, mi presente, mi futuro…Erin, mereces saber la verdad, sobre todo. Te he estado ocultando más cosas de las que debería. Sígueme, te lo mostraré-.
Con cuidado, separó a la wyvern de encima suyo, para levantarse y guiarla escaleras abajo mientras Charnela les seguía la pista de cerca, hasta el sótano. Abajo, entre las cajas y electrodomésticos, el joven se puso a mover la lavadora un par de centímetros, los suficientes para desvelar un ladrillo suelto en la pared, que no tardó en remover para extraer de él una pequeña llave.
Mirándola a ella y a su wyvern con un suspiro, bajo la mirada impaciente y confusa de la reptiliana, se dirigió a la puerta del sótano y la abrió de un solo giro de la llave, desvelando una puerta mucho más gruesa de lo que se podía esperar, lo bastante para hacerle difícil de moverla, y una habitación bastante peculiar.
Era una habitación casi tan grande como el salón, con un suelo de cemento y paredes sin decoración o color alguno. Toda la zona estaba iluminada por un par de bombillas de bajo consumo que colgaban del techo, aunque repartidos por la zona había algunos flexos y una lámpara de pie. Nada más al entrar, había una gran mesa al frente en forma de U, con varios estantes sobre ella, clavados en la pared. En la mesa, como podía esperar de su casero, reposaban varias rocas. Debía de haber cientos de kilos de material rocoso en la mesa, baldas y cajones de ésta, intercalados con material de laboratorio que ya conocía: tarros de ácido clorhídrico, torres de tamices, una lupa binocular, etcétera. Había visto a su anfitrión usar todos esos al menos una vez con anterioridad, y a grandes rasgos sabia para qué eran, si bien por mucho que lo intentase no podía reconocer todas las muestras que allí estaban dispuestas.
En ambas paredes, tanto la de la puerta como su contraria, había pequeñas estanterías de madera cubiertas de libros. A medida que seguía a su casero al fondo de la habitación, pudo verlos más de cerca. Muchos eran montones de apuntes y papeles varios. Había ejemplares de libros en latín, inglés y español que no había visto en el despacho de Geber en la universidad, ni siquiera en la biblioteca de la misma. A juzgar por los títulos, parecían libros bastante avanzados o específicos de temas geológicos y químicos. En algunas paredes también había mapas topográficos y geológicos de todo Japón, algunos de ellos con marcas. Al fondo de todo, un enorme sofá desgastado, junto a una mesa, una mini-nevera enchufada al único conector visible del cuarto y apoyado en ésta, lo que parecía un martillo de guerra, hecho de acero.
-Siéntate, esto va para largo-. Indicó el joven, sentándose en la mesa frente al sofá que en poco ocuparon su wyvern y Charnela.
-Vale, ¿de qué va todo esto?- Rompió el silencio Erin, acomodando a la perreta en su regazo. -No hay nada tan raro en este estudio para que me lo ocultases estos meses-. Sonó con un tono de disgusto.
-Sí, hay muchas cosas raras. Hay muestras aquí que no hay en ningún laboratorio del mundo, que me han producido quebraderos de cabeza durante años. Erin, te he comentado que pasé un año en África, haciendo estudios relacionados con diamantes de sangre, pero hay mucho más: ese año cambió quién soy. Si tienes sed, puedes picar de la nevera, hay una larga historia que contar…-
-Varios años antes, en un punto indeterminado del África Subsahariana…-
-Y, para acabar, el estrato de diamantes se dobla según vimos con los sondeos, formando una red de pliegues de tipo dos de forma "Caja de Huevos"-. Un Geber bastante más joven y sin apenas barba, estaba situado con ropa de campo y una gorra blanca. Con grandes gráficas y mapas plastificados, explicaba bajo un sol abrasador sus conclusiones ante un reducido grupo de personas, tanto de etnias africanas como europeas, que escuchaban con atención la exposición a pocos metros de distancia. Al fondo, junto al viento, se escuchaban los sonidos de los picos y las palas, producidos en una gran mina a cielo abierto donde muchos trabajadores obraban sin parar.
-Si no hay fallas o cambios importantes a nivel de tectónica regional, que no debería de haberlo si la bibliografía que he encontrado es cierta, podría haber otros yacimientos lo bastante cerca de la superficie como para ser explotables-. Con esas palabras cogió un mapa lo bastante grande como para obligarle a dejar en el suelo los otros papeles. El mapa tenía marcadas varias cruces rojas que el joven señaló sucesivamente. -En estas zonas. Claro que primero tengo que ir a comprobar si hay, especialmente considerando la altura; es posible que todo se erosionase con anterioridad. Puedo ponerme en marcha ahora mismo a la zona más cercana. Eso es todo-.
El joven, animado y respirando profundamente por el calor y todo el rato que llevaba hablando, hizo finalmente una pausa para quitarse la cantimplora que llevaba colgada al hombro y tomar un gran trago, mientras los hombres frente a él comenzaban a murmurar entre ellos.
Finalmente uno de ellos, una persona de raza africana, vestido de forma remanente a la militar, calvo y casi tan alto como Geber, se separó del grupo hasta el joven y le puso la mando en el hombro mientras sonreía. -Ha sido un trabajo magnifico profesor, otra vez más ha ratificado la confianza que hemos puesto en usted-.
-Bueno-, dijo sonriente el geólogo. -Su empresa me va a recomendar para la universidad de Asaka y me están dando una oportunidad de coger experiencia, lo menos que puedo hacer es el trabajo por el que me contrataron…-
-Y veo que hicimos hombre pasó su brazo por la espalda del geólogo y comenzaron a caminar, alejándose del grupo acercándose a una pequeña furgoneta blanca. -Enviaré a alguien a recogerle muestras y testigos de las zonas del mapa. Usted relájese, se lo ha ganado-.
-El día aún es joven-. Inquirió Geber separándose del tipo y acercándose al vehículo, que estaba guardado con dos guardias cada uno con una AK-47. -Al menos me gustaría ir en persona al punto tres, es el menos documentado en la bibliografía de todos modos-.
