CHAPTER 24 : WHO I AM?

Nothing makes sense, nothing makes sense anymore
Nothing is right, nothing is right when you're gone
I'm losing my breath, I'm losing my right to be wrong
I'm frightened to death, I'm frightened that I won't be strong

La frente de Jacob se pobló de arruga. Sus ojos negros me miraron de manera extraña, con un brillo poco usual a recelo. Entonces recordé lo mucho que le molestaba a Jacob que uno le saltara con ideas que él no comprendía a causa de la falta de información.

—Necesito tu auto, Jake —le dije —. ¿Me lo prestas?

Jacob frunció con más fuerza el entrecejo.

—Olvídalo.

—¿Por qué? Venga, Jake. ¿Qué te cuesta?

Jacob enarcó una ceja.

—¿Para qué lo quieres?

—Tengo que ir a la reserva de los Makah para …, eh... Debo hacer algo.

Quil dejó de prestarle atención a la lección para concentrarse en nosotros dos. A mi lado, Caroline se removió incómoda, como si de repente sintiera la necesidad de salir de ese lugar. Algo en la mirada de Jacob me hizo sentir invadido, como si él pretendiera leerme la mente con los ojos. Seguro que se moría de ganas por saber lo que realmente me impulsaba a viajar a la reserva de los Makah.

—¿Hacer el qué?

—No es de tu incumbencia.

—Sí que lo es —gruñó —. Y si no me lo dices, Madonna te va a prestar el auto.

Puse los ojos en blanco.

—¿Qué te cuesta, Jake?

—Tú dime para qué quieres a mi bebé.

—Tu bebé —repetí con burla —. Tengo que ir a hacer una cosa. Dale, préstamelo.

Jacob respiró muy hondo. Su rostro mostró un gran cansancio como si las ojeras debajo de sus ojos hubieran aumentado considerablemente, dándole a Jacob un aspecto más adulto. Ladeé la cabeza para despejar mi mente.

—Venga, Jake. ¡Te he hecho muchos favores! Me lo debes, Jake.

Jacob me puso cara de pocos amigos. Su repentino cambio de humo —había estado sonriente durante casi toda la mañana —, me sentó bastante mal. Apostaba a que él había percibido que algo no iba bien. La intuición de Jacob venía con su carácter de líder nato; y, además, Jacob era mi mejor amigo.

—Bien. Te lo presto —dijo como quien no quiere la cosa —. Pero si llego a encontrar el más mínimo rasguño, yo, Jacob Black, te prometo que te destrozo la cara, Embry Call.

Sonreí.

—Gracias, hermano.

—Como sea —hizo un gesto despectivo con la mano y fingió interés en la lección de bioquímica.

Me giré para quedar de frente al pizarrón. No cacé una de la lección porque me había perdido casi los tres cuartos de la explicación inicial. Maldije en voz baja.

—¿Embry? —me llamó en voz baja Caroline.

No pude girar a cabeza para mirarla porque tenía los ojos de lechuza de la profesora pegados en mi. Seguro que le había echo enojar que yo no hubiera estado prestándole atención, ni que tampoco hubiera permitido que mis amigos la escucharan.

—¿Sí?

—¿Sucede algo malo?

Se me heló la sangre en las venas.

—¿A qué te refieres? No, no pasa nada malo. Relájate.

—Yo creo que sí pasa algo malo … ¿No vas a contarme a mi por qué vas a ir a la reserva de los Makah?

¿Qué tenía que contestarte? Por un lado, Caroline tenía más o menos una idea de la mala relación que mi madre y mis abuelos tenían. Ella sabía que mis abuelos me veían como un error de mi madre, por lo que esto a Caroline debía parecerle muy estúpido. ¿Qué motivo tendría yo para ir a la reserva?

Pero, por otra parte, yo «supuestamente» no sabía sobre la conversación entre ella y Keira. Si queríamos ser objetivos, yo no sabía que ella estaba enterrada de todos los problemas de fondo.

