Hola, hola. Nuevo capi del capullo. Mil gracias por los reviews, perdón por el retraso y para compensar, este capi es un poco (un poco) más largo de lo habitual y... no digo más. Será mejor que leáis ;)

Disclaimer: no soy Stephenie Meyer, por lo que ni los personajes ni el universo Twilight me pertenecen.

MISTER ARROGANTE SEDUCTOR

[AH, AU]: A ratos un engreído insoportable, a ratos un seductor. Bella Swan no sabe si Edward Cullen es bipolar, pero tiene una cosa clara: trabajar para él es un castigo. Y no sabe qué ha hecho para merecérselo. Continuación de El Soltero de Oro.


CAPÍTULO 23. LA BODA

Él estaba ahí.

Él estaba ahí.

Con una mano sobre el marco de la puerta y la otra apoyada despreocupadamente en su cintura. Esperaba, totalmente ajeno a mí. O, al menos, fingiéndose ajeno a mí. El pelo le caía sobre la frente, más alborotado que de costumbre y vestía vaqueros desgastados y una sudadera gris. Despojado de sus trajes hechos a medida y de su impecable colección de corbatas, parecía casi diez años más joven. Pero la expresión adusta seguía ahí, firmemente anclada en su rostro; sus labios estaban crispados en una fina línea y sus ojos, ligeramente entrecerrados, se habían clavado en cualquier punto de la reducida habitación, excepto en mí.

Él estaba ahí.

Y todo mi sentido común debía de haberse tirado en caída libre por la ventana de aquel séptimo piso, porque lo único que quería hacer en ese momento era lanzarme a su cuello, arrastrarle hasta la primera habitación vacía que encontrara y aprovecharme de él hasta que ya no le quedaran fuerzas.

Hmm. Le eché un rápido vistazo a mi copa, prácticamente vacía. Aquel chute de hormonas tenía que ser cosa del alcohol.

—¿Casarnos?

El chillido extrañamente estridente de Rosalie me recordó dónde estábamos. En Las Vegas. Borrachas. En la habitación de un hotel de mala muerte. Y con Emmett Cullen dispuesto a tomarle la palabra a Rosalie y casarse con ella esa misma noche.

—Casarnos, sí —repitió Emmett con una determinación firme—. Esta noche. Yo ya he traído a mis padrinos y tú tienes aquí a tus damas de honor —dijo, señalándonos con la cabeza a Alice y a mí, antes de regalarnos una sonrisa burlona—. Aunque será mejor que dejen de beber.

—Demasiado tarde —replicó Alice, adelantándose para tomar a Jasper de la mano y hacerle pasar a la habitación—. Aunque si tienes un poco de suerte, puede que aún quede algo de vodka para vosotros.

Jasper y Alice se colocaron al otro lado de la habitación, junto a la ventana entreabierta. Edward, sin embargo, continuaba inmóvil fuera, en el pasillo, y a través de su fachada de seguridad, me pareció entrever lo mucho que le incomodaba esa situación.

Fue entonces cuando Rosalie pareció reparar en él por primera vez.

—¿Y tú qué coño haces aquí? —le espetó, lanzándole una mirada envenenada que él ignoró por completo.

—No seas dura con él, Rosie —intercedió Emmett antes de que Edward pudiera responder.

Él también entró en la habitación con paso resuelto. Tomó a Rosalie de la mano para sentarse en una de las camas, con ella sobre sus rodillas, y le dedicó una dulce sonrisa.

—No se lo digas a nadie, pero nuestra boda también incluye un plan de reconciliación fraternal —le advirtió, entonando sus palabras en un susurro cómplice que, sin embargo, todos alcanzamos a escuchar con claridad.

Removí el contenido de mi copa, ligeramente incómoda y abochornada por aquella muestra inesperada de cariño. Pero no podía apartar mi mirada de ellos. Había visto miles de fotos suyas juntos en los periódicos y en las revistas, pero era la primera vez que les veía interactuar como pareja en persona. Y lo cierto es que…

…parecían hechos el uno para el otro.

Y eso sonaba jodidamente ñoño. Y sentimental. Y premenstrual.

Mierda de hormonas.

Todo era culpa de Edward.

—No va a haber ninguna reconciliación fraternal —gruñó Edward malhumorado, al tiempo que cerraba la puerta de la habitación a su espalda con un golpe seco—. Sólo he venido porque…

Pero no explicó porqué.

Dejó la frase en el aire, antes de soltar otro gruñido incomprensible. Hundió las manos en los bolsillos de sus vaqueros y se quedó ahí parado en medio de la habitación, visiblemente incómodo, y con el objetivo vital de no cruzar miradas conmigo.

¿Para qué coño había venido?

—Todos sabemos porqué estás aquí, Edward —habló Alice desde el otro lado de la habitación.

—Para joder —respondió Rosalie inmediatamente, con tono envenenado.

Emmett se giró, con Rosalie aún sentada sobre su regazo, y me lanzó una sonrisa burlona desde la otra cama.

—Para joder, en efecto —dijo, moviendo la cabeza de arriba a abajo y sin borrar aquella sonrisa exasperante de sus labios.

Supuse que aquello debía de ser un mensaje subliminal, pero estaba tan borracha que no lograba captar su significado.

