Esto va para ti, Agustín. Porque aunque ya no volveré a verte, siempre serás aquel que me dijo "¡No me los enseñes!" Feliz cumpleaños tardío. Te echaré de menos.
Disclaimer: Glee no me pertenece, de lo contrario ya habríamos escuchado la versión completa de "Summer Nights" ;)
Capítulo 25: It´s all coming back to me now
A las seis y media de la tarde, Sam llegaba por fin al motel, después de un horrible día sin Mercedes.
Él había creído, de verdad, que ningún día se le podría comparar jamás a aquel en el que su familia había tenido que abandonar su casa y marcharse al motel donde ahora vivían. Pero Sam estaba totalmente equivocado. A ese horroroso día se le habían sumado muchísimos más, y todos, relacionados con ella. La paliza de Max, las burlas de Azimio y Anthony, el idiota de Jessie St Jerk... y el día anterior.
Las clases habían pasado demasiado lentas, el entrenamiento había sido demasiado duro y el día de trabajo totalmente aburrido. Y en medio de todo eso, Mercedes.
No podía dejar de pensar en ella, no podía evitar preocuparse y preguntarse qué era lo que había sucedido, qué era lo que la había hecho reaccionar así.
¡Por Dios! El día anterior cuando ella le había abierto la puerta, él la había besado con todas sus ganas. Estaba mojado por la lluvia, pero sabía que a ella, eso no le importaba. Es más, le recordaría a su primera vez juntos. Estaba tan hermosa y la deseaba tanto, que se moría de ganas de hacerle el amor. Volver a sentir sus labios en contacto con los de él, sentir su piel cálida con su mano por debajo de los pantalones de su pijama... había sido maravilloso.
¡Pero ella no había sentido lo mismo! No había visto como se derretía en sus brazos. Su lengua no había buscado la suya. ¡No esa vez! Ella lo había empujado, interrumpiendo su beso y sus caricias. Se había separado de él, impidiendo que él la tocase. ¡Y lo había echado de casa!
Sam se había quedado allí, durante una hora, esperando que ella le abriese de nuevo, pero eso no sucedió. Mercedes no le abrió y él, se marchó al motel recordando sus últimas palabras.
- Te irás, Sam. Cuando vengan mis padres, te irás. Me lo debes y lo sabes.
¿Por qué Mercedes? ¿Por qué? ¿Por qué me trataste como si fuese la peor persona del mundo? Como si te diese asco, como si mis besos y mis caricias fuesen lo peor que podría pasarte. ¿Qué fue lo que pasó, Mercy? ¿Qué pasó en estos días? ¿Acaso dejaste de quererme? ¡No! ¡No se puede dejar de querer en un solo día! ¡Mercy! – Exclamó el chico en voz alta – Por favor, no entiendo nada.
Tratando de borrar los pensamientos que lo atormentaban, introdujo la llave en el cerrojo y abrió la puerta del motel, esperando encontrarse allí a Quinn. Sin embargo, no era ella quién se había quedado cuidando de sus hermanos, sino Debbie.
La chica, descansaba junto a ellos en el sofá mientras Pocahontas se veía en el dvd.
Las manos de Debbie y sus brazos los protegían mientras su cabeza se apoyaba en la de Stevie y la de Stacy reposaba encima de sus piernas.
Sam se fijó en sus ojos. Estaban rojos, heridos. Debbie había estado llorando.
No quería despertarlos, pero debía hacerlo. Él había vuelto, así que Debbie podía marcharse a su casa y descansar.
- Debbie... – la llamó suavemente, acariciando su mejilla.
La chica se desperezó, abriendo los ojos poco a poco, acostumbrándose a la claridad de la habitación.
- Sam... – Se movió un poco, tratando de no despertar a los niños.
Con mucha suerte, sus hermanos no lo hicieron, estos siguieron descansando una vez Debbie había abandonado el sofá.
- ¿Y Quinn? Creía que vendría ella a cuidarlos.
- Tenía clase de español – le respondió Debbie, acomodándose la ropa al levantarse.
El chico asintió con la cabeza. Clase de español...
- Sam... – Ella trató de hablarle.
- Debbie, has estado llorando – No era una pregunta, era una afirmación.
- Si, fue la película. Cada vez que John Smith se va, empiezo a llorar como una Magdalena. Pero... escucha...
- No es cierto. La película no ha llegado ni a la mitad. ¿Por qué me mientes?
- Sam, escúchame. Tienes...
- Debbie, ¿Por qué has llorado? – le insistió él.
- Sam... – Trató de hablar nuevamente. ¿Acaso no la iba a dejar o que?
- ¿Por qué has llorado Debbie. Dímelo ¿Es por Andrew? ¿Fue por él?
- ¡Sam! ¡Escúchame! Yo no importo, por Dios – chilló Debbie, dándose cuenta de que había elevado demasiado la voz.
- ¡Dímelo ya! – gritó él aún más alto.
