Hecho núm. 25

Ron nunca falló en hacer reír a Hermione después de un día estresante. Ella siempre se fue a dormir feliz en los brazos de Ron.

Hermione siempre se había preciado de ser una mujer paciente pero su nueva secretaria estaba poniendo a prueba su límite. Y estaban hablando de la mujer que había aguantado la cabezonería de Ronald Weasley durante 6 años de colegio, una guerra y varios años de matrimonio… ¡En buena hora la señora Gloves había decidido retirarse!

Melanie estaba recién egresada de Hogwarts, si la había contratado era porque Neville se lo había pedido como un favor personal ¡y es que quería tanto a ese hombre!, pero con eso había aprendido a no volver a hacerle otro favor a nadie hasta no haber comprobado su eficiencia personalmente. Esa joven era un verdadero caso perdido: no sabía archivar, tampoco sabía realizar los hechizos básicos del trabajo laboral, confundía los documentos que le pedía, olvidaba las indicaciones que le daba, le ponía más cubitos de azúcar a su té de los que le pedía, se tomaba más tiempo del correspondiente en sus comidas y todo a su alrededor parecía derrumbarse con solo su presencia.

¿Por qué, precisamente en ese momento, se había quedado sin su mano derecha? La señora Gloves era un ejemplo de puntualidad, eficiencia y responsabilidad; la había adorado desde el primer momento, se habían acoplado a la perfección y, por sobre todas las cosas, la había acompañado en su ascenso en el Ministerio. Por supuesto que Hermione sabía que era una persona mayor, que ya había cumplido con sus años de servicio y que merecía vivir lo que le quedaba de vida en compañía de sus seres queridos y disfrutar de la vida pero ¿por qué? ¿Por qué había decidido retirarse justo cuando habían aprobado su proyecto de Ley? ¿Por qué ahora que más la necesitaba?

-Su té, señora – Melanie sonrió al posar la taza en el escritorio y Hermione pensó que tal vez había exagerado al tener tan mala idea de la joven.

Pero una y otra vez Melanie le demostraba que no se había equivocado. En su intento por acomodar unos papeles que Hermione había dejado olvidados en su escritorio, Melanie provocó una avalancha que terminó con el té derrabado sobre las correcciones finales de su proyecto. Las mismas que le habían costado 3 días enteros de trabajo. El grito de pavor que profirió Melanie no fue nada comparado con el de Hermione. Al intentar limpiar el desorden, Melanie sólo empeoró las cosas, Hermione sentía morirse.

-¡Lo siento, señora, lo siento en verdad! – la puerta cerrándose en sus narices fue toda la respuesta que obtuvo de Hermione.

Hermione no se merecía eso, no se lo merecía. Ella era una buena persona, amable, considerada, trabajadora… ¿por qué en esos momentos tenía que verse atrapada con la versión femenina y atolondrada de los primeros años escolares de Neville Longbottom?

La situación la estaba rebasando. Y por si las cosas no fueran lo suficientemente estresantes, desde que Ginny y Harry habían anunciado que estaban esperando a segundo hijo, Molly no dejaba de lanzarle miradas y comentarios insinuantes de que ya era hora de que ella también le diera un nieto. Ron era el único de los hijos Weasley casados que aún no tenía descendencia. Claro que querían tener hijos pero eso se daría en su momento, ella lo sabía y no tenía nada de qué preocuparse.

Hermione suspiró, intentando tranquilizarse pero la desoladora perspectiva de tener que rehacer el trabajo de 3 días en una tarde y la imagen de Molly Weasley apareciendo cada dos por tres en su cabeza, sólo empeoraron su malestar.

Cuando Hermione llegó a casa, tenía un terrible dolor de cabeza, no quería que nadie le hablara y su coraje había llegado a magnitudes nunca antes experimentadas por ella. Todo esto porque su asistente no se había conformado con arruinar su trabajo, sino que también había olvidado llevarle su comida, había enviado los memos a personas equivocadas y había cancelado su cita con el ministro por error.