—¿Entonces hay boda o no hay boda? —intervino Jasper, con un tono forzosamente alegre, como si su pregunta fuera un intento vano por aligerar la pesada atmósfera que nos comprimía en esa habitación ridículamente pequeña.

En cuanto Jasper formuló aquella pregunta en voz alta, las miradas de todos se centraron en Rosalie y Emmett. Ellos nos ignoraron, incapaces de quitarse los ojos —y las manos— de encima el uno del otro.

—Estás loco —murmuró Rosalie apenas sin voz.

Pero la mirada cargada de dulzura que le lanzó a Emmett, tan impropia en ella como cierta, vino a decir sin palabras lo que todos ya sabíamos después de que una llamada de teléfono y una declaración etílica de Rosalie fueran suficientes para que Emmett tomara el primer avión y cruzara el país para plantarse en Las Vegas sin avisar.

Que, efectivamente, había boda.

—No tengo anillo —volvió a decir Rosalie—. Ni vestido. Y habrá que organizar un banquete o por lo menos comer algo para celebrarlo y…

—¡Oh, por Dios! —exclamó Alice exasperada, al tiempo que alzaba ambos brazos al aire en un gesto melodramático—. Estamos en Las Vegas. Tenemos alcohol, padrinos, damas de honor, novio y novia perdidamente enamorados y a dos de las mejores organizadoras de eventos de todo Chicago. Tu boda está más que solucionada.

Nunca antes había probado mis dotes como organizadora de eventos bajo el influjo del alcohol, pero supuse que quizás era hora de poner mis capacidades a prueba. Le di un largo trago a mi copa de vodka hasta vaciarla y, tambaleante, me levanté de la cama, con cuidado de ignorar a Edward, y crucé la habitación hasta alcanzar a Alice.

Quince minutos, otra copa de vodka vacía y varias hojas llenas de apuntes después, Alice y yo ya habíamos trazado un plan maestro para sacar adelante la boda de Rosalie y Emmett esa misma noche.

A esas alturas de la etílica velada, Alice era la más lúcida de las dos —es decir, la única capaz de pronunciar un discurso (más o menos) coherente sin deslizar (demasiado) las palabras—, así que fue ella quien se encargó de dar las instrucciones necesarias para ejecutar nuestro brillante y ligeramente ebrio plan de organización.

—Escuchadme —ordenó con voz firme, aunque su mirada ligeramente desenfocada y sus mejilla sonrosadas la delataban—. Graceland Chapel está a tan sólo un par de calles de aquí. Jasper y Emmet, id allí a pillar sitio, está siempre hasta arriba, pero a estas horas ya no debería haber demasiado problema. Primero tenéis que conseguir la licencia de matrimonio. ¡Ah! Y aseguraos de que quien oficie la boda vaya vestido de Elvis y…

—¿Qué? —interrumpió Rosalie, repentinamente histérica— ¿De Elvis?

—Te vas a casar en Las Vegas, Rosalie —le recordó Alice con calma—. Tienes que hacerlo como exige la tradición: borracha, con Elvis a tu lado y en la capilla donde se casaron Bon Jovi y el padre de Hannah Montana.

Rosalie pareció pensárselo durante un par de segundos, hasta que una media sonrisa asomó en sus labios. Por lo visto, la idea de embarcarse en la típica boda hortera de Las Vegas le parecía de lo más divertido.

—Rosalie y yo iremos a por el vestido de la novia —prosiguió Alice con sus instrucciones—. Bella y Edward se encargarán de los anillos.

¿Qué?

No.

No, ni de coña.

No, ni en un millón de años.

No, ni aunque el destino de la humanidad dependiera de ello.

—No —negué con rotundidad—. No habíamos quedado en eso, Alice. Dijimos que tú y yo iríamos a por el vestido y que Rosalie y Edward se encargarían de buscar los anillos.

—¿Estás loca? —replicó Alice, abriendo mucho los ojos e ignorando por completo lo que habíamos acordado tan sólo quince minutos antes— ¿Quieres que Rosalie y Edward se arranquen la cabeza y nos quedemos sin novia?

Fue entonces cuando comprendí el maquiavélico plan de Alice. Su única intención desde el principio había sido la de obligarme a pasar tiempo a solas con Edward. Entrecerré los ojos cuando capté sus oscuras intenciones y una breve sonrisa maliciosa me desafió desde sus labios.

Traidora.

—Parece que nos toca ir en busca de un anillo para Rosalie —habló Edward desde el otro lado de la habitación; alcé la cabeza hacia él y, por primera vez en toda la noche, me topé con sus ojos—. Otra vez.

Esbozó esa sonrisa torcida tan suya y, por un momento, no supe si quería abofetearle o besarle. Él se limitó a reír entre dientes, antes de coger una de las botellas de vodka que aún descansaban sobre la mesa de la habitación y encaminarse hacia la puerta, sin molestarse si quiera en comprobar que le seguía.

Maldito capullo irresistible.


El pequeño y lujoso centro comercial del hotel Wynn estaba abierto las 24 horas. Suponía que también hacían negocio con todas aquellas parejas dementes que, a las tres de la mañana, en plan borrachera, tomaban la decisión de casarse en una boda típica y tópica que miles de parejas habían repetido antes y que miles de parejas repetirían después de ellos.

Háblame de originalidad.

