Saludos desde Ecuador para mis lectores.
Un día tarde, pero aquí estoy con una nueva actualización de la historia. La cual espero sea de su agrado.
Le agradezco a todos por leer esta saga y por sus comentarios de apoyo. Gracias a Hikaru Kino88, Tot12, Pegasasu No Saya y shaoran-sagitario por sus reviews.
Y ahora… que la batalla continúe!
[Saint Seiya/ Los Caballeros del Zodiaco] – Saga: CATACLISMO 2012
Escrito en Ecuador por Kazeshini
CAPÍTULO 25: LA LEYENDA DE ÍCARO, EL ÁGUILA Y EL OFIUCO
==Maravilla Suprema, Inmediaciones del Templo Sagrado Finlandés==
La deidad en ropajes supremos paseaba por los exteriores de su templo. El ajetreo de la contienda recién librada había alterado sus nervios, así que necesitaba relajarse contemplando la belleza del Bosque de Luonnotar.
—«Es reconfortante encontrarme sola con la naturaleza —reflexionó, dando un suspiro de alivio—. Al final esa guerrera se amedrentó por mi poder y se marchó en paz de mi territorio».
Pero había algo que seguía perturbándola, así que al verse sola, se sintió libre de expresar lo que verdaderamente atormentaba su corazón.
—El deceso de Mirja y Rasmus… —expresó con inusual tristeza—, en realidad siento un desgarrador dolor por sus muertes… Todavía no puedo creer que un par de Caballeros de Bronce los hayan derrotado y asesinado.
—Es interesante conocer tu lado sensible, diosa finlandesa —intervino una voz a espaldas de la aludida—. A pesar de tener una apariencia delicada, la has escondido bajo esa imponente armadura y ese rostro lleno de seguridad que muestra gran fortaleza de carácter. Veo que esa era solo una máscara que ocultaba tu verdadero ser.
—No hables como si me conocieras, humana —profirió la diosa de cabellos rubios, volteándose para resaltar su semblante desencajado por la ira.
Su ceño fruncido y sus ojos turquesa resplandeciendo de furia, hacían evidente su cólera, mas lo que vio cuando encaró a Shaina, la alteró más todavía.
—Así que más invasores se han atrevido a irrumpir en mi territorio —comentó en tono despectivo, regalándoles una mirada de desprecio a los tres guerreros—. Pero da igual cuántos humanos conflictivos sean, el resultado siempre será el mismo.
—Mi nombre es Marin, Amazona de Plata de Águila —se presentó la mujer castaña que cubría su rostro con una máscara—. Y mi deber es detenerte, aunque para eso tenga que sacrificar mi vida.
—Y yo soy Touma —la secundó el hombre en antifaz metálico, al tiempo que alzaba la guardia—. Y no descansaré hasta eliminar la amenaza que representas.
Mielikki parecía escrutar con la mirada a los recién llegados. Un ligero sentimiento de nostalgia se apoderó de ella.
—Ustedes dos son hermanos, ¿cierto? —los cuestionó la deidad, disfrazando su sentimiento de añoranza con su habitual hablar lleno de superioridad—. Me recuerdan bastante a mis Guardianes.
La diosa finesa retrajo las seis alas de su Armadura Suprema y acomodó su arco junto al carcaj que llevaba en la espalda. Tras esto, alzó los brazos para colocarlos en una inusual pose de batalla.
—¿Qué planeas, Mielikki? —le cuestionó Shaina, al ver la guardia alta de la enemiga—. No creas que nos intimidarás con otra de tus técnicas.
—Quieres defender a tus alumnos en la Tierra, ¿cierto, Amazona Dorada? —le preguntó, sabiendo de antemano la respuesta—. ¡Pues entonces deberán demostrarme que pueden ser tan fuertes como mis Guardianes! ¡Recibirán la fuerza de mis ataques físicos! —añadió desafiante—. ¡Solo si detienen estos embates, perdonaré a Narella, Theron y a toda la humanidad!
Shaina, Marin y Touma sabían que no debían confiarse, incluso cuando la diosa escandinava poseía una contextura física aparentemente frágil.
—No desaprovecharemos la ocasión que nos ofreces, Mielikki —intervino la Amazona de Águila en nombre de sus compañeros—. Si nos estás dando una oportunidad para salvar a quienes apreciamos, entonces la aceptamos de buena gana.
Tras la sentencia, la diosa en Armadura Suprema desapareció de la vista de los tres guerreros humanos, quienes aprovecharon este lapsus para colocarse en una estratégica formación. Se habían posicionado en un triángulo, dándose las espaldas para flanquear cada punto por el que pudiera aparecer su peligrosa rival.
