Capítulo 25: Consecuencias.

Era tan obvio que su influencia ya no era la misma de antes, que se maldijo cuando supo que era demasiado tarde para salir corriendo. No llegaría. Se mordió el labio inferior, tratando de contener la ira que sentía en ese momento. Una vez más, lo habían decepcionado y se sentía tan furioso por ello, que ya estaba pensando en la reprimenda que daría.

Shion dejó al guardia con la palabra en la boca y salió corriendo de sus aposentos. Era casi media noche y al parecer, el día sería más largo de lo que creía.

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Fue como si el tiempo se hubiera detenido. La brisa nocturna era la única que parecía estar viva en aquel espectáculo. El cosmos que emanaba del Coliseo era lo suficientemente poderoso como para que incluso, las amazonas que ya dormían plácidamente en sus cabañas, despertaran asustadas temiendo un ataque de los enemigos.

Eetrin estuvo tentado a detener la pelea, él ya había visto suficiente, pero el semblante de Kratos se lo impedía. El romano parecía estar extrañamente fascinado por la escena y apretaba los puños con tanta violencia, que seguramente ya tendría los nudillos blancos.

—Tenemos que detenerlos. —Dijo Eetrin, que se había acercado a su compañero de armas.

—No. No lo harás.

—Kratos, ¿es que acaso no te das cuenta? —inquirió Eetrin furioso—. Esto ha dejado de ser una pelea común, yo… —"nunca había visto a Milo así", quiso decir.

—Recuerda las reglas, nadie debe morir. —Contestó Kratos con una media sonrisa. —Además, el final se aproxima.

El egipcio miró a los niños. Sus miradas habían dejado de ser infantiles: parecían verdaderos guerreros. Además el semblante de Milo aún le asustaba; conocía bien de su fortaleza y sabía que el niño era capaz de lograr cosas increíbles si se lo proponía, pero aquel rostro que demostraba un gusto inmenso por pelear jamás lo había visto. Incluso pensó que le temía, que quizá después no sería capaz de controlarse y acabara… Eetrin no quería ni pensarlo. Tenía que detener ese espectáculo. De alguna forma.

"Temo que después sea demasiado tarde".

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Johan había pensado que todo era una absurda pelea infantil hasta que sintió aquella explosión de cosmos, tan poco usual en aprendices tan jóvenes. No era común que niños que ni siquiera habían adquirido su armadura dorada poseyeran tal poder, era ridículo. Afrodita y Death Mask estaban a su lado, con el mismo semblante de asombro que el santo de cáncer y ciertamente, ambos sabían que aquella pelea era algo que ya sobrepasaba los cánones normales de una entre aprendices.

—Señor, ¿qué…? —preguntó titubeante Afrodita.

—Vayan por el patriarca.

—Pero…

El holandés le lanzó una de sus miradas usuales de reproche a Death Mask que no significaban nada más que "calla y obedece", así que más con resignación que con ganas ambos niños se encaminaron a cumplir la orden que habían recibido.

"Maldición", pensó Johan chasqueando la lengua. Si eso continuaba así, se vería obligado a intervenir. Y lo que más le molestaba, era que probablemente acabara herido.

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—¿Has terminado ya, Kanon?

—¿Crees que ordenar más de 1,000 títulos de la A a la Z sea algo sencillo?

—No. Me extraña que lo estés haciendo de la forma correcta —contestó Saga a la pregunta retórica.

—Quizá podamos demandarlo algún día.

El gemelo mayor sonrió y se sentó en una de los acojinados sillones que había en la biblioteca personal de Haeilk, el único lugar acogedor de la casa.

—¿Y dónde está él? —inquirió Kanon.

—Dormido en nuestra habitación, por eso he venido aquí.

—Pensé que venías a ayudarme.

Por toda respuesta, Saga rió y comenzó a hojear algunos títulos que yacían esparcidos por todas partes y que Kanon no había ordenado. Algunos no los entendía en lo absoluto porque estaban en idiomas completamente indescifrables para él, a algunos otros les faltaban páginas que no habían sido precisamente aniquiladas por Mr. Magoo.