Ella le tapó la boca con la mano. Era la única manera de que la dejase hablar.
- ¡Cállate y escúchame tú a mí! – Él asintió con la cabeza, pero Debbie no deshizo el contacto de su mano – Sam, Mercy ha estado aquí.
Él abrió los ojos como platos, queriendo responder, pero ella no le dejó.
- Creo, creo que algo va mal, Sam. Me dijiste que siempre la llevaría puesta, pero... no la llevaba – La chica le destapó la boca permitiéndole hablar finalmente.
- Debbie, sé que no debería siquiera pedírtelo pero...
La chica no lo dejó hablar, agarró de su bolsillo las llaves de su coche y se las pasó.
- Corre, Sam, ve a por ella.
- Debbie... – Él la miró asombrado.
- No pierdas más tiempo, ¡corre!
- ¿Por qué llorabas? Solo dímelo.
- Estoy bien, Sam. No la dejes escapar, por favor.
- Te quiero – le susurró al oído antes de abrazarla.
Era la primera vez que le decían algo así, la primera vez que un chico le decía que la quería. Su corazón se rompió en mil pedazos. Había esperado tantos años para oírselo decir a Andrew. ¡Tantos! Y ahora ya no se lo diría. Para Andrew, ella era una vulgar fulana.
Una lágrima empezó a resbalar por su mejilla.
Se separó de Sam, mirándolo a los ojos.
- Yo también te quiero, Sam. Pero si no te largas ahora mismo de aquí y la vas a buscar, no volveré a hablarte. ¡Te lo juro!
- Volveré, Debbie. Volveré y me dirás porque lloras – dijo el chico, secándole las lágrimas que ella había derramado.
Ella asintió con la cabeza, empujándolo hacia la puerta. Lo vio por la ventana, abrir rápidamente el coche y meterse dentro sin demora. No pudo evitar llorar de nuevo al ver como el coche se alejaba.
¿Por qué ella no podía tener un amor como el de Sam?
Se secó las lágrimas con rabia. ¡Podía tenerlo, si! Tan pronto como dejase de pensar en Andrew y se olvidase de él.
Conocería a alguien especial, se enamoraría y sería feliz. Debbie trató de auto convencerse durante unos minutos, pero finalmente, desistido en su empeño. Llevaba a Andrew tan adentro de su corazón, que jamás podría amar a otro hombre.
Mercedes oyó como llamaban a la puerta.
Era él. Era Sam quién estaba del otro lado, deseando entrar para enfrentarla. La chica se negaba a abrir, sentada en el sillón mientras trataba de concentrarse en su trabajo de biología.
No debía abrir, aunque sus golpes en la puerta y sus gritos le rompían el corazón. Sam gritando su nombre del otro lado mientras aporreaba la puerta con toda la fuerza de la que era capaz. No podía abrirle, no debía. No quería hacerle daño, pero era la única forma de que él se olvidase de ella, solo había una manera y era alejándose de él.
- ¡Sé que estás ahí, Mercy! ¡Ábreme! – Gritó el chico sin dejar de golpear la puerta.
Mercedes se deslizó sobre el sofá, sentándose en el suelo, acurrucándose contra el mueble y tapándose los oídos con sus manos, mientras escondía su rostro.
Él estaba furioso, dolido, pero ella debía mantenerse fría, aunque le doliese, aunque le partiese el corazón oírlo gritar de esa manera.
Las lágrimas empezaron a bañar su rostro, liberando sus manos para secarlas, oyéndole gritar de nuevo.
- ¡Prometiste que nunca te la quitarías! ¡Mercy, lo prometiste! ¡Yo no te obligué! ¡Tú me lo prometiste! ¡Fuiste tú!
Mercedes se acarició el cuello, buscando la cadena. Él tenía razón, ya no la llevaba. Ella ya no tenía ese derecho.
- ¡Sé que estás ahí! No me iré hasta que hablemos. ¡Abre! O molestaré a todos tus vecinos hasta que lo hagas.
No me lo hagas más difícil, Sam. Vete de mi vida, vete y sé feliz – Pensó Mercedes.
- ¡Mercy! Te doy un minuto, ¡uno! Si no abres...
Ella se levantó corriendo, directa hacia la puerta.
La abrió de par en par, colocándose enfrente de él, echándose atrás rápidamente al ver que Sam seguía con sus intenciones de aporrear la puerta.
- Te dije que no quería volver a verte – Mercedes se había secado las lágrimas con sus manos y lo miraba desafiante.
- ¿Entonces por qué fuiste al motel? ¿Eh? ¡Dime! ¿Por qué fuiste al motel a buscarme? – dijo él, entrando en la casa.
Ella intentó empujarlo para echarlo fuera, pero él era más fuerte.
- ¡No fui a buscarte! – le gritó, empujándolo todavía con más fuerza - ¡Fui a despedirme de tus hermanos!
