Hola a todos!

Espero que no os estéis cansando de estos tres días en Minas Tirith. Es tiempo de Tregua, es tiempo de pensar, de plantearse muchas cosas, de tratar de entender otras. De planear el ataque, de crear estrategias. De tomar decisiones.

Y todo esto es así para todos los personajes. Todos ellos, desde Gandalf, hasta Éowyn, pasando por Gimli, Aragorn, Éomer, Legolas y Érewyn, entre otros, necesitan estos tres días de supuesta paz para plantearse muchas cosas, y también para volver a armarse de valor y fuerza.

Nada más. ¡Espero que lo disfrutéis!

Os dejo con el capítulo 25, "El despertar"


(Dedicado a Meridethaelin)

Aragorn utilizó la hierba Athelas de nuevo aquella tarde. Su dulce y embriagador aroma llegó hasta el último rincón de las Casas de Curación, y todos se sintieron reconfortados.

El montaraz se aseguró, con una dosis doble y una infusión cargada, que la princesa de Rohan despertara del todo aquella vez.

Admiró la belleza de su rostro. Su serenidad imponía respeto aún en sueños y por un momento, Aragorn pensó que Éowyn habría sido una gran Señora de Gondor. Mientras humedecía suavemente el rostro de la muchacha con un paño de lino, pensó lo diferentes que habrían sido las cosas si Éowyn hubiera aparecido en su vida muchos años antes.

Pero ese no era su destino, y el de ella tampoco. Sus vidas eran como dos hilos que se entrecruzan brevemente en un gran tapiz para separarse de nuevo y trazar hermosas figuras por separado.

Los párpados de la muchacha se movieron y Aragorn le hizo señas a Éomer. El rey de Rohan ocupó con presteza el lugar del montaraz por indicaciones suyas, y siguió llamando dulcemente a su hermana, mientras Aragorn abandonaba la estancia en silencio.

- Éowyn… Éowyn...


Desde el momento en que abrió los ojos, sus dos hermanos advirtieron que Éowyn no era la misma persona. Tan sólo quedaba una triste sombra de lo que un día fue.

Pese a lograr la victoria, pese a que se la admirara en toda la ciudad, Éowyn se sentía vacía. Únicamente la acompañaba la tristeza que arrastraba desde el Sagrario, aún más profunda ahora. Tras haber participado en la batalla, Éowyn había perdido cualquier motivación para continuar. La lucha y el olor a sangre fresca de los enemigos era lo que le habían mantenido en estado de alerta, hasta aquel momento. Asimilando que todo había acabado, Éowyn se sumía en un estado de suspensión y ausencia del que no podía salir.

Además, el recuerdo de la muerte de su Tío se había sumado a las desdichas que la joven se había visto obligada a vivir y superar en tiempo muy breve. Pero el cansancio y la situación actual habían acabado por vencerla.

Se sentía con fuerzas sólo para empuñar su espada de nuevo, para sentir su peso doblegando a sus enemigos.

Así pensaba, mientras miraba, sin ver, a través de la ventana y su mirada permanecía fija en algún punto allá fuera, respondiendo a las preguntas de sus hermanos apenas con monosílabos.

Éomer se percató muy pronto del mal humor de su hermana y supo que poco podían hacer para cambiarlo. Eran demasiadas cosas las que Éowyn debía asimilar, y era preferible dejarla sola, por el momento.

Érewyn y él se miraron brevemente. El rohirrim se levantó y la más joven, con la preocupación visible en el rostro, clavó sus ojos en los de él con mirada suplicante. Éomer sacudió la cabeza con suavidad y le sonrió.

Acarició su sien y la besó en la frente.

- Necesita un tiempo para pensar. - Susurró en su oído. Érewyn asintió en silencio, devolviendo su atención a su hermana.

Ambas se quedaron a solas cuando Éomer abandonó la estancia. El rohirrim tenía la cabeza en otros asuntos ahora que Éowyn había despertado. Los problemas, para él, como nuevo rey de Rohan, no paraban de multiplicarse.

En seguida, el silencio cortante de la habitación fue roto por los pasos firmes y cortos de Ioreth.

La anciana entró en la estancia, y tras dejar un paño blanco sobre una butaca cercana a la puerta, hizo un rápido reconocimiento a Éowyn. La joven la observó en silencio, desconfiando de aquella desconocida y buscó en los ojos de su hermana pequeña una señal para saber cómo actuar. Érewyn le sonrió y asintió con la cabeza, imperceptiblemente, y entonces Éowyn se relajó y se dejó hacer.

Una vez terminado el reconocimiento, Ioreth le ofreció un jugo de frutas para tomar.

- Tratad de manteneros despierta. - Le aconsejo con tono serio. - Es muy importante ahora. - Hizo una pausa para colocarle varios cojines tras la espalda. - Sed fuerte ante el sueño, y la sombra terminará por retirarse del todo. - Explicó, sonriendo afablemente a la princesa.

- En ese caso, permitidme. - Éowyn apartó las sábanas con energía y se sentó en la cama. Automáticamente, tanto Ioreth como Érewyn se alarmaron y se apresuraron a impedirle que siguiera.

- ¡Éowyn! ¡Debes seguir descansando un poco más! - Dijo Érewyn. Su hermana chasqueó la lengua y la miró amenazadoramente.

- Creo que ya he descansado lo suficiente. - Dijo, y comenzó a calzarse las botas con una sola mano, ya que la izquierda la llevaba en cabestrillo. - No tengo intención de quedarme aquí. Si se presenta otra batalla, pienso participar, y debo estar en forma cuando el momento llegue, y… - Perdió el equilibrio y tuvo que sentarse. Érewyn casi se arrojó sobre ella para asegurarse de que estaba bien. Éowyn agitó las manos con hastío, para alejar a su hermana. - ¡Estoy bien! - Se apresuró a defenderse. Érewyn notó en su voz la rabia que sentía por haberse mareado. Jamás había soportado mostrar debilidad ante los demás.

- Aún no estás recuperada del todo, ¿no lo ves? - Susurró Érewyn. - Además, no sé cómo te sentirás tú, pero yo aún acuso el cansancio de tantos días de viaje… - Éowyn la miró con dureza.

- No creerás que dejaré que me acompañes esta vez, verdad Érewyn. - La más joven levantó las cejas, sorprendida. - Esta es únicamente MI decisión, de modo que no intentes inmiscuirte. - Ioreth contempló con seriedad la escena, y cuando Éowyn realizó el segundo intento de levantarse, ella misma la bloqueó, y con una fuerza increíble para una mujer de su edad, Ioreth la metió en la cama como si de una niña pequeña se tratara.

- De ningún modo vais a moveros de aquí, aún no estáis recuperada. Os guste o no, guardaréis reposo un par de días más. - Ordenó la mujer. - Esta es mi Clínica y debéis obedecerme. Cuando os dé el alta, tomaréis las decisiones que creáis convenientes, pero aquí, yo soy la ley y yo soy quién decide. ¿Lo habéis entendido? - Éowyn asintió con la cabeza, sin argumentos para replicar a la mujer, que, en parte, tenía razón, y eso era lo que más le fastidiaba. - Además, una vez salgáis de aquí encontraréis que tenemos unas leyes que deben ser cumplidas. Y sólo podréis uniros al ejército, tal y como deseáis, si el Senescal, que es quien rige esta ciudad, os da su permiso. - Éowyn cerró los ojos y se dejó caer, derrotada, sobre los cojines. Ioreth asintió con la cabeza, como gesto de triunfo, y se giró para encarar a Érewyn. La joven se sorprendió del gesto y se puso en tensión inmediatamente. - Y en cuanto a vos, - se dirigió a la muchacha, - poneos el delantal que he dejado en la butaca y reuníos conmigo lo antes posible. Vuestro trabajo comienza esta tarde. ¡Tenéis diez minutos!

La enérgica mujer abandonó la habitación, dispuesta a cumplir otros quehaceres. Érewyn, solícita, tomó el delantal y se lo pasó por la cabeza. Éowyn la observaba, extrañada.

- ¿De qué va todo esto? - Preguntó. Érewyn terminó de atarse la prenda y la miró.

- ¡Uhm! He hecho un trato con ella para que me deje estar contigo siempre que quiera. A cambio tengo que ayudar a los sanadores. - Éowyn frunció el ceño.

- No necesito que estés pendiente de mí todo el tiempo Érewyn. - Replicó Éowyn. Su hermana pequeña sonrió. La mayor estaba de un humor de perros.

- Quizá, pero como es MI decisión, me quedo. - Guiñó un ojo, triunfante, y salió de la estancia dejando a Éowyn pensando una respuesta acertada. Pero no la encontró.

