¡Hola a todos! Si, tienen derecho a abuchearme y tirarme piedras u_u, me demoré cerca de medio año y la única excusa que puedo dar es que la universidad me tenía loca. Lo bueno es que oficialmente terminé una carrera, así que ya soy casi profesional. En fin, eso no importa mucho. Lo interesante es que hice este capítulo un poco más largo de lo normal como compensación y me pondré inmediatamente a trabajar en el siguiente ^_^. Avance con la línea de hechos y ahora comienza la acción, aunque aun no tengo idea de cómo exactamente o_oU.
Disclaimer: Katekyo Hitman Reborn no me pertenece.
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What's worth fighting for
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Cerró la puerta de su alcoba de la forma más silenciosa que pudo.
No quería llamar la atención innecesariamente.
Suspiró. Por fin, al menos podía estar seguro de que si no lo habían seguido para regañarlo hasta ahora no se molestarían en hacerlo por lo menos hasta la mañana siguiente. Tenía toda la noche para dormir y planear una forma de librarse del castigo que seguramente iban a querer darle por contradecirlos de nuevo.
Aziel iba a estar molesto con él por meterse en problemas, otra vez.
¡Pero es que no podía evitarlo!
Ya llevaba cuatro años en ese maldito lugar y aún no podía acostumbrarse a las estupideces que intentaban enseñarle. Cada vez que comenzaban con sus discursos acerca del bien y el mal hacía todo lo posible por ignorarlos y la mayoría de las veces funcionaba, incluso podía intercambiar un par de frases ambiguas que los dejaban satisfechos y con la falsa idea de que estaba "encaminándose". Era cuando intentaban incluirlo en acciones más directas que no podía controlarse.
Todo por culpa del viejo que tenían como jefe.
Desde el principio era obvio que el Superior tenía algo en contra suya. Siempre le asignaba las tareas más complicadas o difíciles y lo presionaba más que al resto. Incluso había intentado castigarlo físicamente en un par de ocasiones, cuando por su edad no pudo cumplir a cabalidad sus labores y era siempre Aziel quien lo defendía y, de alguna manera, evitaba que llegaran a esos extremos aunque aun así no evitaba otro tipo de castigos que eran igual de duros, como encerrarlo sin comida durante una semana.
Pero ahora estaba llegando a nuevos límites.
Hasta el momento su educación había sido meramente teórica y sus labores se dirigían al mantenimiento de la base y a servir como esclavo a los que tenían mayor rango, pero ahora se suponía que debía empezar su entrenamiento para llevar a cabo las misiones que estos cumplían. ¿No se suponía que aún le faltaban algunos años para eso? Todo lo que había aprendido le decía que sí.
Pero era más que eso. No le molestaba entrenar si significaba volverse más fuerte, eran las razones por las que se suponía que tenía que luchar las que lo enfermaban.
¿Realmente esperan que haga con otros lo mismo que hicieron conmigo?
Lo habían arrancado de los brazos de su padre, lo sabía bien aunque sus recuerdos se habían ido difuminando con el tiempo. Aziel no lo había dejado olvidarlo. Y ahora no podía entender como los demás podían pedirle que se les uniera en su próxima misión como observador para que aprendiera cómo lidiar con las "abominaciones" que aun poblaban el planeta. Era esa la razón por la que les había gritado que no tenía ninguna intención de pelear por algo que no valía la pena y se había ido a su habitación sin mirar atrás. No podía creer que de verdad estaban tan convencidos de su causa como para luchar y morir por ella, sobretodo cuando dicha causa no eran más que ideas retorcidas y retrógradas que solo servían para justificar la forma en que destruían la vida de las personas.
Un sollozo que no se esperaba se quedó atorado en su garganta.
¿También llamaban a oto-san abominación?
Suspiró profundo para mantener sus emociones en control. Ya no era un mocoso débil. Por más que solo tenía siete años sabía perfectamente como valerse por sí mismo, así que ya era hora de que los pocos recuerdos que aún conservaba dejaran de afectarle tanto. Después de todo, no es como si recordara algo más que imágenes, sonidos y solo breves memorias. Incluso había veces que se preguntaba si todo eso no eran realmente inventos de su imaginación para darle soporte a las cosas que Aziel le contaba.
En fin, por ahora era mejor dejar de pensar e irse a dormir.
- ¡No!
Gritó despertando sobresaltado a la vez que se sentaba en la cama.
