Los personajes de INUYASHA no me pertenecen sino a RUMIKO TAKAHASHI

Esta obra pertenece a ROGERS ROSEMARY, ha sido adaptada y modificada por mí


(LOS PERSONAJES DE SESSHOMARU, MIROKU, KOGA Y AYAME PUEDEN TENER OoC)


CAPÍTULO 24

Kagome POV

Kagome se llevó la mano al pecho y le sorprendió comprobar que la herida que Sesshomaru acababa de causarle no sangraba porque era como si le hubiese clavado un puñal en el corazón.

Había sido una tonta.

Al salir de Carrick Park había intentado convencerse de que, después de una semana separados, Sesshomaru se habría dado cuenta de que la echaba de menos y la necesitaba para algo más que calentarle la cama. Y que, una vez que se volviesen a ver, su esposo tendría que olvidarse del pasado y centrarse en construir juntos el futuro.

Pero las palabras que Sesshomaru había dicho sobre su padre habían hecho pedazos cualquier esperanza.

Era evidente que no había perdonado a su padre por casarlo con ella y, si Mitzuo Higurashi Wells, no era digno de entrar en esa casa, ¿qué decía eso de ella?

Lo miró a la cara sin hacer caso de la mano que le tendía. Parecía cansado. Quizá estuviese durmiendo tan mal como ella.

Pero eso también era una fantasía estúpida.

Entonces prestó atención a Miroku, que se acercó a ella, le tomó la mano y se la llevó a los labios.

—Es un placer volver a verla, milady —le dijo lord Houshi.

La miraba con tal preocupación que casi la hizo llorar.

—Parece que no todo el mundo piensa lo mismo.

Miroku iba a decir algo, pero Sesshomaru se acercó y le puso una mano en el hombro.

—Si nos disculpas, Miroku.

—Intenta no comportarte como un imbécil, Inugami —le recomendó Houshi a su amigo antes de dedicarle una última sonrisa a Kagome—. Hasta luego.

Una vez a solas con su marido, Kagome se obligó a mirarlo a los ojos. Aunque el resultado del viaje no hubiese sido el esperado, no iba a permitir que le faltase el valor.

—¿Por qué has venido a Londres? —le preguntó él.

—Tenía la ridícula esperanza de poder convencerte de que mi sitio está a tu lado —admitió, satisfecha de que no le temblara la voz—. Pero es evidente que ha sido una pérdida de tiempo.

—¿Qué demonios significa eso? —parecía que el ofendido era él—. Pues claro que tú sitio está a mi lado.

—Pero solo si estamos en Francia o en medio del campo.

Sesshomaru la miró como si estuviese hablando en un idioma desconocido para él.

—¿Estás enfadada porque no te traje a Londres conmigo?

Dios, ¿cómo se podía ser tan obtuso?

—Estoy enfadada porque me tratas como si fuese un secreto del que te avergüenzas.

—¿Es que te has vuelto loca? —le preguntó, agarrándola por los hombros.

—No finjas que no te avergüenzas de mí.

—Por el amor de Dios, Kagome, no podría estar más orgulloso de tenerte por esposa.

Kagome frunció el ceño mientras observaba lo pálido que estaba y el asombro de su mirada.

—¿Entonces por qué te negaste a que te acompañara a Londres?

—Porque no quería que tuvieses que soportar todos esos chismorreos.

La misma excusa que le había dado antes de irse.

—No soy una niña, Sesshomaru. Soy perfectamente capaz de no hacer caso de los insultos y los comentarios envenenados —recordó las veces que había tenido que hacerlo en los bailes de sociedad—. Llevo haciéndolo la mayor parte de mi vida.

Sesshomaru aflojó las manos y se las pasó por los brazos antes de que ella se alejara.

—Pues yo no soporto la idea de que puedan hacerte daño con sus maldades.

—¿Y pretendes evitarlo escondiéndome de la sociedad?

—Por el momento, sí.

—Pero el tiempo no hará que parezca más adecuada como lady de Inugami. Por muchos meses o años que pasen, seguiré siendo la hija de un comerciante humilde que chantajeó a un noble para que se casara con ella.

