El rebelde y la dama del establo
Por: Wendy Ovalles
Capítulo 25 Dos almas y un solo corazón
Dos semanas ya habían transcurrido desde la visita de Albert en la casa Grandchester. Todo se encontraba patas para arriba y los sirvientes corrían de un lado para otro. Albert y el Duque habían acordado que la ceremonia civil de adelantara, ya que las cosas estaban poniéndose realmente feas para Inglaterra y con lo del bebé, mientras más rápido fuera, mejor.
-Candy, todo está quedando tan hermoso. Y eso que sólo es la ceremonia civil, no quisera saber cuando hagan la boda por todo lo alto.
Decía Patty muy emocionada mientras ayudaba a Candy a prepararse y más emocionada aún de que ella y Stear eran los padrinos.
-Estoy tan nerviosa, Patty. ¿Segura que el vestido me queda bien? No me veo... como te digo, ¿gorda?
Decía la pecosa preocupada.
-¿Gorda? Pero Candy, ¿qué cosas dices?
Patty no tenía ni idea de la gordura a la que se refería Candy.
-No es nada, Patty, olvidalo.
Candy realmente se veí hermosa, angelical. Entre ella y Eleanor habían elegido un elegante y sencillo vestido blanco en estilo griego, manga corta, dejando descubiertos sus brazos y hombros y un muy bonito escote en la parte de al frente que tenía las formas que serían llenadas con su busto. Llegaba hasta sus tobillos cayendo en una falda en escalones, el borde del área del busto y la cintura era plateado, tenía unas hermosas sandalias plateadas al igual que sus pendientes y collar a juego. El pelo se lo habían recogido magistralmente en un moño y le habían colocado en el lado derecho un hermoso broche en forma de orquídea blanca. Patty la había maquillado suavemente, un poquito de polvo facial para eliminar el brillo, rubor y sus labios rosaditos. Estaba muy hermosa en realidad.
-Te ves sencillamente magnífica, Candy.
-Muchas gracias, Patty. Y deja que Stear te vea, que se va a desmayar.
Dijo la pecosa, pues Patty llevaba un sencillo, pero fabuloso vestido strapless color morado en forma de V arriba y abajo caía como una campana hasta sus pies que estaban calzados por unas sandalias doradas al igual que sus accesorios. El pelo lo llevaba suelto, pero se lo había rizado y se había colocado un broche en forma de violeta y se maquilló de manera similar a Candy. Patricia era un joven muy bella y los vestidos aunque su figura no fuera muy delgada, le asentaban muy bien.
En otra habitación se encontraba Terry preparándose. Se había puesto un smoking negro, unos zapatos italianos muy elegantes y modernos para la época. Había atado su pelo en una coleta amarrado en la nuca y peinado hacia atrás. Terry robaba el aliento, muchos cuellos iban a partirse en esa ceremonia.
-Papá, puedes ayudarme con esto?
Preguntó Terry tratándo de amarrarse el lazo en el cuello. El Duque lo ayudó gustosamente y le acomodó el resto del atuendo.
-Me recuerdas tanto a mí, hijo, cuando...
Comenzó a decir Richard Grandchester y aunque no terminó la oración, Terry supo muy bien a qué se refería y sintió una opresión en el pecho.
-Papá, yo... quería darte las gracias por todo. Todo esto ha sido gracias a tí.
Terry por impulso le dio un gran abrazo a su padre y ambos tuvieron que hacer un buen esfuerzo para no llorar.
-Ya, ya, parecemos unas señoritas.
Dijo el Duque y ambos empezaron a reir.
-Bueno, Terry, vamos ya, no sea que la novia llegue primero que tú.
Ambos salieron a ubicarse donde correspondía. La ceremonia tenía lugar en el elegante salón de la casa Grandchester. Todo estaba sencillo, pero magnificamente decorado. Los manteles y adornos eran en blaco perla y dorado. Las flores que decoraban casi todo el lugar eran lirios y los centros de mesas eran unos hermosos jarrones de cristal con rosas blancas y rojas. En el centro había una mesa elegantemente adornada donde estaba el bizcocho blanco con adornos en florecillas doradas y en la parte de arriba donde estaba la estatuilla que representaba los dos novios caía una fila curvada de lirios de azúcar. Nada era ostenso, pero todo lucía perfecto. Por supuesto que había una enorme mesa con el banquete que era custodiado por elegantes meseros, cortesía del servicio de catering que habían contratado y una barra de bebidas con los más finos vinos y champagne.
