Twilight y sus personajes pertenecen a Stephenie Meyer
Gracias a Isa por corregir este capítulo (le metí mano al final así que si hay errores son probablemente míos )
Música de este capítulo:
While my guitar gently weep–The Beatles
Never Let Me Go- Judy Bridgewater
NOTA IMPORTANTE AL FINAL DEL CAPÍTULO
PARTE II
EL TORMENTO
OMEGA
El momento de la partida es célebremente amargo con todo, y su dolor es expedito. Intrínsecamente, su causa y propósito en esta casa de pronto carecen de sentido. Los muebles hablan con espacios vacíos y el aire gélido que entra por la ventana no deja de recordarle que el único calor de su hogar se ha ido. Por eso, tomar la decisión de abandonar el inmueble, es naturalmente, la única salida para dejar de recordar su fracaso.
Jasper nota la simpatía de Edward por los lugares oscuros y aislados estos últimos dos días, por eso no se le hace raro verlo sentado en la sala contemplando la piscina a lo lejos en total oscuridad.
—¿Listo? —pregunta Jasper en voz premeditadamente baja.
La figura en la sala no contesta, se limita a pararse y caminar a la puerta, tomando sus maletas en el proceso de salida. Su equipaje equivale a dos pequeñas maletas que contienen el resumen de su vida actual: un par de trajes, ropa interior y el collar que le regaló a su esposa en Navidad, collar que encontró tirado en su estudio después de la pelea. El resto de sus pertenencias las ha dejado sin saber cuándo o cómo volverá, lo único que sabe es que ahora es imposible vivir aquí sin ella.
No voltea hacia atrás, ni siquiera cuando Jasper pregunta:
—¿Eso es todo?
Edward sacude la cabeza y se mete al auto de Jasper, un Chevrolet Nova convertible negro.
En el camino a su nueva residencia no deja de preguntarse cómo será volver a verla, ¿seguirá ignorándolo? Probablemente sí. ¿Le dirá cuánto lo odia? No hay duda de eso. Pero la pregunta que itera en su mente es: ¿Algún día me perdonará? No se atreve a hacer ninguna conjetura, su sanidad depende de eso.
Mañana es el día en que la verá por primera vez después de que se la llevaron. El médico que la recibió le comentó que su esposa estaba tan alterada que había sido sedada nuevamente al llegar, y cuando salía de la sedación su ira volvía a resurgir, haciendo que la sedaran nuevamente. Finalmente Edward convenció al médico de verla, de tratar de hablar con ella, y tal vez así lograr un poco de cooperación. Sabe que es mentira, Marie jamás podría verlo o escuchar algo que diga sin arremeter contra él, pero necesita verla, y si eso significa mentir a un insignificante médico que no sabe lo que hace, entonces lo hará.
La casa de Jasper es evidentemente antigua, pero bien conservada. Tiene un aire algo gótico que deja entrever la retomada moda arquitectónica de hace cincuenta años. Para sorpresa de Edward, el interior es igual de anacrónicamente desconcertante como el exterior. Nunca se imaginó a Jasper por el estilo oscuro y tétrico.
—Sé lo que estás pensando, ¿cómo un hombre que se jacta de amar la modernidad está en un lugar así? La respuesta en sencilla: crecí aquí, me trae buenos recuerdos —dice Jasper pasando a Edward hasta llegar a unas escaleras viejas de madera—. Vamos, te mostraré cual será tu cuarto.
Ahora que sube por las escaleras, se da cuenta que la casa puede parecer pequeña por fuera, pero es espaciosa por dentro y además tiene tres pisos.
—En el primer piso está la biblioteca y un pequeño estudio que no uso muy seguido, puedes ocuparlo para lo que necesites. Sólo le diré a Quinnie que lo limpie.
—¿Quinnie? —pregunta Edward hablando por primera vez en todo el transcurso del camino hasta ahora.
—Quinnie ha servido a mi familia por años, viene y limpia mi casa dos veces por semana y se asegura de que no muera de hambre —dice Jasper riéndose ácidamente—. No espero que cocines, pero aquí no tenemos cocinera de planta, lo que pasa es que Quinnie a veces se apiada de mí, es lo que diríamos... una guarida de soltero —Jasper dice inescrupulosamente.
Edward asiente después de varios segundos. Para Jasper es raro ver a Edward tan taciturno y acaecido en tal depresión, tal vez por eso se siente tan fuera de su medio. Cree que se esfuerza demasiado en ser gracioso, evidencia de que en su vida no ha tenido un verdadero amigo, salvo Rose o Emmett.
