Capitulo 19

(Traducción del francés por mi estimada Anneth White)

Al llegar al pie de la escalera, la buscó en los alrededores y la vio atravesando el salón, saludando amigablemente al personal que se cruzaba en su camino. La vio solo de espaldas, pero no obstante quedó cautivado por su belleza y la gracia que emanaba de ella.

¿Cómo su torpe hermano podría haber seducido a una mujer como ella?

Con su mirada lujuriosa, la detalló con envidia, fascinado por el escote que llevaba en la espalda, revelando discretamente su curvatura. Su imaginación se encendió y se le cruzaron los pensamientos más salvajes, que harían ruborizar al Marqués de Sade. Con sus ojos lascivos sobre ella, se lamió los labios hinchados por la codicia, y apresuró sus pasos en su dirección. Los diez metros que los separaban parecían una eternidad. Ella estaba allí ahora, cerca de él, y parecía ocupada con una mujer del servicio. Él dirigió su brazo hacia su hombro, para llamar su atención, aventurándose a dejar que sus dedos se deslizaran sobre su piel cremosa, que era divinamente suave. Ella saltó por la sorpresa de su contacto y se volvió rápidamente hacia él, portando en las manos una masa multicolor que chocó con su cabeza, cuando él se inclinó ligeramente para hacerle una reverencia, haciéndolo introducirla hasta la mitad, sofocándolo.

- Maldita sea, ¿qué es esto? – Se dijo, agitándose bruscamente.

– ¡Cálmese por favor! - exclamó Candy - ¡Está destruyendo mi ramo! Era un hermoso ramo de flores que le acababan de entregar de parte de Patty ¡y este patán estaba a punto de dañarlo! Ella dio un paso hacia atrás, dejando de estar a la defensiva, y haciendo un gran esfuerzo para no reírse frente a la imagen divertida que le mostraba el joven hombre: tenía varios pétalos de flores en su boca y cabello, y algunas que sobresalían de sus grandes orejas. Para completar la imagen, el polen le cubrió su nariz aguileña, y una aureola de éste halo le rodeaba los ojos, dando la impresión de ser una cabra que se había escapado de su encierro, después de haberlo destruido. Con una mano enérgica, se limpió los pétalos que tenía pegados a los labios mientras maldecía en voz baja, de manera apenas audible. Candy reconoció algunas palabras y pensó que estaba tratando con una persona singular. Ella lo miraba con sus maravillosos ojosverdes, con aire de interrogación y de sospecha. Su figura alta y delgada le recordaban a alguien a quien no podía ponerle un nombre, y los feos rasgos faciales no le facilitaban la tarea. Desestabilizado, el desconocido levantó la barbilla con orgullo, fingiendo ignorar lo ridículo de su apariencia, pero después de unos segundos, la nariz le empezó a picar.

- Alergia maldita – se dijo a sí mismo, mientras estornudaba fuertemente y varias veces.

Se incorporó, moqueando, con los ojos rojos, y tiró de las solapas de su chaqueta, tratando de recuperar algo de dignidad. Con ganas de saludarla, dándole un beso en la mano, pero se dio cuenta de que las tenía ocupadas con el ramo, y tuvo que conformarse con hacer una reverencia con la cabeza:

- ¡Por favor disculpe mi impertinencia señorita! – alcanzó a decir entre dos estornudos. – No tenía la intención de asustarla (¡Achíss!), permítame presentarme: Rodolfo Grandchester, para servirle (¡Achíss!)

¿- Us... Usted es el hermano de Terry? – dijo Candy, poniéndose una mano en la boca para disimular la sonrisa burlona que tenía en sus labios... Apenas dejó salir un hipo, que presagiaba una risa que amenazaba seriamente por explotar.

- En cierto modo sí – dijo con una mueca desdeñosa y discreta, pero Candy se dio cuenta y la rabia se apoderó de ella. ¡Decididamente no había ni uno que sirviera en esta familia! ¡Lo que le faltaba era cruzarse con Sybille y su futura suegra para completar el cuadro diabólico!.

Sin evitar demostrar que no le generaba ningún agrado, pero con una voz angelical le dijo:

- Estoy encantada de conocerlo Rodolfo, aunque en una situación tan... cómica (con una ingenua picardía agitó bellamente el ramo de flores delante de él, lo que tuvo el efecto de hacer acrecentar sus estornudos).

