El rugido continuo de la locomotora haciendo avanzar los vagones que tenía detrás. El pitido aleatorio del conductor para bajar la presión de la caldera. El traqueteo del tren que hacia dificil andar por los pasillos. La puerta del compartimento abrirse con desgana, llevaba mucho tiempo sin abrirse, no estaba bien engrasada. Se notaba que nadie utilizaba aquellos habitaculos, demasiado ruido, demasiado tambaleo y el olor a vapor y hollín era intenso y desagradable. Eso explica porque Hermione no encuentra nadie en esa zona que le diga amablemente que no puede quedarse.

Arrastra su baúl hasta el interior y se deja caer sobre el asiento mirando por la ventana. Montañas lejanas de picos blancos, cubiertas de verde y marrón en sus amplias laderas. Extensión infinita de naturaleza en estado puro. Hermione apoyó la cabeza contra el cristal dejando que el frío del vidrio la entumeciera y adormeciera. Sus ojos vagaron por el infinito espacio que se extendía en el lateral del tren. Las frases que había escuchado a lo largo de las dos últimas horas se le repetían de forma constante.

"No hay sitio"

"No tenemos espacio para que te sientes"

"Lo siento pero acabamos de llenarlo"

"Prueba más adelante, puede que tengas sitio"

"Lo siento, no puedes sentarte aquí"

Hermione se sentía perturbada, era como revivir el colegio pero con un matiz distinto que lo hacía incluso peor. Todos los vagones llenos de gente que la miraba y la hablaba con una frialdad calculada. Ni odio, ni aversión, ni asco, ni prepotencia. Ni una sola emoción que Hermione pudiera entender. Simple frialdad que la había llevado al extremo más inhospito del Expreso a Hogwarts.

La subdirectora le advirtió que era probable que se sintiera alejada del mundo mágico los primeros días, la guerra que seguía su curso lejos de los muros del colegio era precisamente para que ella pudiera asistir a la escuela.

Y claro, no todo el mundo aceptaba esa libertad de movimientos para los nacidos de muggles. Pero incluso ellos la habían rechazado, tal vez no tenían asientos libres pero verse rechazada precisamente por quien menos motivos tenían para hacerlo era tan doloroso como los ojos sin vida que la miraban mientras repetían una y otra vez que no podía entrar a su asiento. ¿Qué sentido tenía dejar atras todo lo conocido para ver que todo seguía exactamente igual? Incluso peor, ahora no la odiaban por su inteligencia o por su mania por contestar siempre. La odiaban por no ser de sangre pura, ella no tenía ninguna forma de cambiar eso. Aun así no la aceptaban, precisamente por un rasgo inherente a ella y que no la formaba como persona.

Un detalle sin importancia en cualquier parte y en ese tren, en ese colegio, en esa sociedad mágica su sangre pesaba más que sus actos. Tal vez había saltado de la sarten para caer en las brasas. Le dolía. Se sentía sola y desamparada. Pero no pensaba abandonar. No iba a dejar que los demás alterasen sus planes, no iba a dejar que su vida estuviera a merced de las opiniones de los demás.

Separó la cara del cristal, el sol ya teñia el cielo de tonos anaranjados y calidos, sus rayos se rompían en las altas cumbres creando un halo brillante en torno a las montañas, como sí estas brillaran con luz propia. Las nubes por encima de estas quedaban desdibujadas con ciertos de luces y sombras distintas. Un cuadro vivo de pura maestría y serenidad. La naturaleza imponente siempre le alegraba un poco, aunque ahora era dificil.

Abrió el baul, en su interior perfectamente ordenado se veían todos los libros e instrumentos que necesitaria en su año escolar. No había ni uno que sobresaliera sobre los demás. Todo en su sitio y visible. Una sola mirada y encontraba el objeto que buscaba aunque estuviera bajo otros diez. Sus dedos agarraron el libro de transformaciones como si fuera un escudo contra las emociones que martilleaban en su mente.

Pasó las paginas acariciando el papel como si fuera la primera vez, había pasado medio verano memorizando aquellos libros. Podría recitar a la perfección cualquier página elegida al azar pero no se sentía igual que cuando lo tenía entre sus manos y podía verlo y tocarlo. Y ahora necesitaba algo físico donde concentrar su atención. Buscó en el indice por pura inercia, solo para pasar el dedo por el temario hasta encontrar el cápitulo que quería releer. Una de las transformaciones más complejas y dificiles de realizar. Apenás un puñado de magos en el mundo podían dominar aquel arte y en el libro apenas ahondaba en la practica de dicha transfiguración y eso la enervaba y al mismo tiempo la retaba a averiguar más sobre ella.

Sus dedos hicieron avanzar las páginas una a una, el aroma a pergamino nuevo embriago los sentidos de Hermione y le hizo recordar sus otros olores favoritos: La hierba recien cortada, justo antes de que su padre se pusiera a regarla con la mangera; el dentrifico de menta que preparaba su madre para asegurar una buena higiene bucal; y ahora este nuevo y antigüo olor, el del pergamino nuevo. Detuvo el avance, página 394: Animagos.

Hermione sentía fascinación por los Animagos, en especial por la complejidad y peligro inherente a la practica para convertirse en uno. Se debía ser muy habilidoso y de gran talento o el proceso podría salir realmente mal. Hermione no era competitiva, al menos no por naturaleza y la falta de motivaciones en su colegio no acrecentaron en ningún modo la competitividad, pero admitía querer conseguir aquel logró solo por sentirse orgullosa de conseguir algo casi imposible. A fin de cuentas en el libro se hablaba del registro de Animagos del cual en todo el siglo XX solo se habían identificado tres personas como Animagas. Eso implicaba un grado de dificultad que estaba gritando a Hermione por superarlo.

Pero una voz en su cabeza se preguntaba en que clase de animal se convertiría. Y entonces las ganas de pasar de la simple teoria con aquella transformación se veían cubiertas por las niebla del temor y la duda. ¿Y si se convertía en algo peligroso? La transformación mantenía la mente humana al mando del cuerpo animal pero también dejaba claro que dependiendo del animal sus sentimientos y amplitud emocional se vería reducidos drasticamente. Y entonces entraba en juego esa otra vocecilla que le hablaba del peligro y las normas. Y que una alumna tan joven debería aprender primero a controlar la magia y olvidarse de querer hacer experimentos peligrosos.