Y por si fuera poco, toda la semana había tenido mareos y había vomitado toda la tarde. ¡Justo lo que necesitaba en esos momentos, un persistente y molesto virus estomacal!

Ron aún no había llegado, ya le había avisado que llegaría tarde porque estaba entrenando una nueva generación de aurores. Hermione se sentía verdaderamente frustrada, no había logrado terminar su trabajo, no quería preparar comida porque el sólo pensar en ella, le daban terribles ganas de vomitar; la cama era muy grande y la casa se sentía increíblemente vacía sin Ron ahí.

Hermione tuvo que esperar 1 hora y 37 minutos para que su esposo llegara a casa; sabía el lapso exacto porque todo el tiempo había mantenido la vista fija en el reloj que descansaba en su mesita de noche. Ella lo observó mientras se preparaba para dormir.

-¡Hola! – saludó Ron. Estaba exhausto y lo único que le apetecía era meterse a la cama y dormir al lado de su esposa pero algo en su expresión lo hizo sentir preocupado. – ¿Te encuentras bien?

Pero Ron no obtuvo respuesta porque Hermione rompió en llanto; era un llanto desesperado y lastimero, él nunca había visto de esa forma a su esposa, en verdad no sabía qué hacer.

-¡Hermione! – no hubo respuesta. – ¡Tranquilízate! ¿Dime qué te sucede? – el llanto sólo se intensificó. Ron podría arrancarse cada uno de los cabellos de su cabeza.

Intentó razonar con ella, lanzar un montón de ideas alocadas que explicaran el porqué del malhumor de su esposa pero nada de lo que hacía parecía funcionar, al final terminó abrazándola porque ya no sabía qué más hacer. Al parecer, eso era lo único que necesitaba, ella se tranquilizó lo suficiente para poder decirle a su esposo todo lo mal que había sido su día.

-¡Ni siquiera Neville era tan increíblemente destructivo! – soltó al final de su larga pedorreta. – ¡Y por si fuera poco, tú madre no deja de lanzarme acusaciones de que ya es hora de que le dé un nieto! ¿Qué va a hacer si no le doy un nieto? ¿Obligarte a que te divorcies de mí?

Ron soltó una carcajada pero la cortó de golpe al ver el enojo en el rostro de su esposa.

-¿Encuentras graciosa mi desgracia? – la furia que sentía en su interior creció un poco más.

-No, es sólo que… – ahora no sabía qué hacer y lo último que quería hacer era empeorar la situación. – Neville no era tan increíblemente destructivo porque te tenía a ti para ayudarlo – Hermione se tranquilizó un poco con eso – ¡Tal vez, si le lanzaras un petrificus a Melanie, dejaría de ser tan destructiva! – Hermione soltó una carcajada y Ron se tranquilizó.

-¡Claro que dejaría de ser destructiva! ¡Estaría petrificada! – y continuó riendo.

-Y no te preocupes por mi madre, si una guerra y Voldemort no lograron separarnos, nada podrá hacerlo – la besó y ella se sintió la mujer más afortunada del mundo. – Olvídala, le daremos nietos cuando sea el momento adecuado, no cuando ella lo mande – le dijo. – Y a la mejor es antes de lo que ella misma se imagina, ¿no me dijiste que habías tenido mareos y vómitos? – Ron sonrió esperanzado.

-¡Ya te lo dije! Es sólo un virus estomacal.

Ron sólo sonrió y abrazó con cariño a su esposa. No estaba preocupado, los hijos llegarían en su momento.

Después del día tan terrible que había tenido, Hermione nunca pensó que se iría a dormir con una sonrisa en los labios pero ese era el efecto Ron, ella siempre dormía feliz gracias a su esposo. Y quien sabe, a lo mejor sí estaba embarazada, después de todo, los vómitos y los mareos eran síntomas inequívocos. Eso sólo la hizo sonreír con más ganas.