Llegamos al penúltimo capítulo de este fic. Espero que os haya gustado, y nos vemos en el próximo y último.
Vuelta a casa
La falta de sueño, el deseo irrefrenable de volver a ver a Regina o incluso la sed de venganza…Emma no habría sabido decir lo que la inspiraba hasta ese punto. Pero en apenas pocos minutos, había escrito un largo email que releyó una última vez antes de enviárselo a su destinatario.
Gold,
«Los secretos están para ser descubiertos», ¿es eso lo que dicen? ¿Qué diría usted si le dijera que los suyos no solo serán descubiertos, sino que han caído en manos de la policía? ¿Demasiado estúpido, no?
Imagino que no se tomará este email en serio. Sin duda piensa echarlo a la papelera después de apenas haberle echado un vistazo. No se lo aconsejo. Y sería de su interés leer atentamente lo que sigue.
Sepa que nadie más a excepción de Regina Mills y yo estamos al corriente de sus tejemanejes, como poco, condenables. Si solo estuviera en mi mano, hace tiempo que lo habría denunciado para que se pudriera en la cárcel. Pero una promesa es una promesa y no pienso romperla por un mierda como usted.
Sin embargo, le puedo asegurar que si me entero algún día que su comportamiento, que sus palabras o incluso sus intenciones van en contra de la señora Mills, de nuestros hijos o de mí misma (pues no dudo en absoluto que sabe quién soy), no solo pasará el resto de su miserable vida en prisión, sino que todo Storybrooke sabrá sus chanchullos pasados…incluida su bien querida Belle, que estará encantada de saber hasta qué punto la ha mantenido engañada desde el comienzo.
Y evidentemente, si me pasa algo malo por su culpa, sea consciente de que mis colegas sabrán dónde buscar para descubrir la verdad sobre lo que me ocurriera.
Espero haber sido lo suficientemente clara para su menguado cerebro.
E.S.
Satisfecha con ella misma, Emma apretó el botón «enviar» y con el corazón más ligero se volvió a acostar y concilió el sueño en pocos minutos.
Como todas las mañanas, Rumpel Gold abrió su tienda y encendió su ordenador. No había muchos clientes, mucho menos pedidos, pero a veces recibía algunos emails de potenciales compradores que buscaban tal o cual objeto. Así que había adquirido la costumbre de comenzar su día saboreando su café mientras leía sus correos electrónicos.
Exasperado por la cantidad de publicidad que había aterrizado en su bandeja durante la noche, apenas vio el correo sin asunto enviado por un tal ES. Curioso por descubrir lo que ese cliente desconocido iba a pedirle, abrió el email en cuestión. Su excitación profesional se esfumó rápidamente. En cuanto leyó las primeras líneas, perdió su sonrisa, y sus manos se humedecieron. Al hilo de la lectura, sintió su corazón acelerarse y su boca secarse.
El día que temía desde hacía años acababa de llegar. Regina le había dicho todo a la policía. El odio contra su hijastra le removió las entrañas y solo deseó hacérselo pagar. Después de todo lo que había hecho por ella, ¿así se lo agradecía? Se tomó unos instantes para sentarse en su silla, tras el mostrador.
Con el corazón en la boca, intentó pensar. Lo extraño del mensaje le saltó a la vista. Ese email no tenía apariencia de un email oficial. Si se hubiera tratado de un email proveniente de un comisario o de cualquier otro miembro de la policía, los autores habrían dado sus nombres y cargos. Todo indicaba que se trataba de un particular. Solo le hicieron falta unos segundos de reflexión para atribuir esas iniciales a esa Emma Swan. Al pensar en la joven, una sonrisa depredadora se dibujó en sus labios. Cuanto más leía el email, más comprendía que ella no tenía nada contra él. Estaba al corriente del pasado de Regina, ¿y? Los hechos se remontaban tan atrás que ya habían prescrito. En cuanto al asesinato de Daniel, nadie había podido probar nunca nada contra él, no iba a ser esa imbécil la que iría a encontrar algo allí donde los mejores investigadores del FBI se habían dado de bruces. Algo más tranquilo, volvió a respirar con normalidad y se puso a pensar.
