Bien, bien, bien... Nuevo capitulito fresquito que acabo de terminar aprovechando el fin de semana. Quiero deciros que igual a partir de ahora no puedo actualizar tan rápido, exigencias de mi trabajo me temo (acaban de colocarme un programa nuevo que me está llevando por la calle de la amargura y me quita muuuuucho tiempo) pero intentaré no retrasarme mucho con las entregas de esta aaaaaapasionaaaaante sagaaaaa (jajajaja).
Para los que estábais esperando con aburrimiento que Harry encontrase de una vez por todas un horcrux, os dedico este capítulo... Con el título ya lo digo todo, ¿no?... Y tranquilos que ahora es cuando las cosas empiezan a acelerarse un poco. Claro, ya estamos casi en fin de curso...
Dafne: a mí me da la impresión de que en el libro de la Rowling el medallón/guardapelo le va a dar muchísimos quebraderos de cabeza a Harry. Por eso hago lo que hago: hacer que piense que ya lo ha resuelto, luego cambiar las cosas, después volver a desesperarlo... Mundungus es un personaje importante en la saga (por lo molesto que es), y me gusta que Harry tenga esperanzas de que él pueda ayudarlo a encontrar el horcrux. Si es o no verdad, ya lo veremos...
Tikymim: muchas gracias por tu review, procuraré actualizar lo antes posible pero ya no va a ser lo mismo... Vamos, no creo que pueda colgar un capítulo cada 2-3 días como hasta ahora. Aunque quién sabe...
Jim: lo mismo, me alegra mucho que te guste el fic, y espero que sigas leyendo... Yo por mi parte seguiré escribiendo hasta el final.
Ayla: Bueeeeeeno, tampoco hay que exagerar, no creo que escriba igual que la Rowling, aunque sí es cierto que este fic es lo que yo creo que va a pasar en el 7º libro (más o menos, claro, el final igual no coincide jajajajaaja), me he hecho una apuesta a mí misma a ver en cuántas cosas coincido con ella. A ver si gano... Y no te preocupes por la ausencia de Snape: lógicamente en este libro no podía salir tanto como en los demás, porque ya no está en Hogwarts, pero eso no quiere decir que no acabe saliendo tarde o temprano... sí, tiene una escenita, y no es precisamente de relleno, te lo aseguro.
- CAPÍTULO 25 -
La copa
- No pienso ir a pedir trabajo a Borgin y Burkes, si es lo que insinúas, Harry - dijo Ron -. Lo único que me faltaba... Seguro que, con la suerte que tengo, entro a trabajar y al día siguiente viene una inspección del Ministerio, lo cierra y me detienen por conspiración con los mortífagos. Y entonces sí que estoy listo: sin trabajo, y con antecedentes penales. A mi madre le iba a dar un chungo.
- No me refería a eso - consiguió intercalar Harry al fin, entre los rezongos de Ron -. Quiero decir que uno de los Horcruxes puede estar en Borgin y Burkes.
Hermione abrió la boca para protestar, y se quedó muda.
- Por supuesto - susurró -. Voldemort trabajaba allí cuando robó el medallón de Slytherin y la copa de Hufflepuff...
- Además - dijo Harry, triunfante -, el señor Burke quería comprarle los dos objetos a Hepzibah Smith, pero ella se negó, ¿recuerdas?
- Pero Dumbledore te dijo que Burke no había conseguido hacerse con ellos después de que Hepzibah Smith muriese - dijo Ron -. Dijo que los dueños de la tienda no tenían ni idea de qué había sido de Tom Ryddle, que había desaparecido...
- Sí - admitió Harry -. Pero sabemos que Voldemort ha tenido relación con Borgin después, e incluso el año pasado Malfoy hizo que los mortífagos entrasen por la tienda para llegar hasta Hogwarts. ¿Por qué tenemos que pensar que esa relación ha comenzado hace poco? Al fin y al cabo, la tienda está especializada en Artes Oscuras, ¿no?... ¿Por qué no pensar que, después de robar el medallón y la copa y convertirlos en Horcruxes, utilizó sus antiguos contactos en la tienda para ocultar uno de ellos, entre los demás objetos?
- Pero, Harry - insistió Ron, ceñudo -. Quien-Tú-Sabes sólo era un dependiente de la tienda... ¿Por qué iban Borgin y Burke a ponerse en peligro para esconderle un objeto que sabían que había robado, y además que ellos mismos deseaban tener? Lo más lógico es pensar que, al verlo, lo cogerían y mandarían a Ya-Sabes-Quién al cuerno...
