Cap. 24 (Land down under - Men at work)

Cuando terminó Aritmomancia el día siguiente, me dirigí tranquilamente hacia Transfiguraciones. Definitivamente daba igual lo que hiciera, siempre llegaba un poco antes que el resto y la verdad es que eso cada vez me molestaba menos.

―¡Ah, Minerva! ―saludó Dumbledore de la manera habitual. Yo estaba de bastante buen humor esa mañana, así que sonreí también.

―Buenos días ―saludé―. ¿Ya se encuentra mejor?

―¡Buenos días! ―respondió con entusiasmo―. Sí, gracias por preguntar. Tuve a un elfo doméstico muy comprometido con su labor hinchándome de caldo todo el fin de semana. Me pregunto quién le envió. No hubo forma de que me lo dijera ―comentó inclinando la cabeza ligeramente hacia abajo y mirándome fijamente. Aparté la vista ¿Cómo podía haber pensando que el que elfo se lo dijera era la única forma que tenía de deducirlo? Ahora deseaba no haberlo hecho. Él rió y siguió hablando―. ¿Sabes? Tengo algo para ti, acércate por favor.

Obedecí con curiosidad levantándome de mi pupitre y parándome frente a su escritorio.

Revolvió algunos papeles; a veces me preguntaba cómo podía encontrar nada entre el caos que solía ser su mesa, finalmente miró dentro de un libro, sacó lo que había encontrado y me lo tendió.

Parpadeé sorprendida pero los tomé. Eran dos cartoncitos en forma pentagonal que, por un lado tenían una foto y por el otro una explicación.

―Te habría dado el de Falco Aesalon pero desgraciadamente nunca me ha salido ―aseguró tristemente. Yo lo miré y luego miré los cartoncitos.

8. Morgana le Fay
Animaga Pájaro
Medieval, fechas desconocidas
También conocida como Morgana, la hermanastra del rey Arturo. Era una bruja oscura, enemiga de Merlín y afectó a muchos acontecimientos durante su tiempo. Era la reina de la isla de Avalon, y tenía la gran habilidad como curandera.

6. Cliodne
Animaga Pájaro
Medieval, fechas desconocidas
La hermosa druida irlandesa Cliodne tenía tres pájaros mágicos que cantaban al enfermo para dormirlo y curarlo. Las leyendas dicen que podría tomar la forma de un pájaro de mar o transformarse en una ola. Su afición favorita era volar. Ella descubrió las propiedades del rocío lunar.

―Son… dos cromos de ranas de chocolate―observé mirándolo por encima de las gafas. Aún no me acostumbraba a su tendencia al surrealismo.

―De dos animagas; pensé que te gustaría saber de ellas. A lo mejor algún día tú también sales en un cromo. ¿No te parece? ―preguntó sonriendo.

―Eeeh... bueno, a lo mejor preferiría salir en un libro de historia o algo así, puestos a elegir ―respondí no muy convencida.

―No te dejes engañar por las apariencias, amiga mía ―dijo sonriendo paternalmente y levantando un dedo―. No deberías subestimar lo que representan estos cromos. A ti te parecen infantiles y poco serios pero yo te aseguro que hay más magos adultos que han aprendido de, por ejemplo, Lisette Lapin por el cuento de Beedle el bardo "Babbitty Rabbitty" aunque no sepan quién es, que magos que han aprendido de las muy honorables, importantes y polvorientas biografías realizadas por Radolphus Pittiman44. Aparecer en un cromo de las ranas de chocolate implica, no solamente que eres un gran mago y una gran persona para la historia, sino que además puedes enseñarles algo importante a todos los niños.

Yo lo miré unos instantes reflexionando sobre su explicación y luego cerré los ojos levantando las cejas. Tenía razón, como siempre. De algún modo… parecía que siempre tuviera razón. Se abrió la puerta y empezaron a entrar todos. Yo le tendí los cromos para volver a mi sitio. Él negó con la cabeza, sonriendo.

―Puedes quedártelos, igualmente los tengo repetidos ― dijo encogiéndose de hombros.

―Gracias ―respondí guardándolos y yendo a sentarme.

xoXOXox

―¡Oh Rayos! ¡Me ha tocado el caldero de Derwent! ―me lamenté al darme cuenta.