Observó con ojos vacíos sus alrededores por algunos minutos mientras los últimos vestigios del sueño que acababa de tener despejaban su mente. La misma habitación que venía ocupando durante los últimos años. Dio un suspiro a la vez que se recostaba de nuevo y cubría con una mano sus ojos, notándolos húmedos, pero en realidad eso ya no le sorprendía. No se molestó en intentar volver a dormir, ya no tenía ganas y nunca lo conseguía de todos modos.
Llevaba años sin tener una noche de sueño tranquila.
La pesadilla esta vez se había sentido más real que de costumbre y había ligeras diferencias con las que siempre tenía. No había solo rememorado una vez más el día que se llevaron a Giacomo de sus brazos, esta vez había visto algo más. Un niño, de la edad que Giacomo debía tener en ese momento, con el cabello negro como él, se encontraba en un lugar oscuro parecido a un calabozo. De alguna forma podía sentir que estaba triste aunque se encontraba de espaldas a él y no daba ninguna muestra de estar llorando, y cuando se acercó lo suficiente como para poder ver su rostro, todo se desvaneció en oscuridad.
Lo había dejado demasiado intranquilo. ¿Podía ser que Giacomo se encontrara en una situación igual? ¿Se encontraría triste porque lo extrañaba? Aunque después de tanto tiempo ni siquiera podía estar seguro de que lo seguía recordando.
Eso trajo una nueva punzada de dolor a su pecho.
Había pasado mucho tiempo, más del que habían esperado en un principio y lo peor era que él seguía sin poder hacer nada más que esconderse como un cobarde. Había colapsado en un principio y si no fuera por el cuidado constante que todos le daban dudaba que hubiera sobrevivido al año. Realmente los había preocupado mucho.
En especial a Yamamoto.
Este incluso había descuidado sus funciones como guardián para dedicarse enteramente a cuidarlo, asegurándose de que se alimentara y se mantuviera al día con sus medicinas. En todo ese tiempo había dejado que el control de su vida se le fuera de las manos y había sido el espadachín quien pacientemente se quedó a su lado asegurándose de que no se rindiera. Incluso en ese momento, sabía que se encontraba en la habitación de al lado y que si su grito hubiera sido un poco más fuerte ya hubiera tumbado la puerta de su habitación para asegurarse de que estuviera bien.
Y lo odiaba.
Nunca le había gustado depender de las personas, sabía cuidarse solo desde pequeño y cuando tuvo a Giacomo decidió no depender de los demás y asumir sus responsabilidades él solo. ¿Qué había pasado entonces con el Gokudera decidido y valiente? ¿Qué pasó con la determinación de seguir siendo parte de la familia Vongola y apoyarla a pesar de que su situación había cambiado? No se había vuelto más que una carga y detestaba con todas sus fuerzas que todo ese tiempo solo se la había pasado escondiéndose como una rata. Ni siquiera participaba directamente en la búsqueda de su propio hijo. Se sentía sofocado de solo pensar así y ya no podía soportarlo.
Se levantó y se dirigió a la ventana de su habitación, un pequeño lujo que le habían permitido tener cuando se convencieron de que realmente no iba a haber un francotirador siguiéndolo eternamente para eliminarlo. Abrió las cortinas a pesar de que todo seguía oscuro a esas horas de la madrugada y respiro un poco de aire limpio.
- Ya no más…- se susurró a sí mismo.
Desde ese momento, retomaba el control de su vida.
Tocó la puerta suavemente, lo suficiente como para que solo la persona dentro pudiera escucharlo. Se había levantado antes de la hora acostumbrada pero sabía que Aziel no dormía mucho así que esperaba que ya estuviera despierto. Unos segundos pasaron hasta que escuchó el suave sonido de la puerta al abrirse un resquicio.
- Debí imaginar que eras tú- susurró una suave voz a la vez que dejaba escapar un suspiro- Pasa antes de que te vean.
No tardó en cumplir la orden y se sintió más aliviado una vez que sintió la puerta cerrarse detrás suyo. Estar cerca de Aziel siempre le daba esa sensación, era la única persona en la que confiaba. Vio al castaño sentarse sobre su cama y hacerle señas para que se sentara a su lado.
- ¿Viniste voluntariamente a explicar lo de anoche?- la mirada que le dirigió le hizo entender que eso era lo que esperaba.
