Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer pero la historia es completamente mía. Está PROHIBIDA su copia, ya sea parcial o total. Di NO al plagio. CONTIENE ESCENAS ALTAMENTE SEXUALES +18


Recomiendo: Halo – Depeche Mode

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Capítulo 24:

Veneno y sangre

"Llevas la culpa como grilletes en tus pies

Como una aureola al revés

Puedo sentir la incomodidad en tu asiento

Y en tu cabeza es peor

(…) Cuando nuestros mundos caigan separados

Cuando los muros se derrumben

Aun cuando lo merezcamos

Habrá valido la pena

Trae tus cadenas, tus labios de tragedia…

Y cáete a mis brazos"

No estaba muerta, la data de esa revista era de hace tan solo unos meses. ¿Por qué Edward había dicho eso con tanto énfasis? ¿Por qué dijo que estaba muerta si eso no era cierto?

Cuando vi a Aro y a los que debían ser los padres de Renata, apagué la televisión y desenchufé el aparato de VHS, angustiada y con un dolor creciendo en mi pecho. Me volví a sentar en la cama, congelada por la sorpresa.

¿Por qué me escocían tanto los ojos? ¿Por qué la angustia en mi pecho? No tenía sentido, eso había pasado hace mucho tiempo, era… exactamente eso, pasado. ¿Por qué demonios ya no estaban juntos? ¿Se habían divorciado? ¿Edward aún… seguía aferrado a ella? De entra todas mis preguntas, solo una me daba terror: él quizá aún la quería, su forma de reaccionar estaba cargada de emociones, no era tan simple. ¿Cuántos años habían pasado ya desde que…?

¡Basta! Debía dejar de pensar, cada vez que me aventuraba a preguntármelo, mi cuerpo temblaba de forma compulsa. El nudo en mi garganta se hizo tan grande que tuve que ir al baño a mojarme la cara.

—¿A eso te referías con tu miedo, Edward? —pregunté al espejo, mirando mi expresión llena de huecos y terror.

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Me quedé dormida sin ir a cenar con los Cullen y desperté de madrugada. Me levanté de inmediato, un poco confundida por el ardor en mis ojos y entonces recordé lo que vi en esa cinta de video.

Miré hacia el balcón, buscando luz en la habitación de Edward o algún vestigio de su presencia, pero la puerta estaba cerrada.

Bajé en silencio a buscar un vaso de agua, sujetándome del pasamanos para no tropezar. Entré a la cocina y como supuse no había nadie. Con el vaso de agua en la mano, me apoyé en la isla y miré hacia el frente, con la vista perdida en el grifo.

Todo me daba vueltas.

Un fuerte portazo y unas zancadas hacia la sala llamaron mi atención. Respiré hondo y seguí el ruido, marcando los pasos con sigilo. Paré tras el umbral de la puerta que colindaba entre el pasillo principal y la sala al darme cuenta de quién era.

Edward estaba contemplando las fotografías del álbum que Esme no había podido sacar de ahí. No pude apreciar su expresión, pero sí cómo pasaba los dedos por aquel recuerdo, quizá añorándolo o recordando lo que alguna vez le brindó alegrías. Finalmente apretó la mano con una rabia desbordante, la que por poco me saca un jadeo.

Me di la vuelta bruscamente contra la pared, apegando mi espalda al frío muro de madera. Tragué otro grueso nudo y apreté los labios, buscando calmar la incipiente tristeza.

Edward no había querido ser parte de estos paseos con justa razón, ¡todo le debía traer recuerdos! ¡Todo! ¿Cómo es que las cosas habían acabado así? ¿Qué demonios había ocurrido? ¿Qué clase de tormento podía aguardar su mente?

Lo escuché botar la caja de fotos hacia algún lado, para posteriormente caminar hacia el otro extremo. Me asomé con timidez y lo vi entrar a la zona de la piscina techada. Mi primer instinto fue alejarme, pero entonces lo seguí, presa de mi necesidad por comprobar cómo estaba, por cobijarlo, cuidarlo y… decirle que me tenía a mí.

Puse mi mano en el pomo de la puerta, aún sin abrirla. Estaba nerviosa, pues no sabía cómo iba a reaccionar si me entrometía en su soledad. Pero me armé de valor y la abrí. Estaba sumergido ya en la piscina, haciendo largos. Parecía abstraído en su cometido, ni siquiera me había escuchado entrar.

No había tenido oportunidad de ver la elegante decoración de manera detallada. Las paredes estaban totalmente abarcadas por ventanas grandes, las que también se encontraban en el techo, por lo que el paisaje exterior parecía ser parte del lugar. La piscina era inmensa y los rebordes eran de un fino granito de tonos oscuros. Del agua expelían diversas burbujas y un ligero vapor, y desde el fondo se veía el relucir de unas pequeñas luces de distintos colores. En algunas esquinas había helechos y pequeñas florecillas de campo, junto con un equipo de música de último modelo, un bar y asientos para descansar.

Antes de detenerme a pensar en lo que estaba haciendo, me fui sacando prenda por prenda, hasta acabar solo con mi ropa interior.

—¿Alguien anda ahí? —alcancé a escuchar desde sus labios una vez que salió del agua, sacudiendo sus cabellos.

—Soy yo —susurré, más tímida de lo que alguna vez pude ser con él.

Se giró al escucharme y me contempló, ablandando su dura mirada, como si verme lo tranquilizara.

—¿Puedo acompañarte?

Asintió de inmediato.

Caminé unos pasos hacia atrás y me dejé caer en el agua. Cuando emergí y volví a respirar el aire, me encontré con él de frente. Me quité los cabellos de la cara y entonces lo miré, esperando descifrar lo que podía estar pasando por su mente.

—No te había escuchado entrar hasta después. ¿Estuviste mucho rato observándome? —señaló en voz baja.

—Estabas demasiado distraído, ¿de verdad no te molesta que esté aquí? —inquirí como quien no quiere la cosa.

Estuvo un par de segundos mirando las gotas caer por mi cuerpo, hasta que finalmente negó en silencio. Al instante sonrió.

—Claro que no, Bells, jamás.

Me intimidaba enormemente cuando estaba así, con un infierno de dolor en sus ojos. No sabía cómo ayudarlo, pues él había sido capaz de hacerlo en dos ocasiones conmigo. Quería hacerle sentir mejor, poder explicarle que yo iba a sostenernos a ambos esta vez. Esa mujer debió hacerle mucho daño, pues no me explicaba todo lo que sus cuencas querían decir y dejar ir. Me di cuenta que, en cuanto la vi en esa fotografía, algo no me gustaba de ella, algo que… no sabía cómo explicar. Detestaba a una mujer que no conocía y sin razón de peso aparente, solo estaba siguiendo lo que quizá mi corazón dictaba.

—¡Hey! ¿Qué sucede contigo? —le pregunté, sonriendo con todas mis fuerzas.

Le di un piquete en la nariz, a lo que él me correspondió con otra de sus miradas analíticas. Bajé la mano, pensando que quizá se había molestado, pero entonces me quitó el cabello mojado que se me había pegado a las mejillas y acunó mi mentón en su mano.

—¿Por qué has despertado? —inquirió, huyendo de mi pregunta.

Esta vez quise huir yo, pero sabía que iba a insistir porque le debelara una respuesta decente.

—Porque no me sentía bien.

Enarcó una ceja, poco convencido.

—¿Me estás mintiendo?

—No —susurré—, solo me sentí mal, algo de fatiga, nada importante. Además, aún me duele la pierna.

—No deberías bañarte en ese caso. —Sonrió nuevamente.

—Pero quiero acompañarte.

Él sabía que había visto las fotos, pero no el video.

Pasé mis manos por su pecho mojado, imaginándomelo con 20 años menos. Debía ser sincera, los años le habían sentado excelente, pues estaba mucho más guapo ahora. Pero algo me dejaba tan intranquila, pues sus ojos en aquellos años relucían de ilusión y ahora… ahora solo quedaba una seriedad pétrea que, quizá a ratos se quebraba junto a mí, pero ¿dónde estaba ese atisbo de calidez? ¿Dónde quedaba el hombre que parecía contento de vivir? Dejé caer las manos a mis costados, volviendo a sentir esa intensa oleada de inquietud y congoja en cada perímetro de mi cuerpo. Edward frunció el ceño al ver el cambio en mi expresión, pero yo hui de sus ojos por temor a que quisiera averiguar qué me sucedía.

—Hey, mírame —susurró.

