Disclaimer: Esta historia ni sus personajes me pertenece, solo la estoy adaptando con algunos de los personajes de Stephenie Meyer, la historia pertenece a Kat Martin.


CAPITULO 24

Casi había caído la noche. Afuera ya estaba oscuro, y las sombras eran densas; no había luna sobre la ciudad. Una pálida niebla se había abatido sobre las calles, resbaladizas por la humedad, que rodeaban la cárcel de Newgate. A medida que avanzara la noche se haría cada vez más densa, lo que ayudaría a encubrir su camino.

Arrebujada en su capa, Isabella caminaba en silencio junto a la tía Sue, ostentando una sonrisa confiada que distaba de ser sincera. Tenía que ayudar a escapar a Edward, de eso no le cabía ninguna duda pero el corazón se le encogía al pensar en lo que él fuera a decirle.

Tú me importas, pero no estoy enamorado de ti. Trató de alejar la palabras de su mente y el dolor que las acompañaba. Tomada de la regordeta mano de su tía, atravesó el alto patio vallado de la prisión. Tras ella iba Emmett, con el entrecejo fruncido.

Habían sobornado a los guardias para que los dejaran entrar lo que no les resultó tarea difícil ya que se solía autorizar la entrada de visitantes; tanto la amante del conde, como la mujer obesa entrada en años y el valet de Ravenworth no representaban una gran amenaza.

Y había otros visitantes en la prisión. Aún no era demasiado tarde, y por la cárcel merodeaban varias personas: las esposas de los presidiarios con sus hijos, los vendedores que pregonaban sus mercancías para los pocos con las monedas suficientes para poder comprarlas. Isabella contaba con que el alboroto que los rodeaba sirviera de distracción.

Cuando la breve comitiva entró en la larga ala de piedra que constituía la parte principal de la prisión que alojaba a todos aquellos con el dinero suficiente como para permitirse ciertas comodidades, Isabella trató de hacerse fuerte. En silencio subieron dos tramos de escalera y avanzaron por un húmedo corredor pobremente iluminado rumbo a la celda del final que pertenecía al conde de Ravenworth.

Al sentir la humedad que traspasaba sus ropas, Isabella no pudo reprimir un escalofrío y se apretó un pañuelo contra la nariz para no sentir los fétidos hedores que impregnaban el lugar.

Le dolió en el alma pensar en Edward encerrado allí dentro, frío y solo, y creció en ella la decisión de liberarlo. Más allá de los sentimientos que él albergara por ella, no se merecía estar encerrado en ese infierno. Merecía ser libre; en cuanto lo fuera, podría abandonar el país.

La emoción produjo un nudo en su garganta. Edward se marcharía pero lo más probable era que ella no fuese con él.

El guardia los urgió a darse prisa.

—Vamos, deprisa, no os demoréis.

El rollizo hombre avanzó pavoneándose frente a ellos, con la espada golpeando sus botas. El sonido de sus pasos retumbaba sordamente en las tinieblas plagadas de sombras.

Cuando llegaron ante la pesada puerta de madera se volvió, y tras dejar su farol sobre el mugriento suelo de tablones, introdujo la gran llave de hierro.

De reojo, miró a Isabella.

—¿Está segura, muchacha, de que quiere que estos dos mendigos entren con usted? Apuesto a que su condenada señoría preferirá montarla en vez de conversar con usted.

A su lado, Emmett se puso rígido, pero Isabella lo tomó del brazo.

—Sólo déjenos pasar, por favor.

El guardia le dirigió una larga mirada lasciva que le hizo correr un frío por la espalda.

—Como quiera.

La llave giró en la puerta; un débil rayo de luz, proveniente del interior de la celda, se filtró en el corredor. A través de la rendija, pudo ver a Edward que se acercaba con semblante tenso y demacrado, y sintió una aguda sensación de compasión.

—¡Isabella! Por el amor de Dios, ¿qué haces aquí?

Ella se obligó a sonreír, a aparentar que todo era perfectamente normal. Que él no quería que se casara con otro.