—No —negué con la cabeza ante el anillo que me señalaba Edward—. Demasiado ostentoso —volví a decir, rechazando el siguiente—. Demasiado brillante. Demasiado feo. Demasiado caro.

Edward dejó caer las manos a ambos lado del cuerpo, acompañando el gesto con un bufido exasperado. Sonreí internamente al comprobar que estaba a punto de colmar su ya de por sí limitada paciencia.

—El dinero no es problema —gruñó entre dientes—. Yo me hago cargo del anillo.

Alcé las cejas, fingiéndome sorprendida.

—¿Va a ser tu regalo de bodas? —inquirí, cargando mis palabras con toda la ironía que fui capaz de reunir.

—No juegues con fuego, Isabella —volvió a gruñir Edward, mientras sus ojos se deslizaban por el mostrador de la joyería, donde los anillos de compromiso estaban expuestos.

—¿Por qué no? —repliqué de inmediato, en un movimiento suicida— Ya me he quemado.

Quería que me mirara. Quería que dejara de ignorarme, porque ambos sabíamos que aquella estúpida actitud no era más que una fachada a punto de resquebrajarse, un enorme esfuerzo que, en cualquier momento de la noche, agotaría sus fuerzas.

Quería que se rindiera de una puñetera vez.

—No veo tus cicatrices —murmuró él quedamente, aún sin apartar sus ojos del mostrador de exposición.

—No las ves porque las heridas todavía están abiertas.

Fue entonces cuando Edward levantó la cabeza y clavó sus ojos en mi rostro con intensidad, como si esperara hallar ahí las respuestas a todas sus preguntas.

Por un momento, sentí como si el aire no fuera capaz de llegar hasta mis pulmones.

—¿Lo están? —quiso saber, y su curiosidad parecía genuina.

No quería responder. ¿Lo estaban? Creía que no. Hasta esa noche, creía que las heridas se habían cerrado ya. Pero, de repente, Edward había aparecido en la puerta de la habitación del hotel, con su pelo alborotado, con su media sonrisa y con su actitud pretendidamente indiferente, pero realmente incómoda e incluso insegura.

Y entonces no me había quedado otro remedio más que pensar que quizás las heridas no estaban cerradas. Que quizás ni siquiera había tratado de cerrarlas. Que quizás, hasta ese momento, tan sólo había estado sedada.

—¿Por qué has venido? —quise saber, en un intento desesperado por evadir su pregunta.

—Porque quiero —respondió él con brusquedad.

Una ligera sonrisa se asomó a mis labios al comprender que, en realidad, no tenía ni la más remota idea de qué hacía en Las Vegas.

—No lo sabes, ¿eh? —murmuré suavemente—. No tienes ni idea de porqué te has subido al avión para venir hasta aquí. ¿Sabes una cosa? —pregunté, pero no esperé por su respuesta— Creo que lo has hecho por Emmett. Porque sabes que es tu hermano y, en el fondo, le quieres y te alegras por él. Pero eres tan cabezota que nunca lo admitirías, ni siquiera ante ti mismo.

Ahí estaba mi órdago. Estaba convencida al cien por cien de mis palabras y, aún más, sabía que Edward también estaba seguro de que tenía razón. Aunque no esperaba que lo admitiera en voz alta.

—He venido por Emmett —concedió Edward y no pude hacer otra cosa más que abrir los ojos, sorprendida por su confesión—. Pero también he venido por ti.

—¿Por mí? —repetí, y me odié a mí misma por el temblor de mi voz.

Edward asintió, esbozando una sonrisa enigmática. Sin añadir nada más, tomó la bolsa de papel que había dejado sobre el mostrador de la joyería y se llevó la botella de vodka a los labios para darle un largo trago.

—¿Qué demonios significa eso? —quise saber.

Volvió a dejar sobre el mostrador la botella, cubierta por la bolsa de papel. Ladeó ligeramente la cabeza y me observó durante un par de interminables segundos que volvieron a dejarme sin respiración, todavía con aquella sonrisa tentándome desde sus labios.

—Significa que te has escondido de mí durante dos meses y ya estoy harto —comenzó a hablar en un susurro cálido, al tiempo que daba un paso hacia mí—. Significa que he echado de menos tu insolencia y tu asombrosa habilidad para llevarme la contraria y sacarme de quicio.

Un paso más. Otro. Mi corazón se saltó un par de latidos y su rostro quedó a escasos centímetros del mío.

—Significa que no me he olvidado del modo tan rudo en que me echaste del coche de Jasper aquella noche.

Abrí la boca de forma involuntaria y sentí su aliento cálido. Si me concentraba, podía incluso recordar el sabor de sus labios sobre los míos. Estaba cerca. Demasiado cerca.

Tan cerca.

—Pero, sobre todo —volvió a hablar, derramando sus palabras sobre mi boca entreabierta—, significa que quiero saber cómo coño eres capaz de decirme que me quieres, cuando es evidente que nunca has confiado en mí.

Su calor y su cercanía me abandonaron en cuanto pronunció esas palabras. En apenas un parpadeo, un par de metros volvían a separarnos y Edward había recuperado su fachada impertérrita, a medio camino entre la indiferencia y la sorna.

—Por favor —dijo con voz alta y clara para llamar la atención del dependiente—. Queremos este anillo —ordenó, señalando uno de los anillos expuestos en el mostrador.

