Capítulo XXV

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Me hundí lentamente en ella, notando el corazón agitado, pero al mismo tiempo silencioso, como si necesitara de esa calma perfecta, que se estaba gestando dentro de mí, al sentirla. Sus ojos abiertos y expectantes, me mostraban las sensaciones de su cuerpo. Su boca abierta y esperando el toque de la mía, la intrusión de mi lengua. Todo de pronto, pareció dejar de existir a nuestro alrededor. Mi cuerpo, caliente, pegado al suyo. Su cabello húmedo desperdigado sobre la cama. Un lamento saliendo de su boca, un gemido brotando de la mía.

—Oh Mor… se siente tan bien… —confieso aturdido, abrazándola, sabiendo que ese sentir, no sólo exploraba mi cuerpo, era algo que se gestaba en mi consciencia, en mi esperanza, en mi forma de ver el mundo. Algo que me hablaba del amor aquel, que me resultaba tan escurridizo.

—Disfrútalo… —me concede ella, como un regalo, como si me estuviese permitiendo hacerla mía, sin reparo, sin barreras.

La miré nuevamente a los ojos, en tanto mi cadera se mueve cadenciosa entre sus piernas. Le acaricié el rostro, despejándolo de las hebras de cabello húmedo que se le han pegado.

—Me gusta… —le cuento en un suspiro, notando la caricia de sus manos en mi espalda, una caricia sin exigencia.

Me sonríe.

—¿Te sientes bien? —indagó. Yo asentí sin dejar de mirarla. Se mordió el labio, liberándolo lentamente, en un gesto muy sensual, en tanto su cadera se removió lentamente bajo la mía, ajustándose a mi ritmo— yo también te siento… muy bien…

Entrecerré los ojos, cuando el significado de sus palabras, me recorrió la columna completamente, llenándome con el sopor delicioso del deseo. La abracé, escondiendo el rostro en su hombro, hundiéndome con más intensidad.

—Eres mala… —le susurré, lamiendo su oído, ella suspiró— y yo que quería ser un caballero…

Me sonrió, la escuché hacerlo en medio de un jadeo que se le escapó.

—Puedes… serlo luego… —me alienta, sus manos buscando mi cadera, indicándome el ritmo que buscaba— ahora sé mi amante…

Había algo en la palabra amante, que me estremeció. Qué hermosa palabra, pensé, tan llena de significado, tan pura y maldita a la vez.

—Me haces… desearte tanto… —dije, cruzando mis brazos bajo su espalda, sintiendo su pecho rozándose contra el mío.

Y de esa manera, perdiendo el control, la avasallé. Del modo que ella me pedía, del modo en que mi cuerpo y mi deseo, me pedían a mí. Entrando con vigor, removiendo su cuerpo sobre la cama, perdiéndome en su sexo.

Me arrodillé y la observé, sus piernas alrededor de mi cadera, mi sexo hundido en el suyo. Sus ojos, observándome perdido en el placer. Ruborizada y mía.

Extendí las manos, llenándomelas con sus senos. El aire, completamente plagado de sus gemidos, que entraban en mis sentidos, embriagándolos. La firmeza de sus pezones, cediendo ante mis caricias. Su boca abierta en un gesto de agonía. Mi propia agonía bullendo en mi sexo, preparando el disparo mortal. El sudor humedeciendo mi sien, sus manos buscando las mías, enlazándolas, alzándose para robarme un beso. La sostuve contra mi pecho, con ambas manos, unidas, contra su espalda. Mor de pronto, removiéndose sobre mí, jadeando contra mi boca, llevándome, al final, sin remedio.

—Mor… Mor… —quise avisarle que se detuviera, quise advertirle que no aguantaría mucho más.

—Hazlo… hazlo por favor… —me suplicó y la sentí tan mía, cuando aquello sucedió, tan mía y yo tan suyo, que por un momento me sentí vacío y vulnerable, completamente perdido en la calidez de su cuerpo. Absolutamente enamorado y entregado. Indiscutiblemente suyo.