Cerré los ojos y me cobijé con él, sintiendo la humedad entre los dos. Edward apegó su mejilla en mi cabeza, envolviéndome con sus fuertes brazos.

—Desperté porque tenía un mal presentimiento.

—¿Respecto a qué? ¿Crees que ocurre algo con Todd? —Se preocupó.

Negué.

—Tenía un mal presentimiento por ti.

—¿Y eso por qué?

Tragué.

—No lo sé, sentía que estabas triste y que necesitaba venir a cobijarte como tú lo haces conmigo.

Me hizo mirarlo y vi cómo poco a poco iba desapareciendo su dolor.

—Eso me hace recordar algo.

Hice una mueca de confusión.

—¿Qué?

—Cuando tú ibas a marcharte a Canadá tuve una fuerte sensación de ir detrás de ti, y no solo porque no quería perderte por ese mes sin decirte al menos que te esperaría, sino porque de un momento a otro supe que necesitabas contención —afirmó.

—Era por Todd, ¿no?

Asintió.

—Creo que estamos comunicándonos telepáticamente ahora —bromeó.

Me reí.

—Entonces… necesitas que te cobije, que te entienda, que… te abrace.

Respiró hondo y asintió.

—Lo haré todas las veces que pueda, sólo… dímelo.

Me dio un beso suave y luego fue subiendo por mi nariz y frente.

—Ahora, quiero que te alegres un poco. ¡Apuesto a que no eres capaz de ganarme en unos largos! —exclamé, hundiéndome en el agua.

—¿Me estás retando? —Su voz lentamente volvía a tener matices de alegría.

—¡Sí! —le grité, tomando ventaja sobre él.

Pero Edward no era un excelente perdedor.

Tomó mi tobillo derecho y me impidió seguir nadando a pesar de mis protestas. Lo vi sonreír y hundirse en el agua con maestría, alcanzándome al instante.

—¡Tramposo! —le grité, encaramándome en su espalda ancha.

—¡¿Qué haces?! —Se rio, buscando cómo agarrarme con los brazos echados hacia atrás.

—Eres un tramposo muy hábil, Cullen —le dije al oído.

Entre gritos me hizo caer nuevamente al agua, mientras él se largaba a reír otra vez. Yo intenté alcanzarlo, pero era tan alto que no le costaba nada llegar hasta el otro extremo de la templada piscina.

—Gané —susurró al verme llegar hasta a su lado.

Lo fulminé con la mirada, ¡me había ganado porque era un fullero! Su mirada divertida no hizo más que aumentar mis ganas de venganza, así que inmaduramente lo salpiqué de agua.

—¡Basta! —me ordenó entre risas—. ¡Ten cuidado conmigo!

—No te tengo miedo —afirmé, esquivando sus rápidas manos.

—Pues deberías.

Atrapó una de mis piernas por debajo del agua en un claro intento por hundirme junto a él. Le grité con algo de desesperación y diversión, pero no me soltaba.

—¡Harás que me ahogue! —proferí.

Edward me soltó al fin, mientras aún nos estábamos riendo. Nos quedamos frente a frente, contemplándonos con nuestra respiración alterada. Su carcajada se fue transformando en una sonrisa que en sus ojos se traducía en un intenso fulgor.

—Así me gusta, que sonrías —murmuré, acariciando sus labios.

Lo había logrado, Edward ahora parecía haber vuelto a ser el mismo juguetón de siempre.

—Creí que te gustaba serio. —Enarcó una ceja.

Asentí, mirando hacia su duro pecho. Claro que me gustaba serio, pero no con ese atisbo tan doloroso en sus ojos.

—Me gusta provocarte sonrisas —mascullé.

La de él aún se mantenía en vilo y al escucharme simplemente la enanchó.

—Un efecto muy tuyo, Isabella.

Esta vez sonreí yo.

—¿De verdad creías que iba a ahogarte? —inquirió, llevando una mano a mi cadera mientras que con la otra me tenía muy sujeta de la mandíbula.

Yo me encogí de hombros.

—No permitiría que eso ocurriera —susurró—. ¿No confías en mí?

Estábamos de frente, contemplándonos. Le quité el cabello de la frente y me mantuve durante unos segundos pensando en su pregunta.

—Por supuesto que sí —respondí con sinceridad—. Creo que estás dentro de las personas en las que confiaría mi vida si pudiera.

Suspiró y me acercó a su torso, por lo que instintivamente llevé mis brazos a su cuello, como tanto me gustaba. Nos besamos, rozando nuestros labios de forma intensa. Su lengua trazaba ligeros caminos junto a la mía, que se unía a la de él con la misma necesidad. Edward fue aumentando la magnitud de sus caricias, como también el deseo que desprendía de ambos.

—Comenzará a hacer frío, la piscina se limpiará en unos minutos y dejará de templar el agua. Vamos a ducharnos.

Asentí, perdida en el sabor de sus labios.

Él salió primero y buscó unas toallas y yo lo seguí, subiendo por la escalerilla de granito. Me cubrió, secándome en el instante.

—Iré a dejar nuestra ropa para que nadie pueda verla, te traeré tu bata. Espérame ahí. —Me apuntó hacia una puerta de piedras, que debían dar a la ducha especialmente diseñada para la piscina techada.

Caminé hacia allá, mirando cómo él se iba para luego volver. Antes de entrar comprobé que nadie más anduviera por ahí, lo que agradecí, porque no quería terminar con este momento, no hasta que el amanecer nos diera otro día más.

El baño era espacioso y muy bonito. Las paredes eran de vidrio en mosaicos y tanto el suelo como las paredes eran de piedra rústica. Había flores de decoración, las que me alegraron sin remedio. Me miré frente al inmenso espejo de pared, aferrándome al lavado de mármol. Mi reflejo era puro placer reprimido, porque aún conservaba las mejillas rojas y los labios hinchados. Sacudí mi cabeza y me acerqué a la espaciosa ducha transparente para largar el agua caliente.

Cerré los ojos en el instante en que el chorro cálido hizo contacto con mi piel y enseguida comencé a cantar la primera canción que se me cruzara por la cabeza, moviendo mis caderas con lentitud, buscando distraer mis pensamientos errantes y el intenso día que había tenido.

Alguien detrás de mí me hizo dar un fuerte brinco. Su mano me tapó la boca, impidiendo que un grito saliera de mi boca.

—Shh… No querrás que alguien nos escuche, ¿o sí? —me preguntó al oído, mientras bajaba su otra mano por mi cintura y cadera.

Los demás deben seguir durmiendo, pensé apresuradamente, aprovechando lo que quedaba de mi cordura. Quise preguntárselo, pero Edward me lo impedía de verdad.

—Tranquila, definitivamente todos siguen durmiendo —murmuró, pasando sus mojados labios por mi cuello—. Si te quedas en silencio nadie lo notará, solo seremos tú y yo.

De pronto sentí el roce de su miembro con mi espalda baja, lo que me tensó de deseo.

Le di una lamida a su mano, enviándole mi respuesta.

—No esperaba menos de ti —jadeó, llevando una de sus manos a mi monte para que el roce de su masculinidad contra mí se hiciera más intenso. Cerré los ojos frente a la excitación.

Me quitó la mano de la boca y me giró para que quedáramos frente a frente.

—Dúchate conmigo —le pedí, mirándolo con deseo—, puedes tallarme la espalda… y todo de mí, si quieres.

Sus ojos se tornaron oscuros y de inmediato tomó la botellita de jabón que había en la repisa, que era de fresas y jazmín. Le entregué la esponja, guiñándole un ojo como bien sabía hacerlo él. Comenzó un recorrido lento y prolongado por mi cuello, aumentando la espuma, para luego pasar por mi clavícula, hombros y brazos. Me hizo poner las manos en su pecho, de manera que mis miembros superiores quedasen tensados y extendidos de forma paralela. Con sus labios y dedos recorrió cada espacio de ellos, disfrutando del aroma y del jabón.

—¿Por qué me mira así, Srta. Swan? —inquirió, escrutándome con la mirada.

—Solo estoy disfrutando de ti —musité, incitándolo a continuar.

Sonrió de manera prometedora.

Su camino siguió en mis pechos, los que prefirió tallar con sus propias manos. Los amasó con delicadeza y luego tiró de mis pezones, haciéndome jadear. Pero no se detuvo ahí, pues fue bajando por mis costillas, cintura y caderas, parando en mi vientre.

—Mantente así, jadeando para mí —me dijo, pasando su nariz por mi mejilla derecha.

