Los ojos del alma
Por: Wendy Grandchester
Capítulo 24 Los ojos engañan
—¡Ahhhh!— Gritó Patty mientras que Annie pisaba el freno hasta el fondo para evitar estrellarse contra un poste de luz.
—¡Detente! Haz que se detenga...— Candy seguía en su trance.
—¡Dios!— Suspiró Annie con el corazón casi fuera de su pecho por la adrenalina y la increudilidad de no haberse estrellado.
El auto a penas rozó el poste, aunque sí ocasionó que muchos autos se desviaran y tuvieran que frenar de golpe, pero no pasó a mayores. La policía llegó unos diez minutos después. Annie se bajó del auto junto con Patty.
—Candy...— Annie le abrió la puerta para sacarla.
—Dile que se detenga... Annie... por favor... tengo miedo...
Annie se quedó sin habla. Supo que Candy estaba repitiendo las mismas palabras que repitió aquél fatídico día.
—Candy... ya pasó, estamos bien...
—No... no... dile que no vaya tan rápido... ¡Dícelo!— Le exigió aún en el mismo trance, pero lo que impactó a Annie fue que en ese momento Candy la estaba mirando directamente a los ojos...
—¡Candy! Estamos bien... ¡reacciona!— La sarandeó y entonces fue cuando Candy vio realmente.
—A... Annie...— Se quedó mirándola con los ojos muy abiertos, no podía creerlo. Esa no era la Annie que ella recordaba. Esa Annie era adulta, no tenía las uñas pintadas de negro ni la cara pintorreada con tonos oscuros que llevaba a los trece. La Annie que veían sus ojos era una mujer. Una hermosa mujer con rostro angelical.
—Sí, soy yo... Candy... ¿Me estás viendo? ¿Puedes verme?— Le preguntó con una mezcla de esperanza y desesperación.
—Yo...— Se desmayó de impresión en ese momento.
...
Unos meses habían pasado, las clases habían recomenzado y Terry jamás se quedó de vacaciones en casa de su padre, aún cuando sus hermanas prácticamente se lo rogaron. Se enfocó de lleno en sus estudios y estaba ahorrando cada centavo, porque cuando se graduara, se había propuesto comprar una modesta casa en subasta que luego él mismo rediseñaría para él y para Candy, si es que era cierto que ella aún lo esperaba. La extrañaba a morir, fue tanta su necesidad, que por impulso, llegó hasta su casa. Se estacionó un poco lejos de la vivienda, pues varios autos y un camión ocupaba gran parte de la calle.
A penas había apagado el motor cuando la vio desde lejos. Con sus maletas en mano, sonriente. Esa sonrisa se le metió en el alma, tanto que olvidó las maletas que ella tenía en la mano y muchas cajas al rededor, entonces se fijó que el camión era de mudanza. Se estaba mudando, sin decirle nada. Iba a bajarse para enfrentarla, entonces vio a Archie saludarla con mucho afecto, también metiendo paquetes en su auto mientras que tres hombres fornidos metían las cosas grandes y pesadas en el camión. Se estaba mudando... ¡con Archie! Y él había hecho el papel de idiota todo éste tiempo.
Encendió el motor y arrancó chillando las llantas. Candy llevaba una lámpara en las manos, se le cayó de repente, haciéndose pedazos, como si hubiera presentido algo. Sus ojos, ahora llenos de luz miraron hacia la calle, sin saber qué era lo que realmente estaba buscando. Terry llegó al apartamento hecho una furia.
—¡Terry! ¿Qué pasó?— Preguntó Eleanor alarmada, con el lápiz labial en la mano.
—¡Que soy un imbécil!— Gritó dándole un puñetazo al espejo del pasillo, haciéndolo añicos y lastimándose para horror de su madre.
—Terry... ¿De qué hablas?
—¡Candy!
—¿Candy...? ¿Qué pasó con ella?— Preguntó intrigada
—Que se está mudando... y que no es ninguna... santa...
—Terry... no te entiendo...
—¡La vi con el idiota ese! ¡Se están mudando juntos!
Eleanor se quedó boquiabierta. No podía figurarse a Candy haciendo algo así.
—Es... ¿Estás seguro?
—¡Claro que estoy seguro! Por eso no quería ponerse en contacto conmigo... se lo pensó mejor y ahora se muda con el mierda ese...
—Terry... lo que estás diciendo es muy descabellado... ¿tú confirmaste...?
—¡Sé lo que vi! Sería el colmo que encima me humille a preguntar lo que es obvio.— Sonrió con ironía y se dirigía a la puerta nuevamente.