- No, si para cuando les pidió que se lo escondieran ya se había convertido en Lord Voldemort - dijo Harry -. Escucha, tú no lo viste, pero la transformación que experimentó en unos años fue escalofriante - explicó -. Cuando acudió a Dumbledore para pedirle un puesto de profesor, tan sólo habían pasado diez años desde que salió de Hogwarts. Y ya era... espeluznante - se estremeció -. Además, ya tenía seguidores, y ya se llamaban "mortífagos"... y él ya había adoptado públicamente el nombre de "Lord Voldemort". Y, por todo lo que Dumbledore sabía, aún no había terminado de dividir su alma en siete partes: probablemente sólo había hecho cuatro Horcruxes: el medallón, la copa, el diario y el anillo. Si apareció entonces en Borgin y Burkes para pedirles que les escondieran uno de ellos, te aseguro que los dos habrían estado más que encantados de hacerle ese favor; ya sabes a qué me refiero.
- Pero no tenemos ninguna prueba de que... - dijo Ron.
- Ron - intervino Hermione, exasperada -. Tampoco teníamos ninguna prueba de que estuviera escondido en Pequeño Hangleton, ni en el orfanato de Londres, ni en la Cámara de los Secretos...
- Y no estaba - refunfuñó Ron.
- Pero tenemos que comprobarlo - dijo Hermione -. ¿Qué demonios te pasa, Ron?
- Nada - dijo él -. Es que no me apetece ir otra vez al Callejón Knockturn, nada más.
- Bueno, ¿nos vamos? - exclamó Harry, eufórico, levantándose de la mesa.
- Ni hablar - respondió Hermionte terminantemente -. Harry, son las once de la noche. Ni de broma nos vamos a meter a estas horas en el Callejón Knockturn, ni mucho menos.
- ¿Por qué no? - preguntó Harry, mirándola interrogante.
- Es peligroso, y...
- Claro que es peligroso - dijo él -. Y sería peligroso a cualquier hora del día. Incluso creo que sería más peligroso por el día: no creo que el señor Borgin se ponga muy contento si nos ve aparecer por su tienda exigiendo que nos dé un objeto que el Señor Tenebroso le dejó, encomendándole encarecidamente que lo guardase en secreto y a salvo.
- ¿Pero es que vamos a ir ahora mismo? - dijo Ron en un quejido apagado.
- Si vamos ahora, podemos colarnos en la tienda y registrarla sin que Borgin se entere - explicó Harry -. A lo mejor incluso podríamos llevarnos el Horcrux sin que llegue a darse cuenta nunca... Y eso nos viene bien, porque es importante que Voldemort no sepa que voy detrás de sus Horcruxes. ¿Y cómo íbamos a pasar desapercibidos si nos presentamos allí a plena luz del día, tres adolescentes que se han escapado del colegio para ir a una tienda dedicada a las Artes Oscuras?
Hermione suspiró profundamente.
- Tienes razón, Harry - admitió, levantándose ella también de la silla -. Aunque no me hace ninguna gracia tener que ir ahora al Callejón Knockturn, la verdad.
- ¿Pero vamos a ir de verdad? - dijo débilmente Ron, cerrando sin ganas su tintero -. ¿Ahora?
- Sí, ahora - dijo Harry, impaciente -. Voy a por la Capa de Invisibilidad: podría sernos útil.
- Traeme mi capa también, anda - dijo Ron -. No quiero helarme ahí fuera.
Cuando bajó, Ron había guardado todas sus cosas en la mochila y hablaba en voz baja con Hermione.
- Toma, tu capa - dijo, tendiéndole a Ron la capa de paño negra del colegio -. Bueno, ¿podemos irnos de una vez, o esperamos hasta que amanezca?
- No se te da nada bien la ironía - rezongó Ron, arrebujándose en la capa.
- Harry - dijo Hermione, haciendo desaparecer con un giro de varita su mochila y la de Ron -, antes de irnos tienes que avisar a McGonagall. Ya sabes lo que te dijo la última vez...
Harry ahogó una maldición.
- No quiero perder más el tiempo, Hermione... Un momento - dijo, y repentinamente comenzaron a brillarle los ojos tras las gafas redondas -. Siempre he querido comprobar si esto funciona.
Forcejeando con la Capa de Invisibilidad, consiguió sacar la varita. La miró durante un instante, cavilando cuál sería la mejor forma de hacerlo, y después se concentró en la imagen de la profesora McGonagall.
"Expecto Patronum", pensó. De su varita surgió al instante un enorme ciervo plateado, brillante, la gran cornamenta reluciendo bajo la luz de las velas y del fuego encendido en la chimenea. El ciervo lo miró un instante, como esperando a que le dijese algo; Harry vaciló, mirando al ciervo sin saber muy bien qué hacer, concentrando todos sus pensamientos en la necesidad de advertir a McGonagall de que se iban. El ciervo inclinó brevemente la cabeza, y después, sin un sonido, cabalgó por la Sala Común y atravesó el agujero del retrato.
- Harry, ¿qué...? - preguntó Hermione, desconcertada.
- Espera - contestó él.
Les obligó a esperar unos minutos interminables, ignorando sus intentos de hacerle ver que era él el que tenía prisa, y que se estaba haciendo excesivamente tarde. Al cabo de un rato, obtuvo la respuesta que esperaba.