—Necesitaba verte, es todo. Convencí a mi tía y a Emmett de que me acompañaran. Es importante. Por favor, no te enfades.

Echó una mirada hacia el guardia, que la miraba sonriendo con afectación.

—Volveré en media hora —dijo mientras cerraba la puerta—. Si quiere quedarse más tiempo, le costará más dinero —soltó una risilla socarrona—. Si no tiene dinero, hay otras formas de pagar.

Edward apretó los dientes. Se dispuso a decir algo, pero Isabella se llevó un dedo a los labios y guardó silencio. Los pesados pasos del guardia se alejaron por el corredor, y ella se volvió hacia él. Durante un instante, las facciones de Edward parecieron tensas, pero al instante todo desagrado que pudiera haber sentido con su presencia lentamente comenzó a desvanecerse.

Sus ojos se clavaron en los de ella. La recorrieron de pies a cabeza, y regresaron a su rostro.

Había algo sombrío en él, algo intenso y dolorosamente perturbador.

—¿Qué ha ocurrido? ¿Por qué has venido?

Isabella necesitó de todas sus fuerzas para no correr hacia él, para no suplicarle que volviera a abrazarla. Dime que todavía me deseas, rogó en silencio. Pero las palabras no salieron de su boca.

—Te ahorcarán, Edward. Tú lo sabes, y yo también. No permitiremos que eso suceda —se volvió y comenzó a sacar varias fundas de almohada de los profundos bolsillos de su capa, que ofreció al hombre que tenía a su lado—. ¿Emmett?

—Listo, señorita.

Edward lo miró con gesto lúgubre, pero Emmett no se amilanó, y sacando una larga daga que llevaba escondida en la bota, fue hasta e jergón de paja que estaba en el rincón.

—¿Qué demonios...?

Edward lo observó desgarrar el jergón para comenzar a llenar las fundas con la paja seca y crujiente.

Isabella se volvió hacia la mujer de pie al otro lado.

—¿Tía Sue?

Pero ya su tía se quitaba la capa y la dejaba sobre una silla

Edward pasó la mirada de uno a otro.

—¿Pero qué hacéis?

Isabella lo miró con una sonrisa falsamente despreocupada.

—Es muy sencillo, milord.

Se puso a desabrochar los botones del vestido de la tía Sue; Edward se vio obligado a volverse cuando ella levantó el vestido y lo pasó por la canosa cabeza de su tía.

—Estamos ayudándole a escapar.

—¿Qué? —Se volvió para mirarla a la cara, sin dejarse intimidar por la visión de la robusta figura de Sue Crabbe envuelta en una larga camisa de algodón y luciendo finas medias blancas.

—No hay tiempo para protestar —Isabella lo obligó a darse vuelta—. Tenemos un plan que va a funcionar si te limitas a hacer lo que te digamos.

Edward volvió a girar hacia ella.

—¿Estáis locos? ¿Es que habéis perdido la caveza? No es posible que estéis haciendo esto... si os atrapan tratando de ayudarme a escapar, os encerrarán a todos aquí, conmigo.

En esta ocasión la sonrisa de Isabella fue sincera.

—Entonces será mejor que colabores para que eso no suceda.

Tomó la deshilachada manta de lana que le tendía Emmett y la puso sobre los carnosos hombros de su tía.

Edward apuntó sus súplicas en esa dirección.

—Tía Sue... sin duda usted tiene la suficiente sensatez para ver lo peligroso que es esto. Toda la idea es una locura.

—No tenemos mucho tiempo, milord —se limitó a responder la tía—. Lo mejor para todos sería que cerrara la boca y dejara que Emmett le atara esas fundas en la cintura.

—Pero no es posible que vosotros... —se volvió una vez más hacia Isabella—. ¿E Irina? Si haces esto...

—Tu hermana ya tiene a alguien que vele por ella; se casa con el marqués de Trent.

Edward alzó las cejas.

—¿Irina se casa con Trent?