—En el segundo piso están las dos recámaras de huéspedes, puedes escoger la que quieras, aunque te aconsejo la púrpura, es la más limpia y tiene vista a la calle. —Jasper camina por el angosto pasillo que se subdivide en dos pasillos en dirección contraria. Abre el primer cuarto, el cual es enorme, tiene una cama grande, closet y un pequeño escritorio; la pared está adornada con flores viejas secas enmarcadas fúnebremente, pero tiene un color mostaza que Edward inmediatamente rechaza con su vista. El segundo cuarto es igual que el otro, espacioso y un poco más del lado lúgubre, temática que parece perpetrarse por toda la casa. Cree que el modo que trae consigo hace perfecta pareja con el color púrpura del cuarto y la cama negra que adorna el lugar. No hay más que un closet y un gran ventanal, no escritorio o cuadros peculiares de flores secas.
—Sí, me imaginé que éste sería el adecuado —dice Jasper al ver la cara de aceptación de su amigo.
Deja sus maletas en la orilla de la cama y mira directamente la ventana.
—Bueno, te dejo. Quinnie dejó un estofado en el refrigerador y puedes calentarlo en la estufa. Por cierto, mi cuarto está en el tercer piso, digo por si ocupas algo... —Jasper se ve notablemente fuera de sus capacidades sociales. Esto no es algo que regularmente haría, pero Edward necesita su ayuda y él no puede negársela.
Antes de irse, Edward voltea con Jasper y con voz baja llama a su amigo. Jasper voltea un poco sorprendido.
—Gracias por esto —Edward dice sin mirarlo—; por dejarme vivir aquí. —Esta vez lo mira y, para sorpresa de Jasper, Edward fuerza una sonrisa.
—Claro —contesta incómodamente Jasper cerrando la puerta tras él.
Esa noche Edward plantea su vida por vez primera desde que decidió casarse con Marie por su dinero. En retrospectiva, no se arrepiente de haberse casado con ella, pero sí por los motivos por cual lo hizo. Desea formar un plan como aquella vez, algo que pueda seguir meticulosamente; pero sabe que estaría cometiendo el mismo error. Además, esta vez su vida no depende de un plan bien definido, sino en la capacidad de su esposa de perdonarlo, algo que pronto suena a una imposibilidad considerando que entre más tiempo pase ella en ese lugar, más crecerá su odio hacia él.
Cuando se acuesta a dormir, toma el collar con la amatista y lo pone sobre uno de los postes de la cabecera de la cama; es lo único que tiene de ella y es la única compañía que desea tener estos días.
X*-*-*X
La siguiente mañana sus ojos se abren prematuramente. Todavía es muy temprano para poder ver el sol en su esplendor. Su sueño fue inquieto y poco restaurador, nada de lo que no esté acostumbrado. Con letargo va al baño en el pasillo y cuando regresa nota que el collar no está en la cabecera. Todavía adormilado, se le ocurre que pudo haberlo tirado durante la noche en su sueño inquieto y que debe haber caído a las sábanas o al piso. Su búsqueda apacible y paciente se convierte en un desespero frenético después de una hora sin encontrar rastros del collar.
Se sienta al pie de la cama con manos en su cabeza en frustración mientras intenta recordar la noche anterior. Recuerda haberse auto-conmiserado como es su costumbre y luego poner el collar en el poste de la cama, exactamente en el poste de su derecha. Después de ahí no recuerda haber hecho más que tratar de dormir. Sabe que su cuarto estaba con seguro porque él mismo se lo puso, así que nadie pudo haber entrado en la noche y haberlo robado; la sola idea lo desgarra porque ese collar es lo único tangible que tiene de ella; perderlo sería perder la esperanza de que ella vuelva a ponérselo.
Tratando de ser el hombre racional que es, decide que necesita vestirse y comer algo, tal vez la falta de sueño y su depresión no lo hace funcionar como normalmente lo haría. Decide dejar el asunto del collar en pendiente y enfocarse en ver a su esposa hoy.
X*-*-*X
Le ha pedido a Jasper que vayan por su auto, no el Thunderbird; ni siquiera podría manejarlo sin quererlo estrellar contra algún árbol. Así que toma su antiguo Ford y hace su camino hacia el lugar de descanso Alhambra, que está a unas buenas dos horas de Los Ángeles. El camino se le hace corto pues su tiempo lo llena con reticencia y miedo de llegar.