Cerró el libro de golpe y giró la cabeza para ver como el Sol terminaba por ocultarse en el horizonte y las montañas desaparecían a lo lejos para dejar paso a un inmenso bosque. Suspiró y volvió a abrir el libro. Esta vez en un capitulo distinto. Su cabeza ya empezaba a llenarse de movimientos de muñeca y frases complicadas que provocarían cambios imposibles en la realidad.

Y a seis vagones de distancia, dos personas ponían en practica lo que ella estaba estudiando. Harry y Ron golpeaban el cristal del compartimento con sus varitas. Cada vez con más descontento por no conseguir ni una triste muestra de que estuviera dando resultado. Ron bufaba agitando la varita en el aire y golpeandose la palma con ella como si estuviera estropeada, en una imitación perfecta de su padre cuando el mando a distancia del televisor muggle dejaba de funcionar.

Harry por su parte miraba frustrado su varita y se daba pequeños toques en el labio, tratando sin duda de recordar el hechizo. Tras ellos los gemelos se reían sin contenciones mientras Lee Jordan dormía a pierna suelta, demasiado aburrido por los intentos de magia de dos principiantes. Harry hizo dos semicirculos con su varita y luego un largo arco vertical antes de clavar la punta de la varita en el cristal. Nada. Se inclinó hacia delante para ver el exterior del tren, ni un misero cambio.

—Harry, por mucho que agites la varita no va a suceder nada. Dejame a mi. —dijo Ron con una expresión de profunda concentración, algo que no paso desapercivido a sus hermanos que no se lo tomaron en serio.

—Es verdad, Harry. Deja paso al gran y poderoso mago: Ronald "El Grande" —exclamó con pompa Fred mientras George imitaba una trompeta con la mano.

—Cayaos, copias baratas. —espetó Ron con hastió sin darse la vuelta, tratando de recordar las palabras que había pensado hacía unos segundos.

—Nos ha llamado baratas. —se escandalizó Fred poniendo los ojos como platos y llevandose la mano a la boca.

—Imposible. —continuó George agarrandose la cabeza y negando con la cabeza. —¿Es qué no sabe que usamos los productos de mejor calidad cuando nos copiamos?

—El pobre no entiende de calidad. Sino mirale intentar cambiar el color de una locomotora con un hechizo de broma. —terminó de nuevo Fred riendose de los intentos de su hermano y de Harry por hacer semejante tonteria antes siquiera de abrir un libro de transformaciones.

—¿Nunca le vaís a tomar en serio? —preguntó Harry sentandose al lado de los gemelos y dejando a Ron parado delante del ventanal, dandoles la espalda.

—¿Donde estaría la diversión entonces? Si le tomaramos en serio no intentaría cambiar el tren de color. Y ahora estaríamos aburridos.

—Ojos de rana, pico de loro y marsopa australiana. Convierte este tren de banana a canjrejo con la misma velocidad que un torero. —interrumpió Ron agitando la varita. Un haz de luz rosa iluminó la ventana y desapareció. Ron hundió los hombros con abatimiento y sus hermanos empezaron a reirse de forma más exagerada que antes.

—Hermanito, ¿Sabes que los cangrejos son de color rojo? —preguntó Fred limpiandose las lágrimas.

—¿Y el expreso a Hogwarts también es rojo? — añadió George doblandose sobre si mismo y apretandose el estomago que ya empezaba a dolerle del esfuerzo.

—Son distintos tonos de rojo. —defendió Ron.

—Aunque hubiera funcionado no habría cambiado nada. Espero que seas buen mago porque como poeta no vales ni medio galeón. —dijeron Fred y George a la vez.

—¿Y cómo sabes que no ha funcionado? A lo mejor si lo ha hecho y no soís capaces de diferenciar el color. —se defendió Ron dandose la vuelta y provocando un ataque de risa aun mayor en sus hermanos y en Harry mientras le señalaban la cara. Ron resopló, esparaba que no se dieran cuenta que sus cejas se habían tornado azules y se habían convertido en un zig zag continuo.

—Estas muy guapo, Ron. ¿Es el nuevo aspecto que se lleva en la Luna? —bromeó Fred mordiendose la mano para no atrajantarse con las carcajadas.

—Esto me habrá salido mal, pero Ginny me ha enseñado un truco muy bueno antes de irnos. —murmuró Ron con una sonrisa malevola que hizo que Fred y George se cayaran de golpe. Su herman podría ser la más pequeña y la primera mujer en nacer en generaciones en la familia pero ya se había ganado una reputación en la familia.

—¿Vamos a buscar el carro de golosinas, Fred? —preguntó George a su gemelo sin dejar de mirar a su hermano y acercandose lentamente a la puerta.

—Me has leído la mente, George. —respondió Fred abriendo la puerta y saliendo corriendo tras su gemelo. Ron les persiguió y apuntó a sus hermanos con la varita.

—Moco-Murcielago. —Ron guardó la varita con una sonrisa de oreja a oreja. Fred y George rodaron por el suelo tapandose las caras mientras media docena de murcielagos de un color verde viscoso los acosaban cayendo sobre ellos y picandolos.

—Tienes una faceta siniestra. —masculló Harry poniendose la túnica. Ron entrecerró los ojos con sospecha.

—Cuando lo hace Ginny crees que es adorable...—murmuró Ron sin dejar de mirar fijamente a su mejor amigo.

—¿Tú tienes coletas y pecas en la línea de los ojos? —preguntó Harry de forma calmada.

—Es evidente que no. —respondió Ron frotandose las cejas tratando de peinarlas.

—Eso ya elimina toda posibilidad de que seas adorable. —zanjó Harry arrastrando a Ron para que se sentase a su lado. Y ahora deja de tocarte las cejas no vayas a extender el color y acabes con el pelo más azul que el escudo de Ravenclaw.

—Al menos he podido cambiar de color algo. —dijo Ron mirando significativamente a Harry antes de echarse a reir entre dientes.