-Sí, reconozco ese punto, las tribus locales han hecho por siglos historias sobre espíritus malignos y maldiciones que habitan entre esas rocas-. Se rió, quitándole importancia mientras se acercaban al coche. -Todo un montón de supersticiones por supuesto. Bueno, le dejo entonces, infórmeme cuando llegue al hotel-.
-Claro, Abiodun, en unas horas te mandaré un mensaje-. Se subió al coche junto con los guardias y no tardó en ponerse en dirección a la zona designada, despidiéndose con la mano de aquella persona que le había contratado.
Geber había llegado a África hace unos pocos meses, contratado por una empresa conocida como "Mining and Metallurgy", o MaM, que se había interesado en el a través del contacto de un amigo de la universidad. Si bien había estudiado principalmente paleontología, su diploma de gemólogo (que se suele conseguir aparte del título oficial), y su necesidad de conseguir experiencia para ser contratado en una universidad, le hicieron objeto idóneo de ese contrato por nueve meses. La empresa no disponía sobre el campo de bastantes geólogos cualificados para estos tipos de trabajos, de forma que tenía mucho trabajo que hacer, en buena parte de localización de yacimientos de importancia, tanto de diamantes como de otros minerales importantes.
Claro, que lo que el joven no sabía, cegado en parte por su inexperiencia y sus propios ánimos de hacer su trabajo, era sus contratistas no eran más que una empresa marioneta de Abiodun, un señor de la guerra local que se había enriquecido con la minería de los afamados diamantes de sangre. Aquel personaje usaba al geólogo como modo de conseguir mejorar sus explotaciones y ampliar su influencia. El precio de pagarle un hotel o mantener la tapadera era escaso comparado con lo que les estaba haciendo ganar con su beneficio sobre el terreno.
Geber estaba bastante controlado: viajes, comidas, charlas, siempre con un par de guardias de confianza tras él. Incluso se asignaban obreros de las minas para hablar con el cuándo era necesario. No querían problemas si descubrían sus condiciones de trabajo. A pesar de todo, aquel joven, aún lejos de los problemas de Berlini o el Acta, no prestaba demasiada atención a eso. Estaba tan centrado en su ciencia, en aplicar los conocimientos que había adquirido por años finalmente a cosas reales, que apenas podía contener su entusiasmo durante los meses que llevaba allí.
Llegó en menos de una hora de viaje al sector tres. Una zona elevada cubierta por gravas y rocas blanquecinas, con apenas un par de árboles o arbustos creciendo alrededor. Dejando el coche en un camino cercano, junto con sus guardias salió a inspeccionar el lugar. Paseando durante un largo rato entre las rocas sueltas y los yacimientos frescos, acabó sentándose sobre una enorme roca a descansar, alejado de los guardias que discutían cosas en un idioma que no entendía.
-Una pena-, comentó consigo mismo, mientras intentaba reacomodarse sobre el duro pedazo de caliza. -Todo el nivel se ha erosionado y sólo quedan restos de las zonas adyacentes. Quizás quede algo, pero será mucho más profundo de lo que podría salir rentable-. Tras unos segundos más observando en su mente las posibilidades, se acabó bajando de la roca a hurgar entre los detritos que poblaban la zona. -¡Lo mismo hay algún resto fósil!- Admitió emocionado, después de todo, aún era un paleontólogo.
A pesar del sudor, removió rocas y piedras en busca de cualquier resto. Aquellas calizas estaban datadas en el paleozoico temprano, tenían cientos de miles de años de antigüedad. Confiaba en encontrar algo, especialmente teniendo en cuenta que esos viejos cuentos de los que le habían hablado normalmente tenían que ver con la aparición de fósiles extraños que nadie sabía interpretar sin recurrir a la magia.
¿Y encontró? ¡Vaya si encontró! Restos de bioturbación, compresiones de las primeras plantas que habitaron en tierra, pero aun cerca de los lagos, algún resto muy pobremente conservado de insectos o geodas de calcita. Y al final de todo, entre un montículo de piedras con marcas tan extrañas que sólo podían ser obra humana, una gema singular.
Era púrpura claro, brillante e irregular, como un pedazo de amatista, pensó, pero desechó pronto esa idea. Todo geólogo que se precie sabe que la amatista no es sino un trozo de cuarzo con otro color; encontrarlo entre detríticos de calizas, que debían de venir de una zona lacustre, era todo menos usual.
La sostuvo con fuerza en la mano, examinando su brillo bajo la luz del fuerte sol africano. Estaba fría, y al tacto dejaba una sensación untuosa, casi como si estuviera cubierta de aceite. También era muy irregular, casi como si la hubieran arrancado de un trozo mayor; apenas podía diferenciar elementos de simetría en la muestra. Cabe decir que a pesar del leve dolor de cabeza que empezaba a sentir, aquello le emocionó. ¿Podía ser un nuevo mineral? Si era así, era un gran descubrimiento. Quizás esa pieza pudiera valer mucho dinero, o mejor aún, podría valer para una exposición en alguna revista prestigiosa, y su exposición, junto con su nombre, en un museo.
Alegre, se la guardó con las otras en el bolsillo y se encaminó al coche. Sin mayor problema tras un buen rato llegó al hotel, en la ciudad más cercana a las excavaciones.
Era una habitación pequeña, sólo un cuarto con cama, mesilla y mesa, un armario y la puerta a un baño sencillo. Todo pintado de blanco pero con muy buenas vistas siendo un quinto piso. Normalmente al llegar se pegaba una ducha para quitarse el polvo, pero estaba demasiado emocionado para ponerse con eso.
