la historia original es de Samantha James, un prometido perfecto.
Epílogo
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Siete años más tarde
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Anthony Emmett Masen, de cuatro años de edad, tiró de las faldas de su madre. Isabella sonrió a esos ojos que tenían el color del chocolate.
—¿Sí, mi amor?
Unos ojos que brillaron traviesos.
—Mamá —dijo con una risita—, estoy viendo los braguitas de Nessi. —Señaló hacia fuera con su dedo regordete.
Isabella se volvió y miró a través de la ventana del salón. Colgada boca abajo de la rama más baja del árbol, su hija Nessi sonrió con descaro a su madre y sacó la lengua a su hermano.
El chillido de Isabella despertó al bebé que dormía en su hombro.
—¡Edward, está otra vez en el árbol! Ah, ¿qué vamos a hacer con ella? ¿Cómo consigue llegar a esa rama?
Edward levantó la mirada del periódico y valoró la situación.
—Creo que con ayuda de su pony.
Un minuto después, vio como Edward salía al jardín. Nessi agarró la rama y se subió encima. Intentó alejarse gateando por la rama, pero su padre fue más rápido. Unos brazos fuertes se alzaron para salvar a su hija mayor de tan precario asiento.
Cinco minutos más tarde, los tres pequeños se reunieron con la niñera, e Isabella se dejó caer agotada en el sofá.
—¡Ay, señor! —se lamentó Isabella—. Sólo espero que no lo haga mañana ante nuestros invitados de Londres. ¡La duquesa viuda de Carrington estaría horrorizada! ¡Ah, las travesuras de esa niña van a acabar conmigo!
Edward elevó una ceja.
—Cariño —dijo, alargando las palabras—, a la duquesa no le importará lo más mínimo. Además, será mejor que vayas acostumbrándote: nuestra Nessi está destinada a ser el centro de las habladurías del ton, igual que lo fuiste tú.
—No me estás ayudando en absoluto —se quejó Isabella—, como tampoco me ayudan mis padres cuando ríen sus gracias. Eso no hace sino animarla.
Edward se rió y atrajo a su esposa hacia sus brazos. Su cabeza se inclinó para besarla, un largo y arrebatador beso, tan tierno, que hizo que un temblor de emoción recorriera su cuerpo.
La vida era maravillosa, decidió. Ya no pensaba que fuera algo que no se mereciera. Las pesadillas habían desaparecido. Ahora sus sueños eran sólo de futuro, un futuro que él anhelaba, de la misma manera que anhelaba cada momento de la vida junto a Isabella. Porque había sido ella la que había hecho desaparecer la culpa de su corazón, la que hacía que cada día fuera más hermoso que el anterior.
Unas cuantas horas más tarde, los dos empezaron la ronda por los dormitorios de los niños, deseándoles con un beso las buenas noches, un ritual que se repetía siempre cada noche.
Rennesme (o Nessi, como la llamaban cariñosamente) saltaba todavía en la cama cuando entraron al dormitorio. Con seis años, había heredado los mismos rizos de su madre y de su abuelo, mientras que sus ojos brillaban como dos esmeraldas, del mismo verde cristalino que los ojos de Edward.
Anthony dormía ruidosamente. Isabella se inclinó para besar su mejilla, mientras los largos dedos de Edward despeinaban su cobrizo y sedoso pelo, tan desordenado como el suyo.
Acurrucada en su capacho dormía Emily, quien se parecía bastante a su tía Alice, con las facciones delicadas y finas, y el pelo de color castaño. Los dos padres se rieron al ver la forma en que Emily se metía el pulgar en la boca y lo chupaba, contoneando su culito en el aire antes de encontrar su sitio.
Fuera, en la entrada, Isabella se agarró al brazo de su marido, y apoyó la cabeza en su hombro.
—Hemos hecho unos hijos muy hermosos, ¿verdad?
—Así es —replicó, dándole la razón.
Con los tres niños durmiendo confortablemente en sus camas, se dispusieron ellos también a meterse en la suya. Isabella se acurrucó junto a Edward.
Con las puntas de sus dedos, Edward trazó la línea de sus labios.
—¿Por qué sonríes?
—¿Qué hay de malo en ello?
Elevó una ceja.
—Nada. Excepto que es como si guardaras algún secreto.
Isabella recorrió con las yemas de sus dedos su pecho desnudo.
—Ah, pero tú conoces todos mis secretos, ¿recuerdas?
—¿Ah, sí?
—Sí, bueno, todos menos uno —bromeó.
—¿Y cuál es?
—Bueno, sólo estaba pensando —dijo sin darle mucha importancia—, que quizás deberíamos contratar a otra niñera.
—Isabella —la amenazó regañándola, burlón—, no cambies de tema.
Su tono fue de lo más inocente.
—Ah, pero no estoy cambiando de tema.
Edward suspiró.
—Lo admito, Nessi es un poco...
—No es por Nessi.
Edward se incorporó para mirada bien.
—Entonces, ¿por qué?
La sonrisa de Isabella se hizo más profunda. Entonces, Edward abrió los ojos.
—¿Qué? —dijo asombrado—. ¿Quieres decir que...? —tragó saliva, encontrando sus ojos con alegría. Unos dedos esbeltos acariciaron posesivos su vientre. Movió la cabeza, todavía un poco sorprendido—. Dios... y Emily sólo tiene cuatro meses. ¿Puedes creerlo?
—Bueno, una vez te dije que serías un padre excelente. Así como eres, también, un excelente esposo.
—¿Y? —se apresuró a preguntar, con ojos pícaros.
—Y el más ardiente de los amantes.
De hecho, estaba dispuesto a probárselo, gustoso, ahora mismo.
Era ya tarde cuando Isabella se quedó dormida. De repente, el grito de una risa la despertó.
Isabella levantó la cabeza de su pecho, y le miró intrigada.
—¿Qué ocurre?
—Tía Esme.
Se rió de nuevo, con un sonido leve y alegre. Isabella sintió cómo su corazón se inundaba de felicidad.
—¿Qué pasa con tía Esme?
—¿Y qué puede ser? Tendremos una nueva noticia que darle mañana, ¿verdad? Estará eufórica, ¿no crees?
Isabella se rió también.
—Así es —asintió Isabella—, otro bautizo que preparar...
buneno hasta aquí llego esta estupenda historia, espero que la disfrutaran tanto como la disfruté yo... un beso enorme a todas... nos seguimos leyendo, en una u otra historia... este fin de semana empezaré a subir otra... que espero que les guste tb... muakis amores y mil gracias como siempre.