Por el mismo lugar por donde había desaparecido el ciervo de Harry apareció un águila real, de la misma sustancia etérea y brillantemente plateada. La majestuosa ave planeó por la Sala Común, y se posó sobre el hombro de Harry, que, asombrado, comprobó que el enorme pájaro, que había ocupado gran parte de la habitación con las alas extendidas, no pesaba lo más mínimo; era tan insustancial como aparentaba.
El águila le tocó con el pico en la mejilla, un roce que Harry sintió como un cosquilleo en su propio cerebro, sin que sus terminaciones nerviosas tuvieran nada que ver con ello; lo miró con la misma mirada severa de la profesora McGonagall, chasqueó el pico sin emitir sonido alguno y después, tan bruscamente como se había presentado, desapareció.
Y, sin saber muy bien cómo había ocurrido, Harry supo cuál era en mensaje de la profesora McGonagall, tan claro como si el águila se lo hubiera susurrado al oído: Ten cuidado y vuelve entero, y, a ser posible, sin que nadie descubra tu ausencia.
- Ostras - dijo Ron en un susurro reverente, y silbó -. ¿Eso era el Patronus de la profesora McGonagall?
- Ajá - asintió Harry -. Bueno, ya podemos irnos.
- Pero...
- Escucha - dijo Harry, viendo que Ron no le iba a dejar en paz hasta que se lo explicase -. La Orden del Fénix se comunica por medio de sus Patronus, ¿no te lo conté el año pasado? Ví a Tonks enviar uno para avisar a Snape de que tenía que venir a buscarme a la puerta. Sólo quería comprobar cómo se hacía, eso es todo. Por si acaso algún día tenemos que hacerlo - añadió, desviando la mirada hacia Hermione.
Ella asintió. - Nunca está de más tomar precauciones - dijo, aprobadora -. Aunque esperaba que el Patronus de McGonagall fuera una lechuza, sinceramente - añadió, encogiéndose de hombros -. De hecho, habría apostado por ello.
- ¿Por qué? - exigió Ron, exasperado -. ¿Qué tiene que ver ahora la lechuza con todo esto?
Hermione lo miró y puso los ojos en blanco. - Es bastante obvio, Ron... Vamos a ver, la profesora McGonagall se llama Minerva, ¿de acuerdo, es el nombre romano de la diosa de la sabiduría. Y Atenea, o Minerva, llevaba una lechuza como símbolo de su sabiduría...
- No, si ahora nos habrá salido supersticiosa - gruñó Ron, luchando por colocarse bien la capa -. Por esa regla de tres, ¿por qué tu Patronus es una puñetera nutria? ¿No debería ser... no sé, una lechuza del tamaño de un armario? Como siempre lo sabes todo...
- Yo no tengo nombre de diosa - dijo simplemente Hermione.
- Lo que demuestra que esa teoría no es válida - intervino Harry -. Bueno, ¿nos vamos o qué?
- ¿Y de dónde viene tu nombre, si se puede saber? - bufó Ron -. Porque no es precisamente normal, que se diga... Apuesto a que es griego, o algo así.
Hermione sonrió, avergonzada.
- Bueno - dijo, incómoda -. Se supone que Hermione era la hija de Ares, el dios de la guerra, y Afrodita, la diosa del amor - confesó, ruborizándose.
- ¿La diosa del...?
Harry carraspeó, al ver la expresión del rostro de Ron, que dejaba a las claras que, si no le interrumpía en ese mismo momento, iban a tener que dejar la excursión para el día siguiente.
- Ya tendremos una reunión para discutir el significado de nuestros nombres, si tanto os interesa el tema - dijo -. Vámonos.
Ron y Hermione le siguieron, sin dejar de mirarse con una expresión indescifrable.
Tuvieron que esquivar a Peeves y a Filch para lograr salir de Hogwarts, y cuando cerraron la enorme puerta del castillo tras de sí, Harry aún pudo ver cómo aparecían en la oscuridad del Vestíbulo los dos brillantes ojos redondos de la señora Norris, mirando fijamente en dirección a ellos, como si realmente pudiera verlos a través de la Capa de Invisibilidad.
Al bajar por el sendero que conducía a la puerta de hierro, vieron cómo Hagrid salía de su cabaña y se internaba en el Bosque Prohibido, probablemente en busca de Grawp, que no cabía en el interior de la pequeña casucha y seguía viviendo entre los árboles, aunque ya sin atar. Para sorpresa de los tres, una vez más no había ningún auror del Ministerio custodiando la puerta; sin embargo, en lugar de preocuparlos aquello les pareció francamente conveniente a la hora de emprender sin tropiezos su pequeña aventura.
