Disclaimer: Ninguno de los personajes de Full Metal Alchemist me pertenece.

25/26 (Epílogo incluído)

¡Hola a todos! ¿Cómo están? Espero que bien. Bueno, he aquí el final de este fic (aunque mañana estaré subiendo el epílogo del mismo, así que técnicamente no es el final, pero sí el capítulo final) y ojalá les guste y les haya gustado la historia en general. Como comenté un par de capítulos atrás, tengo las intenciones de regresar con otra historia Royai que ya está en proceso... así que intentaré esforzarme y apresurarme para no demorarme en regresar. Por lo demás, y aunque aún queda el epílogo, me encantaría agradecerles a todas las personas que me tuvieron la paciencia suficiente para llegar hasta acá en la historia (espero no haberlos aburrido ni defraudado). Y aún más agradecerles a todas las personas que desde el inicio o no, capítulo a capítulo o cuando pudieron, se tomaron la molestia de escribirme comentándome lo que les iba pareciendo, sus opiniones y correcciones. ¡Millones de gracias! De verdad. En especial a: inowe, Lucia991, Sangito, Anne21, Evelyn Fiedler, HoneyHawkeye, okashira janet, Alexandra-Ayanami, Noriko X, Arrimitiluki, kaoru-sakura, Maii. Hawkeye, yoake. laberinto, Eiserne Lady, isidipi, Sunako Jigoku, licht.2 y anónimo/a. Así como a todos aquellos que la agregaron a Alerts y a Favorites. Gracias. Y ojalá este capítulo les guste también. Por supuesto, si no es mucha molestia ni demasiado abusar de su bondad a estas alturas, me encantaría saber lo que piensan también. ¡Nos vemos (mañana, con el epílogo) y besitos!


Elección


XV

"Elección"


Sujetando la bolsa de papel madera con un brazo, llena de las provisiones que había comprado en el mercado, y la correa de Black Hayate en la otra, se detuvo un instante. Sus ojos burdeos fijándose en el cielo plomizo por unos segundos. El aire era tupido y húmedo y podía sentirlo en las pegajosas yemas de sus dedos. Estaba por llover, era indudable, y era sólo cuestión de poco tiempo también antes de que la primera gota se arrancara del cielo y descendiera a toda velocidad a la tierra. Sus hombros se tensaron ligeramente. Aún así, negó para sí la cabeza con resignación y retomó su camino a casa. No había sentido en permanecer allí y mojarse, y no había nada que pudiera hacer de todas formas. No estaba en sus manos.

Con paso constante, volvió a caminar junto con Hayate trotando alegremente a su lado. Los tacos bajos de sus botas repiqueteando contra el pavimento con cada paso, mientras que su largo cabello dorado –ahora suelto- ondeaba con el viento que había comenzado a soplar a causa de la proximidad de la tormenta. Una vez más, se detuvo en seco –con la espalda recta-, para volver a retomar su paso una vez más, hasta alcanzar finalmente la entrada del edificio en que habitaba. Forzándose a sí misma a no mirar hacia atrás. Una vez dentro, extendió la mano al interruptor junto a la puerta, y lo levantó con un movimiento de su dedo. Un suave "clic" se oyó, y la luz cálida se derramó sobre toda la extensión de la cocina, que a su vez era el comedor y la sala. Sus ojos deslizándose por un instante hacia las cajas y los papeles acumulados y apilados en los rincones. Estaban allí desde que habían regresado al Este e incluso con el tiempo transcurrido desde entonces no había podido hacerse del tiempo suficiente para poner en orden su propio apartamento, sólo lo mínimo indispensable para poder vivir.

Observando las cajas con cansancio, negó con la cabeza. Su brazo aún rodeando la bolsa de papel madera con las frutas y verduras y su otra sosteniendo la correa de Hayate en mano —Un día de estos tendré que acomodar todo eso —se dijo, dejando distraídamente la bolsa sobre la mesa y agachándose para soltar a Hayate, el cual se alejó una vez libre para merodear por el apartamento.

Volviéndose a las cosas, las tomó una vez más y caminó hasta la encimera. Observando, por un instante, el florero cilíndrico de cristal sobre ésta y las flores secas –de la última vez que había decidido traer flores- en el interior de éste. Y aún cuando Hawkeye no era particularmente sentimental con las cosas, no tuvo el estómago para arrojarlas tampoco. En vez de eso, contempló la fallecida planta con calma. Su mirada burdeo deslizándose por los encorvados y avejentados tallos y los pétalos marchitos. Algunos de los cuales colgaban precariamente mientras otros habían caído ya sobre la encimera. Suspirando, tomó los desprendidos y los arrojó a la basura. Recordando que había dicho –con una sonrisa arrogante- que traía flores no por ella sino porque su apartamento era tan confortable y hogareño como una caja de cartón. Y aunque le había dedicado una mirada severa por el comentario, no había sido capaz de negarlo. No había demasiado realmente, sólo lo necesario para vivir y alguna que otra cosa práctica que pudiera necesitar.