Durante toda su vida había tenido confianza en sí mismo y en lo que hacía por Regina. ¿No le decía Cora misma que hacía eso por su bien? Nunca había tenido miedo de la cárcel. Para ser sinceros, no la temía, ya que sabía que Regina estaba demasiado asustada para intentar nada contra él. Pero hoy en día, algo había cambiado. Lo supo desde la llegada de ese niño a su casa. Ese Swan era un mal presagio, y la llegada de su madre a Storybrooke no había hecho sino empeorar las cosas. A pesar de sus esfuerzos para que Regina perdiera su auto confianza, esa joven imbécil había sabido devolverle suficiente confianza para que le confesara todo. Gold se maldecía por haber sido tan negligente. Tendría que haber actuado desde el principio y no esperar a que esa zorra viniera a meter sus narices en lo que no le incumbía.
El anticuario intentaba aparentar, pero en realidad, estaba asustado. Siempre, en el fondo, había sido un cobarde y esa cobardía hacía salir un miedo visceral en él. Durante años, la presencia de Cora Mills a su lado había jugado un papel protector. Sabía que con la alcaldesa a su lado, no corría peligro. Vivía en una notoria impunidad a pesar de sus ilícitos movimientos. Pero Cora estaba en la cárcel y se encontraba solo para hacer frente a las amenazas de la rubia. Y si, a pesar de su promesa, decidía revelarle todo a la policía? ¿Qué sería de él? Después de todo, ¿estaba realmente seguro de que no tenía nada contra él? ¿Y si Regina le había revelado detalles en su época desconocidos por la policía? Empezaba a entrar en pánico.
Nunca había pensado acabar un día en prisión, demasiado confiado en sí mismo y en la dominación sobre su hijastra para temer lo más mínimo de ella. De hecho, más que la prisión, lo que temía era la mirada que Belle le daría. Después de la encarcelación de su mujer, había encontrado en la ingenua bibliotecaria una preciosa ayuda y una presencia agradable. Era la única persona cercana que ignoraba todo de su pasado criminal y su mirada acogedora y amorosa le era de una ayuda impagable. No podría soportar que lo viera tal como era: un tirano y un asesino. Felizmente, Emma Swan ya no estaba por los alrededores, y mientras no volviera, podría continuar presionando a Regina. Mientras conservara su poder sobre ella, estaría a salvo. Ella no lo denunciaría, Regina no reaccionaría y todo continuaría como antes.
Estaba intentando tranquilizarse cuando la susodicha atravesó la puerta. «Sobre todo no pierdas la compostura. Continúa creyendo en tu dominación» intentaba convencerse. Pero cuando posó los ojos en Regina, supo rápidamente que era su fin. Ella ya no le tenía miedo.
«Señora Alcaldesa…» pronunció, intentando a toda costa no dejar aparentar miedo en su voz.
«Déjate de fingimientos, Gold. He venido a decirte que se acabó»
«Pero, ¿qué se acabó?» dijo, fingiendo que ignoraba de qué estaba hablando su hijastra
«¡Todo! Todo se acabó: ¡las intimidaciones, las amenazas…e incluso el miedo que los dos ejercéis sobre mí!»
Consciente de estar jugando sus últimas cartas, explotó y gritó
«¿Y entonces qué? ¿Qué vas a hacer? ¿Vais a encerrarme, tú y tu caballero de blanca armadura? ¡Toda la vida he intentado darte lo mejor! Te he hecho comprender que todas esas personas que rodaban a tu alrededor no eran demasiado buenas para ti, y ¿así me lo pagas? De hecho, ¿sabes? Eres precisamente tú la que no eres suficiente para nosotros. ¡Me pregunto por qué tu madre se sacrificó por ti! Porque sí, se sacrificó por tu bien, por ti. Y tú nos…»
«Estás loco de atar, pobre…» lo interrumpió calmadamente Regina
Ella, sobre todo, no quería gritar y rebajarse al nivel de su padrastro. Se acercó lentamente a él, con el dedo estirado y amenazante. Entonces, manteniéndole la mirada, le dijo, con tono frío y monocorde, todo lo que tenía guardado en su corazón desde hacía unos treinta años.