Una vez fuera del perímetro del colegio, los tres se aferraron los unos a los otros, sin quitarse la Capa, y se Desaparecieron, para Aparecer, exactamente en la misma postura y todavía con la Capa de Invisibilidad encima, en el Callejón Knockturn.
La callejuela adyacente al Callejón Diagon estaba más oscura y ominosa que nunca, con todas las tiendas cerradas, los escaparates polvorientos y mugrientos vacíos, mostrando sólo oscuridad, y ni un alma paseando por la calle, o dando señales de vida desde las ventanas superiores, muchas de ellas tapiadas con tablones de madera, como si sus dueños esperasen la llegada de un huracán, o algún desastre aún peor.
Frente a ellos había uno de esos escaparates llenos de polvo y suciedad, mirándolos como un ojo ciego y burlón. Encima del cristal empañado, un cartel que parecía tener lo menos cinco siglos de antigüedad mostraba la leyenda: "Borgin y Burkes". Junto al escaparate, una puerta cerrada, con un gastado pomo de latón.
- Espera - susurró Hermione, cuando Harry alargó la mano hacia el pomo para abrir la puerta -. Puede haber todo tipo de hechizos defensivos.
Hermione se adelantó, con Harry y Ron pegados a ella bajo la Capa, y sacó la varita del bolsillo. Murmurando ininteligiblemente, pasó la varita en un amplio arco sobre la puerta.
No sucedió nada.
Encogiéndose de hombros, Hermione se cambió la varita de mano y probó a girar el pomo de la puerta.
El pomo no se movió.
- Oh, está bien - dijo, irritada -. ¡Alohomora!
Con un chirrido seco, la puerta se entreabrió lentamente. Hermione chasqueó la lengua, alargando la mano para empujarla y abrirla completamente.
- A veces son tan simples... - musitó, exasperada -. Cualquiera diría que no tienen nada de valor aquí dentro.
Harry hizo un movimiento amplio con el brazo para levantar la Capa, y la guardó debajo de su túnica, mientras Ron y Hermione miraban a su alrededor, asombrados.
- Va-vaya - murmuró Ron con la boca abierta, dando vueltas sobre sí mismo -. Es...
Al parecer, Ron no encontró un adjetivo apropiado para calificar la tienda. Harry no se lo podía reprochar: aquel lugar era, tal y como lo recordaba, completamente incalificable.
En la penumbra de la estancia destacaban estanterías, vitrinas y mesitas con los objetos más inverosímiles y aterradores: ojos de mirada fija, manos putrefactas como la que poseía Malfoy, dedos cortados, calaveras, montones de huesos sin clasificar, botellas llenas de sangre y demás casquería variada, en diversos estados de descomposición y momificación e incluso fresca como recién recolectada, a falta de un término más apropiado.
Aparte de los órganos y extremidades diseminados por los estantes, se podían ver también gran cantidad de amuletos, de aspecto más o menos efectivo, y casi todos de color negro, con la plata del engaste sucia y ennegrecida: anillos, collares, pulseras y joyería en general, brillando mortecina y fríamente en la penumbra.
Junto a ellos, también había máscaras horrendas, amenazadoras; instrumentos de aspecto letal colgaban del techo y de las paredes, con cuchillas, pinchos, ruedas afiladas y engranajes extraños surgiendo de todos lados. Apoyada sobre una pared había una Dama de Hierro, desgastada por la edad (y, probablemente, por el uso). Al lado del mostrador, el enorme armario negro en el que Harry se había ocultado una vez de los dos Malfoy, padre e hijo. El armario evanescente por el que habían entrado los mortífagos para salir en la Sala de los Menesteres de Hogwarts.
- Bueno - suspiró Hermione, paseando por la tienda con aprensión -, por algún lado tenemos que empezar, ¿no?
Y comenzó a estudiar detenidamente todos los objetos de una estantería. Harry la imitó, intentando no tropezar con la enorme cantidad de obstáculos que había diseminados por la tienda, buscando entre los cacharros más o menos espantosos un objeto que pudiera ser un Horcrux de Voldemort...
- Tiene que ser la copa - oyó que Ron murmuraba cerca de él, agachado para mirar en la balda más baja de una estantería -. La copa es la que tiene que estar por aquí escondida...
- Puede ser - respondió Hermione en un susurro, un poco más allá -. Supongo que, si Voldemort quiso esconder aquí uno de sus Horcruxes, los más probables eran los que ya provenían de aquí... El medallón, o la copa.
- Pues eso... la copa - repitió Ron -. Es la co...
- ¿Qué diablos estáis haciendo aquí? - tronó una voz. Harry se volvió, asustado. Oyó cómo Ron se golpeaba la cabeza contra la estantería, y susurraba una maldición ahogada.
En el quicio de una portezuela que había tras el abarrotado mostrador se recortaba la silueta de un hombre. A la tililante luz de la vela que portaba en un candelabro, vieron que se trataba de un hombre de edad indefinible, encorvado, de ralo y grasiento cabello gris que le caía sobre las orejas y la frente. Se había quedado paralizado en el umbral, observándolos con expresión desconcertada. Harry decidió aprovechar el momento de sorpresa del señor Borgin para salir de allí cuanto antes.