A una velocidad superior a la de la luz, la escandinava reapareció a un costado de Touma, quien apenas y pudo verla a centímetros de él. El Ángel de Artemisa tuvo la suficiente velocidad y capacidad de reacción para detener con ambas manos un poderoso codazo que se dirigía a su torso. No obstante, la fuerza física con la que venía cargado aquel fortísimo golpe, logró romper su defensa y estrellarse de lleno contra su pecho. La protección metálica del cuerpo de su gloria de Ícaro quedó destrozada en el acto.
El golpe que recibió el hombre castaño fue de una potencia tan apabullante, que fue capaz de proyectarlo en línea recta contra una de las cuatro murallas que rodeaban el Templo Sagrado Finlandés. La pared metálica fue destrozada en gran proporción.
—Uno menos —profirió la deidad para sí misma, dirigiendo su atención a la Guerrera de Plata.
Mielikki utilizó toda la fuerza física de sus piernas para dar un portentoso salto, el cual la elevó varios metros en el aire.
—¡Así es como ataca una verdadera águila! —alardeó ella, mientras se encontraba suspendida en las alturas—. ¡Desaparece, Marin!
La Guerrera no se intimidó y en un intento por detener a su contendiente, ejecutó una de sus técnicas.
—¡Este es el auténtico ken del Águila! ¡'Estrellas Fugaces'! —exclamó la doncella enmascarada, dejando escapar de sus puños un sinnúmero de meteoros luminosos.
La atacante divina recibió todas las arremetidas sin siquiera inmutarse o detener su trayectoria. La perfecta defensa que le otorgaba aquella armadura de resistencia superior a un Kamui, resultó ser una protección más que eficaz.
El vertiginoso descenso de la finesa tenía como objetivo imprimir más fuerza a la patada que planeaba propinarle a su indefensa víctima. Y en efecto, Marin apenas pudo levantar la cara y ni siquiera vio venir el fuerte golpe que le asestaron en el centro de la frente con el tacón de la pernera de la Armadura Suprema. La máscara que cubría sus facciones quedó resquebrajada, mientras que su portadora caía fuertemente de espaldas contra la tierra. Producto del terrible impacto, una profunda grieta se abrió en medio del pasto.
—Ahora van dos —prosiguió contando la de cabellos de oro, aterrizando y clavando su mirada en la Guerrera Dorada.
A pesar de que su recién despertado Séptimo Sentido le permitía vislumbrar mejor los movimientos de su oponente, Shaina fue incapaz de ver venir el poderoso puñetazo que se estrelló por debajo de su mentón. La onda de choque producida por tal acometida fue tan devastadora, que consiguió despedazar su casco dorado de Ofiuco y elevarla cientos de metros en el aire.
El ser entero de la humana había sido sacudido por semejante embate. Su mermada capacidad de orientación provocó la pesada caída de su cuerpo sobre la tierra.
Aquella diosa, que en apariencia lucía tan delicada como una hermosa flor, en realidad poseía una fuerza física formidable, comparable incluso con la del mismo Viracocha.
—Y esa fue la última —terminó de decir, al ver a los tres guerreros humanos que habían cometido la osadía de desafiarla, yaciendo completamente derrotados sobre el pasto.
Marin, Touma y Shaina se encontraban al borde de la muerte. Difícilmente hubieran sido capaces de resistir a la arremetida física de un dios.
—Aunque su valor y constancia fueron dignos de un ser divino, era imposible que solo tres humanos de bajo poder derroten a una diosa. Ni siquiera puedo entender cómo fue que ascendieron hasta acá esos dos hermanos. Tampoco puedo sentir el Octavo Sentido en sus seres.
Sentenciada su victoria, la deidad del bosque extendió nuevamente las seis alas de su Armadura Suprema. Estaba dispuesta a invadir la Tierra. Su sentimiento de venganza estaba más vivo que nunca.
—Castigaré a los humanos por su afrenta —condenó entre dientes, observando a las alturas—. La muerte de Viracocha y mis Guardianes no quedará impune.
—Espera… Mielikki… —intervino la entrecortada voz de Marin.
Increíblemente la Guerrera aún mantenía la consciencia a pesar de su deplorable estado. Su armadura de plata estaba hecha añicos, al igual que varios de sus huesos y una proporción de su máscara. Apenas y se podía observar su ojo izquierdo, clavado con determinación en los de su oponente divina.
—¿Cómo es posible que una diosa como tú, que se muestra tan severa y seria, se duela tanto por la muerte de su compañero y sus subordinados? —preguntó la mujer castaña, con el aliento apenas recuperado.
