El príncipe de la Colina
La tormenta se ha calmado inesperadamente, tal pareciera un capricho de la madre naturaleza, lágrimas de cielo que corren desesperadas, abrumadas, descargando toda la emoción en un momento.
La rabieta del cielo se ha moderado y ha dejado las calles con algunos charcos, peatones con ropas húmedas y narices propensas a estornudar.
Albert se encuentra sentado con una taza de café y un periódico que ha tratado de leer dentro de las pasadas dos horas que ha estado esperado para que Candy salga de su trabajo.
Si bien la cajera que le atendió hace un rato salió ya de la pastelería, ahora ha pasado más de media hora y Candy sigue adentro.
Albert es un hombre muy paciente y tranquilo, pero está preocupado, no le ha gustado la Candy con la que se encontró hace momentos, porque no la reconoce.
Su cabello, sus ojos, sus pecas, sabe que es ella pero hay algo que falta. Así que más pronto que tarde se levanta de su silla y deja unos billetes sobre la mesa, ignora el letrero de cerrado que tiene la puerta del negocio y entra sin más, ahí nota que la muchacha está barriendo atrás del mostrador. Esta tan ensimismada en ella misma que si un ladrón se hubiera metido ella seguiría barriendo.
— Buenas tardes.
La joven alza la mirada, no sin antes limpiarse algunas gotitas de sudor de la frente. — Lo siento, ya cerramos.
Candy no le ha reconocido, solo responde como autómata.
Y como hacerlo, Albert ya no es más el señor Albert de barbas misteriosas o el chico pre- adolescente con su gaita y su kilt, inclusive a él le está costando acostumbrarse a su nueva vida como cabeza de la familia Ardlay, aún le falta un año de universidad que dejo postergado tan pronto pudo volver a huir y ahora está firmando contratos de miles de dólares con asesores de los Ardlay y la ayuda de George, ahora usa un traje de tres piezas todos los días de la semana y lleva el cabello recortado por las orejas, también afeito su barba y vuelve a sentirse como el chico de aquellos años solitarios, solo que ahora tiene el poder que se le ha heredado con un montón de responsabilidad incluida.
Y tiene más años. Pues es un adulto joven, pero un adulto a fin de cuentas.
El señor Albert se ha tenido que ir, William Albert es quien es el en realidad, pero quien no le conozca solo vera a un joven atractivo adinerado.
El joven hombre aprieta sus labios, y se encoge de hombros, tía Elroy quiere que la repudie en cuanto sea posible, pero es solo un consejo, las ordenes ahora las dará el.
— Candy. Soy yo, Albert.
La chica rubia tira la escoba y le mira con ojos muy abiertos. — ¿Albert?
Candy no lo puede creer, el hombre le dedica una sonrisa triste, no lleva gafas de sol ni barba y se ve tan diferente, el traje que trae es muy elegante.
— ¿Albert? ¿De verdad eres tú? — temerosa pregunta de que esto sea una mala pasada que le esté jugando su mente, podría ser que solo este imaginando, todo es obra de su cabeza, porque ultimadamente es ahí a donde va cuando todo va mal.
El hombre asiente, tiene los mismos ojos celestes y parece el príncipe de la colina en adulto, es muy guapo, probablemente Anthony se parecería a él cuándo fuera mayor si este no hubiera muerto.
De repente el rubio saca unos papeles de su chaqueta, son cartas, sus cartas, las cartas que él nunca contesto porque le fueron entregadas hasta hace poco tiempo y le duele al pensar como el mensaje fue cambiando a lo largo de ellas.
Las pone sobre el mostrador.
— Siento no haber podido responderlas, yo creía que estabas bien, en cuanto las leí…
Candy le mira con vergüenza, es Albert, ¡es Albert y la ha encontrado! Candy no sabe si reír o llorar, rápidamente trata de pararse más derecha y se toca el cabello recordando que lo lleva trenzado, luce tan fea que prefiere ignorar su apariencia por un momento, a Albert no le importa eso, él es su amigo, su mejor amigo.
Cuando se acerca a él tiene que abrazarle y hundir su rostro en su pecho, sus lágrimas están comenzando a desbordarse, hay algo muy reconfortante en su abrazo, disimuladamente pellizca su pierna con su mano libre, y no, no está soñando, Albert está aquí con ella, abrazándole y ella respira su fragancia de lavanda y maderas.
El hombre acaricia su cabeza y coloca un beso sobre su frente.
— No llores más, recuerda que eres mucho más linda cuando ríes que cuando lloras — le consuela el rubio limpiando una de sus lágrimas con su dedo pulgar.
Candy asiente y se quita el delantal rápidamente — Es que soy muy feliz, te he extrañado mucho, creí que no les vería más, yo...
Candy ha comenzado a balbucear y Albert la vuelva a abrazar, de ahora en adelante todo estará bien y ella lo tiene que saber — He venido a llevarte conmigo, ya no tienes por qué llorar, podemos volver a Lakewood juntos y allá podrás estudiar o lo que tu decidas.
La rubia frunce el entrecejo confundida limpiándose las mejillas. — Pero la tía abuela no me aceptara y tú solo eres, eres un, lo siento no puedo. Estoy muy apenada con el tío abuelo William, seguro se ha arrepentido de darme su apellido.