«Ahora, tú me vas a escuchar tranquilamente. En absoluto os habéis sacrificado por mí. Todo lo que habéis hecho es destruirme antes incluso de comenzar a vivir…»
«Le hicimos por tu…»
«¡Cállate! ¡No, no lo hicisteis «por mi bien» como decís! ¡Lo hicisteis para destruirme! ¿Qué padre se atreve a hacer lo que vosotros me hicisteis? ¡Los dos! ¿Qué padre osa levantarle la mano a una pequeña porque ha traído una mala nota? ¿Qué padre osa encerrar a su hijo en un armario durante noches enteras? ¿Qué padre puede golpear a una niña hasta hacerle sangrar?»
Regina había perdido su calma y estaba escupiendo su odio a la cara de Gold, liberándose de un pesado fardo de varios decenios. Estaba al borde de las lágrimas, y continuó, más serenamente.
«Yo no era más que una niña…»
El anticuario miraba a su antigua victima con desdén. Quiso responderle algo hiriente, pero no tuvo tiempo, pues Regina prosiguió
«Comencé a vivir cuando desaparecisteis de mi vida, y aunque no duró mucho tiempo, viví con Daniel los más bellos momentos de esa corta vida. Pero vuestra locura me lo arrebató. Tú pensabas que desde ese día yo ya no me atrevería a hacer nada contra vosotros. Y bien, desengáñate. Pues es exactamente a partir de aquel momento que supe que un día sería lo bastante fuerte para deshacerme de ti. Sí, me ha llevado tiempo, quizás, pero has de saber que hoy tu miserable autoridad sobre mí ya no existe»
«¿Y crees que me voy a creer eso? Entre nosotros, Regina…¿qué pensarás cuando nos crucemos por la calle, en la plaza con tu hijo, o incluso en el supermercado? ¿Piensas poder librarte del miedo así como así? ¿Quién te dice que voy a dejarte vivir tranquilamente, bajo mis ojos con esa…menos que nada…?»
No querría dejar ver por nada del mundo el miedo que lo carcomía, así que hizo lo que hacía mejor: enarbolar la expresión más malvada posible. Nunca había visto a Regina tan firme delante de él, así que jugaba sus últimas cartas. Provocarla podría, quizás, hacerla retroceder, hacer que sus garras retrocedieran. Pero, para su gran desesperación, ella nunca había estado tan segura de sí misma, y continuó
«El único problema, Gold, es que hoy vuestras asquerosas amenazas ya no tiene efecto en mí. Toda tu vida has vivido a la sombra de mi madre, aplastado, dominado y obediente. Nunca has conocido el amor, el de verdad, aquel con el que sabes que nada te podrá suceder. La diferencia entre tú y yo es que hoy amo con un amor de verdad y elijo vivir ese amor, dándome igual lo que podría suceder, porque seré feliz por estar con quien amo. Hoy, voy a rehacer mi vida con aquella que mi corazón ha elegido. Así que, digas lo que digas a mi madre, ya no tengo miedo de vosotros. Emma, sin duda, nunca será lo suficiente para vosotros…Pero lo que sé es que sois vosotros los que no sois suficiente para Emma. Ella me ha enseñado a revivir, me ha enseñado a no tener más miedo. Así que tú, miserable criatura, podrás hacer lo que estás acostumbrado a hacer, amenazarnos, incluso herirnos…Que sepas que prefiero mil veces vivir algunos días a su lado que continuar una vida sin amor y con el miedo arraigado en mi corazón»
«¡Qué desperdicio…! Estabas destinada a tantas cosas…»
«Lo que no pareces comprender es que vuestras aspiraciones de carrera, vuestras fantasías hacia mí, todo eso se acabó. Ya no viviré a través de vosotros. Mi madre arruinó su vida y ya no pienso darle la posibilidad de recuperar el tiempo perdido a través de mí. A partir de ahora, voy a vivir mi vida, os guste o no, y ya no podréis mandarme nada. Os arranco de mi vida, a mi madre y a ti. Os desprecio. Y para mí, ya no existís. En cuanto a ti…»
«No tenéis nada en mi contra, de todas maneras…»
«No, evidentemente, no tengo ninguna prueba. Pero te prometo por mi hijo que si a mi familia le ocurre lo más mínimo, lamentarás haber nacido. ¿Me he explicado bien?»
Gold no podía responder, no podía rebajarse ante ella. Sin embargo, en ese instante, estaba dispuesto a aceptar todo, siempre que saliera de su tienda y bajara esa mirada oscura y aterradora. Pensó en Belle, y en sus sueños de una vida juntos, no podía echarlo todo a perder.