Y rompí en un jadeo largo, que encontró refugió en su mejilla, mientras mi sexo se liberaba, en espasmos que me mareaban, me satisfacían, me vaciaban de deseo y me llenaban de amor. Llevé nuestras manos unidas a mi espalda, necesitando su abrazo, su cuerpo completo rodeándome. Mor se agitó un poco más sobre mí, ahora que mi sexo, aún podía proporcionarle placer. Y supe que lo había conseguido, cuando la calidez de su culminación tocó mi ingle, y el suspiro ahogado que se abrió paso por su garganta, me lo indicó.

Luego su cuerpo se desmadejó sobre el mío, como si no tuviese huesos o estos se hubiesen licuado. Llenándome de ternura.

—Descansa… —murmuré contra su cabello, aún húmedo y oliendo a shampoo. Nuestras manos estaban tan unidas, que dolían al intentar soltarlas. Su pecho, agitado, presionando contra el mío

—¿Bill…? —murmuró, apenas, mi nombre.

—¿Sí…?

Mor se reacomodó en el abrazo, como si buscara apretarse un poco más a mí, sin llegar a hacerlo. El silencio que bailó entre los dos parecía decir tantas cosas, que sólo podías llegar a percibir, sin poder comprender con la lucidez que la mente, a veces, parece tener.

Y pensé que sí, que yo también lo sentía, pero que tampoco podía decírselo.

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Minutos después, la observaba dormida. Sus ojos cerrados a la luz, los labios apenas entreabiertos, esperando a que el aire la alimentara. Su cabello casi seco, extendido por la almohada, su pecho removiéndose con cada suave respiración.

Sí, quizás estaba enamorado. Me sonreí tontamente. No, ya no cabía un 'quizás', en esto.

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Me regocijé en esa exquisita sensación que otorga el descanso. La habitación estaba en silencio y una suave respiración chocaba contra mi rostro. Abrí los ojos y descubrí, a la vez que recordé, la compañía de Bill. Dormía, con una expresión tan dulce, que casi suspiro de ternura, noté como mi corazón se disparaba sólo por tenerlo cerca, por sentirlo tan mío ahora mismo, por saber que podía tocarlo si quería, y quería, pero no podía perturbar su sueño, no quería romper la imagen que ahora me otorgaba su rostro en completa calma.

¿Amarlo?

Desde luego, suspiré rendida.

Lo que ahora anidaba en mi pecho, no podía ser otra cosa. La asfixiante sensación de pertenencia que me embargaba, tampoco. Y sabía que no era bueno, comprendía que era una enorme y horrible complicación, más aún…

Negué. No, no pensaría en ello, porque ahora mismo, con Bill dormido en mi cama, quería sentirme feliz.

Escuché el modo en que el aire entraba y salía de su cuerpo. Ese maldito oxigeno que iba, poco a poco e inexorablemente, acabando con la hermosa imagen que tenía frente a mí. Pero no acabaría jamás con el recuerdo, con la imagen grabada que dejaría esta escena en mi mente. Su cabello desordenado, con esos mechones, que normalmente se peinaba hacía atrás, y que ahora eran el marco de su rostro. Los aros de metal de adornaban sus labios, brillando con la escasa luz que aún le quedaba al día, tan simétricos, tan perfectamente adheridos a su boca, su nariz, tan agraciada, sus pestañas rizadas. Su cuello, extenso y blanco, adornado por aquellos lunares traviesos, que me invitaban a explorar. Su pecho, respirando calmado. Todo él, belleza.

Suspiré, cuando la colcha me impidió el análisis más exhaustivo. Me reacomodé un poco, muy lentamente, para no despertarlo, observándolo dormir, preguntándome qué sueños podía estar teniendo, deseando encontrarme en ellos.

