Eridan Ampora y la desaparición
Tras aquella noche de intimidad entre los dos, Eridan pasó unos cuantos días sin saber nada de Vriska.
Al despertarse por la mañana se había quedado desconcertado al no encontrarla allí, y más desconcertado aun al saber que no se había dado cuenta de cuando ella se había marchado.
Cogió su móvil de la mesita de noche y comprobó el historial de llamadas por si le había dejado algún mensaje o algo así. Pero no encontró nada. Pensó entonces en llamarla él mismo, pero seguramente estaría en un punto en el que no querría hablar con nadie o en el que estaría demasiado ocupada, así que simplemente trató de dejarle su espacio y hacer las cosas por su cuenta para no agobiarla. Cuando ella quisiese verle, iría a buscarle directamente.
Se levantó de la cama con pesadez, notando un fuerte dolor de espalda por la mala posición en la que habían dormido. Aquella cama era para una persona, y desde luego meterse dos allí y pasar varias horas seguidas en una postura extraña no era lo más recomendable del mundo.
Se pasó una mano por el pelo, sentándose al borde de la cama y tratando de despejarse un poco antes de ponerse en marcha y empezar el día. Sin embargo sabía que la única cosa que iba a tener en la cabeza aquel día iba a ser Vriska.
Todavía tenía que asimilar bien todo lo que le había dicho y todo lo que había pasado. Le preocupaba el estado de ánimo de la chica, cómo estaría afrontándolo después de haberse caído emocionalmente la noche anterior. Esperaba, sobre todo, haber podido ayudarla de alguna forma y que al menos se hubiese calmado un poco. Suspiró. Ya lo averiguaría más tarde.
Trató de pasar el día con tranquilidad y sin pensar mucho en el tema, pero por más que lo intentaba todo volvía a su cabeza una y otra vez sin querer. No se imaginaba su barrio, ni el tipo de amigos que habría tenido, ni a su madre. Le costaba esfuerzo dibujar aquellos escenarios tan diferentes a lo que él había vivido en su cabeza, y no sabía si ponerse en lo peor que su mente podía pensar sería estar acertando. Tenía curiosidad por conocer todo aquello, aunque no de vivirlo. No tenía derecho a pedirle a Vriska que se lo enseñase, desde luego, pero aquel sentimiento de curiosidad no se le quitaba de la cabeza en ningún momento. Supuso que tal vez con el tiempo podía planteárselo a ella, a ver qué le parecía. Cuando tuviesen más confianza, cuando las cosas estuviesen más tranquilas.
El día terminó sin que hubiese recibido una sola noticia de su amiga, y se preguntó internamente si harían el entierro aquel día o a la mañana siguiente. No había tenido muertes cercanas nunca, así que no sabía realmente cómo funcionaba el tema de los tanatorios y similares; nunca había tenido que preocuparse por eso. Lo que sí que sabía era que no se trataba de un tema barato. ¿Tendría su familia algo para pagar todo aquello? ¿Estaría Vriska con el resto de sus familiares? De nuevo, la certeza de que no la conocía prácticamente de nada ni sabía nada de ella le asaltó. La duda de cuánto puedes conocer a alguien o no a pesar de haber pasado meses a su lado, de haber estado en su habitación cientos de veces, de haber compartido momentos íntimos e incluso de haber escuchado de su propia boca su pasado y problemas. A pesar de todo, ¿qué sabía de Vriska Serket?
La respuesta para él era más que obvia.
Se puso los pantalones que utilizaba para dormir y se tumbó en la cama. Olía a ella, como lo había hecho muchas otras veces. Pero aquella era distinta. No olía a su sudor, a su cuerpo, ni olía a sexo. Olía a aquella chica que solo necesitaba un hombro para llorar y que había pasado la noche abrazada a él.
Y con esos pensamientos en la cabeza, consiguió descansar por fin aquella noche, con los sueños poblados de personas sin rostro en un ambiente inhóspito y decrépito.
No tuvo señales de vida de su amiga tampoco al día siguiente. Tuvo que contenerse severamente para no ir a buscarla a su habitación o llamarla al móvil, repitiéndose una y otra vez que debía dejarla tranquila y que necesitaba su tiempo. Pero al tercer día no aguantó y marcó su número. Esperó los tonos con cierto nerviosismo, pero tras aguantar en tensión aquellos interminables segundos nadie respondió al otro lado y la llamada se cortó. Bueno, al menos ahora vería que la había estado buscando y presumiblemente (aunque él sabía en el fondo perfectamente que no iba a ser así) contactaría con él antes de acabar el día.
Desde luego, no lo hizo. Volvió a llamarla a mediodía, y otra vez por la tarde. Por la noche directamente le envió un mensaje preguntándole cómo estaba y dónde estaba. Tampoco obtuvo respuesta con aquel método, y por enésima vez desde que la conocía se preguntó para qué cojones tenía el móvil aquella chica si no contestaba nunca.
