Capítulo 25: Baljeet Rai

El cielo estaba cubierto por nubes negras, dando como resultado un ambiente ófrico y carente de luz. En el gran estadio, en el que se hallaban, los gritos y el ruido de las cierras eléctricas eran el sonido dominante.

Phineas, Ferb, Isabella, Vanessa y Jacob continuaban corriendo e intentando evitar su destino, la muerte. Los androides los perseguían, intentando asesinarlos. Perry, en cambio, no había logrado levantarse, así que seguía en el mismo lugar, acostado en el suelo. Su corazón latía con rapidez. Casi parecía una bomba de tiempo a punto de explotar, pero al menos se calmaba poco a poco. El estómago le quemaba, su visión estaba borrosa y sus músculos temblaban a tal extremo que pensaba que, en cualquier momento, podrían romperse. Al menos había recuperado el aliento y ya no respiraba tan pesadamente, pero eso no aliviaba sus otras dolencias y tampoco solucionaba sus problemas.

Tenían que escapar, debían salir de este estadio o morirían, pero no podían. No habían encontrado los transportadores. ¿Qué haría?

La aparición, repentina, de una luz interrumpió sus pensamientos. Era un punto radiante que iluminaba todo a su alrededor y era tan fuerte, que casi parecía una estrella, pero eso era imposible, ¿cierto? Perry cerró los ojos cuando la luz intensificó su brillo y para cuando los abrió de nuevo, el punto radiante había desaparecido. Había algo diferente allí o mejor dicho alguien, Heinz Doofenshmirtz.

Perry movió la cabeza a todas partes, intentando comprobar si alguien más podía verlo. En poco tiempo notó que, tal como lo había pensado, sólo él era capaz de notar su presencia. Pronto recordó que era un animal. Según las leyendas, los humanos no pueden ver fantasmas, sólo los niños muy pequeños o los ancianos muy mayores eran capaces de ello. A diferencia de los animales, que poseían esa capacidad.

—Perry el ornitorrinco —finalmente el doctor Doofenshmirtz habló—. Debes apresurarte.

El agente secreto lo observó con desconcierto. No entendía lo que quería decir. Al parecer la aparición notó aquello, porque habló nuevamente.

—¿Recuerdas lo que te di el día que fallecí? —preguntó.

Esta vez Perry asintió. Claro que lo recordaba. Eran un par de lentes mecánicos que… El rostro se le iluminó, cuando comprendió lo que decía Heinz. Entonces intentó levantarse, pero sólo consiguió sostenerse en cuatro patas. Al comprender que no podría ponerse de pie, en dos patas, porque carecía de la fuerza necesaria, decidió gatear; a pesar de que su cuerpo advertía un inminente colapso en poco tiempo, pero él no quería prestar atención a su malestar. Tenía una esperanza nuevamente, una solución a sus problemas, una manera de salvar a su familia y eso era lo único relevante en estos momentos.

Gateó hasta los transportadores, teniendo cuidado de no ser visto. Finalmente, cuando llegó, sacó los lentes mecánicos y configuró los datos. La máquina pequeña localizó con rapidez los aparatos que servían. Entonces los tomó. Giró la cabeza, sólo para observar y enterarse de que Doofesnhmirtz había desaparecido. Suspiró con melancolía, pero decidió dejar las emociones para después. Ahora lo único que importaba era salvar a sus dueños. Con los aparatos en las manos, gateó, intentando pasar desapercibido. Se acercó hasta el lugar en que estaba Phineas y se sentó allí. Con sus últimas fuerzas gruñó lo más fuerte que podía y, por suerte, logró captar la atención del pelirrojo. Entonces lanzó los transportadores a los pies del hombre. Sonrió, cuando Phineas los levantó y aquella imagen bastó para tranquilizarlo lo suficiente para que finalmente sucumbiera al cansancio corporal y perdiera el conocimiento.