Se agachó justo en frente y puso mi pie derecho en su hombro, teniendo la vista perfecta de mi sexo. Talló desde mis dedos hasta mi ingle sin dejar de mirarme, para posteriormente hacerlo con la izquierda de la misma manera. Cuando acabó se mantuvo serio, levantándose y manteniéndose firme frente a mí.

—Es mi turno —murmuré, tomando el jabón para derramarlo en su pecho.

Pasé mi mano y la esponja por los músculos fuertes de sus brazos, los que se marcaban aún más cuando el deseo se apoderaba de él. Luego me dirigí a su duro pecho, disfrutando del sutil vello que le acompañaba y de su anatomía masculina, tan fuerte y tan marcada. Seguí el camino de vellos que había en su abdomen, proveyendo ligeras caricias en su piel, hasta acabar en su miembro, que iba endureciéndose a la par de nuestro deseo.

—Isabella —jadeó al sentir mi mano aferrada a su masculinidad.

—Shh, solo tú y yo —le recordé—. Gírate —pedí.

Edward lo hizo, permitiéndome la vista de su preciosa espalda ancha. Con un suspiró la recorrí, pasando mis dedos por cada arista. Me puse de puntillas y le dejé caer una gota de champú, amasando su cabello para generar espuma.

—Tienes unos dedos magníficos —murmuró mientras masajeaba cada hebra cobriza.

Tomé su mano para acercarlo al chorro de agua y así enjuagar su sedoso cabello. Cuando la espuma se acabó, Edward abrió los ojos y me miró de manera peligrosa, como cada vez que su excitación le hacía perder la razón. Entonces me besó, pero no con lentitud como lo fue hace un rato, sino con locura y pasión, con esa bestialidad que me hacía enloquecer.

—De espaldas —dictaminó con la voz ronca.

Me di la vuelta, empinando mi trasero inocentemente para que tuviera acceso a él, sabía cuánto le gustaba. Lo sentí ronronear y luego morder la piel de hombro.

—Tienes un cabello precioso, Isabella —destacó, tomándolo entre sus dedos—. Me fascina el color.

—¿Solo mi cabello y el color? —le pregunté con intrepidez.

—Claro que no —gruñó—. Eres magnífica, Isabella, si tan sólo te miraras como yo te miro… tu cuerpo, tu piel, tu voz… —Jadeó, tomándome la mandíbula y tirando de mí para que pegara mi nuca a su pecho.

Tal como yo, dejó caer un poco de champú en mi cabellera, para luego masajear con sus dedos hábiles. Me mantuve con los ojos cerrados mientras la lujuria volvía a hacernos prisioneros. Me acercó al chorro de agua, tal como lo había hecho yo y permitió que el exceso de espuma cayera por mi cuerpo.

Me besó desde atrás, mordiendo mis labios. Yo emití un quejido de sorpresa.

—Qué rudo —lo incité.

Me separó las piernas con su rodilla y entonces llevó su mano a mi sexo, facilitando el acceso de su erección, mientras sus besos iban yendo a mi cuello. Entró en mí, haciéndome dar un grito de dolor y placer.

—Shh.

Él me abrazó desde el vientre, tomando el mando de las estocadas, que iban abriendo paso en mi interior. Arqueé las cejas y arrugué el ceño cuando comenzó a aumentar el ritmo, así como su fuerza y sus manos a mi alrededor. El placer era tal que cada músculo de mi cuerpo parecía estar hecho de algodón, sentía que no tenía cómo mantenerme en pie.

—Edward —lo llamé, presa del placer.

Paró y me giró, tomando una mis piernas para tener mejor acceso a mi interior. Yo misma tiré de mis labios y él me penetró con la misma fuerza, sacándome otro grito.

—Mejor, ¿no? Así puedo ver tu expresión cuando acabes para mí —me dijo contra los labios.

Edward aumentó el ritmo de sus estocadas y me besó para que juntos acalláramos nuestros gemidos. Entrelazó sus dedos con los míos y apegó nuestras manos a la pared de azulejos y piedra.

—Isabella —dejó escapar, crispando su rostro.

Apreté sus manos con más fuerza cuando una oleada de intenso bienestar me cruzó la espina, terminando de golpe en mi clítoris y paredes. Posteriormente, Edward dejó ir un gruñido, sumergiéndose por completo y acabando dentro de mí.

Nos mantuvimos de pie, bajo el agua que nos bañaba a ambos. Él tenía su frente apegada a mi hombro, buscando recuperar el aliento tal como yo.

—¿Las duchas contigo siempre son así de deliciosas? —musitó de manera divertida.

—Todo conmigo es delicioso, Edward Cullen.

Se largó a reír y entonces me besó la piel, solo que esta vez parecía un beso cargado de algo muy diferente y nuevo. Apegó su frente a la mía, cerrando los ojos para que el agua lo bañara junto a mí. Pero yo nunca los cerré, quería verlo y ser testigo de lo satisfecho que se veía.

—Estás muy sonrojada —me hizo notar, pasando sus dedos por mi mejilla derecha.

—Es tu efecto.

Sonrió y se mordió el labio.

—¿Estás muy cansada?

Negué.

—¿Por qué? ¿Quieres hacer algo más? —inquirí, presa del entusiasmo.

Nunca iba a estar satisfecha de él.

Se rio.

—Mmm… Mi preciosa insaciable. —Me besó la mejilla—. La verdad, quiero mostrarte algo.

—¿Qué?

—Es una sorpresa. ¿Quieres ver?

Asentí.

Salimos de la ducha luego de que regulamos nuestra respiración y nos vimos dispuestos a hacerlo. A pesar de eso, mis piernas aún se sentían temblorosas. Edward me secó con paciencia y de manera lenta, grabándose mi cuerpo bajo su mirada curiosa.

Cuando nos vestimos, usando sólo pijama y nada más, me tomó de la mano, entrelazando muy bien nuestros dedos, y me encaminó hacia la salida trasera.

—¿Adónde vamos?

Me guiñó un ojo, manteniendo la sorpresa en espera.

Antes de marcharnos, él se acercó a uno de los muebles y sacó una manta muy grande para los dos.

—¿Te gustaría ver un fenómeno precioso?

Tragué.

—Me encantaría —respondí.

Afuera todo estaba muy oscuro. Desde lejos sólo se oía el sonido del agua y de los animalitos que vivían por el bosque. Me condujo por un sendero que me parecía conocido y el que luego recordé: íbamos hacia la fuente de hace unas horas.

Cuando llegamos ya debía pasar de las 3 de la madrugada, porque el frío comenzaba a sentirse. En el césped, cercana a la laguna con los patitos, había un termo y dos tazas con algo que no pude notar en medio de la oscuridad.

—Chocolate caliente, ¿te gusta? —me preguntó al oído.

Me reí.

—Me encanta.

Me senté en el césped, de cara al agua. Noté que en el fondo se veían las montañas mezcladas con los árboles, desde donde debía verse muy bien el alba.

—Espero que con esto no tengas frío —me dijo, poniéndome la manta sobre los hombros y la espalda.

—Si me abrazas también ayudas.

Sonrió y se sentó a mi lado, con el termo entre las manos.

—Sé que no debe ser el panorama más elaborado que alguna vez te han hecho, pero…

—Me parece increíble y muero por saber qué sorpresa tienes para mí.

Suspiró y me pasó un brazo por los hombros, acercándome a él. Yo tiré de la manta para mantenernos calientes mientras preparaba el chocolate para ambos.

—En 5 minutos comenzará el espectáculo.

Me entregó la taza humeante y yo la tomé entre mis manos, sonrojándome a los pocos segundos.

—Estuviste muchas horas lejos de aquí —le susurré, mirándolo a los ojos.

Tragó y asintió.

—Necesitaba pensar y hacer muchas cosas. Demoré más de lo que pensé y llegué de madrugada.

—Justo cuando desperté y bajé estabas aquí. Me preocupé, yo…

—Lo sé, lo siento. Pero, en mi defensa, todo mi tiempo fuera de aquí pude hacer muchas cosas, como asegurarme de que este lugar esté lejos de la vista de Liam, que cuida el sitio en la noche, o de preparar el sitio al que quiero llevarte mañana.

Pestañeé, sorprendida.

—¿A dónde me llevarás? ¿Cómo…?

—Shh… Es una sorpresa.

—¿Otra más? —Sonreí.

—Y vienen muchas más.