—Y te ha quedado precioso el hechizo. —bromeó Harry. —Quién tuviera esas cejas. —añadió con pomposidad siguiendo el juego a su amigo. — Lo mejor ha sido ver a Fred y George huir de alguien que no fuera tu madre. Nunca lo veía posible.

—Mencionar a Ginny en la misma frase que truco hace temer hasta a Quien-tu-sabes. —dijo Ron como si fuera algo que sabía todo el mundo y Harry asentía dandole la razón.

—Qué se vaya preparando, cuando Ginny termine su primer año será capaz de ordenar a una serpiente gigante que se lo coma. —aseguró Harry con solemnidad antes de volver a sonreir.

Harry y Ron siguieron bromeando sobre la fiereza de Ginny sin preocuparse por el castigo impuesto a los gemelos. Los cuales aun seguían huyendo pasillo abajo tratando de escapar de sus propias mucosidades aladas y mascullando improperios diriguidos hacia su hermano menor. Chocarón contra la puerta de uno de los compartimentos haciendo que dos fornidos niños de once años, aunque aparentaban bastantes más dado su tamaño, salieran a inspeccionar y vieran a los pelirrojos cubiertos de cuello para arriba en un verde no muy saludable.

—¿Qué ocurre, Goyle? —preguntó Pansy sin levantarse del asiento. Estirada sobre él y mirando por la ventana con aburrimiento.

—Dos idiotas de Gryffindor huyendo de un Moco-Muricelago. —contestó uno de los fornidos muchachos.

—Solo un Gryffindor huiría de semejante chiste de hechizo. —masculló Pansy arrugando la nariz que le daba un aspecto perruno y a veces muy fiero.

—Solo un Weasley se dejaría mangonear por ese maleficio. —añadió Goyle. —Sin duda eran Weasley, nadie tiene ropas tan viejas y destrozadas.

—¿Desde cuando eres tan listo, Goyle? —preguntó Draco con la mirada ausente y un deje de prepotencia en su voz. El chico se levanto con furia apretando fuertemente los puños pero una sola mirada de Draco hizo que se sentara de golpe. El joven Malfoy volvió a clavar sus ojos grises en el techo.

—La primera vez que hablas en todo el viaje y es para insultar a este zopenco. —Pansy se echa hacia delante prestando atención al rostro de Draco con curiosidad. —La verdad es que es comprensible que dudes de la capacidad intelectual de estos dos, pero esperabamos más cortesía de un Malfoy. Al menos hacia el resto de integrantes.

—Pansy Parkinson y Blaise Zabini. Os conozco de las fiestas de mi padre. Soís de familias importantes, o lo que es lo mismo, muy ricas. Sobretodo Blaise. Su madre se las ha apañado para reunir una pequeña fortuna que rivaliza con la de los Malfoy. Pero no olvidemos que los Parkinson tienen una serie de propiedades envidiables. —comenzó Draco sin apartar la mirada del techo y extendiendo los brazos a ambos lados del asiento para apoyarse en él. —Personas poderosas, no tanto como yo pero vaís por buen camino.

Tras decir esto, todo el compartimento quedo en silencio, un silencio incomodo y sendas miradas entre las personas alrededor de Draco. Ninguno parecía contento pero todos sabían que Draco tenía razón. Era el más rico y poderoso de aquel grupo y lo mejor era llevarse bien con él. Sobretodo sabiendose en sus circulos cuan cercanos eran al Señor Tenebroso.

Sin embargo las intenciones de Draco eran muy distintas, no quería dejar clara su posición dominante, aunque ayudaba bastante dejar caer su estatus. Quería hacerles callar. No le apetecía hablar y tampoco prestarles atención. Seguía dandole vueltas a la castaña que había entrado preguntando si había sitio. Pansy por poco la tira del tren, la chica dejaba demasiado claro su origen no mágico. Por suerte las inclinaciones naturales de los que habitaban aquel compartimento quedaban aplacadas al instante por ordenes de sus padres.

No podían decir ni hacer nada que les delatase, el Ministro de Magia estaba deseando tener la más minima prueba de afiliación a los mortifagos para encerrarlos. Sus padres habían dejado claro que no debían caer en una trampa tan burda. Además, la fríaldad tenía mayores resultados pues emulaba al resto de estudiantes. No había muchos que tolerasen a los Sangre Sucia. No por su origen, al menos para desgracia de los mortifagos no era ese el motivo. Los ignoraban por miedo.

Nadie quería tener cerca un Sangre Sucia que pudiera ponerles en el blanco de los Mortifagos por ser amigo de los nacidos muggle. Y el miedo era una poderosa aliada tal y como su padre le había explicado recientemente antes de enviarle a regañadientes a Hogwarts. Draco por su parte estaba contento de asistir a dicho colegio. Viendo los compañeros de curso que le tocaba aguantar no quería imaginar los salvajes que habría tenido de haber asistido a Dumstrang tal y como su padre quería.

Su madre había intervenido para evitar eso. Y era ella la que hacía pensar a Draco en la chica de antes y en el dolor de su mirada al ver como la echaban "educadamente" del compartimento. En parte por el simple dolor reflejado de unos ojos café. Y en parte porque no era un dolor desconocido para ella, se notaba, Draco lo intuía. Aquella chica sufría esa clase de aislamiento demasiado a menudo.

Las conversaciones con su madre empezaban a resonar en su mente, un recuerdo muy vivido que se hacia más palpable a más pensaba en la chica y en el dolor de su mirada.

—Draco, vamos a jugar a un juego. —Narcissa, sentada en una mecedora en la terraza que daba acceso al jardín trasero de la mansión, miraba a su hijo acercarse con la ropa sucia y la cara llena de restos de tierra. Su marido había salido y Draco aprovechaba para jugar como un niño normal. Narcissa amaba ver a su hijo comportarse de esa forma, pero ahora tenía otras cosas en mente.

—Claro, madre. —Draco acercó una silla y se sentó recto y con las manos en el regazo mirando fijamente a su madre que le sonrió divertida y le hizo un mohín con la cabeza. Draco lo entendió y apartando la silla se sentó en el suelo en una postura que solo un niño encontraría comoda.

