Capítulo 25

Vi la pared inmaculadamente blanca, esperando seriamente que apareciera algo ahí, claro que eso nunca sucedería, al menos que fuera por magia y eso era imposible en ese lugar. Suspiré, no sabía cuánto tiempo me harían esperar más, llevaba más de una hora sentada en ese sitio.

Me levanté y caminé por el pequeño pasillo de la sala de espera. Releí los carteles pegados de la pared, y revisé las plantas que decoraban el lugar, esperando reconocerlas del mundo mágico, pero al parecer mi memoria no funcionaba demasiado bien en este momento. Volví sobre mis pasos muchísimas veces. Retorcí mis dedos y los usaba una infinidad de veces para alisar mi vestido. Estaba demasiado nerviosa como para controlarme, y mi magia estaba alterándose poco a poco, podía sentirlo demasiado bien.

Me dejé caer sobre la silla, otra vez, y mis uñas tamborilearon la superficie de la silla que estaba a mi lado derecho. Me mordí el interior de la mejilla para controlarme, pero inmediatamente sentí el saborcito de la sangre en la lengua. Apreté los labios, para no hacer ninguna mueca de dolor y por el sabor metálico de la sangre. Me levanté nuevamente, y tomé una revista de la mesita que estaba del otro lado del pasillo, pasé mi vista por las letras, y todo lo que decía era una farándula de personas que no conocía y no me interesaba conocer, así que la volví a dejar en su lugar.

Resoplé malditamente cansada, frustrada y molesta.

—Por amor al cielo, Pansy, ¿quieres calmarte? —preguntó exasperada Millicent, sentada al lado de la silla que había ocupado hace sólo un segundo— Estás a punto de hacer un hueco en el suelo.

—Como no eres tú la que está en esta situación —comenté, dejándome caer otra vez en la silla.

Ella soltó una risita, y cerró la revista que tenía en las manos.

—¿Qué situación, Pansy? —cuestionó con una ceja enarcada, y una suave sonrisa— Esto puede ser el inicio de algo maravilloso.

Sonreí estando de acuerdo.

—Lo sé, pero estoy muy nerviosa —le dije, y suspiré quizás por décima vez en esa hora— Y aun no puedo creer que estemos en un hospital muggle —susurré.

No podía evitar mirar con aprehensión las paredes, nada satisfecha con el lugar.

—Pues así es mejor, ¿no?, tú misma lo dijiste, en San Mungo correrían los chismes antes de que te enteraras de los resultados —afirmó ella.

—Lo sé —reconocí en un suspiro agobiado.

Pensé en los medios y los fotógrafos que me esperaban a las puertas de mi trabajo o cuando caminaba por cualquier zona pública, todos sacando fotos de cualquiera de mis movimientos y preguntando cosas que en definitiva nunca contestarías. Tampoco podía olvidar las lechuzas que llegaban a mi oficina insultándome por haberme casado con Harry Potter, exigiéndome que abandone el hechizo y la amortentia con él, y me aseguraban que ya había personas trabajando para quitar de mi embrujo a su héroe. Estas cartas y personas insultándome en la calle, no me preocupaban, pues si decidían atacarme, fácilmente podría defenderme y hacerles un daño considerable, pero la prensa era otra cosa, ellos no me atacaban, al menos no con magia, y yo no podría hechizarlos así sin más. Era agobiante, pero hasta antes de casarme sabía que eso sería así.

—Es graciosa la situación, después de la guerra, nadie quería acordarse de nosotros, nos insultaban y hechizaban a penas nos veían, y poco a poco eso va despareciendo, hasta ser solamente hostilidad y asco, por nuestra presencia —le dije y ella desvió la mirada de manera triste, como si no quisiera recordarlo, aunque Millicent era una de las pocas slytherin afectadas, el trató de la sociedad para ella no fue tan malo, los más odiados fuimos nosotros cuatro, mis amigos y yo, por ser hijos de los líderes de Voldemort—Luego fundamos la empresa y los chismes empezaron a ser de nuevo hirientes, pero ya no habían ataques sorpresas. Y ahora parece que regresé de nuevo al inicio, la gente no deja de mandarme cartas, howler y la prensa es lo peor. —espeté.