Por otro lado, así lo prefería. Después de todo, eran sólo Hayate y ella, y no había demasiado más que necesitaran. Sin mencionar que acababan de regresar de Central y la posibilidad de que su superior volviera a ser transferido allí eran altas, razón por la cual –quizá- tampoco había terminado de desempacar nunca.

Tomando la bolsa con sus manos, se acercó al refrigerador y comenzó a acomodar las cosas. Una a una. Deteniéndose sólo para observar de reojo a su mascota, la cual permanecía aovillada junto a la puerta y olfateando insistentemente por la rendija. Su expresión se suavizó, y su mano permaneció sobre la puerta abierta del refrigerador. Hayate esperaba a que la última persona que había estado allí regresara, Hayate esperaba a que el coronel regresara esa noche también. Y así lo había hecho la noche anterior. Suponía que era inevitable. Aparentemente no había sido la única en acostumbrarse a la presencia del hombre allí. Pero nadie vendría. Cerrando la puerta, caminó hasta el can y se acuclilló, Hayate olfateó a su ama y lloriqueó, hociqueándole el cabello con ambas patas delanteras sobre su regazo.

Descendiendo sus párpados, temblorosos, abrazó al pequeño animal y presionó su mejilla contra la mejilla del perro. Un suspiro cálido escapando de sus labios y cosquilleando en la oreja de éste —Lo siento, Black Hayate. Ésta noche seremos nosotros dos también.

El perro se presionó aún más contra su ama y soltó otro pequeño lamento, percibiendo la tristeza en su voz. Sus orejas ahora hacia atrás, su cola entre las patas. Aún resignada a ponerse de pie, Riza aferró a Hayate unos segundos más, un poco más firmemente contra sí. Su labio inferior temblando ligeramente, sutilmente. Pero finalmente lo soltó y se puso de pie una vez más. Su expresión neutra cuando lo hizo. Era mejor de esa forma. Y era su deber ser más sensata que eso.

Caminando hasta la encimera, tomó la bolsa vacía y la arrojó a la basura, tomando también las flores secas y arrojándolas con el resto. No tenía sentido que permanecieran allí de todas formas. Llevaban muertas días y sólo estorbaban. Oyendo un relámpago resonar nuevamente afuera, se tensó. Sus ojos mirando con preocupación hacia el exterior. Si, indudablemente llovería pronto y la sola idea le inquietaba. De hecho, siempre que llovía solía inquietarse un poco, debido al inconveniente que el agua y la humedad resultaban para su superior y eso sólo cuando ella estaba allí para cubrir su espalda. Cuando no lo estaba, por otro lado, cuando llovía en sus días libres, Hawkeye se pasaba el día preocupándose por el coronel y esperando que no surgiera ninguna situación que pudiera poner en riesgo su vida con la lluvia como escenario. Porque simplemente no estaba allí para protegerlo. Y sabía que su superior tendía a cometer imprudencias a veces. Pero confiaba en su juicio, y en su capacidad de mantenerse vivo.

Aún así, no podía dejar de observar sus armas sobre la mesa. Hasta que finalmente decidió tomarlas y guardarlas para no estar pensando en posibles escenarios donde algo pudiera sucederle a Roy, tal y como le había sucedido a Hughes. La sola idea de recibir una llamada anunciando su muerte le helaba la sangre. Por lo que apartando el pensamiento, se puso de pie y encendió el calefactor de metal que tenía en uno de los rincones para calentar el ambiente. Aún cuando estaban entrando en los primeros días de la primavera, el frío del invierno todavía arrastraba ese frío seco y característico suyo. Y la tormenta no había hecho más que arrastrarlo de regreso.

Soltó un suspiro, observando la hora y tomando nota de que a aquella hora exacta su superior ya debería haber abandonado la oficina (de no haber habido demasiado trabajo que hacer) y ahora probablemente se encontraría regresando a su apartamento. O quizá saliendo en una cita. O quizá aún se encontraría en el cuartel general realizando papeleo. No debería estar ocupando su mente con ello, y lo sabía. Hayate, una vez más, se acercó y le hociqueó la mano lánguida con suavidad. Meneando la cola débilmente. Riza dedicó al animal una leve sonrisa y acarició el espacio entre sus orejas calmamente. Hayate estaba particularmente afectuoso y suponía que debía intuir que el humor de su ama no era exactamente óptimo. Estaba tensa, por la lluvia, y no dejaba de ojear al teléfono aguardando que sonara. Aunque no sabía si quería que lo hiciera o no. La idea de que pudieran llamarla para comunicarle el asesinato de Roy no dejaba su cabeza. La idea de que él realizara una llamada de cortesía como siempre lo hacía, con una tonta excusa, tampoco. Acariciando distraídamente a Hayate, negó con la cabeza. Afuera había empezado a llover hacía ya unos minutos.

Toc. Toc. Sus dedos sobre la cabeza de Hayate se detuvieron en seco, rígidos. El animal de mediano tamaño se apresuró a la puerta con la lengua colgando a un costado y la cola meciéndose de un lado al otro. Sentándose frente a la puerta, soltó un ladrido y luego otro. Ladeando la cabeza para observar a su ama, antes de ladrar por tercera vez. Riza, con el entrecejo fruncido, se acercó a la entrada. Evidentemente se trataba de alguien con quien Black Hayate se encontraba familiarizado, por lo que apartó la idea de tomar una de sus armas antes de abrir la puerta. Sus ojos caoba se abrieron ligeramente al ver a su superior de pie allí delante de ella. Empapado y goteando sobre el parqué de la entrada, con el cabello azabache adherido a la frente y sus ojos negros cansados.