—No digas eso, querida —le pidió, alargando el brazo para agarrarla.

—No, no me toques. Estoy furiosa contigo.

Sesshomaru no tuvo más remedio que obedecer y respirar hondo.

—Ya me lo imaginaba, pero te equivocas.

—¿En qué?

—Lo más importante es que estás muy equivocada si crees que no me alegro de que tú seas la lady de Inugami. No sabes lo feliz que soy.

Kagome se estremeció al oír aquello. Se moría de ganas de creerle, a pesar del miedo que tenía a sufrir una nueva decepción.

—Acabo de oírte decir que no vas a permitir que Mitzuo Higurashi ponga un pie en esta casa —le recordó duramente—. ¿Acaso olvidas que soy su hija?

Lo oyó maldecir.

—Maldita sea, Kagome, no es bienvenido en esta casa precisamente por todo lo que te ha hecho.

—¿A mí?

—¿Te sorprende? —Era evidente que no comprendía su asombro—. Eres su única hija. Debería haberte cuidado como un tesoro, que es lo que eres, pero en lugar de eso, te obligó a formar parte de una sociedad que detestabas y en la que eras infeliz.

Kagome había pensado esas cosas más de una vez, pero Mitzuo era su padre y, por muy egoísta que fuera, siempre lo querría.

—Hacía lo que creía que era mejor para mí.

—No, hacía lo que le convenía a él.

—Sesshomaru —intentó protestar.

—No —la interrumpió—. Tengo que decirte algo y luego no volveremos a mencionarlo nunca más.

—De acuerdo.

—Mitzuo Higurashi está obsesionado con prosperar y dejar atrás sus orígenes humildes y eso es algo admirable hasta que se dio cuenta de que el dinero no le serviría para hacerse con un hueco en la sociedad. Su única opción era vender a su hija a cambio del título que tanto ansiaba.

Kagome no necesitaba oír todo aquello, pues conocía bien los defectos de su padre. Sin embargo no dijo nada y Sesshomaru continuó hablando:

—Al elegir a Inuyasha, no se paró a pensar en ti ni un momento, ni en si serías feliz con un hombre que era obvio sería un terrible esposo. Y cuando me exigió que yo ocupara el lugar de mi hermano, te estaba tratando como si fueras una mercancía de su propiedad en lugar de su única familia. Para mí todo eso es imperdonable.

—No defiendo a mi padre —dijo ella en voz baja—. Pero sé que no puede evitar ser como es.

—No, supongo que no.

—Y es la única familia que tengo.

—Lo sé —la expresión de su rostro se suavizó ligeramente—. Y, si te soy sincero, lo cierto es que debería estarle agradecido.

—¿Tú?

Sesshomaru esbozó una ligera sonrisa al ver su sorpresa.

—¿Nunca te fijaste en todas las veces que te miraba cuando estábamos en la misma habitación?

—Vamos, Sesshomaru —la broma le hizo arrugar el ceño—. No es necesario que finjas...

—No finjo —aseguró, interrumpiéndola—. Me fijé en ti la primera vez que fuiste presentada en sociedad. ¿Cómo no iba a hacerlo? Mientras que las demás debutantes se reían y revoloteaban de un lado a otro como estúpidas mariposas, tú siempre te quedabas aparte.

Kagome tragó saliva, tratando de deshacer el nudo que tenía en la garganta y deseó que dejara de jugar con su maltrecho corazón.

—Lo hacía porque no era bienvenida en ningún baile, ya lo sabes.

—Eso no es del todo cierto —dio un paso hacia ella, pero no quiso tocarla—. Tú no tenías ningún interés en coquetear con los hombres y bailar con el que te lo pidiese —la miró a los ojos fijamente—. Esos bailes te aburrían tanto como a mí.

Recordó de pronto esa sensación que entonces había creído absurda de que entre Sesshomaru y ella hubiera algún tipo de conexión, aunque él jamás se diera cuenta. ¿Acaso había sido algo más que un producto de su imaginación?