A través de la puerta entreabierta, uno de los heridos observó a Éowyn un instante, antes de desviar la mirada y alejarse del lugar.


Pasó el mediodía y la tarde sorprendió a Éowyn sintiéndose completamente inútil. Le importunaba el sol que se colaba por la ventana, le molestaba el trinar de los pajarillos que, alegres, revoloteaban junto a ella. Las sábanas le raspaban y le daban calor, y no podía evitar mover continuamente las piernas, nerviosa.

Resopló, y algunos cabellos rubios se apartaron de su rostro. Ya no podía más.

A pesar de que Érewyn había estado yendo y viniendo continuamente, Éowyn se sentía sola y aburrida. No podía evitarlo, encerrar a un rohirrim era como privar a un pájaro de su libertad.

Apartó las sábanas y se incorporó en la cama. Tocó el frío suelo de piedra pulida con sus pies descalzos, y con sumo cuidado, se levantó.

De nuevo el mareo, pero esta vez la joven estaba dispuesta a resistir. Cerró los ojos y se sujetó al cabezal de la cama mientras se ponía en pie. Y el vahído pasó sin más complicaciones.

Sonrió y se animó un tanto. Ahora, debía vestirse. Repasó con la mirada toda la habitación y no halló ni rastro de su ropa ni sus botas. Recordó la ropa que llevaba Érewyn y pensó que quizá la de las dos princesas debía encontrarse en tan mal estado que se vieron obligados a deshacerse de ella.

Casi se había resignado cuando vio la punta de sus inconfundibles botas sobresaliendo de debajo de la cama. Debieron acabar allí cuando Ioreth "forcejeó" con ella para que no se levantara.

Se agachó y las rescató, y enseguida se las puso.

Ya calzada, la muchacha cesó de buscar el resto de su ropa. Vio, en una cercana butaca, una especie de casaca larga, de color blanco y de un material parecido al lino.

Suspiró, y sin darle más vueltas se la puso, cubriendo con cuidado su brazo roto, y se la ciñó mediante un cordón a la cintura.

Su aspecto, cuando salió de la habitación, era, cuanto menos, peculiar. Una elegante dama en un fino camisón blanco y con el cuerpo cubierto con una linda bata del mismo color... calzando unas botas de montar casi destrozadas. Y comenzó a caminar por los pasillos de las Casas de Curación, unos pasillos que estaban desiertos, y sólo llegaba a sus oídos algunos sonidos como toses y débiles quejidos. También voces que conversaban a media voz. El silencio parecía un bien muy preciado en aquel lugar.

Llegó a un pasillo que acababa en una puerta de roble, oscura. Éowyn accionó el picaporte, algo dubitativa, pero al ver que cedía y que la puerta se abría, miró atrás para asegurarse de que no la veía nadie y entró, cerrando la puerta tras de sí.

Torció a la izquierda al final del pasillo y encontró una puerta doble, con una fina cristalera de colores. La abrió y accedió a una hermosa terraza, de suelos blancos y techos bellamente ornamentados. No había nadie por allí, por lo que Éowyn imaginó que se trataba de algún lugar privado o prohibido. En cualquier caso, debía tener cuidado de no ser descubierta.

La muchacha caminó por ella, con sigilo, y se asomó por la barandilla, guardando una prudente distancia. No deseaba tener ningún accidente si, de repente, se mareaba de nuevo. El cielo raso era la mitad del techo, nada sobre la barandilla a diferencia del cálido brillo del sol. Abajo vislumbró una bella visión de jardines frondosos y verdes, y al fondo, un majestuoso y triste árbol con el tronco blanco y sin hojas presidía el lugar.

Se apoyó en una columna de piedra suave y cerró los ojos, permitiendo a su alma templarse con los últimos rayos del sol de la tarde.

Sintió de nuevo el viento, el aroma a pino, y el canto de los pájaros ya no le pareció algo tan molesto.

No supo cuánto tiempo permaneció así, pero cuando advirtió los pasos a su espalda, la muchacha se dio cuenta de lo torpe y descuidada que había sido. Abrió los ojos justo cuando una varonil voz se dirigió a ella.

- Pocas veces encuentra uno los jardines con tanta paz. - Dijo la voz, simplemente. Éowyn se giró en un sólo movimiento brusco y se encontró de bruces a menos de un metro de un alto y atractivo joven. Su tez era pálida y su cabello castaño. Tenía los ojos de color gris y en ellos brillaba la tristeza. Era delgado, y aún así parecía fuerte y atlético. El joven se sorprendió al recibir la dura mirada de la altiva señora y se apresuró a disculparse. - Perdonad si os he asustado mi Señora, no era mi intención en absoluto.

- ¿Quién sois vos? ¿Y qué buscáis en este lugar? Os advierto que mi deseo es estar en soledad… - Replicó Éowyn. El remordimiento asaltó el rostro del joven y titubeó un momento antes de responder.

- Os ruego que disculpéis mi indiscreción, - Dijo él. - pero antes no he podido evitar escuchar que deseáis hablar con el Senescal, mi Señora.

- Así es. - Afirmó ella. - ¿Podéis conducirme ante él? - Preguntó. Los azules ojos de la muchacha se posaron inquisitivamente sobre él, y el rostro del joven esbozó una sonrisa.

- Me temo que sí, mi Señora. - Afirmó él. - Estáis ante él. Aunque me hallo algo débil a causa de una herida que recibí durante la batalla.

Éowyn abrió los ojos como platos. ¿Él era el Senescal de Gondor? ¡Si no debía ser más mayor que Éomer! Y su rostro no imponía el respeto típico de los grandes señores. Al contrario, transmitía amabilidad por los cuatro costados. Y sin saber porqué, Éowyn se relajó, como si su instinto se hubiera convencido de que, junto a Faramir, estaba segura.

El joven llevaba el brazo en cabestrillo y tenía el rostro excesivamente pálido.

De pronto recordó los acontecimientos que habían sucedido en la Casa de los Senescales, la horrible muerte de Denethor, enloquecido por culpa de otro Palantir. La muerte de Boromir, quien había acompañado a la Compañía de Aragorn hasta los límites de Rohan.

Y miró de nuevo los ojos de Faramir. A pesar del dolor, a pesar de la pérdida, sólo pudo hallar bondad en ellos. Y Éowyn suavizó el gesto, sintiéndose identificada con él.

- Siento mucho lo acontecido en vuestra familia, mi Señor. - Dijo ella, sin rastro de altivez en la voz. Efectuó una perfecta reverencia ante Faramir, y él levantó las cejas, asombrado de la exquisita educación de la dama rohirrim, la gran guerrera que había acabado con el Rey Brujo.

Desde que había escuchado lo ocurrido en el campo de batalla había sentido el deseo de acudir a conocer a tan peculiar guerrera. Pero "Weed" se lo había prohibido. "A la alcoba de las señoras no puedes entrar. No es cortés" Le había dicho. Pero Éowyn había despertado su total interés, y más aún, al vislumbrarla desde el pasillo, cuando Érewyn salió a toda prisa dejando la puerta entreabierta.

El joven recordó su propia educación y respondió a la reverencia con otra igual de cortés.

- Permitidme que lamente vuestra pérdida también. Théoden fue un gran señor. - Éowyn bajó la vista, apesadumbrada.

- Lo fue. - Susurró, simplemente.

Faramir advirtió la pena en el rostro de ella y se apresuró a cambiar el tema de conversación. No deseaba recordarle a la señora las desdichas que acababa de vivir.

- Y, ¿qué deseáis de mi, Lady Éowyn? - Preguntó con voz dulce. Éowyn levantó la mirada y encontró los ojos grises de Faramir dedicándole toda su atención. Se sonrojó al reparar en su sonrisa y apartó la vista, como una tímida niña.

- Pues… Mi señor… - Dudó ella. Frunció el ceño y se armó de valor. No había llegado hasta allí para dudar ahora. - Mi mayor deseo es luchar por los míos, representar a Rohan junto a mi hermano en la próxima batalla. Y sé que vos sois quien ha de permitir ver mi sueño cumplido… Mi señor. - Éowyn caminó un paso hacia él. - Os ruego que me permitáis luchar de nuevo.

La mirada de Faramir se endureció un tanto, y Éowyn creyó ver en él el mismo gesto de incredulidad y de duda que todos le habían dedicado toda su vida. Pero no parecía estar juzgándola. Lo cierto era que Éowyn no era capaz de predecir qué era lo que pasaba exactamente por la mente de Faramir, en aquel momento. No había una plena confianza, pero tampoco parecía estar dudando de sus capacidades.