—Podríamos hacer una gran pira con toda esta basura. —Dijo furioso Kanon, arrojando un libro mohoso cerca de Saga.

—Es Hamlet, de Shakespeare —dijo leyendo el título— y parece que pertenecía a alguien más.

—¿Al santo de géminis de la anterior Guerra Santa? —replicó el gemelo menor, hastiado de su explotadora labor.

—No. A un tal Mahdi.

—No lo conozco y por lo tanto no me interesa.

Saga ignoró el mal humor de su gemelo, así que simplemente se puso a hojear el libro hasta que algo resbaló de entre las hojas. El géminis lo tomó entre sus manos y con ayuda de la vela que tintineaba a su lado la observó. Sin ninguna duda, era una carta sin remitente. ¿Cuántos años tendría esa cosa ahí?

—¿Una carta?, ¿qué dice?

—No tenemos derecho a leerlo.

—Saga, por todos los dioses, seguro es de ese tal Mahdi, y si ya está muerto no creo que le importe mucho…

—Kanon, deja de comportarte como un niño.

—Y tú deja de aparentar que eres muy maduro.

—No tengo interés en comenzar otra discusión contigo.

—Entonces vete de aquí, que me estorbas —contestó colérico el gemelo.

Saga cerró el libro violentamente y se lo arrojó a Kanon. La carta, por supuesto, se la había guardado en el bolsillo. Algo le decía que su contenido le interesaba.

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Dolía. No tenía idea de que doliera tanto. Era insoportable. Era difícil respirar. La visión se le nublaba, un leve temblor se había apoderado de él y las piernas ya no eran capaces de sostenerlo. Sentía una pesadez recorriéndole el cuerpo, quemándolo y consumiéndolo. ¿Qué era aquello que le arrojaba, porqué le provocaba tanto dolor?

Mordía con tanta fuerza su labio inferior que éste comenzó a sangrar. Más sangre. Ya era suficiente, había perdido demasiada. Su cosmos también se agotaría y moriría, estaba seguro. Era débil.

"¿Por qué eres débil?"

Porque no tenía a nadie a quién proteger. Porque aquellos discursos de que tenía que venerar siempre a su diosa no habían significado nada para él. Porque estaba tan solo que en realidad, les daría igual si seguía con vida o no. Pero su orgullo era demasiado y no lo dejaría, no permitiría que todo acabase así.

Alzó la mirada y se encontró con los profundos ojos azules de Milo. Casi diría que tenía un leve matiz rojizo. Era un verdadero guerrero. Era fuerte, más fuerte que él.

Pero era su amigo.

Entonces concentró todo su cosmos en las manos. La ejecución aurora era por su dignidad.

"¿Qué significa?"

No estaba seguro de entenderlo.

Pero sabía que no se perdonaría si todo acabara así.

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En la lejanía sólo podía escuchar el ruido que por momentos hacía Kanon cuando los libros caían al suelo estrepitosamente. Sentía el cosmos de Saga débil, seguramente descansando. Y por supuesto que también era consciente de los problemas que se estaban suscitando en el Santuario, pues había sentido dos cosmos agresivos; pero ese no era su problema. Haeilk no se sentía con ánimos para solucionarles la vida a los demás y se sentía cansado.

Quizá ya era tiempo de retirarse. Ser Santo no había sido lo mejor, pero había sido bueno. Una prueba difícil de afrontar. No podía quejarse. Había tenido la oportunidad de conocer a los que ahora eran sus amigos, aunque lo malo era que también los había perdido. A muchos de ellos.

Si su vida hubiera sido distinta, ¿también el destino de los gemelos hubiera cambiado?, ¿hubieran sido simplemente dos niños que asistieran a la escuela, hicieran la tarea y se rasparan las rodillas?, ¿hasta dónde sus acciones habían afectado a sus hijos?

Alguien tocaba la puerta.

—Adelante.

—Pensé que estarías ocupado, es algo tarde… —dijo quedamente.

—No te preocupes. ¿Ocurre algo, Helga?