- ¡Achísss!, el placer es para mí señorita... señorita? – fingiendo ignorar quién era –

- Candice White Andrew, la prometida de Terrence. - ¿Este gran tonto es el hermano de Terry?, ¡por Dios!, es igual de feo que su hermana! ¡Espero que no sea tan malvado como ella!...

– Encantado de conocerla... - dijo él, tratando de tomarle una mano para besarla. Ella trató de resistirse, pero tratando de no ser descortés, se resolvió a sufrir la tortura, esbozando una mueca de disgusto al sentir el contacto de sus labios rozando contra su piel. Hecho esto retiró rápidamente su mano con una sonrisa tensa, que apenas ocultaba su vergüenza ¿Cómo iba a ser capaz de deshacerse de ese pote de pegamento?

Por casualidad vio a Cookie que llegaba en su silla de ruedas, empujado por Lucille, la bonita enfermera. Aprovechando la oportunidad, se dirigió hacia él y sin dejarle otra opción le presentó, con una energía que mostraba desesperación, al engorroso medio hermano.

- Cookie, te presento a Rodolfo, ¡el hermano de Terry! – casi gritó con el entusiasmo exagerado de un pregonero.

- ¿El hermano de Terry? – murmuró con incredulidad, y lo detalló de abajo hacia arriba, preguntándose si no se trataba del espantapájaros que estaba en medio del jardín. – Mi querido Cookie, imagínate que Rodolfo no conoce tus aventuras marítimas, y yo estoy segura de que le podrían encantar, ¿verdad? – le dijo agitando sus pestañas en su dirección.

- Bueno... - murmuró el hermano, confundido. Si había una cosa que no le importaba, era explotar a los bebedores que vestían un suéter a rayas.

- ¡Magnífico! ¡Estoy segura de que se entenderán bien! – dijo ella, picándole un ojo de complacencia a Cookie, quien la miraba con un aire desesperado – Siento tener que dejarlos pero debo arreglar algo urgente con la señora Hughes, y no puedo quedarme más tiempo con vuestra encantadora compañía. Me sabrán disculpar...

- Pero... - gimieron al mismo tiempo los dos hombres, estupefactos, mientras ella se alejaba rápidamente, sin mirar atrás, deliberadamente sorda a sus quejidos.

Estaba avergonzada por lo que había hecho, pero ese Rodolfo la ponía incómoda. Su instinto le indicaba que tenía que alejarse lo más que pudiera de él, instinto que la había mantenido a salvo en el pasado y que ella estaba dispuesta a escuchar, ¡sin importar que tuviera que ofender a un Grandchester¡

Ella se dirigió a la cocina, que estaba en el piso inferior, no para ocultarse hasta que fuera la ceremonia sino para encontrar un florero para poner el ramo de flores de Patty. Esta última le había puesto una nota que apenas había tenido tiempo de leer cuando fue interrumpida por el horrible "hermano menor", en la que le deseaba un maravilloso día de compromiso y esperaba una pronta reunión en América. ¿Eso significaba que Patty había decidido regresar con Alejandro? Estaba ansiosa por saber más y se prometió tener más noticias, ¡esas dos últimas semanas habían pasado muy rápido¡

Inmersa en sus pensamientos, se encontró cara a cara con la señora Hughes, la ama de llaves, quién salía de su oficina. Con la extraña expresión que traía Candy, comprendió todo y le dijo:

- Usted acaba de conocer al señor Rodolfo, ¿verdad señorita?

Candy hizo un gesto afirmativo con su cabeza, apretando su ramo contra ella en busca de consolación. Y una sonrisa cómplice se delineó en los labios de la anciana señora.

- Venga – le dijo ella, pasando un brazo por sus hombros y dirigiéndola a la entrada de su oficina – yo creo que un pequeño vaso de oporto no le hará mal para pasar esta prueba. Yo tengo la tendencia a tomar más de lo acostumbrado cuando los hijos Grandchester están acá... Un largo suspiro acompañó sus palabras, en las que enfatizaba el sarcasmo y la resignación. El corazón de Candy se encogió, dándose cuenta que la vida no debía ser fácil todos los días con estos jefes, y se prometió decirle a Terry unas palabras al respecto en algún momento, con la mente despejada. Pero por el momento, le esperaba un largo día. Un poco de aliento no le haría daño y recibió con agradecimiento el vaso de licor que le dio el ama de llaves...