El pelirrojo se sorprendió al presionar un botón y ver que el aparato pequeño se encendía. Levantó la cabeza y vio que Perry estaba inconsciente, pero los androides no parecían notar su presencia, aunque eso no aseguraba que estaría seguro. Phineas lo sabía, así que decidió apresurar sus acciones para que nadie saliera lastimado. Con un movimiento rápido lanzó los aparatos a sus compañeros, mientras gritaba sus nombres. Una vez que todos tenían uno de esos artefactos, Phineas dio una señal y todos presionaron el botón que ponía en marcha sus transportadores. Entonces todos desaparecieron a excepción del pelirrojo. Él se limitó a correr hasta que llegó al lugar donde estaba Perry. Luego lo tomó en brazos y, por último, presionó el botón, dejando un estadio con sólo robots en el interior.

Finalmente se hallaban en las afueras de aquella construcción, pero desgraciadamente, todavía no estaban a salvo. Androides comunes de color lila rodeaban el estadio y les apuntaban con sus armas, dispuestos a disparar si ellos se movían. Entonces se quedaron estáticos, sin hacer ni decir nada. Sabían que no tenían oportunidad de defenderse, ni de huir.

—Acorralamos a los prisioneros —dijo un androide, que al parecer se comunicaba con un superior mediante un aparato, que sostenía en una mano—. Espero órdenes —guardó silencio por un momento—. La orden es asesinarlos.

Phineas y los demás retrocedieron por la repentina sorpresa. No podían creer lo que oían. ¿Acaso no podían encontrar paz por algunos minutos? Al parecer no, porque los seres de metal les apuntaron con sus armas. Sin tener otra opción más que resignarse, se abrazaron, esperando escuchar el sonido de los disparos y fue exactamente lo que oyeron, pero no sintieron dolor, además de que el sonido era lejano y estaba acompañado de miles de gritos.

El pelirrojo levantó la cabeza y logró observar que la mayoría de los androides, que antes los acorralaban, ahora estaban corriendo al lado contrario. Extrañado por esto intentó ver qué ocurría y divisó que, a lo lejos, habían personas, que gritaban y… ¿atacaban a los robots? Llevaban ropas semejantes a harapos, pero lo que los distinguía de los demás grupos sociales de Danville, eran las capuchas que tenían en la cabeza y que les cubrían casi la totalidad del rostro. Estos sujetos atacaban a los hostiles con armas, palos y piedras, lo que encontraran y, a pesar de aquello, habían destrozado a una gran cantidad.

—Miren allá —Phineas habló, intentando llamar la atención de los demás.

El resto de los humanos levantaron la cabeza sólo para ver el mismo escenario, el de una pequeña batalla. Se escuchaban disparos, gritos, golpes, maldiciones, muertes. Algunos seres de metal caían al suelo, destrozados, pero no eran los únicos que perecían. No. Los humanos también morían. Los restos de metal y piezas mecánicas, mezclados con sangre y cadáveres, se extendieron por el suelo, pintando un cuadro que sólo podía describirse como desagradable. No había otra mejor palabra para aquello. Sólo era horror. Nada digno de siquiera mirar.

—Nos atacan —dijo un androide, señalando lo obvio.

—No importa. Acaten la orden —respondió otro.

—Entendido —dijo el primero, mientras hacía un saludo militar. Después hizo una seña y al instante varios androides les apuntaron y… dispararon.

Pero los humanos corrieron y esquivaron los pocos disparos. Habían renovado sus esperanzas de vida, además de que ya no estaban rodeados como momentos antes. Aun así no lograron huir, ya que no había salida todavía. Entonces se escondieron detrás de una pared, que rodeaba ese estadio y la usaron como escudo, protegiéndose de los disparos, sin embargo, aquello no sirvió de mucho. Los seres de metal comenzaron a correr hacia ellos.

Escucharon la proximidad de sus pasos. Temían por lo que sucedería, pero no podían hacer nada. Era tan frustrante. Sentirse tan pequeños e indefensos, cuando años atrás, habían sido el centro de atención, los niños que podían lograr lo imposible.