- Lady Éowyn… - Susurró él. Su voz era grave aún en susurros. - Me temo que no puedo concederos lo que me pedís. - La mirada de Éowyn se volvió suplicante y el silencio que siguió a esas palabras le mostró a Faramir lo mucho que Éowyn deseaba una respuesta afirmativa, y la gran decepción que la muchacha sentía en aquel momento. - Ioreth afirma que estáis débil. Tenéis un brazo roto y...

- Es el brazo del escudo, no el de la espada. - Se apresuró a defenderse ella. Faramir suspiró.

- Necesitáis más tiempo para recuperaros. La herida que lleváis no es fácil de sanar… Vuestro brazo no es lo que más me preocupa ahora. - Dijo Faramir.

- ¿De qué habláis? - Preguntó ella.

- El Hálito Negro provoca una profunda herida en el alma, de la que cuesta recuperarse. Uno siente que la vida carece de sentido, que la opinión de los demás es siempre contraria a la propia, que jamás se goza de la comprensión de nadie… - La mirada de Faramir se alejó de allí, y se posó en algún lugar por encima de la barandilla. - Además, - prosiguió, con una triste sonrisa. - el dolor de cabeza y los mareos se prolongan indefinidamente. El Hálito Negro no es algo que pueda ser tomado a la ligera. No subestiméis vuestro mal, Éowyn.

- ¿Cómo sabéis vos todo eso? - se sorprendió ella. Padecía todos los síntomas que Faramir acababa de describir, desde el estado anímico hasta los mareos. Él volvió a mirarla y sus ojos se entrecerraron en un gesto que a ella le pareció tremendamente lindo.

- Me considero una persona muy curiosa y he aprendido mucho de la Mayoral. Además, todas las historias de por aquí describen el Antiguo Mal de ese modo... No me digáis que he acertado... - Dijo, fingiendo sorpresa. Éowyn trató de esconder la sonrisa que afloró en su rostro, y Faramir levantó las cejas, mirándola, triunfante. - ¡Vaya! ¡Esto sí que no lo esperaba! Podría ser un gran sanador… Sólo me falta curar a alguien. - Éowyn rió sin ánimo de ocultarlo y Faramir la miró con calidez. Poco a poco la sonrisa del rostro de Faramir se borró y una expresión de tremenda súplica cubrió su rostro. - No os forcéis, Éowyn, no os conviene. Debéis descansar lo máximo posible y deshaceros de ese mal. Hay quien dice que el Antiguo clava sus garras en las almas rotas, en los corazones que sufren. - Explicó él. Éowyn abrió los ojos, sorprendida. No podía negar que su propio corazón estaba en aquel momento aún afectado por el rechazo de Aragorn y, sobretodo, por la muerte de su Tío. - Os necesitamos recuperada al cien por cien, no puedo permitir que una de las mejores guerreras que ha pisado Gondor se exponga al peligro sin estar completamente recuperada. Así no nos sois útil. - Concluyó él.

Éowyn sólo pudo asentir con la cabeza. De nuevo vio la convicción en los ojos de Faramir, y agradeció su forma de negarse a su petición. Era muy cortés por su parte mencionar la valía de la joven y agasajarla de ese modo, pero aún así, se estaba negando. Era una muy buena estrategia para no acabar discutiendo. No en vano era el Senescal.

Éowyn suspiró y se sintió cansada. Realizó una graciosa reverencia y le dedicó unas últimas palabras antes de abandonar las terrazas, necesitaba marcharse de allí.

- Agradezco vuestra atención y vuestras amables palabras. - Apreció ella. - Pero soy rohirrim, y soy mucho más fuerte de lo que ningún hombre podría imaginar. Os ruego que lo consideréis de nuevo y que confiéis en mí, por favor. No os defraudaré, lo prometo.

Y sin esperar una respuesta, la joven comenzó a caminar tan rápido como su debilitado cuerpo se lo permitió.

Faramir guardó silencio y la observó marcharse, con sus hermosos ojos grises clavados en ella. Y sintió como si le acabaran de arrancar una espina del corazón.


- ¿Lo has entendido? - Preguntó por segunda vez Éomer a Gamelin. El jinete asintió con la cabeza, pero aún sin comprenderlo del todo.

- Sigo sin entender porqué quieres saber ahora eso… - Dijo Gamelin. Éomer rodó sus ojos y suspiró.

- De momento no puedo explicártelo, Gamelin. Créeme que si pudiera lo haría. Es un asunto muy serio el que tenemos entre manos, y por ahora sólo puedo decirte que se trata de algo importante para Rohan. Tú busca cualquier cosa que tenga que ver con la firma de acuerdos o tratados y su invalidación una vez que uno de los firmantes fallece. La ley de nuestro pueblo se basó en la de Gondor, y en todos estos siglos, a nadie se le ha ocurrido cambiar estos aspectos. De modo que en el registro de Mundburgo encontraremos los detalles que necesito. - Éomer se frotó los ojos con gesto cansado. - Ve, Gamelin. Pero no le expliques a nadie que estás investigando por orden mía. - Aconsejó el rey de Rohan.

Gamelin se marchó en dirección a la gran biblioteca de Minas Tirith, y Éomer le miró marcharse en silencio. Suspiró de nuevo y giró sobre sus pasos. Le habían informado de numerosas bajas entre los caballos de Rohan. Debía pasar por el campamento improvisado a las afueras y verlo con sus propios ojos. Si realmente quedaban pocos caballos se verían obligados a reclutar bastantes de Mundburgo, algo que no les gustaría a sus habitantes. Y si no, deberían marchar a pie. Y un jinete de Rohan sin caballo no era, ni de lejos, igual de mortífero…

- Éomer. - Tronó una voz a su espalda. El joven rohirrim se giró y se encontró con Gandalf. El mago no le miraba con buenos ojos, al contrario. Parecía que se avecinaba una tormenta… - Has estado evitándome durante dos días. Esto no puede seguir así. - Dijo, con voz seria. - El asunto que tú y yo conocemos no debe ser pospuesto más.

Éomer levantó las cejas y le miró, contrariado. ¡Como si no tuviera suficientes preocupaciones ya…! Por supuesto que sabía a qué se refería el mago. Pero aquel no era el mejor momento para discutirlo.

- Gandalf. Sé lo que debo hacer. Pero en este momento estoy muy ocupado. - Éomer se dispuso a reemprender el camino pero la vara de Gandalf le detuvo. Sorprendido, el rohirrim se giró de nuevo y le lanzó una mirada ofendida.

- Ningún asunto es tan importante como éste. Tu hermana es una prioridad, y lo sabes. Théoden lo evitó durante toda su vida, Éomer. No cumplió con su deber. - Los ojos del mago le miraron con gesto amenazador. - No cometas tú el mismo error que tu tío.

- Por supuesto que es una prioridad, Gandalf. No necesito que vengas a decirme qué debo hacer en cada momento. - Apartó la vara del mago con desprecio y le miró, enfadado. - Ocúpate de tus propios asuntos. - Sentenció.

Y ahora sí, reemprendió el paso sin que el mago le detuviera de nuevo. Gandalf se quedó mirándolo con severidad. Golpeó el suelo con su vara y frunció el ceño.

Ese condenado rohirrim era igual de tozudo que Théoden, y aún más orgulloso.


Amanecía cuando Érewyn abrió los ojos en su sencilla habitación en la posada. Ioreth había intercedido por ella y había conseguido hospedarla en la posada más cercana a la Clínica, la misma que ocupaba Éomer. Era deseo de los dos hermanos mantenerse lo más cerca posible de Éowyn.

La joven se desperezó al tiempo que bostezaba. Se estiró con teatralidad y sacó los pies descalzos de debajo de las sábanas. El suelo estaba frío pero la atmósfera no lo estaba tanto. Se notaba que el invierno llegaba a su fin.

De todas formas, la muchacha se apresuró a cubrirse con la capa. Se acercó a la chimenea y encendió un pequeño fuego.

En aquel momento llamaron a la puerta.

- ¡Adelante! - Exclamó Érewyn, aún con la voz rasposa.

- Buenos días, Lady Érewyn. - La mujer del posadero le traía una jofaina con agua caliente y una toalla limpia. - Hoy tiene pinta de que va a salir el sol. - Érewyn sonrió. Desde el momento que la vio le pareció una buena mujer, sencilla, severa y trabajadora. Le recordaba a Volga, la abuela de Elanor, su pequeña alumna de equitación. La invadió de repente una profunda nostalgia y se apresuró a lavarse la cara. - Os he traído también una camisa limpia. Es de mi hija, espero que no os importe. Ioreth es muy estricta en cuanto a la pulcritud en la clínica. Siempre exige que los sanadores lleven ropa limpia cada día.