Me enfadaba esta situación. No podía salir sola con Harry, sin que las cámaras nos aturdieran con su flash o que un montón de gente escandaloso nos rodeara, haciendo preguntas demasiado personales. Pero Harry me decía que lo mejor era ignorarlos, tan sólo nosotros somos dueños de nuestra intimidad, así que lo que diga la gente no cuenta.

—Tranquila —pidió Millicent y tomó mi mano, apretándola para darme apoyo— Debes tranquilizarte, tú sabias que eso pasaría, y Harry está a tu lado para afrontarlo todo juntos, así que no pienses más en ello —declaró.

—Tienes razón, pero… —no pude terminar la frase, porque una leve música salió de mi bolso.

Lo abrí y me encontré con el aparato que Harry me regaló, alegando que son más rápidos de las lechuzas, y mientras no se hiciera magia cerca de ellos, todo estaría bien. Vi la pantalla, y era una llamada entrante de Harry. Lo vi sin saber qué hacer, aun no sabía cómo manejarlo, así que Millicent me lo quitó y apretó un botón.

—Hola —saludé, cuando me lo devolvió.

Hola, mi amor, ¿Cómo estás? —preguntó, con la voz seria.

—Bien, bien, mi vida, ¿llegaras a comer? —le pregunté pues normalmente me llamaba para avisarme si se demoraría en regresar.

Bueno, no podré llegar a las dos, pero a las tres es seguro —informó.

—Está bien, mi cielo.

Nos vemos en la casa. Te amo —sonreí por sus palabras.

—Yo también te amo, nos vemos en casa.

Corté la llamada, y volví a meter el aparato en el bolso.

—Ahora ya tranquilízate —dijo Millicent.

Si ella supiera, que ahora que escuché la voz de Harry, todas mis terminales nerviosas se tranquilizaron, como si de un relajante se tratara, como una taza de té antes de dormir. Harry ere el único capaz de controlar esta serpiente.

—Ya. Pero cuéntame algo para que me distraiga.

—¿Qué quieres que te cuente?

—Blaise —solté sin anestesia— ¿Qué ha pasado con él y tú?

—Pues ya saber que le di una oportunidad —dijo, y ladeó la cabeza, como si estuviera pensando— Sabes que lo quiero. Maldición. Yo amo a ese hombre, pero no puedo estarle perdonando todo.

Sabía a qué se refería. Ella hablaba sobre la llegada de Blaise todo borracho al departamento. Después de que hablé con Millicent, fui con Blaise. Cuando él terminó de hablar, la verdad es que no sabía si abrazarlo para hacerlo sentir mejor, o mandarle un par de crucius por idiota.

—¿Qué hiciste? —le pregunté.

—Empezamos de cero y creo que la llevamos bien—suspiró, y acomodó un mechón de su cabello atrás de la oreja— Sólo… no sé cómo llamar a lo que tenemos, no somos amigos, pero tampoco algo así como novios. Aunque le dejé muy claro que no me interesaba con quien se acostaba.

Asentí. No entendía como mi amiga podía ser tan perspicaz para unas cosas, y para otras, aunque se las pusieran en la nariz se daría cuenta. Blaise cambió por ella; no deja de buscarla, de mandarle flores, de invitarla a salir, y después de tantos meses que mi amiga lo ha rechazado, él sigue ahí como si su rechazo no lo desalentara un poco, aguantando todo por ella. Yo no sabía que esperaba ella; Blaise no sería alguien que recitaría poemas bajo la luna y la estrellas, o la besaría bajo la lluvia, pero era un hecho que de un modo u otro le haría saber lo que sentía.

—Señora Potter —me llamó, una mujer vestida de blanco con una hoja en la mano.