Black Hayate, alegre, se apresuró con ambas patas delanteras sobre Roy, apoyando ambas sobre el pantalón –a la altura de las rodillas- y dejando las marcas de sus patas allí, ensuciándolo. Riza, avergonzada, se disculpó —Lo siento —dedicó una severa mirada al animal—. Black Hayate, eso no está bien. Siéntate —le ordenó y el animal obedeció con la cabeza gacha. Riza alzó la vista cautelosa a él. Roy hizo un gesto despreocupado con la mano, restándole importancia.

—No se preocupe, teniente.

Ella lo observó con suavidad, examinando su aspecto en silencio. Su cabello mojado y adherido le daba ese aspecto juvenil que había tenido cuando había aparecido por primera vez delante de su puerta a sus escasos 16 años. Y a veces, con la adecuada luz y en el adecuado ángulo, podía ver esa apariencia aniñada en su rostro masculino, incluso con los años y las marcas de la edad —Está empapado, coronel —señaló. Aunque su voz carecía del reproche que había querido adosarle por haber caminado imprudentemente bajo la lluvia hasta allí. De haber sido atacado... No, no quería pensar en posibilidades que no habían ocurrido.

Él se examinó con calma y asintió —Estoy perfectamente al tanto —replicó. En su voz tampoco había amargura u hostilidad por otro lado. Riza inhaló suavemente, preguntándose por la familiaridad y naturalidad que siempre había habido entre ellos, la cual parecía temporalmente perdida. Dando un paso al costado, hizo un gesto con la mano para que ingresara. Tras hacerlo, cerró con el pestillo. Sólo por seguridad.

Roy, de reojo, observó el apartamento en silencio. Y sus ojos se posaron en el florero de cristal vacío. Sin embargo, continuó rápidamente examinando el lugar en silencio. Parado en medio del corto corredor sin moverse. Hayate sentado a sus pies, junto a él. Riza caminó hasta quedar frente a su superior también, y sus manos se alzaron cautas al cuello de su abrigo empapado y pesado. Sus dedos enroscándose suavemente bajo el escrutinio silencioso de él —Si permanece de esa forma, se resfriará —señaló. Y él consintió que ella le removiera el abrigo suavemente. Sus manos alzándose a los codos de Riza por un instante. Tomándola suavemente de allí, pero rápidamente la soltó y descendió los brazos. Sus ojos negros fijos en algún punto distante tras ella.

Tras removerlo por completo, lo colgó cerca del calefactor para que se secara y se marchó un instante a su habitación, para volver con una muda de ropa seca y doblada que él había dejado allí la última vez que habían pasado la noche juntos. Roy observó la camisa blanca pulcra y doblada encima de la pila por un segundo y Riza también se vio obligada a bajar la vista a la prenda —Esto es suyo, coronel. Debería cambiarse —e indicó la puerta. Él siguió con la mirada el trayecto y asintió. Tomando la ropa de las manos de ella y dirigiéndose hacia la habitación en cuestión.

—Gracias, teniente —tras cerrar la puerta, desapareció. Y Riza caminó hasta la estufa y puso algo de agua para preparar un té y un café. Su expresión neutra mientras observaba las llamas crujir sobre la hornalla.

Roy, por su parte, se detuvo a medio desabotonarse la camisa mojada. Sus ojos del color del carbón clavándose en la habitación en general y en la cama en particular, sobre la que yacía su ropa seca. Removiéndose la prenda húmeda, la dejó caer al suelo pesadamente con un sonido sordo. Inconscientemente se concentró en la quemadura que cubría gran parte del costado de su torso. Luego, suspirando, se terminó de remover las prendas empapadas y las reemplazó por las secas. Abrochándose los botones de las mangas con calma mientras abandonaba la habitación y regresaba a la cocina, sólo para verla junto a la estufa preparando algo de beber. Tras percatarse de su presencia, Riza desvió sus orbes caoba a él.

Finalmente habló —No debería estar aquí, coronel.

Él frunció el entrecejo —¿Por qué no, teniente? No veo el inconveniente, dado que no estamos "fraternizando". Si mal no recuerda, puso fin a ello —ésta vez algo de la amargura se filtró por su voz, y se lamentó al instante. Se suponía que conservaría la calma y discutirían calmamente. Aquello no era eso—. Lo lamento.

Riza negó con la cabeza, mirando con suavidad sus manos sobre la tetera —No. Está bien. Es lo que yo elegí, aún cuando no era éste el resultado que esperaba. No puedo escapar de ello.

La expresión de Roy se tornó de ligera tristeza —Lo siento. Todo lo que hago es ocasionarte más recuerdos dolorosos.