Miré a mi alrededor, sintiendo la paz del lugar. De reojo vi cómo en el fondo estaba aquel lago en el que Edward se casó. Sentí muchos escalofríos y estuve tentada a preguntarle, pero me abstuve porque no quería hacerle pasar un mal momento, confiaba en que él iba a explicarme todo en su momento.

—Por eso te pregunté si eras una persona romántica, Bella.

Lo miré sin entender.

—Estaba un poco inseguro de regalarte este momento, hace mucho tiempo yo no lo soy —murmuró.

—Y ahora lo eres.

—Contigo.

Lo besé, mezclando nuestro sabor a chocolate.

—Mira —me dijo al oído.

Me apuntaba hacia el horizonte, desde donde emergieron pequeñas lucecitas brillantes entre medio de las flores, árboles y piedras.

—¡Son luciérnagas! —exclamé, muy emocionada—. ¡Wow! ¡Edward!

Sentía que me miraba alegrarme por tan linda imagen de cuento de hadas.

—Mira que bellas son, nunca había visto algo así.

Cuando nuestras miradas se encontraron, noté que sus ojos estaban brillantes y acuosos.

—¿Qué pasa? —me reí, un poquito nerviosa.

—Eres tan hermosa, Bella, tan inocente que no te das cuenta.

Me sonrojé.

—¿Inocente? ¿Yo?

Me acarició la mejilla.

—Sé que no lo crees, pero eres la persona más pura que he conocido nunca. Todo de ti es sincero y… —Tragó—. No puedo dejar de mirarte, de verdad me pareces tan preciosa.

Me deshice en sus brazos y me acurruqué a su lado como un gatito, sintiendo las mariposas inconfundibles en mi estómago. Puse mi mejilla cerca de su cuello, donde el calor era más intenso y mientras me embriagaba con su aroma, comencé a comprender la profundidad de lo que Edward estaba significando para mí y el miedo se apoderó de cada parte de mi cuerpo.

Mientras mirábamos el espectáculo de la naturaleza, yo decidí escabullirme y contemplarlo a él, absorto en el momento.

—Si te fijas… —Notó que lo estaba mirando y sonrió—. ¿Qué?

No le respondí, sólo le acaricié con sutileza la quijada, trazando un camino que sólo los dos disfrutábamos. Miré a sus ojos y me perdí, asumiendo por primera vez lo que quería callar.

Lo quería. Quería de una manera desbordante a Edward Cullen.

Nos besamos y nos quedamos así mientras vivíamos nuestro mundo, alejados por completo de cualquier obstáculo.

Sin embargo, nuestro beso se vio interrumpido cuando sentimos que algo nos iluminaba la cara. Casi se me escapó el alma del cuerpo al ver que se trataba de Maggie y Liam, vestidos con pijama. Al parecer se habían alertado y habían venido a ver, pensando que podían ser extraños al recinto. Nos separamos con lentitud, algo asombrados y asustados por la intromisión. Ellos tenían los ojos muy abiertos, sorprendidos y confundidos.

—Lo lamento, Sr. Cullen y… señorita, nosotros no sabíamos que eran ustedes —se intentó disculpar Liam, un poco nervioso con lo que había visto.

—Descuida, fue mi culpa por no avisarte. ¿Te parece si hablamos esto a solas? Maggie, por favor, ¿puedes acompañar a Bella a la habitación? —Me miró—. Iré contigo en unos minutos, tranquila.

Asentí, un poco tensa por el susto.

Maggie obedeció sin peros y me acompañó con la linterna hasta la casa mientras yo arrastraba la manta conmigo. Me hizo un gesto de silencio y me abrió la puerta trasera.

—Maggie, lo que viste…

Negó, como si no quisiera que le diera explicaciones. Enseguida sonrió y se llevó las manos al pecho, como si me dijera que lo que había visto era adorable.

—¿Lo encuentras dulce?

Asintió, muy feliz.

Me apuntó al corazón y luego a la puerta de salida.

—¿Quieres que deje el corazón afuera? —me reí.

Negó.

—Te refieres a Edward.

Asintió.

Me apuntó nuevamente a mi corazón y luego a él, moviendo sus pestañas con alegría.

—Bueno… Nadie más lo sabe y de momento es mejor así.

Ella comprendió e hizo un movimiento de cierre en sus labios.

—Gracias.

Sonrió y me abrazó, como si ver a Edward de la manera en que lo hizo fuese un espectáculo fabuloso.

Me despedí y partí hacia mi habitación, esperando no hacer ruidos innecesarios. Cuando cerré la puerta me senté en la cama y me encontré con las cintas de video de aquella boda, así que rápidamente las guardé bajo lo más fondo del clóset, esperando no tener que toparme con ellas nunca más.

De pronto, alguien tocó a la puerta del balcón, desde donde vi a Edward, que venía desde su habitación. Corrí hacia allá para abrirle y en el mismo instante él y yo nos echamos a reír a carcajadas.

—Al menos fue Liam —dijo.

—¿Hablaste con él?

Asintió.

—Un secreto más que guardarle a la familia no es nada, solo lamento que hayan tenido que levantarse porque sí. —Se encogió de hombros.

—Maggie estaba muy feliz.

Sonrió.

—Ella jamás va a ver algo malo frente a sus ojos.

En eso tenía razón.

—¿Quieres venir a mi habitación? —inquirió, tendiéndome su mano.

—Claro que sí —respondí sin titubeos.

Él cerró la puerta detrás de su espalda mientras yo me sentaba sobre su amplia cama, mirando a mi alrededor, fascinada de su decoración.

—Esta habitación debe recordarte mucho a tu infancia —dije, mirándolo.

—En realidad, la habitación que más me lleva a mi infancia es la de la casa de mis padres, en Nueva York, esta, por extraño que parezca, dejó de ser mía desde que dejé de venir con frecuencia.

—¿Cuándo fue la última vez que viniste?

—Hace 7 años.

Me sorprendí.

—Es mucho tiempo.

Asintió.

—Todo está cargado de recuerdos aquí, recuerdos que siempre prefiero mantener a raya.

—Pero siempre hay una manera de sobreponer esos recuerdos con otros que valgan la pena.

—¿Cómo cuáles?

—Como estos —le susurré al oído.

Le besé la frente con cariño y él sonrió.

—Quédate conmigo esta noche, no necesito nada más.

Él se sentó en la cama y yo lo hice sobre sus piernas, agarrándome de su cuello.

—Claro que me quedaré.

Me delineó el cuello con la punta de su nariz y ahí nos quedamos, disfrutando el uno del otro.

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Ya era de mañana y mi despertar había sido el mejor que había tenido en mucho tiempo. Cuando vi lo tarde que era simplemente corrí hasta la ducha bajo el alero de la mirada divertida de Edward.

Cuando salí, vi que él estaba mirando mi ropa con curiosidad.

—¿Siempre dejas una tenida amarilla tendida en la cama antes de ducharte? —me preguntó de forma curiosa mientras se pasaba la pequeña toalla por el cuello, completamente desnudo.

Me fascinaba lo desinhibido que era.

—No es amarilla, y sí, selecciono cada prenda con esmero.

Sonrió de manera astuta.

—Tus Caterpillar sí son amarillos —destacó, tomando uno de mis botines del suelo.

Lo miré con culpabilidad y me encogí de hombros.

Procuré secar mi cuerpo, aun cuando sentía sus inquisitivos ojos en cada parte de mí. Nunca fui una chica muy tímida cuando se trataba de mis atributos, pero con Edward hasta la mujer más segura del mundo se sentía prisionera de sus imponentes ojos verdes.

—Mmm —ronroneó—, tienes una ropa interior muy bonita. —De su dedo índice colgaba mi tanga azul.

—Podría decir lo mismo de la tuya si al menos la llevaras puesta —musité con una sonrisa.

Él se largó a reír y me la entregó.

Me puse el sujetador dándole la espalda, esperando que se acercara a ayudarme. Cuando me disponía a abrocharlo, sentí su calor a milímetros de mi piel.

Sonreí, victoriosa.

Puso sus labios en mi hombro derecho y lo recorrió hasta mi cuello, mientras conectaba cada extremo de mi sujetador, asegurándose de demorar para establecer su poder sobre mi cuerpo, desbocándolo y enloqueciéndolo como sólo él sabía hacerlo. Luego, como si conociera en parte mi rutina, tomó mi crema corporal de mi mesita de noche, puso un poco en mi espalda y la esparció con lentitud, procurando oler el aroma a Caléndula.

—Bajaré, pero no me encontrarás, iré a darme una vuelta al lugar al que quiero llevarte.

