CAPÍTULO 25
Ya habían pasado cuatro días desde que Amy se enteró de que aquel primer acercamiento físico con Sheldon tuvo consecuencias inesperadas y la situación no parecía prometedora para ella. Por más que reflexionaba no podía aclarar sus pensamientos. Seguía sin poder decírselo a Sheldon ni a nadie más, ni siquiera a Penny por temor a que divulgara la noticia. Mattias era la única persona con la que Amy compartía este secreto, al menos por el momento.
Durante estos cuatro días, una idea recurrente había rondado la cabeza de Amy. Ella tenía en claro que a Sheldon no le hacía mucha gracia la noción de la crianza de un hijo, ni siquiera de una mascota para ser precisos.
Cuando recién se conocieron Amy y Sheldon se habían planteado la posibilidad de valerse de la fertilización in vitro y de un vientre de alquiler para generar un ser con las mejores características genéticas de ambos, pero después de considerarlo a fondo, habían desistido completamente de esta idea.
Ahora la situación era muy diferente, aquel ser que alguna vez pensaron crear artificialmente, ya existía. Concebido de manera natural, ese pequeño homo-novus, había hecho su incursión en la vida de Amy, alterándola por completo.
Aparentemente, con sus casi siete semanas, la pequeña criatura que crecía milímetro a milímetro dentro de ella tenía fuertes preferencias en cuanto a comida y horarios. A juzgar por las náuseas intensas que experimentaba Amy cada vez que probaba alimentos que no se encontraran dentro de los esquemas para desayuno y otras comidas de Sheldon, el pequeño embrión no solamente compartía la mitad de su material genético con su padre sino también, algunas de sus manías.
─ Ya sé, ya sé, hoy es día de tostadas francesas y no vas a aceptar que coma otra cosa, verdad?, preguntaba Amy a su… bebé. Aún no sabía si era apropiado llamarlo así, le parecía tan lejano a pesar de encontrarse dentro de su vientre.
Por supuesto que Amy conocía perfectamente la biología del desarrollo de un embrión a las siete semanas y entendía que en este momento era imposible que le escuchara o que realmente tuviera opiniones en cuanto a sus gustos a la hora del desayuno. Entre otras cosas, sabía que su sistema nervioso se estaba empezando a desarrollar y que ya tenía un corazón en formación con su propio latido, pero esos eran simples aspectos biológicos.
Aquel minúsculo embrión parecía controlar los ciclos de sueño y vigilia de Amy, que por ahora sólo tenía ánimo para dormir. Amy no estaba segura si era por la presión del útero sobre su vejiga, pero parecía que la capacidad de su vejiga también se había reducido al mínimo. Y qué decir de los cambios de humor que experimentaba, de un minuto a otro pasaba de la risa al llanto.
Luego del shock inicial al conocer la noticia, Amy consideró varias opciones. La primera por supuesto habría sido decírselo a Sheldon de inmediato, cosa que le fue imposible. En lugar de ello había terminado preguntándole que opinaba al saber que Howard y Bernadette estaban considerando tener un bebé. A Sheldon le pareció que era una idea descabellada y ridícula. Amy se había sentido desilusionada y molesta. No había llamado por teléfono o por Skype a Sheldon desde aquella pequeña discusión que tuvieron. ─ Malditos cambios hormonales!, pensaba Amy.
Sheldon si le había llamado pero por unos minutos apenas, solamente para saludarle y saber cómo había estado su día. Después de todo, no fue culpa de él que Amy se molestara. El solamente había dejado en claro su posición y ella estaba siendo irracional, al menos eso era lo que pensaba Sheldon. ─ Cuando me vea en Estocolmo, justo frente a su puerta, se le va a olvidar esta discusión ilógica y todo será como antes, pensaba Sheldon mientras empacaba sus pertenencias para su viaje a Suecia. Se encontraba ansioso por ver a Amy y estar junto a ella. Se imaginaba lo que harían al estar uno con el otro y su taquicardia se manifestaba otra vez.