-Veamos, ¿Por dónde empezamos?- Geber se sentó en la silla y dejo la muestra en la mesa, junto con tantas otras, tanto rocas normales como gemas, y empezó a examinarla una vez más. -Vale, estabas con calizas. Quizás…- Cogió una botella de ácido clorhídrico y vertió unas gotas sobre la roca, para ver si reaccionaba como las calizas, pero no pasó nada. –Quizás si reacciona en caliente, como si fuera una dolomía…-
En la siguiente hora, mientras el sol empezaba a descender, aparte de un mensaje a su "jefe", hizo todas las pruebas que se le ocurrieron para determinar el tipo de mineral que tenía en las manos. Todas inconclusas, parecía que no era algo conocido y no coincidía con nada que el joven hubiera visto o conocido nunca antes. Estaba tan encantado con todo, que se propuso llevarla a la mañana siguiente al laboratorio para hacer pruebas más avanzadas de las que podía realizar en aquel cuarto.
Tras comprobar una última vez que podía rayar el acero y que no era una simple equivocación suya, como le había costado más de una vez la nota en la carrera, la dejo allí con las demás y se retumbó en la silla, suspirando de felicidad. Todo le parecía que iba sin problemas.
Continúo dando vueltas por su estudio, de forma literal, ya que su silla era de las que giraban, un rato más. Llamó a su familia para asegurarles que todo le iba bien, repasó sus informes y pensó en que cenaría hoy, tenía que pedirlo a los empleados del hotel, de forma que tenía que saberlo de antemano.
Al final, llamaron a la puerta y el joven, confiado y pensando que sería algún empleado del hotel, se encaminó a abrirla sin problemas. Tenía la cadena puesta por si las moscas, pero la falta de mirilla le jugó una mala pasada.
Cuando abrió la puerta, se encontró mirando a una figura humanoide de piel oscura, pero bastante diferente a lo que había esperado. Un rápido movimiento, un destello metálico… y la cadena que aseguraba la puerta se cortó en dos. Esa figura entró con rapidez en el cuarto, empujándole para atrás con la puerta y apuntándole con una pistola a la cabeza.
Un segundo después de todo aquello, se pudo calmar el suficiente como para ver a la intrusa. Parecía algo humana, pero tenía una ropa desgastada y parda, llena de bolsillos que le recordaba ligeramente a la que vestían los personajes ladrones de uno de sus juegos favoritos.
Pero lo más raro de la chica no era su ropa, sino la apariencia: tenía ojos rojizos, orejas de perro sobresaliendo su larga melena negra, garras en los dedos, y lo que parecía una cola esponjosa y de aspecto suave que se movía tras ella. Sostenía con una mano un cuchillo y con la otra la pistola, mientras que con la pierna cerró la puerta.
-¿Quién eres?- Preguntó, retrocediendo hasta el ventanal que iluminaba el cuarto y daba pie al pequeño balcón, sin quitarle los ojos de encima a la pistola. Confiaba en que tras la obtención su cinturón negro podría apañárselas con aquella mujer si no había plomo de por medio.
-¡Shhh! Silencio, alevín. Vamos a hacer esto simple y sencillo-. La joven dio un paso adelante sin bajar el arma, observando la estancia con dedicación. –Primero, el móvil encima de la cama, vamos-.
Geber con calma sacó el teléfono que había guardado en su bolsillo y lo tiró con indiferencia sobre el colchón. Poco después, aquella asaltante tiró a lado del móvil una mochila negra que llevaba a la espalda. -Muy bien-, continuó la atracadora. -Ahora tus muestras de diamantes, geólogo, en la mochila-.
-¿Cómo sabes que soy geólogo?- Interrogó el joven de pronto, en un momento de duda, a pesar de lo cual el cañón apuntándole aún era lo bastante convincente como para hacer que fuera a por las muestras de diamantes que tenía en la mesa para meterlas en la mochila de la joven que, como era de esperar, estaba llena de diamantes de bastante calidad.
-Hey, aquí soy yo la que hace las preguntas-. Tras soltar esa frase, pareció relajarse un poco, de forma que suspiró y se adelantó un paso más. -Bueno, ya que estaré aquí un rato. Lo sé porque he estado engatusando a ese estúpido de Abiodun para que baje la guardia y sacarle los diamantes. Pero cosas de la vida, me ha pillado. Pero sé que no me va a buscar aquí, con el sicario al que ese autoproclamado "señor de la guerra" más controlado tiene-.
-¿Señor de la guerra?- Repitió el joven, extrañado, metiendo las ultimas piedras y cerrando la cremallera de la bolsa. -Es un directivo de una respetada empresa de minería. Perdona si no me creo mucho lo que dice una ladrona-.
La joven se acercó un paso más y le miró a los ojos lo bastante como para hacer a Geber sentirse incómodo. -Espera… ¿¡De verdad te lo crees!?- Las fuertes risas que se adueñaron de la asaltante golpearon muy duramente el orgullo del geólogo.
Sin embargo, con la cercanía y el entrenamiento que había tenido, el joven vio y aprovechó su oportunidad para abalanzarse hacia la desprevenida joven que había bajado la guardia entre risotadas. Logró quitarle la pistola, o más bien, lograr que acabase tirada en una esquina junto a la puerta y acabar a su espalda sosteniéndole uno de los brazos doblado en esta en una posición muy poco buena para la joven, y con el otro brazo agarrado por la muñeca. A pesar de todo se veía muy tranquila. -Eres tan idiota. Estás trabajando para la peor escoria de tu mundo y sin embargo ni te das cuenta. Cree lo que quieras, eso no quitará la verdad-.
-Abiodun me ha tratado mejor que muchos de mis conocidos y compañeros de carrera. Es su palabra contra la de alguien que casi me mata antes. Aunque tienes un muy buen disfraz, eso te lo reconozco-, admitió al sentir la cola de la joven acariciándole la parte de las piernas que dejaban expuestos sus pantalones cortos.
-No ves la verdad de tu trabajo, no ves que esto no es un disfraz y, sobre todo, no ves que te estás distrayendo demasiado-. Y tras esas palabras la muchacha se removió de tal forma que, en cuestión de segundos, Geber acabó en el suelo con el cuchillo clavado en la pantorrilla derecha, maldiciendo en todos los idiomas que conocía y un par que se estaba inventando. Al verlo así, con indiferencia la joven abrió un bolsillo de la mochila, sacando de ésta unas gasas que le dio en mano cuando se agachó a retirar de golpe su cuchillo. -Cúrate, te necesito sano por si ese imbécil o sus sicarios pasan por aquí-.