- Bueno, no precisamente pero…- no iba a poder escapar de esa- Lo siento, sé que debí controlarme mejor pero ¡es que me sacan de quicio! ¿Cómo pueden ser tan idiotas para realmente creer que le hacen un bien a la humanidad con toda esa estupidez? ¡Y encima esperan que los ayude!
- Ya hemos hablado de esto Giacomo, estés de acuerdo o no, tu integridad física e incluso tu vida dependen de que crean que estas de su lado aunque no sea cierto.
- No han tomado ya suficiente de mi vida- esta vez su voz era poco más que un susurro.
Con lentitud sacó un rollo de papel que tenía escondido en una de sus mangas y lo desenvolvió delante de Aziel, mirándolo fijamente por unos segundos. El ojigris no necesitaba preguntarle que había en ese papel, él mismo lo había dibujado unos años atrás y se lo había dado a escondidas como regalo del cumpleaños que solo ellos dos celebraban. Su mirada se ablandó al ver como esos pequeños ojos verdes se concentraban en la figura, intentando memorizarla más de lo que seguramente ya lo hacía.
- ¿Estás seguro de que mi oto-san lucía así?- preguntó lo mismo que venía preguntando durante los últimos meses.
- Es lo mejor que pude dibujar pero si quieres saberlo solo necesitas mirarte al espejo, eres idéntico a él, la única diferencia es el cabello- le contestó sonriendo como siempre lo hacía al contestar esa pregunta.
-…- el pequeño guardo silencio por unos segundos- Últimamente ya no puedo recordar bien su rostro o el sonido de su voz. A veces puedo recordar una tonada pero ya no estoy seguro si me lo estoy imaginando.
- Es normal Giacomo, ha pasado mucho tiempo y tú eras muy pequeño cuando dejaste de verlo.
- ¡Pero no quiero olvidarlo!- gritó levantando la mirada y dejando ver las lágrimas que nublaban sus ojos, al ver que el mayor se había dado cuenta se las limpió furiosamente con el brazo- ¿Qué pasaría si un día logró salir de aquí o me lo cruzo en una misión y no soy capaz de reconocerlo? ¡No quiero olvidar a mi oto-san!
- No lo harás- respondió el castaño con firmeza- Si algún día lo vuelves a ver, estoy seguro de que se reconocerán el uno al otro, es el llamado de la sangre- terminó con una sonrisa.
Por unos segundos todo fue silencio.
- ¿Me vuelves…me vuelves a contar acerca de mi oto-san?- susurró, luciendo como el niño que en realidad seguía siendo.
Con una sonrisa, Aziel comenzó con la historia que había repetido millones de veces antes.
- Has realizado un excelente trabajo para alguien que lleva tan poco tiempo con nosotros.
La figura encapuchada de voz ronca no levantó la vista del montón de papeles que se encontraba revisando, solo deteniéndose a veces para leer con detenimiento algún párrafo que parecía importante. Al frente del escritorio, otra figura encapuchada se encontraba parada en una posición firme, como un soldado esperando una orden. Cuando finalmente terminó de leer, el superior dejó los papeles sobre la mesa y se quitó lo lentes que llevaba puestos aun sin quitarse la capucha, después de todo no era propio hacerlo en frente de subordinados.
- Como sabes normalmente no aceptamos a nadie que no haya pertenecido a nosotros desde un principio, tú fuiste una excepción debido a las especiales circunstancias en las que te viste envuelto y a que nos probaste con acciones cuánto estabas dispuesto a hacer para formar parte de nuestra organización. Me alegra ver que no nos has decepcionado.
- Agradezco sus palabras, señor- respondió el subordinado, inclinándose levemente en señal de respeto.
- Has demostrado mucha fuerza y convicción, así que supongo que es justo promoverte de tu posición actual- se levantó para mostrarse en todo su porte- Desde ahora serás líder de escuadrón, conocerás a tu equipo mañana y se te asignarán misiones de mayor rango.
- Me siento honrado, señor- hizo una inclinación aún más profunda que la anterior- ¿Debo retirarme ahora?
- Si, se te dará mayor información mañana.