- ¡Oh! No me lo dijo… Muchas gracias Hildi. - Agradeció Érewyn. Le pareció extraño que a Ioreth se le hubiera pasado por alto aquel detalle, pero se encogió de hombros y comenzó a sacarse el camisón.

- Cuando estéis lista podéis bajar a desayunar. Hay bizcocho, pan, queso y miel. Y voy a poner el caldero del café al fuego.

- ¡Tengo un hambre que me muero! - Dijo Érewyn automáticamente, al oír a Hildi nombrar todas esas pitanzas. La mujer rió y levantó las cejas, sorprendida por la naturalidad de la princesa. Abandonó la habitación y dejó a Érewyn acabándose de poner el vestido.

Érewyn cepilló su cabello rizado, que le llegaba por los hombros y tenía un aspecto limpio y sedoso, después del baño calentito con el que Hildi le dio la bienvenida la noche anterior. Seguramente fue en aquel momento cuando se llevó su camisa…

Abrochó los botones de la camisa prestada, que le quedaba algo más ajustada que la que Aleth le dio y se giró para mirarse en el pequeño y sencillo espejo que colgaba en la pared, tras la jofaina.

Observó su reflejo detenidamente y frotó sus mejillas para darse algo de rubor. Pensó que incluso podría hacerse dos sencillas y graciosas trenzas bajas a ambos lados de la cabeza.

Se encogió de hombros y se volvió. Fue entonces cuando reparó en la chimenea, justo cuando se dirigía hacia allí para colocar el parapeto.

Ahogó un grito y se llevó las manos a la boca. Un fuego fatuo bailaba sobre las brasas.

Nunca había visto uno. En Rohan ver un fuego fatuo era un mal augurio. Traía mala suerte. Y en aquel momento, Érewyn era lo último que necesitaba.

La llama azul cambió de forma y, ante la asustada muchacha, apareció un rostro cadavérico que abrió los ojos y la miró directamente mientras pronunciaba una fase apenas inteligible con voz tenebrosa.

- Erethor… Éomer lo sabe...

De una patada, Érewyn apartó el parapeto de su camino y, abandonó la habitación como un rayo.

En aquel momento sólo tenía ganas de refugiarse en un sitio.

Corrió por el corto pasillo y entró sin llamar en una habitación cercana.

- ¡Éomer! ¡Éomer! - Gritó, la joven. - ¿Éomer?

En el pequeño cuarto no había rastro de su hermano. Pero en la chimenea apagada del cuarto de Éomer, Érewyn vio, aterrorizada, cómo el fuego fatuo aparecía de nuevo.

La chica no esperó a que el rostro horripilante hiciera su aparición de nuevo, y abandonó la estancia como alma que lleva el diablo.

- ¡Hildi! - Exclamó, bajando los escalones de tres en tres.

- ¡Mi señora! - la llamó el posadero, llevándose un dedo a los labios. - La mayoría de los huéspedes aún duerme. Por favor, hablad en voz más baja.

- ¿Dónde está mi hermano? - Preguntó la chica en un susurro, sin rodeos.

- Vuestro hermano ha sido convocado a una reunión en la Casa del Rey. Han venido a buscarle unos soldados de la ciudad. - Explicó el posadero. Enseguida reparó en el estado tan alterado de Érewyn. - ¿Qué os pasa? ¿Por qué estáis tan acalorada?

- ¡No tengo tiempo de explicároslo! ¡Lo siento mucho! - Se disculpó ella. Y desapareció por la puerta de la posada enroscándose en su grueso chal de lana gris.

- ¡Lady Érewyn! - La llamó el hombre, preocupado. - ¡El desayuno!


La Sala del Trono de Mundburgo era muy diferente a la recia sobriedad de la de Edoras. La piedra blanca brillaba por doquier, deslumbrando los ojos que la contemplaban.

Gimli fumaba su pipa mientras ocupaba, irreverentemente, el asiento del Senescal. Junto a él, Legolas se mantenía de pie, firme. Con el rostro serio observaba el ir y venir de Gandalf por la gran sala.

Éomer estaba junto a Legolas, guardando silencio, y el príncipe Imrahil de Dol Amroth permanecía sentado un poco más atrás, en los escalones de piedra, mientras que Aragorn observaba a Gandalf en silencio desde la otra punta del salón.

- Frodo ha pasado ya el umbral de mi visión. La oscuridad es tan profunda que ya no puedo verle… Desconozco si aún está vivo. - Comentó el mago, con gravedad. Aragorn se giró y le encaró con rostro serio.

- Si Sauron tuviera el anillo, ya lo sabríamos. - Dijo el montaraz. Era obvio que el Señor Oscuro aún no había obtenido su preciada fuente de poder. Aún estaban vivos, y para eso sólo había esa única explicación. Gandalf asintió.

- Sin embargo sólo es cuestión de tiempo. Ha sufrido una derrota, sí. Pero tras los muros de Mordor el enemigo se recupera. - Afirmó.

- Que no salgan de ahí. Que se pudran. - Los condenó Gimli, dando caladas a su pipa. - ¿Por qué preocuparse? - Preguntó.

- Porque diez mil orcos ahora se apostan entre Frodo y el Monte del Destino. Le he enviado a su muerte. - Susurró Gandalf. Bajó la mirada al suelo y se apoyó en su vara con gesto cansado. Fue una de las pocas veces en las que los años pesaron sobre él. Mas Aragorn negó con la cabeza.

- No. Aún queda esperanza para Frodo. Necesita tiempo y un paso seguro a través del llano de Gorgoroth. Eso podemos dárselo. - Dijo, sin rastro de dudas.

- ¿Cómo? - Preguntó Gimli. Aragorn le miró y caminó hacia ellos, en la sala.

- Haciendo que Sauron saque sus tropas. Vaciaremos su tierra. Reuniremos nuestros ejércitos frente a la Puerta Negra. - En aquel momento, Gimli se atragantó con el humo, convencido de que su amigo acababa de perder la razón que le quedaba. Éomer se adelantó y se dirigió a Aragorn, preocupado.

- No alcanzaremos la victoria con la fuerza de las armas. - Dijo, convencido. Sólo podía pensar en que aquel loco plan sólo les conduciría a una derrota segura.

- Cierto. - Concedió Aragorn. - No la alcanzaremos para nosotros. Pero quizá así Frodo lo consiga. Si mantenemos el Ojo de Sauron fijo en nosotros. Evitaremos que vea cualquier otro movimiento. - Dijo dirigiéndose a Gandalf. Los ojos del mago brillaron en aquel momento.

- Distraerle. - Susurró Legolas, comprendiendo.

- Sauron sospechará de una trampa, Aragorn. - Le avisó. - No morderá el cebo.

- Oh, sí. Ya lo creo que sí. - Dijo Aragorn, sonriendo con malicia.

- Certeza de muerte… Mínima esperanza de éxito… - Enumeró Gimli. Se encogió de hombros y miró a sus compañeros. - ¿A qué esperamos?

La risa de Imrahil invadió la sala, contagiando a los demás.

- Y vos, mi señor. - Habló Aragorn, con sumo respeto. - ¿Están vuestras tropas preparadas en Osgiliath? - El príncipe de Dol Amroth se levantó y caminó hacia el montaraz. Los ojos le brillaban, optimista.

- Ahora sí. - Respondió Imrahil. - Necesitaba un lugarteniente que pudiera guiar a buena parte de ellos, alguien en quien poder confiar. Y ahora ya le he encontrado. - Explicó. Se acercó a Legolas, que le observaba en silencio. - Si os parece bien, Maese elfo, esta misma noche partiremos hacia Osgiliath, y prepararemos la avanzadilla más allá del puente del Anduin. - Imrahil palmeó el hombro de Legolas, que se quedó en silencio. Aquel plan lo desconocía.

- ¡Que me aspen! - Exclamó Gimli. - Lugarteniente de Dol Amroth… No sé si felicitarte o enviarle mi pésame a tu padre, Orejas Picudas. Los orcos siempre atacan primero a los altos mandos en las batallas. - Legolas levantó una ceja, incrédulo.

- Gimli, - Dijo Aragorn, riendo. - Concédele un voto de confianza a nuestro arquero. Ya demostró que es capaz de dirigir una hueste en Cuernavilla. - Se acercó a Imrahil. - No habéis podido pensar en nadie mejor para ello, mi señor.

Gandalf se situó junto a Legolas en un par de pasos, y, sonriéndole cálidamente le susurró:

- Todo esfuerzo tiene siempre su recompensa.

Legolas no supo porqué, pero no tuvo ganas de decir nada. La noticia le había pillado desprevenido. Y miró al suelo.