—Imagina que conoces a un chico que comparte tus mismos gustos y es muy agradable. ¿Hablarías con él? —preguntó Narcissa tejiendo un hilo para que su hijo atravesase la prueba que tenía por delante.

—Por supuesto. —aseveró Draco asintiendo con la cabeza y limpiandose la mejilla con la manga, provocando que se ensuaciara más y que Narcissa sonriera dulcemente antes de limpiar la mejilla de su hijo con el dedo.

—¿Y si hablando con él descubres que tenéis muchas cosas en común y disfrutas de su compañia? —inquirió Narcissa sin perder detalle al rostro de su hijo. Draco podía ser frío y su padre le había enseñado a ocultar la verdad pero a su madre no le costaba nada leerle como si fuera un libro.

—Lo convertiría en mi amigo, pocas personas hay que tengan mis gustos o que no me parezcan aburridas. —Narcissa detectó la amargura de su hijo. Los amigos que tenía, si es que se les podía llamar así, no eran sino los hijos de los amigos de su padre, o de sus contactos comerciales, lo mismo daba. Draco no tenía ni un solo amigo sincero, todos tenían la mascara de la falsa cordialidad. Narcissa sintió pena por todos esos niños pero en especial por el suyo.

—¿Y sí tras convertirse en tu amigo descubres que sus padres no son magos? —la pregunta tomó por sorpresa a Draco que se vio de pronto acorralado y sin una respuesta facil. En seguida sereno su rostro pero era tarde para ocultarle el titubeó a Narcissa.

—Dejaría de ser mi amigo, evidentemente. —respondió rapidamente y de forma mecanica y carente de sentimientos, aunque se detectaba cierta tensión y miedo.

—¿Por qué? —Narcissa ya tenía a su hijo en el laberinto y ahora tenía que sacarlo sano y salvo.

—Es un Sangre Sucia. —Narcissa esperaba esa contestación y la forma de contestar. Fríaldad que fingía obviedad.

—¿Y al serlo deja de compartir tus gustos y deja de divertirte su compañia y de disfrutar con él? —Draco trataba de seguir imperturbable pero aquellas preguntas le hacían dudar y no sabía que se proponía su madre. No podía responder porque no sabía que responder, estaba empezando a marearse sin saber muy bien porque. —Piensa en esto, siempre fue un sangre sucia. Disfrutaste de su compañia sin saberlo. ¿Por qué al conocer su origen se convierte en un paria para ti?

—No... No lo sé, madre. —Draco bajo la mirada esperando un castigo. No pudo ver la sonrisa de Narcissa.

—Te pondré otro ejemplo. Ves a una chica por la calle. No te hace nada. Es muy guapa y pasa a tu lado con prisas. ¿La odias? —Narcissa veía claramente a su primogenito tambaleandose en la torre de Babel que le había construido Lucius con mentiras y coacción.

—¿Por qué odiaría a alguien que ni siquiera conozco? —preguntó a su vez Draco levantando la mirada.

—Por ser una sangre sucia. —respondió Narcissa inclinandose sobre su hijo.

—Pero yo no sabía que era una sangre sucia. —esptó rapidamente Draco indignado, pero pronto se detuvo a pensar en lo que acababa de decir.

—Esa es la clave de esto, hijo.

—¿Qué quieres decir, madre? —inquirió Draco con urgencia.

—Quiero decir lo siguiente: ¿Por qué odiarías a una persona que no te ha hecho nada y a la cual no conoces de absolutamente nada?

—No la odiaría. No tengo motivo alguno para hacerlo, si ni siquiera conozco a la persona ¿para que voy a odiarla, o como voy a hacerlo?

—Exacto. ¿Alguna vez un sangre sucia te ha hecho algo malo? —Narcissa empezaba a tirar con fuerza del hilo. Su hijo cada vez estaba más cerca de la salida.

—No, nunca. —reconoció con una expresión turbada.

—Entonces, ¿Por qué no querías seguir siendo amigo del chico que hemos imaginado? —aquí venía la pregunta clave. Y la respuesta que esperaba Narcissa.

—Porque lo dice padre. Y el Señor Tenebroso. Y la tía Bella.

—¿Vas a dejar que otras personas te digan con quien estar? Eso no es digno de un Black, hijo mio.

—Tú lo hiciste. —señaló Draco. Narcissa esperaba que su hijo se diera cuenta solo de ese detalle y sonrió con orgullo.

—Muy cierto, y tuve suerte, muchisima suerte, porque amo al hijo que me dio el destino al seguir la orden de mi padre. Pero no dejes que nadie juzgue por ti. —Narcissa cogió por los hombros a su hijo y se acercó hasta casi rozar sus frentes. —Tú debes ser quien elija a tus amigos y enemigos. Y sobre todo debes seguir tu propia brujula moral, no la de otros. Ellos pueden ordenar, pero tú debes elegir. Nadie más que tú debe guiarte. —Draco había salido del laberinto, Narcissa lo veía en la mirada cansada y abrumada de su pequeño.

Draco aprendió muy rapido a guardar las formas, a esconder en lo más hondo de su mente sus verdaderas opiniones, las cuales aun se estaban formando lejos de manos ajenas. Su madre se estaba encargando de ello. Ni siquiera ella tomaría partido en la toma de decisiones morales de su hijo, su aprendizaje será exclusivamente suyo.

Había descubierto por si mismo la naturaleza volatil del mortifago, no hizo falta que su madre le guiara, ella ni siquiera quiso hacerlo, era neutral para que su hijo usara la razón. Nada le aseguraba que una vez exterminados o subyugados los muggles y sangre sucias, los mortifagos no se enfocarían en otras posibles víctimas o enemigos según ellos.

Draco conocía demasiado a su tía como para saber que aun ganando y teniendo Gran Bretaña a sus pies no cesaría ni por un segundo en su afición por infligir dolor, lo mereciera o no el torturado. Una vez los muggles hubieran sido condenados buscarían un nuevo enemigo y no tardarían en encontrar a alguien. No pararían y Draco era consciente gracias a su madre y a su tía. Aunque esta última le hubiera dado pruebas de forma involuntaria.