—En efecto. Aparentemente, están muy enamorados.

Algo de la agresividad que lo dominaba pareció desvanecerse.

—Gracias a Dios.

—Edward, no es mi intención apremiarte, pero tenemos que ponernos en marcha. No tenemos mucho tiempo más.

—La muchacha tiene razón, amigo. Será mejor que nos movamos, o iremos todos a la horca.

Edward la miró a los ojos con intensidad. Se acercó a ella y la tomó de los hombros.

—No puedes hacer esto, Isabella. ¿Qué me dices de Benjamin? Quiere casarse contigo. Quiere...

—No me casaré con Benjamin Endicott, así que será mejor que olvides eso. Te amo, Edward. Lo que tú sientas por mí no importa. Lo que importa es que salgamos de aquí cuanto antes.

Algo pareció brillar en los ojos de Edward. ¿Dolor? ¿Esperanza? ¿Anhelo? Pasó un instante en el que se limitó a seguir allí, inmóvil. Entonces le recorrió un escalofrío, y de improviso Isabella se encontró en sus brazos. Se apretó contra él con todas sus fuerzas.

—¡Ah, Dios; Bells!

Ella lo abrazó deseándolo, necesitándolo, amándolo, rogando porque él sintiera por ella alguna de todas esas cosas.

—Te he echado de menos— dijo él, hundiendo la cabeza en su pelo—. ¡Dios, cómo te he extrañado!

Abrazada a Edward sintió que la esperanza, el amor por él y una fiera determinación le palpitaban en el pecho.

—Yo también te he echado de menos, Edward. Cada minuto, cada segundo. —Lo apretó contra su cuerpo, y se apartó de él—. Pero ahora tenemos que marcharnos.

La mano de él le acarició la mejilla.

—¿Sabes qué estás haciendo? ¿Eres consciente de las consecuencias? Si no podemos demostrar mi inocencia, serás una fugitiva igual que yo. Tendremos el país. Tendremos que...

—¿Tendremos? ¿Los dos, Edward?

Una expresión de intenso anhelo le cubrió las facciones.

—Si hacemos esto, no volverás a alejarte de mí. Estarás junto a mí durante el resto de tu vida.

A Isabella le ardieron los ojos. Sintió que la desbordaba el sentimiento.

—¿Es que no comprendes? Si tú estás conmigo, no me interesa dónde vivamos.

Él vaciló apenas un segundo, le dio un último beso y le dedicó la más hermosa de las sonrisas.

—Muy bien, entonces. Por Dios, tal vez esté tan loco como vosotros.

Emmett soltó una risilla.

— Levanta los brazos para que pueda atarte estas cosas.

Sacó un trozo de cuerda del bolsillo y ató las fundas rellenas alrededor de la breve cintura de Edward. Cuando terminó su tarea, le pasó el vestido de la tía Sue por la cabeza para ocultar su camisa blanca, sus pantalones negros y las fundas que llevaba atadas a la cintura.

Como Edward le llevaba una buena cabeza a la tía, Emmett se puso de rodillas y cortó el hilo que sujetaba el falso dobladillo del vestido que había preparado con ese exclusivo propósito.

La tela cayó en todo su largo, ocultando las botas de Edward. Mientras pugnaba por reprimir una sonrisa, Emmett le colocó la capa encima de todo ese estrafalario conjunto, se la ajustó y levantó la capucha, que cubrió por completo el rostro de Edward, embozado en los pliegues.

Isabella sofocó la risa, pero no le fue fácil. Edward parecía una carpa ambulante, y crujía a cada paso que daba.

_ No puedo creer que esté haciendo esto — gruñó él.

_ Es casi la hora — dijo Emmett sonriendo —¿Está lista. . . señora Crabbe?

Edward frunció el entrecejo.

— No creo que esté listo para esto.

— Encórvate un poco cuando camines — indicó Isabella — . Esperemos que no adviertan cuánto ha crecido la tía Sue en los últimos minutos.