- Eeh... Nos hemos equivocado de chimenea, señor - dijo rápidamente, mientras Ron se levantaba a su lado y se sacudía la túnica del polvo del suelo. Afortunadamente, aquello le dio más realismo a su historia -. Íbamos a... al Callejón Diagon, y nos hemos debido pasar alguna chimenea...
El señor Borgin siguió mirándolo, ceñudo, sin decir ni una palabra. Harry tragó saliva, exprimiendo su cerebro en busca de una excusa mejor que pudiera sacarlos de allí, y cuanto antes, mejor, a juzgar por la expresión del hombrecillo.
- Eh... bueno, nosotros... - comenzó, sin saber muy bien lo que iba a decir. Miró a su alrededor, buscando desesperadamente algo que le sirviera de inspiración. Posó la mirada en Ron, pensando que él, criado entre magos y sin conocer nada que no fuera la sociedad mágica, podría inventar algún detalle que le diera realismo a la excusa; en lugar de ayudarlo, Ron se dedicaba a ser un incordio: no sólo no parecía tener ninguna historia que reforzase la que acababa de inventarse a toda prisa, sino que, absurdamente, comenzó a tirarle de la manga compulsivamente.
- ¿Qué hacéis aquí? - repitió el señor Borgin, que poco a poco parecía estar reaccionando de la sorpresa y se enfurecía más a cada momento que pasaba.
Ron seguía tirándole de la manga.
- Ya se lo he dicho - dijo Harry -. Nos hemos equivocado de chimenea. Queríamos ir al Callejón Diagon, y hemos acabado aquí. ¿Quieres estarte quieto? - susurró por la comisura de la boca en dirección a Ron. Por el rabillo del ojo vio que éste hacía muecas desesperadas para intentar llamar su atención.
- ¿Al Callejón Diagon? - preguntó el señor Borgin -. Sí, seguro.
Harry desvió la mirada en dirección a Ron, y vio, desconcertado, que éste suspiraba de alivio al ver que había conseguido llamar su atención. Ron hizo un breve gesto con la cabeza, señalando a Hermione.
- Eeh... sí, señor, se lo aseguro... - dijo, mirando subrepticiamente hacia donde Hermione permanecía de pie, petrificada, con la vista fija en el dueño de la tienda, como si su aparición le hubiera dejado la mente completamente en blanco. Ni siquiera parecía estar viendo u oyendo lo que estaban diciéndose. El corazón de Harry comenzó a acelerarse dentro de su pecho. Hermione estaba inclinada hacia atrás, con la espalda apoyada en una estantería abarrotada de objetos irreconocibles. Justo detrás de ella, sobre un estante a la altura de su cabeza, asomando apenas entre un candelabro retorcido en forma de carnero y un ajedrez cuyas piezas de oro habían sido labradas como un ejército de Inferius, a juzgar por las expresiones vacuas de las figuritas, había una pequeña copa dorada.
Harry contuvo un respingo, y parpadeó, fijando los ojos en el señor Borgin y permitiéndose sólo lanzar una mirada breve hacia el estante. Pese a la penumbra y a la necesidad de disimular su interés, no le cupo ninguna duda: fina, de tamaño pequeño y con dos asas elegantemente curvadas. La copa de Helga Hufflepuff.
Se llevó la mano a la frente para asegurarse de que el pelo le ocultaba la cicatriz de la frente, recordando que era imprescindible que el señor Borgin no le reconociese, para que no pudiera decirle a Voldemort el interés de Harry Potter por su tienda, y para que nunca pudiera relacionar a Harry Potter con la desaparición del Horcrux. Después, aprovechando que ya tenía la mano en alto, hizo un gesto disimulado, esperando, rezando, que Hermione lo viese.
- ¿Y qué demonios buscáis en el Callejón Diagon a estas horas de la noche? - inquirió el señor Borgin, suspicaz.
- Bueno, nosotros...
Hermione parpadeó, y pareció volver a ser consciente de lo que la rodeaba. Harry hizo un gesto brusco en dirección a ella; Hermione lo miró, aterrada.
- En realidad... - dijo, más pendiente de lo que hacía Hermione que de lo que le decía a Borgin -. Bueno, verá, es que... -. Ladeó la cabeza y señaló con un leve movimiento hacia atrás. Hermione abrió mucho los ojos.
- Ah, ya - dijo el señor Borgin, con una sonrisa desagradable asomando a sus labios -. Claro. Tres jóvenes polluelos que se escapan del colegio en busca de un poco de... diversión.
Harry asintió enérgicamente, y aprovechó el gesto para mirar hacia Hermione, implorante. Ella agachó la cabeza disimuladamente, fingiendo embarazo. O quizá estaba realmente ruborizada. El señor Borgin soltó una carcajada.