Ferb tomó un palo que estaba en el suelo y lo levantó, esperando a que, cuando llegase un androide, pudiese golpearlo, sin embargo, aquello ya no fue necesario. Los pasos cesaron y sólo se oyó disparos y explosiones, acompañados de una voz, que dijo: "Hola, soy Norm"

Al oír aquello, Vanessa dejó de esconderse y salió para ver a su salvador, el androide que había pertenecido a su padre, Norm. El autómata luchaba contra los robots lilas con la misma sonrisa que siempre tenía.

—Norm —murmuró la hija del doctor, sonriendo levemente. Se quedó parada allí hasta que su esposo la haló de un brazo, evitando que un disparó la lastime.

Pronto la cantidad de androides se había reducido hasta ser prácticamente nula, sin embargo, estaban lejos de estar a salvo. Uno de los hostiles quiso cumplir la misión que le habían asignado y, en vez de intentar destruir a los misteriosos humanos encapuchados, se dispuso a llegar hasta el escondite de los presentes. Una vez que estuvo allí, apuntó a Phineas. El pelirrojo se sobresaltó y dio un paso hacia atrás. No podía defenderse. Todo lo que le quedaba era afrontar el fin, pero cuando el androide estaba a punto de disparar, un tiro le destrozó la cabeza, convirtiéndolo en chatarra.

—Vámonos —dijo el sujeto que había disparado, señalando con el arma el camino que debían seguir.

—¿Buford? —preguntó el pelirrojo, pero antes de que alguien tuviera la oportunidad de responder, otro sujeto apareció e interrumpió el momento.

—Después tendremos tiempo de explicarles todo —dijo el recién aparecido, con un acento claramente marcado.

—¿Baljeet? —esta vez fue Isabella, quien preguntó.

—¡Sólo sígannos! —ordenó el ex bravucón. A lo cual los presentes si obedecieron.

Los demás humanos, al ver que su misión estaba cumplida, se limitaron a huir de los pocos robots que quedaban y abordar algunas movilidades.

Baljeet y Buford los condujeron hasta la parte de atrás de un camión, que se asemejaba a una celda, similar a las que llevaban los automóviles de los policías hace veinte años, pero no estaban solos. Fueron recibidos por otras personas que los ayudaron a subir. Un grupo que, por las siluetas, podía decirse que se trataba de mujeres.

—¡Jefa! —gritaron al ver a Isabella. Casi al instante se quitaron aquellas capuchas, que cubrían sus rostros. Al hacerlo la mujer de cabellos negros pudo distinguir quienes eran, su tropa de las exploradoras.

—¡Chicas! —Isabella las abrazó. Estaba feliz. No esperaba encontrarlas. No ahora ni nunca. Había perdido las esperanzas hace tanto, que ahora parecía un sueño hermoso, del que pronto iba a despertar.

Buford y Baljeet se limitaron a cerrar la puerta y se encaminaron a la cabina del conductor. Encendieron el motor y partieron. Entre tanto, las ex exploradoras sacaron vendas y otros implementos, con ellos comenzaron a atender las heridas de los recién rescatados.

Sin embargo, Isabella no se quedaba quieta. Ella sólo quería respuestas. Deseaba saber el modo en que aquel milagro se había realizado.

—¿Cómo llegaron aquí? —preguntó—. La última vez que las vi fue hace dieciséis años. Lo último que supe fue que las habían asignado para trabajar en la "planta de energía" al igual que a Buford…

—Así fue —interrumpió Gretchen—. Trabajamos allí hasta unos meses atrás, hasta que un grupo de científicos fugados del "edificio de creaciones", liderados por Baljeet, atacaron la "planta de energía" y decidimos huir con ellos, pero Buford no tuvo tanta suerte porque lo capturaron.

—Pero hace algunos meses las reportaron como fallecidas —continuó Isabella.

—Al escapar los androides creyeron habernos asesinado, pero se equivocaron —respondió la mujer de lentes—. Sin embargo, continuamos comunicándonos con los otros mediante mensajes que dejábamos en ciertos lugares, escritos en latín Ferb (*), hasta que atacamos la planta de energía por segunda vez y logramos rescatar a los que faltaban y destruimos esa construcción.

—¿Cuándo fue eso? —dijo la mujer de cabellos negros.

—Hace dos días —respondió Gretchen.