- ¿Despedirte? – dijo el chico, agarrando sus manos por detrás de su espalda - ¿Cómo que despedirte?
Ella quería soltarse, pero la fuerza del chico se lo impedía.
- Esto se acabó, Sam. ¡Suéltame!
- No lo haré, no lo haré, Mercy. ¡No entiendo nada! ¡Nada! ¿Dónde está tu cadenita? Me prometiste que nunca te la quitarías.
Sus manos todavía seguían aferradas a las de la chica en su espalda. Odiaba tener que hacerle daño, pero ella no le dejaba otra opción. Necesitaba saber la verdad, necesitaba saber por qué Mercedes Jones ya no quería estar con él.
- ¡Te mentí! – chilló Mercedes, empujándolo con todas sus fuerzas, consiguiendo separarlos por fin. Pero no había sido ella quién los había alejado, sino Sam.
Te mentí.
Sus palabras resonaron en su cabeza mientras la miraba fijamente. Tú no, Mercy. Tú no. No me mientas tú también, no por favor.
- Podría haberlo esperado de cualquiera, pero no de ti, Mercedes. Tú me lo prometiste, tú fuiste quien lo hizo. Yo no te obligué, no te obligué – dijo el chico, dolido.
- Para de repetírmelo, Sam. No vas a conseguir que me la ponga de nuevo.
Él la miró, incrédulo. ¿Dónde estaba su Mercy? ¡Ella jamás le había hablado así! ¡Nunca! Ni siquiera cuando había querido dejarlo la noche de la pelea con Max.
Esa noche, ella le había suplicado que lo dejasen, le había roto el corazón, pero él la había convencido para intentarlo.
Ésta Mercedes era distinta a la de aquella noche. La Mercedes que tenía delante, buscaba hacerle daño a cualquier precio, no le importaba nada más. No conocía a esa Mercedes, no existía para él.
Sam amaba a Mercy, su Mercy y la quería a ella, solo a ella.
Su amor por él no podía haber muerto en un día, su amor por él era tan grande como el que Sam sentía por ella. Se querían, se habían sentido el uno al otro, se habían amado entre besos y caricias. Habían sido uno, siempre uno. Y ahora, ella intentaba apartarlo de su vida, pero no lo conseguiría. Sam no la abandonaría, no sin saber lo que realmente había pasado.
- ¿Dónde la tienes? – le preguntó, acercándose nuevamente.
- Me deshice de ella.
Las palabras salieron de su boca rompiéndole el corazón.
Ya estaba hecho, ahora él ya no volvería con ella. Ya no volvería a su vida.
Mercedes se rompió por completo al ver su reacción. Debía mantenerse firme con sus palabras pero no pudo evitar derramar una lágrima al ver como detenía su avance hacia ella.
Una lágrima que siguió a otra, y luego a otra.
La chica las secó con rabia, odiándose a si misma por no ser fuerte, odiándose por no poder mantenerse fría delante de él. Detestándose por todo el daño que le estaba haciendo.
- No te creo, Mercedes. ¿A que viene todo esto? Ni siquiera sé qué es lo que pasa.
Y no lo sabía, pero lo averiguaría. Sam no pensaba darse por vencido. Ella era lo mejor que tenía en su vida. Y no estaba dispuesto a dejarla escapar.
- He conocido a Debbie. ¿Por qué no me hablaste de ella?
Así que era eso. ¡Mercedes estaba celosa! Pero... no tenía sentido. Había conocido ese mismo día a Debbie, ¿por qué había reaccionado así el domingo? ¡No tenía ningún sentido!
- ¡Quiero que te vayas, Sam! ¡Aléjate de mi vida y no vuelvas! – le gritó, empujándolo nuevamente al ver que él no había respondido a su pregunta.
Sam recibió los empujones de ella, deteniéndola y agarrando sus brazos y sus manos que trataban de golpearlo.
- ¡Mercy! ¡No me hagas esto! No otra vez – Su voz sonó como un lamento mientras sus brazos se cerraban y la encarcelaban en él.
Ella, cansada, reposó su cabeza en su pecho durante un segundo, oliendo su perfume por última vez. Sintiéndose presa y segura al mismo tiempo entre sus brazos. Sintiendo que debía separarse de él o jamás lo conseguiría, y sabiendo que a pesar de conseguirlo, jamás podría olvidarlo.
- Sam, aléjate de mi por favor – le suplicó la chica, notando como él se inclinaba para dejar un beso en su pelo mientras la abrazaba más fuerte – Aléjate...
Pero no quería alejarlo, no quería. Esa sería la última vez para los dos, y no quería alejarse de él. ¿Por qué todo tenía que ser tan difícil?
- No quiero sufrir más, no quiero... – se lamentó ella.
- A mí también me duele todo esto, Mercy. ¿Crees que no siento lo mismo?
La soltó, agarrando su rostro entre sus manos. Ella depositó las suyas sobre su abdomen separándolos, alejándolos.