Ha visto las instalaciones y sabe que es un lugar que puede brindar comodidad y buena atención. No tienen muchos pacientes, así que cada persona admitida tiene su propio doctor de cabecera. Sin embargo, no se deja timar por el eufemismo de "atención de comportamiento", slogan que usan para no causar rechazo inmediato del paciente. Edward ha visto lugares como éste, y hay una razón por la cual no trabaja en ellos: son pudientes por fuera, pero por dentro sus métodos conductistas —usados por los sanatorios públicos— son barbáricos. Lo que teme es que su esposa sea tratada con drogas o, peor aún, con métodos violentos.
En este tipo de lugares no hay recepcionista, hay carceleros vestidos de enfermeros con músculos que intimidan a los pacientes que traten de escapar. Edward firma la entrada de visitantes y pronto es dirigido al área de espera donde el doctor que atiende a Marie lo espera.
El doctor Baum es lejos el doctor que quisiera para su esposa, es obvio que es de esos médicos que suelen ser atraídos más por el resultado que por el tratamiento adecuado.
—Doctor Masen, me alegra verlo, aunque pensé que la hora de visita era a las 11. —El fuerte acento alemán de Baum molesta más a Edward, pero éste se limita a asentir formalmente.
—Estoy interesado en ver a mi esposa lo más pronto posible. ¿Cómo a estado? ¿Está despierta? —pregunta Edward, dejando ver su preocupación.
Baum no ayuda a calmar sus nervios, con su boca fruncida y carraspeo disonante.
—Bueno... no exactamente —contesta Baum un poco intimidado.
—¿A qué se refiere? —Edward pregunta levantando una ceja desafiante.
—La señora Masen estuvo un tanto... violenta los primeros días, como le he comentado. La sedación pareció funcionar, pero como también le comenté, no fue suficiente.
—¿No fue suficiente? No veo que no puede ser suficiente con un sedante, ¿qué le dio?
—Fenobarbital —contesta Baum sin chistar.
—¡¿Está loco?! —Es la primera reacción de Edward—. Marie no necesita algo tan fuerte, ¡no es un maldito caballo! —dice gritando y sacudiendo su cabeza.
—Intentamos con otros sedantes más ligeros; le di somnifen, una combinación de bromidas y sales de zinc*, al fin recurrimos a los barbitúricos, pero la gran mayoría le causaban malestar estomacal, hasta que al fin el fenobarbital ha resultado, sin embargo...
—¡¿Qué?! —La voz de Edward retumba por la pequeña sala. Baum no se inmuta ante su enojo, después de todo está acostumbrado a este tipo de gente iracunda.
—Ha dejado de comer y comunicarse —dice Baum levantando una ceja.
—Es el sedante, no sé por qué se sorprende —dice Edward escupiendo las palabras en enojo.
—No entiende, doctor Masen. Después que el efecto del sedante pasó, ha dejado de moverse, comer o tener cualquier tipo de reacción vocal o física.
—¿Cuándo fue la última vez que la sedó? —pregunta Edward en forma clínica.
—Ayer en la noche. Como en la madrugada no tuvo ningún tipo de episodio, desistimos de seguirla sedando; sin embargo toda la mañana ha estado así. Tal vez como usted dice su visita cause alguna reacción positiva en ella, aunque... —dice Baum mirando con desconfianza a Edward.
—¿Qué sucede? —pregunta Edward apretando el puente de su nariz en exasperación.
—El primer día su esposa ha sido muy vocal en su animosidad hacia usted, ha recalcado más de una vez que usted la engañó con otra mujer, ¿eso es cierto? —pregunta Baum petulantemente.
—Eso no es de su incumbencia, pero no, no he engañado a mi esposa y es por eso que tengo que entrar ahí y hablar con ella, ¿entiende? Ahora lléveme con ella.—contesta Edward mostrando su poca paciencia restante.
—No tan rápido. En primer lugar que no se le olvide que el juez me ha recomendado para atender a su esposa, y mi opinión en su recuperación es vital para dar su alta. Por otro lado, no creo que sea conveniente que usted la vea si ella va a reaccionar negativamente.
Edward no se ve intimidado por la diatriba de Baum. Con una mirada implacable camina hacia el alemán, el cual da un paso atrás.