El efecto combinado del email de Emma y la visita de Regina doblegaron su voluntad. El miedo había cambiado de bando. Así que, se conformó con enarbolar una última sonrisa de desprecio, provocando una última vez a su hijastra.
Regina interpretó el rictus de Gold como un asentimiento y, sin nada más, se marchó dando un portazo.
Finalmente era libre…
Hacía buen tiempo ese domingo de septiembre en Boston. El verano indiano había enrojecido las hojas de los árboles y la suavidad del aire aún era agradable. Emma y Matthew se habían obligado a salir para dar un paseo por el parque a donde solían ir. Pero el ánimo no estaba presente. Así que, tras unos minutos cogiendo aire, volvieron rápidamente a casa. El muchacho se fue a encerrar en su habitación y Emma se echó en el sofá, intentando, en vano, leer.
¡Cómo de triste era la vida en casa de los Swan! Su buen humor legendario parecía haberse quedado en Storybrooke. Desde su regreso, apenas hablaban, y Emma se lamentaba por no compartir tanto como antes con su hijo. Pero al menos, él, Matthew estaba ahí, a su lado. Podía verlo y tocarlo cada día…al contrario que con los dos Mills…Incluso su corazón parecía no haberse repuesto de esa doble separación. La ausencia de su amante y de su hijo le pesaba como nunca.
No había recibido respuesta a su email mandado a Gold. Ni siquiera estaba segura de que lo hubiera recibido. Pero después de todo, eso no tenía gran importancia. Ahora todo estaba en las manos de Regina y, aunque soñaba con poder hacerlo, no tenía el derecho de luchar en su lugar.
Estaba perdida en sus pensamientos cuando su teléfono sonó. Salió de su ensimismamiento y su corazón se aceleró cuando vio la foto de su interlocutora. ¿Por qué Regina la llamaba hoy tan temprano? Impaciente, descolgó.
«Buenos días, Regina» dijo tiernamente
«Buenos días, Emma» le respondió la voz tan amada
Emma enseguida recuperó la sonrisa y su cuerpo un agradable calor, como si la sangre que se había helado en ausencia de Regina, hubiera vuelto a circular por sus venas y la trajera a la vida. Matthew salió de su habitación y se unió a su madre en el sofá, pegándose a ella para escuchar a través del aparato.
«¿Cómo estás?» dijo ella
Kilómetros separaban a las dos mujeres, pero, extrañamente, Emma nunca se había sentido tan cerca de ella desde su partida. La voz de Regina no era sino una ilusión eléctrica, transmitida por la línea telefónica, pero Emma podía casi sentir su aliento en su oreja. Y enseguida se sintió revivir.
«Ahora, estoy bien…¿Y tú? ¿Y Henry?»
«Estamos muy bien»
Regina se calló, el tono dubitativo. Quería tomarse su tiempo. Quería saborear el momento. Pero ante las pocas palabras, Emma se inquietó y continuó
«¿Estás segura? Pareces inquieta…»
«No, te lo aseguro, todo va bien. De hecho, Emma, quería anunciarte una cosa»
Emma no se creía lo que oía: ¿sería posible que Regina hubiera dado el gran paso? Hirviendo de impaciencia, dijo en un tono que no esperaba tan apremiante
«¡Di, di!»
«He vencido mis demonios, Emma…» respondió ella, con voz dulce
El corazón de Emma explotó en su pecho. ¿Cómo era que aún no estaba muerta? Al contrario, se sentía más viva que nunca. Saltó del sofá y abrazó a su hijo que había soltado un gran grito de alegría. Intentó calmar su ardor, pero su alegría era tan grande…
«¡Estoy tan orgullosa de ti, Regina! ¡Si pudiera transportarme a Storybrooke inmediatamente! Pero, ¿cómo has hecho?»
«Te lo contaré todo en cuanto vuelvas…»
«Pero, ¿cuándo?» preguntó Emma tristemente
Su entusiasmo cayó súbitamente, atrapada por la realidad. Estaba tan lejos de Storybrooke, en ese momento. No la vería, sin duda, antes de varios días. Aunque sabía que pronto se encontrarían, era en ese momento que Emma la necesitaba, era ahora que quería sentirla contra ella, era ahora que necesitaba su olor y sus brazos…
«Algún día. Pronto»
«¿Pronto? Pero, ¿en cuánto tiempo?»