—¿Sí?

—Puede pasar —dijo ella, señalando una puerta abierta.

—Gracias —me levanté— ¿Puedo entrar con mi amiga? —pregunté yella asintió, sonriendo a medias.

El consultorio no era más que una sala de quizás cuatro por cuatro metros, todo blanco y frío como el exterior. Un escritorio lleno de papeles ordenados y atrás de él, un señor de cabello blanco y lentes de montura gruesa.

—Buenos días, señora Potter —saludó el hombre.

—Buenos días, doctor Jones —dije. Él señaló un par de sillas enfrente del escritorio, y nosotras nos sentamos— Pues aquí tengo los resultados de su prueba —mencionó él, con un sobre en la mano— Veamos…

Tenía la sensación de que lo hacía a propósito, sus manos se movían lentamente, como si temiera romper el papel. Mis nervios se alborotaron otra vez, y Millicent me dio con la punta del pie, señalándome con la mirada el escritorio donde un lápiz de removía un poco, a causa de mi magia. Suspiré y el lápiz dejó de moverse. Vi otra vez al doctor, y éste tenía la mirada puesta en el papel ya extendido, leyendo todo de manera lenta.

Una sonrisa sutil empezó a surgir en su rostro un poco arrugado.

—Felicidades, señora Potter, me alegra comunicarle que tiene cinco semanas de embarazo.

Apreté el borde de mi vestido, y empecé a respirar rápidamente. La vista se me nubló con excesiva rapidez, y miré todo borroso a través de mis pestañas. Sentía la piel de mis brazos y mi espalda, erizarse, estremeciéndome de pies a cabeza. Llevé mi mano libre a mi vientre, que no demostraba nada, pero sabiendo que algo dentro crecía. Algo de Harry y mío, crecía dentro. Algo tan hermoso y único. Un poco de él, un poco de mí. Él y yo.

—Pansy, tranquila —pidió Millicent, sosteniendo mi mano.

Entre mi vista borrosa, pude verla, y una de sus manos estaba sobre mi mano que apretaba la tela de mi vestido.

—¿En serio? —pregunté, viendo al doctor.

—Así es, señora Potter —el hombre repitió con un gesto tranquilizador. Él debía estar demasiado acostumbrado a ver este tipo de reacciones en las mujeres.

—Yo no puedo creerlo —murmuré, colocando una mano sobre mi frente— Millicent, estoy embarazada.

Una sonrisa apareció en mi rostro, y una lágrima viajó por mi mejilla, hasta quedarse en mi barbilla. Abracé a Millicent y ella sonrió por el movimiento.

Esto era maravilloso, sentía el corazón casi desbocado, temí que se me saliera por la garganta, latía tan rápido, parecía no poder detenerse, como si estuviera también saltando dentro de mi pecho. Sentía la misma emoción de cuando James me llamaba mamá, y ahora tendría un bebé más, a alguien que llevaría en mi vientre por nueve meses. Una personita más a quien cuidar, consentir, consolar, abrazar, besar, compartiría todos esos momentos que deseó haber tenido con James desde siempre. Y James y Harry estarían felices, y lo haríamos juntos, cuidaríamos al nuevo Potter juntos.

Después de la consulta, Millicent y yo fuimos al departamento luego de haber comprado un bote de helado y galletas para celebrar. Nos acomodamos en el sofá, cada una con un poco de helado y una cuchara. Aún faltaban dos horas para que tuviera que ir a por James, y no tenía que volver a la oficina, pues me había tomado el día libre. Me sentía eufórica, y estaba segura que de un momento a otro las mejillas me empezarían a doler, porque no había parado de sonreír.

—¿Cuándo se lo dirás a Harry? —preguntó Millicent. Saboreé el helado que tenía en la boca.

—Tal vez se lo diga en quince días, cuando cumplamos seis meses de casados —contesté.