Aun con todo, mantenía las formas y actuaba como se esperaba que actuase. Frío, distante y hostil con los que no fueran Sangre Pura. En eso su madre había sido tajante. Su vida peligraría de mostrarse tal como era en realidad. Debía sobrevivir y en esos momentos servir a los mortifagos le mantendría a salvo. Pero servir al Señor Tenebroso no hacía menos pesado la culpabilidad de ciertos actos, pero viviría con ellos. Era un Black y los Black sobrevivían a todo y a todos. Y un Malfoy y como tal viviría siendo mejor que los demás.


A pesar de estar en los últimos coletazos del verano, Elizabeth tenía frío. Un viento helado bajaba como un alud de las montañas que se alzaban tras el castillo. Dumstrang, un colegio gelido y duro, construido en el mismo centro de Europa. Rodeado de montañas, rios peligrosos y escarpados valles que hacían peligroso aventurarse en la zona. Un lugar perfecto para la institución que se jactaba de convertir a los niños mal criados en obedientes mortifagos.

Mala publicidad en Inglaterra, pero el resto del continente no tenía tan claras las ideas. Los Ministerios Alemán y Ruso tenían un trato demasiado favorable con los Mortifagos. Polonia por su parte iba a más en sus relaciones y tenían a un Lestrange como enlace británico. Confiando más en su palabra que en la del Ministro Inglés. De puertas para dentro la guerra contra los Mortifagos se ganaba con aurores. De puertas para fuera las ganaban los diplómaticos y Barty Crouch no tenía fama de diplómatico y eso le estaba costando muy caro.

La opinión pública general de Europa era clara, consideraban a los Mortifagos como un grupo político boicoteado por un gobierno arribista y despotico. Elizabeth sentía una mal sana envidia hacia su padre por aquel brillante plan. Deseaba que se le hubiera ocurrido a ella, pero ya tendría tiempo para manejar las operaciones tal y como Bellatrix le había prometido en más de una ocasión. Y aun faltando años para que ese momento llegará no dudo en establecer una estrategia sutil pero directa contra los paises europeos contrarios al futuro regimen. Empezaría con Francia, nunca tuvieron demasiada fortaleza, más dificil sería cambiar las ideas al Ministerio Hispanii, estaban demasiado arraigados en la cultura muggle.

Elizabeth tenía muy claro que camino a seguir para fortalecer el poder de Voldemort, pero se veía recluida a Dumstrang hasta que cumpliera diecisiete años. Su padre había sido tajante, se acarició el cuello donde llevaba grabado a fuego y tinta la restricciones que la impedían participar en la guerra hasta terminar su instrucción. Odiaba las runas pero tenía que reconocer que su padre había tenido una gran idea para atarla en corto. De no haberlo hecho habría encontrado ya a Eirian y habría clavado su cabeza en una pica.

Aun le dolían las quemaduras del hombro y la cicatriz le había dejado la piel de un gris palido y apergaminado como si fueran cenizas. Elizabeth siguió acariciando las runas de su cuello, no quería tocarse la cicatriz y frotar el tatuaje la relajaba de cierto modo. Se sentó en un tocón marchito sin dejar de mirar al castillo, el camino que serpenteaba entre las lomas se le antojaba aburrido, había usado un traslador hasta el bosque, la protección mágica del castillo anulaba cualquier tipo de transporte. Incluso las escobas dejaban de funcionar pasados los cien metros.

Estaba convencida de que ella sola con la biblioteca de la Mansión Black podría aprender más en dos meses que acatando las ordenes de mortifagos de segunda durante otros cinco años, pero su padre insistía. No quería tenerla cerca, sabía decisión. Elizabeth comprendía a la perfección las motivaciones de su padre, no podía tenerla en Londres donde era vulnerable a filtraciones. Después de Snape había sido mucho más cauteloso.

Un crujido tras ella la alertó. Una rama rompiendose, su cuerpo lanzandose hacia delante al tiempo que gira sobre si mismo. La varita deslizandose por sus dedos antes de atraparla con fuerza y apuntar. Sus labios abriendose, las runas brillar ante la amenaza y permitiendole el uso de la voz. Un rayo rojo oscuro surgió de la punta de la varita y chocó contra un escudo plateado que lo hizo rebotar contra ella. Elizabeth notó el tirón en el vientre antes de verse atrapada por su propio hechizo y colgada a seis metros de altura de un viejo pino.

Se concentró y el hechizó se disolvió haciendola caer contra el suelo. Saboreó el metalico regusto de su propia sangre mezclado con la tierra. Se tocó la cara y notó el labio roto. Bufó exasperada y de un salto se puso en pie dispuesta a asesinar de la forma más cruel, sádica y lenta que se le ocurriera, o mejor aun se lo preguntaría a su madre. Bellatrix siempre tenía buenas ideas. Sus ojos brillaron con colera pero su cerebro ya había trazado cinco maneras de vencer ese escudo, las cinco mortales, solo variaba el dolor que sentiría su molesto intruso.

—Tienes que mejorar mucho. —Elizabeth pusó los ojos en blanco y se guardó la varita al ver de quien se trataba.

—Padre, no esperaba su visita. —saludó de forma educada y cortés. Voldemort avanzó hacia ella meciendo su varita como si estuviera conduciendo una orquesta.

Elizabeth notó un regustó agridulce en la lengua y calor en el labio. Su pelo llenó de ramas y tierra se recogió en una práctica coleta y su ropa se libró del polvo y el resto de suciedad que había acumulado tras su caida del árbol. Su padre. como era habitual, la hacia quedar en ridiculo aun estando solos y luego la adecentaba para que a ojos ajenos no hubiera pasado nada.

—Y por eso has perdido el duelo antes de iniciarlo. —sentenció Voldemort saliendo del bosque y andando por el sendero rumbo al castillo.

—Solo porque es usted, padre. —se defendió Elizabeth sabiendo que tenía razón y que no estaba preparada para aquello.