Por su parte, Amy seguía considerando otra de las opciones que inevitablemente rondaba su mente, y era la idea de terminar con este embarazo, sin que Sheldon o alguien más se entere de ello. Conocía que estaba a tiempo para hacerlo, y que el proceso sería relativamente sencillo en estas semanas de embarazo. Tal vez sería un paso necesario para que las cosas retornen a la normalidad. Así podría continuar con su carrera y con su relación con Sheldon, de la manera en que había hecho hasta ahora. No estaba preparada para tener un hijo, quizá en el futuro. Le parecía duro admitirlo, pero era verdad.
Después de vestirse, desayunar y luchar porque las náuseas no le obliguen a vaciar su contenido gástrico, Amy salió de su departamento meditando en aquella idea. Mattias ya se encontraba esperándola en la puerta del edificio para ir al trabajo.
─ ¿Cómo te sientes hoy Amy?, preguntó Mattias.
─ Un poco mejor, puedo tolerar pequeñas porciones de tostadas francesas, eliminando solamente el 50% de lo ingerido, bromeó Amy.
─ Ya se lo dijiste?, le cuestionó Mattias sin poder ocultar su curiosidad.
─ No he podido hacerlo, no encuentro la oportunidad, dijo Amy. Siguió caminando sin emitir otra palabra hasta que llegaron al laboratorio.
Observando la incomodidad que sentía Amy por no poder tolerar el olor del formol con que se conservaban las piezas anatómicas en el laboratorio. Mattias había tenido que asignarle otra actividad dentro del proyecto.
Ahora Amy evaluaba clínicamente las respuestas de los participantes en el estudio al estimular eléctricamente ciertas zonas del cerebro. Era divertido, pero Amy siempre había preferido trabajar directamente con las piezas anatómicas. Por el momento, eso sería imposible, la sola idea del olor a formol ya le producía náuseas.
Durante su almuerzo de todos los días, Amy conversaba con Mattias, sin poner mucha atención ni en la plática ni en su comida.
─ ¿Te pasa algo?, preguntó Mattias, ─ te veo muy pensativa.
─ Umm, sí, quería preguntarte una cosa. ¿Cuál es tu posición con respecto a la terminación de un embarazo no planificado?, dijo Amy súbitamente.
─ Quieres decir… un aborto?, agregó Mattias sorprendido por la inusitada pregunta de Amy.
─ Básicamente sí, continuó Amy.
─ Bueno, es un tema delicado. Sabes que aquí es una opción legal, pero yo tengo mis convicciones y considero que no es una opción viable. Creo que un embrión o un feto es un ser humano, y no estaría de acuerdo en terminar con su vida así, de esa manera, pero cada persona puede decidir sobre su cuerpo. Además, le estás preguntando a un pediatra vegetariano y budista, contestó Mattias.
─ Sí, probablemente tienes razón Mattias, fue lo único que Amy pudo agregar.
Al terminar el almuerzo Mattias y Amy continuaron trabajando cada uno en sus respectivas obligaciones de ese día. Amy no podía dejar de pensar en aquellas palabras de Mattias, normalmente ella era muy liberal en cuanto a este tipo de decisiones personales, pero nunca se había encontrado en esta situación.
Al regresar a su casa, luego de un tedioso día en el Instituto de Neurociencias, Amy no tenía ánimo para nada. Trataría de dormir unas horas, se recostó en su cama, sosteniendo entre sus manos aquella foto que Sheldon le había regalado el día en que viajó a Estocolmo. Le extrañaba mucho.
Amy trataba de imaginarse cómo sería su vida en el futuro, si pudiera saber que iba a pasar. Se imaginaba a Sheldon y a su hijo o hija comprando su primer tren a escala o leyendo su primer libro de Física, juntos. Se preguntaba si su bebé tendría aquellos hermosos ojos azules de Sheldon, o si le gustaría que le llamen Moonpie.
