Capítulo 24 — Hay que escapar —
Arlong observaba desde el balcón de la parte de arriba a la pareja que se abrazaba reconfortándose el uno al otro con palabras de amor.
—Nami, tenías que irte..
—¿Irme? No podía irme sin ti, Luffy —contestó la pelirroja entre sollozos.
—Ya pensaremos en algo.
—Por fin estoy contigo.
—Tranquila, pensaremos en algo.
Hatchan detrás de Arlong tocó su hombro tratando de tranquilizarlo, pero el morocho se zafó y tomó el arma de dentro del abrigo de su sirviente y apuntó directamente a Nami. Luffy logró verlo antes del primer disparo e hizo agachar a Nami, logrando que el primer tiro fallara.
—¡Vayámonos! —gritó, Nami gritó también.
Luffy bajaba las escaleras seguido de Nami que trataba de seguir el paso lo más rápido que podía. Cada diez segundos, Arlong que los perseguía, disparaba el arma contra ellos. El último piso ya estaba inundado, y no podía arriesgarse a una muerte segura si se quedaban allí, por lo que simplemente se tiraron al agua para tratar de escapar.
Los tiros hacían que el agua salpicara a todas partes. Tres tiros más y Arlong se quedó sin balas. Viéndolos correr cuesta arriba por el comedor, gritó:
—¡Espero que la pasen muy bien juntos!
Hatchan logró bajar a su lado momentos después y encontró a Arlong, en el último escalón seco de la escalera, riendo como un loco.
—¿Qué puede ser tan gracioso, señor?
—Puse el diamante en el abrigo.. —hizo silencio unos segundos y prosiguió ahora seriamente —¡Y LE PUSE EL ABRIGO A ELLA!
Nami y Luffy lograron escabullirse entre los largos y confusos corredores del lugar, para después tratar de volver a cubierta por un diferente camino.
Mientras Zoro y Robin esperaban uno de los últimos botes, todo el mundo se amontonaba tras ellos. La morocha no quería separarse del peliverde ni por un segundo, y lo sostenía con fuerza del brazo. Zoro empezaba a preocuparse.
—¡Oficiales de mierda! —gritaba Sanji señalando a Helmeppo —¡Maldita sea, nos están negando la posibilidad de vivir!
—¡Atrás! ¡No se acerquen o dispararé!
Detrás de Sanji un hombre fue empujado y por lo tanto, Sanji trastabilló hacia adelante. Helmeppo pensó que lo había hecho intencionalmente y disparó. Le disparó a Sanji. El grito agudo de Vivi al ver tal escena se escuchó con gran eco. Pero no fue la única en gritar.
—¡Zoro!
Robin tenía los ojos bien abiertos y miraba a Zoro, que ya no estaba a su lado. Sino que estaba delante de un Sanji totalmente desprevenido y con tal sorpresa que no pudo articular palabra.
Helmeppo se quedó quieto en su lugar sin decir nada. Simplemente vio como la sangre del peliverde caía al piso y era arrastrada hacia él. Caminó unos pasos hacia atrás y observó la situación nuevamente.
—M-maldito idiota.. ¡¿qué demonios estás haciendo?! —las palabras que Zoro gritó al darse vuelta y mirar a Sanji casi fueron un alivio para los tres que tenían el corazón en la boca por él.
—¡¿Por qué hiciste eso, marimo de mierda?!
—Si no lo hacía la bala te iba a dar en el pecho.. y Vivi se iba a poner bastante histérica.
Vivi abrazó a Sanji con lagrimas en los ojos y el rubio aun bastante atónito dejó caer su cigarrillo al suelo. Robin corrió hacia Zoro y observó el balazo. El brazo del peliverde sangraba y sangraba sin parar. La bala le había dado de lleno en el músculo superior. Le rompió la manga de la camisa que tenía sana y envolvió la herida con ella. Luego abofeteó a Zoro y le dio un beso.
—Hablando de histéricas.. —susurró el peliverde con una media sonrisa mientras todavía abrazaba a Robin con fuerza. De reojo pudo ver como Helmeppo daba algunos pasos hacia atrás y se colocaba el arma en la cabeza.
Nami y Luffy recorrían el comedor en picada cuando la pelirroja detuvo a Luffy. En frente de ellos se encontraba Franky mirando a un reloj firmemente, con un baso de coca-cola en la mano.
—Señor Flam —lo llamó Nami quedándose parada como una estatua frente a él.
—Nami.. —contestó éste con vista perdida y sin énfasis al hablar.
—¿Ni siquiera va a intentarlo? —preguntó la pelirroja acercándose.
—Lamento no haberle construido un barco más fuerte, señorita Nami.
—Se hunde rápido, debemos irnos —Luffy la tomó de la mano tratando de seguir adelante pero Franky lo detuvo.
—¡Esperen! —el peliazul le entregó un chaleco salvavidas —Que tengas suerte, pequeña.
—Gracias —respondió la pelirroja luego de darle un abrazo y seguir su camino.
Barbablanca caminaba hacia la sala de mando sin darle importancia a todo el griterío proveniente a su alrededor. Uno de sus oficiales trató de darle un chaleco salvavidas pero él lo evitó.
—Capitán —el hombre volteó y vio frente a él a una mujer de no mucha edad con un pequeño de no mas de 8 meses en sus brazos, su corazón se partió en mil pedazos, sabía que morirían —Capitán, ¿a dónde debo ir?
Barbablanca no respondió y siguió su camino. Una vez habiendo llegado a la cabina de mando, entró y cerró la puerta, encerrándose dentro.
—Bien, esto se acabó —dijo uno de los músicos parándose de su asiento.
—Adiós, señores —saludó Brook siendo el único en el lugar aun con ganas de seguir tocando —¡Yohohoho! Esta noche será inolvidable.
Brook suspiró y sonrió abiertamente. Siempre había sido conocido por esa gran sonrisa que nunca desaparecía de su rostro. Empezó a tocar una canción. Una melodía que a todo aquel que la escuchaba le llegaba al alma. Quizás por lo bella o por la situación en la que se encontraban en aquel momento.
Al escucharlo, sus compañeros, que empezaban a marcharse con sus respectivos instrumentos no pudieron evitarlo y se acercaron para acompañarlo. Así tocaron juntos hasta el final.
Zoro caminaba tocándose el brazo lastimado mientras Robin no lo apartaba de su vista. La mitad del barco ya estaba completamente inundada. ¿A dónde irían?
—¿Qué te pasó en el brazo, viejo? —Zoro miró de soslayo a aquella voz que le hablaba. Era un chico morocho, de ojos claros y ojeras. Llevaba en su espalda a una chica de su misma edad con pelos rosados sueltos que se encontraba desmayada.
—Tiro de bala, ¿qué le pasó a ella?
—Supongo que está en shock. Desmayada está mejor, no hay tiempo de escucharla gritar. ¿Algún lugar al que vallan?
—No hay nada —respondió Zoro con el ceño fruncido al darse cuenta de que Robin lo escuchó —¿Qué hay de ustedes?
—Escuché que había todavía un bote, pero parece que llegué tarde.
—No te iban a dejar subir de todas formas. Solo aceptan mujeres.
—Lo sé —suspiró el morocho.
La banda se detuvo al ver el agua emanando hacia ellos de manera tan salvaje. Sin embargo Brook no parecía sorprendido aun. Bajó un poco su violín y miró a sus compañeros.
—Caballeros, un placer tocar con ustedes esta noche.