- Yo lucho, Mercy. No abandono. ¡Lucho por ti! A mi también me han hecho daño, pero no dejo de intentarlo – Él le acarició la mejilla con su mano derecha mientras secaba una de las lágrimas que ella había derramado – Sigo intentándolo, porque quiero estar contigo. ¿Por qué no lo puedes entender?
- Sam, por favor... – Mercedes agarró sus manos entre las suyas y las alejó de su rostro, indicándole que se apartase.
- ¿Creíste que te engañaba con ella, verdad? Así lo creíste, ¡pensaste que la veía a ella cuando estaba contigo!
¡No! No lo había creído. Mercedes había estado completamente segura de ello.
- ¡Respóndeme! ¡¿Creíste que te era infiel?
- ¡Creí que nos coleccionabas! – le gritó, con toda la rabia que sentía.
Sam no pudo evitar soltar una risa ante el comentario. ¿Coleccionarlas?
La mano de Mercedes cruzó su cara, silenciándolo, golpeándolo. Haciéndole todo el daño que podía. Se había reído de ella. Le había dicho la verdad, le había dicho por lo que había pasado y su respuesta había sido una carcajada.
- ¡No te rías de mí! ¡No vuelvas a hacerlo! – le gritó, viendo como el chico se llevaba una mano a la dolida mejilla.
Él la miró con tristeza y Mercedes quiso morirse al darse cuenta de lo que había hecho. Llevó una mano a su boca, ahogando un lamento y se alejó de él, dándole la espalda.
Le había pegado, le había hecho daño. Ahora él por fin se daría cuenta de que ella no valía la pena y la dejaría. Se alejaría de ella finalmente.
La mano de Sam detuvo su huída, girándola, buscando su mirada. Ella se perdió en sus ojos verdes, al tiempo que veía como su mejilla se volvía más y más roja.
- ¿Me río de ti, verdad? ¡Eso es lo que hago! – La chica trató de soltarse pero él agarro su mano con más fuerza, tirando de ella - ¿Por qué te empeñas en dudar siempre de mí, Mercedes? Explícame porque lo haces – Él agarró su rostro escondido, haciendo que lo mirase – No soy yo quien se empeña en acabar con lo nuestro. ¿No puedes entender que te quiero? ¡Maldita sea! ¡Porque no lo entiendes? Después de todo por lo que hemos pasado, después de todo este tiempo. Sigues dudando de mí, Mercy.
- ¡Por Dios, Sam! – La chica dio un paso atrás, soltándose de sus manos - ¡No puedes culparme por dudar!
Sam se llevó las manos a la cabeza, tirándose del pelo, impotente.
- ¡No te culpo por dudar! Sino por no dejar que me explique. Siempre tomas tú las decisiones, Mercedes. ¡No cuentas conmigo! Quisiste dejarme porque no querías que me hiciesen daño. ¿Me lo preguntaste a mí? – Dijo él señalándose, mientras golpeaba el pecho con sus manos - ¡No! Pero me hicieron daño, y lo seguirán haciendo, lo sé. Pero vale la pena, Mercedes. Por estar contigo, ¡todo vale la pena!
Sus manos la buscaron de nuevo, como si fuesen imanes que no podían mantenerse alejados de ella por mucho tiempo.
- Sam... – susurró su nombre como un arrullo, para calmarlo, para callarlo. Mientras sentía como las manos de él la acariciaban de nuevo.
- ¿Por qué no puedes olvidarlo todo y quererme, Mercy? – le rogó él, acogiéndola de nuevo entre sus brazos.
Estaban abrazados, llorando uno en los brazos del otro, sintiendo los latidos de sus dos corazones, las respiraciones. Amándose en silencio. Estaban hechos el uno para el otro, pero la vida no se lo ponía fácil. Debían luchar, luchar contra todo y contra todos si querían ser felices.
Sam apoyó su cabeza de nuevo en la de ella, calmándose al sentirla entre sus brazos. Mercedes no lo alejó de ella, no lo hizo. Se acurrucó de nuevo en él, sintiendo como sus brazos la protegían y la cuidaban. No debía responder. ¡No debía!
No respondas, no lo hagas. Aléjate de él. Aléjate.
Pero él la apretó aún más contra su cuerpo, derribando sus barreras por completo. Luchó y luchó pero las palabras salieron de sus labios sin poder evitarlo.
- Yo te quiero, Sam.
¿Por qué no podía quedarse callada? ¿Por qué no podía olvidar todo y alejarse de él?
Porque lo amaba, así se lo había dicho. Y ahora le sería aún más difícil romper la relación. ¡Tonta!
Él la separó rápidamente, agarrando de nuevo el rostro entre sus manos. Le había dicho que lo quería. ¡Lo quería! Pero estaba asustada y no quería sufrir. No se había deshecho de la cadena, no. Nunca podría deshacerse de ella, porque por mucho que lo jurase, Sam sabía que ella no lo haría.