Volvió a acercarse a mí y, con una sonrisa sibilina, pasó su brazo por encima de mis hombros.

—Es ostentoso, brillante e insultantemente caro. Justo como le gusta a mi chica —remató, al tiempo que me guiñaba un ojo con fingida complicidad.


Love meeeee tendeeeer, love me sweeet…

Aquel falso Elvis cantaba de puta pena, incuso para mis oídos intoxicados por el alcohol. Pero había llevado con tanta gracia a Rosalie hasta el altar, que estaba dispuesta a perdonarle su impostada voz y su incapacidad para afinar dos notas seguidas.

No podía parar de sonreír. Mi visión era borrosa, Elvis cantaba mal y aquella diminuta capilla era impersonal y aún destilaba el olor del alcohol de la pareja que se había casado allí apenas diez minutos antes.

Nada de eso importaba. Era incapaz de dejar de sonreír, del mismo modo en que Emmett, con ese atentado al buen gusto de chaqué blanco que llevaba puesto, era incapaz de apartar sus ojos de Rosalie. Era incapaz de dejar de sonreír, incluso a pesar de que Edward me observaba desde el otro lado de la pequeña capilla, con esa media sonrisa canalla que parecía tatuada a fuego en sus labios.

O quizás era incapaz de dejar de sonreír precisamente por eso.

—Yo, Emmett Cullen —comenzó Emmett a pronunciar sus votos nupciales, con voz firme y clara y una sonrisa aleteando alegremente en sus labios—, te tomo a ti, Rosalie Hale, como mi esposa, amiga y compañera en este largo camino que es la vida. Y espero que me aceptes, incluso vestido con este chaqué blanco que me queda dos tallas grandes y que tanto te horroriza. Espero que me aceptes, a pesar de que he sido lo suficientemente irracional como para cruzar el país y casarme contigo en esta boda tan hortera. Pero, sobre todo —añadió, bajando el tono de voz una octava y componiendo una falsa mueca seductora—, estoy seguro de que me aceptarás porque tú y yo sabemos lo mucho que te hago gritar en la cama. Y no precisamente de dolor.

Emmett le guiñó el ojo en un gesto cómplice y una risa nerviosa brotó de los labios de Rosalie. Sus ojos brillaban de forma sospechosa, mientras extendía la mano derecha para que Emmett le colocara el anillo en su dedo anular.

Con la mano de Emmett firmemente sujeta entre la suya, Rosalie esbozó una sonrisa radiante y comenzó a hablar. Su voz sonaba ligeramente temblorosa, pero al mismo tiempo, sorprendentemente firme.

—Yo, Rosalie Hale, te tomo a ti, Emmett Cullen, como mi esposo. En la salud y en la enfermedad. En la riqueza y en la pobreza, aunque la herencia que nos aguarda a ambos espero que nos asegure la riqueza —apuntó, arrancando unas cuantas carcajadas—. En lo bueno y en lo malo… con la única condición de que te quites ese chaqué horroroso y me hagas gritar, y no de dolor, durante toda la noche.

Sin borrar aquella sonrisa radiante de sus labios y sin apartar sus ojos del rostro de Emmett, Rosalie deslizó una simple alianza en el dedo de su —ahora, sí— marido. El falso Elvis alzó ambas manos al aire y con voz clara, selló el compromiso.

—Por el poder que Elvis, el rock and roll y el gobernador del estado de Nevada me han concedido, yo os declaro, marido y mujer —anunció, antes de mirar a Emmett y añadir algo más—. Puedes besar a la novia y llevártela a una suite de hotel para consumar esta sagrada unión.

Y sin más ceremonia, porque la ocasión no lo requería, Emmett se lanzó sobre Rosalie para besarla sin el menor rastro de decoro.

Fue en ese momento cuando sentí la humedad deslizarse por mis mejillas y sólo entonces me di cuenta de que estaba llorando. No sabía cuándo había empezado y no sabía cuándo iba a terminar. Había organizado más bodas de las que podía recordar y todas ellas me habían provocado urticaria. Pero aquella, en toda su imperfección y desorganización, había sido especial. Perfecta. Y, sobre todo, real.

Emmett y Rosalie continuaban besándose como si la vida les fuera en ello, mientras las lágrimas corrían libremente por mi cara. De forma involuntaria, miré hacia el otro lado de la capilla y me encontré con los ojos de Edward, clavados en mí. Parecía como si llevara toda la ceremonia mirándome, con curiosidad y con esa sonrisa torcida adornando sus labios.

Sin pretenderlo, me sorprendí a mí misma sonriendo, a pesar de las lágrimas.

—¡El ramo! —gritó Alice de repente a través de los aplausos que todavía resonaban en la pequeña capilla— ¡Rosalie, el ramo!

Rosalie rompió el beso y sonrió enigmática, antes de colocarse de espaldas, aún sobre el altar, y lanzar el ramo de novia a ciegas sobre su hombro.

Vi a Alice colocarse en el centro de la capilla para recibirlo. Vi el ramo trazar un círculo perfecto sobre el aire. Y vi cómo marcaba su trayectoria a través del reducido espacio, justo antes de caer sobre las manos de…

Edward.

Emmett prorrumpió en sonoras carcajadas, a las que rápidamente se unieron Alice y Jasper. Incluso Rosalie, que se había dado la vuelta de nuevo para comprobar quién había atrapado el ramo, no pudo evitar sonreír.