—¡No te atrevas a llamarlos "subordinados" nuevamente! —contestó, perdiendo los cabales por un instante—. Primeramente, Viracocha era un dios bondadoso que no merecía desaparecer en manos de los humanos, y en segundo lugar…
A la diosa le pareció que un nudo en la garganta le impidió articular sus próximas palabras. Era un profundo dolor lo que sentía al recordar los rostros de sus Guardianes.
—Mirja y Rasmus… eran mis hijos —reveló, para sorpresa de Marin y sus compañeros, quienes también habían recuperado la consciencia.
—¡¿Tus… hijos?! —inquirió incrédula Shaina, quien había conocido y enfrentado a la Guardiana de Sauce—. ¡¿Entonces Narella y Theron consiguieron derrotar a dos dioses?!
—No precisamente, Guerrera —comenzó a explicar la aludida con una mezcla de pesar e incomodidad—. La naturaleza de quienes nosotros los dioses llamamos 'Guardianes', sin duda es divina como la nuestra. De hecho, algunos de los Guardianes de otras deidades son reencarnaciones de dioses en cuerpos humanos. No obstante, hasta el momento ninguno de ellos ha desarrollado el cien por ciento de su potencial divino; esto debido al hecho de que apenas están acostumbrándose a sus cuerpos humanos. Precisamente, aquellos avatares de dioses en algún momento fueron personas normales que nacieron predestinadas a albergar algún día un espíritu divino. Esa es la gran diferencia entre los Guardianes y nosotros los diez dioses de la Alianza Suprema, quienes poseemos cuerpos de naturaleza divina que nos permiten desarrollar el cien por ciento de nuestro potencial.
La voz de Mielikki se quebró por un instante, pero no perdió el hilo de su explicación.
—Ese fue precisamente el caso de Mirja y Rasmus, o mejor dicho, de mi hija Tuulikki y mi hijo Nyyrikki. El proceso de la asimilación de sus espíritus, estaba tan incompleto, que ni siquiera podían controlar las emociones de sus cuerpos humanos. Por esa razón, no estaban conscientes de su parentesco, origen y poder divino.
A los tres abatidos guerreros les dio la impresión de que la diosa en Armadura Suprema derramaría lágrimas en cualquier momento.
—No debí acoger jamás su propuesta de reclutarlos como mis Guardianes para asegurar la victoria, pero ellos insistieron tanto en ayudarme en esta batalla —prosiguió con amargura—. ¡Ellos no merecían desaparecer por el bienestar de su madre!
—Entiendo el dolor de perder a un ser querido —intervino Ícaro, tras quitarse de encima varios escombros metálicos—. La mayor parte de mi vida tuve que sobrevivir solo, sin la hermana a quien siempre amé. Me dije a mí mismo que quería ser como ustedes los dioses para olvidarme de ella y de mis sentimientos, pero al final no pude hacerlo. Fue precisamente ese amor por mi ser más querido lo que me ayudó a recapacitar.
—Tu nombre es Touma, ¿cierto? Aprecio tu intento por consolarme, pero no creas que eso cambia lo que pienso sobre ustedes los humanos —sentenció la finlandesa, recuperando su actitud habitual—. Perdieron la oportunidad que les di para salvar a quienes aprecian. Ahora ya no hay nada que me detenga, así que me marcho.
Las seis alas plateadas del ropaje sagrado se agitaron, elevando a su portadora un par de metros.
—¡Detente, Mielikki! —le exigió el Ángel de Artemisa con autoridad.
Lo que ella observó cuando giró el rostro para encararlo, hizo que entrecerrara los ojos en señal de desprecio: Pese a que parecía que Touma era el que más castigo físico había recibido de los tres, se las había arreglado para reincorporarse de los escombros metálicos de la muralla. Su destrozada gloria de Ícaro, al igual que su antifaz, mostraban el estado lamentable en el que se encontraba su dueño. Sin embargo, lo que desató la aversión de la diosa de la caza fue ver al guerrero sosteniendo su propio arco y flecha supremos. Touma había logrado arrebatárselos sin que ella se diera cuenta, justo en el momento en que fue atacado. Väinämöinen se encontraba en las manos de un humano…
—Pese a tu dureza de sentimientos, aún así nos has mostrado que posees cualidades humanas. El dolor que sientes por la pérdida de tus hijos nos indica tu bondad oculta —aseveró con decisión Ícaro, apuntándole con el arma—. Conozco a una deidad que es igual de orgullosa que tú, pero muy en su interior ella también guarda un gran corazón. Por eso te pido que no me obligues a disparar esta flecha.