Mientras tanto, su tía se sentó en una silla, y Emmett le ató las manos con cuidado y le puso una mordaza en la boca.

— ¿Se encuentra bien, señora Crabbe?

La anciana asintió, y a Isabella no se le escapó la chispa de diversión que brilló en sus acuosos ojos azules. La tía Sue se estaba divirtiendo con aquella aventura. Si alguna vez había dudado del sentido del humor de su tía, ya no lo hacía.

— Viene el guardia — avisó Emmett en voz baja. En silencio, todos ocuparon sus lugares detrás de la puerta. Se abrió el cerrojo. La pesada puerta de madera se abrió. El guardia echó un vistazo en la celda, frunció el entrecejo y dio un paso hacia el interior.

En ese momento Emmett le asestó un limpio y contundente golpe en el costado de su voluminosa cabeza. Con un sordo gruñido de dolor, el guardia cayó de rodillas, puso los ojos en blanco, y se desplomó en el suelo.

—Vamos —dijo Edward. Salió y avanzó por el tenebroso corredor. Su abultada figura se contoneaba a cada paso que daba—. No estará mucho tiempo inconsciente. Será mejor que cuando despierte ya no estemos aquí.

Todos asintieron en silencio. Con gran sigilo Edward encabezó la fila que se deslizó por el corredor y bajó el primer tramo de escaleras. En el rellano había apostado un guardia. Emmett se colocó sin hacer ruido detrás de él y lo despachó con la misma pericia que al anterior.

Un nuevo tramo de escaleras y estuvieron en el patio de la cárcel, donde pasaron junto a varios guardias que conversaban. Redujeron la marcha hasta avanzar con paso despreocupado.

Atravesar la distancia que los separaba de los portones se les antojó una eternidad. Isabella sentía que el corazón le martilleaba en el pecho, y tenía las palmas de las manos mojadas por el sudor. Se adelantó a los dos hombres para acercarse al guardia y mirar su rubicundo rostro con una sonrisa.

—Gracias por dejarnos verlo. Ha sido muy amable.

El hombre le dirigió una mirada especulativa y ella le volvió a sonreír, esperando impedir que mirara más atentamente a Edward.

—Será mejor, señorita, si viene durante el día. Los lugares come éste suelen ser más peligrosos por la noche.

—Gracias por el consejo —dijo ella con dulzura—. Quizá, si vuelvo, pueda llevarme usted mismo hasta la celda.

Al hombre se le infló el pecho por la lisonja. Le dirigió una sonrisa esperanzada. No era lasciva, como la del otro guardia, pero era definitivamente masculina y decididamente interesada.

—Ojalá pudiera, señorita. Tened cuidado ahora, usted y su tía.

Pero ni siquiera echó un vistazo en esa dirección... a Dios gracias

—Gracias, lo tendremos.

Con una última sonrisa, se volvió y comenzó a alejarse, mientras la encorvada y rotunda figura de su tía se bamboleaba y crujía tras ella

Cuando por fin llegaron a la esquina de la calle que rodeaba la prisión, le temblaban las rodillas y estaba temblando. Allí los aguardaba Jasper, con el cuerpo tenso y alerta, preparado por si llegaban a encontrar algún contratiempo. No dijo una palabra, sino que abrió las puertas del coche y con un gesto les indicó que subieran para después trepar en el pescante. Tiró de las riendas, y el vehículo se puso en marcha.

Edward se acomodó a su lado, con los acerados ojos verdes clavados en su rostro.

—Todavía no puedo creer que esté aquí. Eres increíble.

Se inclinó sobre ella y la besó con todas sus fuerzas. A continuación, a salvo detrás de las cerradas ventanillas del coche, se quitó la capucha, desató la capa y la hizo a un lado, y comenzó a maniobrar con sus pesadas ropas.

Isabella le sonrió con dulzura.

—Fueron tus amigos. Son maravillosos, Edward

—Gracias, amigo mío —dijo él mirando a Emmett.

—No hago más que retribuir lo que tú hiciste por mí.