- Sí, ya veo - dijo -. Dos jóvenes polluelos... y una polluela.
Harry esbozó lo que esperaba fuera una sonrisa cómplice, y le dio un codazo a Ron, como si ambos compartieran una broma secreta. Miró hacia Hermione.
La copa ya no estaba en el estante.
- Bueno - exclamó el señor Borgin en lo que, evidentemente, creía que era un tono condescendiente -. Largaos de aquí, los tres. Para llegar al Callejón Diagon, torced a la derecha. Y no volváis por aquí - añadió, dando media vuelta y meneando la cabeza, renegando de la juventud actual. Desapareció por la misma puerta por la que había entrado.
Harry, Ron y Hermione intercambiaron una mirada incrédula, y se apresuraron a salir de la tienda antes de que el señor Borgin cambiase de idea y decidiera llamar al Ministerio para denunciar un allanamiento de morada... o a los mortífagos para que se llevasen a aquellos tres mocosos entrometidos. Harry sacó apresuradamente la Capa de Invisibilidad de debajo de su túnica y los tres desaparecieron al instante bajo sus pliegues.
- No me lo puedo creer - suspiró Hermione, una vez fuera de la vista de cualquier mirón eventual -. De verdad, no me lo puedo creer.
- Demasiado inocente para ser un mago que se dedica a vender y a practicar las Artes Oscuras, ¿verdad? - dijo Ron en tono burlón -. En serio, pensé que no salíamos vivos de ahí dentro.
- Vámonos antes de que se dé cuenta de que no hemos venido precisamente a corrernos la gran juerga de fin de curso - dijo Harry, apretándose contra ellos bajo la capa y cerrando los ojos para concentrarse en Desaparecerse.
La Sala Común les pareció el lugar más agradable, caldeado y amistoso del mundo, después de pasearse por la terrorífica tienda de Borgin y Burkes. Harry contuvo un estremecimiento. Ya había entrado antes en aquella tienda, concretamente casi seis años atrás, y la sensación de horror y repugnancia que había sentido era exactamente la misma. Al menos, se dijo, acercándose al fuego para calentarse las manos, en aquella ocasión no había aparecido allí por accidente, sino que había ido sabiendo dónde se metía... También contribuía a calmar su horror el hecho de ser bastante más mayor, y haberse enfrentado a situaciones y lugares francamente horribles durante aquellos años. Pero Borgin y Burkes, a pesar de todo, seguía poniéndole los pelos de punta.
Hermione se acercó también al fuego, tiritando, y sacó la mano del bolsilló. Allí, brillando tenuemente bajo la alegre luz de las llamas, estaba la copa de oro de Helga Hufflepuff.
- Gracias por cogerla sin que Borgin se diera cuenta - dijo Harry, sintiendo que la euforia disipaba la sensación de horror en sus entrañas -. Creo que, si tenemos suerte, nunca nos relacionará con su desaparición.
- No nos ha reconocido - asintió Hermione -. Bueno, no te ha reconocido a ti. A Ron no le había visto nunca, y yo sólo soy una "polluela" que una vez quiso hacerle un regalo a Draco Malfoy por su cumpleaños. En fin - suspiró, temblorosa -. No ha sido difícil cogerla. Tenía la varita en la mano, escondida en el bolsillo, así que no he tenido que hacer ningún movimiento para atraerla. Menos mal que estaba despistado en ese momento - sonrió, burlona -. Hay que ver qué inocencia. Lo único que se le ha ocurrido pensar es que nos íbamos a buscar sensaciones fuertes. Un lunes... Hay que ver - repitió.
- Sensaciones fuertes, las que va a tener él cuando Quien-Vosotros-Sabéis se entere de que le ha desaparecido un Horcrux - dijo Ron, sonriendo ampliamente, con los azules ojos brillando rojizos por la luz del fuego.
- Probablemente no seremos los primeros alumnos de Hogwarts que se escabullen una noche para correrse una juerga en el Callejón Diagon - Harry se encogió de hombros -. Bueno, esa excusa no se me había ocurrido, pero no ha hecho falta, ¿verdad, ya se le ha ocurrido a él solito.
Alargó la mano para coger la copa, pero Hermione la mantuvo fuera de su alcance, estudiándola con una expresión de asombro y reverencia en su rostro. El cáliz de Hufflepuff era exactamente igual a como Harry lo recordaba: de oro, finamente labrado, con sus dos asas curvadas grácilmente desde la base hasta el borde. El escudo, grabado con un gusto exquisito, mostraba un tejón rampante sobre un campo de hierba, encerrado por una orla cuyas curvas repetían fielmente las que las dos asas hacían elegantemente a sus lados.
- Es precioso - suspiró Hermione, observándolo tristemente -. Qué pena que algo tan hermoso contenga algo tan... malvado.