—Voy a hacerle una visita a unos familiares, es todo. No es nada demasiado importante.

—Ah.

Definitivamente Caroline no estaba conforme con mi respuesta. A pesar de esto, mantuvo la boca cerrada por el resto del horario escolar. El almuerzo fue una auténtica pesadilla, porque ninguno de nosotros habló. Jacob me miraba con recelo por no contarle lo que me traía en manos, y seguro que a Caroline también le molestaba mi actitud.

Lo que me llamó soberanamente la atención fue que ni él ni ella me presioaron para que se los dijera. Por algún extraño motivo, ambos debieron comprender lo delicado que se había convertido este tema para mi, y respetaron mi silencio.

Mientras Jacob iba a su casillero en busca de las llaves de su auto, yo me quedé a solas con Caroline al lado de su casillero abierto. Entre que ella acomodaba sus manuales y libros, yo me debatí internamente si contarle o no.

Honestamente, me preocupaba mucho que ella sufriera por mi. Si había algo que había aprendido de Caroline era esa necesidad que ella tenía de sufrir los problemas de los demás. Contemplé detenidamente su perfil contrastando con el gris oxidado del casillero. Ella se ruborizó enseguida, como siempre, pero continuó haciéndose la indiferente. Sonreí para mis adentros y me incliné hacia ella para besarle el cuello.

Luego, me coloqué detrás de ella y rodeé su cintura con mis brazos. Dejé que mi boca hiciera un recorrido por la suave piel de su cuello, depositando pequeños y cortos besos a su paso. Caroline dejó de acomodar sus libros, apoyando sus propias manos sobre las mías, con intención de nunca sacarlas.

Un rato después hice que se girara para poder tenerla frente a frente. No necesité hablar; ella se puso de puntitas y alcanzó mis labios enseguida. Aferré mis manos a sus caderas y la besé con cariño y ternura.

—¿Me llamas en cuanto llegues a tu casa? Por favor.

—Seguro —prometí —. Espero que puedas sobrevivir una tarde sin mi.

—Me será bastante complicado —nos reímos entre dientes —. Cuídate. Y no te metas en problemas, ¿me lo prometes?

Hice una mueca.

—No puedes pedirle eso a un hombre lobo —susurré sobre su oído.

Alguien cerró con fuerza la pequeña puerta del casillero de Caroline. Jacob usaba una sonrisa irónica en los labios. Sostenía el juego de llaves con la mano derecha, a la altura de su rostro.

—Cuidado, Embry. Te estás jugando las pelotas.

Tomé las llaves de su mano.

—Soy un tipo responsable.

Él puso los ojos en blanco.

—¿Quieren que los alcance? —me ofrecí. Enrealidad, fue simplemente para darle bronca a Jacob, porque sabía que Caroline se iba a ir con su hermano.

Caroline ahogó una carcajada cuando vio la cara de furia de Jacob.

—No me hagas enojar, Call.

—Relájate —palmeé su hombro.

Jacob se sacudió con violencia y salió refunfuñando. La mano de Caroline se juntó con la mía y la estreché suavemente. Nos dirigimos a la salida juntos, mientras comentábamos sobre la mala cara de Jacob. La acompañé hasta la playa de estacionamiento, donde Dougie la esperaba apoyado sobre su Audi negro.

Tendría que haber pedido prestado aquel auto.

Después de despedirme de Caroline con un simple beso —su hermano aún me guardaba rencor por romperle la nariz —, busqué el auto de Jacob.

—Veamos que tan bien funcionas —le hablé al auto como si este pudiera contestarme. Me reí con ironía —. Mm. Un poco de música no nos vendría nada mal, ¿verdad?

Me pregunté qué tan estúpido podrían verme los de afuera hablando yo sólo. Volví a reírme de mi mismo.

