Cap. 24

Albert seguía desayunando con Arthur aquella mañana, tras el acuerdo al que habían llegado, respecto a la construcción de aquella clínica junto al zoológico de Central Park.
- Es una gran oportunidad para mí, Albert. Creo que si tú no hubieras confiado en mi persona, quizás nadie lo hubiera hecho.
- Sé de alguien que lo hubiera hecho, igual que yo- dijo Albert.
- ¿La persona que esperabas en Nueva York?
Albert asintió con la cabeza solamente.
- Ya veo…quizás alguna chica.
El rostro de Albert denotó una sonrisa leve pero sincera.
- Puede ser…-observó.- Es una amiga mía que iba a venir, a ver la obra de Hamlet.
- Qué coincidencia. Yo también invité a alguien para ver la obra. Por cierto, me gustaría saber si ya llegó. Encontré por casualidad a unas amigas suyas en la estación del tren. Me sorprendió que la conocieran también. Quisiera saber si ya llegó.
- ¿Hay forma de que lo averigües?
- Quizás sí. Pero no he visto a sus amigas. No sé dónde encontrarlas.
- Si quieres vamos a la estación a preguntar si ya arribó tu amiga.
- ¿De verdad? ¿Tienes tiempo?
- Por supuesto- observó Albert.- Vamos.
Se dirigieron a la estación y conversaban en el trayecto.
- Dime, Albert, ¿no has pensado en casarte?
Albert suspiró un segundo y luego añadió:
- Tal vez, pero según veo, creo que tengo mala suerte.
- No lo puedo creer. ¿Acaso la muchacha que esperas…?
- Sí…tengo que confesártelo. Esa chica está enamorada de alguien más. Y lo que más me duele es que creo que no tengo oportunidad. Se conocieron hace ya mucho tiempo y en algún instante algo entorpeció su felicidad. Sin embargo, se reencontraron y quizás esta vez no haya nada que los separe. Justo ahora, que pretendía aspirar a su amor.
- No te desanimes. Quizás ella se dé cuenta esta vez que lo suyo con ese joven no tiene futuro.
- No sé cómo decirlo. No quiero intervenir. Candy es muy obstinada…
Arthur se tornó serio.
- Candy, ¿has dicho?
- Sí…Candy White Andley. Bueno…Andley porque es mi hija adoptiva, en cierto modo. Es una historia larga de contar.
- Candy White…no puede ser.
- ¿Qué sucede, Arthur?
El veterinario bajó la cabeza y luego miró a Arthur.
- ¿Puedes dejarme en la estación, Albert?
- ¿Te ocurre algo?
- No, nada…es que…no me siento muy bien.
- Si quieres, puedo esperarte.
Arthur lo miró con algo de dolor.
- Albert…no sé cómo explicártelo. Creo que no lo creerías.
- A estas alturas…puedo creer casi cualquier cosa. Tengo todo el tiempo para escucharte.

Candy despertó muy temprano. Estaba muy emocionada y se levantó para arreglarse. No sabía cómo…la ocasión era muy especial. Iba a salir a pasear después de mucho tiempo con el hombre de su vida y, de paso, con uno de los actores más atractivos y famosos de Broadway.

Buscó el mejor vestido que tenía y cuando estaba por vestirse, recordó a Albert.

- No puedo creerlo…deben ser exageración de Patty. Tal vez piensan que por la atención que me pone, manifiesta atracción. Pero no es así. Albert no puede tener ojos para mí, más que los de un padre o un hermano.
Se duchó, se vistió y procedió a arreglarse lo mejor que podía. No sabía mucho al respecto de eso, salvo por una ocasión en que Annie le explicó algunas cosas respecto al arreglo de una dama.
Y recordó vagamente la presentación que hicieran Anthony, Archie y Stear aquella noche en la casa de Lakewood.

