Capítulo 24

Cazaba entre las sombras de la noche, desahogando su furia y su pena en el derramamiento de sangre inocente. Acechaba su presa implacablemente, alimentándose de su miedo, dejando que su presa viera lo que era, dejándole ver su deseo de matar, sonriendo mientras dejaba al descubierto sus colmillos. Sufría, como nunca, y quería lanzar un golpe tras otro, esperando que al infligir dolor en los otros, poder aliviar él suyo propio. Cazó como no lo había hecho desde que fue hecho Vampiro, cazó hasta que el aroma a sangre y miedo se pegó a su piel, a su ropa, se infiltró en cada uno de sus poros.

Había olvidado cuan embriagador era, beber y beber, hasta que se saciaba de la sangre de la vida, hasta que su corazón latía al mismo ritmo que la desafortunada alma en su abrazo, hasta que su cuerpo se alzaba pletórico por la fuerza vital del otro. Beber hasta no poder más, beber la vida de alguien, sus esperanzas y sus sueños y sus memorias, su mismo ser. Se negó a considerar los principios morales de ello. ¿Qué necesidad tenía él de tener principios morales? No era humano, era un Vampiro, una raza aparte. Las leyes de los hombres no significaron nada para él. Los hombres apresaban y mataban animales indefensos para alimentarse. Los vampiros hacían de los hombres sus victimas. Nadie hacía presa del Vampiro.

Durante demasiado tiempo había intentado negar lo que era, negar la necesidad en su interior, negar el placer que sólo obtenía al beber sangre de los mortales. Cuan cercano se sentía a todos aquellos que cazaba cuando los acunaba en su abrazo oscuro. Qué agradecido se sentía por la fuerte oleada de energía que fluía por sus venas, llenándolo de vitalidad, haciéndolo sentir como un vampiro joven, recién hecho. Y a pesar de que bebía hasta saciarse, nunca agotaba a sus víctimas hasta el extremo de la muerte. Aunque era fuerte su sed, no podía hacerlo. Bella tenía la culpa. Ella podría entender su necesidad de sangre; pero nunca aprobaría el que tomara una vida, por lo que no podía ser peor de lo que ella creía que era.

Se deleitaba en la oscuridad que lo inundaba, sus sentidos alertas, sonidos de la noche que los mortales nunca oían – la suave salpicadura de una gota de lluvia cayendo sobre la hierba húmeda por el rocío, un ratón andando sigilosamente entre las sombras. Veía la belleza escondida en la oscuridad de la noche, las sombras y formas cambiantes de un mundo dormido. Durante semanas, vagó por las sombras, una figura silenciosa haciendo presa de cualquiera lo suficientemente incauto como para cruzarse su camino.

Ahora estaba cazando. Nubes oscuras cubrían la luna y las estrellas, prometiendo lluvia. Había poca gente en las calles, una pareja de ancianos dirigiéndose a su casa, un padre y un hijo parados en un portal, una joven pareja caminando de la mano, mirándose ignorantes de la tormenta que se avecina. Y entonces vio una joven que bajaba corriendo por una oscura calle, su pelo ondeando al viento, los tacones de sus zapatos golpeando los guijarros. Voló con las alas de la noche, silencioso, acechando su presa, hasta que estuvo a su lado su mano tapando el grito que se escapaba de su boca.

El aroma de su miedo se mezclaba con el de su esencia. Podía oír los frenéticos latidos de su corazón, oír la sangre fluir por sus venas. Se dobló sobre ella, su capa envolviéndolos, como las alas de un gran pájaro negro. Y entonces vio sus ojos. Ojos chocolates llenos de terror, como los de Bella. Con un juramento, se apartó, sacudido en lo más profundo de su ser. Se vio tal como Bella le vería, no mejor que un monstruo enmascarado en forma humana, una bestia salvaje incapaz de controlarse. Lleno de vergüenza y odiándose a sí mismo, borró su memoria y desapareció de su vista.