Esa misma tarde estábamos en el aula de pociones cumpliendo nuestro castigo. Al parecer, Dumbledore había llegado a un acuerdo con el profesor Borage para que nos dejaran todos los calderos sucios del día a nosotros y los limpiáramos sin magia mientras él, sentado en el escritorio del profesor, estudiaba un gran tomo y observaba el contenido de un potecito de ensayo metálico.

―Uuuuh... Lo tienes claro… ―hizo Rosmerta moviendo la mano.

―A saber qué habrá hecho, ¡voy a morirme para limpiarlo!

―¿No se le da bien pociones? ―preguntó Longbottom sorprendido.

―Yo no diría exactamente que no se le da bien― respondió Amelia sonriendo dulcemente.

―Veras, Frank, para que lo entiendas: más vale que aprendas a cocinar tú mismo si quieres comer bien, porque lo que tu novia cuece no son pociones, son tragedias ―explicó Rosmerta, ellos rieron.

―Pues la verdad es que a mí tampoco se me da bien pociones ―admitió Longbottom avergonzado.

―¡Vaya! ¡Qué bonito! ¡Debe ser una señal del destino! ―exclamé sarcásticamente.

―Mmm... ¿Tú crees? ―preguntó no muy convencido.

―No― respondí secamente―. Creo que es hacer una broma pesada a vuestra descendencia. Pero a lo mejor limpiar su caldero sí es cosa del destino, ¿quieres hacerlo tú?

―Esto... No, creo que no.

―¡Mecachis! ―respondí sarcásticamente, tomando un poco de poción limpiadora y empezando a frotar. Todos hicieron lo mismo con sus respectivos.

Después de un rato todos ya habían logrado limpiar sus primeros calderos y llevaban cinco o seis cada uno, mientras yo seguía con el primero. Aquello no se iba con nada, frotaba y frotaba y parecía que lo único que hacía era sacarle brillo a los manchurrones rugosos pegados a las paredes del caldero.

―Esto no funciona, necesito una poción limpiadora más potente ―pedí.

―No tenemos una poción más potente, McGonagall ―anunció Longbottom encogiéndose de hombros.

―Bueno, pues entonces haré yo una. ¿Amelia?

―Bueno… hay una, pero no puedes hacerla a ahora, necesita tiempo de reposo… ―explicó ella entendiendo mi pregunta.

―¿Has probado el "Scourgify"? ―aconsejó Filius.

―Si usáis la magia me chivaré ―advirtió Umbridge al oírnos hablar.

―Tú siempre haciendo amigos allá a dónde vas, ¿eh, Umbridge? ―le espetó Longbottom con sarcasmo.

―No, pero tiene razón ―le concedí volviéndome hacia Filius―. ¿Qué parte de "Sin magia" no has entendido?

―Estamos en un caso desesperado Min, déjame a mí ―me hizo apartarme para poder echar los encantamientos él mismo.

Yo me esperé de brazos cruzados, pero no pasó nada. Le eché una mirada cargada de sentido.

―Oye, no me mires así, tenía que probarlo… ―se defendió encogiéndose de hombros―. En cualquier caso, ¿por qué no le preguntas a Dumbledore? Seguro que sabe algún hechizo o poción.

―Sí, pregúntale ―añadió Rosmerta riendo―. A lo mejor te lleva a otra aula para que la hagáis a solas o algo así y el resto podemos aprovechar y largarnos.

Yo abrí mucho los ojos nerviosa, asegurándome de que Dumbledore no la había oído. Parecía que no pues seguía concentrado en el potecito metálico que tenía sobre el gran libro abierto. Lo que hacía era como un ritual: le echaba un ingrediente, el potecito echaba humo, él escribía algo, echaba otro ingrediente, el potecito volvía a echar humo, él volvía a escribir algo… llevaba así más de tres cuartos de hora, había estado observándole furtivamente.

―Sois una panda de inútiles― aseguré levantándome de mi asiento resignada para acercarme a la mesa del profesor.

Me paré delante mirándolo. No le dije nada, no quería interrumpir pero él seguía a lo suyo, metió dos ingredientes más con todo su ritual antes de que me atreviera hablar.

―¿Señor?

―¡Argh! ―gritó él, asustado ―¡Minerva! ¡Qué susto! Por favor, no hagas eso. Espera… ¿Desde cuándo sabes aparecerte?

―¿Señor? ―pregunté confundida, levantando una ceja.

―No me lo digas, no te has aparecido. Llevas un rato aquí y yo ni siquiera me he dado cuenta. Esto está empezando a pasarme demasiado a menudo. Lo siento― se disculpó riendo avergonzado. Decidí ignorar las payasadas preliminares―, dime ¿En qué puedo ayudarte?