-Vete a la mierda, bastarda-, espetó el dolorido joven, mientras se retorcía en el suelo por la cuchillada y trataba de contener la sangre.
-No te pongas así, podría haberte matado, ¡deberías de estarme agradecido!- Tras decir eso con una sonrisa, recogió su pistola y se sentó en la cama, inspeccionando su mochila y sonriendo ante la fortuna en diamantes que tenía allí almacenada. -Casi me cuesta el tener que acostarme con ese desecho, pero ha merecido la pena-. Susurro para sí, examinando algunas de las mayores piezas que tenía en la bolsa. -Hoy pasaré la noche aquí. Si aparece alguno de los subordinados de Abiodun, tú les dices que todo va bien. Mañana desapareceré y podrás volver a ser un ignorante feliz otra vez-. A pesar de la pausa, el geólogo no parecía dispuesto a mediar palabra, seguramente por una mezcla de dolor y odio. Fue entonces cuando la joven reparó en una piedra singular, púrpura y brillante que descansaba sobre la mesa, medio oculta por las demás.
-Mira esta preciosidad de aquí-. Sin mirar al geólogo, se adelantó hasta la mesa, cogiendo la piedra purpura entre sus manos y examinándola con cuidado. -Me recuerda a las gemas de alma, pero muy diferente-.
-Alguien ha jugado demasiado a Oblivion…-Escupió Geber desde el suelo, tratando de incorporarse. -Y ahora me iras a decir que tu "no disfraz" es de una khajiit. Aún no sé lo que es, pero no me jodas…-
-Hice bien en elegir esconderme aquí, eres entretenido al menos. Ignorante, pero entretenido-. Se giró un segundo para mirarle, con cierta pena en la mirada. -Anda, ve pidiendo la cena, a mí me apetece un Doro-wat. Luego, si te portas bien en la cena y no tengo que cortarte nada más, te contaré un poco todo lo que no ves en este mundo. Por ahora, a ver si…-
Bajo la dolorida mirada del joven, la chica removió sus bolsillos hasta sacar de uno de ellos lo que parecía un martillito ridículamente pequeño que parecía hecho de algún metal plateado. Tras mirarlo unos segundos más, acabo dándole un golpecito a la piedra con el instrumento. Al golpearla, un suave zumbido resonó por la estancia y el geólogo empezó a ver solamente negro.
-Augh…Mi cabeza-, el geólogo abrió la mirada de forma lenta y entumecida. Con dolor en las cervicales y en el brazo derecho por la posición en la que durmió, se levantó lentamente, mirando con sus ojos cansados la habitación. Estaba solo, la piedra morada en su sitio en la mesa, y el sol se estaba levantando, fácilmente visible por la ventana. A juzgar por eso y por el hambre que tenía, había dormido bastante.
Arrastrándose como pudo, se llegó a sentar en la cama, donde vio su móvil tirado. Consultó con él la hora para ver que casi era mediodía y gruñendo intento recordar que había pasado. Tenía vagos recuerdos de una chica disfrazada, una pistola y confesiones de que trabajaba para un criminal o que la roca que había recogido era una gema de alma. Con la cabeza dolorida se retorció varios minutos en la cama, tratando de recordar. Al final desechó todas esas ideas ridículas de otras razas, piedras mágicas y corrupción, y trató de levantarse e ir hacia a pedir algo de comer, sólo para que una de sus piernas le fallase nada más apoyarla en el suelo y cayera de bruces contra el suelo, soltando un quejido de dolor. Cuando fue a ver qué pasaba en su pierna, se encontró con unas vendas atadas alrededor de ésta, y le dolía al intentar apoyarse sobre ella.
-No me jodas-. Susurró, molesto e intranquilo. Necesitó un buen rato para lograr ponerse en pie y convencerse de que estaba solo en el reducido cuarto. Tras desayunar, sopesó sus opciones. Pensó en que había pasado, en si quizás tendría razón en alguno de los puntos dichos, sobretodo relacionados con su contratista. Al final, aun inocente y guiado más por su experiencia que por la duda, decidió que, tras una ronda de laboratorio, no había olvidado la gema. Informaría sobre el robo a Abiodun, cosa sencilla, dado que el laboratorio estaba en el sótano de su mansión de las afueras, a la cual se dirigió sin mucha más demora.
La casona de Abiodun era casi un palacio, una enorme construcción de piedra blanca rodeada de arbustos y árboles, algunas estatuas repartidas por los jardines frontales y llena de guardas de seguridad. Cuando el joven pidió paso, no se lo negaron. Después de todo ya le conocían de sobra y tenía acceso ilimitado al laboratorio.
Situado en el sótano de la casa de tres plantas, el joven al llegar encendió las luces. Era el único que lo usaba después de todo; había sido equipado por y para su trabajo, y se puso a trabajar con la gema. Diversos análisis fueron capaces de detectar trazas de oro, platino, tántalo y silicio. Así también como restos de potasio cuarenta que le sirvieron para datar la edad de la muestra, siendo muy reciente, pues los datos indicaban que había sido creada hace no más de un millón de años atrás, cosa que no encajaba, igual que el resto de datos, con su localización geológica. Esos, y otro tipo de información que estaba recolectando el joven con los aparatos más sofisticados del laboratorio, le dieron dolor de cabeza, más del que ya tenía encima. Nada encajaba.
-Profesor Geber-, le llamaron a sus espaldas un par de guardias armados que habían irrumpido en el laboratorio. -El jefe quiere verle, vamos a su despacho-.
Con un suspiro y un quejido de dolor en su aun dolorida pierna, el joven guardó la roca en su bolsillo y les acompaño por la mansión hasta un cuarto lateral del segundo piso, donde le esperaban con la puerta abierta y, contando los dos que le seguían, media docena de guardas armados, Abiodun…Y la asaltante de anoche.