—Me acaba de decir que ella está en estado catatónico, eso contradice toda su suposición. Ahora, ¿me va a dejar ver a mi esposa? ¿O tengo que hablar con mi abogado para que me den el permiso que por derecho tengo para visitar a mi propia mujer?
Baum aprieta su quijada y asiente.
—Bien, si usted insiste —contesta Baum a regañadientes.
El lugar se ve pacífico en primera instancia, pero al entrar al área de aislamiento puede notar la fuerte carga de hostilidad en el lugar. Varios pacientes con obvios problemas mentales deambulan por la sala de estar que está bloqueada por una reja gruesa de barras blancas y un enfermero afroamericano está sentado leyendo una revista. Doctor Baum no pide permiso y pasa frente al enfermero hasta entrar a otro pasillo. Edward escucha como Baum saca las llaves de su bata y se detiene en un cuarto justo como él ha visto cientos de veces.
Es un cuarto acolchonado, no esperaba algo así para Marie. Pensaba que su estadía sería en un cuarto con vista a un jardín mientras una enfermera le traía sus medicamentos, no esto. Esto está reservado para la gente seriamente enferma... pero acaso, ¿su esposa no lo hirió a propósito e intentó matarse? El hecho recalca lo ciego e insuficiente que ha sido Edward todo este tiempo. Si la hubiera tratado antes, si hubiera prestado atención a todas las veces que ella veía cosas y se comportaba de manera tan extraña, si hubiera hecho algo antes de todo este fiasco, no hubiera llegado a esto. Un cargo más de culpa a su condena.
Baum le recuerda las instrucciones de seguridad que él mismo ha dado decenas de veces a visitantes de sus pacientes. Edward lo ignora y toma aire antes de dar un paso, preparándose para lo peor antes de que la puerta se abra. Recuerda a Sophie; ella fue la última paciente que vio en un cuarto como estos, y a sí mismo recuerda a su hermana, los mismos ojos azules y el mismo cabello negro, ambas titubeantes de seguir con su vida. La amalgama de imágenes que vienen a su mente pronto se borran al ver a su esposa acostada en el catre, dándole la espalda y acurrucada en una esquina viéndose imposiblemente frágil y pequeña.
No debería sentirse impactado por la escena, pero no es lo mismo tratar a un extraño que ver al amor de tu vida hecho pedazos y por su culpa. Edward camina tentativamente, esperando que ella voltee. No hay sillas para sentarse, así que decide sentarse al pie de la cama de Marie. Ella no reacciona ante el notable movimiento o el rechinido del catre.
Edward toma su pie y lo toca suavemente, pero recuerda que ella expresamente ha pedido que no la toque. No sabe si ser leal a su culpa y seguir transigiendo o por primera vez tratar de cumplir los deseos de su esposa.
Un nudo en la garganta se forma al notar que los ojos de Marie están abiertos, parpadeando inconscientemente y mirando la pútrida pared gris que está a menos de veinte centímetros de su cara.
—Marie, soy yo... Edward —él dice en voz firme.
Esto es peor de lo que pensaba. Es como esos días donde ella no quería verlo; al menos esas veces sólo lo ignoraba a él y comía... Hoy parece que el cuerpo de su esposa no está habitado por nada, se ve desgastado y delgado. Edward decide transigir una vez más y toca la pierna de su esposa. Su bata no cubre más que las partes más pudendas de ella, lo cual lo deja con una nota mental de la petición para cambiar sus ropas por algo más cómodo y que la cubra más.
Controla su angustia y las ganas de llorar por verla así. Él no viene a ser una víctima, sino a ver el avance de su esposa y tratar de sacarla de aquí lo más pronto posible. Con clínica curiosidad, se levanta y voltea a Marie para que lo mire; sus ojos perdidos lo dicen todo. Edward hace algunas pruebas de movilidad motora, reacción a estímulos externos, movimientos involuntarios, entre otros test para determinar su estado de catatonia. La conclusión es que Marie parece estar totalmente desconectada, un síntoma más para su diagnóstico de esquizofrenia**, y eso no ayuda en nada. Talla su cara por no saber qué hacer. ¿Cómo sacarla de aquí cuando sabe que afuera no puede cuidarla? Pero no puede hacerle esto. Si tiene que dedicar su vida a cuidarla lo hará, no la va a dejar a manos de unos extraños, y menos de Baum, que es la epítome del científico loco alemán.