El juez ya había llegado y se ubicó en su lugar. Todos los invitados estaban ocupando sus respectivos lugares. La tía-abuela, la abuela Martha, Eleanor, George, sentados donde correspondía. Mientras que Terry estaba junto a su padre, de pie, frente al juez y muerto de los nervios y en el otro extremo, Patty y Stear que eran los padrinos junto a Archie que portaba los anillos.
-Cálmate, hijo, ella no va a escaparse a ningún lado.
Dijo el Duque para aliviar a Terry, pero no fue necesario porque la marcha nupcial comenzó a sonar y Candy iba caminando del brazo de Albert, ambos sonreían con un orgullo inexplicable y Terry pensó que ya se encontraba en el paraíso.
-¡Está tan hermosa!
Aunque no lo crean, este comentario vino de la abuela Elroy, que aunque disimuló, se le habían escapado un par de lágrimas.
-Es el momento más feliz que he vivido en mi vida. Que Dios les de mucha felicidad.
Esto lo decía Eleanor, pero ella no contenía su emoción y lloraba de pura alegría al ver el sueño de su hijo hecho realidad. Minutos después de que Albert entregara a Candy a Terry, la ceremonia comenzó.
-Por el derecho que me confiere la ley según emendada y la ciudad de Londres, ante todos los testigos aquí presentes y delante de Dios, Terrence Grandchester, acepta usted como esposa a Candice White Andrew bajo su propia voluntad, si es así, diga, sí, acepto.
-Sí, acepto.
Dijo Terry con voz fuerte y orgullo.
-Candice White Andrew, acepta usted como esposo a Terrence Grandchester bajo su propia voluntad, si es así, repita, sí, acepto.
-Sí, acepto.
Dijo Candy con una deslumbrante sonrisa.
-Los anillos, por favor.
Dijo el juez y el elegante Archie se acercó y se los extendió en una hermosa almohadilla blanca de seda. Terry y Candy se los colocaron delicadamente.
-Yo los declaro marido y mujer. Puede besar a la novia.
Y Terry no se hizo de rogar. Le tomó delicadamente el rostro a Candy y le dio un tierno beso sellando su pacto de amor. Todos los presentes comenzaron a aplaudir de pura alegría. Eleanor y la abuela estaban llorando de emoción. Todos en turno felicitaron y abrazaron a la pareja. Luego inició el vals, Candy primero bailó con su esposo, como corresponde, luego con Albert, con George, sus primos y con el Duque. Mientras que Terry a su vez bailó con su madre, con la tía-abuela, con Patty y hasta con la abuela Martha. Todo el mundo bailó y cambió de pareja consecutivamente, Terry no hizo ningua escena cuando Candy bailó con todos, estaba tan feliz que no le importaba. Después de todo, ella era su esposa ahora. Después de haber dejado hasta el pellejo bailando, se dispuso el banquete y se repartió el bizcocho y las bebidas. Todo salió excelente, sin contratiempos.
-Princesa... ¿Te gustaría escaparte ahora?
Preguntó Terry con malicia y con los ojos encendidos.
-¿Ahora? ¿Pero a dónde? Los invitados...
-Princesa, los invitados están muy bien disfrutando de las anécdotas de Albert en su viaje por el mundo. Nadie se dará cuenta, vámonos.
Y sin dar tiempo a protestas, Terry arrastró a Candy de la mano y llegaron al auto que le había regalado el Duque a Terry hace unos días atrás.
-Pecosa, tendrás que ponerte esto durante el camino.
Dijo Terry le extendió a Candy una venda.
-Pero...
-Es una sorpresa, Candy, póntelo.
Candy obedeció y se pusieron en marcha. La rubia no insistía en quitarse la venda, pero no paró de torturar a Terry haciéndole preguntas durante todo el trayecto.
-Ya llegamos, princesa.
-¿Ya me puedo quitar la venda?
Preguntó Candy después que Terry la hubo bajado del auto.
-Si, mi amor, ya.
Cuando Candy al fin pudo ver, pestañó varias veces ante la maravilla que veía.
-No puede ser, esta es... la...
-Así es, princesa, la mandé a preparar para tí.
Se encontraban en la cabaña o más bien en la que había sido la cabaña. Ahora estaba totalmente remodelada, pintada, su puerta y ventanas habían sido reemplazadas. Cuando entraron, todo había sido cambiado, las paredes estaban pintadas en tonos blancos y crema, las cortinas eran verdes, la cocina estaba adaptada y la alacena llena, había un juego de comedor de cuatro sillas en caoba y un juego de sofás tapizado con motivos florales en lo que hacía de salón. En el baño había una tina completamente nueva y lista para extrenarse.