- Si me quisieras, Mercy. No intentarías apartarte de mí.
Sam notó como nuevas lágrimas resbalaban por su rostro, hasta mojar su dedo pulgar. Las secó con él, mientras esperaba su respuesta.
- Yo... siento que no te merezco. No puedo evitarlo, Sam. A veces, siento que encontrarás a alguien normal y todo será más fácil para ti y... – El chico la silenció con sus dedos, deteniendo sus crueles palabras.
Le dolía escucharla, le dolía pensar que a pesar de todo por lo que habían pasado, ella todavía no se veía merecedora de él. ¡No entendía que era él quien no se la merecía! ¿Por qué no podía entenderlo? La quería, ¡la amaba! Y ella pensaba que no debían estar juntos porque no se lo merecía. Pero él debía luchar, luchar por ella, por su amor y su corazón. Era lo mejor de sus días, lo mejor de su vida. La necesitaba a su lado. ¡La quería a su lado!
- No quiero saber que quisiste decir con "alguien normal", no quiero. Me da igual lo que pienses, quiero estar contigo, ¿lo entiendes?
- Sam... – Se quejó la chica, tratando de responder.
- No me pidas que me vaya de nuevo. No me marcharé, Mercedes, no a menos que quieras venir conmigo. No me alejarás de ti, ni lo intentes.
Ella negó con la cabeza. Era imposible razonar con él. ¡Era imposible hacerlo entender que su relación no iba a ningún sitio! Pero lo quería, lo amaba. Y él tenía razón, ella tampoco deseaba que él se fuese de su vida.
Sam tiró de su mano, llevándola escalera arriba. Ella se resistió antes de comenzar a subirlas.
- ¿Qué haces, Sam? – le preguntó soltándose de su mano.
- Demostrarte cuánto te quiero – le contestó, agarrándola de la mano de nuevo y tirando de ella.
- Sam... – la chica se agarró al pasamanos en un último intento por no subir, pero él se dio la vuelta quedando dos escalones por debajo, de tal manera que sus bocas estuviesen al mismo nivel.
Y la besó, la besó con ansia, con pasión, mientras pegaba su cuerpo contra el pasamano. Le acarició los pómulos y las orejas mientras su lengua jugaba con la de ella en el interior de sus bocas.
Ella estaba completamente perdida en el beso. Tanto, que cuando el chico se separó de ella, Mercedes abrió los ojos buscándolo de vuelta. Pero Sam no volvió a besarla, la giró y la empujó escaleras arriba dejando sus manos en su parte trasera y apurando la subida.
- ¡Sam!
- Voy a hacerte el amor, Mercy. Sube.
- No me harás cambiar de opinión mediante sexo, Sam. No dejaré que lo hagas.
Él la giró de nuevo, deteniéndola y levantando un dedo.
- He dicho que voy a hacerte el amor, no a tener sexo.
Mercedes lo miró desafiante, cruzando los brazos en señal de protesta después de secar las lágrimas que había derramado. No volvería a llorar, no quería llorar de nuevo.
Él quería hacerle el amor, demostrarle cuánto la quería. No se lo permitiría, no debía permitirse flaquear.
La chica cerró aún más los brazos en cruz, dándole a entender que no lo conseguiría.
Su mente la obligaba a negarse, su mente la mantenía con los pies en la tierra, mientras su corazón ardía en deseos por sentirlo de nuevo junto a ella, mientras su cuerpo lo llamaba a gritos, esperando para reunirse de nuevo con él, para sentir su boca, sus labios, sus manos en ella. Para deshacerse por completo de nuevo entre sus brazos.
- No lo conseguirás – le dijo con voz frágil, viendo como él subía las escaleras que los separaban.
Acarició sus manos y sus brazos cruzados, haciéndola estremecerse, separándoselos y obligándola a abrazarse a él. Las manos de ella buscaron su cintura, notando su cálida piel por debajo de su camiseta.
Él besó su cuello, nublándole la vista, haciéndola olvidarse de todo por lo que estaba allí.
- No me dejarás – Susurró él a su oído, mientras mordía suavemente el lóbulo de su oreja derecha.
¡Ya era suficiente! Debía alejarlo de ella, antes de que fuese demasiado tarde. Antes de que él la hiciese cambiar de opinión. Porque podía lograrlo, Sam podía convencerla con sus besos y sus caricias.
Buscó sus labios de nuevo, fundiéndose en un beso, mientras sus manos la acariciaban por todas partes, pegándola a él por completo.
- No lo harás – decía entre beso y beso.
- Si – le contestó, sin darse cuenta de que él la había conducido ya a su habitación, cerrando la puerta detrás suyo.
La condujo hacia el armario, apoyándola en él, besándola de nuevo. Dejando besos por toda su piel visible, mientras se liberaba de su camiseta para que ella lo acariciase como siempre hacía.