Regina no respondió inmediatamente. Respiró una última vez y soltó
«Bueno…¿ahora?»
«¿Ahora?» preguntó Emma que no estaba comprendiendo.
«Abre la puerta, Emma…»
Con el ceño fruncido, sin querer creerlo por miedo a desilusionarse, pero con el corazón saltando en su pecho, se acercó lentamente a la puerta de entrada. Agarró la manivela y la bajó despacio. Retuvo su respiración, después, de golpe, la abrió de un tirón. No se podía creer lo que veían sus ojos: ante ella, en el umbral de su pequeño apartamento estaban, radiantes, Regina y Henry.
Emma no le dio tiempo a añadir nada. Sin una palabra, se lanzó a los brazos de su amante y la estrechó en un abrazo vital y apasionado. Si pudieran fusionarse físicamente, sus dos cuerpos solo serían uno en ese instante. Con sus dos cuerpos pegados, ya no querían separarse, recuperando con ese abrazo las semanas de separación. Con la nariz hundida en los oscuros cabellos, Emma inspiró profundamente, nutriéndose del perfume embriagador, como si su vida dependiera de ello. Saboreando el instante, Regina le acariciaba los cabellos, con los ojos cerrados, sin darse cuenta siquiera de las lágrimas de felicidad que estaba derramando.
Los chicos, por su parte, expresaban su felicidad de manera menos introvertida. En cuanto se vieron, corrieron el uno hacia el otro gritando de alegría, y se habían abrazado saltando en el sitio. Ya más calmados, Henry abrazó a Emma, aún acurrucada en Regina. Separándose a disgusto del acogedor cuerpo de su amante, Emma se giró hacia su hijo y lo estrechó contra ella.
«¡Pequeño granuja! ¡Me podrías haber dicho que veníais a Boston»
«Pero no hubiera sido una sorpresa, Miss Swan» dijo Regina con una sonrisa «¡Y dado tu recibimiento, no lamento no haberte dicho nada!»
Emma no le dio tiempo a continuar, se lanzó sobre ella y la besó apasionadamente. Por primera vez desde hacía semanas, degustaban de nuevo los labios amados. ¿Cómo habían hecho para estar tanto tiempo sin ellos? Con su lengua acariciando la de Emma, Regina respondió a ese beso con un placer no disimulado. Los chicos desviaron la mirada, lanzando un «ajjjjj» divertido. Después, los cuatro entraron finalmente en el apartamento de los Swan.
«Pero, ¿cómo has hecho para encontrarnos? ¿Cómo has conseguido mi dirección?» preguntó Emma, sentada en el sofá al lado de Regina
Las dos mujeres estaban apelotonadas la una contra la otra, estrechando a sus hijos contra ellas. Nada más podría separarlas ahora.
«Siempre os encontraré. Es lo que tú nos dijiste cuando te marchaste. Y es lo que yo también me prometí»
Perdida en las pupilas de la otra, Emma y Regina apenas tenían necesidad de hablar para comprenderse. Se entendían con la mirada. No necesitaban hablar del viaje a Boston, ni de las explicaciones sobre Gold. Todo vendría con el tiempo. De momento, solo necesitaban sentir la presencia de la otra junto a ellas.
El silencio que comenzaba a sentirse en ese salón era de todo, menos opresivo. Era un silencio apacible, sereno. En fin, se habían encontrado y los cuatro ahora sabían que todo había acabado. O más bien, que todo iba ahora a comenzar.
«Emma, Matt» dijo Regina admirando a los interesados con una ternura infinita «…no haber insistido para que os quedarais en Storybrooke fue un inmenso error. Debería haberos retenido, obligaros a quedaros. Si supierais cómo lo he lamentado…Estas semanas han sido difíciles para todos. Pero, esta prueba me ha demostrado algo. Lejos de vosotros, lo he comprendido. He comprendido que ya no podría vivir sin vosotros. Así que, he luchado por vosotros, he afrontado mis miedos por vosotros. Renazco más fuerte por vosotros…»
Regina bajó la mirada, avergonzada por haber hecho esperar tanto a Emma. Alentada por Emma, que le acariciaba dulcemente la espalda, continuó
«Me ha llevado tiempo aceptaros en mi vida, es verdad…Pero ahora que estamos reunidos, quiero que forméis parte de ella. La cuestión ahora es: ¿aún queréis que yo forme parte de la vuestra?»