—Si alguien más quieres casarse, aprovechad —dijo Rosalie, observando a Edward con sorna—, esta noche tenemos dos por uno.

Edward gruñó algo ininteligible entre dientes, antes de tirar el ramo sobre uno de los bancos en un gesto nada ceremonioso que no hizo otra cosa más que aumentar en intensidad las carcajadas de Emmett.

Al beso y el ramo le siguieron las fotos. Y más alcohol. Y más fotos, cada vez más desenfocadas. Y lágrimas, sobre todo lágrimas. Era incapaz de dejar de llorar y, quince minutos después, cuando Alice anunció que era hora de ir a por el banquete, era la única que aún continuaba llorando.

Me quedé allí, plantada en el centro de la capilla, tratando de enjugarme las lágrimas con el enésimo pañuelo de papel de la noche, mientras el resto se dirigía hacia la puerta.

—Nunca había visto a nadie llorar tanto y sonreír tanto al mismo tiempo.

Su voz, suave e inusualmente cálida, me caló hasta los huesos.

Alcé la cabeza y no pude evitar que mi sonrisa se ampliara al comprobar que su mirada era tan cálida como su voz.

—¿A qué se deben las lágrimas? —quiso saber, ladeando la cabeza en un gesto de genuina curiosidad.

—No lo sé —respondí con sinceridad.

—¿Y la sonrisa?

—A ti no, desde luego —dije, aún sonriendo.

Edward rió entre dientes y aquel sonido se deslizó por mi piel como si se tratara de una caricia fantasma.

—Desde luego —repitió, volviendo a esbozar esa media sonrisa que me dejaba sin respiración.

Sin esperar invitación, colocó una de sus manos en la parte baja de mi espalda y, con cuidado, me guió hacia la puerta de la pequeña capilla.


El banquete, como Alice se había empeñado en llamarlo, consistió en unas cuantas hamburguesas en el servicio 24 horas de un pequeño McDonald's que hacía esquina con la calle del hotel en el que nos habíamos alojado. La falta de previsión nos había impedido organizar algo con más clase, pero a nadie le importó. Ni siquiera a Rosalie. De hecho, parecía encantada con la idea de que todo en aquella boda caótica —el chaqué hortera del novio, el sacerdote-Elvis, sus cuatro invitados intoxicados por el alcohol y su propio vestido de segunda mano— fueran exactamente lo contrario de lo que se esperaba en ella.

—…entonces se agachó y con esa sonrisa me dijo que…

Aquello era más de lo que Edward podía soportar. Lo había visto, sabía que llevaba toda la noche esforzándose por comportarse como un chico bueno, sonriendo, a su manera, tratando de mostrarse genuinamente feliz por su hermano, a su manera, también. Pero el relato de cómo Rosalie y Emmett se enamoraron cuando ella aún estaba comprometida con él era más de lo que Edward podía soportar. En un movimiento brusco, se levantó de la silla, arrastrándola ruidosamente por el suelo, y salió a la calle.

El silencio cayó repentinamente sobre la mesa y, sin ni siquiera ser consciente de mi reacción, le seguí fuera.

La noche en Las Vegas era fresca, aunque no tenía nada que ver con el ambiente gélido de las noches en Chicago. Y la calidez del alcohol, que aún se deslizaba tranquilamente por las venas, me ayudaba a mantener la temperatura corporal bajo control.

—Estás siendo muy generoso esta noche —dije, entonando con cautela mis palabras.

La espalda de Edward se agitó en una risa irónica silenciosa.

—Generoso no es algo a lo que aspire ser.

Di un par de pasos para cubrir la distancia que nos separaba y me coloqué a su derecha, pero me aseguré de mantener la mirada clavada al frente.

—Quizás deberías empezar a admitir que tú también tienes corazón —apunté en un murmullo quedo.

Edward guardó silencio durante un largo rato. Cuando ya pensaba que no tenía nada más que decir, volvió a hablar.

—Creo que esta noche ya he cubierto el cupo de sentimentalismos —murmuró—. Me voy al hotel. —Sentí su mirada y el modo en que tomó aire antes de añadir algo más—. ¿Vienes?

La respuesta correcta era 'no'. Pero no pude evitar escuchar la inflexión de súplica en su voz, del mismo modo en que mis ojos no pudieron evitar captar su mano tendida hacia mí y entonces no me quedó más remedio que rendirme. Debería haber discutido, debería haberle echado en cara todo lo que todavía no se atrevía a decirme, debería haberme largado de allí y haberle gritado por enésima vez que me dejara en paz. Pero no podía. Ya habría tiempo para eso. Otro día, pero no esa noche. Esa noche tan sólo tenía fuerzas para tomar su mano y seguirle hacia donde quisiera llevarme.

Su mano era cálida y el tacto de su piel resultaba demasiado familiar, reconfortante incluso. Me dedicó una media sonrisa al tiempo que me daba un apretón y, sin mediar más palabra, tiró suavemente de mí hacia el hotel.

Fui consciente del error que estaba cometiendo durante todo el camino de vuelta al hotel. Fui consciente, también, de que acababa de tomar el camino equivocado en cuanto la puerta se cerró a mi espalda y quedé atrapada en esa diminuta habitación, con el inconfundible perfume de Edward invadiendo aquel espacio tan jodidamente reducido.