Ella abrió de nuevo los ojos, observando su torso desnudo, deseando tocarlo, acariciarlo de nuevo. Estirando una de sus manos para luego detenerla a medio camino. ¡No! ¡No podía!
Sam agarró su mano, besándola y llevándola a su corazón, mostrándole como éste latía por ella. Le sonrió, derribando las defensas que le quedaban, acariciando su rostro mientras ella bajaba su mano buscando su cintura para abrazarlo y pegarse por completo a él.
- Oh Dios – Suspiró el chico, acariciando su piel por debajo de la camiseta.
Tenía tantas ganas de hacerle el amor, lo deseaba tanto. Esta vez, ella no iba en pijama, llevaba una camiseta y unos vaqueros que dificultaban sus movimientos.
Se la quitó con cuidado, recostándola de nuevo contra el frío mueble, haciéndola temblar y arrojando la camiseta sobre la silla, acariciando sus pechos por encima de su sujetador.
Su boca besó y lamió cada porción de piel que había quedado al descubierto, bajando hasta su ombligo para subir de nuevo, buscando sus labios. Ella lo recibió enredando sus dedos en su pelo corto, mientras los brazos de él la rodeaban, apartándola del frío armario.
La besó, la besó largo rato, olvidándose de la realidad, recuperando el tiempo perdido.
Sus manos buscaron el cierre de su sujetador, abriéndolo rápidamente y resbalándole por sus brazos. Ella lo separó momentáneamente, dejándolo caer al suelo, mientras su cuerpo recuperaba la posición, abrazándolo y pegando sus pechos a su piel.
Un abrazo casi íntimo. Un abrazo que hizo que sus pieles se acariciasen todavía más, mientras sus labios no dejaban de rozarse. Algo mágico.
Mercedes jugaba con su lengua mientras manos acariciaban su pelo rubio y su cuerpo se estiraba para alcanzarlo. Era más pequeña que él, lo que la hacía sentirse aún más segura entre sus brazos.
Fuertes brazos que la rodeaban y la acercaban a él para no soltarla. Poderosas manos que recorrían su espalda mientras el chico abandonaba sus labios y depositaba suaves besos en su cuello.
Sus poderosas manos resbalaron por su espalda, acariciando su parte trasera, empujándola hacia él mostrándole lo excitado que estaba.
Mercedes gimió ante el contacto con su duro miembro, deseando quitarse la ropa que todavía vestían, para sentirlo por completo dentro de ella.
- No me dejarás – le susurró al oído de nuevo, mientras la frotaba contra él.
Mercedes volvió a la realidad, recordando que era lo que hacían allí y que era lo que no debían hacer.
¡Tenía razón! No podría dejarlo, lo quería. Lo deseaba, ¡lo amaba! Y detestaba hacerle daño y hacerse daño a si misma. Desde el primer momento había sabido que dejarlo sería difícil, pero no era difícil, ¡era imposible! Estaba enamorada de él. Estaba enamorada de él como una idiota. Y Sam quería estar con ella, solo con ella...
- No me pidas que me vaya de nuevo. No me marcharé, Mercedes, no a menos que quieras venir conmigo. No me alejarás de ti, ni lo intentes.
Él se lo había dicho, él quería mostrarle cuánto la quería, cuánto la deseaba y ella quería amarlo. Solo a él.
Solo a él.
Mercedes se rindió por fin ante sus caricias.
- No me dejarás – le repitió él, mirándola a los ojos mientras acariciaba sus mejillas.
- No – le respondió ella completamente consciente de que jamás podría separarse de él.
Sam suspiró aliviado. La había recuperado, Mercedes Jones era suya de nuevo.
La acarició con sus manos, dedicándole su mejor sonrisa, antes de abrazarla con todas sus fuerzas.
Ella sintió de nuevo su piel en contacto con la suya. Sus pechos pegados a su torso, sus manos acariciándole la espalda, su cabeza descansando sobre su cuello.
Mercedes lo separó un poco, buscando su mirada. Sin embargo, a pesar de haber roto el abrazo, el chico no había soltado las manos de su cuerpo, acariciándole ahora su ombligo con suavidad.
- Sam... – Lo llamó, agarrando sus manos, deteniéndolo – Lo siento. Siento haberte pegado – Soltó una de las manos, buscando su dolorida mejilla y la acarició con sus dedos dejando un beso en ella – Lo siento tanto.
- Me lo merecía, Mercy. Lo merecía de verdad – Le respondió, sintiendo aún el efecto de sus labios sobre su zona dañada.
- No – Ella negó con la cabeza, entendiendo que jamás volvería a encontrar a alguien como Sam Evans.
- Te eché de menos – le dijo, llevándola hacia la cama – No vuelvas a irte. Un día sin ti es demasiado, ¿sabes? – Él la sentó encima de las mantas.
Mercedes se rió al oírlo. Un día sin él también era demasiado para ella.