—Adulando no venceras a tus rivales. Debes atacar deprisa y antes de que se den cuenta. Si no los encuentras o son superiores a ti, algún enemigo te superara tenlo por seguro o moriras antes de servirme de algo, ataca sus bienes más preciados. —explicó Voldemort sin apartar la vista del camino. Sus ojos rojos con dos rendijas negras a modo de pupila escudriñaban el paisaje de forma constante.

—Su familia. Si mato a su familia, de forma violenta y dolorosa a ser posible, se volvera predecible. La venganza es un formidable aliado para los asesinos, hacen a sus contrincantes demasiado emocionales. —razonó Elizabeth notando que su padre no vigilaba los alrededores por inercia como hacia siempre. Buscaba algo.

—Es un arma de doble filo, ten cuidado cuando la utilices. Debes dañar su bien más preciado y dejarlo irreconocible pero es conveniente no matarlo. —notó la mirada desconcertada de su hija sin tener que darse la vuelta para mirarla. —Si le arrebatas su razón de vivir, luchará sin importarle las consecuencias. Debes hundirlo en el fango pero siempre dejandole ver un halo de esperanza. La venganza pura no es conveniente. Cometera errores, todo mago los comete pero sera muy peligroso porque no tendrá nada que perder.

—Si lisió a la familia de gravedad le volveré predecible pero no suicida. —Voldemort la miró de reojo y asintió complacido.

—Esa era la lección de hoy. La de mañana y próximos meses es esto. —Voldemort sacó un grueso volumen polvoriento y ajado de entre los plieges de la túnica. —Quiero que memorices a la perfección esta obra y que la transcribas a la perfección.

Elizabeth tomó el libro entre sus manos sorprendiendose que fuera aun más pesado de lo que parecía. Apenas se discernía nada en su curtida portada, pero por el material, piel de dragón, sin duda era antiguo y muy caro. Acarició el aspero tacto de la portada y trato de descifrar el significado de aquellos garabatos medio borrados por el tiempo.

Estaba en otra lengua, no le cabia la menor duda pero le costaba averiguar cual. Nada moderno, ni de origen greco latino. Tampoco era indoeuropeo, no tenía bases silabicas comunes, ni pictogramas. Era imposible. Un destello alertó la mente de Elizabeth, un viejo recuerdo medio olvidado. Miró a su padre interrogandole con sus ojos glaciales. Este simplemente sonrió de una forma perturbadora al carecer de labios.

—El idioma de los profundos llevaba perdido miles de años. —afirmó Elizabeth dandose cuenta del valor que acababa de adquirir para ella aquel viejo volumen.

—Precisamente por eso Herpo, el Loco decidió escribir su vida y obras en esa lengua. Sabía muy bien que sus trabajos atraían la atención de deseosos estudiantes de nigromante. No quería que gente sin talento mancillase su trabajo y lo oculto a simple vista. Este manuscrito permaneció en su ciudad durante siglos hasta que los muggles y sus guerras arrasaron el lugar. Por suerte rescataron este libro y lo guardaron en una de las multiples camaras de Gringotts. Una a la que yo tengo acceso. —explicó Voldemort acariciando el lomo del libro como si fuera una mascota, su tacto le recordó a Nagini.

—Según los libros que me diste el idioma de los profundos no desapareció sino que fue olvidado porque solo unos pocos podían entenderlo y hablarlo con fluidez. Tal vez estas letras sean la forma escrita del parsel. —Elizabeth miró con nuevos ojos el ajado manuscrito.

—Buen razonamiento. Espero que lo pongas en práctica cuanto antes. Los secretos que guarda serán de mucha utilidad en el futuro. —Voldemort se detuvo a las puertas de Dumstrang. La gran escalinata de piedra, empinada y resbaladiza, les invitaba a asumir el reto de estudiar en aquel colegio. Instalada durante la construcción se cobró la vida de más de un obrero muggle, contratiempos sin importancia. Los alumnos por supuesto la podían subir perfectamente, aquella escalera interactuaba de formas caoticas dependiendo de la personas.

Elizabeth aun recordaba como se agrietaron los escalones a medida que subía. A partir de ese momento solo podía subir por ese mismo trecho para no destruir la escalinata entera. Algunos alumnos no tenían esa suerte y terminaban con las piernas congeladas y ancladas a la piedra, otros salían volando y si tenían reflejos solo se partirían las piernas. Dumstrang no era un colegio facil y no lo pretendía. Educaba para dar lo mejor, magos capaces de controlar un poder que los hacia equivalentes a un ejercito entero. Si el precio a pagar era la inocencia y parte de la salud, para los padres de los alumnos era un buen precio.

—¿Madre ha cumplido su encargo? —preguntó Elizabeth subiendo por la escalinata, sin fijarse en el vapor negro que surgía de la túnica de su padre. Voldemort levitó por encima de la escalera evitando el juicio de esta.

—Tu red de espias te sirve bien. Tendré que diezmarla para que no husmees donde no debes. —Voldemort llegó a la entrada y el portón de madera maciza se abrió solo con un quejido lastimero producto del frío y seco ambiente.

—Siempre se pueden conseguir más espias. Son unos oportunistas fáciles de encontrar. —Elizabeth entró en el colegio siguiendo a su padre. Los altos muros se perdían en la penumbra. No había una sola luz en toda la camara principal. Solo un rayo de sol, que penetraba por una vieja vidriera encima de la puerta, iluminaba aquel inmenso habitaculo que servía como pasillo para llegar a todas las clases y dormitorios. Atravesaba todo el castillo y se ramificaba como si fuera un río.

—Este año no tendrás acceso a los fondos de Bellatrix. Tendrás mucho trabajo traduciendo el texto, no quiero interferencias de ningún tipo. Ya sabes que paso la última vez que tu madre me falló. Y ella no es tan descortes y afilada como tú. —La voz de Voldemort, carente de emoción, resultaba amenazadora y pavorosa. Elizabeth asintió pero no hizo ningún gesto que delatará algún miedo. Recordaba perfectamente como el día que se quemó su madre fue encerrada con Greyback durante tres días sin varita. Nunca pensó que Eirian fuera tan importante, aunque probablemente eran los castigos habituales, había pasado demasiado tiempo en el mundo Muggles y había olvidado el trató que daba su padre a sus siervos.