Ya habían pasado seis meses desde que uní mi vida a la de él, y el tiempo se me había pasado en un suspiro, sin darme cuenta, aunque nuestra rutina no había cambiado mucho en realidad, la única diferencia es que ya me quedaba todas las noches en esa casa.

Dejé de tomar la poción anticonceptiva desde hace un par de semanas. No le había dicho nada a Harry, porque no sé cómo se lo tomaría, pero yo quería tener hijos ya, cada vez que veía a Astoria deseaba lo mismo, quería un hijo con Harry, pero realmente no sabía si él también lo quería en este momento, pues nunca hablamos de eso.

—¿Qué pasa? —quiso saber Millicent, acercándose a mí.

—Yo no le dije nada a Harry —confesé. Ella me observó sin entender— Yo dejé de tomar la poción anticonceptiva desde hace un par de semanas sin decirle nada. ¿Y qué tal si él no quiere un bebé ahora?

—Estás delirando, ¿verdad? —interrogó ella, con el gesto sorprendido. Yo negué con la cabeza— Por amor al cielo, Pansy, tú tienes a Harry completamente embobado, ese hombre sería capaz de todo por hacerte feliz. Y si tú le dices que estás esperando un bebé, él no hará otra cosa que adorarte más —explicó ella, con el gesto suave.

—Tienes razón —suspiré, y otra vez una sonrisa apareció en mi cara.


Me encontraba en la sala de juntas revisando unos papeles, con Draco, Theo y Blaise. La única que no estaba presente era Astoria, pues apenas unos días antes había dado a luz a una hermosa niña de cabellos dorados y ojos tan azules como Narcisa. Está demás decir que tanto Draco y Lucius se habían vueltos locos de felicidad, aunque claro, ellos lo demostraban a su manera. Realmente estaba preciosa la bebé, y estaba segura que, en un futuro, Amelia, la princesa de los Malfoy, sería quien manejaría a su padre y abuelo con el dedo meñique, sin que éstos protestaran. Narcissa estaba igual o más feliz que los padres, pues ella siempre se quedó con las ganas de tener una hija

—Los ingresos se elevaron en un veinticinco por ciento —habló Theo, sosteniendo una hoja en alto.

—Y el contrato con los alemanes por fin se firmó —dijo Blaise aliviado, pues era él quien había viajado a Alemania para hablar con ellos, encontrando a los socios demasiado ariscos para su gusto.

—El contrato con el norteamericano, fue un hallazgo —aportó Draco, sonriendo de medio lado.

Oh, a ese mejor ni recordarlo.

Normalmente en las juntas no solía hablar mucho, porque por lo general nada más se revisaba los ingresos y los contratos firmados o a punto de firmar. Mi área era más dedicada a buscar a los empresarios más adecuados para abrir contratos o clientes que quisieran que nosotros nos encargáramos de exportas sus productos a otro lugar. O en todo caso, los eventos que se realizaban para cualquier beneficencia, ya que, por lo regular, el ministerio buscaba nuestro apoyo altruista, y para evitarnos más problemas, colaborábamos con ellos.

Dejé los papeles de la mesa, y apreté con ambas manos mi vientre. Había sentido un pinchazo en el vientre, como un cólico demasiado fuerte. Respiré y aparté las manos al dejar de sentirlo, y seguí bajando la mirada por los papeles. Firmé el documento que me había dado Blaise y los ordené a mi lado, colocándolo todo en su respectiva carpeta.

Mordí mis labios, y volvía a apretar mi vientre. Un intenso dolor me invadió, y no pude evitar que mis labios dieran un pequeño jadeo.

—Pansy, ¿estás bien? —preguntó Draco, del otro lado de la mesa.

Respiré varias veces, esperando a que se quitara el dolor, pero éste no se desvanecía.

—¿Qué tienes, linda? —esa era la voz de Blaise.

—Yo…

Los miré con terror y ellos se levantaron. No pude hacer otra cosa que girar la silla e inclinarme hacia adelante, cerrando fuertemente las piernas. Grité adolorida, apretándome el vientre con ambas manos, enterrando mis uñas en la piel y doblándome más hacia adelante, hasta que vi que mi cabello rozaba el suelo.