—Si de verdad me mirabas, eras muy discreto —le dijo—. Habría apostado hasta la última libra de mi padre a que ni siquiera me habías visto nunca, ni mucho menos sabías cómo me llamaba.

—No quería admitir mi interés por ti, ni siquiera ante mí mismo —confesó.

—¿Por qué? ¿Porque era la hija de un simple comerciante?

—En parte, sí. No me siento orgulloso de haber sido tan clasista, pero no puedo negar que me importaba.

Por doloroso que fuera oírlo, Kagome prefería la sinceridad a las mentiras.

—¿Y qué más?

—Había decidido que me casaría con la persona que considerase más adecuada para ejercer el papel de lady de Inugami, no la que satisficiese mis deseos personales —la miró a los ojos y se enfrentó a su gesto de asombro—. De hecho, pensaba asegurarme de no sentir nada por dicha mujer.

Increíble. Kagome sabía que muchos miembros de la nobleza aceptaban matrimonios concertados, pero siempre había pensado que al menos esperarían encontrar cierto afecto en la relación.

De otro modo no era más que un frío negocio.

—¿Querías sentir indiferencia hacia tu esposa?

—La más absoluta, sí.

—Pero —no le encontraba ninguna lógica—. ¿Por qué?

—No es fácil de explicar —Sesshomaru supo enseguida que a ella no le bastaría con esa respuesta—. Ya sabes que era muy joven cuando heredé el título de mi padre.

—Sí, debió de ser muy difícil para ti.

—Lo fue —admitió sin ocultar su dolor—. Me sentí abrumado por la responsabilidad, hasta el punto de que más de una vez pensé escapar y lo habría hecho, pero sabía que irían a buscarme y me traerían arrastrando si hacía falta —relató con una triste sonrisa en los labios.

—A pesar de tus dudas, hiciste frente a tus obligaciones —le recordó.

Eso lo hizo sonreír con algo más de alegría.

—Acabé aceptando la situación y espero que mi padre se hubiese sentido orgulloso de mí.

—Por supuesto que lo haría. Tus criados y tus arrendatarios no solo te respetan, además han prosperado mucho gracias a ti.

—Puede que a mí me respeten, pero a ti te adoran. Te has ganado su lealtad en solo unas semanas y creo que estarían dispuestos a sacrificar su vida por protegerte. Pensaban invadir Francia cuando se enteraron de Koga Wolf te había secuestrado. Conseguí evitarlo porque les prometí que te traería sana y salva.

—Espero poder contribuir a que sus vidas mejoren.

Entonces sí la tocó. Le puso la mano en la mejilla y la miró con ternura.

—Kagome, vas a ser la mejor lady que ha tenido nunca la familia Inugami.

Por un momento, se perdió en la increíble belleza de su mirada. Pero no podía dejarse cautivar. Le retiró la mano bruscamente.

—Aún tienes que explicarme por qué no quieres amar a tu esposa.

Sesshomaru apretó los dientes, síntoma inequívoco de que no quería seguir hablando de ello, pero no tuvo más remedio que hacerlo.

—Como ya te he dicho, acepté mis obligaciones como lord, pero no me ha sido fácil cumplir con mi responsabilidad como jefe de familia.

—¿Por Inuyasha?

—No solo por él, aunque sí que ha sido una constante preocupación. Pero él no era tan exigente como mi madre.

—¿Qué quieres decir?

—Ella dependía por completo de mi padre y, cuando él murió, esperaba que yo me dedicase en cuerpo y alma a cuidarla y consolarla.

—¿Y a ti quién te cuidaba? —le preguntó, en medio de una peligrosa explosión de ternura.

—Nadie —admitió mirando a su alrededor, a aquella habitación que seguía tal cual la había dejado su padre, porque así lo había querido la condesa viuda—. Yo no pude llorar la muerte de mi padre.

Kagome se mordió el labio para contener las lágrimas.

—Lo siento.

—Yo también —meneó la cabeza y volvió a lo que los ocupaba—. La simple idea de casarme con alguien que me exigiese aún más me parecía insoportable.