—Necesitare ciertos textos antiguos para ayudarme en la traducción. —el tono uniforme era el que usaba siempre que sentía estar rebasando ciertos límites en su padre que no convenía pasar.

—Todo lo necesarió ha sido trasladado a tu cuarto privado en la torre central. En caso de necesitar algún libro más, Karkarov se encargará de encontrarlo. Me ocupare de eso mismo ahora, despues de aclararle algunas cosas a ese cobarde. Manten un ojo abierto, aun tiene un proposito en los años benideros, pero si intenta traicionarnos no dudes en matarlo. —ordenó Voldemort alejandose de su hija. Elizabeth ni se dignó a mirarle, como era costumbre en ellos tras lo que debían decirse se marchaban.

Elizabeth se detuvó y abrió la primera pagina con curiosidad, había algo en el titulo que tenía que comprobar. La portada interior mostraba caracteres más fluidos y delicados, un alfabeto basado en las curvas pero al mismo tiempo con ancestros comunes con las runas babilónicas. Reconocía ciertas similitudes con otras lenguas muertas pero había algo distinto que las hacía aun más extrañas de lo que ya eran. Cerró los ojos nublando su mente para evitar cualquier tipo de pensamiento. Era una tecnica que había aprendido por si misma para resolver problemas complejos. Una mente limpia tenía ideas limpias. No había nada que interfiriera en el problema para trastocar la solución.

Sus pestañas dejarón paso a unos iris azules y dos pupilas negras como la noche. Sonrió con admiración, Herpo el Loco no estaba tan loco como parecía. Era un idioma antiguo, dificil de traducir pero estaba escrito fonéticamente. Y ella conocía suficiente para poder leerlo aun sin saber que decía, lo tenía en su sangre, la capacidad de hablar dicha lengua. Estaba convencida de ello. Se humedeció los labios y entonó. Silbidos sisientes sacudieron el aire sin sentido alguno para Elizabeth pero con la determinación a leer todo el titulo.

Entonces escuchó su propia voz pero esta vez se oían palabras, palabras perfectamente entendibles. El eco de la sala le devolvía amplificado su propía voz pero con el retraso suficiente para poder entender el Parsel.

"Enhorabuena. Aun te quedan dos mil quinientas setenta y cinco páginas."

—Menuda forma de animar tienes, Herpo. —masculló divertida Elizabeth. Le gustaban los retos.

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La puerta del despacho se abrió deprisa y con violencia. Carlos lanzó el cigarrillo por la ventana y tosió todo el humo antes de darse la vuelta con la cara sudorosa. Inés le miraba con el ceño fruncido mientras la puerta se cerraba con un estruendoso golpe acción de un hechizo poco controlado por una enfadada Inés Cuervo.

—Creó recordar que te advertí hace años lo que pasaría si te pillaba fumando de nuevo. —exclamó furiosa punzandole con el dedo indice en el pecho. A pesar de ser más bajita siempre conseguía acobardar a Carlos.

—No sé de que hablas. —dijo Carlos mirando para otro lado y alejandose de su compañera. Inés entrecerró los ojos y le dió un latigazo con la varita.

—Cuando quieras mentirme asegurate que no te haya visto antes. —espetó Inés tirandole de la oreja y llevandole hasta la ventana de nuevo donde le señalaba la calle y la boca del metro de donde salían como hormigas cientos de trabajadores.

—No podías ser como todo el mundo y aparecerte en el portal. —masculló derrotado Carlos, aun así se le formó una sonrisa en el rostro.

—Es increible que con el buen ojo que tienes para los crimenes no seas capaz de fumar sin que te pille. —Inés extendió la mano con impaciencia. Carlos no discutió, se vació los bolsillos y le dio dos paquetes de tabajo y cinco cigarrillos liados a mano junto a una bolsa con tabaco y papel de fumar. —La última vez que te quito esto, la próxima te metere el mechero por la nariz y te convertire en una calabaza de Halloween.

—Siempre tan cariñosa. ¿Has descubierto algo en el deposito de cadaveres?

—Nada. Lo han limpiado por completo. Es un trabajo profesional, dudo que hayan sido magos, demasiado concienzudo y se olía perfectamente la lejía. —respondió Inés haciendo desaparecer el tabaco y sentandose en su escritorio. Sacó una libreta del bolsillo interior de la chaqueta y la examinó por si había olvidado algo.

—Este maldito caso se esta convirtiendo en un Piedra Lunar. —masculló Carlos mirando al techo con frustración. —¿Y tú contacto en el ministerio Inglés?

—Lleva mudo mucho tiempo, empiezo a preocuparme. Lleva sin mandarme una lechuza desde que le enviamos a aquel mortifago que atrapamos cerca del retiro. —Inés dio la vuelta a su escritorio y empezó a revolver en los cajones. —Voy a enviarle una carta ahora mismo, al menos que nos confirmen que ocurre.

—¿Crees que habrán tomado el control del país? —preguntó preocupado.

—No lo creo. Las noticias que nos llegan es de que siguen atrapandolos poco a poco. Si hubieran alcanzado el poder habría habido cambios en el gobierno. El resto de naciones lo habría notado. Al menos espero que fuera así si ocurriera. —Inés tenía demasiadas cosas en la cabeza como para empezar a llenarla de las consecuencias de una hipotetica victoria mortifaga en Inglaterra.

—Empiezo a pensar que la Piedra Lunar acabó en manos de mortifagos. —confesó Carlos sacando un gran fajo de papeles del primer cajón del escritorio.

—Ya sopesamos esa opción y la descartamos al no haber pruebas de que la tuvieran.

—Conoces tan bien como yo el potencial mágico de esa piedra. Sería como darle armamento nuclear portatil a un mago. ¿Crees que lo utilizarían nada más obtenerla? Sé que yo fui quien desestimo ese camino pensando que esos maniacos empezarían a bombardear Londres nada más obtenerla pero esta claro que no esta en España ni en Portugal, un objeto como ese da señales muy fuertes como para que los aurores no lo interceptaran. Pero en Inglaterra se puede ocultar más facilmente, esos estirados viven en un territorio plagado de puntos mágicos. Uno más no se notaría.