—Sí. Ocurre.

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—¡EJECUCIÓN AURORA!

—¡ANTARES!

Sí. Era ese dolor.

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El vacilante cosmos de Camus había sido disparado sin dirección. Cualquiera habría podido esquivarlo fácilmente, aunque contuviera todo su poder, era inútil, no había demasiado qué hacer. Había perdido la pelea y ahora Antares se impactaría en él y todo habría terminado.

Veía la aguja venir, ¿significaba eso qué dominaba ya el séptimo sentido? Qué tarde era para eso. Cerró los ojos y se preparó para recibir el impacto. Pero éste simplemente no llegó.

Kratos se había interpuesto. Una hilera de sangre resbalaba de su mano derecha.

—Perdimos, Eetrin. —Aceptó con voz grave.

—Sí, lo hicimos —contestó el Escorpión.

—Ha sido una estupenda pelea, Milo. Es sorprendente el cosmos que tienes acumulado, aunque esa Antares no llevaba demasiada puntería pudiste haberlo herido de gravedad.

Milo no contestó al elogio del Santo de Acuario. Estaba asombrado de lo que había estado a punto de hacer.

—Creo que por ahora descansarán. Veré si Algernón quiere hacer de enfermera de nuevo —dijo con una media sonrisa Kratos.

—No. Ustedes no se van a ningún lado.

El Escorpión y el Acuario se giraron al mismo tiempo. Detrás de ellos, estaba Shion cruzado de brazos.

—Johan, sé que estás ahí escondido así que ven acá y lleva a los niños a descansar.

—Sí, señor —dijo el Santo de Cáncer saliendo de su escondite y maldiciendo en su fuero interior.

Tomó a ambos niños y se alejó de ahí. El mismo Johan se asombró cuando vio los rostros de los pequeños, ambos tan asustados y lastimados. "Es sorprendente que con su nivel hicieran eso"; pensó.

—¿Y bien —inquirió el Patriarca girándose hacia los Santos— quién de ustedes comenzará a explicarme qué ocurrió aquí?

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—Tienes que hacerlo. —El semblante de Haeilk se había endurecido—. Porque es tu obligación como amazona.

—Pensé que esa absurda ley quedaba obsoleta cuando tenía que agredir a tu compañero de armas.

—Compañero, Helga. Tú lo has dicho —el árabe asentó el vaso en la mesita y la débil llama de la vela tintineó—, ¿le has dicho al Patriarca?

—No. Anda demasiado ocupado con ese par de idiotas como para pensar en otra cosa —contestó la pisciana, haciendo alusión a Eetrin y Kratos.

—Lo sé, son muy problemáticos —sonrió él—, aún así deberías hacerlo.

Ella se quedó en silencio observando la danza que la llama ofrecía. Las gotas de cera habían comenzado a tomar formas caprichosas en la mesa.

—Helga —Haeilk posó su mano en la de ella y la chica se sobresaltó—, tienes el lugar que te mereces en este Santuario. Tuviste que afrontar muchas penurias y yo vi tu dolor cuando entrenabas. Tu maestro era más duro precisamente porque eras una mujer. Cumple con tus obligaciones porque créeme, yo más que nadie sé que si no lo haces acabarás perjudicando a los que menos quisieras hacerles daño.

Él no lo pudo ver, pero ella tenía los ojos como platos. Haeilk, el más responsable de ellos no podía estar hablando de esa manera: era intachable, desde cualquier punto de vista.

—No abandones todo lo que has conseguido, Helga. Tu armadura, tu honor, incluso a Afrodita. Yo no te lo perdonaría.

El silencio se cernió sobre ellos. Ella sabía que había hecho bien en hablar con él: era justo lo que necesitaba escuchar: —Gracias, Haeilk.

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— ¡Duele, duele!

— ¡Ya deja de moverte!

— ¡Pero duele! ¡Y apesta!

— ¡Johan, ayúdame!