Estaba atada a una silla, con una cuerda en la boca y las manos atadas en el respaldo, aparentemente inmovilizada y con signos de lucha por su cuerpo, tales como cortes en la piel o la ropa. Al igual que los demás, clavaron la mirada en el joven nada más entrar, ayudando a incrementar la atmosfera de tensión del ambiente.
Abiodun estaba irreconocible. De manga corta, casual, parecía molesto en su forma de andar y moverse y su voz no sonaba amigable y carismática, casi daba miedo. -Profesor Geber, le esperábamos-. Indico calmadamente. -Me gustaría saber si conoce a esta…Persona-. A pesar del control en sus sentimientos, se podía adivinar cierto odio en su voz.
El joven la miro y, por primera vez, dudo de verdad. ¿Qué había un supuestamente respetado empresario capturando y reteniendo a nadie, más aun con signos de que había habido pelea? Ese rápido pensamiento se cruzó por su cabeza, dándole un empujón para considerar que la asaltante podía tener razón, haciendo germinar la semilla de duda que había aparecido con sus palabras la noche anterior. -No, no la conozco-. Sentencio firmemente con la habilidad que le daba el haber disimulado durante años que no había hecho el trabajo o el informe a última hora cuando le preguntaban los compañeros o el profesor. Hace cinco minutos habría dicho todo nada más entrar, pero tras darse cuenta de esa verdad y que su mundo se empezase a distorsionar.
-Ya veo-. Suspiro el señor de la guerra, acercándose al geólogo mientras todos los guardias les seguían con la mirada. -Esta joven fue pillada robándonos diamantes, diamantes que aún no hemos encontrado, millones en esas pequeñas piedrecitas-. La mueca de asco, a medio camino entre fingida y real, del joven le saco una leve sonrisa al africano. -Escapo, pero la encontramos al final…En su habitación-.
Un escalofrió recorrió la espalda del geólogo cuando escuchó esas palabras. Bajo la atenta mirada interrogante de Abiodun, tenía que tomar una decisión: o se arriesgaba confesándolo todo, o seguía con una pequeña mentira. Al final, pensaba que daba igual la respuesta, que iba a morir allí. Puede que por orgullo, pero al final decidió continuar. -Recuerdo abrir la puerta a alguien, pero no más. Al despertar hoy pensé que todo fue un sueño-.
Sin cambiar un ápice de su firme rostro, su interrogador se giró hacia la mesa que coronaba en el centro el despacho. -Muy bien profesor Geber. Todo está bien, salvo que veo en sus ojos desconfianza. Una pena, me caía usted bien-. Abiodun, a sabiendas por su experiencia propia de que aquel hombre no confiaba más en él, y que por lo tanto sería más difícil tenerlo controlado y sin ser una amenaza, decidió que sería buen momento para librarse de él. Tomó una pistola de su escritorio y se giró lentamente hacia Geber. -Cierre los ojos, profesor, así será más fácil-.
No tenía sentido luchar, correr o suplicar y lo sabía. Sus pensamientos se fueron a un único lugar, mientras bajaba los parpados. -Hermanita, padres, Cedrid…Perdonadme por dejaros solos-. Y al igual que aquella vez en una salida de campo donde el suelo cedió bajo sus pies y cayo varios metros por un agujero en caída eterna, simplemente acepto su muerte.
Y al igual que con aquel agujero, esa muerte no llego aun.
Sonido de disparos, hasta diez pudo contar, pero a pesar de que abrió los ojos de golpe y se palpo el pecho, no había sangre. Aprovechando la distracción, la mujer se había liberado de sus ataduras y por lo poco que había visto, había seccionado la garganta de uno de los guardias con las garras y al otro lo uso de escudo humano mientras usaba su arma para matar a todos los presentes, una reacción y movimientos a velocidad sobrehumana.
Cuando todo acabo, el joven cayó de rodillas al suelo por la pura impresión, mientras la joven aplastaba la cabeza del cadáver del señor de la guerra con sus botas. -Admito que has llegado en el momento perfecto, alevín-. Comento en tono serio mientras cargaba la munición de las pistolas que le había arrebatado a los cadáveres. -Me atraparon esta mañana, apenas me dio tiempo a esconder los diamantes en tu piso. Hay que admitir que tras haber estado dándole largas y manipulando a este tío estos últimos meses me tenía muchas ganas, posiblemente me hubiera violado antes de matarme para tener lo que no le di nunca si no me haces de distracción al final-.
-Todo esto…Por unos pedazos de carbono…- Suspiro el joven, aparentemente sin prestar mucha atención a pequeño agradecimiento de la chica, aun de rodillas en el suelo, empapado con la sangre de aquellos muertos.
-Unos pedazos de carbono lo bastante valiosos para que valgan más que las vidas de cientos de personas, esa es la clave-. Atestiguo la joven, poniéndose a su altura y levantándole el rostro con el cañón de una de sus pistolas. -El caso no es ese. ¿Sigues vivo no? Eso es lo que debería importarte. De todas formas no será por mucho tiempo, de seguro han oído los disparos y en unos minutos se nos echará encima toda su guardia personal…- Giro un segundo la vista hacia la AK-47, en perfectas condiciones, que tenía uno de los guardias. De un rápido movimiento le arrebató el arma y los cargadores al muerto y se los dio a Geber. -O te quedas llorando y mueres, o te mueves y lo mismo te salvas. Es cosa tuya, yo me voy-.
Y con esas palabras, se levantó, con una pistola en cada mano y salió por la puerta. Geber, tras un segundo para asimilar lo ocurrido y la verdad de sus palabras, agarro el arma, se guardó como pudo los cargadores y salió corriendo por la puerta, siguiéndola. Al salir, descubrió que a la asaltante le daban igual las vidas de los demás, ya había segado varias almas en su camino hacia la salida y más de un cadáver se vislumbraba en el pasillo, con ella al fondo ejecutando a uno de aquellos sicarios.