"La tía abuela había mandado a confeccionar para ella un hermoso vestido.
Se lo colocaron con mucho cuidado. Su cabellera dorada había sido peinada con listones del color de los del vestido, el cual, con su tono verdoso, resaltaba el color esmeralda de sus ojos.
Dorothy, la mucama y su amiga, la miró.
- Estás muy hermosa- señaló.
- No digas eso, Dorothy, me siento extraña.
Al poco rato, llegaron los chicos, pretendiendo admirarla y escoltarla hasta el comedor.
- ¿Podemos pasar?
- Adelante- gritó Candy desde dentro.
Cuando la vieron, quedaron estupefactos. Especialmente Anthony quien decía en sus adentros:
"Sus ojos verdes…su verde traje…"

Algo emulaba el color de los de su madre, haciéndolo sentir ternura y amor.
Bajaron con ella hasta la mesa.
Elisa y Neil se encontraban más que molestos por la presencia de Candy como hija adoptiva de los Andley. Era inconcebible para ellos que, quien en su momento fuera la mucama, ahora fuera parte de aquella aristocrática familia.
La cena comenzó a desarrollarse.
Elisa trató por todos los medios de hacer avergonzar a Candy. Sin embargo, ella trató de salir al paso diciendo amablemente:
- Espero que tú me enseñes, Elisa, sobre cómo debo comportarme en sociedad.
Anthony, quien no la perdía de vista, pensaba en sus adentros sobre cómo serían ellos a futuro. Se visualizaba a punto de contraer nupcias con Candy, como todo un caballero y a ella, como toda una dama.
Tan absorto estaba en esos pensamientos, que no percibió de lo que hablaban.
- No, gracias- dijo Anthony, sin saber qué responder.
- Pero, si yo no he dicho nada- observó Archie.
- Ah, perdón…"

Candy sonrió y poco después, lloró un poco al recordar a aquel joven de ojos azules que la quería tanto.
No tuvo mucho tiempo de pensar, porque alguien tocó a la puerta de la habitación.
- ¿Se puede?
- Adelante- dijo Candy, reconociendo la voz de Terry.
El joven actor entró, en cuanto empujó la puerta. Sus ojos contemplaron a una visión celestial.
- Candy…estás…hermosísima.
Candy sonrió. Terry se le acercó y la besó delicada y dulcemente.
La enfermera suspiró hondamente y degustó aquel beso con el corazón más que con los labios.
- Terry…
- Me siento tan feliz de tenerte aquí…¿nos vamos ya?- dijo, ajustado uno de los botones de su camisa, que por costumbre, siempre iba con el cuello levantado, sin importarle la formalidad.
- Cuando llegué, estabas vestido con mayor formalidad.
- No tengo a quien impresionar. Aunque tú te lo merecerías, pero sé que contigo puedo ser como soy.
- Tienes razón. Así me gustas más.
- Eso es un gran halago. Y tú me gustas como estés- sonrió- aunque…en esta ocasión estás muy bella.
- No acostumbro arreglarme así, pero…voy a salir con un apuesto caballero inglés. No puedo dejar pasar la oportunidad.
Terry rió como cuando lo hacía al estar junto a Candy en el colegio San Pablo.
Candy entonces ya no se preocupó de momento más por Albert.

El trayecto en el auto de Terry se hizo tan corto, riendo y divirtiéndose de las ocurrencias del joven actor.
- Me gustaría ver la cara de Flammy ahora que estás mayor y que ya eres en verdad una enfermera.
- Para Flammy las cosas puede que no cambien. Su objetivo era ser enfermera y ya. Para ella, salir de las dificultades que representaba su familia era el objetivo primordial.
- Ya veo…cuando se tienen problemas con los padres, en ocasiones sobresalir y dejar atrás eso, es prioridad.
- Por eso te has esmerado en ser el mejor actor.
- Tal vez…quería competir también con la figura de mi madre…y quería también que tú estuvieras orgullosa de mí.
- Yo siempre lo he estado- observó Candy- a pesar de todas las contrariedades.
Terry hizo una pausa. Suspiró hondamente.
- ¿También cuando fracasé la vez anterior con Hamlet?
- También…yo no podría jamás dejar de creer en ti y de admirarte. Los reveses que se tienen en la vida, posiblemente son como las tragedias del teatro. Un paso en falso y todo sale mal.
Eso le recordó un poco a Terry lo que sucedió con Susana.

Candy insistió.

