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Y de esa manera, fue como traté de poner en marcha el plan. No era cosa simple, menos al estar con la vista del profesor de Pociones trabada en mi nuca. Por la misma razón es que me senté de espaldas a él a las horas de las comidas, pero las cosquillas en la parte posterior de mi cuello eran casi insoslayables. Mi vista, por lo tanto, daba sólo hacia la mesa de Gryffindor, perdiéndome de lo que había en Ravenclaw, a mis espaldas. Slytherin no me causaba interés para nada. De hecho, me repugnaba sin pensarlo siquiera.
Gryffindors… sí, la mayoría era agradable, pero al único que conocía, de palabra, era a Charlie Weasley, de la vez en que ambos estuvimos en la enfermería y habíamos calzado bien. ¿Sería un buen partido? Tendría que intentarlo, pero sería algo estúpido acercarme de la nada, de pronto. Iba a tener que inventar un plan simple, como chocar con él y saludarlo como un viejo amigo, así él supondría que yo le tenía interés. O, tal vez, no necesitaría planear nada y todo se daría como por arte de magia, como sucedió la segunda semana de enero.
Faltaban diez minutos para la clase de Defensa y a mí se me había olvidado mi tarea en la Sala común, así que corrí a buscarla —sin antes intentar el encantamiento Accio, pero no funcionó— y, el camino más fácil que tenía en ese instante para llegar a las bodegas era pasando por las mazmorras.
Corrí a toda velocidad y, para mi mala suerte, trastabillé con una alfombra y caí encima de una de mis rodillas, raspándomelas con una piedra saliente y rajando la panty de lana en el lugar. Más que el golpe mismo, me dolió el rasmillón.
—Maldita sea —gruñí, cerrando mis ojos con fuerza y agarrándome las rodillas con ambas manos, balanceándome de un lugar a otro, como si eso pudiera mitigar el dolor.
Justo en ese instante, un grupo de Gryffindor dobló en la esquina, camino al aula de Pociones. Entre ellos iba Charlie Weasley y, precisamente, fue el único que se aproximó a mí para ver qué me pasaba. Se acuclilló a mi lado dedicándome una sonrisa afable dibujada en su cara pecosa.
—¿Estás bien?
—¿Ah? —yo tenía los ojos bañados en lágrimas tanto apretar los ojos —Sí —contesté por inercia, pero al quitar las manos de mis rodilla y ver la masa sanguinolenta. Me retracté —No.
—Vaya, eso fue un porrazo tremendo, al parecer —comentó tras lanzar un silbido.
—Pero nada que Madame Pomfrey no pueda curar —dije yo con una leve sonrisa, más parecida a una mueca, mientras me trataba de poner en pie.
Él, muy amablemente, me ayudó.
—¿Crees que puedes ir sola hasta la enfermería?
—Oh, sí, son sólo un par de magullones… Snape te quitará puntos si no llegas a tiempo.
—Sí, tienes razón—me dio una palmada en la espalda —. Bien, hasta la próxima.
Sí, hasta la próxima. Claro que no hubo próxima.
Partí a la enfermería, quedé como nueva, busqué, calmada mi tarea, y volví a clases, diciéndole parte de verdad al profesor, no sacaba nada con mentir, además, los agujeros de mi panty había quedado como testigo, y la cicatriz de mis rodillas también.
—Bien, bien, señorita Tonks, tome asiento, ya no me dé más explicaciones —me dijo al final, harto de mis excusas insistentes para que no castigara a mi casa. Tampoco me castigó a mí.
En fin, me castigara o no, no iba a poder conseguir toparme otra vez con el pelirrojo. A lo más el destino nos hacía lograr cruzar señas con las manos o las miradas, pero fuera de eso, no se dio el momento para hablar. Aparte que sus hermanos gemelos habían extendido la noticia por todo el colegio, y nunca supe cómo se enteraron. ¿Qué tenía malo de ayudar a alguien cuando se caía? Ellos lo veían como algo casi romántico. Eso debió haber espantado a Weasley. Bueno, esperaba que no fuera en vano la propagación de "Weasley ayudó a Tonks" y que Snape se enterara.
En cuanto a cierto personaje, fuese lo que fuera que le hubiese dicho a mi madre el día de su visita, me ignoró completamente. Sin molestias, sin aproximarse a mi caldero, sin indirectas. Apenas cruzábamos miradas, las cuales me provocaban mil sensaciones en un segundo. Un deseo irremediable, unas ganas de lanzarme a su cuello aunque se hallaran veinte estudiantes en el aula. No obstante, debía mantenerme rígida, tenía que hacer que él me buscara, y eso me daba energías para continuar mi plan. Así que tuve que, casi ya cumplido el mes de Enero, buscarme una nueva víctima: Aidan Turpin, de Ravenclaw. Nos sentamos juntos en la clase de Encantamientos accidentalmente —Margaret y Shacklebolt estaban repartidos por otros asientos —, y congeniamos bastante bien. Y tuve la esperanza de que fuera a resultar, pero el interés que demostró Turpin por mí, fue momentáneo.
Realmente, conquistar a una persona por un rato, era más complicado de lo que se leía en el Corazón de Bruja.