Por accidente o no, aquella pequeña criatura con sus 14 milímetros o menos, había sido concebido por amor, eso era innegable, Amy lo sabía. De pronto, la situación en su cabeza comenzó a aclararse. Era su bebé, su hijo, ya no le importaba que dijera su mamá o el mismísimo Sheldon. Era suyo, eso era lo importante. Y aunque antes haya estado confundida, sabía que lo amaba con el mismo amor que a Sheldon. Tenía que decírselo. Amy comenzó a llorar, las hormonas van a acabar enloqueciéndome, pensó.
Amy tomó su teléfono celular. Trató de darse valor por cerca de un minuto, respiró hondo, se secó las lágrimas, hasta que por fin se decidió a marcar. El timbre de la llamada sonó dos veces y luego… directo al buzón de mensajes.
Sheldon detestaba los aeropuertos, tanta gente de cientos de lugares diferentes, tantos gérmenes, tanto ruido. Se sentía sofocado.
Luego de pasar unos 40 minutos en una exhaustiva revisión de seguridad, todo gracias a ese peso mexicano que Billie Sparks le metió dentro de la nariz cuando tenía 5 años y que nunca pudieron removerle, Sheldon pudo finalmente abordar el avión con destino a Estocolmo.
Siempre tenía que viajar llevando consigo una placa de rayos X en la que claramente se observaba aquel peso mexicano alojado en sus senos paranasales, sin embargo, esos incompetentes de la seguridad del aeropuerto, tenían que revisarlo con sus sucias manos. El sólo recordarlo le ponía la piel de gallina.
Había pasado toda la semana, entrenando a su asistente Alex Jensen para que pueda reemplazarlo en el proyecto en que estaban trabajando, mientras él se encuentre en Suecia. Le había sorprendido lo inteligente y eficaz que resultó aquella muchacha. Ella en agradecimiento había podido conseguirle un vuelo a Estocolmo que tenga una hora de salida más temprana que el que originalmente había comprado. Todo con tal de estar junto a Amy lo más pronto posible, pensó Sheldon mientras se acomodaba en su asiento y apagaba su teléfono celular.
─ En unas quince horas aproximadamente, estaré junto a mi novia. Ya no puedo esperar se dijo Sheldon a sí mismo. ─ Y… ese vikingo va a saber quién es el Dr. Sheldon Cooper, voy a demostrarle como defienden los texanos a sus mujeres, sonrió arrogantemente.
Sheldon dijo esto último pensando que no tenía que preocuparse porque Amy lo engañe con Mattias, ella no era ese tipo de mujer, claro que no. El que sí le despertaba sospechas era Mattias, que pasaba mucho tiempo junto a Amy, tanto como para "aficionarse" con ella. Después de todo Amy era en efecto, la mejor novia que un hombre pudiese encontrar, reflexionaba Sheldon.
Cuando Amy intentó comunicarse con Sheldon por varias ocasiones, sin éxito, decidió llamar a Leonard.
─ Hola Amy, qué sorpresa!, ¿Cómo va todo por allá?, saludó Leonard extrañado por la llamada.
─ Hola Leonard, todo está muy bien, respondió Amy. ─ He estado tratando de comunicarme con Sheldon pero no puedo localizarlo. Está contigo?, preguntó Amy.
Leonard le había prometido a Sheldon, no decirle nada a Amy sobre su viaje a Estocolmo, quería que sea una sorpresa. ─ Sheldon, ahh?, él… fue a Galveston, Texas, para visitar a su mamá y su abuela, mintió Leonard.
─ No me dijo que iría a Texas, le pasó algo a su mamá o su Meemaw (abuela)?, preguntó Amy preocupada.
─ No, no les pasó nada, es una especie de… reunión familiar, continuó Leonard, algo nervioso y tratando de evitar que Amy descubriera que mentía. ─ Trata de llamarlo más tarde o mejor mañana en la mañana. Seguramente él te llamara apenas pueda hacerlo.