- Casi puedo saber en qué, o en quién estás pensando…
Terry acarició el mentón de Candy.
- No te pongas triste…todo eso forma ya parte del pasado…y tú eres parte de mi hermoso presente. ¿Te gusta el pie que estamos disfrutando?
- Por supuesto, Terry. Está muy rico. Sabes que es mi postre favorito, ¿cierto?
- Claro, sé que son tu debilidad. Aunque, hay otro postre que te va a gustar mucho más- dijo guiñando el ojo.
- ¿Otro postre?
Terry sonrió pícaramente.
- ¡Terry!
El joven actor rió abiertamente.
- No pienses mal, me refiero a las fresas con crema que sirven en este restaurante- dijo señalando al plato del postre que tenía frente a sí.
Candy aspiró hondamente.
- Me asustaste.
- Yo estaba hablando de eso, ¿de qué hablabas tú, Candy?
Candy rió también.
Aquel día comenzaba muy bien para los dos.
Cuando salieron del restaurante, pasearon por un parque un poco solitario.
- ¿Cuánto tiempo tenía que nos íbamos a un parque juntos?
- Desde que jugueteábamos en el Colegio San Pablo.
Terry sonrió y le contó.
- ¿Recuerdas la ocasión en que quisiste agradecerme lo de haberte llevado a la enfermería, tras la caída que sufriste en tu habitación?
Candy comenzó a recordar.
- Más o menos…no sabía dónde estabas. Decidí no asomarme para que Elisa no nos viera juntos.
- Hiciste bien- aseguró Terry.- Deja que te cuente.
Y comenzó a narrar aquella peripecia.

" Candy quería agradecer a Terry que la hubiera llevado a la enfermería. Pero, descubrió que Elisa estaba cerca.
Terry estaba arriba de un árbol, comiendo una manzana. Pudo ver a Neil tramando una trampa para Candy. Ninguno de los chicos que lo seguían lo vio ahí. En cuanto viera a Candy le diría lo que estaba ocurriendo. Pero Elisa estaba cerca.
Terry se preguntaba qué haría Candy para que Elisa no la descubriera por ahí. Entonces, un grito irrumpió en el lugar
- ¡Gracias desde el fondo de mi corazón! ¡Gracias desde el fondo de mi corazón!
Terry se preguntaba qué significaría aquel extraño grito.
Pero al poco rato, vio a Candy alejarse y a Elisa acercarse al lugar donde Neil había abierto un agujero tremendo para que la rubia cayera.
Elisa avanzó molesta y cayó en la trampa. Las risas de Terry no se hicieron esperar.
Elisa volvió la mirada hacia el lugar donde provenían aquellas carcajadas.
- Fanfarroneabas y te caíste- aseveró Terry, burlonamente.
- ¡No seas grosero! ¡Eres un burlón!
Terry descendió del árbol y trató de ayudarla a salir. Pero Elisa se negó de momento.
- Será mejor que lo olvides. Si me tocan las manos de un delincuente como tú, me puedo contaminar.
- Está bien- dijo Terry, dejándola ahí.- Dudo que venga alguien a sacarte de ahí.
Al ver que Terry se marchaba, gritó.
- ¿Qué haces? ¡Sácame de aquí!
- Está bien…dame la mano.
La sacó y la sostuvo para que no volviera a caer.
- ¿Se encuentra bien, señorita?- preguntó besando la mano de Elisa, en tono burlón. – Me alegro que estés a salvo, princesa.
Elisa le soltó las manos.
- Cállate. Seguramente tú fuiste quien puso la trampa.
- Esa es una calumnia, señorita.
- ¿Entonces quién, sino tú la planeaste?- preguntó Elisa.
- ¿Conoces a un individuo cobarde llamado Neil?- preguntó a su vez Terry.
- Neil no es como tú…- dijo, marchándose.
Terry se recargó en un árbol, viendo cómo se alejaba.
- Me parece que no es una chica para mí…-observó Terry."

Candy replicó tras lo que le contó.

- Tal vez hubieras estado con Elisa para que se comportara mejor, ¿no crees?
- Así que te hubiera gustado que enamorara a Elisa…-dijo con las manos en los bolsillos.
- No exactamente. Es sólo que, quizás a ti te gustaba.

Terry se cruzó de brazos y luego se mostró pensativo:

