Capítulo XXIV
¡Despierta!
Ella estaba allí. Sus padres la habían llevado a ese sitio, la casa de uno de sus mejores amigos. Todos vestían de negro, todo eran flores y condolencias. Ya había estado allí antes, claro que sí. En un sinfín de oportunidades.
De pequeña había recibido licencia para recorrer cada rincón de la enorme mansión. Para descubrir secretos, y pasearse gustosa por aquel majestuoso jardín, y ver en el lago a los gráciles Cisnes vivir.
Todo era luz en esa casa. Una luz que cegaba por momentos. Siempre fue así, siempre… Pero ese día era diferente. Todo era tristeza, llanto, penumbras.
Creyó escuchar algo escaleras arriba. Se detuvo a pensar en qué sería ese ruido, que llamaba poderosamente su atención.
- ¡Regina! – Le hizo un gesto de desagrado, llamándola a que continuara caminando – ¿Qué esperas?
- ¡Déjala mujer! – dijo el hombre acercándose a la niña – Es aún una niña de doce años
- ¡Ya es una señorita de doce años! Debe comportarse como tal. La sociedad no tiene infancia Henry, tiene mujeres exitosas o niñas lloronas – Dijo Cora en tono cortante, mientras disimulaba y saludaba con gesto de circunstancia a los demás en el lugar
- ¡Está bien Cora! Somete a nuestra hija a tu protocolo ridículo… Pero unos minutos, y luego podrá ir al jardín con los demás niños
- ¡Henry! – Levantó una ceja y lo miró de reojo, antes de ser interrumpida
- ¡Es mi última palabra Cora!
Regina sonrió al ver cómo su padre la defendía. Y, para evitar la pelea que se avecinaría horas después, repuso con tono firme, o mejor dicho, con el tono firme que una chica inteligente de doce años puede forzar
- ¡Vamos a saludar Madre! – Puso cara de circunstancia y tomó a su padre de la mano. Le hizo un guiño a su hombre favorito en todo el mundo.
Saludó, he hizo gestos de agradecimientos cada vez alguien le mencionaba a Cora lo hermosa que se estaba volviendo su hija. Gestos de condolencias ante los familiares de los fallecidos. Gestos de fastidio que sabía disimular ya muy bien.
Un rato llevaba en aquel protocolo, cuando su padre se le acercó y le susurró
- Un chocolate no cae mal es este momento ¿verdad? – le hizo señas que mirara hacia su mano, y le arrimó a la suya la golosina
- ¡No, no cae mal! – disimuló la gran sonrisa, para que su madre no notara la feliz complicidad entre ella y su padre
- ¡Vete! ¡Eres libre, yo te cubro! – le hizo un giño a su hija, mientras le besaba en la frente
Regina asintió, y como pudo salió corriendo de allí, sin ser vista por la General Cora auto designada.
Salió a la zona más alejada de las personas, y hasta de los demás niños. Llegó al salón principal, observó todo el lugar que le era perfectamente familiar. Las escaleras siempre le parecieron hermosas. Llevaban a las habitaciones principales. Todos estaban ubicados en los salones del jardín, pero ella prefería aquel lugar tranquilo y en silencio total.
No por mucho. De nuevo aquel sonido escaleras arriba, que recordó haber escuchado al llegar. Sin pensarlo, y recordando su permiso anterior, se dedicó a subir y descubrir de qué se trataba. Era el llanto de un bebé. Estaba segura. Claro que era el llanto de un bebé. Ella debió ir a conocerla hace cuatro meses atrás, pero no pudo por estar enferma.
De la única habitación que salía una resplandeciente luz blanca, también lo hacía el llanto del bebé. No parecía que nadie la cuidaba entonces, porque no escuchó a ningún adulto deambular por el lugar. Se acercó a la puerta con temor, se asomó, y allí estaba en su cuna, una bebé llorando con brío.
La habitación era hermosa, decorada con Cisnes de color blanco y rosa pálido. Y, en la también blanca cuna, estaba la hermosa criatura. Era la niña pequeña más hermosa que ella hubiese visto, o tal vez la única que había visto, no estaba segura. Pero es que ella no tenía hermanos menores, ni primos, y a los niños nunca se les permite acercase a los bebés, pues siempre están llenos de gérmenes, según los adultos.