«¡Sí, por supuesto!» exclamó Matthew, sin dar tiempo a Emma a reaccionar «¡Los cuatro juntos seremos los más fuertes de Storybrooke!»
En realidad, aunque Emma hubiera querido decir algo, su garganta hecha un nudo se lo habría impedido. Con sus ojos aún clavados en los de Regina, estaba saboreando lo que ella acababa de decir. Finalmente, iba a poder vivir feliz con su compañera y sus dos hijos. En ese instante, era la mujer más feliz del mundo.
«Bueno, entonces, ¿qué hacemos ahora?» dijo él de nuevo
Ni Regina ni Emma tuvieron ánimo para responder algo con sentido. Así que fue Henry quien respondió con un tono de obviedad.
«Volvemos a casa»
Cansados del largo viaje hacia Storybrooke, y como si siempre hubieran tenido la costumbre, los dos hermanos se habían quedado dormidos rápidamente, acurrucados el uno contra el otro, en la cama de Henry. Y como algunas semanas antes, sus madres los observaban desde el marco de la puerta, con expresión de admiración.
«¿Recuerdas lo que me dijiste cuando los encontramos dormidos así?» susurró Regina
«Sí…que sería difícil separarlos»
«Ese día ya no llegará, te lo prometo. Nuestros hijos nunca se separarán…Y nosotras tampoco…» añadió ella alzando la mirada hacia Emma
Esta se hundió en la mirada de su amante, que encontró oscura de deseo. Cerró despacio la puerta de la habitación de los chicos, y sintió que Regina le cogía la mano.
«Ven, Emma…»
Regina la atrajo suavemente hacia ella y le depositó un casto beso en sus labios. Ante ese simple contacto, Emma sintió cómo el calor de su cuerpo ascendía vertiginosamente y no pudo resistirse a profundizar el beso. Sonrió cuando notó que Regina abría inmediatamente la boca, ofreciéndole voluntariamente el acceso a su lengua. ¡Cómo lo había echado de menos…! Sus piernas temblaban, su corazón tamborileaba…¡Y solo era un sencillo beso! Pero que anunciaba mucho más…
Sin romper el beso que comenzaba a convertirse cada vez en más osado, Regina atrajo a su compañera hacia su habitación. En cuanto entraron, esta última aprisionó a la morena entre la puerta y su propio cuerpo. Emma quería tomarse su tiempo, saborear ese instante de intimidad con el que había soñado desde hacía tiempo. Pero sus manos parecían actuar por propia voluntad, y sin detenerse un instante, acariciaban los flancos, la espalda, las lumbares…Había esperado mucho para ser paciente. Pero se detuvo un momento, no quería incomodar a Regina.
Regina la miraba como nunca nadie la había mirado. Emma se sintió completamente trastornada. Tan excitada, y tan agradecida a la vez.
«Estoy tan contenta de haberte conocido, Regina…»
La interesada cortó rápido la conversación besando la boca parlanchina. Después, con voz seductora, susurró un «Ámame…» implorante que derribó las últimas barreras que Emma aún mantenía alzadas entre ellas.
Entonces se lanzó con fuerza hacia su boca. Sus alientos cada vez más entrecortados y sus cuerpos reclamándose el uno al otro como nunca. No solo sentían deseo, sobre todo, sentían necesidad. Como comer o dormir, sus cuerpos necesitaban el contacto del otro y más apremiantes se hacían sus abrazos, más se sentían revivir.
Emma soltó la boca de Regina y descendió sus besos a lo largo de su cuello, mientras acariciaba los pechos de Regina por encima de la ropa. Esta última creyó desfallecer. Esa mujer la volvía loca…Pero Emma quería más, quería sentir y saborear la piel de Regina, así que comenzó a desabotonar su blusa a toda prisa. La prenda terminó rápidamente en el suelo, así como su propio top que hizo desaparecer en un abrir y cerrar de ojos. Ya se habían visto en bañador, pero en ese momento, Emma y Regina estaban muy lejos de aquella inocente tarde en la playa. Tras un momento contemplando el pecho de la otra sin una palabra, Emma hundió su cabeza en el escote de Regina y su rostro en el acogedor seno. Por un instante, creyó que podría terminar su vida acurrucada contra esos pechos, y que sería completamente feliz.