Él sostiene su cuerpo lánguido entre sus brazos y lo aprieta contra su pecho; se pierde en esta sensación robada de tenerla para él. Toma los brazos de su esposa colocándolos al rededor de su cintura mientras él encaja su cara en el cuello de ella. Su olor ha desaparecido, pero es ella, no hay duda, está ahí dentro en alguna parte.
—Lo hice todo mal, desde el principio, y tú eras tan inocente —él dice en voz muy baja sobre el cabello de Marie—. A veces me pregunto si nunca te hubiera conocido jamás hubieras llegado a este lugar. Pero quiero pensar que una razón para haberme casado fue para salvarte de este terrible destino y hoy... —Edward traga el nudo en su garganta y la abraza con más fuerza. Se permite este momento, donde nadie presencia su dolor y lágrimas, ni siquiera ella—. Pedirte perdón una vida no será suficiente, lo sé.
Quiere tener contacto con ella, quiere que lo vea y le grite; desea cualquier reacción menos este limbo. Toma su mano de Marie, que ha caído endeble por su costado. Es una mano frágil y pequeña; le es increíble que esta extremidad tenga todo este poder sobre él. Entrelaza sus dedos con los inertes de ella esperando que eso la haga reaccionar.
—Marie, sé estás ahí en algún lado. En donde quiera que estés, ven a mí, regresa. —Su súplica más honesta es como un volcán en erupción que no puede parar hasta que ha expulsado todo—. No me dejes con estos fantasmas tuyos, voy a vivir una vida a tu lado y tú serás el recuerdo de lo que más he amado. Tienes que regresar porque mereces más que esto, mereces felicidad, amor, vida, todo lo que te han robado. Y necesitas regresar porque sin ti no soy nada.
Su mano se ha apretado contra la de ella, sus nudillos blancos expresan la impotencia que siente en este momento pues ella ha dejado este mundo, lo ha dejado a él en perpetua media vida. Su llanto silencioso ha mojado el cabello de su inexpresiva esposa que sigue parpadeando en sucesiones arrítmicas, sin ningún tipo de reacción. La toma de la cara, sus labios rosas se han secado y sus mejillas se han hundido, pero sus ojos, aun en ese abismo negro en el que se encuentra, siguen siendo eternos.
—Regresa, necesito tus ojos, necesito tu vida indulgente y la luz que irradias cuando me miras. Eres mía y necesito que regreses —él dice desesperado sacudiéndola—. ¡Regresa maldita sea! ¡No me dejes solo! —Su voz complementa su frustración.
Es una muñeca sin vida, que se mueve al antojo de su dueño. La escena lo deja desecho porque él jamás ha sido dueño de nada. Sin embargo, ella ha querido pertenecer a él, ¿qué no sabía que él está destinado a amar lo que la muerte puede tocar? Estúpida, hermosa y triste Marie, que no deja de pertenecer a él incluso en este limbo.
—Regresa, regresa, regresa —él dice recargando su cabeza en el pecho de Marie.
Al principio piensa que lo imagina, pero luego levanta su cabeza y ve como la pequeña mano de Marie lo está apretando. Edward la toma de la cara con la mano restante.
—Mírame, Marie. Aquí estoy, no voy a ir a ningún lado. Jamás estarás sola mientras exista —él promete solemnemente.
Sus ojos siguen perdidos, pero su mano habla por sí misma. Es la dicotomía del cuerpo, de ser y existir fuera de la celda que es nuestra mente.
—Estás aquí, puedo sentirte —él dice cerrando sus ojos mientras la besa en los labios ligeramente.
Al separarse teme verla a los ojos, esas orbes perdidas de razón y vida, pero lo reciben unas pupilas dilatadas, párpados que tienen control motriz y odio puro.
—Ahí estás. Está bien, princesa, está bien. Me conformo con tu odio —él dice con una sonrisa triste.
El cuerpo de Marie ha despertado con letargo y confusión, pero su mente realmente nunca se fue, estuvo contenida como la única medida de protección que tenía. Ahora que lo ve puede sentirlo, y el calor la obliga a sentirse segura. Se odia a sí misma por sentir seguridad a su lado, por añorar que la toque y la mire como lo hace ahora. Sus labios parecen no moverse, no ha retomado control sobre su voz, pero espera que sus ojos hablen por ella.
Edward la baja al catre y se sienta a su lado tratando de no tocarla, sabe que ella no quiere ser tocada por él.
—No voy a darme por vencido, Marie, nunca.