Geber por su parte, se giró en seco al escuchar pasos a su espalda. Una de aquellas personas apareció en su rango de visión, iba desarmado pero su leve sonrisa y su porte agresivo no daban confianza.
-¡Quieto ahí!- Exclamo el joven, apuntándole con el arma, que temblaba en sus inexpertas manos.
El hombre se dio cuenta de ello, y avanzo con confianza, pensando que aquel jovenzuelo no dispararía, a juzgar por su pose y su forma de hablar. Pronuncio algunas palabras que no termino de comprender, ni siquiera sabía en qué idioma las dijo, estaba demasiado nervioso. Lo bastante para apretar el gatillo.
Una ráfaga de balas le atravesó el pecho, y firmaron la sentencia tanto para el mercenario como para el geólogo. Este, pálido y sudoroso, se acercó a paso lento al cadáver y trato de tomarle el pulso. -Muerto…- Susurro para sí, tragando saliva y sintiendo una profunda opresión en el pecho y el estómago, que casi le hace vomitar. Estaba muerto, y él le había matado. Era la primera vez que arrebataba la vida de algo que no fuera un mosquito o algo por el estilo, y no podía permanecer impasible ante aquello, más cuando no sabía, ni nunca pudo saber quién era él. Su mente se puso en blanco y necesito escuchar de nuevo el sonido de los disparos para que reaccionase, levantándose y echando a correr hacia la salida, deteniéndose únicamente para coger una granada de mano que uno de los muertos a manos de la chica sostenía firmemente. La adrenalina le recorría la sangre, el olor a muerte flotaba en el aire ayudándole a mantener a raya sus pensamientos y emociones, así como el dolor de su pierna malherida. Todo ello pospuesto hasta que pudiera respirar a salvo.
Cuando alcanzo el final del pasillo y vio al otro lado de la esquina, para su horror no encontró rastro de su compañera, solo los sonidos de personas subiendo por las escaleras. Sintiendo una punzada de pánico, alcanzo la primera puerta que encontró y se metió por ella a toda prisa, cerrando la puerta de un portazo tras de él, que enseguida se recrimino antes siquiera de que pudieran sus ojos hacerse a la luz reinante en el cuarto, y sorprenderse por donde había acabado.
Diamantes, cientos de diamantes. Era una habitación pequeña, llena de cajas y estanterías y por lo que se veía estaban llenas de diamantes. Desde pequeñas e imperfectas piedras para industria, hasta gemas grandes y brillantes que serían la envidia de cualquier rey o emperatriz del mundo. Con cuidado, alzo el arma y avanzo un poco, con temor infundado pues ahí estaba solo. Un deje de codicia le asalto cuando vio, apartado sobre un cojín un diamante enorme, grande como el puño de un hombre adulto. Una roca más grande incluso que la afamada Lesedi la Rona, quien ostentaba el puesto del diamante más grande del mundo, que valía más de sesenta millones de euros en subasta. Aquella gema desde luego habría financiado cualquier vicio, plan o maquinación que el señor de la guerra hubiera llevado a cabo en toda su vida. Trago saliva y cogió la gema para sí, guardándosela en el bolsillo opuesto a donde llevaba la gema de alma, movido por una mezcla de codicia, y odio. No podía permitir que una maravilla de la naturaleza como esa se quedase en las manos de semejante montón de basura. Su brillo casi le hizo olvidar la mirada pálida de aquel mercenario momentos antes.
Cuando termino aquel movimiento, escucho las botas en el pasillo, las mismas que le habían llenado de pánico antes, ahora le hicieron esconderse en un lateral de la habitación, tras una enorme caja de madera. Intento relajarse, controlar su respiración y pasar desapercibido, ante aquellos asaltantes. ¿Le buscaban a él, fortuna antes de huir en las gemas allí presentes? No lo sabía, ni le importaba. La puerta se abrió de par en par, escuchó las voces y respiraciones de todos, en idiomas que no alcanzaba a entender. Se asomó un poco por el lateral, solo para ver que había alguien en la puerta, ni siquiera identifico quién o cómo, sólo vio un par de piernas y volvió a su escondite.
Respiró profundamente, y miro la granada que había recogido antes. En su mente se formó un solo pensamiento. -"No… ¿No es como si estuviera haciendo algo malo verdad? No, siguen siendo vidas, pero es la suya o la mía. Como me descubran soy geólogo muerto. Lo siento, pero no voy a morir aquí"-. Determinó en un rápido pensamiento, su corazón y su sangre le bramaban por sobrevivir, incluso si eso incluía algo tan nuevo y repulsivo hace unas horas como segar una vida. En su mente esos mercenarios estaban muertos de todas formas, la única diferencia para él entre un ahora a sus manos y un después a manos de otro, era que en una estaría vivo, y eso le bastó.
Le quito la anilla a la granada, sintió cierta repulsión cuando pensó que aquel mecanismo era tan simple como para que un niño pudiera usarlo, y laarrojo por un lado. Ocultándose de nuevo con rapidez tras las cajas, a tiempo de escuchar los gritos, los pasos, y finalmente la explosión.
Cubierto tras la madera, no recibió golpe alguno de metralla, que fue en última instancia lo que provocó la muerte o graves heridas a varios de los presentes. La explosión estaba, en parte por suerte, lo bastante alejada para no reventarle los tímpanos, si bien el zumbido y la sordera temporal le acompañaron mientras se elevó de su escondite y llevado por las ansias animales de sobrevivir vacío todo un cargador en la estancia, matando a los supervivientes y haciendo heridas nuevas a los muertos. Tras unos segundos, ya nada se movía sino el humo de la explosión y el joven que patosamente intentaba cambiar el cargador.
Cuando su respiración se calmó y su rostro tembló, pensando en mil razones por las cuales no había otra salida, salió de detrás de la caja para ver los restos de sus víctimas. Si no fuera por la correa que sostenía su arma, se le habría caído al suelo al ver los cadáveres, restos de hombre y mujeres que tenían pinta de todo menos de mercenarios, más bien, les recordaba, eran miembros del servicio doméstico de la mansión.