Edward sólo sonrió. Requirió de cierto esfuerzo desvestirse dentro de los estrechos límites del coche, pero con la ayuda de Isabella y de Emmett, finalmente lograron desabrocharle el enorme vestido, quitárselo, desatarle las fundas y liberarlo de su pesada carga.

—No creo que nunca llegue a ser gordo —gruñó; Isabella sonrió.

—No, milord. No creo que lo sea.

Él la miró, y sus severas facciones se suavizaron hasta adquirir una expresión de increíble ternura.

—Lo que dije fue en serio. No pienso permitir que vuelvas a dejarme.

Ella se acercó a él y le acarició la mejilla

—¿Estás seguro, Edward?

—Verte casada con Tricklewood era lo último que deseaba —pareció disponerse a besarla una vez más, pero miró a Emmett y se recostó en el asiento—. Ya que hasta ahora pareces haber planeado todo tan bien, espero que hayas arreglado un sitio donde pueda ocultarme.

—Sí. Bree fue la encargada de solucionar ese pequeño problema.

—Sí, milord —intervino Emmett—. Vamos a quedarnos en un cuarto arriba de la taberna "El cerdo y el violín". Queda en las afueras de la ciudad. Lo más probable es que las autoridades crean que ambos huiréis a toda prisa del país. No se les ocurrirá buscar tan cerca. Y Bree jura que se puede confiar en su primo.

Isabella jugueteó con los pliegues de su falda.

—Sólo espero que tía Sue no tenga problemas.

—Yo no me preocuparía demasiado por su tía. Mejor preocúpese por esos guardias si le traen algún problema.

—¿Qué habéis planeado? —peguntó Edward.

—Si la tía Sue no regresa a casa en un par de horas, Bree se va a poner en contacto con sir Reginald y le dirá que los tres fuimos a Newgate y no regresamos. A partir de ahí, esperamos que él pueda manejar las cosas.

Edward se apoyó sobre el respaldo relleno de plumas del coche. Tomó entre sus manos los dedos de Isabella y se los llevó a los labios.

—Parece, mi amor, que tienes todo bien calculado. Ya que es así, me pongo en tus manos por el resto del viaje.

Ignorando el traqueteo de las ruedas y el resonar de los cascos de los caballos, cerró los ojos y en cuestión de segundos su cabeza descansaba sobre el hombro de Isabella. Isabella sintió que su corazón volaba hacia él. Las ojeras que Edward tenía bajo los ojos y su rostro macilento señalaban su profunda fatiga. Sintió dolor por todo lo que él había tenido que sufrir. ¡Santo Dios, cuánto lo amaba!

Él había dicho que la llevaría con él. No había dicho que la amaba, pero quizá, como había dicho su tía, él todavía no sabía qué significaba amar a alguien. La esperanza creció dentro de ella. Le apartó de la cara el pelo negro como ala de cuervo y depositó un suave beso sobre su frente.

En la que seguramente era la primera vez en muchos días, Edward estaba profundamente dormido.

.

.

Jason Jenks recibió la última edición del London Chroniele de uno de los dos hombres que acababan de entrar en su estudio.

Observó al investigador de Bow Street, de sombría expresión, y volvió su atención al titular de primera página: "RAVENWORTH SE ESCAPA CON SU AMANTE". Debajo, en letras más pequeñas, podía leerse: Atacando a una dama de edad y a varios guardias, el conde de Ravenworth escapó de la prisión de Newgate en las primeras horas de la noche disfrazado con ropas de mujer.

Jason terminó de leer todo el artículo, luego estrujó el periódico y lo arrojó a través de la habitación.

—¡Por todos los malditos infiernos!

—Lamento ser portador de malas noticias, Su Señoría.

Bromwell Smart, era un detective de cuarenta y tantos años, enjuto y de piel rojiza, honesto, trabajador y muy eficiente.

—No es culpa suya, Brom.

—Ciertamente, esto complicará las cosas.