—Dios, Sesshomaru —susurró al empezar a comprender el miedo que tenía a sentir, porque le habían enseñado que el amor iba siempre acompañado de un sinfín de obligaciones y pocas recompensas—. El amor no puede ser una carga.

—Estoy empezando a descubrirlo —reconoció y entonces la estrechó entre sus brazos.

—¿Qué haces...?

—Era demasiado cobarde como para seguir mis instintos —la interrumpió y siguió hablando mirándola a los ojos con absoluta determinación—. Pero no dudé en aprovecharme de la situación cuando tu padre me exigió que me casara contigo.

—Mi padre te obligó a casarte.

—¿De verdad crees que alguien podría obligarme a hacer algo en contra de mi voluntad? —le preguntó esbozando una tenue sonrisa.

—¿Qué quieres decir?

La estrechó con fuerza contra sí.

—Acepté las exigencias de tu padre porque quería hacerlo.

Kagome respiró hondo e hizo como si el corazón no le hubiese pegado un bote dentro del pecho.

—Me dijiste que te casabas conmigo para evitar un escándalo.

—Lo mismo que me dije a mí mismo, pero los dos sabemos que tengo el poder y los recursos necesario para evitar cualquier escándalo. Podría haber destrozado a tu padre si hubiese querido —la miró de nuevo a los ojos, alentándola a creer lo que le decía—. Me casé contigo porque era lo que deseaba hacer, aunque no pudiera admitirlo.

—Pero... eras tan frío conmigo.

—Era todo fingido —le pasó las manos por la espalda, dejando un rastro de fuego—. Pero la verdad era que me consumía de deseo por ti. Dios, lo que sentía era tan fuerte que me recordó todos mis temores y por eso quise alejarte de mí.

—¿Por eso me enviaste al campo?

—Sí —reconoció al tiempo que se lamentaba de haberlo hecho—. Pensaba marcharme después de la boda y no volver hasta que estuvieses de camino a Carrick Park, pero no pude hacerlo —sus palabras transmitían tal emoción que provocaban escalofríos—. Me moría de ganas de estar contigo.

—Y aun así me mandaste a Devonshire.

—Albergaba la absurda esperanza de que la distancia mitigara el deseo, pero solo lo aumentó —meneó la cabeza con tristeza—. Era muy desgraciado sin ti.

¿Era desgraciado sin ella? Kagome frunció el ceño, pues no se atrevía a creer que le hubiese ocultado sus verdaderos sentimientos.

—Pensé que me odiabas.

—¿Cómo podría odiarte? —Le dio un tierno beso en la sien—. Dios, Kagome, qué tonto he sido.

—Sí, es verdad.

Sesshomaru se rio suavemente antes de levantarle la cabeza para que lo mirara.

—Entonces te alegrará saber que recibí el castigo adecuado al enterarme de que te habían raptado —la sonrisa desapareció de su rostro—. Supe que nunca podría perdonarme si te hacían daño.

—Porque siempre has pensado que tienes la obligación de proteger a los demás.

Pero él meneó la cabeza con asombro.

—Si hubiese sido por obligación, Kagome, habría pedido al rey que mandara sus tropas a rescatarte, no habría viajado a hacerlo yo personalmente. Y desde luego no habría permitido que Miroku pusiese en peligro su vida —hizo una breve pausa sin apartar la mirada de sus ojos—. Lo que ocurre es que empezaba a darme cuenta de que te me habías colado en el corazón y, cuando te vi aparecer en las bodegas del palacio de Koga para rescatarme, supe que nunca más podría vivir sin ti.

Por un momento pensó que lo había oído mal.

—¿En el corazón? —susurró.

—Sí —le agarró una mano y se la llevó al pecho para que pudiera sentir los latidos—. Fuiste tan valiente al venir a buscarme cuando podrías haber escapado...

Kagome lo miró con impotencia.

—Jamás podría haberme ido sin ti.

—Lo sé —se llevó la mano de ella a la boca al tiempo que la miraba con una emoción que Kagome jamás habría creído posible—. Y por eso te amo.


P.D: Agradecería su apoyo y si no fuera molesta algunos review.

Gracias de antemano por darse un tiempo en leer esta historia.