En apenas doce horas saldría de Minas Tirith para no volver más.

Siempre supo que el destino continuaría su curso, y al contrario de lo que había creído, no estaba preparado.

Le quedaban aún tantas cosas por hacer…

El elfo levantó la vista y recorrió con mirada sombría la sala. Y para su sorpresa, el único que le dirigió un imperceptible gesto de ánimo, fue Éomer.

El jinete asintió y frunció el ceño, transmitiéndole coraje.

Legolas inspiró profundamente y le devolvió el mismo gesto.


Sentada en las piedras del arriate del Árbol Blanco, Érewyn aguardaba, impaciente.

Había arrancado una ramita de mala hierba que crecía en la base del tronco del árbol muerto y jugueteaba con ella nerviosamente.

La ramita se rompió, Érewyn chasqueó la lengua y miró por enésima vez en dirección a la puerta cerrada de la Casa del Rey.

De nuevo, como tantas veces antes, como si nada de lo que la muchacha había hecho hubiera ocurrido jamás, allí estaba, aguardando a que los capitanes acabaran de deliberar.

Pero ya no luchaba por un lugar allí, no era menester. En representación de Rohan ya estaba Éomer, su hermano, el rey, y él haría un buen papel y una buena intervención, Érewyn estaba segura. Y al acabar le explicaría todo lo que habían hablado.

Sabía a ciencia cierta que no le permitirían participar en las batallas venideras. Ya lo había hecho a escondidas dos veces, y estaba segura de que Éomer se aseguraría, antes de marcharse, de que ambas princesas se quedaran tras las puertas de Mundburgo.

Además, Érewyn aún no había terminado la labor que tenía entre manos. Había ido a Minas Tirith a luchar y a proteger a sus hermanos, y en aquel momento, Éowyn la necesitaba más que nunca.

Érewyn volvería a empuñar la espada si tenía que defender a su hermana, si se veían obligadas a huir.

Comenzó a trenzar distraídamente su pelo mientras calculaba la hora aproximada que debía ser. Por la altura del sol debían ser cerca de las diez de la mañana, pero no había en la plaza ningún reloj de sol para corroborarlo.

Resopló, y unos cuantos mechones bailaron frente a su rostro. Y entonces, la puerta se abrió.

La muchacha se puso de pie de un salto y esperó, en tensión. Ya había salido de allí un guardia, varias veces. Y todas ellas Érewyn había acudido solícita a esperar la salida de su hermano, recibiendo un duro gesto por parte del guardia, que negaba así que la reunión hubiera concluido.

Pero entonces vio el inconfundible resplandor de las vestiduras de Gandalf saliendo por la puerta. Y Érewyn se acercó trotando hasta la base de las escaleras.

Tras el mago salió Aragorn, que la vio en seguida, y le dedicó una sonrisa sincera y amable. Una sonrisa que ella devolvió con una mueca aterradora, en lo que pretendía ser una igual de sincera. La chica suspiró y Aragorn levantó las cejas con aire interrogante, sin entender el porqué de la actitud de la muchacha.

Érewyn se puso de puntillas y entrecerró los ojos para vislumbrar algo a través de la puerta. Ignoró por completo a Gimli, y tras él, la muchacha encontró a quien había estado esperando con fervor.

Rápidamente se arrojó sobre su hermano, provocando que los soldados que custodiaban la puerta se pusieran en guardia automáticamente y la apuntaran con sus lanzas.

- ¡Bajad las armas ahora mismo! - Rugió Aragorn horrorizado. Los soldados obedecieron, no sin antes dudar. Y es que Érewyn parecía más una campesina que una princesa rohirrim. Éomer sonrió agradecido a Aragorn mientras sujetaba los brazos de su enloquecida hermana y la guiaba escaleras abajo.

- ¿Se puede saber qué te pasa? - Preguntó Éomer en tono de fastidio.

- ¡Tengo que hablar contigo de algo que no puede esperar! - Dijo ella en tono autoritario. ¿Una campesina dándole órdenes a un rey? Los guardias de la puerta se miraron entre ellos, incrédulos. Imrahil y Legolas salieron después. El príncipe de Dol Amroth observó inquisitivamente a Érewyn.

- Disculpad, mis señores. - Dijo Éomer inclinando la cabeza ante los demás. - Parece que hay un asunto de vital importancia que debo resolver antes de seguir con esta nuestra…

- ¡¿Quieres seguirme de una vez?! - Exclamó ella, fuera de sí. Éomer le dedicó una mirada lastimera a Gandalf y este se encogió de hombros, como queriendo decir "apáñatelas tú solo".

- La belleza de las mujeres norteñas es directamente proporcional a su ímpetu y su carácter. - Concluyó Imrahil. Aragorn rió ante el comentario y Legolas chasqueó la lengua, mirando a Érewyn con aire reprobatorio.

- Creedme si os digo que las flores más bellas son las que tienen las espinas más afiladas...

La jugosa risa de Imrahil inundó entonces el patio mientras los dos hermanos se alejaban lo máximo posible del resto de oyentes.

- ¿Me vas a explicar qué es eso tan importante? La reunión continuará en breve, no tengo mucho tiempo. - Sentenció Éomer, enfadado. No podía creer que su hermana se comportara como una fiera salvaje ante los principales representantes de las razas aliadas del este de la Tierra Media. Harto ya del espectáculo, Éomer la detuvo y la sujetó por los hombros. - Ya estamos lo suficientemente lejos. - Afirmó. Ella frunció el ceño también y se acercó a él.

- Éomer, no te lo vas a creer… He visto un fuego fatuo y me ha…

- ¡Por las bolas del Gran Jinete, Érewyn! - blasfemó Éomer, llevándose las manos a la cabeza. - ¡¿Para esto me llamas?! ¡No tengo tiempo para chiquilladas!

- ¡Cállate y escúchame! - Bramó ella. - ¡Ha aparecido en mi habitación…! - La joven se aferró a la casaca de su hermano y le sacudió. - Y, ¡me ha seguido hasta la tuya! Ha pronunciado un nombre, el mismo que nombró tío antes de morir. Y me ha dicho que tú lo sabías… ¿Qué es lo que sabes tú, Éomer? ¿Quién es Érethor?

La pregunta cayó sobre Éomer como un caldero entero lleno de brea hirviendo. Y sintió como si un calor de origen inexplicable le invadiera todo el cuerpo.

- ¡Mi señor! ¡Éomer! - Gritó una voz, de repente, sacándole de su sorpresa. Los dos hermanos vieron a Gamelin acercándose a ellos a paso vivo. - Tengo noticias, Éomer. - Gamelin miró de reojo a Érewyn y ésta le devolvió la mirada, confundida. - Del asunto que me encargaste. - Concluyó. Érewyn miró a su hermano con ojos inquisidores, y Éomer consiguió zafarse de su agarre en aquel momento.

- Érewyn. Escucha. Debo ocuparme de un asunto muy importante antes de partir a la batalla… Pero te prometo que antes de irme te lo explicaré. Todo. - El rohirrim sujetó con firmeza pero delicadamente el rostro de su hermana y la besó en la frente. - La duda quedará resuelta para siempre… Mañana.

El tono en el que Éomer le habló fue suficiente para convencerla y para darse cuenta de la importancia de aquello. La cara de terror de Éomer cuando pronunció el nombre de Erethor la había dejado ya sin palabras.

Érewyn se colocó bien el chal de lana, y se dispuso a poner rumbo a las Casas de Curación.

- ¡Érewyn! - La llamó una conocida voz. Ella se giró a tiempo para ver a Gimli dirigiéndose hacia ella al trote. - ¿Me permites que te acompañe un trecho?

- ¿No debes asistir al resto de la reunión tras el receso, Gimli?

- Yo no necesito saber nada más. Sólo debo tener mi hacha afilada y lista para degollar unos cuantos cuellos orcos.

Érewyn sonrió ampliamente y apoyó suavemente la mano en el ancho hombro del enano.

- En ese caso, maese enano, ¿seríais tan amable de explicarle a esta remilgada dama cómo tenéis pensado degollar a esas criaturas?

La risa de ambos abandonó la plaza del Árbol Blanco, mientras unos ojos azules vigilaban sus pasos hasta que ambos desaparecieron.


- Me he informado discretamente, Éomer. - Explicó Gamelin, reunido en un apartado rincón de la ciudadela junto al rey de Rohan. - No es posible rebatir un acuerdo firmado por un rey fallecido. A título póstumo no se pueden echar para atrás las leyes. Para hacerlo hay que saltarse una generación. - Explicó el jinete. Éomer cerró los ojos y se masajeó las sienes. Empezaba a dolerle la cabeza…

- Y, ¿qué quiere decir eso exactamente? - Preguntó en tono calmado. Gamelin suspiró.