Sonreí con entusiasmo.

—¿Cómo le haremos para ir?

—Tranquila. Confía en mí.

Asentí.

—¿No comerás con tu familia? —inquirí, quizá demasiado inocente para asumirlo.

Negó y se acercó a la ventana del balcón, asegurándose de que nadie fuera a verlo pasar por ahí.

—No, prefiero evitarlos por un momento.

.

—¡Hola, Bella! ¿Te sientes mejor? —inquirió Alice, colgando su pequeño bolso en el perchero de la entrada.

—Un poco —respondí, causando que Jasper frunciera el ceño—. Pero no se preocupen, de seguro la pierna dejará de doler para mañana.

Maggie se acercó y me regaló una sonrisa, haciéndose la desentendida con lo que había visto anoche.

Los Sres. Cullen venían detrás y al verme sonrieron de manera paternal.

—Puedo darte la receta perfecta para pasar todo ese malestar —exclamó Carlisle con entusiasmo. Tanto Alice como Esme enarcaron una ceja, como si supieran de qué se trataba—. Un Whisky en las Rocas de mi colección es el mejor remedio.

Me reí.

—Oh, Carlisle, ¿cómo puedes ofrecerle eso? Pensará que eres un alcohólico —dijo su esposa, abrazándolo por la cintura—. Desayunar te haría mejor.

Ethan fue el último en entrar, cargando con dos sacos de fruta en cada mano.

—¿Desayuno? —dijo sonriendo.

Mientras los demás me contaban de las maravillas que había en el pueblo, mi atención se fue en Esme, que había ido con Maggie hacia el otro extremo de la sala. De reojo veía cómo la Sra. Cullen le preguntaba algunas cosas y Maggie se comunicaba con ella a través de gestos y señas.

—¿Entonces no ha vuelto? —inquirió ella, llevándose una mano al pecho con angustia. Entonces suspiró, como si estuviera cansada—. Ay, Maggie, mi Edward un día me matará de la preocupación.

—Hey, Bella, ¿nos estás escuchando? —me preguntó Jasper, chas queando los dedos frente a mi cara.

—¡Sí! ¿Qué más hay allá? —Fingí seguir oyéndolos, pero la verdad lo único que me importaba era Edward en estos momentos.

.

Eran las cinco de la tarde y el clima se había puesto húmedo. Los Cullen estaban emprendiendo un viaje a la ciudad, momento al que preferí abstenerme al recordar la intención de Edward para este día. Como él aún no llegaba, los demás no estaban muy seguros de asistir al pueblo, pero yo les prometí que ante cualquier cosa yo iba a avisarles.

—Yo prefiero guardar reposo con mi pierna —les dije.

—Pero, Bella, no quiero que te quedes sola aquí.

—¡Para nada! —exclamé—. Me quedaré con Maggie, ¿no es así?

La miramos y ella asintió alegre, afirmando con gestos que nos quedaríamos cocinando.

Los Cullen se marcharon a los 15 minutos, algo inquietos sí, pues el cielo parecía amenazante ante la posibilidad de lluvia.

Edward llegó unos minutos después, como si hubiera calculado todo perfectamente.

—¿Estás lista? —me preguntó.

—Lista.

—Perfecto. ¿Quieres venir a dar un paseo conmigo? Pecado está ansioso por hacer otra carrera por el bosque. Además, quiero mostrarte ese lugar especial del que tanto te he hablado.

Fingí pensarlo durante un momento, aunque la respuesta era clara.

—Está bien, iré contigo. Y espero que me sorprendas.

—¿Acaso alguna vez no lo he hecho?

Sonreí.

.

Edward me había hecho dar un recorrido muy largo por cada rincón de la isla. Descubrí una cantidad impresionante de recovecos hermosos por la isla, desde animalillos, moradas, cuevas y preciosas casas muy alejadas entre ellas.

En medio de nuestra cabalgata, la lluvia se dejó caer de manera espesa sobre nosotros, pero la verdad no nos importó, algo la hacía especial justo en este lugar y momento.

—¿Qué te ha parecido nuestro paseo? —me preguntó al oído desde atrás.

—Me ha parecido fabuloso, este lugar es magnífico. Quisiera vivir aquí, no me imagino lo feliz que sería —le dije con sinceridad—. Además, cada casa parece sacada de un cuento de hadas contemporáneo, todas con su propia identidad.

Pecado paró frente a una de las tantas casas que habíamos encontrado, solo que esta me parecía un real tesoro arquitectónico. Solo bastaba caminar un par de pasos para disfrutar de un arroyo sacado de un cuento de hadas. Era rectangular, moderna y muy amplia. Todo era ventanas y ladrillo. Su alrededor estaba muy bien cubierto de flores, como si alguien se hubiera esmerado en cuidarlas mucho. Había una piscina muy grande y a su lado un césped precioso.

—¡Qué linda! —exclamé—. Mira esos jardines. ¿Conoces a los dueños? Porque parecen bastante esmerados por tener esas flores tan preciosas…

—Es mía —dijo.

Abrí los ojos de sopetón y me giré a mirarlo.

No, me estaba tomando el pelo.

—¿Qué? ¿No me crees? —se rio—. Es mía —repitió.

Hice un mohín sorpresivo, evaluando su expresión divertida y poco seria. Sin embargo, parecía decirme la verdad.

—No sé qué decir.

—No tienes que hacerlo, solo obsérvala.

Con un suspiro lo hice, contemplé cada aspecto de ella. Resultaba inmensa para alguien tan solitario como Edward, a no ser que… Fruncí el ceño, atando los cabos sueltos.

Quizá algo tenía que ver con ella.

Su recuerdo me trajo un estremecimiento, así que la envié a la basura.

—Mira esas flores, Edward, ¿tú las pusiste ahí?

—No, fue mi madre. No suele pasarse por aquí, pero cuando lo hace cuida de las plantas, tal como Maggie.

—¿Maggie?

—Es quien ha cuidado este lugar junto a su madre —murmuró.

La lluvia seguía cayendo sobre nosotros, ahora más gruesa y fría. La ropa se me pegaba al cuerpo y la de Edward también. Su camisa de lino le marcaba el cuerpo de forma atractiva.

—Será mejor que entremos, te resfriarás.

—¿Estás seguro de que quieres que entre? —inquirí con la voz suave.

Sonrió y luego frunció el ceño, un tanto curioso por mi pregunta.

—Claro que sí, por eso te he traído hasta aquí.

El caballo se refugió en el establo que había un poco más allá, el que era parte del inmenso terreno de Edward. Él me ayudó a bajar, sosteniéndome desde abajo por las caderas y procurando no rozar mi pierna vendada. Cuando acabamos cara a cara, Edward rozó sutilmente su nariz con la mía, pero no hizo nada más. Tiró de mi mano y me instó a atravesar el inmenso paraje hasta llegar al porche que era bastante grande. La puerta principal era doble y de ébano, muy lisa y con pequeños vidrios en mosaico en las esquinas. El cobrizo la abrió de par en par, invitándome a entrar con su coqueta mirada esmeralda.

El vestíbulo era precioso. La madera de ébano estaba en el suelo y en las paredes, uniéndose con un lustroso granito fino y pulcro. Bajé unos escalones, maravillada con la forma del lugar; parecía sacado de una revista. Justo en el medio, en el corazón de aquel inmenso vestíbulo, había un árbol protegido por cuatro cristales, que debía sobrepasar el nivel de la casa.

—Cuando la mandé a construir no quería cortarlo o mudarlo de lugar, me parecía un atentado a la naturaleza, así que pedí protegerlo por los cristales. El sol le llega perfecto y se puede salir a disfrutar de su sombra y a regarlo cuando sea necesario —me explicó él, poniéndose a mi lado.

—Me parece una brillante forma de respetar su vida —susurré, acercándome al cristal.

El árbol estaba parado en medio de un frondoso césped, con unas bancas a su lado y unos faroles pequeños en el suelo. Era de amplias hojas rosáceas y de un tronco medianamente grueso.

—Es un arce japonés —me informó.

Me quedé unos minutos contemplándolo, mientras la lluvia caía sobre él. Incluso, la apertura en el medio de la casa daba una luz natural que se unía a la de las ventanas, que abarcaban todas las paredes de la primera planta, como si Edward hubiera querido que la vista del exterior se mezclara con el interior.