Se quejó, aún dormido, su ceño se arrugó, sólo un poco y por un segundo. ¿Debía despertarlo?, ¿sería una pesadilla? Sentí, de pronto, deseos de llorar. Necesitaba, tanto, cuidar de él. Supe, como sabía que saldría el sol cada día, que quería su felicidad, por encima de cualquier cosa.

Y me abrumé, comencé a ahogarme. No podía quererlo así, ¿verdad?, hacerlo era un riesgo para mi alma. ¿Y si estaba embarazada?, perdería todo sentimiento que Bill pudiese tener por mí.

Cerré los ojos e intenté calmarme, entrar en pánico no era el mejor modo de pensar, de razonar. No.

Lo escuché quejarse, tan suavemente, que lo único que logró, fue recordarme a sus momentos de pasión. Lo observé, se quedó de espaldas contra la cama, los ojos aún cerrados, su brazo izquierdo por encima de la cabeza y el tatuaje de su costado, comenzando a insinuarse.

Llevé mis labios a él, sin pensarlo mucho más, después de todo se dice, que sólo tenemos el ahora ¿no? Mañana, probablemente tendría mucho de qué preocuparme, pero 'mañana' aún no llegaba.

El tacto de su piel era suave, tan suave, que parecía imposible en un hombre. Mis dedos vagaron sobre su pecho, hacía el aro que adornaba su pecho, sabía que lo despertaría, pero no creía que eso le fuese a molestar.

¿Por qué, resultaba mucho más fácil entregar el cuerpo, que el alma?

Lo escuché respirar profundamente, cuando la misma mano que acariciaba su pecho, bajó por su estomago y su vientre, encerrando su sexo, que descansaba, débil, sobre su cuerpo.

—Mmm… —una expresión de satisfacción se escuchó, cuando lo acaricié suavemente. Sabía que estaba a un paso de despertar.

Mi lengua humedeció su costado y su sexo comenzó a llenarse, su mano acarició mi cabello y su voz, oscurecida por el sueño y la pasión, me habló.

—No me molestaría despertar así, cada día… —pareció sonreí.

Lo miré, descansado mi mejilla en su estómago.

—Cambia a tu hermano de habitación… —me encogí de hombros.

—No me hagas pensar ahora… que no puedo… —cerró los ojos, cuando mi mano presionó su sexo.

—¿Podemos dejar el estudio para mañana? —pregunté, manteniendo las caricias.

—¿Por favor?... —pidió.

Sonreí y me monté sobre su cadera, sintiendo su cuerpo tibio, casi caliente, bajo el mío. Besé sus labios y murmuré contra ellos.

—Hoy eres mío…

Y sabía que hoy, era lo único en lo que quería pensar.

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Escuché el sonido de llamada dos, tres, cuatro veces, pero Morgana no respondía. Por segunda vez me salió el buzón de mensajes y por segunda vez corté la llamada. Habíamos pasado la noche juntos en su departamento y por la mañana la había dejado, a regañadientes, en la puerta de su trabajo. De eso hacia ya, cerca de diez horas y ella no me respondía el teléfono.

—¿No contesta aún? —preguntó Tom, saliendo al jardín, que era dónde me encontraba.

Negué con un gesto, mirando a mi perra, que me observaba curiosa desde el piso.

—No contesta… —le sonreí y ella movió su cola.

—¿Un cigarrillo? —me ofreció mi hermano. Se lo recibí— Helena, tampoco ha vuelto, andarán juntas —intentó calmarme, mientras me encendía el cigarrillo. Aspiré el humo, sin poder evitar, evocar el modo en que Mor, fumaba de mi boca.

—Quizás… pero es extraño —me corregí de inmediato—, sabía que la llamaría.

Tom fumó también.

—Helena no está embarazada —me contó entonces.

—¿No? —lo miré—, es un alivio.

—Sí, se podría decir que sí… —exhaló el humo— dijo que había sido algo preventivo.

—Preventivo —repetí.

—¿Qué te puedo decir? —se encogió de hombros—, yo tampoco lo entiendo.