Dejé la primera estación que encontré. Quería ahorrar al máximo mi bueno humor porque sabía que no iba a durarme mucho. Kilómetro a kilómetro, la buena voluntad se vio reemplazada por ansias y nerviosismo. Por un lado, quería que los kilómetros no pasaran nunca, pero por el otro, deseaba estar frente a frente con mis abuelos y que al menos ellos me dieran respuestas.

Había hablado muy pocas veces con mi abuela por teléfono. Me inquietó la idea de que no me reconocieran, o que no quisieran hablar conmigo... Subí el volumen de la radio para no dejar que mis estúpidas preguntas acabaran por volverme loco.

Me di cuenta de que estaba llegando cuando comencé a ver a cada lado del camino indicios de vida nativa americana. Los nombres de los caminos y lugares que se leían en los carteles estaban en el idioma de los Makah. Un enorme cartel echo de madera rústica me dio la bienvenida oficial a la reserva de los antepasados de mi familia materna.

Ni siquiera la música pudo distraerme en aquellos momentos.

Recordaba vagamente la dirección de mis abuelos. La había leído en las postales que mi tía Anne solía enviarles para sus cumpleaños o fechas como Navidad y el Día de Gracias.

Lo bueno de haber elegido el auto de Jacob para ir hasta la reserva de los Makah era que no llamaba tanto la atención como podría haberlo echo el Audi de Dougie. Aunque yo estaba completamente seguro que ni dentro de mil años Doug iba a prestarme su auto.

Tras minutos de andar, llegué a una pequeña casa echa de madera en su mayoría, con un pequeño porche lleno de plantas silvestres muy cuidadas. El color de la casa era de un marrón oscuro, viejo, y una de las paredes laterales estaba cubierta con una enredadera. Estacioné el Golf de Jake a unos cuantos metros de la entrada. Mis ojos leyeron mi apellido materno en la chapa del buzón y me estremecí.

Había un pequeño caminito de piedras con arbustos floreados a cada lado de él. Caminé simulando un paso tranquilo y despreocupado con mis manos hunidas en los bolsillos de mis pantalones.

La casa me seguía pareciendo pequeña cuando estuve a punto de subir el porche de dos escalones angostos. Un perro comenzó a ladrar desde la parte tracera de la casa. Hubo movimiento dentro de la casa y se me disparó el pulso. Me armé de valor y caminé hasta quedar a pocos centímetros de la casa.

Como no había timbre, golpeé suavemente la superficie de madera. Ahora sí que los segundos pasaban con lentidud. ¿Qué rayos había pasado que nadie me atendía?

Cuando la puerta se abrió, sentí que mi cuerpo se enfriaba repentinamente. El sudor de mis manos dejó un frescor horripilante sobre mis palmas, y casi que podía sentir las gotas de sudor en mi piel.

Una mujer canosa de cabello a los hombros suavemente ondulado, ojos negro azabache, nariz pequela y puntiaguda, y arrugas decorando su rostro, me recibió. Una de sus blancas cejas se enarcó tanto que duplicó la cantidad de cejas en su frente.

Era pequeña, como mi madre. Algo gordita, pero no llegaba a la obesidad. La vi con un aspecto bien de abuela: llevaba un vestido rosa con diminutas flores de colores y amarrado a la cintura un viejo delantal blanco ( o eso aparentaba), con puntillas.

—¿Abuela?

Mi voz había sonado demasiado aguda. Ella se sobresaltó cuando me escuchó. Entrecerró los ojos y me escrutó fijamente con la mirada. Algo en sus ojos negros como el carbón me hizo temerle.

—¿Embry?

Se echó hacia atrás para poder verme mejor. No lo había notado, pero le colgaban del cuello unos viejos lentes. Se los puso, y volvió a fijar con atención su mirada en mi.

De pronto, las arrugas de su frente se relajaron hasta volver a la normalidad. La amenaza de su mirada se convirtió en cariño cuando la anciana se lanzó a mi abrazándome por los brazos.