―Es por mi caldero, señor, la poción limpiadora no es lo bastante fuerte. No sé de qué está sucio, pero no hay manera de limpiarlo; necesitaría algo que se lo comiera todo excepto el metal, quizás una poción más potente o un buen hechizo limpiador… Pensé que a lo mejor usted sabría hacer alguno ―expliqué. Él me miró fijamente y en silencio con los ojos muy abiertos y los labios entreabiertos, atónito. Yo aparté la mirada un poco avergonzada.

―¡Pues claro! ¡Seré tonto! Minerva… Me inspiras. Eres mi musa personal ―anunció seriamente mirándome y rápidamente se volvió hacia los pergaminos escribiendo precipitadamente.

Yo me quedé a cuadros completamente sonrojada. ¿Qué había querido decir con eso? Me giré hacia los demás, ellos bajaron sus cabezas para hacer ver que seguían limpiado sus calderos, pero pude ver como se sonreían; los muy… habían estado escuchando. ¡Por supuesto que lo habían hecho! Eran algo así como "La Mafia de chismes de Hogwarts" al completo ¿cómo no iban a hacerlo? Me reproché, no tendría que haber preguntado nada.

Esperé pacientemente a que Dumbledore dejara de escribir o al menos a que dejara de hacerlo frenéticamente y decidí interrumpirle de nuevo.

―Esto… ¿Profesor? Aún no me ha dicho qué poción hacer, señor.

―¿Poción? ―preguntó confundido.

―Sí, ya sabe, para el caldero.

―¿Caldero? ¡Oh! ¡El caldero! ¡Sí! ¡Claro! ¡El caldero! ―exclamó entendiendo, como si acabara de caer en la cuenta, luego volvió a su escrito―. No vamos a usar una poción.

―Ah, ¿entonces un hechizo? ―pregunté. Él siguió escribiendo unos momentos más, ignorándome y luego me miró con una sonrisa.

―Vamos a echarle de esto ―anunció entusiasmado mostrándome el botecito metálico donde había estado echando ingredientes toda la tarde―. Pero no éste, necesito una muestra que no esté adulterada. Tengo que ir a mi despacho ―dijo y luego levantó la vista―. Ustedes… bueno, tampoco es como si hubieran matado a alguien. Limpien lo que queda con magia y pueden irse por hoy―anunció dirigiéndose al resto de los presentes mientras iba hacia la puerta. Todos empezaron a recoger.

―Ah, pero, ¿qué pasa con el caldero profesor? ―pregunté yo preocupada, no me gustaba dejar las cosas a medio hacer.

―Mmm… Bueno, si quieres saberlo consíguete unos buenos guantes metálicos escamados y vuelve aquí. Los demás pueden venir también si quieren ―anunció enigmático. Yo lo miré con suspicacia y me volví a la mesa para recoger mis cosas.

Cuando estuvimos todos fuera del aula, hizo un hechizo de obstrucción en la puerta para que no pudiera abrirse y se giró a nosotros.

―Bueno, mañana todos, excepto Dolores, en mi despacho a la misma hora― se despidió y se fue corriendo. Umbridge también se apresuró a irse.

Durante unos instantes todos los demás excepto Fosper, el golpeador Slytherin y novio de Rosmerta, me miraron sonriéndose.

―¿Qué? ¡No soy yo! ¡Es él! ¡Vosotros mismos lo habéis visto! ¿Yo qué culpa tengo? ¡No le he dicho nada raro! ―me defendí de la acusación que nadie había hecho. Ellos sonrieron todavía más intercambiando miraditas.

―Sólo asegúrate de que sea Gus quien te deje sus guantes, tiene el material de mejor calidad en cuanto a protección para pociones ―dijo Amelia sonriendo.

―Y no te preocupes, ninguno de los demás vamos a venir. Nunca te haríamos eso ―agregó Rosmerta con una sonrisa maliciosa mucho más lograda.

―Yo no iba a… quiero decir que… ¡Oh, vamos! ¡Es interesante! ¿No os da curiosidad saber qué va a hacer? ―pregunté esperanzada.

Ellos se miraron y luego me miraron a mí, negando con la cabeza y riendo.

―¡Baaah!― me quejé yéndome más deprisa que ellos hacia La torre de Gryffindor. Oí cómo se reían.