Sam abrió el cajón de la ropa interior buscando la caja de preservativos como hacía siempre. Solo que ésta vez, no solo se encontró con la caja escondida debajo de su ropa interior, sino que además de ella, en el cajón estaban guardadas la cadenita que él le había regalado, la camiseta del equipo y todas sus cosas.
La agarró entre sus manos, mientras volvía la vista hacia su novia.
- No te deshiciste de ella – dijo en un susurro.
La chica negó con la cabeza. Jamás podría hacerlo.
Él se propuso devolverla a su sitio, pero ella se levantó de la cama, agarrando su mano.
- Pónmela de nuevo, Sam – le pidió.
- No, Mercy. No es necesario que la lleves. No quiero que te sientas obligada.
Ella volvió a agarrar la cadena y la depositó entre sus manos de nuevo.
- Esta cadena eres tú, Sam. Quiero que esté conmigo siempre, como querría que tú estuvieses conmigo siempre. Vuelve a ponérmela, ¿si?
Ella cerró sus manos entorno a la cadena esperando su respuesta. Sam abrió el cierre y se la puso de nuevo, acariciándole el corazón de la cadena con su mano derecha, haciéndola resbalar por su pecho y su cintura.
- Mercy... – El chico sintió como sus pechos se endurecían aún más ante el contacto con sus dedos.
- ¿Si? – preguntó ella, tratando de respirar con normalidad.
- No te has dado cuenta, pero... llevas quince minutos desnuda delante de mí y no te has cubierto.
Tal y como había pensado, la chica se tapó como acto reflejo, haciéndolo reír.
- Lo sabía... No cambies nunca, Mercy. Nunca – Sam sacó un preservativo de la caja, dejándolo encima de las mantas y se dirigió a ella para destapar sus manos y besar sus pechos hasta lograr que ella se olvidase de todo.
Él besó sus manos que los cubrían y las separó despacio, abriéndose paso con su lengua, mordiéndolos y relajándolos luego.
Su boca recorrió su estómago y su ombligo, hasta detenerse sobre el cierre de los pantalones. Despacio, abrió el botón y bajó la cremallera, deslizándolos por sus piernas suavemente. Detrás de los pantalones, la despojó de su ropa interior, dejándola completamente desnuda ante él.
Los zapatos y las zapatillas acabaron perdidos también entre el lío de ropa que había desperdigada por toda la habitación.
La tumbó sobre la cama, mientras se quitaba los pantalones que lo aprisionaban. Con la ropa interior todavía puesta, se tumbó a su lado, observándola cuidadosamente.
- Hola – le dijo.
- Hola – se rió ella, tirando del chico hasta colocarlo encima.
Volvieron a besarse y a acariciarse, volvieron a sentir sus cuerpos uno encima del otro.
Él se separó un poco, levantándose de la cama. Mercedes creyó que se desnudaría, pero no fue lo que él hizo. Sintió como Sam le separaba las piernas despacio y la acariciaba con sus dedos. Masajeando su punto débil hasta hacer que perdiese la cordura.
Cuando volvió en sí, abrió los ojos, buscándolo y lo que vio le dio más vergüenza todavía.
- Sam, no – le dijo, imposibilitándole probarla con su boca.
El chico emitió un gruñido, al tiempo que se levantaba por completo y apoyaba su cabeza en su ombligo.
- ¿Por qué no? Esta no es la primera vez, Mercy. En la fiesta me dejaste...
- En la fiesta estaba borracha, Sam – protestó ella.
Él se colocó nuevamente encima, dedicándole una de sus irresistibles sonrisas.
- No estabas tan borracha, ninguno lo estaba. Te recuerdo que tú también quisiste probarme – La chica ladeó la cabeza, avergonzada, evitando su mirada.
Sam, preocupado, supo entonces lo que pasaba. Ella se arrepentía de todo aquello, para Mercy eso no era hacer el amor. Para Mercy, eso era tener sexo y él, le había dicho que le haría el amor.
- Lo siento, Mercy. Soy un idiota, no debería obligarte a hacer nada que tú no quieras – Se levantó, avergonzado.
Ella se sentó en la cama junto a él. Sus manos buscaron su rostro y lo acariciaron, mientras sus labios lo besaban sin demora.
- Yo quise probarte, no me obligaste. Y... me gustó, me gustó lo que sentí cuando tu boca me rozó. Es solo que...
Ella se escondió nuevamente.
Sam buscó su mirada y le sostuvo la barbilla, esperando su respuesta.
- Es solo que... ¿Qué?
- Me da vergüenza, eso es todo – le respondió, mirándolo a los ojos.
Vergüenza. Le daba vergüenza y le gustaba al mismo tiempo... Y Sam deseaba probarla. Sam deseaba perderse en su rincón con sus labios, acariciándola, lamiéndola.
- Déjame intentarlo – le susurró al oído.