Con eso el recién promovido subordinado abandonó la oficina y se dirigió a su propia habitación, por no decir calabozo, dentro de esa edificación. Un vez que se aseguró de que la puerta estaba cerrada y que estaba fuera de la vista de todos se quitó la capucha y se dirigió al espejo que se hallaba a un costado. Aún tenía manchas de sangre en el rostro, vestigio de su última misión, y podía sentir un dolor punzante en las costillas, pero no era nada que no hubiera soportado antes. Cubrió sus ojos lavanda con una mano mientras trataba de quitar de su mente sus últimas memorias poco agradables.
Vale la pena, no pierdas de vistas el objetivo ahora.
Se dijo a sí mismo a la vez que se quitaba los lentes de contacto y revelaba el verdadero color de sus ojos. Azules. Hibari Kyoya lo miraba fijamente a través del espejo.
Si había algo positivo en usar esas estúpidas e incómodas capuchas era que no había demasiadas posibilidades de ser visto accidentalmente por alguien que lo reconociera, además con el cambio de apariencia al que se había sometido antes de embarcarse en su misión real nadie pensaría que él era el guardián de la nube de los Vongola. Y ahora finalmente estaba avanzando, poco a poco se acercaba a su objetivo.
Se dirigió a su escritorio y sacó una hoja de papel del falso fondo del cajón. Lo abrió para encontrarse una vez más frente a frente con el mapa de la estructura interna de los Riscatto, algo que se supone solo sus más grandes líderes conocían. Marcó la parte de la estructura en la que se indicaba su nueva posición y se permitió sonreír a sí mismo. Había ascendido más rápido de lo que esperaba, lo que era bueno, pero debía ser más cuidadoso de ahora en adelante. Su objetivo no era llegar muy alto, solo alcanzar el rango de supervisor, el único cargo que no estaba ligado a una sola base y que se encargaba de dar rondas por todas las bases para revisar que las cosas estuvieran funcionando como debían. Eran los ojos de los grandes líderes y los que tenían el poder de alterar el orden de cada comando a través de sus reportes. También eran los únicos que luego podían aspirar a un rango más alto dentro de la jerarquía principal de Riscatto.
Pero para él, solo significaba la oportunidad de buscar a Giacomo con toda la libertad de la que podía ser capaz dentro de esa estricta organización.
- Ya estoy cerca hijo, sólo resiste un poco más.
La luz del día entraba por las cortinas cayendo directamente a los ojos de Yamamoto, quien por un momento intentó tapárselos pero luego se dio por vencido y decidió que era mejor empezar el desayuno de una vez. Se levantó y después de alistarse, fue a la cocina.
No se esperaba ver una porción de desayuno ya preparada esperando por él.
Su mirada viajo a la velocidad de la luz por la habitación para entender lo que pasaba. Había platos de una anterior porción de desayuno ya lavados pero sin estar convencido corrió hasta la habitación del italiano solo para encontrarla vacía. La cama ya tendida le daba a entender que llevaba tiempo así.
- Pero, ¿dónde…?- un rugido escuchado desde lejos lo alertó.
Corrió a toda velocidad hacia el lugar de donde provenía el sonido temiendo que pudiera ser un ataque de algún tipo, pero cuando llegó al lugar de los hechos se quedó parado en seco frente a la puerta. Era la sala de entrenamiento. Y Gokudera estaba entrenando adentro.
Entrenando, con Uri a su lado.
- Supongo que ya terminaste el desayuno, ¿verdad?- preguntó sin molestarse en voltear, mientras una nube de humo de su última explosión lo rodeaba- Más te vale no dejar que se enfríe.
- Gokudera, ¿pero qué…?- seguía sin salir de su estupefacción.
- Me cansé de comportarme como un hongo, no nací para ser una damisela en peligro- Uri se posicionó a su lado, listo para atacar de nuevo- Voy a recuperar mi fuerza y a retomar el control de esta situación.
- ¡Pero eso es muy peligroso! Tú aun eres un objetivo y…
- Lo sé- parecía no prestarle la menor atención.
- Mira, me alegra que hayas decidido salir de tu encierro y entrenar otra vez- trató de ser razonable, mientras se desordenaba el cabello con una mano- Pero es mejor que te mantengas alejado de esta situación, después de todo, ¿no es Hibari quién se está haciendo cargo? ¿Acaso no confías en él?
- No puedo dejarle todo el trabajo a Hibari, después de todo también es mi hijo- lo dijo con un tono de finalidad que dejaba en claro que no tocaría el tema de nuevo- Ahora ve a tomar tu desayuno, no tengo tiempo que perder.