—¿Quieres reabrir el caso y que contacte con el jefe de aurores inglés? —Inés conocía a Carlos lo suficiente para saber que no estaba elucubrando, llevaba meses dandole vueltas a aquella idea. —Imagino que el caso de la Piedra estará conectado con el que llevamos ahora o no sacarías el tema.

—Esto llegó esta mañana por fax de un amigo que tengo en la Guardia Civil. —Carlos le entregó una hoja de papel amarillenta.

—Nuestra víctima es uno de los socios conocidos del ladrón del museo. —murmuró Inés leyendo por encima el documento.

—Por detrás estan los datos de la autopsia. Te lo resumo. Llevaba años en un estado deplorable. No me cabe duda que tras ver lo que le hicieron a su compañero huyó y ha estado huyendo hasta ahora. Le han encontrado y le han asesinado cortando el último cabo suelto que había.

—Salvo nosotros. —susurró Inés mirandole a los ojos por encima del papel.

—Exacto. —dijo Bellatrix desde la puerta del despacho. Apoyada en el umbral con la varita golpeandole el brazo de forma ritmica. —Tenéis una ciudad horrible, he tardado días en dar con este cuchitril. Debería ir al ministerio y matar a unos pocos para que cambien los edificios de sitio. Parece un laberinto.

—Inés, corre. —susurró Carlos poniendose tras ella con la varita en la mano y pulsando el botón de emergencias.

—No pienso hacerlo. Seguro que te pondrías a fumar nada más marcharme. —bromeó Inés apartandole a un lado y apuntando con la varita a Bellatrix.

—Precioso, me encargare de que os entierren juntos. —espetó aburrida, Bellatrix. Su brazó se disparó como si fuera un latigo y su varita lanzó un hechizo turquesa que impactó contra el suelo. Una onda de energia surgió del suelo y se extendió por toda la habitación destruyendolo todo a su paso. Muebles, documentos, ropa, fotografias, todo quedo convertido en polvo negro que se mantuvo flotando en el aire.

—Tenemos que salir de aquí. —exclamó Carlos al ver su única salida bloqueada por Bellatrix y por el hechizo.

—¿Y qué tendría de divertido huir de mi? —preguntó Bellatrix con mofa aputnandoles al pecho. — ¡Crucio!

Carlos cayó al suelo presa del dolor. Se agarraba la cara con fuerza. Sentía la piel cicatrizal derritiendose entre sus dedos, los musculos tensarse tanto que se partían como gomas demasiado estiradas. Su craneo hacerse cada vez más pequeño comprimiendole el cerebro hasta tal punto que era incapaz de pensar nada racional. Solo veía puntos brillantes en el interior de sus parpados mientras latigazos de horror pasaban zumbando por su mente y su cuerpo como sacudidas electricas.

En un espasmo su mano se extendió golpeando el aire con tan mala suerte que atravesó el hechizo. Un nuevo dolor le hizo gritar antes de perder la consciencia de todo. Escuchaba muy lejana la voz de Inés ordenandole levantarse, aun más lejos la risa perversa de la asesina. Su mano, aunque él no pudiera verlo, se había convertido en una costra ennegrecida, se podían ver los tendondes tirar de los dedos para ejecutar movimientos demasiado complejos para lo que le quedaba de mano. Inés no perdió el tiempo mirando como su compañero quedaba reducido a nada a causa de aquel hechizo que tan malos recuerdos le traían.

Por un segundo, Inés volvió a Hogwarts cuando escuchó aquel asqueroso maleficio. Un segundo fue suficiente para que Carlos sintiera una tortura eterna. Inés se maldijo por ser tan lenta de reflejos. Alejó los recuerdos y lanzó una ristra de hechizos sin pensar. Una docena de pequeñas explosiones hicieron que Bellatrix tuviera que huir al pasillo. Había ganado unos segundos valisos que le permitirían salir de allí y si tenían suerte sobrevivir para luchar otro día.

El hechizó turquesa apenas le dio margen para arrastrar a Carlos hasta donde quería sin que cayesen en él. Cada vez estaba más cerca. El suelo de madera crujía bajo su peso la verse abrasado de formas inimaginables. Inés colocó a Carlos en la ventana y miró hacia abajo. Maldijo su mala suerte pero no tenía tiempo. Vio por el rabillo del ojo a Bellatrix aparecer por la puerta con la mirada encolerizada. Inés lanzó una nueva andanada de hechizos y con todas las fuerzas que fue capaz de reunir levantó a Carlos del suelo y se lanzó por la ventana.

Caía a plomo hasta la calle, veía el marco de madera desprenderse de la pared y el vidrio convertirse en una telaraña antes de estallar hacia fuera. El campo turquesa se desvaneció al llegar a la ventana. Ese peligro había pasado pero ahora quedaba otro. Escuchó un fuerte estrepitó y los gritos de la gente cuando Carlos chocó contra el suelo. Cerró los ojos esperando que el golpe no la dejara fuera de combate. Su espalda se dobló contra algo demasiado blando para ser asfalto y demasiado duro para que no sintiera que se iba a partir por la mitad.

Miró por encima del hombro y vio a Carlos tosiendo y alzando la varita con su mano desollada.

—Bombarda. —alcanzó a pronunciar con la voz quebrada por el dolor. Inés vio a Bellatrix correr de nuevo al interior del despacho antes de que este estallara con el hechizo de Carlos.

—¡MI COCHE! —exclamó una voz chillona al lado de Inés y Carlos. Ambos miraron en dirección a la voz y vieron a un anciano con el pelo ralo y un bigote blanco en el borde del labio. Estaba saltando y agitando su boina y de vez en cuando metiendosela en la boca para morderla con fuerza.

—Menos mal que es un Seat Toledo. Llega a ser un seiscientos y no lo contamos. —bromeó Carlos tosiendo sangre. —Creo que necesito un medico, o un mecanico para que me arranque los cristales de la espalda.

—No tardarán en llegar los del ministerio. —dijo Inés agotada. Ambos ignoraban por completo al anciano que les había salvado al poner el coche justo debajo de la ventana.

—Entonces descansare un poco.

—Idem.