- Que sólo puede invalidar un tratado o un acuerdo de Théoden el sucesor de su sucesor, una vez ascienda al trono. - La cara de incomprensión de Éomer le hizo reformular la frase. - Tu hijo, Éomer. Tu hijo es quien puede invalidar un tratado de tu tío.

- ¿Mi hijo? - Preguntó, sin poder creérselo. La cosa se ponía cada vez más negra… - ¡Pero si yo ni siquiera tengo hijos!

- No, que sepamos… - Admitió Gamelin, pensativo. Y levantó las manos en gesto conciliador al notar la amenazadora mirada de Éomer clavada sobre él.


- Voy a echar de menos esta ciudad… - Decía Gimli. Érewyn sonrió, algo triste.

El enano acababa de explicarle parte del plan de Aragorn. Que todos los ejércitos retarían a Sauron frente a la Puerta Negra, aunque se guardó de explicarle que se trataba de una trampa para que el Señor Oscuro dejara de vigilar el Gorgoroth. Cuantas menos personas lo supieran, más opciones había de que el plan funcionara. Además, le preocupaba la seguridad de Érewyn.

- Todo estará igual cuando regreses, Gimli. Ya lo verás. - Trató de animarle ella. El enano borró la sonrisa de su rostro, y de repente la detuvo, sujetándola por el brazo. - ¿Qué ocurre, Gimli? - Preguntó ella, sorprendida por el gesto. Gimli dudó un instante antes de responder.

- Legolas se marcha esta noche, tras el ocaso, con el príncipe Imrahil para unirse a la avanzadilla de arqueros de Dol Amroth. Aguardan en Osgiliath. - La sonrisa se borró del rostro de Érewyn. La noticia cayó sobre ella como un jarro de agua fría. - Se encargarán de reconocer el terreno. Nos reuniremos con ellos cerca de las lindes de Ithilien… Imrahil le ha asignado la comandancia de 350 guerreros. Todo un batallón. - Los ojos de la muchacha buscaron un lugar donde detenerse y serenarse. Le costaba respirar.

Legolas se marchaba a las puertas de Mordor.

Ahora deseaba pedirle perdón. No… Deseaba volver atrás en el tiempo y no haber sido tan dura con él. No quería que Legolas se fuera a la guerra sin hacer las paces con él, pero veía imposible ya un acercamiento entre ambos.

Forzó una sonrisa y volvió a mirar a Gimli, con los ojos algo húmedos.

- ¡Me alegro por él! Su valía está siendo reconocida finalmente. Seguro que sus hazañas llegan hasta los oídos del Rey elfo del Bosque Oscuro. - Dijo, tratando de sonar optimista. Pero Gimli detectó el tono de tristeza de su voz.

El enano le sonrió con ternura. A él no podía engañarle.

- Búscale, Érewyn. - Le dijo. Ella borró instantáneamente la falsa máscara de optimismo de su rostro. No se esperaba aquel sabio consejo de Gimli y se derrumbó delante de él. - Está muy hosco, muy apagado… Ningún guerrero merece marchar a la guerra sin estar en paz consigo mismo. Concédele una oportunidad. - Le suplicó el enano.

En aquel punto, Gimli sujetaba las pequeñas manos de ella entre las rudas propias.

- No puedo hacerlo. - Confesó Érewyn, en un susurro. - Le he dicho cosas horribles, cosas que probablemente no le habría dicho si lo hubiera pensado previamente. Como siempre, fui demasiado impulsiva, y ahora ya no hay marcha atrás… - Ella bajó la cabeza al suelo y Gimli frunció el ceño. - No. Pedirle perdón ahora no es una tarea nada fácil. Además, dudo que él desee verme después de todo lo que le dije y...

- La impulsividad y el actuar sin pensar no es algo muy típico de ellos. - La interrumpió Gimli. Ella le miró. El gesto del enano era severo. - Me refiero a los elfos. Su vida está programada por completo. Todo lo que hacen ha sido muy planeado y calculado. Incluso lo que dicen. Jamás dicen una palabra fuera de tono o de lugar. - Chasqueó la lengua y apartó la mirada. - Incluso saben exactamente qué día del mes siguiente, a qué hora, minuto y segundo van a eructar. - Érewyn rió sin poder evitarlo. Gimli la miró entonces. Entre risas sinceras, las lágrimas se derramaban por el rostro de la joven. Ella se apresuró a limpiarlas. La sola visión de la Mata-huargos así era triste y desoladora. - Érewyn, - Continuó Gimli. - Legolas se fue del Bosque Oscuro porque estaba cansado de que esa forma de vivir tan programada no le permitiera probarse a sí mismo, descubrir cuáles eran sus propios límites. - Explicó. Érewyn volvió a mirarle, sin rastro de llanto esta vez. - Salió del Bosque para demostrarle a su padre su valía y luego se comprometió con la Comunidad del Anillo, ya que su corazón le decía que era lo correcto. Además tenía la esperanza de descubrir cosas nuevas y de ver mundo. Y, obviamente, los humanos también formaban parte de ese mundo desconocido… - Érewyn se sorbió la nariz, y Gimli la tomó de la mano animándola a caminar junto a él en un agradable paseo. - A causa de sus costumbres, - Continuó él, - Legolas nunca se había encontrado en una situación en la que no supiera qué hacer o qué decir…. Y entonces apareciste tú. - Érewyn miró a Gimli, que sonreía con malicia. La muchacha imaginaba lo divertido que debía haber sido para el enano ver a Legolas sin argumentos tan seguido, por culpa de ella. - Tú le planteas esas situaciones a menudo… Demasiado a menudo. - Concedió, huraño. Ya casi estaban ante la puerta de las Casas de Curación. - Estoy seguro que tal como él es, esa imprevisibilidad y esa impulsividad que te caracterizan, y de las que ahora te lamentas, deben volverle loco... - Gimli la miró a los ojos inquisitivamente. - En todos los sentidos de la expresión.


La noche cayó de nuevo sobre Minas Tirith. Las tropas partirían al alba hacia Mordor y todos los soldados apuraban sus últimas horas de ocio para beber, reír, cantar o festejar con alguna doncella. Todos eran conscientes de las nulas posibilidades que tenían de vencer aquella vez.

El ejército de Sauron esperaba tras la Puerta Negra. No faltaban capitanes que dirigieran a las numerosas huestes del Señor Oscuro, aún sin Dwimmerlaik*.

En "La Hostería Vieja" la música no cesaba. El posadero había preparado asado de venado para despedir a tan valientes soldados, y los platos iban y venían, vacíos y llenos. El repiqueteo de cubiertos y platos acababa de llenar el ambiente ya de por sí casi ensordecedor por las risas y las canciones.

En una mesa de gruesas tablas, no muy grande, un pequeño grupo conversaba animadamente acerca del género femenino, ese gran desconocido para la mayoría de los hombres. Gimli asentía de vez en cuando con la cabeza, sin dejar de llenarse la boca con el exquisito asado que tenía delante.

- Es decir… Yo le dije que era casi tan bella como la doncella Nimrodel… y ¡ella se enfadó conmigo! Me preguntaba quién era Nimrodel y por qué la comparaba con ella. Aquel cumplido me costó dos semanas de súplicas y de disculpas… Nunca sé cómo decir las cosas… Agmin es tan complicada...

La estridente risa de Imrahil no tardó en escucharse. El principe de Dol Amroth era muy cercano a sus soldados. Un hombre sencillo y de risa jugosa y simpática, y las anécdotas que su joven escudero estaba explicando acerca de su relación con la muchacha que le gustaba le estaban divirtiendo de lo lindo.

En un extremo de la mesa, Legolas daba cuenta, en silencio, de un trozo de empanada de verduras que la mujer del posadero había tenido el detalle de preparar para él, sabiendo su disgusto por la carne. Escuchaba en silencio, sin apenas levantar los ojos del plato a excepción de observar a quien comenzaba la siguiente canción.

El dueño de "La Hostería Vieja" había conseguido que un artista bastante conocido en Minas Tirith acudiera a tocar su laúd aquella noche. A Legolas le parecía un instrumento curioso. Los elfos no tenían nada parecido. Ellos dominaban los instrumentos de viento, pero los de cuerda eran casi desconocidos en el Bosque Oscuro.

Terminó con la empanada y se recostó en el respaldo de su asiento, con la mirada perdida.

Imrahil ya se había percatado hacía horas del desánimo que le invadía. Era imposible no darse cuenta. Apenas pronunciaba palabra.