El pelinegro suspiró pesadamente y regresó arrastrando los pies a la cocina. Había olvidado lo terco y obstinado que podía ser Gokudera cuando se trataba de algo que consideraba un deber. Una sonrisa escapó de sus labios sin que se diera cuenta.
Al menos parece vivo de nuevo.
Y ahora, era momento de averiguar qué tan bueno se había vuelto en la cocina.
- ¡Mocoso insolente!
El sonido de una bofetada se dejó escuchar.
Giacomo se quedó inclinado en la posición en la que el golpe lo había dejado. No se atrevió a refutar, esta vez Aziel no podría sacarlo del embrollo en el que se había metido así que lo mejor era cerrar la boca y dejar de empeorar las cosas, por más que le costara.
- ¡Que esta sea la última vez que te atreves a contradecirme y a usar ese tono conmigo! ¡La próxima vez te llevo directamente con el Superior y dejaré que él se haga cargo de ti! Como castigo, te quedas sin comida durante cinco días, ¡ahora ve a comenzar tu entrenamiento!
Sin decir nada y solo apretando los puños fuertemente, Giacomo se encaminó al campo de entrenamiento. Por el momento se enfocaban en la fuerza física, aún no había podido despertar su llama de última voluntad como para saber de qué tipo era, por lo que no podía usar los cañones o las pistolas de llamas. Suponía que si se demoraba más en despertarla le enseñarían a usar las armas comunes.
Pero realmente no quería hacerlo.
Se suponía que la llama era un reflejo de su voluntad así que usarla como un medio para destruir más vidas se le hacía inconcebible, él jamás podría querer algo así. Por otro lado, había estado pensando seriamente durante la noche y se dio cuenta que ya no podía seguir esperando que las cosas se arreglaran solas. Los Riscatto nunca iban a dejarlo ir, una vez que terminara su entrenamiento iban a entregarlo con alguna de sus familias aliadas para que fuera poco más que un esclavo, o si lo consideraban necesario, iban a mantenerlo como un subordinado por el resto de su vida.
No quería eso, no podía soportar la idea de vivir así, así que solo quedaba una opción.
Escapar.
Pero si quería tener alguna posibilidad, entonces necesitaba ser todo lo fuerte e ingenioso que pudiera. En ese caso, el entrenamiento le venía como anillo al dedo para cumplir su propia agenda. Observó un momento sus alrededores y buscó un lugar en el cual esconderse por unos minutos. Una vez que estuvo fuera de vista levantó su mano derecha en la cual tenía cinco anillos, cada uno era para un tipo distinto de llama y se los habían dado para que los llevara todo el tiempo y saber qué tipo de llama tenía apenas esta despertara, cosa que hasta ahora no había pasado.
Pero ahora si tenía un motivo. La sola idea de escapar de ese infierno lo llenaba de determinación y de una voluntad más allá de lo que creía posible. Aun así la duda persistía, si lograba despertar su llama, ¿lo obligarían a usarla para cumplir sus misiones? ¿Pagaría el precio de su libertad manchando sus llamas con los pecados que lo obligarían a cometer? Usar algo tan valioso y personal como sus llamas para cumplir las órdenes de esos idiotas le revolvía el estómago, pero podían ser su única salida.
Voy a volverme fuerte, aunque sea solo por tener una oportunidad de salir de aquí.
Quizás no valía la pena morir por su causa, pero si valía la pena luchar por conseguir su libertad. Concentró todos sus pensamientos en los anillos que tenía, dejando atrás sus dudas y recordando lo poco que su memoria no había borrado. Lo habían separado de su padre, ni siquiera sabía si este aún seguía vivo, no les había interesado romperle el corazón a tan tierna edad al quitarle lo único que tenía. Habían arruinado su vida y querían seguir haciéndolo.
No iba a permitirlo.
El brillo de los anillos llamó su atención.
- ¿Qué…?- estaba completamente sorprendido.
Se suponía que las personas normales solo tenían una llama, o en algunos casos, los más fuertes tenían dos. Su padre había sido una excepción al tener cinco tipos de llamas y al parecer, algo de eso había heredado, porque no solo era la llama de la tormenta la que resplandecía en su respectivo anillo.
También era la llama de la nube y la llama de la lluvia.
Hasta aquí, mi cerebro se quedo sin ideas.
Me pondré a trabajar en el siguiente capítulo ^_^.
Ciao!
