Feliz Navidad adelantada! La idea es terminar esta novela antes de fin de año. Veremos. Por lo pronto, sigan leyendo…

Capítulo 25 – Inminente precipitación

Hoy exactamente cumplía mi primer año como vampiro. Alice, por supuesto, había organizado una gran fiesta en mi honor. A Alice le gustaba organizar fiestas. Era algo que había aprendido durante este año. Le gustaba mucho. De hecho, cualquier motivo era bueno para celebrar. En esta ocasión, sin embargo, la lista de invitados era más reducida. No todos estarían apremiantes por asistir a una casa llena de vampiros. Por lo que simplemente éramos los Cullen, la manada de Sam, Jacob con su novia y Bean.

Había sido muy difícil contarle a mi amigo mi nueva condición, pero sentía que debía hacerlo. De alguna forma se lo debía. Afortunadamente, Jacob estuvo junto a mí. Lo cual fue muy bueno, porque de esa forma Bean no se tenía que preocupar por una amiga vampiro, sino también por un amigo hombre lobo. Era descentralizar un poco la atención, lo cual estaba bien. Aunque, debo admitir que lo persuadí un poco. Pero apenas para que no se aterrorizara. Después, todo fue como la seda, como antaño. Lo cual dio un poco de normalidad a mi vida.

Habían pasado muchas lunas hasta que fui capaz de controlar el poder que se escondía bajo mi piel. Había sido difícil, extremadamente difícil, puesto que era como tratar de evitar que el sol diese en la cara. El sol iba a dar en mí de cualquier forma, y yo no podía evitarlo. Pero pude, luego de varios y numerosos intentos. Requería una fuerte concentración y una fuerza de voluntad asombrosa, y normalmente al final del día terminaba agotada; pero comprendía que debía hacerlo para no hacerles daño a los demás. Aunque, debo admitir, que lo utilizaba con inocencia en ciertos casos. Como para tratar de persuadir a Alice que no hiciese esta fiesta, pero claro, siendo Alice, aquello fue imposible.

-Bella, es hora de los regalos – comentó sonriente y ansiosa.

-No es necesario, he visto cuáles son los regalos – dije con cansino. ¿Acaso no lo mencioné? No me gustan las fiestas de Alice. Si tenía que vivir la eternidad de esta manera, probablemente terminase suicidándome. Aunque, con mis poderes, no debería ser demasiado complicado.

-Se suponía que no ibas a hacer trampa – reprochó la pelinegra, frunciendo el ceño y fingiendo estar enojada. La conocía lo suficiente para descubrir su artimaña.

-Y juro que no quise, pero me cuesta mucho mantener la concentración cuando estoy en la cama con Edward – confesé sonrojada. Sí, esa había sido otra de las extrañas características de mi transformación. Me sonrojaba, como si la sangre aún fluyese bajo mi piel. Carlisle se exprimía el cerebro intentando descifrar cómo era posible aquello. A mí, personalmente, no me molestaba demasiado. Es más, sentía que el sonrojo era parte de mí, sería extraño no tenerlo conmigo. Emmet, por supuesto, se aprovechaba para sacarlo a flote constantemente. Emmet siempre sería Emmet.

-¿Me estás diciendo que mientras Edward te hace el amor piensa en lo que te vamos a regalar para tu cumpleaños? – agregó con comicidad y una sonrisa de oreja a oreja.

-Es Edward – traté de justificarlo, encogiéndome de hombros. Bueno. Lo admitía. Tal vez había hecho un poco de trampa, ¿pero de qué valía tener semejante poder y no usarlo?

Para cuando el final de la fiesta se acercaba, me disculpé con los demás y me escapé al jardín, para tomar algo de aire. Estar sola siempre era relajante, sobre todo porque podía bajar mis barreras y ser simplemente yo misma. Justamente por eso, pude escuchar que los pensamientos de Edward se acercaban. Lo bloqueé de inmediato. Sabía que le molestaba.

-¿Qué pasa? – preguntó a sabiendas que algo andaba mal conmigo. Me conocía demasiado bien. Lo miré a los ojos, aquellos ojos que tanto amaba, y respondí:

-Algo va mal.

-¿Qué pasó? – de inmediato se puso en alerta.