-Terry... todo esto es asombroso, ¿cuando fue que...?
-Hace unas tres semanas. Hablé con mi padre y contactó al antiguo dueño, por una considerable cantidad de dinero, el resto fue historia. ¿Te gusta?
-¡Me encanta!
-Y eso que aún no has visto lo mejor.
Entonces Terry la guió a la habitación principal. Candy se sintió en un cuento. Había un camino de pétalos de rosa rojos hasta donde estaba una amplia cama matrimonial con sábanas blancas de seda y en el centro había un corazón en pétalos rojos también. Al rededor de la cama habían unas elegantes y aromáticas velas que daban un toque muy romántico a la habitación. En la mesita de noche estaba una botella de champagne y dos copas.
-Terry, no tengo palabras...
-No digas nada, princesa, ven aquí.
Terry la acercó a él y la besó apasionademente, recorriéndole todo el cuerpo con sus ávidas manos.
-Estás muy hermosa, Candy. Soy el hombre más afortunado del mundo.
Dijo Terry besándole el cuello y susurrándole al oído mientras Candy sentía que iba a derretirse.
-Te amo tanto, Terry, te amo más que a nada.
Candy comenzó a besarlo y acariciarlo con la misma intensidad. Terry comenzó a adueñarse de sus senos que estaban cada vez más hermosos y apetecibles, mientras ella entre jadeos iba despojándolo del smokin.
-Te amo, princesa, no podría cansarme de tí nunca.
Terry comenzó a bajarle la cremallera del vestido y dejó que este callera al suelo. Ella no llevaba corpiño, su vestido no lo requería y él pudo seguir disfrutando de esas dos preciosidades a plenitud. Comenzó a acariciarle toda la cintura, luego con sus labios disfrutó de sus senos mientras la acercaba más hacia él apretándole las nalgas. Candy ya le había quitado toda la parte de arriba de su ropa y le acariciaba el torso y lo besaba desesperada.
-Te deseo tanto, Candy. Estoy muriendo por hacerte el amor ahora mismo.
-Yo también te deseo más que a nada, Terry, deseo tanto ser tuya en estos momentos...
Dijo Candy inundada de pasión y Terry la besó desenfrenadamente mientras le soltaba el pelo que caía como una cortina de rizos rubios sobre su espalda, casi llegando a su trasero. Terry la colocó en la cama, sobre el corazón de pétalos y tomó la botella de champagne que estaba en la mesita.
-¿Que vas hacer, Terry?
-Ya lo verás.
Terry abrió la botella y comenzó a verter la bebida entre la ranura de sus pechos, su vientre y su ombligo. Cuando comenzó a beber de su cuerpo, Candy sintió un extremecimiento que no pudo explicar. Se arqueaba y se removía bajo sus labios.
-Terry, esto es, divino, Terry...
-¿Te gusta?
-Sí, mi amor, mucho.
Contestó Candy retorciéndose debajo de él y mordiéndose los labios.
-¿Me deseas, princesa?
-Sí mi amor, te deseo tanto...
-¿Quieres ser mía?
Le preguntó Terry sin dejar de besarle todo el cuerpo y recorrerlo con las manos.
-Sí, quiero ser tuya, ahora, por favor, mi amor, ahora.
Candy estaba desesperada y le bajó los pantalones de un jalón. Terry se excitó tanto con esa iniciativa que se deshizo pronto de los calzoncillos. Se colocó sobre ella, entralazó sus manos con las suyas y entró en ella de una sola estocada. Candy estaba tan excitada y húmeda que Terry se sintió en la gloria. Siguió entrando y saliendo de ella ritmicamente y por primera vez escuchó a Candy gritar sin cohibición. Gritaba su nombre y Terry pensó que iba a enloquecer.
-Te amo, princesa. Eres mía, sólo mía.
-Sólo tuya, mi amor. Prométeme que nunca vas a dejar de hacerme esto.
Decía Candy ahogada en placer.
-Puedes estar segura, nunca voy a dejar de hacerte esto.
Y Terry entró en ella con más fuerza, provocándole el orgasmo más intenso que haya tenido jamás. Terry undió la cara en los pechos de ella y finalmente él también alcanzó el climax de manera arrebatadora. Terry se quedó sobre ella un momento y la abrazaba de manera posesiva mientras ella le acariciaba el pelo y la espalda. Terry se quedaba tan tranquilo, dejándose mimar.
