Aquí ya es viernes ;)
SEDA Y MÚSICA
Shirayuki aceptó, por supuesto.
¿Por qué? Ni idea, no sabría decirlo, pero es que últimamente su cuñado parecía tan lleno de sentido común y de menos inaccesibilidad (entiéndase humanidad, sí, sí) que no podía negarle casi nada. Se presentó en su gabinete, tomó asiento frente a ella sin pedir permiso (no es que ella esperara que lo hiciera), se quitó la levita con una floritura exagerada, desplegando como un vendaval su real realeza en la butaca y le soltó sin más que la Reina Madre lo había dejado solo frente a los lobos. O más bien lobas, precisó. Y añadió como por casualidad, con fingido desinterés, que si acaso no existiría un alma caritativa y de buen corazón que se apiadara de su pobre indefensión y abriera el baile de gala con él. Ella puso los ojos en blanco ante su descarada 'sutileza', y siguió ignorándole, leyendo su último proyecto.
—Shirayuki… —le oyó decir.
—Aniue… —respondió ella, levantando la vista por encima de sus papeles.
—¿Por favor? —preguntó él, sin burlas, sin humor en la voz. Tan solo una pregunta.
Ella se echó hacia atrás, reposando en el respaldo de su butaca, con los labios apretados mientras lo miraba. Y él también la miraba a ella, con la cabeza ladeada, aguardando. Finalmente Shirayuki resopló, de esa manera tan poco femenina y que solo le salía frente a él.
—De acuerdo —transigió ella al fin.
Y entonces Izana sonrió. Una sonrisa genuina, alegre y sincera, tan igual a la de Zen que por un instante pudo ver el parecido entre hermanos.
Hasta que él abrió la boca.
—Harás las funciones de reina esa noche —le dijo antes de salir de la habitación—. Así vas practicando.
Shirayuki volvió a resoplar…
La noche del baile llegó y la corte entera se engalanó para la ocasión, las velas de las lámparas de cristal que pendían del techo arrancaban destellos a la ostentación de las joyas familiares sobre escotes escandalosamente cortos. Los suaves violines que sonaban de fondo no lograban acallar del todo el susurro de las sedas y el aleteo coqueto de los abanicos. Las conversaciones apenas se iniciaban y ya las bebidas fluían con holgura de la mano a la garganta.
En el lugar de honor, presidiendo el salón de baile, los tres Wistalia. La Reina Madre Haruto, siempre sonriente pero acusando ya el peso de los años y de la tristeza; el Rey, con los colores de su casa y en el pecho las insignias y emblemas de su posición, y al otro lado, la princesa Shirayuki, luciendo su más educada y cortesana sonrisa con un vestido azul de Prusia, oscuro como la noche, entretejido de hilos dorados y cobrizos.
—¿Qué ocurre? —le preguntó él sin despegar la vista de la multitud.
—Es vergonzoso… —respondió ella, mirando también al frente y sonriendo.
—¿El qué? —preguntó a la vez que saludaba con la cabeza a algún conocido.
—Ver cómo revoletean frente a ti exhibiéndose… —respondió ella alzando su copa para saludar a esa misma persona.
—¿Celosa? —inquirió él. Shirayuki no tenía que volverse para saber que estaría con esa sonrisa de medio lado bien plantada en el rostro.
—Muchísimo —afirmó ella. Él no dio muestras de acusar la punzada dolorosa del sarcasmo de Shirayuki. Al contrario, su sonrisa se estiró aún más pero la copa que llevaba en las manos estuvo a punto de romperse. Sarcasmo, sí… Ya ni siquiera su habitual y franco rechazo. Ya ni eso…—. Todas quieren ser la próxima reina…
—Todas menos tú… —añadió él, dando un sorbo a su vino.
—Aniue… —le reconvino Shirayuki sin mirarlo.
—Nada, nada… —se excusó él—. No te reiteraré hoy mi petición…
—Más bien una orden… —repuso ella, con los labios sobre el borde de su copa.