—No me cabe duda —La mirada de Jason pasó al segundo de los hombres presentes, alto y corpulento, con una áspera barba negra y ensortijado pelo oscuro. No obstante, volvió a dirigirse a Brom—. Mis amigos enfrentan un peligro considerable.

—Verdad, pero no puede culparlos. Lo iban a colgar, sin sombras de duda.

—Así es —coincidió Jason, sin dejar de mirar al hombre alto—. Pero el señor Gibbs va a cambiar las cosas, ¿no es así, amigo mío?

Tanner Gibbs, el tabernero de "La espada y el cisne", encogió sus fornidos hombros.

—Si contar a la policía que no es verdad que Alec haya estado en la taberna como él sostiene es cambiar las cosas, pues entonces sí, supongo que las voy a cambiar.

—Querrán saber por qué mintió antes. No quedarán muy contentos con eso. Es posible que presenten cargos contra usted.

—Small me dijo que usted podía arreglar eso. Dijo que podía hacer que me dejaran en paz, siempre y cuando les dijera la verdad.

Jason le dirigió una mirada dura.

—Y usted no está totalmente seguro de que ésa sea la verdad.

Un nuevo encogimiento de hombros.

—Alecme pagó una buena suma para que mintiera. Usted me paga mucho más para que diga la verdad.

—¿Y bien...?

—Su condenada señoría vino a la taberna, bebió hasta emborracharse y se marchó media hora más tarde.

—Es decir, tuvo tiempo de sobra para regresar a Castle Colomb y estrangular a la condesa de Ravenworth.

—De eso no sé nada. Sólo sé que estuvo en "El cisne y la espada" cerca de media hora. Me pagó para que dijera que había estado más tiempo, pero no fue así.

—En la taberna hay otros empleados que van a declarar —dijo Brom—. Están dispuestos a confirmar la historia del señor Gibbs.

Jason asintió.

—Llévelo a la oficina del magistrado. Ocúpese de que le cuente su historia. Yo me ocupo del resto.

Brom levantó una ceja.

—¿Y usted, Su Señoría? Si me permite el atrevimiento, ¿qué va a hacer?

Jason sonrió débilmente.

—Hablar con Greville Townsend, por supuesto. Estoy ansioso por ver si su historia cambia como ha cambiado la del señor Gibbs.

.

.

"El cerdo y el violín" no era un lugar tan malo como otros que Edward había conocido. Se trataba de un edificio de ladrillos que tenía tres pisos de altura; los cuartos estaban limpios. Pero estaba situado en los confines del distrito norte de la ciudad, un barrio llamado Saffron Hills, considerado como una de las zonas más duras de Londres.

Era un lugar peligroso, propicio para carteristas y asaltantes. Las prostitutas salían a la calle desde sus cuartos en el ático de la taberna, limpios pero espartanos, y a través de los astillados tablones del suelo subía el humo y el eco de las risotadas obscenas de los parroquianos de la planta inferior. Por la noche se oían los ratones correteando por las paredes, y la comida era insulsa y mal guisada.

Ciertamente, no era lugar para una dama, y menos una a quien valoraba tanto como Isabella Swan. Saber que él era el motivo de que ella se encontrara allí le corroía la conciencia y le dejaba mal sabor de boca.

—Ha vuelto a pasearse, milord —la suave voz de Isabella atrajo su atención de la ventana que daba sobre la bulliciosa y sucia calle—. Con su indómita cabellera brillando a la luz de un rayo de sol que se filtraba por la ventana, ofrecía un contraste tal con la sordidez que los rodeaba que Edward sintió que se le encogía el pecho.

Suspirando, apartó la mirada.

—Lo siento. Divagaba, supongo.

Divagaciones sobre su deprimente alojamiento y sobre el futuro que les esperaba, sin permitirse otra cosa que no fuera la realidad y alejando de su mente todo pensamiento sobre el espigado cuerpo de Isabella o de su desesperada necesidad de ella, del deseo contra el cual había luchado desde el mismo instante en que ella entrara en su roñosa celda decidida a ayudarle a escapar.