El corazón se le cayó a los pies, apenas pudo mantenerse en pie. -¿Por qué?- Se preguntó en un susurro inútil, mientras sus manos temblorosas se acercaban al rostro sanguinolento de uno de ellos, acariciándolo mientras se le escapaban unas lágrimas. La adrenalina y el instinto de supervivencia seguían clamando en su sangre, pero simplemente no podía, se había dado cuenta de lo que había hecho, de que se había convertido en un monstruo. A sus ojos no era muy diferente de aquellos a los que antes se convencía de poder matar si su vida estaba en juego. ¿Un accidente? No podía ni pensar en aquellas palabras mientras retiraba un gran trozo de metralla del ojo cerrado y destrozado de aquel hombre casi anciano, que yacía ante el muerto y derrotado. Su culpa, su error, su destino y su mente torcidos para siempre, o al menos, así se sentía.
Necesitó largos segundos, hasta que disparos y gritos sacaron de nuevo sus ánimos de vivir adelante. Se asomó con cuidado al pasillo, y de ahí por una pequeña ventana al gran recibidor que yacía bajo el. Varios sectores de la milicia de Abiodun se enfrentaban entre sí, por restos de aquel poder y viejas rencillas libres sin la cabeza que les dirigía, aquellas personas daban rienda suelta a sus deseos y codicias, y no querían compartir. Esto le dio una oportunidad. Avanzo hasta el balcón, en la biblioteca al final del pasillo y se las apaño para caer sobre unos matorrales. De allí, se abrió paso trepando verjas y reptando por el fango hasta salir de la mansión que se encontraba en caos. Por fortuna para él, Abiodun no usaba grandes muros para sentirse seguro y eso le facilitó la huida.
Y corrió, corrió y corrió hasta que su pierna falló, indicándole que no daría a prisa ni un paso más, pues tenía que recuperarse de la herida, y con un último aliento, cayó al suelo agotado, a la sombra de un árbol solitario en una colina de las afueras, sobre la hierba seca y la vista de la ciudad y la lejana mansión. En el silencio del campo, bajo el sol y el piar leve y burlesco de los pájaros, la adrenalina se fue mitigando, y a su mente los recuerdos fueron retornando. Sin más prisa que contenerle, empezó a llorar, por las vidas arrebatadas, por lo que se había convertido, por las pesadillas que vendrían.
-Y sobreviviste y todo. Estoy impresionada-. Tras unos minutos la voz le distrajo. No necesitó ni levantar la cabeza para reconocerla. En inicio no le respondió, no estaba de ánimo para ello. -¿De morros, eh? Te entiendo la primera vez nunca es fácil. ¿Era tu primera vez, verdad?-
-Si-. Admitió al final dirigiéndole una mirada cansada. -Nunca había tenido que hacer esto. Ahora veo sus ojos cada vez que cierro los míos-.
-Eran una panda de desgraciados-. Admitió la asaltante, sentándose a su lado. -O tú o ellos, y tú mereces más vivir, aunque solo sea por la excelente distracción que fuiste para mi huida-. Esa sonrisa le valió una mirada asesina del joven, que si hubiera tenido fuerzas habría acompañado con un puñetazo. -No me mires así. Ya verás. Al principio es duro, difícil, no te haces a la sangre de otro ser que pudiera pensar y tener sentimientos, pero luego te ves obligada a repetirlo queriendo o no para sobrevivir y al final, distanciándote de todos te será hasta fácil-.
-No quiero volver a tener que hacer esto. Y lo peor es que no solo eran asesinos. ¡Había inocentes allí! ¡Personas que no se habían condenado al infierno por sus actos! Y ahora… ¡Ahora están muertos, por mi puta mano!- Gritó desesperadamente el joven, dejando salir de golpe sus emociones.
La joven, cogió de un bolsillo un pequeño pañuelo y se lo tendió, para que secase sus lágrimas. -No sé qué quieres que te diga. Descubriste que te engañaba, matamos a esa escoria y salimos con vida y riqueza. Aun sin saberlo has sido mejor compañero que muchos otros que he tenido. Céntrate en esas cosas buenas, los muertos no deberían importunarte más-.
En ese punto Geber la miró de nuevo, con desconfianza mientras agarraba fuerte el pañuelo y se secaba las lágrimas. -¿Y a ti que te importa? Por lo que te conozco solo sigues tus caprichos y emociones-.
-Claro, ¿no escuchaste? Valoro mi vida y bienestar por encima de todo lo demás-. Aclaró, orgullosa. -Y por eso te necesito. Tengo que salir de África. Ahora mismo no tengo amigos o negocios aquí que compensen mi riesgo, pero al no ser humana coger un avión que sería la mejor forma es complicado. Necesito alguien que luzca normal para ayudarme y quitarme los ojos de encima, y sólo se de alguien tan desesperado por salir de este continente como yo-.
Geber se quedó mirándola unos segundos. Tenía razón, no podía seguir allí mucho tiempo, seguro que su cabeza tenía precio. La joven parece que captó esos pensamientos a través de su mirada vidriosa, porque continúo. -Bien pues, tengo tu móvil-, fue en ese momento cuando el joven se dio cuenta de que le había birlado el móvil sin que se diera cuenta. -Ve a tu hotel, no hables con nadie, no te separes de ese rifle y mira en la cisterna del baño, ahí está la bolsa de diamantes. Pasaré a recogerte en unas horas cuando tenga la documentación, tenlo todo listo. Pitaré tres veces-.
Y con esa sarta de instrucciones, la joven se puso en pie y comenzó a caminar hasta la ciudad, deteniéndose solo cuando el geólogo la llamo desde la distancia. -¡Espera!- Suplico, con voz cansada. -¿Quién o que eres?-
-Soy una Hellhound, me llamo Rowana-, comentó la joven girándose levemente. -Una liminal una de las muchas y muchos no humanos ni humanas que pueblan el planeta, lejos de tu visión o la del mundo. Y eso es todo lo que necesitas saber por ahora, quizás en el avión te comente algo más-. Y con esas palabras se alejódefinitivamente, mientras el geólogo luchaba contra su cansancio y dolor, tanto físico como mental, para levantarse y ponerse en marcha también.