—Una generosa propuesta… —replicó él, y girándose por fin hacia ella, tomó su copa y se la entregó a un sirviente junto con la suya.
—Una imposición… —objetó ella.
—¿Bailamos? —preguntó él, alzando la mano ante ella e ignorando deliberadamente su última réplica.
—Será un placer, Majestad —respondió ella, inspirando y aceptando su mano con la formalidad requerida.
—El placer será mío, Alteza… —contestó Izana, con los ojos fijos en ella un segundo más de lo debido.
Y tras una corta y respetuosa inclinación de cabeza a la Reina Madre, y ante los ojos de todos, se dirigieron al centro de la pista.
Y ciertamente bailaron…
Ante los ojos de la corte, ante los ojos de todos… La Princesa del Pueblo y el Rey de Clarines danzan. Y las luces juegan con los reflejos en la seda de su vestido, semejando llamas en la noche, o quizás estrellas fugaces que caen del cielo…
¿Cuántas veces había bailado con ella? ¿Cuántas veces la había tenido en sus brazos? ¿Una, dos veces?
¿El día de su boda? Sí, seguramente bailó con la recién desposada. Ella, a la que antaño insultó con el título de 'amiga especial' de su hermano, Shirayuki, la plebeya sin nada que ofrecer… Herborista de la Corte, Amiga de la Corona de Tanbarun, la salvadora de Lyrias, la erudita, la Luz de Wistal, Consejera Real… La compañera de Zen, su esposa, su viuda…
Y la mujer que amaba.
Ah… ¿De verdad la amaba?
¿Se atrevería a decirlo? ¿Amor?
No, no… Eso es cosa de la literatura, de las mentes ociosas, más propia de corazones impulsivos que de mentes racionales como la suya…
Pero es que…
No podía amarla… Aunque quizás sí que lo hacía… O seguramente no…
Cállate, Izana, y baila. Calla y baila con Shirayuki, porque la música terminará y ya no podrás aprenderte la curva de su cintura, ni podrás grabar en tu recuerdo este perfume… Si no callas no podrás aprender cómo se siente su cuerpo en tus brazos, ni el calor de su piel bajo tus manos... Aprende, y apréndelo bien… Así no tendrás que imaginarla en tus sueños… Lo sabrás…
Porque nunca antes la tuviste así, tan viva y radiante, ni supiste ver a la mujer en que se convirtió… Plena, madura, y hermosa como solo los años pueden embellecer a un alma pura.
No, no la tuviste antes… Ni la tendrás. Tendrá que bastarte esta noche tan solo, Izana…
No la mereces.
—Shirayuki, ¿me acompañas? —preguntó él, ofreciéndole su brazo. Ella no lo dudó, ni titubeó. Había paseado con él infinidad de veces. Es cierto que nunca así, pero qué más daba… Después de abrir con él el baile de los Wistalia frente a la corte y aguantar las miradas asesinas de las otras damas, un paseo por los jardines a solas apenas era nada… Y sobre los rumores, bueno, siempre habría rumores… Así que posó su mano con delicadeza sobre el antebrazo ofrecido y echó a andar con él. Atravesaron el suelo de piedra de la terraza y llegaron al camino de grava que se adentraba en los macizos de flores. Los senderos estaban iluminados por alegres farolillos de papel que arrojaban una suave luz con la lejana música de fondo.
Caminaron en confortable silencio, agradeciéndolo tras el bullicio del salón de baile, y de vez en cuando llegaba a ellos el eco de risas y conversaciones de otros paseantes, que como ellos, se habían adentrado en los jardines reales pero quizás por razones muy distintas (y mucho menos inocentes) a las de ambos.
—Aniue… —dijo ella, quebrando la quietud de su paseo.