A medida que caminaba, Edward encendía las pequeñas luces que había en el suelo, iluminando los cuadros de diferentes autores, como si fuera una galería de arte. Las paredes comenzaron a cambiar de color, tornándose azul oscuro y plata. Tras una muralla de piedras que emulaba un separador de ambientes, se encontraba la sala. Ésta resultaba acogedora, donde los colores que primaban era el café, el marfil y el ébano de los suelos. Había una escalera de 4 peldaños que servían de acceso a la zona de descanso, donde se encontraban dos sofás blancos de tres cuerpos frente a una minimalista chimenea.

El arce seguía ahí, justo en el medio de la casa.

Me sorprendí de encontrar otras plantas y flores protegidas por cajas de cristal, todas cerca de las paredes y en los rincones.

—Edward, que casa tan linda —susurré, mirándolo a los ojos.

—Sabía que te gustaría.

Comenzó a descender su mirada por mi cuerpo, comprobando lo mojada que me encontraba. Yo lo imité y entonces noté que mis senos se translucían a través de mi blusa, y no llevaba sujetador.

—En mi defensa, no sabía que llovería.

Sonrió, llevando sus dedos a mi blusa mojada.

—Me gusta cómo te ves, sobre todo si soy el único disfrutando de la vista —musitó—. Sin embargo, no quiero que te resfríes, de verdad. Iré a buscar algo para ti, no tardaré.

Cuando me quedé a solas bajé los escalones y me dejé caer en uno de los sofás, que eran muy blandos y esponjosos.

—Qué lugar tan lindo —susurré.

No vi ninguna fotografía por ahí, nada que representara algo importante para Edward. Parecía una casa inhabitada, puesta a la exhibición, pulcra e inmaculada. Entonces recordé que él no solía venir aquí a menudo, pues la isla le significaba nostalgia y dolor. Pero me había traído, lo que me generaba una serie de sentimientos encontrados.

Mi característica mente dispersa me llevó a centrar mi atención en las ventanas que había frente a mí, las que daban con un impresionante jardín que solo Esme podía haber cuidado. De pronto, se me ocurrió la idea de poner algunas en la casa, quizá un poco de color le daría aún más vida al lugar.

Abrí la puerta francesa que daba al exterior y crucé el césped mientras la lluvia caía por mi cuerpo. Estaba más espesa que antes, parecía que el cielo iba a caerse. Comencé a cortar una de cada una, procurando hacerlo con cuidado.

—Qué lindas margaritas —musité.

Mientras las miraba y las agrupaba en mi regazo, comencé a pensar en ideas para el arreglo de flores de la boda.

—¿Qué haces, Isabella? —preguntó Edward, saliendo hacia al jardín.

—Solo estoy disfrutando de las flores—musité mirándolo—. Además, me parecería perfecto poner unas cuantas en tu casa… si es que puedo.

Él sonrió, aprobando mi idea.

—Acabo de hablar con mi padre, no podrán regresar a la isla, la lluvia provocó que las aguas del mar y del lago aumentaran, así que el puente está cerrado para entrar, sólo se podrá salir. Además, los guardabosques están preocupados, se avistaron dos depredadores cerca de aquí. Lo mejor es que entremos, me he asustado al verte sola acá afuera.

—¿Te preocupaste nuevamente por mí? —le pregunté, mirándolo con un poco de diversión.

Hizo un movimiento con sus labios, lo que me distrajo unos segundos.

—La verdad sí, estos últimos días no has dejado de hacerlo. Ya te figuraba entre las garras de esos depredadores.

—Creo que tengo uno en frente —susurré, tocándole el pecho. Entonces le guiñé el ojo y caminé hacia adelante con las flores.

Entré a la casa con Edward pisándome los talones. Paré en el reborde de la puerta, temerosa de mojar la pulcra madera del suelo.

—No te preocupes, no suelo ser un patán compulsivo del orden —aclaró—. Ten, te traje toallas y un poco de ropa. Yo me encargaré de hacer el fuego mientras tú te acomodas, pasaremos la noche aquí.

Levanté las cejas, un tanto pasmada por ello.

—Es imposible que podamos avanzar con Pecado, menos con esos animales sueltos.

¿Quedarme con él en este precioso lugar? Parecía un sueño hecho realidad.

—Además, te tengo una sorpresa.

Sonreí como una niña pequeña, ansiosa y entusiasta.

—¿Al menos tu familia y mi hermano están bien?

—Sonaban abrumados con la idea de quedarse por allá, pero es mejor que arriesgarse a que el agua los arrastre —musitó—. De seguro tu hermano te llamará en un rato. Yo les aseguré que no regresaría a casa de ellos, que me quedaría aquí. Deben creer que estarás con Maggie.

Justo en ese momento mi móvil, que estaba dentro de la chaqueta, comenzó a sonar.

—Hola, Jasper —saludé, mirando a Edward.

Él asintió.

—Bella, no sabes lo que ocurrió.

—¿Qué? ¿Pasó algo malo? —fingí.

—No, la verdad no es tan malo, pero nos ha destruido el panorama. Por las lluvias el camino de entrada a la isla está bloqueado, no tenemos acceso por el puente.

—Oh, qué mala situación. ¿Qué ocurrirá con ustedes? ¿Cuánto tiempo estará bloqueado el acceso?

—Tres días —bufó.

Estuve en la disputa entre dos emociones. Primero, tristeza de que tuvieran que pasar afuera tanto tiempo, perdiendo parte de sus vacaciones, y segundo, dicha, porque eso significaba que Edward y yo íbamos a estar juntos todo ese tiempo.

—Espero puedan volver antes —susurré—. De momento yo me quedaré con Maggie, supongo que tendremos que comernos lo que habíamos comido solo nosotras porque el Sr. Cullen aún no regresa.

Edward entrecerró los ojos y luego negó, como si no creyera lo que escuchaba.

—Creo que Carlisle habló con él. Al menos está bien. No lo esperen, no creo que regrese.

Nos despedimos y yo corté. Enseguida me sacudí el cabello, que estaba bastante húmedo.

—Me pondré lo que me has traído, así que procura no mirar —jugueteé.

Se rio.

—¿Me estás hablando en serio? Porque ese cuerpo lo conozco muy bien —destacó, oscureciendo su mirar.

—Pues esta vez está prohibido, así que haz lo tuyo —exclamé, mostrándole la lengua.

Edward levantó las palmas en un gesto de paz y un claro "está bien". Se agachó frente a la chimenea y comenzó a hacer el fuego, haciéndose el distraído. Yo, con la mirada recelosa, comencé a desvestirme sobre el sofá. La ropa estaba tan mojada que se me pegaba a mí, parecía que no llevaba nada puesto. Definitivamente había sido un mal día para usar una blusa de gasa, y peor aún, sin sujetador. Al quitarme los vaqueros noté que al menos mi tanga estaba seca.

—¡Hey, depravado! No mires —le recalqué al notar cómo sus ojos se desviaban del fuego.

—No pude evitarlo —masculló.

Rodé los ojos, mientras me pasaba la toalla limpia por mi cuerpo. Para molestar, procuré hacerlo de forma lenta y ligeramente sensual, tentándolo.

—Juegas muy sucio, Isabella.

—Me uno a tu sistema.

Junto a las toallas venía la ropa que me había traído. Sonreí al ver que solo se componía de una playera negra con el logo de Duran Duran, unas cuantas —o bastantes— tallas más que yo.

—Duran Duran, ¿eh?

Se giró, con el fuego ya listo.

—Me pareció que tú podías darle un mejor uso.

Le dio una rápida mirada a mi cuerpo, que aún seguía semidesnudo en su sofá.

—Que así sea —musité, deslizándola por mi cuerpo.

—Me la regaló Carlisle el año 88, solo tenía 9 años.

—Está intacta.

—La he cuidado bastante. Se te ve increíble —sonrió lascivamente.

Fingí no notar aquel gesto y me acurruqué en el sofá, sujetando mi cabeza con mi mano. Él le dio un recorrido a mis curvas.

—Tú también deberías quitarte eso, a la gente madura le es más fácil enfermarse —dije divertida.

Edward se quitó la camisa y me la lanzó a la cara.

—¡Oye! —exclamé, dejándola caer al suelo.

—Muy graciosa, ¿eh? A diferencia de ti, yo sí te permito mirar —musitó, desabrochándose los vaqueros con lentitud.

Me mordí el labio inferior y enarqué una ceja.

Edward estaba completamente mojado. La ropa interior se le pegaba al cuerpo, de manera que no había otro camino más que quitarse todo. Como era un desvergonzado, acabó desnudo en su propia sala, poniéndose ambas manos en las estrechas caderas. Luego, tomó una de las toallas y se secó, ofreciéndome un espectáculo caliente y masculino. Me vi tentada a acercarme, pero preferí mantener la tensión, apretando las piernas muy suavemente.