Ésta vez una pequeña y sutil sonrisa apareció en las facciones de ella, acompañada de calidez en sus usuales ojos estrictos —Yo creí en ti. No, yo creo en ti. Y elegí seguirte. Ésta es mi decisión, lo hago por voluntad propia. Y difiero en que todos los recuerdos son dolorosos, coronel. Después de todo, hemos estado juntos por demasiado tiempo —dijo, parafraseándolo. Y Roy tomó esto como un permiso para dar un par de pasos hacia ella, pero aún manteniendo la distancia, aún cuando todo lo que deseaba era caminar hasta ella y besarla hasta que no tuviera más fuerzas para hacerlo. Era un impulso que había tenido siempre, de todas maneras, incluso antes de que ella lo consintiera.

—Lo hemos estado —asintió, dejándose caer en una de las sillas cansado. Su mirada algo vacante cuando observó sus manos sobre la mesa, y la cicatriz que había quedado en el dorso de su mano izquierda desde el combate con Lust—. ¿Cómo ha estado, teniente? —dijo finalmente.

Ella depositó una taza de café frente a él y otra de humeante té frente a la silla vacía. Con calma, se sentó enfrentándolo —Bien, coronel. Gracias por preguntar ¿La oficina?

Él observó el líquido oscuro por un instante —Ah... Ya sabe, mucho trabajo como siempre. Esa basura nunca deja de aparecer.

Riza le dedicó una mirada compasiva —Espero que no haya holgazaneado.

Roy alzó la vista y un atisbo de sonrisa arrogante apareció en su rostro, pero de forma precaria —Me ofende, teniente. Puedo ser perfectamente capaz cuando la situación lo requiere.

La rubia asintió, dando un sorbo a su té con calma —Sé que es capaz, coronel. De otra manera, no hubiera accedido a seguirlo.

Él bebió un poco de su café también. Notando que estaba exactamente como lo tomaba desde hacía años, y era el mismo café que desde hacía años ella le preparaba. En el cuartel y luego allí —Si cree que se equivocó, dispare y máteme. Esa fue la promesa.

Pero ella sólo negó con la cabeza y observó el té entre sus manos en silencio —No me arrepiento, coronel. Creí que había dejado en claro eso.

Él enarcó una ceja —¿Y del resto, teniente?

Una pausa —Apreciaría que no me preguntara eso, coronel —sus ojos fijos en la bebida caliente.

Él soltó un bufido —No, por favor, teniente. Ilústreme —depositando su taza sobre la mesa. Sus orbes negros fijos e intensos clavados en ella, expectantes.

Riza dejó también su taza y exhaló con calma —¿Todavía tienes que preguntar? —dándole su respuesta. En lo concerniente a él, los pocos arrepentimientos que cargaba eran mayoritariamente de Ishbal, y de las veces en que había sido incapaz de cumplir con su deber correctamente. No respecto a él. ¿Has pensado en él alguna vez como una carga? Se lo había afirmado inclusive a Edward, cuando lo había preguntado aquella vez que la había visitado para devolverle el arma. No se me califica por decir qué es carga y qué no. Porque he tomado la vida de muchas personas en el pasado. Y porque fue él quien decidió ir en ese camino... Y ella quien decidió seguirlo. Si, había sido su sola voluntad todo el tiempo.

—Pero... me uní a la milicia porque tenía alguien a quien proteger —susurró, mirando con calma hacia la mesa—, hasta que esa persona alcanzara su ansiado objetivo. Y no puedo arriesgar eso.

Roy intentó alcanzar los dedos largos de ella sobre la mesa pero Riza los retrajo hasta curvarlos bajo su palma —No estaba fanfarroneando cuando dije que no puedo perderte.

Sus párpados se cerraron con suavidad —Lo sé. Yo tampoco cuando dije que no planeaba vivir una vida tranquila por mi cuenta.

—Soy un humano sin poder. Por eso, necesito de tu ayuda para poder protegerlos a todos.

Ella asintió —Si eso es lo que deseas, hasta el infierno —sin importar qué sucediera ella continuaría como siempre, siguiéndolo y protegiéndolo.

Él negó con la cabeza —¿Y si pienso que mi teniente primera está entre mis mejores intereses?

Riza se tensó visiblemente —Entonces creo que deberías reevaluar tus prioridades, coronel.

Roy torció el gesto —Mis prioridades están en perfecto orden, Riza —masculló ligeramente exasperado—. Sé lo que quiero, siempre lo hice. Pero para eso necesito tu ayuda.

No lo dudaba. A sus dieciséis años ya había sabido que deseaba convertirse en la piedra angular del país y había comenzado a aprender alquimia para ello. Para unirse a la milicia. Sus ambiciones y aspiraciones siempre le habían parecido claras como el agua a él, y ese era uno de los rasgos que la habían hecho desear seguirlo también. Pero aquello no era intercambio equivalente. Ella había accedido a sacrificar su felicidad por la de las siguientes generaciones, por la de él y por ese objetivo que los mantenía unidos. Ella había aceptado tiempo atrás lo inflexible de la ley, resignada. Y ahora él le pedía que rompiera otra ley más. Como Edward, su superior parecía reacio a aceptar eso. De hecho, recordaba al mayor de los Elric gritando cuán injusto era que ellos pudieran ser juzgados por lo que habían hecho en Ishbal cuando el país fuera una democracia. La brusca honestidad de él resonaba en su cabeza. ¡Eso es injusto! Por supuesto que ustedes querrían que todos fueran felices, ¡¿pero no quieren ser felices ustedes mismos? El autosacrificio es una mera autosatisfacción.