-Te amo tanto, engreído.
Al escuchar eso, Terry levantó la cabeza y le dio un beso.
-Tú me tienes engreído. Además no es mi culpa que me consientas como a un bebé.
-Pues si quieres, puedo cambiar de parecer...
-No. Ya estás muy tarde y sigue acariciándome el pelo, que me gusta.
Dijo Terry arrogante y se acomodó nuevamente como estaba. Con tantas caricias, Terry se quedó dormido y ella contemplaba a su rebelde con adoración, él no dejaba de sorprenderla, sólo él podía llevarla de la rabia a la risa y viceversa en un mismo momento. Sólo él podía ser tan tierno y tan furioso, tan simple y complejo, tan dado y posesivo. Terry era único, el único para ella y ella lo amaba aún cuando rabiaba, cuando era posesivo, cuando era insoportable, él era irresistible.
-Pecas, ¿quieres tomar un baño?
Preguntó Terry despertando y estrujándose los ojos como un niño.
-Sí. Hace rato muero por uno.
-Vamos.
Entonces Terry se la llevó de la mano, así desnudos como estaban, la condujo a la tina que estaba llena de agua tibia perfumada con rosas y pétalos que flotaban maravillosamente. Terry entró primero en la tina y se sentó, luego la entró a ella y la sentó a horcajadas sobre él y se puso a observarla detenidamente. Notó que su vientre, aunque aún no se notaba mucho su embarazo, se había puesto duro en la parte baja, formando un pequeño bultito, de dos meses aproximadamente.
-Este bultito pequeñito, es tu bebé, mi amor.
Dijo Candy llevándole las manos al área señalada. Terry comezó a besarle ese lugar, amaba a su bebé con locura aunque aún no estuviera en el mundo. Seguido de eso, Terry comenzó a mojar el pelo de Candy con sus manos, se lo enjabonó y comenzó a frotárselo, se sentía divino, pensaba Candy. Después que terminó con su pelo, comenzó a enjabonarle los hombros, el cuello, los brazos, el pecho y con mucha delicadeza, el vientre. Luego la giró de espalda a él y le enjabonó la espalda, la giró nuevamente y le enjabonó las piernas. Candy nunca se había sentido tan mimada. Terry la enjuagó completa y después con el mismo jabón comenzó a masajear sus pies.
-Eres divino, mi amor.
-Lo sé, lo sé.
-Terry, no seas presumido.
-Tus piecitos son tan pequeños, igual que tu naricita.
-Aún pueden crecerme.
-No lo creo, te quedarás enana como siempre.
-¡No soy una enana!
-Claro que sí, eres quince centímetros más baja que yo, así que eres una enana.
-Eso es porque tú eres muy alto.
Esta pareja era especial. Ni en su noche de bodas podían dejar de reñir por cuanta tontería se les ocurriera.
-Pero eres mi enana. Mi enana con sus curvas deliciosas.
-¿Tengo muchas curvas?
-Sí, muchas. Por ejemplo, tienes dos curvas aquí y dos más aquí.
Dijo Terry refiriéndose a sus pechos y glúteos.
-Tienes dos más aquí y una aquí.
Esto otro lo dijo refiriéndose a sus delicadas y redondeadas caderas y por último al bultito de su vientre.
-Pero la mejor curva que tienes es esta.
Dijo refiriéndose a su sonrisa. Entre mimos y jugueteos y hasta ciertos enojos por tonterías, y por supuesto que en la tina hicieron el amor una vez más, finalmente terminaron de bañarse. Se pusieron una ropa de dormir y se acostaron. Terry se había dormido con la cabeza apoyada en el vientre de Candy y abrazándola por la cintura. Ni durmiendo Terry dejaba de ser posesivo. Entraron en un sueño profundo, tenían que recuperar sus energías, en menos de una semana, un viaje a América los esperaba.
Continuará...
Hola! Espero que les haya gustado el capítulo. No soy muy experta en cuanto a bodas tradicionales se refiere, así que lo conté según me lo imaginé. Ya en el próximo capítulo estaremos rumbo a América para continuar la aventura. Tengo muchas sorpresas. No crean que me he olvidado de Archie, Annie, Albert, etc. Ellos van aparecer con muchas sorpresas, ya me conocen jejeje.
Espero sus reviews.
Wendy