—¿Por qué te has ruborizado? —me preguntó, fingiendo inocencia.

Tomé una de las almohadas y me la apegué al pecho, dejando descansar mi barbilla en ella.

—Por la chimenea, comienza a hacer calor, ¿no?

Él se rio satisfecho y tomó unos pantalones largos de pijama color negro que descansaban en el brazo del otro sofá, calzándoselos enseguida.

—Quiero que veas mi sorpresa —dijo, poniéndose a mi lado y tendiendo su mano. Lo miré hacia arriba y le sonreí de forma entusiasta, tomándola con fuerza.

Me llevó hacia otro pasillo, que quedaba al otro extremo de la casa. El ambiente seguía siendo el mismo, con cuadros y un ambiente arquitectónico precioso. Detrás de un arco recto estaba el comedor, bajo una escalera de dos peldaños. Todas las paredes que le rodeaban estaban cubiertas de vidrio con la vista completa al lago. Casi se me escapa un jadeo al notar que la mesa, que era de cristal rectangular, estaba decorada para una cena de dos personas.

—¿Cuándo fue que…?

—De madrugada —susurró—, luego de una larga caminata por el bosque.

Como él estaba detrás de mí no pude ver su expresión.

—Tenías todo preparado.

—Evidentemente la lluvia torrencial no —dijo divertido.

¿Cuándo lo habría decidido? Era claro que esta casa debía significar algo muy importante para él.

—¿Me cocinarás? —inquirí, pasando una mano por el respaldo de una de las sillas.

—Por supuesto —musitó.

Sonreí, encantada con la idea.

.

La cocina era muy grande y moverse en ella resultaba muy cómodo. Parecía hecha para un chef como él… o yo.

Siempre me gustó cocinar, pero nunca había encontrado un contrincante como Edward. Sus ojos relucían cuando se acercaba la hora de la cocina, había aprendido a interpretar muy bien cuando eso ocurría.

Tenía todo preparado, como si supiera que yo diría que sí a su invitación. Eso me llevó a pensar un momento, mientras seleccionaba algunos frutos rojos, sobre su efecto y lo seguro que estaba de mí, sobre todo luego de lo que me dijo antes de salir corriendo con el caballo, de alguna forma sentía que parte de sus disculpas era esto, consentirme. ¿Me tenía comiendo de la palma de su mano? No lo sabía, pero por alguna razón, parte de mí no quería pensar nada más que en lo que estaba ocurriendo.

Él ahora me daba la espalda mientras preparaba el filete de res para saltearlo. Ver su espalda ancha moverse libremente por el lugar era un espectáculo interesante, sobre todo porque sabía exactamente qué hacer. Además, había puesto algo de su música, que era bastante oscura y casi propia de él.

—¿Algo más en lo que pueda ayudarlo, Sr. Chef? —le pregunté, poniendo mi mano en su espalda baja, justo donde empezaba su pantalón de pijama.

Se giró a mirarme con una sonrisilla suficiente.

—Solo ponerte cómoda y esperarme hasta que termine, no me queda mucho. Ya has hecho suficiente, la sorpresa es para ti.

Enarqué una ceja y me entrometí entre sus brazos para ver qué estaba haciendo.

—Al menos dime qué haces porque se ve bastante bien —musité.

—Es un Filet de Boeuf —dijo con su perfecto francés, mientras lo envolvía en una salsa de almendras.

—¿Un qué?

Se rio.

—Un solomillo.

—¿Por qué los franceses le ponen nombres tan elaborados a sus platos?

—Porque su cocina lo es —murmuró.

Encendió una sartén, le puso un poco de mantequilla y dejó caer el solomillo.

—Me imagino que las francesas debieron quedar loquitas por ti —susurré como quien no quiere la cosa, apoyándome en la encimera con la cadera.

Dejó de mover el solomillo frente al fuego para mirarme con atención.

—Digamos que no son mi tipo —musitó, guiñándome un ojo—, así que da igual.

—Qué humilde, Sr. Cullen.

Aún mantenía su mirada divertida, como si mis expresiones le resultaran una completa entretención. Acercó su rostro al mío y llevó su dedo pulgar a mi labio inferior, tirándolo con suavidad.

—Me atraen más las mujeres como usted, Srta. Swan, no hay secreto en ello.

Medio sonreí, fascinada con sus palabras.

Cuando el solomillo estuvo listo, él acercó un poco a mi boca para que lo probara. Yo acepté encantada, observando sus ojos verdes al mismo tiempo. La textura en mi boca era suave, blanda y jugosa, con una mezcla perfecta de la almendra y las especias.

—Mmm —murmuré, haciéndolo sonreír de oreja a oreja—. Está delicioso.

—Ve a la mesa y espérame ahí, estaré listo en unos minutos.

Asentí obediente.

.

Edward se negó a que le ayudara, parecía enfrascado en consentirme.

Puso la entrada de rúcula, queso de cabra y frutos secos frente a mí, no sin antes ofrecerme un intenso merlot de una fina viña. Se sentó frente a mí, también con una copa y entonces esperó a que probara, entusiasta. La entrada estaba ligeramente bañada con oliva y miel, lo que sin duda intensificaba el sabor del queso y los frutos secos.

—¿Así que así acostumbra a tratar a sus invitados? —le pregunté con la copa de vino contra mis labios.

—Solo a algunos, Isabella —murmuró, entrelazando sus dedos bajo la barbilla—. Es más, no suelo venir muy seguido por aquí.

A pesar de todo, ya me imaginaba un poco por qué. ¿Aquella mujer habrá vivido aquí?

Tragué, súbitamente nerviosa.

—¿Entonces por qué hoy has decidido traerme? —me atreví a preguntar.

Me dio una sonrisa un tanto tensa y entonces suspiró.

—Sentí la necesidad de que la conocieras —dijo.

Me llevé otro bocado de rúcula y queso para callarme, no quería presionarlo. Yo sabía que Edward se había dado cuenta de mi expresión esa vez que nos descubrió a Esme y a mí con las fotografías, quizá hasta pensaba que me había formado otra idea equivocada… si es que realmente lo estaba.

—Pues me parece un lugar maravilloso, me siento muy cómoda aquí.

En cuanto le dije eso, sus ojos dejaron ir un atisbo de emoción y calidez muy intensa. La tensión se había ido de él.

Cuando la entrada terminó, Edward se marchó a la cocina para atenderme y traer el segundo plato. Una extraña sensación de ansiedad se formó en mi vientre, pues sus atenciones me hacían sentir importante. La verdad, frente a esto era imposible resistirse, parecía saber cómo hacerme perder la cabeza y esa era su ventaja.

Entonces recordé a Renata y en ese video de la boda, cómo él la miraba y cómo debió tratarla a todo momento, con una atención tan íntima y tan preciosa que me generaba múltiples sensaciones. No quise ponerme a pensar si esto se asemejaba a lo que él pudo hacer por ella, porque me daba mucho miedo que no fuera igual.

—Qué bien huele —exclamé, mordiéndome el labio inferior al verlo venir con los platillos.

Lo puso frente a mí y luego acercó la botella de merlot para servirme otra copa.

—Tú y tu idea de emborracharme —musité divertida, tomando el fuste.

—Siempre me dices que no pueden emborracharte, así que me rindo con ello —bromeó, sentándose frente a mí.

—Al menos me desinhibes.

—¿Aún más? —inquirió, ladeando la cabeza.

Me lamí el labio inferior y luego agaché la mirada hacia el solomillo, que tenía un aspecto muy elegante en el plato, ¿cómo sería tener a un hombre así para consentirte todos los días? Me llevé el cubierto a los labios, disfrutando del filete para que mi cabeza dejara de pensar, últimamente no dejaba de hacerlo.

—¿Cómo es que tenías todo preparado? —le pregunté intrigada.

Sonrió y me miró con seguridad.

—La verdad, Maggie fue una cómplice. Ella me ayudó a preparar todo lo necesario y, bueno, ella ya conoce muy bien esta casa.

—Maggie… —susurré, dejando su nombre en el aire—. Ella me parece adorable.

—Lo es. No dudó en darme una mano.

Se me escapó otra sonrisa.

Terminamos de comer entre increíbles risas, parecía que aquella pequeña discusión entre los dos —nuevamente gracias a su hermano— se había ido para convertirse en una cómoda charla. Además, la comida estaba tan estupenda que ni siquiera me importaba enojarme.