Riza se puso de pie y depositó su taza con calma, pensativa. La honestidad de Edward había sido brutal, como siempre, y como era de esperarse de alguien de su edad y particularmente del mayor de los Elric. Y ella había mantenido la calma al responder también, como siempre, asegurando que no era autosacrificio de parte de ellos. No es autosacrificio... Es nuestra distinción por ser sobrevivientes de Ishbal. Incluso si los homúnculos fueron quienes comenzaron la guerra, nosotros fuimos los que cometimos las atrocidades. El coronel y yo... quizá hasta el general de brigada Hughes pensaba así... Terminamos las vidas de muchas personas sin su consentimiento, no hay manera de que podamos morir cuando queramos.

Los brazos de él la rodearon por detrás, por la cintura, y se tensó. Sintiendo el firme cuerpo de Roy contra su espalda y su cálida respiración en su nuca —Hasta que alcance la cima, te necesito a mi lado —aseguró, firme—. E incluso después, cuando me haya convertido en Fuhrer, para que me ayudes a reconstruir el país.

Y Riza sólo cerró los ojos, permitiéndose sentir la calidez que emanaba de él y la repentina sensación de familiaridad que la había invadido. Su cuerpo reaccionando con la mayor naturalidad, su pulso acelerándose unos latidos —Esto es una terrible idea —aseguró.

Él enarcó una ceja y se inclinó para besarle el lóbulo de la oreja —¿Lo es, teniente? A mi me parece únicamente lógico. Además, ¿no crees que vale la pena investigarlo? No tomo a la ligera nada de esto.

Ella se volteó y lo observó por un instante, sus ojos caoba fijos en los negros de Roy —Es un riesgo —aseguró.

Las palabras de Bradley se le vinieron a la cabeza Es inútil. Él no se convertirá en mi punto débil. Pero tú eres diferente. Ella se convertirá en tu punto débil —Uno que estoy dispuesto a tomar —insistió. Si ella era su punto débil, tal y como el homúnculo había dicho, entonces la mantendría aún más cerca para evitar que volviera a ser usada en su contra. Para evitar que volviera a ser tomada como rehén contra él—, ¿pensé que había sido claro? —una posibilidad.

Avanzar o detenerse. Si, era su decisión. Lo observó tomar entre sus dedos un mechón y acomodárselo atrás del hombro con calma. El mismo rostro que había visto por años observándola directamente —Entiendo —la misma persona que había seguido la mayor parte de toda su vida. A la que había dedicado su entera existencia desde que había tomado la primer decisión respecto a su propia vida. Era él, y si quería que lo siguiera de esa forma también entonces ella lo haría, porque la alternativa parecía absurda. No deseo vivir tranquilamente por mi cuenta. Luego de que la guerra haya terminado llevaré conmigo, borraré de este mundo, al alquimista de la llama junto con mi cuerpo.

Así que simplemente presionó sus labios contra los de él, una vez más, y lo besó con firmeza. Sus dedos aferrándose al frente de la camisa blanca de él, arrugándola, mientras su cuerpo se inclinaba hacia delante y él aferraba los hombros de ella con sus manos. Sus gruesos dedos aferrándose a ella firmemente, casi contenidamente, como si todo fuera a dejar de suceder si la soltaba. Y quizá, en alguna parte de su cabeza, temía que así lo fuera. Así que se limitó a corresponder el gesto con desesperación e impaciencia. Besándola aquí y allá y donde ella lo permitiera sólo porque lo estaba consintiendo y Roy no tenía la menor idea de por qué. No la cuestionó, por otro lado, ni se detuvo salvo lo mínimo indispensable para atrapar una bocanada de aire entre beso y beso para evitar ahogarse allí mismo.

Desde que tenía memoria, habían estado avanzando. Siempre hacia adelante, hacia arriba, hacia la cima; con él unos pasos adelante y ella siguiéndolo a penas detrás. Ambos con los ojos y la mente enfocados en dicho objetivo. Sin cuestionar nada, sin vacilar. Él había avanzado y ella lo había seguido siempre, tomando decisiones a futuro y optando por continuar siempre avanzando por encima de detenerse. Esos eran y siempre habían sido ellos, después de todo. Y habían deliberadamente eludido las cuestiones de su propia relación. Girado en círculos, todo el tiempo, y él se había cansado de hacerlo. Cansado, considerando que había estado a punto de perderla un año atrás y la idea aún lo atormentaba en sueños, junto con la imagen de ella desangrándose en el suelo de aquel mugroso subsuelo. Por esa razón, había decidido ponerse en movimiento. Ella lo consideraba un movimiento arriesgado, quizá, algo no tan propio de él pero para Roy Mustang no tenía más que únicamente sentido, lo que estaba haciendo.