─ Está bien, dijo Amy con un tono de resignación. Saluda a Penny de mi parte.
Inmediatamente Amy sintió una corazonada, sabía que algo no andaba bien. Sheldon siempre le cuenta este tipo de cosas. Estaría enfadado con ella por algún motivo?. Ojalá que sólo sea impresión mía, pensó.
Amy se sentía muy cansada así que decidió que lo mejor que podía hacer era dormir y llamar nuevamente a Sheldon por la mañana. Cuando estuvo a punto de irse a la cama, sintió un leve dolor lumbar y en su vientre. Respiró hondo y se quedó recostada por unos diez minutos, sin moverse. El dolor finalmente pasó y Amy se sintió más tranquila, le costó un poco conciliar el sueño pensando en todas las emociones de ese día, pero por fin pudo dormir hasta las siete de la mañana del día siguiente. Sábado.
Apenas se despertó Amy volvió a sentir aquel dolor en su vientre y región lumbar, pero ahora era más intenso. Amy puso sus manos a nivel de su vientre y frotó suavemente como tratando de hacer que el dolor desaparezca. Con un poco de dificultad se sentó en la cama y trató de calmarse. Seguramente no es nada, pensó. ─ Ya se me pasará, se dijo a sí misma.
Se levantó de la cama y se sintió mareada como todas las mañanas, eso no era una novedad. Sentía que su vejiga estaba a punto de explotar y se dirigió hacia el baño, eran unos cuantos pasos entre su habitación y el tocador pero se le dificultaron tremendamente por aquel intenso dolor que sentía en su vientre. Ahora estaba muy preocupada.
Al llegar por fin al baño y vaciar su vejiga Amy se dio cuenta de que había sangre en su ropa. ─ No, no cálmate Amy, no va a pasar nada se dijo a sí misma.
Amy se cambió de ropa y tomó un vaso con agua. El dolor se incrementaba con el pasar de los minutos. No quería ponerse a llorar, pero era inevitable, estaba aterrorizada. Llamó por teléfono a Mattias, quien al escuchar su voz llena de angustia llegó a su departamento en apenas un minuto.
─ ¿Qué sucede Amy?, preguntó Mattias muy nervioso.
─ No sé, no sé, tengo mucho dolor y estoy sangrando, dijo Amy entre sollozos. ─ Mattias, no quiero perder a mi bebé.
─ No, cálmate Amy, todo va a estar bien dijo Mattias. ─ Vamos al hospital inmediatamente, agregó el joven abrazando a Amy, al tratar de tranquilizarla.
Al llegar a Estocolmo, Sheldon decidió que era mejor encargar su equipaje en el aeropuerto. Al menos hasta localizar a Amy y encontrar alojamiento. Por supuesto que quería quedarse en el departamento de ella pero no estaba seguro si era socialmente correcto.
Muy emocionado por estar a menos de una hora de ver a Amy, abordó el tren ligero para llegar hasta el centro de Estocolmo. La mañana era un poco fría y había llovido la noche anterior. Al llegar a la estación del centro de Estocolmo, Sheldon tomó un taxi para que lo llevara al edificio donde Amy vivía.
─ Sí es aquí, Kungsgatan # 56-54, departamento 3-A, dijo Sheldon en voz alta al localizar la dirección de Amy, que se encontraba justo al otro lado de la calle.
Levantó la mirada del papel en el que había anotado esa dirección y al ver hacia el frente a aquel edificio de color ladrillo, pudo ver a Amy salir junto con Mattias que la abrazaba y seguidamente le ofrecía su mano para subirse a un automóvil que partió a extrema velocidad.
Su respiración se agitó y sus pupilas se dilataron. Los tics nerviosos no tardaron en aparecer. ─ Oh, Dios. Qué está pasando aquí?, se dijo a sí mismo. Tomó un taxi y le ordenó al conductor: ─ Siga ese auto!.