—Terry... ¿a dónde vas?
—A perderme. Tal vez a golpear a alguien... ¡no sé! Tú... disfruta de tu cita. Del amor...— Le recalcó sarcástico y le dio un beso en la mejilla, luego se marchó.
Eleanor estaba preocupada, pero sabía que no tenía manera de detener a Terry. Con un largo suspiro de resignación y encomendando a su hijo junto con todos sus celos a Dios, terminaba de arreglarse para su cita con Robert Hathaway.
Eligió un sobrio y a la vez sensual vestido rojo, ceñido, las mangas hasta los codos y le quedaba encima de las rodillas, se calzó unos tacones preciosos, unos que había comprado con remordimientos por el precio, pero que no se resistió a ellos. Se soltó su larga y sedosa melena rubio cenizo que le llegaba a mitad de espalda. Llevaba rímel y los labios en rojo. Parecía una gran estrella de Hollywood.
Echando un último vistazo a su imagen en el espejo ahora cuartizado gracias a Terry, su gesto fue de orgullo y aprobación. Sonó el timbre y como una quinceañera, fue corriendo para abrir. Mostró su mejor sonrisa, la cual se apagó en el mismo instante en que vio al hombre que estaba en el umbral.
—¿Qué haces aquí?— Preguntó más que molesta.
—Por lo que veo, no era a mí a quien esperabas...— Le dijo con ironía mientras la miraba detenidamente.
—A tí hace más de veinte años que dejé de esperarte. ¿Qué es lo que quieres?— Su gesto impaciente y furioso se clavó en Richard Grandchester.
—Vine a ver a mi hijo.— Respondió con la arrogancia pura de estar reclamando un total derecho.
—Terry no está, te agradecería que te vayas.
—¿Por qué? ¿Estás esperando a alguien?— Le preguntó con un gesto gélido, adentrándose en el apartamento y cerrando la puerta, lo que puso a Eleanor muy nerviosa.
—De hecho, sí. Estoy esperando a alguien y no creo que le haga gracia encontrarte aquí, así que por favor, vete.
—Poco me importa si le hace gracia, aquí vive mi hijo y tengo derecho a visitarlo.
—¡Ja! Ojalá hubieras defendido esos derechos con tanta determinación hace veinte años. Ahora, ésta es mi casa y tu hijo es un adulto, por tanto, no tengo obligación alguna de recibirte en mi casa así sea para verlo a él.
El gesto de Richard seguía siendo arrogante. A pesar del egoísmo y los celos absurdos que lo estaban carcomiendo, disfrutó del arrebato de Eleanor, fiera, hermosa.
—No has cambiado en nada, Ellie...
—¡Eleanor! Y por favor, vete... a mi novio no le gustará encontrarte aquí.
—¿Tu novio? ¿Es que ahora recibes hombres aquí, en la casa de tu hijo?— Eleanor abrió la boca indignada, no sabía si abofetearlo o reirse a carcajadas por lo ridículo que estaba siendo.
—¿Insinúas que soy una golfa?— Lo retó.
—No es que...
—¿Te indigna que la mujer a la que abandonaste, la madre de tu hijo esté rehaciendo su vida luego de veinte años? ¿Te indigna que luego de dedicar mi vida al hijo que tú abandonaste ahora me decida a vivir la mía?
—¡Tú no quisiste nada de mí!
—¡Ja! Y tú luchaste tanto contra eso...— Le contestó irónica.— De haberlo querido, con tu dinero e influencia, habrías conseguido como mínimo una custodia compartida, pero no... Richard Grandchester juega a todo o nada.
—¡Eso quedó en el pasado!— Arremetió colérico.
—Tienes razón. Quedó en el pasado junto a la Eleanor que tú conociste.— Alzó el rostro con altivez, aunque sus ojos estaban aguados.
—¿Podrías jurarlo?— La questionó Richard con más prepotencia aún.
—¿Qué cosa?— Le preguntó en tono ácido.
—Que me has olvidado. ¿Ya me olvidaste, Ellie?— Ella sonrió con mucha tranquilad, llenando a Richard de curiosidad e intriga.
—¡Contéstame!— Le exigió tomándola fuerte de las muñecas y acercándosele demasiado, con deseo, un deseo que jamás volvería a satisfaccer y que aunque años atrás la hubieran derretido...
—Si me lo hubieras preguntado hace unos años no habría sido necesario que te contestara siquiera. Pero desde hace unos meses... sí, Richard. Te olvidé.