Después de esa noche ya no cazó más humano. Se refugió en una cripta llena de un pestilente olor a carne putrefacta y flores secas. Acurrucado en un rincón, con la capa envolviéndolo permaneció mirando fijamente la oscuridad. Era un Vampiro. Estaba en donde pertenecía. Los días pasaron en un sueño, las noches parecían más largas de lo que recordaba. Las noches cuando el hambre ardía en sus venas, cuando desgarraba sus órganos vitales, cuando, buscando alivio, cortaba profundamente su carne buscando nutrición. En el mundo exterior, el tiempo seguía su curso. Las estaciones pasaban una tras otra. Los mortales nacían y morían. Pero él siempre permanecía igual.

El dolor se convirtió en su compañero, dañandolo, urgiéndolo a salir a cazar. Los fantasmas surgían a su lado con agudos gritos de dolor que desgarraban su alma, sus rostros distorsionados por el miedo cuando miran sus ojos y solo veían la muerte en ellos. Muchos fantasmas vinieron a atormentarlo, con sus ojos vacíos llenos de acusación. ¿Realmente había matado a tantos? Sus rostros hacía mucho que habían sido olvidados, todos menos el del primer mortal que había matado. Entonces era un vampiro joven dominado por el hambre que le urgía ser saciada, ignorante del modo de existir de los de su clase. Había encontrado a la mujer caminando por una calle oscura.

Ella había notado su presencia antes de que su mano se cerrada alrededor de su brazo. Nunca olvidaría el horror que vio en sus ojos, o el sonido de su voz, desesperada por el miedo cuando le rogaba por su vida. Él no había querido lastimarla, no había querido matarla, pero el hambre le había dominado, produciéndole un dolor insoportable. Torpe en su prisa, sus colmillos se habían clavado en la carne blanda de su garganta. Su sangre había fluido a chorros hacia su boca, caliente con vida. Y junto con la sangre, había saboreado una de sus lágrimas. Horrorizado y avergonzado, había depositado su cuerpo en el suelo. La expresión de sus ojos le había atormentado durante más de un siglo.

Se envolvió mas entre los pliegues de su capa, buscando escapar, la paz. Maldijo el hambre que lo carcomía, se maldijo por lo que él era, maldijo a Bella por hechizarle, para darle a saborear lo que nunca podría tener. Y, por encima de todo, maldijo a Tanya... ¡Tanya! Durante todos estos años, ella se había mantenido apartada, pero siempre próxima. A menudo había notado su presencia pero como todos los vampiros, ella era desconfiada con otros de su clase. Nunca le había buscado, ni él a ella, pero en los primeros días después de que él había sido hecho, a menudo había pensado en encontrarla, en destruirla por lo que le había hecho. Tanya... Ella le había transformado en lo que era; Si había alguna cura, entonces ella la conocería. En caso de que no la hubiera, buscaría su destrucción en manos de la que le había transformado.

Mascullando un juramento, cerró sus ojos y envió sus pensamientos a la noche.

- Edward - Tanya sonrió precavidamente, sorprendida al encontrarlo esperándola en su salón después de levantarse – ¿Qué es lo que te trae por aquí?

- No quiero hacerte daño.

Cruzando el cuarto, cogió sus manos. Ella era el vampiro más viejo que conocía, pero se veía exactamente igual que la última vez que la había visto, su pelo rubio rojizo recogido en gruesos mechones sobre su cabeza, su mirada oscura como negras piscinas de ébano bajo gruesas pestañas, su piel pálida como el alabastro, con una resplandeciente translucidez.

- Siempre tan bella - murmuró.

- Como tu - ella contestó, alzó una mano hasta su pelo, alisándolo -¿Pero por otro lado, nosotros nunca cambiamos, verdad?

- No - dijo él secamente - Nunca.

- Pero sin embargo... estas muy delgado, mon petit. ¿Qué te ha ocurrido?

- Nada - Soltó sus manos y metió las suyas en los bolsillos de su pantalón - Quiero saber si hay una cura para lo que somos.

- ¿Una cura? - Alzó una ceja en signo interrogante - Haces que esto parezca una atroz enfermedad.

- Es una maldición y quiero liberarme de ella - Tanya frunció el ceño.

– ¿Para qué? Te ves próspero, si exceptuamos esa pequeña cuestión de tu alimentación - sus ojos se estrecharon – ¿No te has alimentado recientemente?