— Él no está arrepentido Candy, él quiere que vuelvas, te ha extrañado mucho.
Candy ríe sin ganas y le mira como si le estuviera tomando el pelo — Albert, el tío abuelo William y yo nunca nos conocimos, es imposible que me extrañe.
— ¿De verdad crees que nunca le has visto? — preguntó en casi un susurro que acaricio su oído cuando él se inclinó para estar al mismo nivel.
Candy abrió los ojos como platos y él le mostro la insignia Ardlay, era igual a la que ella había tomado del príncipe de la colina hace muchos años.
— ¿Quién eres? — cuestiono con cautela mirando el objeto de valor que resplandecía en su palma.
— Soy yo, Albert, mi nombre completo es William Albert Ardlay.
— ¿Eres el tío abuelo William?
Albert asintió sin más y Candy se echó a llorar de nuevo.
— Ya no tendrás que seguir aquí, la tía Elroy no puede hacer nada porque yo no la dejare.
Ahí estaba su puente de salvación, la persona que siempre le ayudaba cuando ya no podía más, Albert era el tío abuelo William y ella no podía con la estupefacción de la noticia, había venido por ella, tantas noches rezando porque alguien más les ayudara, deseando que de alguna forma las cosas cambiaran, que Terry volviera a ser el mismo, o que nunca hubieran huido, Albert le ofrecía lo que tanto había deseado cada día y noche.
Sería tan maravilloso volver a Lakewood y a respirar el aire fresco de sus pinos, el rosedal y que cada vez que mirara el cielo solo la luz de los rayos de sol se filtrara a través de los árboles.
Volver a ver a todos sus amigos, abrazarles y saber cómo habían estado, recuperar la vida que la había deslumbrado naturalmente pues era ella una chica de hospicio.
Pero sabía que esa no era su vida, ni siquiera el hogar de poni, Lakewood no era su casa, no después de lo que había hecho. Además ¿qué pasaría con Terry?
No podía dejarle solo, ¿o sí?
¿Le pediría acaso que se quedara?
Candy asintió más tranquila esta vez, la emoción y las lágrimas habían sido dejadas en un segundo plano, no quería tomar una decisión impulsiva como casi todas las veces.
— No lo sé Albert, yo… ¿Qué pasara con Terry?
— He estado hablando con su padre, me ha pedido que lo ayude a traer a su hijo de vuelta a Inglaterra, pero creo que para eso necesitaría tu ayuda.
— Terry está muy cambiado, ni siquiera tú le reconocerías. — contesto la rubia limpiándose la cara con la manga de su blusa. — No sé si eso sea posible o si es lo que él quiere.
— Pero es lo mejor para todos, Candy, los dos son muy jóvenes aun y no estoy aquí para juzgarte por haberse fugado del colegio pero esta vida debe terminar, nada de esto tiene sentido, por tu bien y por el de Terry.
— Él tiene un sueño, Terry vino aquí para ser actor.
Albert asintió — Ya sé que estuvieron trabajando en un teatro y que les despidieron al poco tiempo, tú lo has dicho, pequeña, es su sueño, pero ¿es el tuyo?, ¿qué sueños tienes tú?, déjame ayudarte.
— Yo quiero ayudarle. Terry, el me necesita… — dijo la muchacha bajando los ojos con vergüenza.
— ¿Y qué hay de ti, Candy? ¿Tú no necesitas nada y a nadie?
Una lagrima solitaria rodo por su mejilla, Candy quería decirle que si aceptaba, que solo iría por sus cosas y podrían marcharse a Lakewood tan pronto como fuera posible, pero estaría haciendo lo mismo que en el pasado, estaría huyendo de sus problemas.
— La vida es dura, tú más que nadie lo sabes, pero me dolería mucho saber si las cosas empeoraran para ambos, sobre todo por ti, la familia Ardlay no te va a repudiar, si quieres entrar a otro colegio, George se encargara de todo o si quieres volver al San Pablo también me encargare de ello, lo que tú quieras hacer ahí estaré para apoyarte, pequeña, yo solo quiero lo mejor para ti, déjame ayudarte, Candy.
El capítulo esta cortó, lo sé, no olviden comentar si les ha gustado, o si tienen alguna crítica constructiva tmb es bien recibida, yo sé que hubo gente que le gustaba esta historia hasta que se tornó un poco oscura y después muchas huyeron, como sea yo respeto la decisión.
Confieso que la vdd no se que va a pasar, esta historia a veces se escribe sola, no ha sido mi intención, en todo caso tambien he pensado que debería borrarla y solo dejar el primer capítulo o tal vez tmb borrar mis otras historias que no están terminadas, no lo sé.
Un saludo a todas y especialmente a Fancandy que dice que espero mucho tiempo para esta tontería, por favor no esperen tanto tiempo si ya saben de que va lo que yo escribo, fanfiction es gratuito, yo no les he quitado nada, mas bien me he gastado mi tiempo.
Y no me lamento, si lo sigo escribiendo es porque me gusta.
Digo esto porque en el pasado me llegaron comentarios a montones como el de esta persona y unos muy pero muy groseros que preferí borrarlos, la verdad ahora ya me da igual.