Cerró los ojos pero pudo seguir viéndola, allí a pocos pasos de él, con sus lozanos pechos asomando sobre el escote de su blusa campesina, la diminuta curva de su cintura, los pequeños pies asomando por debajo de su parda falda de lana. La deseaba con una fuerza que lo volvía loco, quería arrancarle sus sencillas ropas, tumbarla sobre la cama toscamente tallada, abrirle las piernas y penetrarla con pasión. Quería poseerla tan violenta y profundamente que pudiera absorber la esencia misma de su ser.

En lugar de eso, se mantenía distante como había sido desde que llegaran a la taberna, negándose a sucumbir a su insoportable anhelo. Sabía que no era el momento ni el lugar.

Sabía que la vida de Isabella había dado ese terrible giro por su culpa, y que en ese momento se hallaba ante un peligro aún mayor.

—Tu mente ha divagado toda la mañana. ¿En qué estás pensando?

En que te deseo. En que si me acerco a ti te poseeré, y no lo merezco. Volvió a roerlo la culpa, como le había ocurrido desde que llegaran a la taberna. Su conciencia no le permitía tocarla, no lo autorizaba a calmar sus urgencias con el consuelo de su cuerpo. No, cuando había permitido que ella se arriesgara como lo había hecho. Tendría que haberse casado con el vizconde. Si lo hubiera hecho, ella estaría a salvo.

—Estaba pensando en que no debería haber dejado que me convencieras de abandonar la prisión. No debería haberte expuesto al peligro como lo hiciste. Me equivoqué, y ahora es tarde para remediarlo.

Ella se acercó a él, frunciendo ligeramente el entrecejo.

—¿En eso has estado pensando? ¿Has estado preocupándote por mí? Creí que pensarías en el crimen, que tratarías de adivinar quién pudo haber matado a la condesa. Preocuparte por mí no sirve para nada.

El suspiró y sacudió la cabeza.

—No lo puedo evitar. Parece que te he hecho desdichada desde que te conocí.

Ella le echó los brazos al cuello y se apretó contra su cuerpo. Edward sintió la familiar oleada de calor que lo inundaba con un deseo ardiente y tan violento que le provocó una erección descomunal.

—Está equivocado, milord. Ha traído júbilo a mi vida. Cada vez que lo miro, mi corazón se llena de amor y doy gracias a Dios y a mi padre por haberme puesto a su cuidado.

—Ah, Dios, Bells...

Pero ya estaba besándola, apoderándose de su boca como había deseado hacerlo cada hora, cada día que duró su separación.

—Edward... —pronunció su nombre como si percibiera su necesidad, como si ella lo necesitara de igual manera—. Te he echado de menos. Santo Dios, cada día sin ti era una agonía.

Isabella se acomodó entre las piernas separadas de Edward, y él pudo sentir el contacto con cada una de las suaves partículas de su piel.

—Te necesito —susurró él con voz ronca por el deseo—. ¡Dios, te necesito tanto!

Le tomó el rostro entre las manos y su beso se tornó intenso, exigente. Era consciente del cuerpo de Isabella contra el suyo, de la presión de sus pechos y muslos mientras le recorría la boca con su lengua, acariciándola, reclamándola con desesperación.

Ella no se resistió. Lo besó con igual exigencia, estimulándolo, avivando aún más el fuego que ardía en sus genitales. Con un gruñido de derrota, la alzó en sus brazos y la llevó a la cama, para después tenderse sobre ella.

Era demasiado tarde para pensar en quitarle las ropas como había querido hacer: la necesitaba con demasiada desesperación. Se limitó a levantarle la falda y la blanca camisa, se desabrochó los pantalones y se hundió en su vagina.

Al sentir la caliente humedad y la tirantez que lo aguardaban sintió que se relajaba. Estaba donde tanto había anhelado estar, donde tan desesperadamente necesitaba estar. Permaneció un momento inmóvil, gozando de la calidez de la carne de Isabella alrededor de su pene. Ella le deslizó los dedos entre los cabellos y lo obligó a bajar la cabeza para besarlo.