Finalmente, logro levantarse y volver a su cuarto. Paranoico como pocas veces antes en su vida, avanzo con cuidado por calles y callejuelas segundarias, tan nervioso que casi llena de plomo a varias personas y ardillas por el camino. Para bien o mal, aquella población del tercer mundo estaba tan acostumbrada a las armas que nadie se inmuto por verle con una, más cuando eran los recientes sucesos en la mansión del señor de aquellas tierras lo que ocupaba las mentes de todos.
Al llegar, cerró la puerta con llave, incluso hizo una barricada improvisada con la cama, y siguió las instrucciones de la hellhound. Busco los diamantes, la garantía para el de que no le dejaría tirado, e hizo a toda prisa las maletas. Guardo aparte tanto la extraña piedra morada como el enorme diamante, quería que fueran su secreto por ahora. Con la barricada hecha, el fusil con munición, las maletas y diamantes preparados y el silencio dejándole pensar y sufrir callado sus recientes actos, espero a que la liminal apareciera.
Durante horas no hubo ni rastro de ella, y sin su móvil no podía comunicarse con nadie sin salir de la habitación, cosa que no pensaba hacer ni de coña sin oír los tres pitidos en la calle. Solo espero con el arma apuntando a la puerta y las maletas a sus pies.
Finalmente, ya entrada la tarde, escucho tres claros pitidos en la calle. Con cuidado, se asomó a la ventana y vio un coche blanco esperando. No tardó mucho en verla bajar del coche, cubierta por un montón de telas, pero pudo apreciar su rostro no humano cuando miro directamente a su ventana.
A toda prisa quito la cama de la puerta, haciendo que callera sobre la mesa, cogió su maleta, la mochila de los diamantes y bajo corriendo a toda prisa hacia el coche. No tardo nada en ser recibido por su compañera, que le quito las maletas de las manos y las hecho a los asientos traseros, para luego cederle el asiento del conductor.
-Ya pensaba que me habías dejado al sentarse y ponerse el cinturón. -¿Por qué me dejas conducir?-
-Nunca dejaría una fortuna en diamantes para que cualquiera se apropiase de ella-. Comento recolocándose la ropa, dejando apenas visibles sus ojos rojizos entre las telas de colores, que pegaban bastante con el estilo general de la zona.-Y por mucho que me gustaría conducir yo, recuerda como es esta zona, no siempre se ve bien que una mujer conduzca o tenga opinión propia, en parte por ese menosprecio es tan fácil manipularles-.
-Cierto. Bueno, vamos al aeropuerto, ¿no? ¿Seguro que esta todo en orden? No sé si te dejaran salir con todo esto del paí claramente preocupado, algo más calmado que hace unas horas, seguramente por el descanso, pero aun intranquilo, por mucho que intentase sonar y verse seguro.
-He sobornado a las personas adecuadas, voy tan cubierta que no se nota que no soy humana y a la llegada tengo un lugar seguro a donde ir. Ahora conduce, hablaremos más cuando estemos en un lugar sin precio a nuestras cabezas-. Sentencio firme.
-¿Precio por nuestras cabezas?- Replico el geólogo con cierto pánico.
-¡Que conduzcas!-
Y así, el coche arranco y discurrió sin ser molestado por las calles de la ciudad sumida en la confusión. Fueron en silencio durante horas, por el campo y carreteras ruinosas hasta una ciudad cercana, más libre del control del antiguo señor de esas tierras. Y lo más importante, donde estaba el aeropuerto que les sacaría de allí. Por fortuna para ambos, el soborno fue efectivo y en poco tiempo después, estaban a salvo, en el aire, alejándose de todo ello a toda velocidad en dirección a Europa. La sensación de seguridad fue tal, que Geber no puedo evitar dormirse durante el viaje. Cuando despertó descubrió que la hellhound ya no estaba a su lado, ni tampoco estaba la bolsa de diamantes ni el dinero que tenía antes en la cartera. En su lugar una nota.
*Geber, te lo admito has sido muy útil, pero nuestros caminos se tienen que separar ahora. No temas, le daré buen uso a los diamantes. Considera un regalo de mi parte el haberte dejado la pareja de pedruscos que tienes en los bolsillos. No temas, nos volveremos a ver tarde o temprano. ¡Chau!
P.d. Ten cuidado con la gema de alma. Normalmente no son peligrosas pero esta me inquieta incluso a mí, guárdala con celo y cuidado. Tu muerte ahora mismo no me reporta nada*.
...
-Tras eso volví a casa y les dije a todos una mentira para que no se preocupasen-. Comento el geólogo, sentado con las manos entrelazadas en la mesa frente a la wyvern. -El diamante que te regale es el que sale en la historia por cierto-.
-Ya, lo supuse-. Sentencio la joven, abrazando a Charnela, que se mantenía tranquila en su regazo. -Pero no vi venir todo lo demás. Me has dejado muchas preguntas Geber, no estaba al tanto de esa parte de tu vida-.
-Por desgracia haber matado a tantas personas no fue algo que diga no me afecto o me afecta aun, o el haber sido manipulado y trabajar para escoria o casi morir…-
-Ahora entiendo mejor los susurros y pesadillas que te asaltaban por las noches. Al menos hasta que Charnela o yo nos metíamos en la cama contigo-. Apunto la joven, sonriendo de forma leve y distraída, sacándole otra sonrisa al geólogo.
-Verdad, ambas sois un bálsamo. Pero hay más-. La wyvern palideció un poco tras esas palabras, mientras el joven apartaba la mirada. -Así empezó todo, pero no puedes saber mi pasado, mi historia sin que conozcas lo que paso unos años más tarde, en la India-.