Ella lo miró a los ojos, reteniendo la mirada intensa y furiosa que él le dedicaba. Derrotado, él se fue. Al cerrarse la puerta, ella se reiría a carcajadas. Había soñado con ese momento.
...
—¿Te gusta la nueva casa, Candy?— Le preguntó su madre con júbilo.
—¡Sí! Aunque no entiendo por qué cambiamos de casa...
—Aquella casa estaba llena de recuerdos tristes. Aquí quiero que volvamos a empezar...
Candy había recuperado la vista de la misma forma en que la perdió, así también como la memoria de todo lo ocurrido hace tantos años. Aún asistía a algunas terapias psicológicas, no sólo por la adaptación a su vida como vidente, sino por lo sucedido con Neil.
—¡Tendrán su propio cuarto!— Dijo su madre, queriendo que Candy se sintiera tan animada como Patty, que ya había decidido la habitación que quería. Pero Candy sólo pensaba en una cosa: Terry.
—Señora White, ya trajimos hasta la última caja, si se le ofrece algo más...
—Gracias por todo, Archie. Creo que ha sido suficiente por hoy.
Archie sólo miraba a Candy, buscando cualquier excusa para quedarse un rato más junto a ella. Albergando esperanzas. Ella era bella, y ahora que podía ver, había adquirido más seguridad y madurez, ahora era una atractiva joven de dieciocho años. Una joven atractiva cuyo corazón tenía dueño.
—Archie... ¿me harías un favor? Digo, si no estás muy cansado...
—Claro, ¿qué se te ofrece?— Le dedicó una sonrisa encantadora y Candy se le acercó para que nadie oyera lo que iba a pedirle.
—Quiero... que me lleves a ver a Grand...— La sonrisa de Archie se esfumó y sintió que el corazón se le movió de sitio.
—Es... ¿es en serio?
—Sí... es que lo extraño demasiado. Y además, él merece saber que ya puedo ver...
Hacía un par de meses que Candy había recuperado la vista, pero no quiso decirle a Terry hasta asegurarse que la había recuperado del todo. Tenía en mente buscarlo, decirle que ya no podía estar más sin él y que ahora que ella podía ver, ya no sería tanta responsabilidad para él y que ahora que las cosas en su casa y su familia marchaban bien, no había la necesidad de mudarse juntos, ahora ella era una chica normal y podían tener una relación de novios normal.
—Está bien...— Dijo Archie resignado y despedazado.
En el camino, Candy iba con una sonrisa a flor de labios. También muy nerviosa. Hacía meses que no veía a Terry, bueno, nunca lo había visto realmente y ahora estaba llena de expectativas. Se imaginaba su reacción cuando lo viera y cuando él la viera a ella, la sorpresa que se llevaría cuando supiera que había recuperado la vista y que eso era un obstáculo menos en su relación.
Cuando estaban a pocas cuadras del edificio de Terry, un barullo de personas impedían el paso al auto modesto de Archie. Candy comenzó a buscar a Terry con la mirada entre la multitud. Presintiendo que aunque no lo hubiera visto antes, ella lo reconocería muy bien. Se acomodó unos mechones rebeldes detrás de las orejas y se echó una miradita en el espejo del auto. Como el auto de Archie era viejo y no tenía aire acondicionado, tenía los cristales abajo, entonces Candy pudo escuchar a qué se debía el alboroto.
—¡Grand! ¡Grand!— La multitud aclamando su nombre y Terry alzando los brazos en señal de triunfo.
Entonces Candy no necesitó de mucho para reconocerlo. Desde donde se encontraba, podía sentir su olor a sudor y a sangre. Lo vio celebrar su "victoria" todo golpeado, pero con una expresión indecifrable en el rostro. Las lágrimas de ella caían sin piedad. Él le había prometido que jamás volvería a las peleas. Pero no fue eso lo que le dejó el corazón hecho pedazos...
—Eres el luchador más sexy...— Le dijo melosa una chica vestida de forma muy provocativa, la cual se había prendido de su brazo.
—¿En serio te lo parezco?
—Te lo diré más claro.— Dijo la chica y lo besó, un beso al que Terry correspondió.
Continuará...
¿Tengo que solicitar guardias de seguridad en caso de que alguna intente matarme? Jajajajajaja. ¿Qué hora es? Es la hora... ¡del sufrimiento! jajaja sorry, chicas.
Mi esposo, que sigue esta historia y que también ha expresado sus deseos de aniquilarme, me pidió que hiciera otro capi para hoy mismo... pero no sé si deba... ¿o si? Jajajajaja.
Gracias por sus comentarios, niñas lindas!
Wendy!