Pero allí estaban las dos, solas. Ella asustada y la criatura llorando. Volteó a ambos lados, y al saberse sola, se acercó a la cuna, y le habló a la niña
- Shiiii, shiiii, shiiii – dijo, y tocó el pecho de la niña, mientras mecía a la cuna – Emma tranquila – recordó el nombre – Ya estoy aquí, todo está bien – Se sintió triste al recordar por qué estaba allí – Yo te voy a cuidar…
El contacto con Regina parecía haber tranquilizado de forma abrupta a la pequeña de cuatro meses, que ahora se fijaba, llena de lágrimas, en la cara de su nueva acompañante. Tenía los ojos azules, de un azul celeste profundo, y los pocos cabellos se vislumbraban rubios. La hizo sonreír el pensar que la niña era de portada de revista.
- Ya estoy aquí Emma – le repitió a la criatura – ¡Yo te cuidaré! – los ojitos azules no se despegaban de los suyos – Hay mucha luz aquí, así no puedes dormir
- ¡No duermas más!
Escuchó una voz lejana, un susurro que pensó le era conocido. Volteó a todos lados, pero no vio a nadie. Sintió temor, pero no podía dejar sola a la pequeña Emma.
- ¿Quién… quién está allí? – dijo con voz tímida, pero nadie le respondió
Miró a la pequeña, y ésta seguía tranquila, mirándola fijamente. De repente escuchó nuevamente
- ¡Regina!
De inmediato, se percató y observó aterrada que de la pequeña Emma, salía una voz que le repetía de forma contundente
- ¡Despierta!
Se retiró de golpe, tropezó y cayó de espaldas. Abrió los ojos de inmediato, asustada, y se encontró con la mirada de Graham, que le agradecía haberse quedado a su lado. Trató de mantenerse despierta, pero sus fuerzas volvían a abandonarla. Se dejó llevar, sintiendo una sensación de seguridad al estar en sus brazos. Amaba a Graham.
Ahí estaba, sentada en las escaleras de la entrada, en el porche de su casa, viendo a Emma jugar. Le encantaba ver a ese pequeño angelito de tres años jugar.
Desde la pérdida de sus padres a los cuatro meses de edad, y desde que sorprendieran a Regina arrullando a Emma el día del funeral, la criatura pasaba más tiempo en la casa de los Mills a cargo de la adolescente, que en su solitario hogar a cuenta de su nana. Por supuesto que, ésta última, no se separaba de la niña, a menos que Regina estuviese allí.
- ¡Regina! ¡Ey Regina! – Le susurró el joven, escondido detrás del árbol más cercano de la casa.
Regina abrió los ojos como platos, al percatarse de quién se trataba. Miró a Emma, para cerciorarse que no se moviera de allí, y se dirigió apresurada al encuentro con el joven
- ¡Daniel! ¿Qué haces aquí? – le reclamó, mirándolo con cara de pánico
- Tenía que verte Regina – la tomó de la mano, ocultándose detrás del árbol
- Si te ven mis padres… Si mi madre nos descubre, nos va a ir muy mal – Lo miró con amor y preocupación a los ojos – debemos esperar, sólo un poco, ser pacientes
- Regina Te amo… ¡Vamos a huir! Ésta noche, cuando sea la hora de ese programa que me has dicho que hipnotiza a tu madre…
- ¡Estás loco! ¿A dónde iríamos? – negó con la cabeza, cerrando los ojos. Luego, volteó a ver a Emma
- ¡Vamos! ¡No nos pueden detener! En mi moto llegaremos donde mi tía, en el siguiente estado, y allí ya veremos… Te amo Regina, quiero estar a tu lado siempre
- Y yo te amo a ti Daniel… Pero…
- ¿Pero qué?
- Y… ¿Qué hago con Emma?
El chico se llevó las manos a la cabeza, y ambos se asomaron a verla jugar, y luego regresaron a la conversación
- No lo sé Regina, obviamente no te la puedes llevar. Pero, podemos visitarla. Seguro Ingrid lo permitirá. No sólo te deja estar con la niña, sino que no le ha importado que me lleves a su casa
- Pues si… Supongo que sólo será un tiempo, y luego podré regresar a verla
- ¡Si! Así será… entonces… ¡Ésta noche a la hora convenida! – la miró con esperanzas
- Si Daniel. ¡Hoy me voy contigo, y seremos felices!
Se dieron un tierno beso, y el joven desapareció entre el bosque del jardín, con una sutileza impresionante.