—El hecho de que me hayas despojado de mis propias armas, sin duda es un mérito digno de resaltar —lo felicitó la de rubia cabellera—, pero de nada te servirá empuñar a Väinämöinen contra su propia creadora. Te sugiero que me lo entregues de inmediato y me dejes abandonar la Maravilla Suprema en paz.
Tras escuchar estas palabras, el hombre castaño tensó la cuerda del arco, en señal de rebeldía.
—No compartí mis experiencias contigo con el objetivo de consolarte o detener tu juicio divino, Mielikki. ¡Lo que pretendía era resaltar la importancia del amor para ustedes los dioses! ¡Lo que hace de la existencia humana algo hermoso, es ese sentimiento tan maravilloso que ustedes desconocen!
—¿Que desconocemos el amor, dices? —reaccionó la deidad finesa en tono irónico—. ¡Ni siquiera me conoces y te atreves a afirmar que no puedo sentir amor!
Mielikki usó la fuerza de su cosmos para elevar y sostener a la indefensa Marin, quien apenas y podía mantener la consciencia después del fuerte golpe que recibió en la cabeza. Sin esfuerzo agarró a la Amazona por el cuello, haciendo una fuerte presión en su garganta. Pocos minutos harían falta para destrozarle la laringe o dejar sin aire sus pulmones.
—¿Crees que sabes lo que significa perder a un ser querido? —le interrogó irónica la diosa del bosque, apretujando más el cuello de su víctima—. ¡Entonces demuéstrame la fuerza de tu amor! ¡Porque si no me acabas con esa flecha, tu hermana morirá en mis manos!
—¡Marin! ¡Hermana! —pudo exclamar Ícaro, al ver en peligro mortal a su ser más querido—. ¡No dejaré que le quites la vida!
La ira y desesperación del Ángel de Artemisa lo obligaron a expandir su relampagueante cosmos violeta de manera prodigiosa, concentrándolo todo en la saeta platinada.
—¡Espera, Touma! —lo detuvo Shaina, apenas levantando la cabeza desde el pasto—. He luchado contra ella y sé que con un simple movimiento, sería capaz de desintegrar los átomos de su propio arco y flecha, deshaciéndolos en tus manos.
Haciendo un sobrehumano esfuerzo, la Guerrera de Oro levantó su peso y el de su agrietada armadura de la hierba. Tras esto, se puso en la tarea de elevar su cosmos a niveles superiores a los de un Santo Dorado.
—¡No permitiré que detengas el camino de esa flecha! ¡Salva a Marin, Touma!
—No eres nada tonta, Amazona —intervino con arrogancia la deidad en ropajes supremos, aún asfixiando a Marin, quien desesperadamente luchaba por soltarse—. Leíste claramente mis intenciones de destruir a Väinämöinen, pero difícilmente podrías hacer algo por evitarlo en el estado en el que te encuentras.
—Vi a través de tu técnica cuando la usaste en el hacha que traía y en mi armadura. Canalizas tu cosmos hasta la estructura del metal y cambias sus propiedades físicas. Una técnica no funciona dos veces en un Caballero.
—Pues te demostraré todo lo contrario, Shaina…
La finesa de cabellos de oro hizo su clásico ademán con el objetivo de transmutar el metal del arco que sostenía el guerrero, pero en esta ocasión su técnica no resultó efectiva. Shaina había conseguido un grandioso milagro: interrumpió con su propio cosmos el flujo del de Mielikki.
—¡Imposible! —vociferó la deidad con una expresión de notoria incredulidad—. ¡A pesar de que viste mi técnica, es inconcebible que una humana moribunda pueda abarcar el flujo de cosmos de una diosa! A menos de que ella esté alcanzando el… ¡Último Sentido…!
Por inercia Mielikki desistió de su intento de probar la fuerza de Touma y soltó a Marin, dejándola caer nuevamente en el suelo. Su atención en ese momento estaba cien por ciento concentrada en la flecha que se le avecinaría y en la Amazona Dorada que había detenido su ken.
—¡Rápido, Touma! —le apremió la doncella de Ofiuco, extendiendo ambas manos hacia la contendiente con autoridad—. ¡Dispara esa flecha de una vez! ¡Seguiré conteniendo su técnica con mi cosmos!
—¡Ilusa! ¡¿Acaso crees que me quedaré aquí de pie a recibir ese flechazo?! ¡Mi velocidad será suficiente para esquivarlo y arrancarle la cabeza a ese guerrero!
Mielikki intentó moverse, pero un intenso dolor en el abdomen consiguió paralizarla por completo. Tras inspeccionar su cuerpo, notó con incredulidad que su Armadura Suprema tenía una hendidura en forma de puño en el área que la aquejaba. Tapando su boca con la mano pudo contener una gran cantidad de sangre que intentaba escapar por esta vía.