Impaciente, Regina desabrochó su sujetador. La visión de esos dos magníficos pechos desnudos excitó a Emma hasta un grado sumo. Así que se lanzó con avidez a uno de los pezones que atrapó en su boca con glotonería, mientras que su mano se dedicaba a acariciar el otro delicadamente. Estos se endurecieron por la excitación casi de inmediato, lo que hizo sonreír de orgullo a Emma.
Regina nunca había sentido tal explosión de emociones, o por lo menos, hacía mucho tiempo. Ya había perdido la razón y no lograba reflexionar. Todo lo que deseaba en ese momento era sentir a Emma contra ella, sobre ella, dentro de ella…Incapaz de hacer el menor movimiento coherente, se dejó echar sobre la cama, con la rubia más bella que había conocido en su vida sobre su cuerpo. Emma aún estaba ocupada mimando sus pechos y sus hábiles manos abrían al mismo tiempo el pantalón de Regina. La morena notaba ya la humedad entre sus muslos. Sin darle tiempo a resistirse, la curiosa mano de Emma ya había encontrado el camino hacia su entrepierna y ella sonrió al notarla tan mojada. Regina desvió la mirada, avergonzada por reaccionar tan rápido y tan intensamente a las caricias de Emma. Esta la tranquilizó con un dulce beso
«No tienes por qué avergonzarte, Regina. Me siento, por el contrario, muy halagada»
De nuevo, más confiada, la morena respondió al beso jugando con la lengua de su rubia. Después, ella desabrochó rápidamente su sujetador. En contacto por primera vez, sus pechos tocándose las hicieron temblar de excitación. Así que abandonando finalmente todas las últimas resistencias, Regina se rindió completamente a los dedos expertos de Emma.
Contrariamente a sus lenguas que batallaban con fuerza, la mano de Emma acariciaba con dulzura infinita el sexo empapado de Regina. Se conformaba, por el momento, con deslizarse a lo largo de la entrada, sobrevolándola sin llegar a penetrarla. A veces, sus dedos se paraban en el clítoris, provocando espasmos de placer en el cuerpo de la morena. La excitación de Emma estaba colmada y se sentía tan empapada como la mujer a la que acariciaba en ese instante. Pero intentó olvidarse de su propio placer, demasiado ocupada en querer satisfacer a Regina.
Intentado recuperar su aliento, pararon el beso. Regina disfrutaba de las dulces caricias de Emma, pero quería más, así que con un rápido movimiento, se quitó el pantalón y su ropa interior. Después, mientras acariciaba los cabellos de su amante, dirigió su rostro hacia su entrepierna. Emma no replicó y comenzó a lamer delicadamente el sexo de Regina, recogiendo el preciado néctar entre sus labios.
Los gemidos de Regina la volvían loca. Emma aún no se lo creía. ¡Finalmente estaba haciéndole el amor a Regina Mills! Y ese momento era aún más mágico de lo que hubiera podido esperarse. Se detuvo un instante, y contempló el radiante rostro
«Eres tan bella…»
Regina apreció el cumplido y su corazón saltó en su pecho con alegría. Pero, juguetona, hizo señas a Emma, con una mirada traviesa, para que volviera a su entrepierna. Esta última no se hizo de rogar y retomó los movimientos de su lengua. Esta vez, no la dejaría languidecer. Así que, su lengua acarició su clítoris, y finalmente hundió dos dedos en su cavidad que la esperaban con ansia. Con la facilidad que le proporcionaba la humedad, sus dedos se deslizaron con comodidad en su vagina. Aunque le hubiera gustado llevar a Regina al séptimo cielo inmediatamente, se obligó a tomarse su tiempo, y efectuó un lento movimiento de vaivén.
«Emmaaaaa» gimió Regina «Más rápido, por favor…¡Es…tan…bueno!»