No era estúpida. Pero no quería ni pensar en esa posibilidad.

Me sostuve el vientre, deseando que de igual manera mi bebé se sostuviera a la vida.

—¡Mi bebé! —grité, o eso creí.

Sentí los brazos de Blaise bajo mis rodillas y mi espalda, de camino a la puerta. No tenía ni idea de en qué momento me había cargado o cuando yo me había enderezado para dejarlo hacer. El dolor era intenso, como si alguien me estuviera agujereando el vientre con un tenedor, metiéndolo y sacándolo sin cansancio. Mis lágrimas quemaban al pasar por mis mejillas. Esto no podía estarme pasando a mí. No era posible que a mí me sucediera. ¿No había sido ya lo suficientemente castigada por mis errores, cómo para ahora sentir esto?

Enterré la cara en el cuello de Blaise, cuando sentí que mis ojos se nublaban y entonces todo se puso negro.

Quería despertar, pero mis ojos no querían abrirse. Lo intenté una vez más, y otra vez, y más veces, hasta que pude abrirlos. Lo primero que vi fue el techo completamente blanco, sin ninguna mancha o forma.

Me toqué la cabeza, parecía que me había dado un buen golpe, porque todo me daba vueltas y mi estómago se revolvía, como si tuviera muchas ganas de vomitar. Mis brazos estaban fríos y la sabana que tenía arriba no era tan caliente en realidad. Miré hacia mi pecho, y me di cuenta de la horrible bata blanca.

Todo vino a mi mente de golpe, y quise volver a dormir para olvidarlo. Mis lágrimas volvieron aparecer y mi barbilla empezó a temblar. Bajé la mirada hacia mi vientre todavía plano, y mis manos temblaron. No quería hacerlo, realmente no quería hacerlo, pero era necesario. Necesitaba saberlo por mí misma y no que alguien viniera a decírmelo. Lentamente posé mi mano sobre mi vientre, y antes de tocarme, sabía lo que iba a sentir. Nada. Mi vientre aún seguía plano, pero de algún modo yo sabía que algo adentro crecía. Y ahora nada había. Ese trocito de vida que era mía y yo al mismo tiempo estaba muerto.

—No, no, no —susurré.

Empecé a respirar agitadamente, el aire se había vuelto escaso, o mis pulmones eran los que se negaban a trabajar. Me dolía, mil veces peor que un crucius, y vaya que yo había sentido demasiado ese hechizo antes. Me sentía morir. Quería morir. Aparté de un manotazo las lágrimas, pero sabía que no pararían de caer, por más que cerrara los ojos, por más que me pasara las manos en la cara y los ojos, éstas caerían hasta que me secara por dentro.

Respiré varias veces tratando de controlarme, tratando de controlar los temblores que recorrían mi cuerpo. Me senté en la cama, pues si seguía acostada, las lágrimas me ahogarían en algún momento. Me sentía vacía, peor que esta maldita habitación. Me quité de nuevo las lágrimas, y respiré varias veces luchando por controlarme.

Tenía que controlarme ya, no quería que alguien más me viera de este modo, y sabía que tarde o temprano alguien entraría a la habitación, ya fuera un sanador, al cual hechizaría si lo escuchaba hablar o Harry, a quien ni podría mirarle el rostro.

Y no me equivocaba; suavemente alguien tocó. No contesté, y la puerta se abrió. Por ella apareció el cabello revuelto de Harry. Sus ojos tras las gafas, me dieron ganas de llorar. Yo ya me había hecho la idea de que mi bebé tendría los ojos de él.

—Pansy —llamó, acercándose a la cama.

Abracé mis rodillas y giré la cara para no verlo. Mis lágrimas nuevamente aparecieron. No quería que viera mi cara humedad, así que me quité las gotitas con las manos. Sentí como la cama se hundió bajo su peso, y sus dedos se entrelazaron con los míos. Me tensé, aunque su contacto era tranquilizador.