- Si… Dicen que aprecian los detalles sencillos… Les regalas una flor, y se ofenden por la simpleza del regalo… - Dijo Gimli, pensativo. Provocando la única reacción en el rostro de Legolas en toda la noche. El elfo frunció el ceño y le miró, con una expresión que parecía estar diciéndole "¿Qué sabrás tú?".

- Pero morirías por ellas… Se cuelan hasta el último rincón de tu cabeza y les ofrecerías hasta la última gota de tu sangre… Eso es lo único que es cierto. - Dijo el joven escudero.

La silla de Legolas hizo un sonido peculiar cuando las patas rozaron contra el suelo de piedra. El elfo se levantó, harto ya de tanta palabrería, y se dirigió hacia las escaleras que dirigían a las habitaciones de los huéspedes.

Debía recoger y preparar sus cosas. Esa misma noche se marchaba a Osgiliath junto a Imrahil.

Precisamente, el príncipe le observó marcharse con una mirada de suspicacia.

Gimli lanzó un gruñido que llamó su atención. El enano movía la cabeza de lado a lado en modo reprobatorio mientras le veía desaparecer por las escaleras.

Los labios de Imrahil se curvaron en una sonrisa.

En la soledad de su habitación, Legolas sintió como se repetían en su mente algunas frases que había escuchado esa noche. Muchas de ellas las había considerado una estupidez. Un error típico de alguien que no tiene ni idea de mujeres, que no tiene experiencia en el amor.

Y no era que él tuviera mucha más experiencia, pero sí que poseía algo de lo que los jóvenes de Gondor carecían. Sentido común.

Había visto mil veces los juegos de palabras que habían intercambiado su hermano Eglaron y Aeneth. La ambigüedad escondía el amor, la trivialidad, el deseo. Así debía ser ya que Thranduil no había aceptado en modo alguno la relación de Eglaron con ninguna doncella. Su adiestramiento militar aún no había concluido cuando ambos se conocieron.

Pero contra el amor y el destino no se puede luchar y el rey del Bosque Oscuro acabó claudicando ante los profundos sentimientos de los dos jóvenes.

Legolas sabría cómo usar esa ambigüedad de la que Eglaron había hecho gala tantas veces en el pasado. Sabía usar una sonrisa pícara en el momento adecuado para dar énfasis a un gesto aparentemente inocente. Y se habría asegurado en el caso de cortejar a alguna muchacha, de que esta supiera exactamente quién era Nimrodel antes de pronunciar ninguna frase que le pudiera costar cara.

Sentido común.

Y ese sentido común del que tanto se enorgullecía no le servía de nada con la causa de sus desvelos.

Legolas había estado pensando mucho en las palabras que Érewyn le dijo. La muchacha tenía toda la razón del mundo cuando le reprochó su cambio de actitud, su falta de ánimo. Y es que su comportamiento sólo se debía a una cosa. Una cosa que Legolas no había sabido cómo decirle.

Y ya era tarde. Érewyn se había desahogado, le había abierto su corazón roto. No… Él mismo se había encargado, con cada uno de sus actos, de romperle el corazón a la princesa de Rohan.

Ella no merecía eso. Era una muchacha valiente y dulce, y por encima de todo… Era su amiga fiel.

El elfo suspiró y se sentó en el lecho apoyando los antebrazos en las rodillas.

Unos nudillos llamaron a su puerta firmemente y Legolas levantó la cabeza.

- Adelante. - Dijo.

Imrahil fue quien abrió la puerta. El elfo se apresuró a levantarse, mostrándole respeto, y el cercano príncipe le sonrió y le indicó con gestos que volviera a sentarse.

- ¿Ya lo tenéis todo listo para la partida? - Preguntó.

- Sí, señor. - Se apresuró a contestar el elfo.

Imrahil le miró con los ojos entrecerrados y dijo:

- Volveré a preguntarlo. ¿Ya lo tenéis todo listo para la partida? - Legolas le miró sin entender y sin saber qué contestar. Imrahil dio un paso hacia él con aire despreocupado. - ¿Seguro? ¿Ninguna causa pendiente? Causan estragos en el campo de batalla, creedme. Los errores del pasado cuestan muy caros en el futuro. - El príncipe se arrodilló ante él, como haría un padre ante un hijo que se siente perdido, y clavó sus profundos ojos en los claros de Legolas. Apoyó una mano afectuosamente en el hombro del elfo y dijo, en susurros: - Aún estás a tiempo, pero esta es tu única oportunidad.

Legolas se sorprendió del trato tan personal que Imrahil utilizó para decirle aquello. La edad del príncipe apareció claramente ante los ojos del elfo, y parecía que tenía muchos más años de los que aparentaba. En verdad le leía la mente.

- Mi señor… Yo… - Las palabras se perdieron y Legolas no finalizó la frase. Apartó la vista y miró la pared cercana con el ceño fruncido en un gesto de frustración.

El príncipe palmeó su hombro y se puso en pie. Comenzó a caminar tranquilamente hacia la puerta y al llegar a ella se giró.

- Nos encontraremos dentro de una hora en las caballerizas. Dejad atrás el miedo y cualquier otro sentimiento que pueda traeros problemas cuando estéis luchando, pero no dejéis causas pendientes.

Legolas miró cómo la puerta se cerraba de nuevo y se encontró nuevamente sólo en la habitación.

El consejo de Imrahil le había abierto los ojos y ahora se daba cuenta de qué era exactamente lo que le había impedido explicarse ante Érewyn debidamente. Y era algo muy simple.

Miedo.

Había sentido miedo desde que comprendió que estaba loco por ella.

Miedo a la pérdida, a la soledad, a arruinar las alianzas entre reinos…

Y el miedo se había transformado en mentiras. Legolas no había tenido argumentos para rebatir a Érewyn todas las cosas que le había echado en cara, primero porque sentía miedo y segundo porque todo lo que la chica le había dicho era cierto.

Y él se había limitado a darle un puñado de evasivas que dudaba ella se hubiera tragado.

Se levantó del lecho y se puso su casaca de viaje, abrochando rápidamente todos los botones. Agarró su zurrón en el que había puesto algo de comida: un bizcocho y fruta, yesca y pedernal, y se lo colgó.

Estaba claro ahora. Así, ninguno de los dos sería feliz, y ya no les quedaba tiempo para rectificar.

Sujetó su carcaj firmemente a su espalda, atando los cordones con un nudo élfico, casi imposible de que se soltara por accidente.

El tiempo se agotaba, se marcharía a la puerta negra y nadie sabía qué pasaría entonces.

¿Y si su futuro era sobrevivir? ¿Acaso sería capaz de vivir sin ella, sin volver a ver su rostro, sin mirar sus ojos, escuchar su risa? ¿Sería capaz de vivir sin haber conocido siquiera el sabor de sus labios un breve instante?

Dio un rápido repaso a la habitación que había estado "compartiendo" con Gimli. Compartiendo entre comillas, porque Legolas no había dormido en su cama ni una noche. Las había pasado contemplando las estrellas desde los altos tejados de la ciudad.

Sabía que Érewyn viviría, ya que era inteligente y resolutiva y conseguiría escapar y huir, no sabía cómo iba a conseguir sobrevivir sin él. Era una muchacha fuerte, sí. Resolutiva y valiente, también, pero ¿Cómo iba a resistir a las fuerzas de Sauron sin su ayuda? ¿Dónde iba a estar ella más segura que junto a él?

No debía temer a nada ya que nunca antes lo había hecho. Tenía que deshacerse de aquel sentimiento que le lastraba y le embotaba la mente.

Maldito miedo.

Debía mantenerla con vida. Estar junto a ella y enfrentar el mal que se avecinaba los dos juntos. Sólo así podrían ser fuertes.

Sólo así albergaban aún una pequeña esperanza de lograrlo.

Ahora lo entendía. Como cuando el sol asomaba entre la densa vegetación de su amado bosque, iluminando sutilmente el camino a seguir, la solución acababa de revelarse para Legolas.

La felicidad, para ellos, siempre estaría rodeada de sombras. Era así de simple y Legolas debía asumirlo. Sólo de ellos dependía que la luz fuera más fuerte que la oscuridad.

Legolas agarró su arco y salió por la puerta de nuevo.


- No te habrás enfadado con él, ¿verdad? - Preguntó Érewyn a su hermana.

Habían cenado juntas en la pequeña mesita que había en la habitación. La más joven había estado poniendo al día a su hermana, a pesar de que durante todo el día no había pasado un par de horas sin que se asomara brevemente a la habitación para asegurarse de que Éowyn estaba bien. Incluso había ayudado a Aleth a cambiarle el vendaje del brazo derecho, el más afectado por el Hálito Negro.