—-¡Oh, cariño!

Me pilló completamente desprevenido aquella muestra de afecto. Sin embargo, mis largos brazos fueron muy útiles a la hora de intentar devolverle el abrazo. Incliné mi cabeza hacia ella y respiré su profundo aroma florar. Ella olía como el mejor de los bosques. Había jazmines, lavandas, rosas, margaritas, girasoles y claveles en su pelo blanco.

Cuando se separó de mi, se pasó los puntiagudos y arrugados dedos por debajo de la línea del ojo, enjuagando las lágrimas.

—Ven. Entra, entra —me invitó.

Sin siquiera darme tiempo a procesar sus palabras, me tomó por el codo y me llevó dentro. La casa por dentro era aún más pequeña. La cocina hacía las veces de living y comedor, con una mesa redonda y de madera en el centro, y unas cinco o seis sillas de madera también a su alrededor. Había una vieja tele con un sillón también viejo a pocos metros, y la cocina se extendía por el resto del espacio.

Olía a tarta recién horneada.

—¿Por qué no te sientas, cariño?

La miré algo confundido. Ella estaba ocupada en la cocina, buscando platos, tazas, sacando café, azúcar …

—No te molestes …, abuela. Estoy sólo de paso.

Se detuvo de golpe.

—¿No te piensas quedar mucho tiempo?

—La verdad no.

Se volvió a mi con lentitud. Parecía triste por lo que acababa de anunciar.

—Es tu madre, ¿a que sí? Seguro que ella no quiere que estés aquí.

Me balanceé sobre mis talones, con las manos entrelazadas detrás de mi espalda.

—De echo —carraspeé —, ella no sabe que estoy aquí.

Mi abuela enarcó una ceja cruzándose de brazos.

—Y supongo que tampoco se tiene que enterar.

Negué con la cabeza.

—Si no es mucho pedir …

Mi abuela se rió con fuerza.

—No hablo con tu madre desde hace muchísimo tiempo, cariño. Descuida, es muy poco probable que se entere que has estado aquí. Y si se entera, ¿cuál es el problema? ¿Acaso yo no tengo derecho a conocer a mi nieto ni tú a conocer a tu abuela?

Hice una mueca. Ella estaba en lo cierto, pero ella tampoco había estado de acuerdo con mi nacimiento en un principio. Decidí ir al grano.

—He venido a preguntarte algo que tu, espero, sepas.

Mi seriedad hizo que ella se pusiera repentinamente nerviosa. Se dio media vuelta y continuó preparando una merienda rápida.

—Si me esperas un segundo, prepararé algo de comer. Sería muy mala educación por mi parte no ofrecerte nada. ¿Que pensarías de mi? —dijo entre risas.

No respondí nada. Continué de pie observando la decoración del lugar. Me encontré con que había una pared especialmente dedicada para los nietos. Había fotos de Keira y de su hermana mayor en todas las edades, y luego …

—Esas fotos me las solía enviar Anne. Se las robaba a tu madre, porque sabía que ella no me las iba a dar nunca.

Había tomado una foto mía de cuando tendría unos cinco o seis años. Tenía mi dentadura incompleta: me faltaban las dos paletas. Era la típica foto de la cara del niño en primer plano, donde toda la atención recaía en la sonrisa incompleta.

—¿Para qué querrías fotos mías?

Ella no contestó de inmediato. Escuché que apoyaba las tazas de café y los platos con tarta sobre la mesa de madera.

—Quería conocerte,Embry. Y como sabía que era básicamente imposible que tu madre me permitiera verte, le pedí a Anne que me hiciera ese favor.

Deposité la foto en su lugar.

—¿Tienes idea del problema en el que se meterá Anne si mamá se entera lo que ella ha estado haciendo durante casi dieciocho años? —ladeé la cabeza, divertido con la idea de imaginar a mi madre gritándole insultos a mi pobre tía.