-No sé, pero algo va a pasar. No soy Alice y nunca intenté realmente serlo, pero tengo un mal presentimiento. Como si todo esto fuese a acabar de un momento a otro, como si tuviésemos que irnos – dije con pesadez. Aquella sensación me había abordado con el alba, y ahora, después que el sol se había ocultado, no se había ido. Sentía que todo se iría de cause en cualquier momento y la sensación era arrebatadora.

- Sabes que dentro de poco tendremos que irnos – comentó con pausa – Carlisle ya no puede aparentar demasiado tiempo los cuarenta.

-Sí, pero no es eso – añadí con incertidumbre.

-Entonces, lo que sea que venga, lo enfrentaremos juntos. Te amo, Bella, y por más que caigan meteoritos sobre nuestras cabezas, te seguiré amando. Hoy y siempre. Y lo que venga, sea lo que sea que este presentimiento tuyo, lo enfrentaremos con amor. Juntos.

Aquella noche, con Edward hicimos el amor como si fuese la primera vez. Con parsimonia, sin prisas ni pausas, entregándonos uno al otro con total convicción. Lo amaba. Y sabía que él me amaba a mí. Aún así, cuando me levanté a la mañana siguiente, aquella sensación extraña seguía residiendo en mi pecho y parecía no querer irse. Comenzaba a preocuparme, pero no quería alterar a los otros. Tal vez fuese algo sin sentido, me dije. Edward, por supuesto, con solo mirarme, entendió lo que sucedía.

-Hoy serás toda mía – declaró con convicción. Y realmente aprecié el gesto. Hacía un tiempo que no teníamos un día únicamente de pareja, y de cierta forma lo necesitábamos. Tener un respiro de una casa llena era relajante.

-De acuerdo – accedí con facilidad.

-¿Ya capitulas? Me sorprende que no quieras ir al instituto, Sra. Sabelotodo – se burló con esa sonrisa que amaba tanto. Mi sonrisa.

-Ya tendremos tiempo, ¿cierto? – sonreí coqueta.

-Mucho – zanjo con un suave beso.

Hacía tiempo que no me divertía tanto. Habíamos ido al parque de diversiones, de compras, a comer, bueno yo había tomado jugo, y al cine. Afortunadamente, en Seattle era un día completamente nublado, por lo que Edward no tenía problemas con el sol. Yo, por otra parte, nunca había desarrollado aquel brillo cegador. Ventajas de ser de la nueva clase, pensé. Casi me había olvidado de aquella sensación, cuando de pronto se hizo insoportable y sentí que todo se precipitaría. Nos iban a atacar.

-Edward – susurré con apremio. Había estado entrenando. Jasper no me daba tregua, pero la idea de una verdadera lucha cuerpo a cuerpo a muerte me helaba la sangre. Me había paralizado de miedo. Y sabía que Edward también. Él también podía sentir que algo andaba mal. Y lo comprendí cuando se tensó. Mortalmente tenso. Y dirigí mi mirada hacia donde la tenía posada Edward. Y entonces lo vi. Del otro lado de la calle, un vampiro nos devolvía la mirada con fiereza a través de sus ojos rojos. Ojos rojos, pensé. Y entonces tuve la certeza de que realmente todo se precipitaría. Casi al instante pude sentir cómo el calor se extendía por mi cuerpo, mis dones habían tomado el control de mí y todo se iría por la borda en cuanto los dejase salir. Edward me cogió la mano. Y aquello fue suficiente para tranquilizarme. Aquel gesto fue sabio de su parte, me estaba haciendo saber que estaba allí conmigo pasara lo que pasara y que debía tranquilizarme. Él me conocía. Podía sentir vibrar el teléfono de Edward en su bolsillo. Supe, aún sin verlo, que sería Alice. Siempre era Alice. Pero lo cierto era que ella no podía prevernos de nada, porque ya estábamos hasta el cuello de problemas.

-Debemos irnos, Edward – le susurré mentalmente. Y era de lo más gratificante saber que se podía hacer semejante cosa cuando estábamos en este tipo de situaciones.

Con cuidado, retrocedimos hacia el auto. No era sabio correr con tantas personas inocentes a la vista. Había que proteger el secreto ante todo. Cuando mi mano se posó sobre la puerta para abrirla, pude sentir el pánico en la mente del otro. Y sabía que Edward también. Él me miró sorprendido. Y entonces lo comprendí. Me había visto el tatuaje. Maldita Alice y sus pantalones bajos, pensé.