¡Vaya si lo amaba! Su primer beso, la primera vez que se había sentido amada por alguien que no fuese Emma o su padre Henry… Muchas cosas con Daniel eran nuevas y maravillosas. De no ser por la rabia inusual de su madre por el joven, una vez que los sorprendió en la salida de la escuela, todo sería perfecto.
Se dirigió hacia Emma, quien ya estaba de pie, esperando a su encuentro
- Me picó – y se señaló la pequeña pierna
- Para ver mi amor… – Se fijó en lo que parecía una picada de algún insecto – Uy si… Que vicho tan malo… ese que te picó – frunció el ceño a modo de solidaridad
- Si… es malo. Me pica Ina – la niña le habló haciendo pucheros
- Vente – la cargó en sus brazos – Yo te cuido y vamos a echarte un poco de metol, como hacia mi papá ¿si? – sonrió al ver a la niña asentir – ¡Vamos Emma!
Entró en la casa y vio a Ingrid, la tía de Emma, y a Cora, entretenidas tomando el té. Les mostró la piernita de Emma, mientras la hacía reír, y se contagiaba con su risa. Amaba a Emma, desde que la descubrió en su cuna, y no sabía cómo explicarlo. Se sintió muy triste al darse cuenta que, después de aquella noche, tal vez no la vería en un tiempo. Eso la entristecía.
Pero debía irse con Daniel. Huir de Cora con el amor de su vida, o eso pensaba. Se recostó con Emma en su cama, puso almohadas en el borde cercano a Emma. Y se quedó mirándola. Ambas acostadas en la cama, frente a frente
- Eres una niña muy buena – Le acarició la rubia cabellera – Tienes sueño ¿verdad?
- ¡No! – respondió cortante mientras bostezaba y se incorporaba de nuevo
- Siii… sí que tienes sueño – se burló de ella, y se sentó en la cama
- ¡No! Tú si tienes sueño Ina, yo No – puso cara de estar molesta
- Ah… yo si tengo sueño, y mucho – Hizo como que bostezaba, contagiando a la pequeña Emma – Pero, ¿me acompañarías a dormir?
- Si… Si te duermes, yo te compaño – le dijo con seriedad la niña, y con palabras torpes
- Está bien – colocó cara seria, luchando contra las sonrisas que la seriedad de Emma le producían – acuéstate a mi lado, cara a cara, y te fijas si me duermo ¿Ok?
- Si – asintió, tomando el lugar asignado por Regina para tales fines
- Te quiero Emma – le acarició el rostro a la niña
- Te quero Ina – le dijo en sus torpes palabras infantiles. Y le dio un besito en el brazo, y luego se echó encima de ella apretándola muchísimo con sus bracitos
- Ahhh … me asfixias… es que eres muy fuerte – simuló
- Si – se reía feliz de haber aplastado a Regina
Se colocaron nuevamente en posición, y pronto Regina estaba "dormida", y Emma realmente dormida.
Abrió los ojos, y se quedó observando a la pacífica rubia dormir. Era un angelito, sin duda.
Parpadeó y de repente observó que Emma la miraba fijamente a los ojos.
- ¡Despierta!
Otra vez el susurro en su cabeza, venía del cuerpo de la pequeña Emma, y esos hermosos ojos azules se clavaban en los suyos
- ¡Despierta Regina!
Una luz clara y muy fuerte le cegaba. Le costó abrir los ojos, y enfocar, para percatarse de que los ojos azules le seguían mirando fijamente, con ansiedad.
Apretó su mano con fuerza, y se acercó más a su rostro
- ¡Regina! Despierta… Doctor – Gritó
Esta vez era la voz de Emma, la adulta que recordaba, que salía de su garganta y la exhortaba a despertar. Sólo podía pensar en Graham. ¿Dónde está Graham? ¡Ahí estás pequeña Emma!
Miró a su alrededor, y sólo pudo ver a la rubia unos segundos. Luego, soltó su mano, y los doctores y enfermeras se apoderaron de ella, de su cuerpo, para analizarla. ¿Qué había pasado? ¿Dónde estaba Graham? ¿Cuánto tiempo llevaba allí? Graham…
Un sonido acelerado, el de sus pulsaciones, inundaban la sala. Regina sintió un frío inclemente y cómo la luz se hacía cada vez más fuerte y la cegaba. Cerró los ojos, ya no tenía fuerzas para abrirlos y soportar la luz. Quería ver a Graham, pero por ahora era Daniel quien la llamaba.
Se dejó llevar por aquel sentimiento de cansancio, y su corazón dejó de latir nuevamente.