—¡¿Quién pudo… haberme herido así?! —exigió saber, casi sin resuello.
—Lo conseguí… —masculló Marin cayendo de rodillas.
Todos los presentes notaron con asombro que Marin había elevado su cosmos a niveles cercanos a la Gran Voluntad. A pesar de ser una Amazona de Plata, había despertado por milésimas de segundo el Último Sentido, lo cual le permitió conseguir la proeza de herir a una diosa. Su armadura de plata y su máscara se habían desintegrado y convertido en una especie de ropaje etéreo. Una armadura translúcida cubrió por completo el cuerpo de su portadora durante el instante del golpe, reforzándolo por un fugaz instante al nivel de un dios.
—¡Humanos insolentes! ¡Se atreven a matar a mis hijos y ahora intentan rebelarse contra sus creadores!
—No es así, Mielikki —musitó Marin encarando a la contrincante con determinación—. Nos estamos rebelando contra nuestros destructores. Así que por Atenea, por mi hermano Touma, por Seiya y por mi alumno Kenji terminaremos con tu existencia ahora.
El rostro de la Guerrera de Águila era claramente visible por primera vez mientras exclamaba con ímpetu:
—¡Vamos, hermano! ¡Mielikki sabe que la flecha la lastimará porque está reforzada con su propio cosmos divino, por tal razón quería destruirla! ¡Aprovecha mientras siga inmovilizada por el golpe que le di!
Touma acogió enseguida la sugerencia de Marin, y tras apuntar al corazón de su adversaria, soltó la cuerda dejando libre la poderosa flecha. Mielikki sabía que aquel disparo de Väinämöinen equivalía a recibir un flechazo disparado por ella misma, así que en un último intento desesperado intentó controlar la trayectoria de la flecha, mas no tuvo éxito. Shaina se mantenía en su afán de suprimir el cosmos de su oponente, aprovechando el máximo nivel de su propia aura. El dolor físico que atenazaba a la rubia se había diseminado desde su abdomen hacia todo su cuerpo, haciendo imposible sus movimientos.
A la diosa le pareció que el tiempo se ralentizó durante la mortífera trayectoria de la saeta. Podía ver a Touma con esa expresión de valentía en su rostro, bajando el brazo tras el disparo. Al girarse, vislumbró la figura de Shaina con los brazos extendidos hacia ella y la de Marin, cayendo exhausta sobre la hierba.
—«Entonces lo consiguieron, humanos… —reflexionó con resignación, cerrando lentamente sus ojos turquesa—. Supongo que al final, su amor fue más fuerte que mío… Al menos podré reunirme nuevamente con mis hijos en el inframundo de nuestros ancestros. Espérenme en Tuonela, Nyyrikki… Tuulikki…»
Una imagen se formó repentinamente en su mente. Por un instante le pareció ver enfrente de ella la fornida figura de su compañero caído.
—«¿Viracocha?»
Mielikki se sintió reconfortada al contemplar aquella musculosa espalda por la que caía una frondosa melena verde. El mismo cálido cosmos del bondadoso dios que la acompañó en el maizal del territorio inca, se hizo presente por un instante.
—«¿En serio eres tú? Sentí tu vida extinguirse y…»
La diosa enmudeció cuando vio que su aliado inca se giró y la observó sonriendo con amabilidad. Él no dijo una palabra y simplemente se despidió calurosamente con la mano.
—«¡Espera, Viracocha! ¡No me dejes!» —le suplicó con desesperación, al ver que el supremo inca le daba las espaldas nuevamente y extendía sus poderosos y gruesos brazos.
La figura del hombretón se difuminó y desapareció tras el embate de una cegadora energía luminosa, la cual había colisionado contra él.
Mielikki volvió a la realidad, y tras seguir esperando con resignación el impacto de la flecha, sintió en cambio la completa calma que invadió el bosque sagrado. Los cosmos de Marin, Shaina y Touma se habían apagado por completo. Este hecho hizo que abriera los ojos con sorpresa, para notar que sus tres rivales humanos yacían inconscientes sobre la alfombra de pasto.
Su reacción instintiva fue posar la mano sobre su pecho con el fin de palpar la flecha, pero esta ni siquiera la había tocado. La saeta increíblemente se había clavado en la mazorca de oro que le obsequió Viracocha, la cual yacía indefensa a sus pies.
Continuará…
Gracias por compartir conmigo un capítulo más de esta aventura. Nos leemos en el siguiente. Un abrazo desde Ecuador!