—Ahora… Queda el último plato —susurró, oscureciendo su mirar.

Le pasé el pie por el muslo, dándole mi claro mensaje.

—Así me gusta.

Se levantó de la silla y me tomó la mano para levantarme también, pero no sólo eso, sino también tomarme entre sus brazos y llevarme junto a él a otra aventura placentera.

—¡Bájame! —le grité entre risas.

—¡Sht! —me calló, dándome una fuerte nalgada.

.

Cuando desperté el cielo aún no reflejaba el amanecer. Por un momento no sabía dónde me encontraba hasta que me di la vuelta y lo vi, durmiendo profundamente. Suspiré e inevitablemente me puse a recordar la cena que tuvimos y luego, bueno… aún sentía el cuerpo adolorido.

Me recargué entre los edredones y observé lo bonito de la habitación que, como toda la casa, tenía una fachada preciosa. Incluso la vista seguía siendo igual de hermosa, con el bosque de frente.

Cerré un momento los ojos, sintiendo su respiración calma chocar con mi rostro.

Me levanté desnuda y me paré un momento frente a la ventana, disfrutando del paisaje. De pronto, escuché un murmullo, pero al girarme comprobé que seguía durmiendo. Estaba hablando entre sueños.

—Renata —susurró, arrugando el rostro.

Mi corazón comenzó a latir más deprisa mientras caminaba hacia atrás.

¿Está soñando con ella?, pensé con los labios secos.

Decidí bajar para calmar el nerviosismo que de pronto había surgido en mi corazón. Paré en la sala y me encontré con mi ropa interior y la playera, poniéndomelos rápidamente. Todo estaba hecho un verdadero desastre, pero lejos de divertirme con los recuerdos, me sentí muy incómoda.

Me marché a la sala, disfrutando de las últimas brasas. La casa aún estaba cálida, pero algo dentro de mí me hacía sentir mucho frío. Me senté en la alfombra frente a la chimenea y ahí me quedé, pensando en lo que acababa de ocurrir.

—¿Tan temprano despierta? —inquirió. Di un respingo.

Lo miré. Estaba con las manos en los bolsillos de su pantalón, contemplándome.

—Sí, no pude seguir durmiendo.

—Son las 5 de la madrugada.

Me encogí de hombros sin girarme para mirarlo.

—¿Qué ocurre?

—Nada, solo pensaba, el sonido de los pájaros me relaja —lo evadí, aun cuando él me estaba mirando con esos ojos tan inquisidora.

Se sentó a mi lado, pero luego nadie dijo nada, a ambos nos habían comido la lengua. Entonces lo oí suspirar y me atreví a mirarlo.

—Tuve una pesadilla —me contó.

—Lo sé.

—Ya veo, por eso estás así.

No contesté.

—¿Qué fue lo que viste en esas fotografías? —interrogó con seriedad.

Tragué.

—Te vi a ti con… una mujer.

—¿Qué más?

—La besabas, la… —apreté los labios, pero seguí—. Era tu novia, ¿no?

—No, era mi ex esposa —dijo con los ojos muy abiertos.

Asentí, mirando hacia abajo.

—¿Lo sabías? ¿Mi madre te lo dijo? —Se veía molesto.

Negué.

—Lo vi en un video, lo encontré de casualidad. Era tu boda.

—Carajo. —Volvió a suspirar—. ¿Qué más sabes?

—Que es la misma mujer de aquella revista —musité—. Por un instante creí que había muerto, pero entonces la recordé.

—Debes tener muchas preguntas.

—Sí, las tengo.

Él se quedó callado nuevamente, sin saber cómo continuar.

—Prometí que iba a ser sincero, creo que es momento de que lo haga —susurró—. ¿Me prometes que escucharás palabra por palabra?

—Lo haré.

Se acercó a mí y se sentó en frente, dispuesto a liberar uno de los tantos secretos y recuerdos que aguardaban en su corazón.

—Ella se llamaba… —Carraspeó—. Se llama —enfatizó— Renata Vulturi.

—Esa familia a la que tanto odias.

Asintió con lentitud.

—Nos conocimos hace muchos años atrás. Yo estaba finalizando mi universidad y ella era parte de un nivel menor. Teníamos cerca de… 22 o 23 años, ya no lo recuerdo bien. Fue en una fiesta de la facultad, pasó de pronto, simplemente la vi. Era tan seria, tan correcta y mantenía una frialdad que en esos momentos creí que sería perfecta para mí.

"—Al principio fuimos amigos. Ella conoció a todos a quienes sigo manteniendo en mi círculo, aquellos a los que conoces, como por ejemplo Tanya, Garrett y Kate.

Me pasé una mano por el brazo, buscando darme calor.

—No tardamos en ser novios y creo que tanta rapidez se debió a que precisamente llegó en un punto de mi vida en el que todo era caos. Yo aún no superaba la muerte de mi hermana y mi entorno estaba cada vez más desastroso. Era un joven muy rebelde, Bells, con pretensiones absurdas, viviendo la vida de la universidad como un verdadero loco. —Sonrió con nostalgia—. Jacob Black, mi mejor amigo y a quien no conoces aún, siempre me dijo que, de no haber sido tan bueno, habría acabado destrozando mi carrera. Era un demente, Bella, incluso antes de conocer a Renata, no te habría gustado conocerme, te habría hecho tanto daño.

Sus ojos se tornaron acuosos y yo sentí que mi garganta se ennudecía.

—Pero Renata siempre fue una roca, dura, fuerte. —Se rio—. Eso creía, que era fuerte, pero tenía mal integrado el concepto en ese tiempo. Renata no era fuerte, era un témpano de hielo, nada la sobrepasaba y yo necesitaba eso, o bueno, eso creía mi madre.

"—Recuerdo bien que cuando la vi me sorprendí. Era una de las pocas mujeres en mi carrera, así que no era fácil olvidarla. Renata era una mujer seria, con un rostro impenetrable y difícil de leer —sonrió con algo de tristeza—. Pero me gustó y, bueno, ella también se interesó, ¿y sabes cuándo se interesó? Cuando supo que era el terror de la alta sociedad neoyorkina.

¿El terror de la alta sociedad? ¿Por qué…?

—No era hombre para ti, Bella, no era quien soy ahora.

Tragué, mientras lo veía triste, saboreando los más intensos recuerdos.

¿Qué pudo haber hecho para recalcarme tanto eso?

Tuve miedo.


Buenas noches. Les traigo un nuevo capítulo para ustedes. Se acerca el comienzo de la verdad y Edward tiene mucho que decir. ¿Cómo creen que lo tomará Bella? ¿Qué piensan que pudo pasar con Renata? Hay una historia muy oscura detrás. Sólo hay una certeza y es que Edward está muy herido, con cicatrices que aún cuesta sanar

Quiero comentarles que como ya nos acercamos a los 1k reviews, quiero celebrar, ¿cómo?, dándoles imágenes de adelanto exclusivo en mi grupo, ¡podrán comentar sus teorías! Pero cuidado, que todo quedará a la interpretación

También quiero comentarles que planeo un Outtake de Edward POV para después del capítulo 25, ¡espero les guste la idea!

Agradezco los comentarios de KaroSwan, Vanina Iliana, Gra, LicetSalvatore, yaly, angryc, PoliFP13, Karina, Alison, jupy, Mar91, Isa, Andre22-twi, esme575, Liz Vidal, cavendano13, Twilight all my love 4 ever, Lys92, carlita16, AlyciaCullen, Jeli, Anna, freedom2604, Yoliki, NadiaGarcia, carol, carolaap, saraipineda44, Gabs Frape, Jo, Merce, pax99, Maria Swan de Cullen, Val, torrespera172, patymdn, GloriaCullen, joanaferreyraa, miop, Tecupi, gina101528, Melina, Nelva Robsten, Karla, .585, valeeecu, damaris14, Milacaceres11039, Cullenland, lidia22, Arlette, ELIZABETH, Nadiia16, ALEJANDRA MASEN CULLEN, andreasotoseneca, Deathxrevenge, TasahRosario, Anonimo, Juliana masen, DuLce aMoR, Adriana Molina, cary, , kaja0507, Valeria, crizthal, sandy56

¡Espero sus comentarios! Cuéntenme qué les pareció el capítulo, teorías, deseos, ¡todo! O un gracias

Además, si no lo has hecho, pásate a mi nueva historia, Indomable

Cariños a todas

Baisers!