Mi vida no se centraba en eso, por supuesto. Estaba concentrada al máximo en mis deberes —debía demostrar a Margaret que dejar el "castigo" había sido lo mejor académicamente hablando —, sobre todo en Pociones, donde ya no me aparecían calificaciones sospechosamente elevadas.
También estaba Lockwood, al que ignoraba, dijera lo que dijera. Podía tratarme de la peor manera los siete días de la semana, pero no lograba llamar mi atención.
O eso fue lo que sucedió hasta que, el primer día de febrero, nos encontramos de súbito en las mazmorras, cerca de la hora de la cena. Yo paseaba "accidentalmente" por allí —sinceramente, estaba en la duda si ir o no a ver a Snape — y él, de seguro que iba camino a su Sala Común.
—Vaya, Fenómeno, ¿qué haces aquí? ¿Crees que habita alguna quimera por las mazmorras? Porque te recuerdo que son animales de fuego, y no de humedad.
Bufé, apartándome lo más que pude de él para esquivarlo, pero éste fue más rápido y me agarró del brazo.
—¿Qué te sucede? ¿Por qué no contestas?
Estaba muy picado porque, claro, no estaba acostumbrado a que sus insultos fueran recibidos con silencio, y menos que lo miraran con tanta indiferencia, como si fuera una piedra en el camino. Pero, entonces, de pronto, todo cambió de rumbo de una manera increíble y súbita, pasando a llevar mis propias reglas, y las de Lockwood, y todas las existentes…. Absolutamente todo. Mi vista periférica no me engañó, porque aquella imagen era inconfundible: Snape, acabando de doblar la esquina, a muchos metros, y de manera silenciosa. Sus pasos no resonaron. Pero era él, sin duda.
Mi corazón se puso a palpitar a cien por hora, y las mejillas me ardieron… y tuve una idea estúpida. Tenía que hacerlo, no me quedaba otra salida. ¿Quería que mi plan funcionara? Pues bien, era el chico perfecto, aunque me odiara y yo lo odiara a él. Y agradecí que fuera atractivo, al menos lo físico no podía discutirse: siempre andaba bien vestido, afeitado y perfumado. Pero su personalidad siempre iba a darme asco.
—Lo siento, Lockwood —farfullé con voz temblorosa, sintiendo aquella presencia más y más cerca —, pero no significa nada.
Arqueó las cejas perturbado por mis ambiguas palabras, pero no alcanzó a contestar: yo ya lo había tomado de la nuca para acercarlo a mí. Como lo pilló de sorpresa, no opuso resistencia, mas tampoco lo hizo cuando comencé a besarlo.
Cerré los ojos con fuerza, preparándome a que me diera un empujón.
Pues, no fue así. Me rodeó con los brazos y me apegó más a sí. En ese instante no me preocupó aquello, de hecho, estaba agradecida. Lo único que deseaba era que la imagen quedara en la retina de Severus, que le escociera la piel, le hirviera la sangre y lo embargara el terrible veneno de los celos.
Tal vez pasaron segundos, o minutos. Perdí la noción del tiempo. Lo que sí sé, es que la voz de Severus sonó como una explosión ardiente en el pasillo.
—¡Veinte puntos menos para cada uno!
Nos separamos de golpe: yo aliviada; Lockwood con la vergüenza de protagonista.
—Esto es un colegio —Snape nos alcanzó y me dirigió una mirada gélida —, no un burdel —los ojos se me llenaron de lágrimas ante esas palabras —. Fuera los dos, no quiero verlos en este pasillo nunca más.
Salimos despedidos en la misma dirección, alejados el uno del otro, pero cuando perdimos a Snape de vista, el chiquillo se acercó a mí, ya no avergonzado, sino que iracundo. Las mejillas, siempre pálidas, estaban encendidas.
—¿Por qué me besaste? —me espetó por poco echándose a llorar.
Me sorprendió su actitud. Nunca lo había visto así de desesperado.
—Eso no te lo puedo contestar —susurré, temiendo a que se le ocurriera lo de Snape, a que descubriera la razón.
—¿Creíste que me gustaría?
—Claro que no —contesté, espantada.
—Ah, qué bien que lo sabes, porque si te respondí —el color de su rubor alcanzó más intensidad—, fue porque… eres mujer.
Era mala para distinguir las mentiras… pero esa era una mentira espantosa. Y me sentí muy mal por la situación. Preferí aclararlo todo de inmediato.
—Lockwood, tú no me gustas. Te dije advertí que el beso no significaba nada.
Iba a darle una palmada amistosa en el brazo, pero éste se alejó, ofendido y más enojado aún.
—¿Quién dijo que me gustabas? ¡Eres una mestiza y amorfa! —abrí la boca, anonadada… volvía a la normalidad — No me gustas, y no… no te me acerques más.
Comenzó a alejarse a zancadas, pero alcancé a gritarle:
—¡Disculpa, pero el que se aproximó a mí fuiste tú!
No dijo nada, y no me importó: yo le gustaba a Lockwood, y también me daba igual, y sería lo mismo si no. Para mí la sensación de sus labios no había sido más que un trozo de masa húmeda y ligera.
Suspiré.
Por un instante creí escuchar pasos… y luego, comprendí que no eran más que las gotas del lavabo del baño que estaba cerca. Snape no se me iba a acercar. Al menos, no esa noche.
¿Le habría afectado verme con alguien de su propia casa?