Tomando su vida en sus propias manos, para protegerla, tal y como había dicho que haría. Un humano sólo puede hacer aquello que está a su alcance. Es por eso que protegeré... a todos aquellos... que sean importantes para mi. Y dándole a cambio la de él, porque eso era simple lógica. Simple intercambio equivalente. Y porque no confiaría su vida en las manos de nadie más. Riza Hawkeye era la persona que había permanecido a su lado por más tiempo y en la única en quien depositaría su vida y el juicio de sus acciones. Así lo había hecho. Una y otra vez, y esto no era nada diferente. No, esto era un poco más de lo mismo. Después de todo, suponía que siempre había sido así con ellos. Si, suponía que desde el inicio lo había sido...

Así que continuó presionando sus labios contra la piel de ella una y otra vez. En sus cicatrices, las visibles y las que no estaban ni en su piel ni carne tampoco, y las besó con esmero una a una. Deslizándose de su clavícula hacia arriba, besando su garganta desnuda y observando la forma en que ella tiraba la cabeza hacia atrás con los ojos cerrados. Su cabello dorado esparcido en hebras sobre la blanca almohada, mientras él continuaba depositando firmes besos contra la columna de su cuello y sintiendo la calidez de su sangre bombeando furiosamente al otro lado de su piel y por sus venas. Contra su boca. Su pulso. Hasta que la sintió arquearse contra él y torcer sus tobillos en el exacto instante en que sus fuerzas lo abandonaban también súbitamente. Como si escapara de su cuerpo y lo forzara a desmoronarse encima de ella. Exhausto y con el aliento entrecortado y sintiéndose más vivo de lo que lo había hecho en mucho tiempo, con ella junto a él. Una débil sonrisa arrogante en el rostro.

Sus codos haciéndole de soporte a su cuerpo mientras se levantaba parcialmente para observarla bajo suyo. Con la piel brillante por el sudor, los ojos ligeramente desenfocados y el cabello disperso y derramándose sobre la blanca superficie. Aún con la expresión satisfecha, dijo —Mucho mejor —evidentemente refiriéndose a su apariencia. No lo negaría, prefería verla hecha un desastre en contraste a su habitualmente prolija y organizada persona. No sólo por el hecho de que era el único con el privilegio de hacerlo, y se sentía particularmente satisfecho con ello, sino porque rara vez tenía la posibilidad de verla relajada de esa forma. Inclusive de joven, Riza jamás había sido una persona particularmente relajada, aún cuando se trataba, en efecto, de una persona calma y colecta. Pero su expresión siempre había llevado esa seriedad que habitualmente portaba y Roy sospechaba que ésta se había afianzado allí el día en que su padre le había depositado la carga en la espalda.

Riza le dedicó una mirada severa, intentando apartarlo de encima suyo con ambas manos sobre su férreo pecho —Eso no es gracioso.

Rodó a un lado, manteniéndose ahora sobre uno de sus costados —No atinaba a serlo, teniente —sonrió, observando su aspecto una vez más—. Realmente creo que prefiero tu cabello largo.

Riza sonrió con calma y se giró también, aferrándose las sábanas al cuerpo con la mano cuyo codo la sostenía, mientras que alargaba la otra para tocar la piel dura, oscura y cauterizada de la herida del torso de él —Es una lástima, coronel. Porque estaba pensando en cortármelo nuevamente.

—No lo autorizo, y eso es una orden, teniente.

Ella cerró los ojos y presionó su frente contra la clavícula de él, para luego alzar sus ojos caoba nuevamente a los negros de Roy —Sin ánimos de ofender, no tiene la autoridad de hacerlo, señor —las comisuras se curvaron ligeramente hacia arriba.

Roy sonrió carismáticamente y se inclinó a besarla —¿Y si uso métodos más persuasivos...? —la besó por segunda vez, deslizando su mano por la curva de su cintura, trazando círculos.

Sin embargo, Riza eludió un tercer beso cuando oyó la puerta sonar y a Hayate ladrar alegremente, para fastidio de él —No atiendas.

Ella enarcó una ceja —¿Es una orden?

Roy suspiró —¿La obedecerás?

Riza sonrió con calma y apartó las sábanas de su cuerpo, rápidamente comenzando cambiarse —Me temo que no puedo hacerlo —y observando de reojo al hombre en su cama bufar con fastidio.

—Eso pensé. Bien, esperaré aquí. Regresa pronto.

Ella se abrochó el último botón de la camisa y se dirigió a la cocina. Observando a su perro ladrar de forma entusiasta y mover la cola. Algo que no era del todo inusual cuando se trataba de alguien familiar para el can, pero dudaba que a las –miró el reloj- 10 de la noche alguien fuera a decidir hacerle una visita de cortesía a ella. De hecho, si no se trataba de Rebecca –lo cual dudaba porque había afirmado tener una cita- no tenía idea de quien pudiera ser. Cuando abrió la puerta, sin embargo, se sorprendió de ver el corredor vacío. Y, por unos instantes, observó hacia ambos lados en silencio. Nada. Pensó. Eso era, hasta que oyó el lloriqueo de un perro, seguido de un ladrido.