Éowyn sonrió con el comentario de su hermana y no contestó. Érewyn le cepillaba el largo cabello mientras esperaba una respuesta. Emitió un sonido lastimero y miró el rostro de su hermana.

- Éowyn, es normal que no te haya dado permiso y tiene razón. Tienes el brazo roto, estás débil… No estás en condiciones de librar ninguna batalla y salir airosa.

- No estoy enfadada. - Contestó Éowyn al fin. - Pero tengo la sensación de que si estuviera en condiciones, Faramir tampoco me habría permitido ir. Y es porque soy una mujer. A cualquier parte que voy siempre choco con la misma pared… - Éowyn perdió la mirada a través de la ventana y Érewyn se mordió el labio, tratando de encontrar un argumento que animara a su alicaída hermana.

- ¡Vamos! ¡Dale una oportunidad! Algo me dice que Faramir es diferente…

- ¡Oh! ¿Tan diferente como tu Legolas? - Preguntó con inquina la más mayor. Pero en seguida se arrepintió. Érewyn bajó la cabeza, hundida, y Éowyn se apresuró a abrazarla. - ¡Oh! ¡Lo siento, lo siento! No debí decir algo tan cruel… - Érewyn le devolvió el abrazo y sonrió.

- Tienes razón. En todas partes está la misma pared con la que chocar. - Se separó de ella y apoyó la frente en la de Éowyn con los ojos chispeando en una sonrisa. - Pero de nosotras depende permitir que continúe entorpeciéndonos el paso, o ¡romperla en mil pedazos! - Éowyn levantó las cejas, sorprendida, y rió.

- ¡Pobre Legolas!

Ambas rieron y volvieron a abrazarse.

Érewyn ayudó a acostarse a su hermana y a cubrirse con las mantas. La noche en Gondor era fresca y Éowyn sólo podía taparse con una mano, de modo que la más joven se aseguró de que no se destaparía por la noche.

- Buenas noches, hermanita.

- Buenas noches, ratoncito.

Érewyn caminó hasta la puerta, apagando los candiles a su paso, y antes de salir de la habitación, se giró y dijo.

- Te quiero, Éowyn.

Los ojos de su hermana brillaron un instante como lo habían hecho siempre antes de enfrentarse al Nâzgul, y Érewyn salió de la habitación.

Cerró la puerta tras ella y se apoyó un instante, cerrando los ojos. Respiró hondo.

Era consciente de que Éowyn no estaba bien, de que no decía lo que decía porque lo sintiera, sino porque la oscuridad de Sauron la había tocado tan de cerca que la había impregnado de su naturaleza.

Aún así, mientras caminaba hacia el despacho de Ioreth, apagando algunos candiles a su paso, se sentía profundamente herida. Y vacía.

Parecía que Éowyn había adquirido la capacidad de hallar los puntos débiles de cada uno de sus seres queridos y de alzarlos ante ellos, destruyendo su ánimo.

Llegó casi sin darse cuenta hasta la puerta de madera oscura y llamó con los nudillos.

- ¡Pase! - Exclamó una voz desde el interior.

- Hola. - Murmuró Érewyn.

- ¡Hija mía! ¿Qué hacéis aquí aún?

- Estaba dando las buenas noches a mi hermana. Ya me voy, pero quería asegurarme de que no queda nada por hacer antes de irme. - Ioreth se levantó de su butaca, sonriendo.

- No, hija. Id a descansar. Hoy habéis trabajado muy duro… La verdad es que no me lo esperaba. Pero estoy contenta. - La sonrisa de Ioreth era sincera y contagió un poco el desánimo de Érewyn. - Mañana tomaos el tiempo libre que necesitéis hasta que vuestro hermano parta de la ciudad. Así podréis despediros… Después habrá muchísimo trabajo por hacer… Hay un paciente que tiene una herida con muy mal aspecto. Os vendrá bien estar presente cuando la tratemos. Aprenderéis mucho. - Aseguró la anciana.

- Hasta mañana, entonces. - Dijo la joven.

- Buenas noches, Lady Érewyn.

La rohirrim cerró la puerta de la Mayoral y se quedó un instante pensativa.

Lo cierto era que no tenía ganas aún de irse a dormir.

Después de tanto tiempo, necesitaba hacer algo que no hacía desde hacía mucho.

Desanduvo el camino hasta la habitación de su hermana y luego continuó por un pasillo hasta llegar a la terraza de la Clínica, la que visitó junto a Alheim el día anterior. El muchacho le había dicho que la visitaría, pero al final había sido imposible que ambos pasaran mucho rato juntos. Érewyn había tenido que preparar vendas nuevas, un trabajo no muy difícil pero que requería de mucho tiempo.

Los pasos de la joven avanzaron, sordos, por la piedra pulida que adornaba bellamente el suelo de la terraza. Llegó hasta la barandilla y se apoyó ligeramente en ella. Sintió un escalofrío y se envolvió aún más en su chal de lana.

La oscuridad reinaba a su alrededor, al igual que el silencio. Sólo la tenue luz de los candiles brillaba aún a través de algunas ventanas, y el canto de los grillos era el único sonido que llegaba hasta allí.

Cerró los ojos y trató de que aquella paz la inundara.

Luego los abrió. Las estrellas brillaban intensamente, y la luna era llena. Siguió observando el cielo en silencio. Desde que abandonó Edoras no se había molestado en contemplar la inmensidad del cielo estrellado. Siempre le había venido bien para serenarse y pensar.

Asimiló las palabras de Ioreth. Se dio cuenta de que el ejército se marcharía al día siguiente. Quizá no volviera a ver a su hermano. Sintió un aterrador frío subir por su la garganta. Ya no podía hacer nada por ayudar, no podía evitar que le atacaran en el campo de batalla. Érewyn no estaría presente.

Pero Éomer era un gran guerrero y tenía que sobrevivir por sus propios medios. Érewyn necesitaba pensar que lo conseguiría.

Los verdes ojos de la muchacha recorrieron el manto estrellado, hasta posarse en una estrella.

Alcarinquë.

Su visión la hizo recordar aquella noche que pasó en el tejado de la torre de Meduseld. Y sus ojos se humedecieron.

Legolas se había marchado ya. Se iba a Osgiliath esa misma noche.

Suspiró y dio un paso atrás.

Así terminaba su triste historia de amor no correspondido.

Aunque se había prohibido a ella misma derramar una sola lágrima más por alguien cuya actitud era incapaz de comprender, sus manos temblaron al recordar el gesto amable de sus ojos al sonreír y el hermoso sonido de su voz al dirigirse a ella. Siempre tan cortés, siempre tan…

No podía engañarse a sí misma.

Bajó la cabeza. La vista se le nubló y la visión del suelo de piedra quedó emborronada.

Su boca dejó escapar un suspiro silencioso y un sollozo sordo que no fue capaz de contener.

Suspiró hondo. Y levantó la vista.

Y ante ella, como salido de la nada, sigiloso como siempre, hermoso como nunca, estaba Legolas, observándola en silencio, en cuclillas sobre la barandilla de piedra de la terraza, mirándola con el ceño fruncido, con la seriedad tan característica de su rostro. Y la luz de la luna resaltaba su perfecto perfil, su nariz, sus pómulos y el azul de sus ojos. Su corazón dio un vuelco y Érewyn abrió los ojos al máximo.

- ¿Cómo…? - Comenzó a preguntar ella, en un susurro. Él saltó de la barandilla.

- Te encontraría en cualquier parte, mel nîn.

Y sonrió.


*Dwimmerlaik. Es uno de los muchos nombres que los habitantes de la Tierra Media le dan al Rey Brujo.

"El despertar" me ha parecido el título más adecuado para este capítulo. Éowyn despierta literalmente, al igual que lo hace Faramir, en sentido figurado, cuando conoce a la dama de Rohan. Y al igual que despiertan las fuerzas en Legolas, y la nueva esperanza en el plan de Aragorn.

Es tiempo de despertares, la primavera despierta la vida en Minas Tirith, a la vez que la Oscuridad avanza desde el este.

No me ha sido nada fácil ubicar todas las partes de este capítulo que debía desembocar y finalizar en la escena de Legolas acudiendo a buscar a Érewyn. Así la escena de ambos hablando de nuevo será la más fuerte del capítulo siguiente, el centro, la apoteosis. En este, necesitaba que el centro, la idea principal fuera la desesperanza que ronda a todos los personajes durante todo el capítulo.

Supongo que querréis matarme. Trataré de excusarme diciendo que el próximo capítulo ya está en el horno y que no tardaré mucho en publicarlo.

¡Hasta muy pronto!