Era el final de la tarde y la fiesta estaba en pleno apogeo en el jardín del castillo. Sin embargo, el personal permanecía alerta observando el cielo con regularidad, notando que densas nubes negras se acumulaban en la distancia. Con un poco de suerte se disiparían, gracias al viento ligero que acababa de levantarse, pero el estar vigilantes era la orden, porque no se tenía la certeza de que no se presentara una repentina tormenta. Aunque todo estaba previsto en caso de que se diera dicha eventualidad, se había dado la orden de evitar que los invitados se vieran sorprendidos por la lluvia. Por el momento, los largos espacios techados, que se habían instalado para este evento, se contentaban con dar la bienvenida a los invitados que se dirigían en busca de sombra o descanso, después de haber realizado algunos bailes en la pista de baile. La suculenta comida, y sobre todo su vino, habían roto algo las últimas resistencias de los invitados, todavía sorprendidos por el compromiso entre el hijo del duque de Grandchester y esta joven americana, carente de sangre noble. La tradición era todavía muy fuerte en la alta aristocracia y algo muy difícil contra lo cual luchar, incluso para una pareja tan moderna como la de Candy y Terry. Sin embargo, en el momento en que ella había aparecido en el gran salón, los murmullos se habían elevado de tono dentro de los asistentes, con un alboroto de éxtasis y admiración. Sorprendidos por su belleza y su gracia mientras que avanzaba hacia Terry, sólo podía reconocer la calidez de su persona. Los hombres encandilados la habían seguido con su mirada, no sin antes envidiar internamente al joven prometido que se veía muy orgulloso al lado de su padre, con una sonrisa de satisfacción en sus labios. Ellos no se habían encontrado durante la mañana y, al igual que la mayoría de los invitados Terry la encontraba sublime, con ese vestido que divinamente seguía sus curvas y cuyo dobladillo rozaba la tierra con un ruido ahogado. El amarillo le quedaba maravillosamente, exaltando el color de su piel que se había bronceado con los hermosos días, y realzaba el verde de sus ojos, con una mirada que ella había sostenido en los ojos de él en todo su recorrido, para no ser incomodada por esas miradas de extraños que la observaban fijamente, hasta que él tomó su mano y le sonrió tiernamente, adivinando su angustia.

Estando a su lado él se había sentido extrañamente muy cómodo. Para Terry, estos esponsales no merecían más atención que una repetición de una obra. El gran estreno sólo tendría lugar en unas pocas semanas, al que asistirían y participarían las personas que él respetaba y amaba, a diferencia de aquellos que estaban allí y para los que sólo sentía desprecio o indiferencia.

Él, que siempre había sido visto con condescendencia por la naturaleza de sus orígenes, estaba encantado por sus miradas desconcertadas ante la inmensa felicidad que les mostraba. Todos estos matrimonios arreglados para preservar sus rangos y sus riquezas palidecían ante el amor verdadero e incondicional que lo unía a Candy. Sus rostros llenos de celos y frustración contenida le parecieron la mejor venganza, lo que reflejó en sus ojos orgullosos al escuchar a su padre el Duque presentar a su futura esposa de una manera muy elogiosa ante toda la élite aristocrática. Ella los había saludado con un aire tímido, mientras evitaba la mirada insistente sobre ella de su cuñado, que había visto por el rabillo del ojo, junto a su ilustre hermana y madre. ¡Dios que este hombre la hacía sentirse incómoda! Afortunadamente, un poco apartado, había notado la presencia de Slim y su compañero, que le sonreían con amabilidad, haciéndola sentir más tranquila. Con un oído distraído había escuchado al duque celebrar su presencia, alabando a su familia y a su padre adoptivo, William Andrew. El día anterior, Richard Grandchester le había mencionado su deseo de hablar sobre su adopción, para matar de raíz los comentarios de las lenguas malvadas. Ella no había tenido ningún inconveniente, pues nunca había intentado ocultar esa relación filial. Además ser aceptada por este hombre de la alta nobleza ante la aristocracia británica la había hecho sentir un tanto más orgullosa de Albert y la elección que había tenido al convertirla en su hija...

Una vez hechas las presentaciones se dirigieron a la capilla familiar en donde los esperaba el sacerdote que había venido directamente desde Edimburgo para celebrar la Misa tradicional y al final de la cual la pareja joven y sus parientes más cercanos se reunirían para la bendición de los esponsales.