Pero, sobre todo, fui consciente de que a esas alturas del camino, aunque fuera el equivocado, era incapaz de hallar en mí la fuerza de voluntad y el sentido común suficientes para obligarme a dar marcha atrás.

—No sé que esperas de mí —susurré, honesta, al tiempo que me dejaba caer sobre la pequeña cama individual.

Edward se sentó a mi lado, peligrosa y deliberadamente cerca, pero sin llegar a tocarme, como queriendo asegurarse que sentía su presencia y su cercanía en cada centímetro de mi piel.

—Contigo he aprendido a no esperar nada —replicó él, y su voz me llegó en un murmullo quedo y desarmado.

Expulsé el aire que hasta ese momento no sabía que había guardado en un suspiro lento y prolongado.

—Haces bien en seguir mi ejemplo, entonces.

Me había propuesto no mirarle a los ojos. Ya tenía suficiente con su cercanía, con su perfume inconfundible y con el modo en que conseguía erizarme la piel sin ni siquiera tocarme.

Pero entonces pronunció la única palabra capaz de obligarme a alzar la cabeza y enfrentar su mirada.

—Bella.

Mierda.

Cerré los ojos brevemente, antes de girarme hacia él en un gesto de rendición.

—¿Qué? —susurré.

—Tenemos una conversación pendiente —prosiguió en un murmullo cadencioso.

Había comenzado ya a asentir para darle la razón, pero detuve mis movimientos en cuanto le escuché murmurar la única frase que podía echar por tierra esa tregua momentánea que habíamos acordado con palabras mudas.

—Me debes una explicación.

¿Qué?

Mi grito rompió con la quietud que, hasta ese momento, había reinado en la habitación. Parpadeé un par de veces, ligeramente confusa, como si acabara de despertarme de un sueño particularmente largo y profundo. Entonces, sus palabras penetraron por completo en mi mente y toda la sensación de letargo y aquiescencia que había marcado mis movimientos esa noche me abandonó, sustituida por la ira y el cabreo que sólo él era capaz de convocar con tanta facilidad.

—¿Que yo te debo una explicación? —repetí, y mi voz se afiló con un repentino matiz agudo— ¿Que yo te debo a ti una explicación?

—Bella…

—¡No me llames Bella! —exclamé, consciente de que esa era una de sus artimañas para ablandar mi corazón.

—Está bien, Isabella —dijo, pronunciando mi nombre con repentina frialdad—. Creo que después de la manera tan poco ceremoniosa en la que me echaste del coche de Jasper para luego desaparecer durante dos meses, me debes una explicación.

—¿En qué puñetero universo paralelo vives para pensar algo así? —grité, lanzando los brazos al aire en un gesto frustrado.

—En uno en el que nunca hubiera pensado que eras de esa clase de mujeres que se rinden ante el primer obstáculo.

Era su manera de acorralarme. Desafiarme con el único propósito de despertar una respuesta, la que él buscaba, en mí. Pero ya estaba demasiado familiarizada con sus tretas como para dejar que funcionaran una vez más. Había aprendido muchas cosas de él, y una de ellas era cómo darle la vuelta a las cosas para dejarlas por el lado que más me beneficiaba.

—Define obstáculo —pedí, cruzándome de brazos con fuerza— ¿Estar enamorada del hombre más inestable de todo Chicago, incapaz de decirme a la cara lo que ya ha confesado en una entrevista, entra dentro de tu concepto de obstáculo?

Mi truco parecía haber funcionado porque en cuanto volví a echarle en cara aquel monumental error, Edward entrecerró los ojos y se separó un par de centímetros de mí, con el cuerpo súbitamente envarado y la respiración agitada.

—Te crees moralmente superior a mí, ¿verdad? —dijo al cabo de un breve momento de silencio, pronunciando sus palabras con deliberada lentitud, con una falsa calma que casi, casi, logró erizarme el vello de la nuca—. Pero ni siquiera eres capaz de perdonar un solo error.

—¿Uno solo? —repliqué, alzando las cejas con fingida sorpresa— Fue uno detrás de otro, Edward.

De repente, su actitud fría se evaporó en medio de la nada, sustituida por una expresión suave, casi condescendiente en su rostro. Edward estiró una de sus manos hacia mí y las yemas de sus dedos acariciaron la piel desnuda de mis brazos, que aún continuaban cruzados con fuerza a la altura de mi pecho.

—Hay algo que todavía no he conseguido quitarme de la cabeza —comenzó a decir, entretejiendo sus palabras en un murmullo grave.

Guardé silencio porque no estaba dispuesta a allanarle el camino. Él interpretó mi ausencia de palabras como consentimiento, por lo que continuó hablando, al tiempo que sus dedos comenzaban a trazar un camino ascendente hacia mis hombros.

—Decías que estabas enamorada —recordó y, de repente, alzó la mirada, que hasta entonces había estado fija en el recorrido de sus dedos sobre mi piel, y la clavó en mis ojos con una fuerza demoledora— ¿Aún lo estás?

Eso era juego sucio. Y tan, tan injusto que estuve a punto de dejar escapar un gemido frustrado. Necesitaba que sus dedos continuaran con ese camino lento y tortuoso que habían emprendido sobre mi piel. Y necesitaba que dejara de formular preguntas que no estaba dispuesta a responder.