Con la cabeza inclinada hacia atrás, su cuerpo se elevaba al ritmo de las penetraciones, buscando un contacto mucho más profundo con los dedos amados. Entonces, Emma obedeció y entró y salió cada vez más rápido, mientras que acariciaba su clítoris con su pulgar. Regina intentaba hablar, pero sus palabras totalmente entrecortadas la hacían incomprensible. Emma detuvo todo intento de hablar capturando su boca. Cuando sintió, finalmente, las paredes de Regina aprisionar sus dedos, el grito que ella dejó escapar se perdió en su garganta, hundiéndose en sus brazos, con el cuerpo completamente tembloroso.
«Te amo…» logró murmurar, a pesar de los espasmos de su cuerpo.
La mirada que le dedicó derritió a Emma. Leyó en ella tanto: gratitud, deseo, alivio, felicidad y, lo que conmocionó a Emma…amor. Vio un amor tan fuerte que su excitación que había logrado olvidar volvió a aparecer. La estrechó contra ella, y hundió su cabeza en su cálido y dulce cuello.
Al cabo de un minuto, Regina recuperó el aliento y comenzó a desabotonar el vaquero de Emma, que terminó rápidamente también en el suelo. Quería ofrecerle el mismo éxtasis. Pero Regina no tenía la misma experiencia que Emma con las mujeres y sus gestos eran vacilantes. Emma lo notó y le dijo afectuosamente
«No estás obligada, ¿sabes…?»
«Shut, Emma, lo deseo. Quiero darte placer como tú me has dado placer…»
Entonces, tras haber sacado delicadamente el vaquero y las braguitas de Emma, observó a la mujer que amaba. Era tan bella, su cuerpo era estilizado y musculoso, aun siendo femenino. ¡Qué raro era acariciar un cuerpo femenino! ¡Qué curiosa la sensación de besar sus pechos…! Pero, ¡qué excitante era! Regina se sentó en la cama y, enlazando delicadamente el cuerpo de Emma, hizo que se sentara de rodillas sobre sus piernas. Mientras la besaba amorosamente, acariciaba su suave pecho. Jugaba con un pezón en su mano izquierda, e hizo deslizar su mano derecha por el vientre de Emma hasta alcanzar su encharcado sexo. Se detuvo un momento, turbada por la sensación en sus dedos. Pero Emma ya no razonaba y cogió su mano llevándola directamente contra su entrepierna.
«No te pares, Regina, ahora no…» dijo entre gemidos
Así que, atontada por la sensación desconocida de sentir a una mujer desnuda entregada en sus brazos, Regina siguió sus instintos y penetró el sexo de Emma con su dedo corazón. Esta última, al sentir el dedo de su mujer en su interior, comenzó un ligero movimiento de pelvis. Sus pechos frotándose las excitaban más y Regina sintió con felicidad que su propio sexo volvía a reclamar atención.
«Otro…mete…otro…» susurró Emma entre jadeos
Regina introdujo un segundo dedo en ella y retomó el vaivén. Aun sentada sobre los dedos de Regina, Emma controlaba el ritmo de las penetraciones alzando y bajando su pelvis. Regina seguía el ritmo impuesto por su mujer y, durante largos minutos, se dedicó a seguir y anticipar sus deseos. Se sorprendió de sus propias reacciones. Era tan natural, tal dulce que Regina habría podido creer que había hecho eso toda su vida. Cuando el aliento les faltó, detuvieron sus besos y se hundieron en la mirada enamorada de la otra. Después, el sabor de sus bocas volvió a faltarles y volvieron a comenzar sus besos.
«Oh, Ginaaa…Te suplico, continúa así, es…muy…bueno…»
Cuando notó que el orgasmo la atrapaba, cogió la mano de Regina bruscamente y la controló, otorgándole el ritmo deseado. Finalmente, una potente deflagración se produjo en ella y su cabeza basculó hacia atrás. Su ronco gemido llenó a Regina de orgullo. Con un gesto protector, impidió que cayera hacia atrás sosteniéndola con su mano libre. Con la espalda curvada, los pechos de Emma estaban tan próximos, tan acogedores que Regina los lamió una última vez, mientras sacaba lentamente sus dedos de su intimidad.
Radiante, pero con la respiración entrecortada, Emma se recostó en la cama, atrayendo a Regina a su lado. Porque no había necesidad de decir nada, porque ellas se habían dicho todo en acto amoroso y apasionado, se acurrucaron, la una contra la otra y se quedaron dormidas, tranquilas, finalmente.