Slim, el único miembro cercano de Candy, había leído un texto bíblico, y luego habían recitado varias oraciones. El sacerdote pronunció las palabras finales y terminó con una canción por la gloria de María. Contra todo pronóstico, Terry ya no estaba enojado al momento de pasar el anillo de compromiso por el dedo de Candy, pues se dio cuenta de que lo que había deseado ardientemente ya no era un sueño. Poco importaba si la ceremonia había tenido lugar ante su idiota hermano y su estúpida hermana, o bajo la mirada astuta de su madrastra, la mirada emocionada de Candy tuvo el efecto de borrar todo lo demás. Ella era oficialmente su futura esposa, por lo que tuvo dificultad para dominar su alegría.

La cena de compromiso se llevó a cabo alrededor de un suntuoso buffet, permitiendo a los jóvenes novios a saludar a los invitados y conversar con más facilidad con ellos, además de poder huir de los más molestos. Había tanta gente que era fácil pasar de uno a otro con una pequeña excusa, para no hacerlos sentir desatendidos. Sin embargo, toda esta atención les dejó poco tiempo a los amantes para encontrar un momento solo para ellos. A menudo fueron separados, pero intercambiaban miradas discretas y suspiros cómplices. Candy estuvo particularmente en el centro de la atención, solicitada regularmente por pretendientes para una pieza de baile o para una inocente conversación.

Rodolfo, más insistente que nunca, había exigido repetidamente una pieza de baile, y por desgracia ella no se había podido negar, por el riesgo de parecer demasiado mal educada. Y cada vez, aprovechando la oportunidad, la estrechaba fuertemente contra él, con su mano en su espalda, impidiéndole cualquier movimiento para esquivarlo. Su respiración cada vez estaba más impregnada de olor a licor, quemando sus mejillas ruborizadas por el calvario que él le hacía sufrir, por lo que ella giraba su cabeza para alejarse de lo que le generaba repugnancia. Afortunadamente, siempre tenía algún pretendiente que era lo suficientemente insistente para que su compañero de baile la dejara ir, los buenos modales imponiéndose sobre sus impulsos primarios, y la soltaba a regañadientes, con la detestable sensación de que se la querían robar.

Desde ese momento, Rodolfo estuvo más disgustado que de costumbre, porque sabía que no podía pedir otra pieza de baile, por haber excedido su cuota por muy cuñado que fuera. Por lo que empezó a pasearse entre los invitados, con su vaso de whisky en la mano, dejando el champán de lado pues le parecía demasiado ligero para su gusto. Notó a Cookie inmerso en una gran discusión con Slim y su compañero, un hombre muy atractivo, de mediana edad, cuyos hermosos dientes blancos brillaban a través de su barba rubia. Los miró con desaprobación, pasando frente a ellos con una mueca en su boca por la indignación.

"¿Cómo era posible que estos dos se exhibieran así delante de todo el mundo? ¿Como si no estuvieran conscientes de lo que representaba el uno para el otro? Me pregunto ¿Cómo mi hermano se atrevió a invitar a estas... estas dos locas? ¡Él está decididamente más perturbado de lo que pensaba! Y entonces, ¿Cómo puede ser que la hermosa Candice tenga sentimientos por este loco?

Sus ojos entonces se posaron sobre Terry, su hermano bastardo, y los celos se apoderaron de él haciendo el aire irrespirable. Lo observó conversando con los invitados y sorprendió su mano rozando discretamente la mano de Candy, mientras ella pasaba cerca de él. Percibió la mirada elocuente que ella le dirigió a cambio, invitándolo a conquistarla. Este intercambio fugaz no le dejó ninguna duda sobre la inmoralidad de su relación.

Temblando de rabia, sintió que el demonio de la lujuria penetraba en su ser, y le tomó algo de tiempo recuperar su ánimo, gracias a un nuevo vaso de whisky que había interceptado al pasar un sirviente. Oyó risas y giró la cabeza en dirección al sonido. Era Candy, visiblemente divertida por lo que acababa de susurrarle en su oído su prometido. Apretó el puño, lívido, con la mirada fija en ella que seguía riendo. ¡Qué hermosa era y cómo la deseaba!

Alguien se acercó tan cerca que pudo sentir su aliento contra su oído. Él conocía bien esa voz tan familiar que podía adivinar lo que lo atormentaba, y frunció el ceño con irritación. "Deberías dejar de devorarla con tus ojos hermano, o de lo contrario te arriesgas a tener problemas... ", le dijo Sybille burlonamente.