—¿Lo estás tú todavía? —acerté a decir, al tiempo que sus dedos se movían desde mis hombros hasta mi clavícula.

—Yo he preguntado primero —señaló, y una sonrisa canalla apareció y desapareció rápidamente en sus labios.

—Y yo soy la única de los dos que todavía no ha escuchado la respuesta a esa pregunta.

Dejó caer la mirada de nuevo sobre su regazo y sus dedos descendieron lentamente por mi garganta y mi esternón.

—Vamos, Bella —imploró, persuasivo, alzando de nuevo su mirada hacia mí—. Dilo.

Cerré los ojos, y aunque ya sabía las palabras que venían a continuación, eso no disminuyó su efecto sobre mí ni un ápice.

Por favor.

—¿Por qué? —repliqué con una fuerza repentina, quizás con el último resquicio de rebeldía que aún conservaba— ¿Por qué tengo que ser yo la primera en ceder, una vez más? ¿Por qué, si ni siquiera estoy segura de que vaya a obtener mi recompensa?

—Precisamente por eso. Porque necesito saber si confías en mí. Es la única forma de que esto funcione.

Hablaba en serio y eso era lo peor de todo. Guardé silencio una vez más porque ya no sabía qué más decir.

Quizás porque ya no tenía nada más que decir.

—Podría decírtelo —volvió a hablar Edward, incansable—. Podría decir ahora mismo todo lo que quieres escuchar, Bella —insistió, utilizando ese nombre a propósito—. Sólo necesito saber que confías en mí.

Al alcance de mi mano. Todo lo que le había pedido esa noche, la última en la que nos habíamos visto, estaba al alcance de mi mano. A cambio, él tan sólo necesitaba una pequeña confesión. Una petición que se asemejaba demasiado a lo que yo le había exigido esa noche en el coche de Jasper.

Pero no podía confiar en que fuera a cumplir su parte del trato. No podía estar segura de ello, ¿cómo iba a poder? Había demasiados errores entre nosotros, y la cabeza me daba vueltas, y Edward había bebido y yo no podía estar segura de quién estaba hablando, si el Edward controlado que tan bien conocía o el Edward desinhibido que había aparecido de la nada en Las Vegas sin saber muy bien qué hacía allí. ¿Y a quién de los dos debía creer?

Pero, por encima de todo, no podía hacerlo, no podía concederle esa pequeña confesión. Porque no me atrevía a afirmar en voz alta algo de lo que ni siquiera yo estaba completamente segura.

¿Por eso Edward había guardado silencio aquella noche en el coche de Jasper? ¿Se había sentido igual de impotente que yo, cuando su boca se negó a pronunciar las palabras que tanto necesitaba escuchar?

Volví a abrir los ojos, que hasta ese momento había mantenido cerrados, y me topé con la mirada de Edward. A juzgar por su expresión de firme determinación, no parecía dispuesto a dejarme escapar sin haber obtenido antes la respuesta que buscaba, así que quizás aquel era un buen momento para poner en práctica otro de los sucios trucos que había aprendido de él.

Sin mediar más palabra, agarré la pechera de su sudadera y me lancé a sus labios, con la esperanza de que aquel beso inesperado fuera suficiente para distraer su atención.

—Bella… —acertó a decir al cabo de unos segundos, tratando de separarse de mí.

Pero su cuerpo lanzaba mensajes contradictorios y mientras sus brazos se habían aferrado a los míos, en un intento por poner algo de distancia entre los dos, sus labios se habían hecho con el dominio del beso y no parecían dispuestos a dejarme ir.

—Bella… —volvió a decir, con la respiración entrecortada.

Se separó de mí y apoyó su frente contra la mía, con sus manos firmemente aferradas a mis hombros, al tiempo que dejaba escapar el aire en un suspiro exhausto. Si me concentraba, podía incluso sentir el pulso acelerado de su corazón a través de su piel.

—Esta no era la idea de conversación que tenía en un principio —dijo con voz ronca.

—Estoy segura de que mi idea es bastante mejor que la tuya.

Él negó con la cabeza, pero una sonrisa indulgente afloró en sus labios.

Esto —volvió a decir, y no era necesario que especificara a qué se refería— es lo último que necesitamos en este momento.

Sin demasiado esfuerzo, me liberé del agarre de sus manos y deslicé las mías por su pecho hasta sus hombros. Cuando mi boca estaba de nuevo a escasos centímetros de la suya, pronuncié las palabras que esperaba fueran su rendición.

—Esto es lo único que necesitamos en este momento.

Dejé caer mi boca sobre su garganta y sonreí al escuchar el gruñido ronco que brotó de ella en cuanto mis labios hicieron contacto con su piel.

—Mierda, Bella.

Antes de darme cuenta de lo que estaba pasando, sus manos ya se habían ceñido en torno a mi cintura. En un movimiento rápido, me tumbó sobre la diminuta cama y dejó caer todo su peso sobre mí.

—He estado hambriento durante dos meses —gruñó, liberando mis labios para deslizar su boca por mi cuello, al tiempo que sus manos se deshacían hábilmente de mis vaqueros—. Esto no va a ser suave ni delicado.

Un tirón más y mi ropa interior acababa de desaparecer.