Bajando la mirada, sus ojos burdeos se abrieron ligeramente ante la vista delante suyo. Se trataba de una caja de cartón, sobre la que Black Hayate se hallaba parado en dos patas, y junto a la caja –amarrado a ésta- se hallaba una Shiba Inu blanca, a duras penas más pequeña en tamaño a Hayate –algo característico de las hembras- observando hacia arriba con sus brillantes ojos negros y meneando la cola. Frunciendo el entrecejo, la rubia observó el interior imaginando que hallaría. En efecto, tres cachorros se hallaban adentro correteando y enredándose los unos con los otros. Uno blanco, idéntico a la perra, y dos iguales a Hayate. Su mente arribó a la conclusión de que su superior había tenido algo que ver con ello.

Mirando estrictamente a su perro, negó con la cabeza —Eso no está bien, Hayate —suspiró, observando a la hembra y a los tres cachorros ¿Y ahora que se suponía que fuera a hacer con éstos? Su apartamento no era tan espacioso. Y eran cachorros, después de todo. Incluso si se tomara el tiempo para disciplinarlos a todos estrictamente como había hecho con Black Hayate, eventualmente terminarían causando un desastre en su casa de todas formas. Y eran tres. Y una perra adulta. Y su superior, también, con el que tendría que lidiar. Como si no tuviera bastante trabajo ya en el cuartel... Y su superior era el peor de todos.

Curiosamente, éste apareció justamente en ese instante. Vistiendo los pantalones marrones que ella le había dado y abrochándose los últimos botones de la camisa, la cual llevaba arremangada hasta los codos. Dejando entrever sus brazos fibrosos —¿Sucede algo? —la cuestionó, viéndola de pie en la puerta en la cual aparentemente no había nadie.

Riza no se volteó. En vez de eso, se cruzó de brazos con la palma de cada mano en el codo opuesto y suspiró —Coronel, ¿sacó a pasear a Black Hayate más de una vez? —su voz peligrosamente controlada.

El hombre vaciló un instante —Ah... Una... o dos veces —añadió—, ¿por qué, teniente?

La rubia continuó de espaldas a él, observando a la perra blanca ladear la cabeza y observarla con expresión desamparada. Un pequeño sollozo escapando de su hocico —¿Y alguna vez se le escapó?

Como esperaba, no vaciló en responder ésta. Evidentemente ya sabía qué era lo que debía responder si no quería molestarla. Quizá habría pensado la situación antes en su cabeza, inclusive, y planeado la estrategia a seguir —Me ofende, teniente. Soy perfectamente capaz de cuidar a su perro.

—¿Y a cuatro perros más, coronel? —replicó, ligeramente exasperada. A veces se preguntaba cómo podía confiar en un hombre tan negligente como lo era él. Entonces recordaba que no siempre lo era (y que por esa razón lo seguía), sólo con las cosas que tomaba a la ligera. Aparentemente, la capacidad reproductiva de su mascota era algo que tomaba a la ligera también, como el papeleo.

La pregunta pareció desconcertarlo —No creo estar siguiéndola, teniente —aseguró.

—¿Quiere explicarme por qué hay una perra y tres cachorros en la puerta de mi casa, coronel? ¿Y cómo es que dos de los tres se parecen a Black Hayate? —finalmente concluyó, ésta vez volteándose parcialmente para dejarle un buen ángulo de la caja con los cachorros y de la Shiba Inu sentada obedientemente sobre el parqué del pasillo de su edificio. Su expresión severa.

Los ojos negros de Roy se posaron en la escena. Una fría gota de sudor rodando por su frente —Ah... Verá, teniente. Hubo un día... —se aclaró la garganta— Puede que se me haya soltado la correa de la mano... —observó con precaución la expresión de dureza de ella— No pude evitarlo.

—¿Cómo con la comida, coronel? —le reprochó.

Roy alzó las manos en son de paz —En mi defensa, eso fue únicamente una vez.

Riza enarcó una ceja —Coronel, malcrió a Black Hayate cada vez que se quedó a cenar. Y desayunar —añadió. El hombre sonrió nervioso. Evidentemente no había pensado que ella lo estaba viendo cuando deslizaba trozos de pan o de carne bajo la mesa mientras comían. Así como habitualmente creía que ella no se percataba que estaba holgazaneando en vez de hacer su trabajo correctamente.

—Supongo que debería estar agradecido de tener una subordinada con tan buen ojo, teniente. "Ojo de halcón" realmente parece adecuado —comentó.

Ella le dedicó una mirada severa —No es gracioso, coronel ¿Qué sugiere que haga con los cuatro? —permaneció firme, cruzada de brazos. Roy observó a Hayate mover la cola olfateando a la perra blanca y luego asomándose para ver con curiosidad por encima de la caja. Tres hocicos asomando por encima de las paredes de cartón.

—¿Dejarlos entrar? —sugirió—. No pensarás dejarlos afuera en la lluvia, ¿verdad Riza? O tendré que creer que el sargento Fuery tenía razón al llamarte cruel.

Riza no lució complacida en absoluto con su solución —Mi apartamento no es tan grande, Roy —replicó, haciendo hincapié en el hombre como lo haría en el rango.

El moreno enarcó una ceja, señalando —Mi nombre sonó terriblemente a mi rango.