Lo colocó reverentemente sobre la repisa de la chimenea, y extrajo la varita del bolsillo de su túnica. Harry frunció el ceño.
- ¿Qué se supone que estás haciendo, Hermione? - inquirió.
Hermione lo miró, exasperada.
- ¿Qué crees que estoy haciendo? - dijo, impaciente -. Voy a destruir esta copa, si tanta curiosidad tienes -. Y enarboló de nuevo la varita, mirando el cáliz de Hufflepuff con los ojos entrecerrados. Harry se adelantó y aferró fuertemente su muñeca levantada. Cuando Hermione lo miró, interrogante, él negó con la cabeza.
- Esto es cosa mía, Hermione - dijo, inflexible -. Soy yo el que tiene que destruirlo.
Hermione chasqueó la lengua, y se sacudió la mano de Harry de la muñeca que sostenía la varita. Lo miró intensamente.
- No vamos a volver a tener esta discusión, Harry - dijo en voz baja -. Ya tendrás tiempo de hacer tu trabajo tú solito. Ya sabes a qué me refiero. Pero esto - señaló la copa con un breve gesto de cabeza - puede hacerlo cualquiera. Tú ya destruiste el primer Horcrux: no te arriesgues simplemente porque creas que es algo que sólo puedes hacer tú, porque no es cierto.
- Hermione - dijo Harry, enfureciéndose por momentos -. ¿No te acuerdas de cómo le quedó la mano a Dumbledore cuando destruyó el anillo? ¿Quieres que se te caiga la mano a cachos?
- Mejor que se me caiga a mí que que se te caiga a ti - contestó Hermione, indiferente -. Tú la vas a necesitar para enfrentarte a Voldemort. Además - sonrió sin mucha convicción -, cuando tú clavaste el colmillo en el diario no se te cayó la mano, ni nada por el estilo.
- Hermione...
- Mira, Harry - dijo ella, exasperada -. Ya te he dicho que yo, que nosotros - señaló a Ron -, somos prescindibles. Tú, no. De modo que apártate no sea que te salpique.
Y levantó la varita, con expresión de concentración.
- Yo no creo que seáis prescindibles - susurró Harry, implorante. Hermione volvió a bajar la varita, y lo miró.
- Yo también te quiero, Harry, ¿de acuerdo? - dijo suavemente -. Apártate.
Apuntó la varita hacia la copa y cerró los ojos. Al instante, el cáliz de Hufflepuff comenzó a brillar intensamente, un brillo verdoso, que no alumbraba, sino más bien parecía absorber la luz que le rodeaba, dejando la Sala Común en penumbra. El brillo creció paulatinamente en intensidad, hasta que pareció que no había existido nunca ninguna luz en ningún lugar del mundo, que la luz todavía no se había inventado, y que jamás podría existir. Tanto brillaba que parecía que se había abierto un agujero negro en mitad de la Torre de Gryffindor. Harry tembló, y una sensación de aprensión y urgencia se apoderó de todos sus miembros.
Siguiendo un impulso, se acercó a Hermione y, con un movimiento brusco, la apartó de la copa, lanzándola al otro extremo de la Sala Común. Hermione tropezó con el bajo de su propia túnica y cayó al suelo cuan larga era, justo al lado de Ron. En ese momento, la copa absorbió toda la luz que quedaba en la estancia y pareció implosionar.
Sin un sonido, toda la luz que había absorbido brotó de ella, como un torrente, golpeando a Harry de lleno y obligándolo a trastabillar hacia atrás. Abrió la boca y emitió un grito mudo, en un espacio y un tiempo donde la luz y el sonido desaparecían en el interior de la copa y surgían, incompatiblemente, magnificados por el objeto. Cerró los ojos, cegado por la oscuridad. Notó cómo un hilillo de sangre surgía de sus oídos, sordos por el intenso silencio.
Un dolor insoportable, que amenazaba con absorber también su cordura y transportarlo hasta un agradable olvido, donde no podría ver, oír ni sentir nada más. Su sangre se convirtió en lava hirviente en sus venas. Cayó al suelo, y rezó porque la inconsciencia llegase cuanto antes, para dejar de sentir, de pensar...
- Harry, ¿estás bien?
Lentamente, sin saber muy bien si todavía tenía ojos, los abrió. Hermione y Ron se inclinaban sobre él. Estaba tumbado sobre el suelo helado de la Sala Común, con la túnica enredada entre las piertas, inmovilizándolo como la más gruesa de las sogas. Intentó decir algo y la voz se ahogó en su garganta.
- Ha sido increíble, tío - dijo Ron, sonriendo al ver que Harry estaba vivo -. Creíamos que te habías volatilizado, y mírate... ni siquiera te has despeinado - añadió, meneando la cabeza -. Qué pasada.