Ella voltea la cabeza tratando de ignorarlo; es su única arma por ahora.
—Sé lo que estás pensando en este momento, ¿por que estoy aquí si quería deshacerme de ti?, ¿por qué estoy aquí regresándote del limbo? ¿Acaso soy tan cruel? —Edward toma un mechón de su cabello entre su dedo y suspira—. No importa donde estés, siempre voy a seguirte.
Ella voltea, su mirada voraz es un grito silencioso de ¡basta!, que él recibe con una sonrisa sardónica.
Se le ocurre a Edward que su esposa jamás lo perdonará, y está bien, mientras no lo deje.
—Sé que no me quieres aquí, entiendo esa mirada, estoy tristemente familiarizada con ella. Vendré mañana y el día siguiente hasta que logre sacarte de aquí.
Marie frunce sus cejas, confundida por su oración.
Edward se despide tocando ligeramente la mejilla de Marie, la cual voltea su cara en rechazo.
X*-*-*X
—El esposo va a seguir insistiendo en venir, ¿qué se supone que voy a hacer? —Baum dice por teléfono—. Bien, pero mientas me asegure que su estadía será indefinida —dice Baum con desconfianza—. Por mí no hay problema, su hija estará contenida, su tratamiento es... intensivo.
La enfermera toca la puerta, haciendo que Baum ponga su mano en la bocina del teléfono.
—El esposo de la señora Masen quiere verlo.
—Dile que pase.
Baum regresa al teléfono.
—Tengo que irme, lo mantendré informado, señor Swan.
Edward entra segundos después, evidentemente iracundo.
—No quiero que vuelva a aplicarle ningún barbitúrico —ordena Edward a Baum en cuanto entra a la oficina.
—¿Y cómo planea que la controlemos? —pregunta Baum.
—Use algo más ligero, cualquier otra cosa menos eso, es obvio que no le cae bien. Si mi esposa vuelve a caer en estado de catatonia voy a meter una demanda a este putrefacto hospital, ¿entiende? —dice Edward saliendo del cuarto.
Antes de cerrar la puerta voltea con Baum.
—¡Y póngale ropa cómoda! Esa bata apenas se considera como vestimenta—dice enojado azotando la puerta detrás de él.
—¿Vuelve a caer en catatonia? —se pregunta Baum en voz baja.—Ella no debería de haber reaccionado a nada.
Corre hacia la celda donde Marie está. La ve por la puerta, sentada en la cama viéndolo directamente con una sonrisa sardónica y una ceja levantada.
Baum camina hacia atrás y sacude la cabeza, asombrado por la persistencia de esta mujer.
—¡Dana! —grita Baum por la enfermera.
Dana llega corriendo preguntando qué sucede.
—Prepara la sala de electroshock. Vamos a ver si una sesión la hace aprender la lección.
NOTA EDUCATIVA:
*Somnifen, una combinación de bromidas y sales de zinc: Drogas usadas en los 60´s para diversos tratamientos psiquiátricos y que en la actualidad han dejado de usarse gracias a la farmacéutica moderna.
**Uno de los síntomas que se asocia a la esquizofrenia son estados de catatonia o episodios esiquizofrénicos, pero no es su única causa; la persona también pudo haber sufrido un trauma muy severo (como ver a la hermana muerta de tu marido que además te engaña y te ha metido en un psiquiátrico, entre otros tormentos) algo que obviamente no ayuda a Marie. En este caso sabemos que Marie no tiene esquizofrenia, lo cual nos deja que ella está efectivamente traumatizada y por eso su estado.
NOTA DE AUTOR:
Muchas gracias a toda(o)s por sus tres semanas de paciencia, en verdad aprecio mucho su apoyo. Sin embargo, mi carga académica es monumental y estoy en una fase crítica de mi carrera en la que tengo que enfocarme muchísimo en mis notas y artículos. Por ese motivo he decidido modificar TEMPORALMENTE el horario de actualización a UNA VEZ POR SEMANA (LUNES) por lo pronto el resto del mes de Septiembre y hasta Octubre. VERSUS NO SERÁ ABANDONADO, la historia está en borrador y terminada, pero aún necesito reescribir cada capítulo porque soy medio rara y hago modificaciones de último minuto y a veces cambio cosas muy drásticas que se joden con la línea de tiempo en el resto de los capítulos escritos (lol).
Muchísimas gracias por su comprensión.
Saludos,
Eve