—Pero eso significaría que la ciudad está sin energía —Isabella murmuró.

—Así es —confirmó su amiga—. Las reservas de energía están siendo utilizadas por los robots y están obligando al personal de "trabajos forzados" a reconstruir la "planta de energía".

—¿Cómo supieron que estábamos siendo ejecutados en el estadio? —continuó.

—Buford nos contó de su plan acerca de construir la máquina del tiempo. Quisimos ayudarlos, pero nos enteramos de que habían sido enviados a otra dimensión —se ajustó los lentes y después volvió a hablar—. Pero cuando Baljeet caminaba por el centro de la ciudad vio, en las pantallas de los edificios, que ustedes estaban siendo ejecutados. Entonces corrió y llegó hasta nuestra base y nos relató lo que vio y decidimos salvarlos.

—¿Tienen una base? —preguntó Isabella.

—Estamos en una bodega abandonada, que pertenecía a un tal Doofenshmirtz.

La movilidad se detuvo. Entonces Buford y Baljeet abrieron las puertas y los demás comenzaron a bajar. Phineas notó que su mascota no estaba consciente todavía.

—Perry —el pelirrojo intentó despertarlo, pero no hubo respuesta—. Perry —nada. Simplemente no reaccionaba y aquello no era algo que agradara al pelirrojo. Al contrario, estaba comenzando a preocuparse.

—Se desmayó —dijo Jacob—. Está demasiado débil por las heridas y no haber comido, además el hecho de que padezca de anemia no ayuda tampoco. Sería mejor que recibiera atención médica.

—Tenemos todo lo que necesiten para atenderlo —una voz, extrañamente familiar, se presentó.

El pelirrojo levantó la cabeza, apartando la mirada de su mascota y visualizó a alguien que no esperaba, al menos no allí.

—¿Suzy? —Phineas no lo podía creer. Jamás había esperado volverla a ver.

La chica rubia no respondió, sino que se limitó a observarlo con rudeza y hacer otra pregunta.

—¿Dónde está mi hermano? —cuestionó.

—Él… —el pelirrojo estaba nervioso, tartamudeaba. No sabía cómo responder. No tenía idea. Lo único que deseaba era que esta noticia no fuera tan dura para ella—. Él… él no sobrevivió.

—¡¿Qué?! —Suzy no había esperado aquello. Sus ojos se abrieron tanto como era humanamente posible y en su rostro se dibujo una expresión de confusión, sorpresa y dolor.

—Es una larga historia —concluyó Phineas, agachando la cabeza levemente.

—Apresúrense e ingresen —fue la única respuesta que el pelirrojo obtuvo. Al parecer, ella se comportaba, nuevamente, como momentos antes. Escondía la profunda tristeza que su corazón albergaba en aquellos instantes.

Phineas y Jacob, quien no había dicho nada en un tiempo, se limitaron a obedecer. Bajaron de la movilidad e ingresaron a una especie de bodega. Una vez dentro, el pelirrojo decidió volver a hablar.

—¿Qué haces aquí? —preguntó.

—Tenía que unirme a la revolución… y reencontrar a mi hermano —respondió sin siquiera mirarlo.

Phineas no preguntó más. Él sabía perfectamente que la pequeña Suzy Johnson había sido separada de su familia a la edad de catorce años, cuando los androides determinaron que era suficientemente ruda y fuerte como para trabajar en la "Planta de energía", al igual que las exploradoras. Y a pesar de que Jeremy había luchado para conservar a su hermana a su lado, lo único que consiguió fue una paliza que jamás podría borrar de sus recuerdos; pero aun así, no había olvidado a su pequeña hermana. Sólo había dejado de pensar en ella cuando la reportaron muerta.

—Necesitaremos algunos sueros y otros insumos —dijo el zoólogo, interrumpiendo el silencio que se había impuesto—. Para tratar a siete, es decir, Perry.

Phineas asintió y trató de hablar con Suzy, pero antes de que dijera cualquier cosa, ella lo interrumpió.

—Pidan lo que necesiten a Baljeet —y con aquellas palabras aceleró el paso para lograr alejarse de ellos.