—Mi amor, mírame —pidió, y acarició mi cabello.

Le hice caso sin dudar.

Traté de no verlo a los ojos, no quería ponerme a llorar desconsoladamente enfrente de él. Sabía que tenía que decirle algo, quería decirle que estaba embaraza, pero nuestro bebé no llegara, que me disculpe por no decirle que había abandonado la poción anticonceptiva y que me perdone haberle ocultado mi embarazo. Pero aún no habían pasado los quince días desde que me enteré que estaba embarazada; así que él se vino a enterar que estaba yo esperando un bebé el mismo día que lo pierdo.

—Harry, quiero irme —le dije, aun sin verlo a los ojos, simplemente mirando su mano junto a la mía.

Mi voz sonó baja y ronca, pero temí que, si hablaba más alto, se me rompería la voz, o me pondría a gritar. Y si él quería hablar, sería en nuestra casa.

Él se levantó, y se acercó más a mí, hasta que sentí sus labios dejando un beso en mi frente.

—Te amo —susurró contra mi piel.

Y por primera vez, no pude contestarle.

Me levanté y busqué mi ropa, cuando la puerta se cerró de nuevo. Mis pies tocaron el frío suelo, haciéndome estremecer por la temperatura, y caminé a la mesa donde pude ver mi ropa doblada. Me coloqué el vestido, lentamente, y me puse los zapatos, sentándome otra vez en la cama para poder abrocharlos.

La puerta se volvió abrir, cuando con mis dedos trataba de acomodar mi cabello. El rostro de Millicent apareció. Sabía que había estado llorando, siempre se le hinchaban los ojos y las mejillas se volvían rojas cuando lo hacía. Ella se sentó a mi lado, y pasó un brazo por mis hombros, presionándome levemente contra su cuerpo. Me recargué contra ella, pero no lloré. Las palabras no eran necesarias, nunca lo eran entre nosotras si la situación era difícil. Era suficiente con tenerla a mi lado, apoyándome incondicionalmente.

Minutos después apareció Harry, y Millicent me soltó, dándome un beso en la frente antes de retirarse. Él tomó mi mano, y me llevó a las chimeneas.

Cuando llegamos a casa, no pude evitar que mi mirada buscara a James. Necesitaba a mi chiquito, necesita a mi hijo ahora que había perdido a su hermanito.

—¿James? ¿Dónde está? —pregunté por él.

Mi voz había sonado bastante hueca y estaba sedienta en realidad.

—En casa de Molly, dormirá ahí hoy.

Asentí, comprendiéndolo, era mejor que no me viera así, era muy pequeño para entenderlo en realidad y no quería que se pusiera triste por mi culpa.

Llegué a la habitación, con Harry atrás de mí. Me metí en el baño y tomé una ducha. Me puse pijama, sabía que todavía era temprano, pero quería dormir, necesitaba dormir. Harry me arropó, y me besó la frente, y sostuvo mi mano hasta que los ojos se me cerraron.

No quería soñar, simplemente quería dormir como si estuviera muerta. Pero no fue así. Mi sueño era aterrador. Sentía que mis entrañas eran succionadas. Que cada parte de mí se desprendía, pero miraba hacia abajo y no había nada, ni rastro de sangre o entrañas, pero algo se despegaba. Mi vientre estaba igual que siempre, plano, sin rastro alguno de vida, muerto. Mis propios gritos me martillaban el cerebro. Mi garganta ardía como si tragara una lija.

—¡Pansy, cálmate, mi amor! —escuché la voz de Harry, y abrí los ojos de golpe.

Tenía las manos de Harry en mis muñecas, lo más seguro era que había agitado los brazos al tener la pesadilla, y había gritado porque sentía la garganta irritada. Sentía la frente sudorosa, pero al parecer a él no le importaba porque me besó la frente varias veces. Está demás decir, que ese pequeño gesto logró que mi corazón se fuera tranquilizando, muy suavemente. No había nada en mí que Harry no pudiera normalizar o alterar, según las circunstancias.