- Ese no es un asunto de tu incumbencia - dijo agudamente aspiró - Dime ¿Hay alguna forma de acabar con esto?

- ¿Quizás un paseo a la luz del sol? - ella sugirió, con el asomo de una sonrisa bordeando sus labios.

- No juegues conmigo, Tanya. Quiero una respuesta.

- No sé de ninguna cura - sus manos se cerraron en puños - Entonces quiero que me destruyas.

– ¿Realmente ha llegado a ser tan desagradable la vida?

- Ya no puedo soportar lo que soy. Me ha costado demasiado - ella le estudió con la mirada y sonrió.

- Te has enamorado de una mortal - no era una pregunta, sino una afirmación, él no se molestó en negarlo.

- Sí.

- No hay necesidad de acabar con tu existencia, Edward. Simplemente transfórmala.

- No.

- ¿Abandonarías la inmortalidad por esa mujer?

- No te burles de mí, Tanya. ¿Tu nunca has estado enamorada?

- Me dejas asombrada, Edward no creía que nuestra especie fuese capaz de sentir nada semejante a una emoción humana.

- Ojala fuera eso cierto - Pasó una mano por su pelo - Ya no puedo soportarlo más. Quiero que acabes conmigo. Ahora.

- ¿En vez de eso, por que no te quedas aquí conmigo? - le sugirió - Podríamos cazar juntos - puso las manos sobre su pecho y le contempló con ojos ardientes. Sus manos se deslizaron hasta su cintura - Y juguetear juntos - el apartó lentamente sus manos de su cuerpo - No vine aquí a buscar un compañero de caza ni de cama, sólo una forma de acabar con lo que soy.

Clavó los ojos en ella, observando las emociones que cruzaron por su rostro, la decepción porque él no cazaría por la noche con ella, enojo porque había despreciado su afecto y una pizca de confusión porque no podía entender su deseo por acabar con su existencia. También la lujuria por la sangre aumentando en sus ojos, superando todas las otras emociones. Sus labios se retrajeron con una fiera sonrisa, exponiendo sus colmillos. Pensó con temor y arrepentimiento, que nunca volvería a ver a Bella, y mostró su garganta, preguntándose como sería sentir los dientes de Tanya rasgando su carne de nuevo después de tantos años.

- ¡No! - Bella se despertó gritando – ¡Edward, no lo hagas!

Un instante después Carlisle irrumpió en el cuarto con una vela enfocando el rostro de Bella. En las últimas semanas, desde que Edward la había abandonado había perdido mucho peso. Tenía ojeras bajo los ojos, ojos llenos de tristeza. Temía por su salud, pero nada de lo que él ni Jacob hicieran o dijeran, había podido apaciguar su pena.

- ¿Qué ocurre? - le preguntó, escudriñando las sombras del cuarto, buscando la causa de sus gritos.

- Edward... - le miró con ojos aterrorizados - Él está en peligro - Carlisle depositó la vela sobre la mesa al lado de la cama.

– Ha sido solo una pesadilla, señora.

- No - Negó con la cabeza - No, era real.

- No es nada. Estoy seguro de que él está bien.

- No - Negó otra vez – ¿No puedes sentirlo?

- ¿Sentir el qué?

- Él quiere morir - Gritó el nombre de Edward - No viviré sin él - Se quedo mirando la noche – ¡Me has oído Edward, no viviré sin ti! - Sollozó su nombre una vez más y se desmayó sobre la cama.

- Señora - Carlisle se acercó asustado por la falta de color en su cara, y en su piel. La sacudió una vez y otra al no obtener respuesta – ¡Bella! - Tembló cuando una fría brisa barrió el cuarto y supo en su corazón, que ella tenía razón. Edward trataba de acabar con su existencia. Y Bella iba a encontrarse con él.

- Aquí no - dijo Tanya pasó sus largas uñas a lo largo de su cuello - Ven.