El pelirrojo no intentó alcanzarla. Sabía que necesitaba estar sola, al menos ahora. Así que se limitó a mirar a sus alrededores y descubrir que, tal y como lo habían dicho, esto era un bodega, aunque preferiría que la limpiaran más seguido. Es decir, el polvo y las telarañas, que recubrían las paredes y las cajas abandonadas por ahí, no eran agradables. No en absoluto. Vio a lo lejos a Ferb y Vanessa, que se hallaban hablando con aquel androide que, según sabía, había pertenecido al doctor Doofenshmirtz. Sin saber qué más hacer se limitó a buscar a Baljeet para pedirle todo lo que necesitaran.


Un cyborg que tenía la cabeza de una forma inusual, triangular, ingresó en un cuarto que estaba oscuro casi en su totalidad. El ente hizo una reverencia antes de ponerse en una rodilla y hablar.

—Tres de los cinco continentes han sido tomados en su totalidad —dijo, aunque en medio de toda la oscuridad nadie pudo ver la mueca de disgusto que él hizo.

"Aficria Kenemba" se limitó a observarlo por un momento, sin decir nada. Simplemente preguntándose el porqué de la reverencia extrema. No era necesario que se agachara y escondiera el rostro, pero a veces, él lo hacía.

—No invadieron Danville, ¿verdad? —ella preguntó.

—Negativo —el cyborg ni siquiera levantó la cabeza, pero ella no le reclamó. Simplemente dijo una orden.

—Continúen con el resto del mundo —dijo.

El ser recubierto de metal negro asintió dos veces para dar a entender que escuchó la orden, después simplemente se levantó y se marchó.

Ella lo vio alejarse y comenzó a preguntarse por qué lo había elegido para ser su mensajero entre ella y Embewka (**). Sonrió cuando recordó la razón: simplemente porque él era el más comunicativo de los dos dueños que tenía el ex general del doctor Doofenshmirtz.


Perry estaba inconsciente, acostado en una cama. La aguja de un suero estaba incrustada en su brazo y otros aparatos habían sido conectados a él.

—¿Estará bien? —Phineas se hallaba a los pies de la cama, observándolo. No se había movido de allí en un tiempo.

—Yo creo que sí —respondió Jacob, mientras ajustaba una de las máquinas.

Esperaron a que Perry despierte. En el lapso de ese tiempo aclararon varias cosas. Se enteraron de que Baljeet había escapado del "Edificio de creaciones" hace algunos meses atrás, también que en todos esos años él tuvo que crear inventos para que no lo mataran, entre ellos estaban aquellos robots grandes que habían intentado asesinarlos en el estadio.

Sin embargo, ya que Baljeet no podía construir los sus inventos como lo hacían Phineas y Ferb, había necesitado la ayuda de otro científico que con el tiempo se hizo su amigo, el doctor Brandon, un viejo amigo de Jacob, pero que fue capturado en el intento de fuga. Baljeet también se enteró de que él se había suicidado después de un tiempo. Probablemente porque había perdido toda esperanza de escapar, ya que todos los demás se fueron y había quedado solo.

También se enteraron de que Baljeet le había devuelto la memoria a Buford y a las exploradoras. Gracias a la ayuda de uno de sus inventos, que creó después de que se enteró de los comentarios que otros científicos hacían acerca de una invasión de robots negros que tuvo lugar hace veinte años, pero como él no recordaba nada había decido construir algo. Sin embargo, ahora no podía devolverles la memoria a los demás, porque la ciudad estaba sin energía y las máquinas que estaban conectadas a Perry funcionaban gracias a la ayuda de baterías, de las cuales tenían pocas.

Pasó el tiempo y Jacob decidió acercarse para examinar las máquinas y enterarse del estado de salud del ornitorrinco.

—¿Cómo está? —preguntó el pelirrojo.

—No lo entiendo —dijo el zoólogo—. Tiene ciertos síntomas que sólo se presentan en el envejecimiento… —de pronto guardó silencio, porque una idea, más bien un recuerdo había llegado a su mente—. ¿Le proporcionaron sus…? —pero no pudo terminar de hablar. Fue interrumpido por el sonido de la puerta que se abría.