—Te he estado esperando —susurró ella al oído— ¡Te he deseado tanto!

Edward sintió que el cuerpo se le apretaba en tensión. Trató de ser suave con ella, de mostrarle lo mucho que le importaba, pero sus músculos temblaron por el esfuerzo y la frente se le perló de sudor.

La deseaba en ese mismo instante, quería penetrarla bien profundamente, quería poseerla.

Isabella debió percibir su urgencia porque se movió sobre el colchón y arqueó la espalda para permitirle una mejor adaptación a su cuerpo. Él le tomó los pechos entre las manos, sintió sus pezones enhiestos y dejó escapar un ronco sonido ahogado. Isabella le rodeó la espalda con las piernas para recibirlo aún más adentro, y finalmente él se dejó ir, entregándose al fuego que bramaba en su sangre.

La penetró una y otra vez, cada vez con más fuerza, con un ritmo creciente que hizo aumentar su calor hasta que creyó perder la razón. Quería decirle que la amaba. Lo sabía sin la más ligera sombra de duda, pero jamás había pronunciado esas palabras ni había creído realmente en el amor, incluso no sabía bien cómo debía decirlas.

En lugar de eso, se hundió en su cuerpo, abandonándose al alivio que lo llevó hasta un profundo pozo interminable de placer. Isabella alcanzó su propio orgasmo a continuación, y juntos permanecieron en las plateadas profundidades durante segundos que parecieron horas, hasta que el mundo circundante volvió a imponerse paulatinamente ante ellos.

Apoyado sobre el codo, aun dentro del cuerpo de Isabella, Edward parpadeó contemplando la astrosa habitación que era la misma, y a la vez parecía ligeramente diferente. Le asombró descubrir que el ático ya no le parecía tan mugriento, ni el aire tan viciado. Supo que se debía a Isabella y a la intimidad que acababan de compartir.

Ella le acarició la mejilla.

—Si quiere, milord, podemos abandonar la búsqueda, encontrar un barco y marcharnos del país. Hay lugares a los que podemos ir, lugares donde estaríamos a salvo.

El le sonrió, sintiéndose ligero por dentro. Durante el lapso en que había yacido con ella, de alguna manera su esperanza se había reavivado. Mientras estuvieran juntos, la vida era digna de cualquier riesgo.

—Lo haremos si no tenemos otro remedio, pero no todavía —se dio vuelta y la abrazó—. Primero, debemos repasar todo lo que sabemos acerca del crimen. Haremos una lista con lo que consideramos probabilidades, otra con las meras probabilidades, etcétera. Después las analizaremos hasta que descubramos algo que se nos haya pasado por alto.

Isabella lo miró sonriente.

—Tendríamos que haber hecho el amor antes. Tus mejores ideas parecen llegar cuando te sientes satisfecho.

Edward se echó a reír. Era la primera vez que lo hacía en muchos días, y lo hizo sentir notablemente bien.

—Ven, amor mío. Manos a la obra.

La obligó a levantarse de la cama, la ayudó a acomodarse las ropas y sonrió para sus adentros.

Le había ofrecido una oportunidad. Ya no se escaparía de él. Su caballerosidad tenía un límite; en lo que se refería a Isabella, ya lo había alcanzado.

Al diablo con Tricklewood: él jamás la tendría. Isabella le pertenecía, y ocurriera lo que ocurriese, Edward tenía toda la intención de conservarla junto a él.


Bueno con esas palabras que le dedico Edward a Isa durante el escape esta más que perdonado por ser tan obtuso, en serio amo a mi Conde!

Me dio mucha risa la parte de la super disfrazada y todo eso; gracias a Dios el escape ha sido exitoso hasta el momento esperemos que siga así y logren descubrir al culpable.

Me encanta que por fin Ed haya admitido sus sentimientos ahora solo falta que se los confiese a Isa, esperemos que no muy tarde.

Muchos besos y abrazos para todas!