—Eso es porque usé el mismo tono, coronel —dijo esta vez. El mismo tono que solía usar cuando no realizaba su trabajo adecuadamente.

Roy dejó caer la cabeza rendido —Y de vuelta a las formalidades... —aunque suponía que se lo había buscado—. Bien, esto es lo que haremos, teniente. Iremos a dormir, y mañana comenzaremos una campaña para hallarles un hogar, ¿qué piensa?

—Que no tendríamos que hacer eso si no hubieras consentido esto en primer lugar —lo amonestó, estricta.

—Si, si. Ya entendí. Soy un idiota —se quejó, caminando hasta la entrada y tomando la caja para ingresarla al apartamento. Riza, tras él, y con Hayate, lo siguió hasta el rincón donde depositó la caja, liberando a la perra del amarre a la caja.

—No dije eso, pero la palabra parece adecuada, coronel —ambos observaron por un instante a Hayate aovillarse junto a la perra blanca en silencio, la cual se acomodó contra él también. Los cachorros durmiendo también los unos sobre los otros en el interior de la caja—. ¿Cómo haremos mañana?

Él la observó de reojo —Asumo que tendremos que llevarlos al cuartel, el sargento mayor Fuery seguramente estará complacido de cuidar a tus perros—ella le dedicó una expresión de dureza—. Asumo que el pronombre correcto es "nuestros".

Ella exhaló y dio media vuelta —Me voy a dormir, coronel. Buenas noches.

Roy se apresuró tras ella —Estas enfadada.

Riza negó calmamente con la cabeza —No estoy enfadada —aseguró secamente. Pero él podía percibirlo, lo estaba.

—¿Y si le ordeno que me perdone, teniente? —sonrió esperanzado. Esperanzado de que su humor la derritiera, pero realmente no tenía bases lógicas para esperar que eso sucediera. Aparentemente su carisma natural era inútil contra su teniente primera. La experiencia lo había probado.

—No hay nada que perdonar, coronel.

—Aceptaré la responsabilidad de los perros —aseguró, esperando que al menos eso la suavizara.

—No esperaba menos, señor —respondió. Apartando las sábanas de su cama y deslizándose al interior, dado que se había colocado la camisa y el pantalón holgado en los que habitualmente solía dormir, para abrir la puerta.

Roy se deslizó al otro lado de la cama, aún observándola, pero ella se acomodó de espaldas a él y se cubrió, apagando la luz y dejándolos a ambos en penumbra. Roy suspiró y se resignó, aceptando que no había posibilidad de que ella se volteara y lo besara y le permitiera repetir sus acciones previas. Por lo que se acomodó también y la abrazó por detrás. Una sonrisa arrogante en su rostro —El teniente segundo Breda entrará en pánico.

Riza sonrió sutilmente y con calma también, algo que él no vio, y asintió —No lo dudo.


Erguida, y con los papeles que había traído para su superior en manos, permaneció frente a la ventana de cristal que se encontraba detrás del escritorio de él y observó hacia fuera. Sus ojos clavados primero en el sargento Fuery, que permanecía sentado bajo un árbol observando a los perros en silencio; para luego deslizarse a la escena junto al joven de lentes. Sus ojos suavizándose ligeramente.

—¿Todavía cree que los perros no se enamoran, teniente? —preguntó Roy detrás de ella, de pie, observando la misma imagen que ella. Con una sonrisa arrogante en la voz. Riza negó la cabeza con calma y sonrió levemente.

La blanca Shiba Inu se encontraba dormida tranquilamente sobre la hierba, con la cabeza sobre una de sus patas delanteras y la lengua afuera. Y los tres cachorros permanecían dormidos junto su madre, entre sus patas delanteras y traseras –dado que habían estado siendo amamantados antes de caer rendidos-, descansando los tres uno al lado del otro. Uno negro, el blanco y el otro negro. Y sobre la perra, con ambas patas y la cabeza sobre el lomo, estaba Hayate durmiendo también. Con expresión perezosa y serena y con las patas traseras despatarradas sobre la hierba.

—No estoy segura, coronel —aseguró—. No estoy segura.

El coronel y yo... quizá hasta el general de brigada Hughes pensaba así... Terminamos las vidas de muchas personas sin su consentimiento, no hay manera de que podamos morir cuando queramos. Quizá no pudieran hacerlo. Morir cuando quisieran, eso era (aunque los humanos rara vez podían elegir). Y eso era algo que tanto Riza como Roy habían llegado a aceptar a lo largo de los años. Habían cometido demasiados pecados, después de todo, tomado demasiadas vidas y nada podría traer esas personas a la vida. Ni siquiera la alquimia.

¡Eso es injusto! Por supuesto que ustedes querrían que todos fueran felices, ¡¿pero no quieren ser felices ustedes mismos? Pero quizá, sólo quizá, pudieran elegir cómo vivir, mientras estuvieran vivos. Mientras tuvieran elección. Quizá, sólo quizá, Dios, o la Verdad, o el universo, pudiera hacer caso omiso de ellos ésta vez. Sólo por ésta vez. Sólo por ellos. Quizá podrían ser felices también. Mientras tuvieran la voluntad para serlo.

Vivamos y cambiemos éste país juntos