En ese instante, una mujer de ojos plomos y pelo castaño claro ingresó en la habitación.

—Baljeet, estamos reuniéndonos para acordar las estrategias de los próximos ataques —dijo.

Phineas y los demás quedaron estáticos al verla, confundiéndola. Ella no sabía el porqué de su sobresalto, así que simplemente lo ignoró. Jacob, que estaba de espaldas, al escuchar aquella voz se dio la vuelta y la observó. Dio un paso hacia atrás cuando notó su presencia y se limitó a observarla como si fuera un fantasma y, en cierta forma, tenía razón al reaccionar así, es decir, se suponía que ella estaba muerta o es lo que le dijeron hace tantos años.

—¿Jacob? —preguntó ella, dando un paso adelante en el proceso—. No sabía que estabas en Danville —el zoólogo intentó responder, pero no logró siquiera pronunciar una palabra. Entonces ella volvió a hablar—. Conversaremos después. Baljeet, en verdad requerimos tu presencia. Caso contrario, Buford hará las estrategias y no creo que salgamos bien librados si las utilizamos.

Baljeet asintió, antes de salir de la habitación. Ella simplemente lo siguió.

El silencio se impuso durante un momento, hasta que Phineas decidió decir algo.

—¿Ella… ella era "Aficria Kenemba"? —preguntó.

—No —finalmente Jacob encontró su voz—. Ella era su versión de esta dimensión y "Aficria Kenemba" no es su verdadero nombre —sacudió la cabeza y decidió que pensaría después en eso. Ahora lo importante era algo más, o mejor dicho, alguien—. ¿Le proporcionaron sus inyecciones?

—¿Qué inyecciones? —Phineas levantó una ceja. No entendía a lo que se refería y tampoco el brusco cambio de tema.

—¿No se los dijo? —preguntó el zoólogo.

—¿Decirnos qué? —Ferb habló esta vez.

Ambos hermanastros lo miraron con confusión. Entonces Jacob comprendió que no sabían nada, absolutamente nada del asunto.

—pero le dejé una carta y…—murmuró, como si pensara en voz alta, pero entonces decidió hacer algo más que permanecer confundido. Tomó el sombrero fedora de Perry y rebuscó en su interior.

—Ah… ¿Qué está haciendo? —Phineas estaba cada vez más desconcertado, a tal punto que llegaba a preguntarse si estaba permitido tocar el sombrero de un agente secreto sin su consentimiento.

—Busco esto —Jacob sacó unas hojas, pero a diferencia de lo que pensaba, no halló sólo su carta, sino también otra, que estaba firmada como: Doofenshmirtz. Leyó los trozos de papel y al terminar decidió entregárselos—. Creo que deben ver esto.


Perry abrió los ojos con dificultad. Su visión era borrosa, así que decidió frotarse los parpados con las manos, pero no sirvió de nada. Su vista continuaba fallando, como si no trajera puestos los lentes de contacto. Aun así logró divisar que se encontraba en una cama con varios aparatos conectados a él. Vio también que, frente a él, estaban parados Phineas, Ferb, Vanessa, Isabella, Baljeet, Buford, Jacob y una mujer que era idéntica a "Aficria Kenemba". El agente secreto se espantó por la presencia de aquella mujer, sin mencionar que estaba confundido. No entendía porque estaba allí. Sin embargo, aquel sobresalto no duró mucho, porque le esperaba una sorpresa mayor.

Por alguna razón, Phineas parecía enfadado. Tenía los brazos cruzados sobre su pecho y lo miraba con molestia.

—Tienes mucho que explicar, Perry —dijo el pelirrojo, mientras le mostraba dos cartas que el agente conocía a la perfección.

Perry tragó saliva, mientras un sudor frío recorrió su cuerpo. En ese instante, entendió lo que sucedía, su secreto… había sido revelado.

Continuará…


(*) Latín Ferb: Idioma inventado por Phineas y Ferb. Véase capitulo "latín Ferb"

(**) "Embewka": Palabra en "tulcruic", que significa maestro o mentor.