—Ni siquiera me voy a tomar el tiempo necesario para quitarte toda la ropa —advirtió y el crujido de la cremallera me indicó que sus pantalones acababan de desvanecerse de la ecuación también.

Fue fiel a su promesa. Se limitó a levantarme la camiseta para descubrir mis pechos, pero ni siquiera se molestó en deshacerse la ropa que me sobraba. Yo tampoco tenía tiempo para ello. Enrosqué mis piernas en torno a su cintura y dejé escapar un largo gemido en cuanto sentí cómo se deslizaba en mi interior.

Se hizo con el ritmo desde el principio. Rápido, preciso y firme. Como si supiera mejor que yo lo que necesitaba en cada momento. Sus labios volvieron a apresar mi cuello y mientras sus caderas seguían marcando el ritmo, cada vez más rápido, tuve que agarrarme a sus antebrazos para frenar la fuerza de sus embestidas.

—¿Por qué te empeñas en negarte? —gruñó, arañando la piel de mi cuello con sus dientes— Dímelo, Bella. ¿Por qué te empeñas en negarnos?

—Edward… joder —acerté a decir, incapaz de hilar frases coherentes que no incluyeran esas dos palabras repetidas hasta el infinito.

—Mírate —volvió a decir, y su voz no era más que un murmullo apenas audible entre nuestras respiraciones entrecortadas y los golpes secos del cabecero de la cama contra la pared—. Te derrites entre mis manos —dijo, completamente seguro de sí mismo, mientras sus manos parecían estar en todas partes y en ninguna a la vez—. ¿Algún hombre te ha hecho sentir esto antes, Bella?

Era demasiado. Él era demasiado.

—Nunca —confesé, derrotada—. Lo sabes. Siempre lo has sabido.

—Bien —murmuró, y parecía complacido con mi respuesta—. Me alegra saber que estamos en igualdad de condiciones.

Pero ya no estaba atenta a sus palabras porque él estaba ahí, sobre mí. Y el ritmo era infernal. Y su aliento cálido. Y su piel resbaladiza. Y sus besos hacían que mi cabeza diera vueltas. Y sus palabras y sus manos llegaban a todas partes. Y…

—Edward…

Y él también estaba ahí. Se dejó ir detrás de mí con un gemido ronco que resonó en toda la habitación. Aquello terminó tan rápido como había comenzado y, después del abrupto final, tan sólo era capaz de escuchar el silencio, atronador, únicamente interrumpido por mi respiración agitada y por los latidos de mi corazón, que bombeaban sangre a una velocidad vertiginosa.

Era incapaz de moverme. Me quedé sobre la cama, inmóvil, con el peso y la calidez de la piel de Edward todavía sobre mi cuerpo. Él necesitó unos instantes para recuperarse y, después de lo que me pareció una eternidad, se levantó de la cama y se tumbó a mi lado. Con suavidad, tomó mi cintura y tiró de mí para que me girara hacia él, hasta que mi cuerpo se amoldó perfectamente al suyo.

Dejó su mano alrededor de mi cintura, mientras que con la otra me comenzó a acariciarme el pelo en un gesto distraído. Debería haberme sorprendido por aquella inesperada muestra de ternura, pero estaba demasiado cansada como para reparar en lo insólito del momento.

—¿Va a ser siempre así? —murmuró Edward al cabo de un largo rato de silencio.

—¿Qué? —pregunté, aún incapaz de hilar pensamientos coherentes.

—¿Va a ser así de increíble siempre? —repitió— ¿Eso es lo que ocurre cuando la gente se enamora?

Estaba haciendo preguntas muy complicadas. Trascendentales, incluso. Y la cabeza aún me daba vueltas por el alcohol, por el contacto de su piel y por lo que acababa de pasar en aquella habitación.

—No lo sé —respondí finalmente.

No lo sabía, porque también aquella era mi primera vez dentro de aquel terreno farragoso del amor. Pero esperaba que sí. No podía ser de otra manera. ¿Cómo era posible que algo tan increíble no pudiera durar eternamente?

Con cuidado, Edward se reincorporó extendió sobre mi cuerpo la manta que reposaba a los pies de la cama. Volvió a tumbarse a mi lado, aferrándose a mi cintura y se quedó en silencio. Cuando comenzaba ya a sentir los párpados peligrosamente pesados, su voz, ronca y grave, inundó de nuevo la habitación.

—No sé qué coño has hecho conmigo, Bella, pero espero que estés dispuesta a ir hasta el final —se giró hacia mí y, con suavidad, me levantó la barbilla, obligándome a mirarle a los ojos—. No puedes dejarme en la estacada. No después de todo el camino que hemos recorrido.

Asentí con la cabeza, sin fuerzas, impotente ante aquel torbellino que había entrado en mi vida con el único propósito de ponerla patas arriba. E insegura ante aquel camino que se abría ante mí, un camino que, equivocado o no, sólo podría recorrer si cerraba los ojos y me dejaba llevar por Edward.


¿Se ve esperanza en el horizonte o todavía no?

Me ha llevado toda la tarde terminar el capi porque tengo fiebre y estoy derrotada pero no quería retrasarlo más, así que creo que me merezco un bonito review ;)

Espero poder subir un nuevo capi antes de que termine marzo.

Nos leemos.

Bars