"Déjame en paz, ¿quieres? ¡No tengo nada que ver con tus sarcasmos! ¡Es un hombre desesperado el que tienes frente a ti!"

La joven gruñó, encogiéndose de hombros, con su rostro poco agraciado escondido tras de un abanico que sostenía delante de su boca, cuyos extremos agudos atravesaban el papel con el vigor de una lanza envenenada.

"¿Cómo pudiste haberte enamorado de esa campesina? ¡No tiene gracia ni elegancia! ¡Simplemente es buena para pasar la bandeja de los pastelitos!"

"¡Tu mala fe te ciega, hermana! ¡Ella es simplemente sublime, una verdadera diosa! ¡Y el escucharte criticarla me hace pensar que estás celosa de ella!"

"Yo, ¿celosa? - exclamó la joven aristócrata con un gemido porcino."

"Sí, celosa como todas las mujeres que están aquí. Mira un poco como la observan con el rabillo del ojo, hablando en voz baja, pronunciando sus insignificantes y mordaces comentarios sobre su incomparable belleza. La detallan, la examinan, buscando un defecto que no existe... Ella es maravillosa..."

"¡Oh, bien! – suspiró ella -, pero con todo lo "maravillosa" que ella es, deberías buscar otra presa, ¡porque ésta, a pesar de todos tus intentos, sólo tiene ojos para Terrence!"

Con eso se dio la vuelta, abandonando a su hermano a sus pensamientos poco realistas, quien, refunfuñando, la miraba alejarse con su imponente trasero.

"¡Eso lo veremos, hermana! Sé bien que lo veremos..."


El momento que se temía finalmente llegó... La tormenta que se había formado a la distancia, como atraída por los sonidos de la fiesta, se manifestó en un primer momento con un rugido ronco y estridente, y luego empujada por el viento, con un avance acelerado, oscureció el cielo y desplazó al sol detrás de espesas nubes que se acumularon sobre el castillo, amenazando con estallar en cualquier momento. Con las primeras gotas, todo el mundo fue invitado a regresar al interior, y los sirvientes corrieron con paraguas para protegerlos. En poco tiempo, un aguacero torrencial cayó sobre el jardín, lo que sorprendió a dos rezagados, que se apresuraron a dirigirse a las tiendas techadas esperando a que los fueran a buscar. El viento soplaba con tanta fuerza que las tiendas amenazaban con volar, lanzando los vasos sobre las mesas y haciendo volar las servilletas. Cookie, uno de los rezagados, quedó atrapado en el lugar con Lucille, mostrándose cada vez más inquieto. En su prisa por entrar, su silla de ruedas se atascó, y prefirieron volver a uno de los refugios en lugar de quedarse a ser empapados como una sopa. A medida que su situación se hacía cada vez más incierta, la joven enfermera decidió entonces afrontar la lluvia para ir a buscar ayuda.

-¡Vuelvo enseguida, señor Dicks! ¡No se preocupe! - dijo alejándose, sosteniendo firmemente con una mano su largo abrigo que azotaba su cara y obstaculizaba su vista. Entrando totalmente empapada en el castillo se sorprendió por la serenidad del lugar. La orquesta reunida en el gran salón había empezado a tocar de nuevo, y los invitados habían retomado las conversaciones que la tormenta había interrumpido por un momento. Deambulando como un alma en pena finalmente se cruzó con Candy, quien estaba ocupada en evitar a su indigno cuñado que la acosaba con una mirada perversa.

- ¡Dios mío, Lucille! ¡Estás empapada! - exclamó, horrorizada - ¿Pero dónde está el señor Dicks?

- Se quedó bajo una tienda, señora. Su silla está atascada. Corrí hasta aquí para buscar ayuda. ¡Y la tormenta está cada vez más fuerte!

La descripción de la joven estaba lejos de ser exagerada. A propósito, la gente se había alejado de las ventanas pues la lluvia golpeaba con tal violencia los cristales que temían se fueran a romper. Candy miró a su alrededor en busca de Carson u otro criado. Pero todo el personal estaba ocupado en traer lo necesario para secar a los invitados que estaban empapados. ¡No había más tiempo que perder! Ella vio a Terry hablando con un hombre pequeño que tenía el pelo blanco y gafas redondas. Ambos parecían conocerse bien, ya que el joven parecía muy cómodo con él.