Al cuarto día de espera empezó a crecer en él una mezcla entre preocupación y molestia. Vriska se había ido sin dar explicaciones y de repente había desaparecido como solía hacer siempre. O tenía la habilidad de volatilizarse en el aire o no se explicaba cómo conseguía borrarse a si misma de la faz de la tierra tan a menudo. Salió de su habitación con paso decidido para intentar buscarla por el campus aunque sabía que sería inútil, pero quería encontrarla porque temía que se hubiese encerrado en si misma después de lo de su madre. Era normal pasar por algo así con un cambio tan repentino en su vida, y estaba seguro de que si Vriska estuviese pasando por un mal momento no volvería a ir hasta él para consolarse, si no que trataría de pasarlo sola. Y Eridan desde luego no iba a dejarle hacer tal cosa.
Tras una media hora dando vueltas por las zonas comunes, fue directamente a la residencia de chicas. Si no estaba allí, desde luego eso significaba que no estaba directamente en la universidad. Parecía ir con tanta prisa hacia el lugar, atravesando las zonas de descanso del recinto a paso ligero, que no se dio cuenta de que alguien estaba llamándole.
Era una voz que reconocía pero que en aquel momento no supo encajar, o no supo hacerlo al menos hasta que el chico se le plantó casi de frente y le miró con lo que Eridan interpretó como una sonrisa irónica bajo aquellas estrafalarias gafas bicolor. Deberían detenerle por el mal gusto a la hora de vestir y elegir complementos.
-ED, vaya, cuanto tiempo sin verte -ugh, había olvidado aquel ceceo tan ridículamente insoportable. No le sorprendió ver que al lado de Sollux estaba Feferi con una actitud algo reticente hacia él. No en el mal sentido, si no con una mirada de cierta culpabilidad-. Pensé que habrías mejorado en algo con los años pero veo que no.
Por primera vez, le dio exactamente igual tener a la persona que más odiaba del mundo junto a la persona que lo había significado todo para él meses atrás. Le dio igual que Fef le mirase con aquella expresión y tratase de evadir el contacto directo y ni siquiera le defendiese frente a su novio, le dio igual que Sol le hubiese llamado la atención solo para burlarse de él (cosa que hacía exclusivamente con Eridan, al parecer). Le dio igual porque estaba buscando a su amiga y no tenía tiempo que perder con gente que no le había dedicado el más mínimo tiempo de atención jamás aparte de burlas y el pagar alguna cena. No, no estaba dispuesto ni a retrasarse ni a malgastar saliva con ellos. Así que simplemente dijo lo que tenía que decir, lo que le salió puramente de dentro.
-Fef, me alegro de que con vuestra relación hayas salvado de la pobre desgracia a este retrasado. Solo espero que seas feliz con él mientras puedas -dio un paso hacia delante dispuesto a marcharse, pero ya que había empezado le entraron ganas de dejar un último punto claro-. Por cierto, Sol. Aradia, tu exnovia, es un encanto de persona que no te merecías, al igual que no te la mereces a ella -señaló a Feferi con un ligero movimiento de cabeza-. Aprovecha la poca suerte que tengas mientras te dure.
Y sin decir una sola palabra más, se fue de allí, centrándose en lo que de verdad tenía que centrarse.
Llegó hasta la residencia femenina en un par de minutos, pero tampoco tuvo suerte en su habitación porque nadie respondió cuando se pasó casi cinco minutos tocando intermitentemente la puerta. Así que volvió hacia su cuarto pensando en qué más podía hacer cuando escuchó el sonido de su teléfono. Lo sacó de su bolsillo y suspiró de alivio cuando vio el nombre de Vriska en la pantalla, descolgando sin perder ni un segundo.
-¿Vris?
-"¿Tienes algo en lo que apuntar?" -su voz sonaba tranquila y segura como lo había sido siempre, así que el chico se permitió quitarse un par de kilos de preocupación de encima.
-Eh, si, claro -rebuscó en su bolso en busca de algo que le sirviese mientras aguantaba el móvil entre la cabeza y el hombro.
-"Vale, nos vemos en la siguiente dirección en un par de horas" -acto seguido le dijo una calle y unos números que tuvo que apresurarse en apuntar en alguna parte (que resultó ser su brazo a falta de nada mejor) antes de que se le olvidasen. Sin darle oportunidad a responder, la chica colgó el teléfono.
Eridan abrió una aplicación en el móvil para buscar más o menos el lugar que le había indicado. Por un segundo reconoció algunas de las calles ligeramente cercanas del lugar, entre ellas la calle principal por la que habían tirado aquellos petardos tan gigantescos hacía meses juntos cuando les pilló la policía, solo que esta calle parecía mucho más pequeña y más metida en el interior de una zona que no conocía.
Aunque en cuanto vio el mapa supo exactamente dónde iban a verse.