Él siguió a Tanya hasta su guarida, se tendió en el sofá de terciopelo rojo que era el único adorno del cuarto excepto por el ataúd de caoba, Tanya se sentó a su lado, sus colmillos descubiertos, respirando con dificultad. Bebería su sangre, reduciéndola hasta el extremo de su muerte y así obtendría la fuerza que él había acumulado durante su vida. Y cuando estuviera demasiado débil para poder resistirse le llevaría afuera y lo dejaría allí. El sol haría el resto, consumiendo con llamas cualquier prueba de que él hubiera existido jamás. Él se quedó mirándola fijamente. Sus ojos ardían con hambre. Su capa se ciño más cuando sintió la mano de Tanya sobre su pelo, acariciándolo e imaginó que era otra mano, la mano de Isabella.

Notó el suave aleteo del aliento de Tanya contra su mejilla, sintió sus labios, fríos como el invierno, cuando lo besaron. Fríos pensó, cuando los de Bella siempre habían sido tan cálidos. Se sobresaltó cuando las manos de Tanya se cerraron sobre sus hombros, inmovilizándolo. Se había olvidado de lo fuerte que era ella. Isabella...

- Hazlo - dijo cerrado sus ojos.

Aguantó el temor cuando sintió el pinchazo de los colmillos de Tanya en su garganta. Hubo un dolor punzante, la sensación de la sangre siendo extraída de su cuerpo. Se forzó a relajarse. Esto era lo que quería, un fin para su miserable existencia, el dulce olvido de la eternidad. Sintió como se hundía en un remolino de niebla roja, como se iba debilitando. La oscuridad le iba envolviendo placenteramente y agradeció el que ella hubiera decidido ser amable y no justo, que él encontrara el olvido en los brazos de quien le había hecho lo que era.

Pequeños temblores atravesaron su cuerpo. El frío le devoró. Isabella... Nunca la vería de nuevo, nunca volvería a sentir su calor, ni a verla sonreír. Empezó a luchar contra el instinto de conservación que quería asumir el control de su cuerpo. Sintió que las manos de Tanya se cerraban sobre sus hombros cuando trató de escapar de su agarre, sintió su capa envolviéndose más a su alrededor, acunándolo y supo que el fin estaba cercano.

¡Edward! No viviré sin ti. Su voz, se abrió paso en su mente, gritando. Edward, regresa a mí. Trató de abrir sus ojos, trató de abrirse paso a la fuerza a través de la oscuridad que le arrastraban hacia la eternidad, pero carecía de la fuerza suficiente. Sus latidos eran lentos y pesados en su pecho. Desde lejos, oyó voz de Tanya.

- Espero que al otro lado encuentres la paz que buscas.

Quiso hablar con ella, decirle que había cambiado de opinión, que Bella le necesitaba, pero estaba, indefenso. Tuvo la sensación de estar en movimiento y supo que Tanya le llevaba afuera. Le llevó sin esfuerzo, trasladándose a velocidad sobrenatural a través de las oscuras calles. Sintió el viento frió en su rostro como la misma muerte, mientras ella le llevaba lejos de su casa, fuera de la ciudad, a un cementerio abandonado el sol le encontraría allí, le encontraría y le destruiría, no dejando ninguna huella. Se dio cuenta de que Tanya se agachaba sobre el, sintió el roce de sus labios por última vez. Pudo oír el sonido de sus pasos cuando se giró y se alejó dejándolo solo en la quietud de la noche, para encontrar el amanecer en soledad. Isabella...

Flotaba ingrávido, indefenso, en un mar de oscuridad que no tenía ni principio ni fin. El perfume de la tierra húmeda invadía su nariz, recordándole la esencia de la vida, todo aquello que ahora estaba perdido para siempre. ¡Edward! Vuelve a mí.. No viviré sin ti...

La voz de Bella hizo eco en su mente, muchas veces, llenando su alma de un profundo arrepentimiento al comprender que al tratar de acabar con su vida, le había fallado. Las horas pasaron. Empezó a temblar. Se enrosco sobre sí mismo, envolviéndose más apretadamente en su capa. La voz de Bella martillada en su cabeza, rogándole que no la abandonara. Edward, no me dejes... . Por favor... . Vuelve a mí...

Los latidos de su corazón retumbaban en su mente, haciéndose cada vez más débiles, hasta que latieron a su mismo ritmo y supo que cuando la muerte le llegara, también le llegaría a ella. Isabella...

- Perdóname...