Ella sintió su aliento junto a su oreja, excitándose aún más. Sam la tumbó de nuevo, colocándola otra vez en la misma posición.
Y dejó un reguero de besos desde su cuello hasta sus piernas, antes de perderse de nuevo entre ellas.
La chica dio un respingo al sentir como sus labios rozaban su lugar vulnerable.
- Chss – Susurró él sin dejar de acariciarla.
Mercedes trató de relajarse, mientras él abría un poco más sus piernas. Su lengua la rozó, haciéndola gemir y arquearse para él. Sam no dejó de acariciarla con sus labios y su lengua hasta conseguir que ella alcanzase el orgasmo.
- ¡Oh Dios mío! – exclamó, llegando por fin.
La miró. La observó mientras su cuerpo reaccionaba ante el contacto con su boca, mientras ella cerraba los ojos y viajaba lejos de allí, con una sonrisa en su rostro.
Buscó su sonrisa, buscó sus labios y antes de que ella abriese los ojos, Sam la besó, todavía con su sabor en la boca. Ella aún tratando de respirar con normalidad, lo abrazó pegándolo por completo y profundizando el beso, mientras sus manos recorrían la espalda del chico con sus uñas. Acariciándolo, sin hacerle daño.
- Si hubiésemos roto, te lo habrías perdido – Bromeó él, deteniendo el beso y volviendo a respirar con normalidad.
- Encontraría a otro, rubito – le respondió burlona.
Ambos sabían que eso no sería así, jamás podrían alejarse.
Sam le dedicó una sonrisa torcida, antes de atacar de nuevo su cuello y su mandíbula con sus labios.
- Pero no tendría una boca como la mía – le dijo, acariciando con su lengua su hombro derecho.
- Te doy toda la razón, "Boca Sexy" – Mercedes sintió como sus manos apretaban su pecho izquierdo, masajeándolo a la vez con sus dedos.
El chico avanzaba hacia él con intención de lamerlo, oyéndola y deteniéndose a escasos centímetros.
- ¿Me has llamado "Boca Sexy"? – le preguntó, viendo como ella lo miraba fijamente. Acto seguido, su dedo índice acarició su pecho en círculos, esperando su repuesta.
- Si... ¿No te gusta? – le dijo ella, expectante. Sintiendo su dedo haciéndole cosquillas. Sus labios se encontraban todavía a escasos centímetros de su pecho y ella se moría por sentirlos.
- Me encanta... – Sam atacó el pecho con decisión, lamiéndolo y besándolo hasta hacerle perder el sentido. Luego, hizo lo mismo con el otro pecho, apretándolo también con sus dedos.
- Sam, por favor – le suplicó.
¡Ya estaba bien! Quería sentirlo dentro de ella. ¡Lo necesitaba!
Mercedes buscó el borde de sus calzoncillos y se los bajó con cuidado. Su excitación aún seguía visible después de tanto tiempo, y pedía agritos su entrada en ella.
Él se puso el preservativo y se inclinó sobre Mercedes buscando su entrada.
- Creo que no duraré mucho – le dijo, acostumbrándose al ritmo de sus empujes.
Ella tiró de él hasta pegarlo por completo y sus piernas lo rodearon, haciéndolo llegar más adentro.
- Oh Dios, ¡cuánto te eché de menos! – le dijo, mientras ella acariciaba su espalda y besaba su torso.
Lo apuró. Lo instó a ir más deprisa, aumentando la velocidad y el ritmo de sus entradas.
Mercedes ahogó un gemido, a punto de alcanzar el clímax.
Sam mordió su cuello con suavidad, aferrándose a ella con su boca y con sus brazos, al mismo tiempo que su mente volaba lejos de allí. Mercedes sintió como él se liberaba, arrastrándola también, mientras sus cuerpos permanecían en contacto.
Volviendo en sí, Sam besó la leve marca que había dejado en su cuello y esperó a que ella abriese los ojos. Clavó su mirada en ella, observando como volvía a él, tiempo después.
- Yo también te eché de menos – le respondió, todavía perdida en sus pensamientos.
Sam acarició la cadena que reposaba sobre su escote y volvió a besarla.
Un beso dulce, pausado.
Era suya, era completamente suya y lo seguiría siendo. Había sido una tonta por querer dejarlo. ¡Había sido una tonta por pensar que no se lo merecía! ¡Ella lo hacía feliz! ¡Podía hacerlo feliz!
Mercedes lo vio levantarse para desechar el preservativo, mientras ella se perdía nuevamente en sus pensamientos.
Cuando Sam volvió, se acostó a su lado, cubriéndolos con la manta que había en la silla de la habitación.
Ella se acurrucó en su pecho, rozándolo con la cadenita, mientras Sam acariciaba su pelo.
- Mercy... – la llamó.
Ella giró su cabeza, buscando sus hermosos ojos verdes.
- ¿No me dejarás, verdad? Necesito estar seguro.
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