—¿Sí, Shirayuki? —preguntó él, tomando su mano con la suya e invitándola a sentarse en un banco de piedra bajo un sauce. El árbol forma una cortina de hojas y ramas que los ocultan lo suficiente del resto del mundo, creando la ilusión de que están a solas, a salvo de miradas indiscretas. Probablemente no fue adrede, o al menos no conscientemente, pero Izana se remueve un tanto inquieto. Quizás deberían cambiarse de…
—¿Puedo hacerte una pregunta personal? —dice ella, y ya entonces cualquier idea sobre la conveniencia de estar en un sitio más visible quedó olvidada. A Izana le gusta esto. Le gusta que Shirayuki muestre interés por él y no por el rey. Le encanta, aunque siendo como es él, debe decirse que no le gusta que le encante, porque eso solo hace aumentar el poder que Shirayuki tiene sobre él, eso sí, sin tener ni la más mínima idea.
Y así debe seguir…
—Por supuesto —responde él, sin más.
—Siempre hablas de la Reina Madre… —dice Shirayuki—. ¿No puedes llamarla madre? Quiero decir, sí, es cierto, alguna vez te he oído decirlo, pero por lo general hablas de ella como Su Majestad o la Reina Madre…
Él esboza esa sonrisa pequeñita que siempre tiene una sombra de tristeza. La luz es escasa tras la cortina de la verde fronda y ella casi no puede verla, pero sabe, quizás porque ahora lo conoce más y mejor, que está ahí…
—No me educaron así, Shirayuki…
—Es que es tan distante —se explica ella—, como si pusiera un muro entre una madre y su hijo.
Él asiente, comprendiendo a qué se refiere Shirayuki, aunque su suposición no es del todo exacta.
—Tienes que entender que a pesar de todo —se justifica él—, de esa distancia y de esa formalidad, yo nunca dudé del afecto de Su Maj… de mi madre… —Shirayuki sonrió cuando Izana se corrigió—. Se me educó desde muy pequeño en la convicción de que un día sucedería a mi padre, el rey. Y sabes que las formas lo son todo en este mundo…
—Ah, pero tú no has hecho lo mismo con tus hijos —argumentó ella—. Kain siempre te ha llamado padre, y él será rey después de ti…
—Se podría decir que me he ablandado con los años —respondió él, encogiéndose de hombros.
La risa argentina de Shirayuki resuena en su pequeño rincón privado. Al oírla, Izana no puede evitar que sus labios se estiren en una sonrisa, respondiendo a su alegría con la suya.
—¡Que repiquen las campanas! —exclama Shirayuki con indisimulado entusiasmo—. ¡Que resuenen las fanfarrias y las trompetas! ¡Su Majestad Izana Wistalia ha admitido una debilidad!
Y ríen. Los dos ríen. Y sus risas se hacen eco, espejos gemelos de sentires distintos. Ella, ríe porque hace mucho que no reía de corazón. Él, porque no puede evitarlo, porque la risa de Shirayuki le hace soñar con una mejor versión de él.
Pero las risas se van apagando y luego llega el silencio, y un rayo de luna se cuela por entre las ramas. Él puede ver un brillo de felicidad, de alegría, danzando en sus ojos. Y queda cautivo, preso en su mirada, y en el mechón de seda roja que ha escapado de la tiara.
Sí, es seda, piensa él, acariciándolo con dos dedos. Shirayuki da un respingo cuando siente la caricia leve y etérea en el arco de su oreja, dejando allí el mechón rebelde, y deslizándose luego por la curva de su mandíbula hasta rozar la comisura de sus labios.
Ella ahoga una exclamación y echa hacia atrás el torso, alejándose de su toque, casi sin atreverse a respirar.
—Si he de serte sincero —dice él con la voz enronquecida—, tengo más de una, Shirayuki…
Ella se lleva la mano a la boca, allí donde sus dedos han dejado su caricia, y se aleja más de su lado. El susurro violento de las sedas, vil pregonero de su rechazo.
La mano de Izana entonces cayó blandamente y sus labios se apretaron en una línea tensa. La luna, testigo silente, le permite ver cómo Izana le dedica una reverencia corta y seca, bastante brusca, para luego levantarse e irse sin mirar atrás. Huyó de allí, dejando a Shirayuki navegando a solas en el proceloso mar del más absoluto desconcierto.
Izana tampoco lo tenía mucho más claro…