—Pero es que de verdad apesta…

El Santo de Tauro fulminó con la mirada a Johan, era increíble que entre más trataba con él lo detestaba aún más. Enoc había tratado sin mucho éxito de ponerle un ungüento a Milo, pero este forcejeaba y parecía que poco a poco iba recuperando toda su energía inicial.

—Bien Milo, no te lo pondré, pero si vuelvo en media hora y tus dedos siguen de ese color tendré que amputártelos.

El niño lo miró sorprendido y extendió su mano con presteza.

—Así está mejor —sonrió Enoc y comenzó a colocarle el ungüento.

—Oye tú, ¿dónde está Camus? —le gritó Milo a Johan.

Una peligrosa vena palpitante se asomó en la frente de Johan.

—¡Oye!

—¡Mocoso malcriado! —espetó el santo de Cáncer y salió de la habitación dando un portazo.

—No tenías que hablarle así —aunque en su fuero interno le agradecía que había logrado que se marchara.

—Pero, ¿dónde está Camus?

—Con Algernón. Él es mejor con las técnicas curativas que muchos de nosotros.

El pequeño griego guardó silencio y observó al imponente hombre de cabellos castaños que le colocaba el ungüento. Aunque se encontraba sentado, Milo se daba cuenta de lo alto que era y sin embargo, sus ojos marrones transmitían toda la paz y serenidad que su cuerpo no demostraba.

—¿Estará bien? —preguntó Milo con voz temblorosa.

—Supongo que sí. No sé cómo es que ustedes se han prestado a esa pelea de sus maestros, el Patriarca está furioso.

—Era un juego.

—¿Un juego?, ustedes nunca dejan de sorprenderme. Serán una generación extraña —afirmó Enoc pensativo.

Milo ya no lo escuchaba. Se había quedado dormido.

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El niño yacía en la cama en un sueño intranquilo. La hemorragia que lo había debilitado por fin había sido detenida y tenía gran parte del cuerpo vendado; su respiración antes agitada por fin había comenzado a hacerse normal. El santo de Sagitario se lavó las manos y Aioros le pasó una toalla.

—Ha sido increíble, maestro.

—Una suerte, diría yo. Afortunadamente Camus es muy fuerte. Vigílalo Aioros, necesito salir.

El aprendiz asintió y se sentó en uno de los mullidos sillones de la habitación.

Fuera de la habitación, Kratos lo esperaba con un pie apoyado en la pared.

—Pensé que el Patriarca no los dejaría vivos.

—Ha sido un largo discurso.

—Ha sido una estupidez —dijo Algernón enojado.

—Ya, ya. Ya me sé esa parte. ¿Cómo está? —preguntó el Acuario en referencia a Camus.

—Vivo.

—Menos mal, ¿crees que mañana ya se encuentre bien?

—¿Mañana? —Inquirió atónito el santo de Sagitario—, ¡claro que no!, ¿qué diablos estás pensando?

—No fui yo —respondió Kratos con una sonrisa mas bien triste—, el Patriarca nos ha exiliado de este Santuario.

—¿A ti y a…?

—No, sólo a mí con Camus, por supuesto. Tenemos que partir a Siberia, así que date prisa y haz uno de tus milagros médicos.

Algernón ni siquiera pudo contestar y vio como Kratos se alejaba por el pasillo como un fantasma. El Santo se quedó pensando en que esa era la primera vez que había visto a su compañero tan abatido y con su usual brillo en los ojos azules apagado. Parecía más humano de lo que nunca en su vida lo había sido.

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N/A. Antes que nada… primero, una gran disculpa por haberme tardado tanto en actualizar. Sé que es una falta de respeto para mis lectores/as y realmente me siento muy apenada, pero andaba bloqueada completamente. Hoy ha habido un poco de inspiración y la aproveché antes de que huyera y sin embargo, el capítulo no me satisfizo del todo. Está confuso, extraño y corto. ¡Se los compensaré!

En fin… gracias a las dos personas que me estuvieron presionando para que esto siguiera adelante y ellas saben quiénes son. Espero haberlas complacido.

Y bueno, sus comentarios, críticas constructivas o chocolatines son bien recibidos.