- Discúlpenme por interrumpirles - dijo ella, tomándolo por el brazo.

- ¡Oh Candy! Permíteme presentarte al Señor Davies, quien fue mi profesor de piano...

- Encantada, señor... – le respondió ella, apartándolo a un lado, sin preocuparse por la falta de cortesía por su gesto - ¡Tenía una gran urgencia en ese momento!

- Pero, ¿qué está pasando? - exclamó Terry, sorprendido por su extraña actitud.

- ¡Cookie está afuera! ¡Su silla está atrapada y no puede entrar!

- ¿Afuera? ¿Con esta lluvia torrencial? ¡Pobre diablo! ¡Vamos a ayudarle!

Sin más preámbulos, se apresuraron a salir, lanzando un grito de terror al hacerlo, pues el viento había roto el techo de la tienda y había dejado caer el agua sobre el pobre Cookie, quien estaba tendido en el suelo, con su silla que se había dado vuelta a su lado.

- Quería tratar de levantarme... - gimió mientras que Terry se acercó a él y lo levanto, jadeando. Carson, alertado a su vez por Lucille se había unido a ellos, y con sus dos vigorosos brazos ayudó a su señor a poner al joven lisiado en su silla, quien no pudo contener un grito de dolor.

- Debes haber empeorado tus heridas al caer mi pobre Cookie... – le dijo Candy pasando una mano cariñosa por su frente - Aguanta, estaremos a salvo en unos segundos.

Reuniendo todas sus fuerzas, emprendieron el regreso al castillo con su carga, no sin antes enfrentar una nueva ráfaga de lluvia que amenazó con desequilibrarlos. Finalmente, después de mucho esfuerzo, llegaron a su destino, exhaustos y empapados hasta los huesos. Su irrupción en el gran salón, embarrados, no pasó desapercibida...

- ¡Dios del cielo!, pero ¿qué les pasó?

Era Beatrix Grandchester, seguida de cerca por su hija, quien los interpeló. Todos los invitados se volvieron hacia ellos, con un aire inquisitivo mezclado con incomprensión en sus rostros. Terry giró su mirada hacia sí mismo y se dio cuenta de la apariencia miserable que estaba mostrándole a todos. Con su ropa empapada goteando sobre la alfombra, creando una aureola alrededor de sus pies. Candy a su lado no se quedaba atrás. Estaba desaliñada, con su hermoso vestido manchado de tierra. Parecía como si ambos hubieran salido del lodo.

- El señor Dicks se quedó atrapado bajo la lluvia... - suspiró Terry molesto - ¡Como los sirvientes estaban ocupados con los invitados, nosotros, Candy y yo, preferimos actuar sin esperar!

- ¡El resultado está a la altura de sus expectativas! ¿Se han mirado a ustedes mismos? Tienen un aspecto lamentable con todo ese barro, ¡créanme! - señaló Sybille con su voz chillona.

- ¡Es cierto que estás segura bajo estos muros mi querida hermana, pero no te arriesgues a que el techo se derrumbe sobre ustedes y alivie mis pobres oídos manteniendo sus boca cerradas, lo que no seguiría siendo un sueño y un deseo inexcusable para mí!

Sybille se mordió los labios con rabia, lo que tuvo el efecto de hinchar sus mejillas enrojecidas y enfatizar sus malvados ojos un poco más, y se volvió hacia su madre, quien para evitar el escándalo le hizo un discreto gesto para que se calmara.

- ¡Bueno...! Tendrás que revisar la organización de tu equipo, Carson! - gritó esta última, mirando de reojo a su mayordomo, quién murmuró palabras de disculpa, bajando los ojos – Es anormal que sea el hijo del duque el que esté obligado a hacer tu trabajo. ¡Vamos, vamos, muévete! Regresa a todos a su habitación (ella había mostrado a Cookie con una mano desdeñosa mientras decía eso), ¡Esto nos ha causado suficientes problemas!... En cuanto a ustedes dos, Terrence y Candice, están obligados a cambiarse de ropa y a reunirse con sus invitados lo antes posible. ¡Esta broma ha durado demasiado!

Luego se giró sobre sus tacones con un gesto de desprecio, mientras asintió con la cabeza a su hija para que la siguiera, la que le dio una sonrisa burlona a su hermano, ¡que acababa de ser reprendido como un maleante delante de todo el mundo! ¡Dios odiaba a esta familia!