- ¿Qué... qué ha pasado? - preguntó, aceptando la mano de Ron para incorporarse del suelo, y mirando a su alrededor. La Sala Común estaba ennegrecida y llena de ceniza; los tapices habían desaparecido, y los restos chamuscados de una mesa yacían a su lado, incongruentemente apoyados sobre una pata intacta.
Hermione soltó una risita nerviosa.
- Creo que me has vuelto a salvar la vida, Harry - explicó, ayudándolo a ponerse en pie -. Lo que no acabo de entender es por qué no has muerto tú mismo.
- Es evidente - dijo Ron, sacudiéndole la ceniza de la túnica. Alargó la mano y le dio la vuelta al cuello de la túnica de Harry: allí había una etiqueta, bordada primorosamente a mano, con la leyenda: Malkin & Weasleys -. Tendrás que escribir a Fred y a George y decirles que suban el precio de sus túnicas-escudo. Después de esta prueba, creo que podrían venderlas por cien galeones tranquilamente.
- ¿El uniforme-escudo de Fred y George ha detenido ese hechizo? - exclamó Hermione, asombrada -. ¡Pero... pero si decían que sólo servían para desviar las maldiciones más básicas!
- Es evidente que se han subestimado a sí mismos - contestó Ron, sin poder evitar que el orgullo empañase su voz -. Por una vez, y sin que sirva de precedente. Pero no me oiréis nunca repetirlo delante de ellos.
Harry sacudió la cabeza para aclarar sus pensamientos, que estaban tan enmarañados como la túnica entre sus brazos. Desvió la mirada hacia la repisa de la chimenea: allí, inclinada sobre sí misma, opaca y sin brillo, con un asa suelta y el vaso resquebrajado, estaba la copa de Hufflepuff.
- ¿Está...?
- Rota, sí - se le adelantó Hermione -. Se acabó el Horcrux. Es una pena que, para arrancarle el alma de Voldemort, haya tenido que destrozar la copa también - dijo tristemente -. Era hermosa.
- Dumbledore también tuvo que romper el anillo - murmuró Harry, con la vista fija en el cáliz roto -. Y yo le hice un agujero enorme al diario. Parece ser que no se puede hacer de otra forma...
- Supongo que será porque un objeto que sirva de receptáculo para el alma de alguien se funde con ese alma, o algo así - caviló Hermione, pensativa -. Se convierten en un solo objeto. Si no, se podría extraer el alma sin romper el objeto -. Hizo una mueca, exasperada -. Si pudiera leer algo acerca de los Horcruxes... No soporto no saber a qué nos enfrentamos.
- Ya - asintió Harry, acercándose cautelosamente a la chimenea -. A lo mejor podríamos encontrar un modo de destruir los Horcruxes sin dejar la habitación hecha una cuadra.
- Oh, eso es igual - contestó Hermione, levantando la varita y haciendo un amplio arco con ella. Conforme la varita apuntaba a un lugar de la Sala Común, ésta volvía a estar exactamente como estaba antes de aquel despliegue de efectos especiales pirotécnicos. El fuego volvió a arder alegremente en la chimenea; los tapices colgaron de los muros, las mesas y sillas, intactas, se colocaron donde habían estado hasta unos minutos antes. El hollín y las cenizas desaparecieron.
- Menos mal - dijo Ron, acercándose al fuego -. No quería tener que enfrentarme a una revuelta de los elfos domésticos al ver el desastre que habíamos hecho.
- No iba a permitir que los elfos tuvieran que arreglar este desaguisado...
- Los elfos tienen una magia más poderosa que la tuya, Hermione - respondió Ron, frotándose las manos frente a las llamas -. No les habría costado ningún esfuerzo arreglarlo.
- Sí, pero si no lo hacían antes de que amaneciese - contraatacó Hermione, guardando la varita -, a ver cómo les explicábamos a los demás que alguien había destrozado la Sala Común durante la noche, y que nosotros, que casualmente no estábamos en la cama a esa hora, no sabíamos absolutamente nada... Ya nos hemos escapado demasiadas veces como para que colase.
Hermione alargó las manos y tomó cuidadosamente la copa de la repisa de la chimenea. La observó unos segundos, y después se la tendió a Harry, sin decir una palabra. Sin decir tampoco nada, éste la cogió.
- Ya sólo te quedan tres, Harry - susurró Hermione con una sonrisa -. ¿Lo ves? Hemos conseguido destruir uno.
Harry asintió, mirando la copa destrozada que descansaba entre sus manos.
- Los que nos quedan van a ser más difíciles - respondió, esbozando una sonrisa triste -. Uno de ellos no sabemos ni siquiera lo que es, el otro lo hemos tirado a la basura y el último es una serpiente asesina...
- Pero hace unas horas pensábamos que era imposible - insistió Hermione -. Ahora, sólo creemos que va a ser muy difícil. Se puede hacer, Harry - añadió -. Podemos hacerlo.
Harry se encogió de hombros, y guardó los restos de la copa en el bolsillo de su uniforme-escudo.