Volví a aspirar, dejando que el humo jugueteara dentro de mi boca y lo expulsé, esta vez, sin permitirle entrar a mis pulmones.

—Creo que estoy enamorado… —le confesé a Tom.

Él rió.

—¿Lo crees? —me preguntó.

Reí y lo miré.

—Sí…

—Anoche no llegaste a dormir —me recordó. Yo sólo pude reír un poco más.

—¡Tómame en serio! —me quejé entre risas, dándole un pequeño empujón—, te estoy contando algo importante.

En ese momento su teléfono sonó. Arrugó el ceño cuando vio el número. Yo me mantuve atento.

—¿Si? —preguntó, escuchó y luego me miró.

—¿Qué pasa? —quise saber. Me hizo un gesto con la mano, para que esperara.

—Bien… entiendo… ¿estarán bien?... —continuaba hablando Tom y yo notaba como me iba desesperando, ¿quién podía ser?, ¿estarán bien?, ¿qué clase de pregunta era esa?

—¿Quién es? —continué interrogando.

—Sí, tranquila… —me miró atentamente— se lo diré… sí… adiós Helena.

Cortó.

—¿Qué pasa? —mis preguntas ya habían pasado de la duda a la preocupación.

—Nada demasiado importante —comenzó a explicarme.

—Nada demasiado, o sea, que es importante —insistí.

—Bill.

Llamó mi atención y yo cerré la boca esperando. Era su forma amable de decirme que no me contaría nada, si no me calmaba.

—Helena y Morgana, pasaran la noche en su departamento… —no pudo continuar, porque lo interrumpí.

—¿Por qué?

Tom respiró profundamente, para luego fumar y quedarse en silencio.

—¡Oh, estúpido! —reclamé— La llamaré.

—No te van a contestar —dijo con calma.

—Pero…

—Bill.

Volvió a intentar calmarme.

—¡Mierda! —exclamé, apretando los labios, en señal de absoluto silencio, cosa muy difícil para mí, ya que mi cabeza siempre estaba burbujeando.

—Morgana se siente algo mal del estómago y prefirieron pasar a su departamento, así no compartirían cama y dormiría más tranquila —me explicó. Yo abrí mucho los ojos, pidiendo más detalles, sin hablar—, no ha respondido el teléfono, porque se ha quedado sin batería, pero dice que mañana te llamará.

Solté el aire.

—Enferma… —reflexioné— ¿habrá sido la comida?...

En realidad no importaba lo que hubiese sido, sólo me importaba lo mucho que deseaba estar con ella, aunque fuese para arroparla.

—¿Nos vamos por unas pizzas? —preguntó Tom junto a mí. Lo miré, suspiré y curvé la boca, buscando mostrar una sonrisa resignada.

—Vamos por unas pizzas… —acepté, comenzando a caminar al interior de la casa. Apagué el cigarrillo en el cenicero que llevaba Tom en la mano y él hizo lo mismo— ¿Y si les llevamos la cena?

Mi hermano suspiró.

—¿Tú estás seguro, que sólo crees estar enamorado? —preguntó.

La risa que me salió, fue clara y amplia. Tenía razón, ya no podía hablar de posibilidad. Era un hecho.

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"La regla es; Lo que pasa en Las Vegas, se queda en Las Vegas"

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Continuará…

Misión cumplida, aunque a veces no sé cómo. Me perdonaran los errores ¿si?, ayer edité el capítulo, porque eran muchos, espero no tener que hacerlo hoy también… jejjejee...

Comienza Semana Santa por acá y mis días pueden salir un poco de la rutina, así que dejaré capítulo en cuanto puedo.

Me encantó la ternura de este capítulo (se encoge de hombros), que le voy a hacer, soy una romántica.

Besos y muchas gracias por sus mensajes. Me encanta leerlos. Ya los contestaré, cuando logre tener menos de siete ventanas abiertas en el navegador.

Siempre en amor.

Anyara