- Si lo deseas - dijo desesperado, tomando la helada mano de Candy -, ¡Saldremos de esta casa en un segundo! ¡Haré lo que tú quieras!"

- No podemos hacerle esa afrenta a tu padre después de todos sus esfuerzos por organizar nuestros esponsales. Le debemos eso - contestó suavemente -, olvídate de Beatrix y olvídate de tu hermana. Pronto serán sólo recuerdos lejanos...

- Todo parece tan simple cuando te escucho. ¡Pero me gustaría mucho poder darle la vuelta a la moneda!

Él había dicho esto mientras levantaba el puño que ella instintivamente detuvo presionándolo contra él.

- ¡Tsssss! ¡Tsssss! Cálmate, nos están observando. ¡Este no es el momento de hacer un escándalo! Pues se volvería contra ti. Vamos a cambiarnos y nos encontraremos aquí en unos minutos.

- Tienes razón... – le dijo con voz cansada - Siempre tienes razón...

Con eso, él subió. En el camino se encontró con la señora Hughes, a quien le pidió que llamara al médico de la familia para que estuviera a la cabecera de Cookie.

- Quiero asegurarme de que mi amigo esté bien.

- No se preocupe por eso, mi señor, nosotros cuidaremos de él. ¿Quiere que le envíe un sirviente para que le ayude a cambiarse?

– No me será útil señora Hughes. Es un hábito que hace tiempo he perdido, y que estoy obligado a confesarle.

La señora Hughes mostró una sonrisa cómplice y luego se dirigió a su oficina mientras Terry regresaba a su habitación. Él atravesó la puerta y se sentó en el borde de la cama para tener un momento de respiro. Luego, después de emitir unos largos suspiros de resignación, entró al baño. Se miró en el espejo y al notar su apariencia desastrosa tomó la decisión de ducharse. El agua caliente resbaló por su musculatura helada y calentó su cuerpo gradualmente. Le hubiera gustado quedarse más tiempo bajo la ducha, pero tenía que darse prisa, seguramente sus invitados lo esperaban impacientemente. Se secó rápidamente y luego abrió su armario en donde le esperaba un traje más tradicional.

- ¿Qué estoy haciendo aquí? - se preguntó mientras terminaba de atar el nudo de su corbata - ¡Qué no daría por estar en Nueva York lejos de todos estos idiotas!

Estaba empezando a tener más y más nostalgia y su familia, de hecho, no le ayudaba a sentirse mejor, ¡Cómo estaba impaciente de partir de allí! Candy y él habían planeado marcharse en tres días, pero el comportamiento de su madrastra, las calumnias de su hermana, y las miradas maliciosas de su hermano hacia su novia, lo habían convencido de que tenían que irse antes, tenían que huir lo más pronto posible de aquel lugar que se había vuelto insoportable para él.

Por supuesto, había advertido el comportamiento sospechoso de Rodolfo hacia Candy. Muchas veces había querido hacerle comprender, a su manera, que tenía que cesar todo tipo de acercamiento hacia ella, pero cada vez Candy le había instado a mantenerse alejado, adivinando el giro que tomarían los acontecimientos a la menor provocación de su idiota hermano. Una vez más ella lo protegió de sus reacciones, que podrían llegar a ser terribles si la ira se apoderaba de él. Y cuando se trataba de su hermano, la espuma se elevaba rápidamente hasta su nariz, por el odio que le tenía.

¡Estaba decidido! No esperarían tres días para irse. Se irían al día siguiente... para no volver jamás...

Se ajustó el nudo de la corbata por última vez y luego abrió la puerta. Podía oír la dulce música de la orquesta que venía del gran salón. Un vals... No podía esperar para bailar uno con Candy, quien debía estar esperándolo pacientemente abajo...

Se acercó a la escalera y estaba a punto de bajar cuando un grito penetrante, lleno de terror, resonó en todo el castillo. Un grito tan fuerte y tan espantoso que se oyó incluso en el salón de baile, haciendo que la orquesta se detuviera. El corazón de Terry saltó en su pecho tan violentamente que jadeó. Nunca había oído un aullido tan horrible, tan espantoso que le heló la sangre, sabiendo en el fondo de su ser de dónde había sido emitido, y corrió loco de angustia rumbo a la habitación de Candy...

Fin del capitulo 19