- Tal vez…creo que sí me gustaba pero…pensé que era mejor enamorarte a ti.
- Sigues siendo un cretino, Terry Grandchester- dijo ella golpeándolo levemente.
- Y tú sigues siendo la misma pecosa malcriada de entonces- señaló Terry, tomándola por la cintura.
Candy sonrió al ver la cara de broma de Terry.
- No es cierto, Candy. Elisa habría sido la última mujer en quien me hubiera fijado.
- ¿Y…Karen Klays?
Terry hizo un gesto de desaprobación.
- Eso es algo que me tiene muy molesto. Pero esta noche se aclarará todo. Voy a desenmascarar a Karen delante de todos los invitados a la recepción. Va a venir el señor Hassaway, el mismo que me diera la primera oportunidad.
- No sé qué decirte. Yo tenía otro concepto respecto a Karen.
- Lo que pasa es que nunca la conociste bien, Candy. Karen es una persona desagradable, voluble, traidora…ahora que la empiezo a conocer bien, creo que tiene un serio problema de personalidad.
- Entiendo. Pero…no quisiera estar presente cuando ella haga el ridículo.
- No te preocupes. Yo sólo quiero que tú estés presente a mi lado para compartir ese momento conmigo. Un triunfo que será de los dos, porque sé que tú siempre has confiado a mí. Y ese triunfo en mi vida te pertenece sólo a ti.
Candy sonrió y se abrazó a Terry sintiendo su corazón latir.

Mientras tanto, Annie y Patty se reunieron con Archie.
- ¿Saben si ya llegó Albert?- preguntó Archie.
- Me llamó por teléfono esta mañana. Dice que no dudaremos mucho. Que sólo estaremos presentes en la obra y nos iremos enseguida.
- Ya comprendo- dijo Patty.- Lo más probable es que no quiere estar presente cuando vea juntos a Candy y a Terry.
Archie asintió.
- No se preocupen. Nos quedaremos con Candy y Terry un rato más. Si Albert no quiere quedarse, se puede marchar. Candy no nos perdonaría que no la acompañáramos.
- Tienes razón, Archie- dijo Patty.- Por cierto, ayer vimos a un doctor, el doctor Arthur.
- ¿Arthur Kelly?- preguntó Archie.- Seguramente aquí vive.
- Estaba esperando a Candy.
- ¿A Candy? ¿Cómo explicarle lo que sucede con ella y Terry?

En tanto, Albert terminaba de contarle a Arthur lo que sabía respecto a Candy y Terry.
Arthur bajó los ojos.
- Algo me decía que Candy había sufrido mucho por amor. Debía haber preguntado antes. No debí haberme ilusionado de más.
- Lo mismo me ha pasado a mí. Sólo que yo ya lo sabía y aun así, pensé que tendría oportunidad con ella. Pero me he engañado a mí mismo. No debes sentirte mal, Arthur. Ambos nos hemos equivocado. Lamento que debas estar pasando por esto.
- Discúlpame, Albert- dijo Arthur.- Será mejor que me vaya…
- ¿No irás al teatro?
- ¿Crees que podría estar ahí?
- Si no lo haces, ella podría sentirse triste. Debes enfrentar la verdad…
Arthur asumió lo que sucedía.
- Está bien…iré tan sólo porque tú lo pides…

Cuando se separaron, Terry y Candy se besaban delicadamente.
- El vestido que te compré es para esta noche. Te vas a ver tan hermosa…y voy a presentarte ante mi padre como mi prometida.
- Tengo un poco de miedo.
- ¿Tú, Candy? Tú eres muy valiente. El duque Richard Grandchester no es tan peligroso como parece.
- Si tú lo dices…
- Tranquila, mi amor. Todo estará bien, ya lo verás.
Candy quería confiar en Terry. Le parecía que le sobraban motivos para ello.

Pasado un rato de que Bárbara propinara un golpe a Lowell por tratar de propasarse, regresó pero no sola. Arturo estaba con ella.
- ¿Puedo saber de qué se trata?- preguntó Lowell.
- Pasa que no pienso soportar que sigas molestando a mi hermana.
- Bárbara no es tu hermana- resolvió Lowell.
- Por supuesto que lo es- argumentó Arturo.- Alexander y yo nunca la dejaremos sola.
- ¿Y qué piensan hacer ahora que se case con Terry Grandchester?
Arturo le propinó una bofetada.
El conde Gerald llegó entonces.
- ¡Arturo! ¿Puedo saber qué haces aquí?
- Señor conde…Lowell trató de propasarse con Bárbara.
- Tú y yo vamos a hablar a solas después, Lowell- dijo el conde.- Ahora, Bárbara…debes bajar al salón. Hazlo por mí- dijo, llevándose una mano al brazo del lado del corazón.- Arturo, acompaña a Bárbara, por favor.
Bárbara se asustó. Se recostó en el pecho de su padre y dijo:

- Bajaré, padre, no te preocupes. Arturo…
- Vamos, Barbie…
Lowell sabía que había perdido la batalla. Pero no se había decidido a perder todavía la guerra.