—Tranquila, sólo fue una pesadilla —dijo él, acariciando mis manos.

Yo me incorporé, y quedé sentada frente a él. Su imagen tan sólo era iluminada por la lámpara que había en la mesita a lado de la cama, creando sombras extrañas en su rostro.

—Pero esto no es mucho mejor —murmuré.

Él bajó la mirada, y me besó la mano.

—Lo sé. Pero aquí estaré a tú lado. No te dejaré nunca —prometió.

Sus labios se pusieron sobre mi boca reseca.

Le devolví el beso. Quería olvidarme de todo, pero no podía sacarlo de mi mente. Lo quería más cerca, así que coloqué mis manos en su cuello, jalándome hacia él, sosteniéndome con fuerza, aferrándome a su cuerpo, pues el mío parecía no funcionar muy bien.

Sus labios me tranquilizaron. Era como beber chocolate caliente después de un día helado, había tibieza y dulzura, tranquilidad y suavidad. Cuando nos separamos, él con sus dedos quitó las lágrimas que decoraban mi rostro, ni sabía en qué momento había empezado llorar. Tomé su mano, y la sostuve sobre mis labios. Quería tenerlo más cerca. Lo necesitaba tanto a mi lado en este momento, necesitaba de su fuerza y valentía que tenía.

—Perdón —susurré sobre su piel. Esa palabra era muy simple en este momento.

—¿Qué tengo que perdonarte? —preguntó y acarició mi cabello.

Mis ojos gotearon más. Él no podía simplemente preguntarme eso, cuando la verdad estaba ante sus ojos. Pero él era Harry, jamás lograría ver el daño que he provocado, lo mucho que me dañe y lo dañe.

—Por no decirte que estaba esperando un bebé —susurré. Aunque realmente siento que no merezco que me perdone— Perdón por hacerte enterar que estábamos esperando un hijo el mismo día que lo pierdo —le dije con la voz entrecortada.

—No tengo que perdonarte nada —aseguró. Tomó mi rostro entre sus manos y acarició con sus pulgares mis mejillas. Bajé la mirada dolida— Nena, mírame —pidió.

No quería hacerlo, pero aun así lo vi a los ojos. Sus ojos se veían tan puros, tan llenos de protección, como si no permitiera que nada malo me pasara. Me estaba cuidando, me estaba consolando. Estaba sufriendo conmigo.

—No tienes la culpa de nada. No hay nada que deba perdonarte.

—Yo quería decírtelo el día que cumpliéramos seis meses, dentro de una semana —le conté.

Él asintió, y me besó los labios fugazmente.

—Lo sé.

El silencio volvió a invadir la habitación. Él ya estaba en pijama, y se acostó a mi lado, metiéndose bajo la colcha. Enterré mi cara en su cuello, y coloqué una mano sobre su pecho, justo encima de su corazón. Quería sentirlo completamente: su respiración, sus latidos, la tibieza de su piel, porque estaba segura que sería lo único que me mantendría con vida en este momento.

Empecé a llorar como no lo había hecho. Quería sacar el dolor de mi cuerpo, que no me doliera tanto el pecho y la garganta por estarme aguantando. Mis sollozos eran amortiguados por su piel. Sus brazos me rodearon, y una de sus manos acarició mi cabello.

Yo amaba a mi bebé.

—Yo lo amaba, Harry —sollocé.

—Lo sé, mi vida. A mí igual me duele —dijo él.

Por el movimiento involuntario de sus hombros sabía que él también lloraba. No era la única sufriendo. Él estaba aquí y los dos saldríamos de esta. Tal vez nos llevaría tiempo, pero estando a su lado sé que todo estaría bien. Porque a su lado el dolor no era prolongado, no era tan duradero. Él era bálsamo a cada herida.