—Sólo intenta ayudarme —repuso mi abuela —. Espero que a ti no te moleste.

Me encogí de hombros.

Mi abuela me indicó una de las sillas y acepté. Inmediatamente, me vi hipnotizado con el delicioso aroma de la tarta de membrillo que ella había cocinado. Las primera porciones me las fue cortando ella, pero luego, fue yo mismo quien me servía. Mientras comía, mi abuela e contempló detenidamente, con los codos apoyados sobre la mesa y la cabeza entre las manos.

—Has crecido muchísimo, Embry —comentó. Yo asentí; tenía la boca llena —. ¿Qué te ha pasado en este último tiempo? Yo sé que los varones pegan el estirón entre los catorce y los diecisiete, pero tú … ¡Tú pasas los límites, cariño!

Le sonreí.

Ella estiró una mano y acarició mi cabello. Su mano bajó a través de mi hombro, por mi brazo hasta que llegó al borde de mi remera. Lo levantó y se encontró con mi tatuaje.

Me quedé expectante esperando a su reacción. Ella lo contempló serena e inexpresiva, en completo silencio.

—Vaya, vaya —murmuró —, ¿tú también te has unido a ese clan protector?

Quise poder saber cuánto de toda la historia Quileutte ella sabía.

Mi abuela soltó un largo suspiro.

—Keira suele contarme sus leyendas, Embry. Y yo soy muy supersticiosa. Creo en las historias.

No sé por qué, pero desconfié de ella. Dejé a un lado la porción de tarta a medio comer y la miré fijamente a los ojos. No iba a revelar mi secreto.

—De acuerdo, si no me lo quieres decir, lo entiendo. Lo tomaré como un tatuaje que te has echo por tu grupo de amigos, ¿de acuerdo?

No le contesté nada. Recordé para qué había venido.

—Escucha, abuela, necesito que me ayudes a averiguar una cosa.

Hubo un corto silencio. Mi abuela levantó la mirada y chasqueó a lengua.

—Es algo referido a tu padre, ¿verdad?

Me sorprendí por lo rápido que se había dado cuenta.

—Así es. ¿Cómo lo sabías?

—Era de lo más obvio que ibas a recurrir a tu abuelo o a mi para averiguar quién es tu padre. Tu madre jamás va a decírtelo, y Anne juró no confesarlo tampoco.

—Estupendo —dije —. Entonces, ¿quién es mi padre?

Mi abuela no hizo nada. Me miró con rostro cansado y continuó como si no le hubiera preguntado jamás.

—No creo que debas saberlo —dijo finalmente.

—¿Por qué no?

—Porque si ni él ni tu madre te lo han dicho, es porque tú no debes saberlo.

Me enojé.

—He venido hasta aquí para saber quién es mi padre. Tú podrías darme una mano, ¿no crees?

Mi abuela entrecerró los ojos. Inspiró muy hondo antes de contestarme.

—Embry, yo creo que …

—¡¿Podrías decirme quién rayos es mi padre?

Enarcó una ceja.

—¿Eso es lo que quieres?

¿Me estaba haciendo una joda?

—¡Claro que sí!

—Bien —respiró con fuerza por la nariz —. Tú me lo has pedido —dijo como quien no quiere la cosa.

I'm shaking it off, I'm shaking off all of the pain.
Breaking my heart, breaking my heart once again


GENTEE, SE ME AGOTAN LAS CANCIONES, YA NO SE CUALES PONER DE TITULO JAJAAJ ASIQUE BUENO ESTA ES WHO I AM DE NICK JONAS, IMAGINO QUE TODAS LA DEBEN CONOCER..

SIN TIEMPO, HOY CUMPLE MI PAPA, ASIQUE NO DEBERIA ESTAR EN LA COMPUTADORA.

LAS QUIERE, MICA :)