Mi Apartamento

Tal y como predijo Eunice, Piaget aparición a la mañana siguiente en la casa, moviendo la cola al compás de sus felinos pasos, y mirando con altivez.

Para mi regocijo salvó la distancia que me separaba de él y se rozó contra mis tobillos en un gesto que, viniendo de él, me llegó al alma.

A lo largo del día pude recuperar mi tiempo perdido con él, aunque acabó por ignorarme al poco rato, pues el resto del grupo estaba reunido y poniendo en marcha sus futuros encargos. Y en ello yo no tenía absolutamente nada donde participar.
Sentí más claramente que mi función había terminado y no era necesaria.
Casi me sentí una molestia al llegar la tarde y ver que ellos volvían a reunirse y me miraban sin saber que hacer conmigo.

Por suerte, el pequeño pueblo donde nos encontrábamos era lo suficientemente bello como para que, pasear por sus calles y contemplar el paisaje que se extendía tras los limites de las edificaciones, fuera reconfortante y agradable. Entre eso y hablar con mi abuela, llegó la noche.

La deseada y a la vez temida noche.

Aguardaba su momento porque por fin dejaría de estar sola y aislada. Pero la perspectiva de que al día siguiente me separaría de Murphy la hacían indeseable.
Para ser precisos, ansiaba la llegada de la noche y que ésta fuera eterna.

—¿Has pensado que vas a hacer cuando regreses a Boston? —me preguntó Eunice durante la cena, provocando que los tres hombres me mirasen, expectantes ante mi respuesta.

—Prefiero considerarlo estando allí —respondí incomoda.

—Hay tiempo, de momento —aceptó la mujer —. Kunstler sigue crítico. Por lo que me han trasladado desde allí no descartan que despierte, pero no rápidamente y con toda probabilidad sufrirá secuelas.

—¿Eso quiere decir que tal vez no recuerde nada? —preguntó Connor, a lo que Eunice asintió en silencio —. Entonces no habría problemas para Cat, ni para Dolly y Duffy.

—Lo mejor sería que no despertara... Las cosas como son —aseguró Romeo.

—No, no me gustaría que muriera por nosotros. No es nuestra forma de hacer esto. No es un mal tipo —dijo Murphy.

—Eso es relativo —comentó Eunice —, pero es cierto que su muerte no es justicia aplicada al mal.

Sus palabras me provocaron una sonrisa, pues no solo era un pensamiento semejante al mio, sino que era la esencia de sus principios. Ellos eran eso, sus principio.
Podían ser reprobables en todo, pero los Santos eran fieles a sus ideales.

Al terminar de cenar, nuestra anfitriona sacó de un pequeño, pero hermoso y ornamentando, mueble bar, una botella de Limoncello casero que, según dijo, había reservado para la ocasión.

Ninguno de los presentes, salvo yo, habían probado aquel licor y no se negaron a experimentar.

A todos nos gusto, y los chupitos de la bebida amarilla, ácida, fría y fuerte, se sucedieron.

—Dejemos a estos terminarse la botella —dijo Murphy en mi oído, inclinándose hacia mi en el sofá —. Te iras en siete horas...

Le miré y asentí, sin dudar, con una sonrisa conforme. Abandonando la habitación en silencio, cogida de su mano.

Murphy no disimuló sus intenciones, y antes de llegar a la escalera me rodeo el cuerpo desde la espalda y me besó por el cuello, accesible con ese look de cabello corto.

—No vamos a poder hacer nada esta noche —le dije subiendo los escalones sin apartarme de el —. No he encontrado ningún sitio donde comprar preservativos u otro anticonceptivo.

—Es igual... —dijo sin dejar se recorrer mi cuerpo.

—No lo es —aseguré, pues era obvio.

—Tendré cuidado y haremos otras cosas... —dijo abriendo la puerta de mi habitación y obligándome a entrar sin demora —. Se me ocurren mil cosas que hacer contigo, Cat.
Le miré derrotada, ante eso no podía alegar nada, más lo único se podía decir era que a mi se me ocurrían no pocas cosas que hacer con él.

Cerré la puerta del dormitorio y comencé a desvestirme frente a Murphy, que me aguardaba de pie al extremo de la cama. Llegué a su altura y le empujé sobre el colchón, cayendo junto a él, fundidos en un beso.

Me esperaba un vuelo de más de diez horas al día siguientes, donde podría dormir todo lo que deseaba, así que pasar la noche en vela, rodando por el colchón entrelazando mi cuerpo al de Murphy, se me antojaba una gran idea.

Me deshice de la camiseta que cubría su torso tan rápido como pude, besando la piel que dejaba al descubierto y dándome cuenta de lo mucho que había añorado su tacto a lo largo del día, el calor que desprendía su cuerpo.

Puedo asegurar que no había sentido esa necesidad y deseo por otra persona en mi vida. Pues no reparaba en lo que él hacía, en si me desnudaba o besaba, solo me interesaba él y toda la extensión de su piel que quería tener entera para mi.

Deslizándonos juntos sobre las mantas, nos acomodamos en mitad de la cama, con los restos de nuestra maltratada ropa decorando el suelo y los estrenos de la cama.
No podíamos hacer el amor, por precaución y falta de medios, pero no era impedimento ni obstáculo.
Sobre mi, Murphy me besaba desbocado en cuello y la clavícula, cubriendo todo mi cuerpo con el suyo, dejando que sintiera su plenitud. Pero comenzó a deslizarse hacia abajo y al recorrer con su lengua mi estomago supe cual era mi objetivo. Y por primera vez en mi vida ese pensamiento no me incomodó.

Siempre había sentido el sexo oral como algo demasiado intimo y jamas había llegado permitir ese nivel de intimidad con nadie. Lo había hecho, pero no lo había disfrutado cómodamente. Hasta ese día.

Sentirle a él entre mis piernas, rozando el interior de mis muslos con su cabello, me producían unas suaves cosquillas, y un imperativo deseo de sentirle más, que fue concedido rápidamente.

Apasionado y desmedido, como siempre, me tomó sin reservas, haciéndome agradecer que la vieja arquitectura italiana se sirviera de gruesos muros, a prueba de gritos. Sentía como perdía la realidad de vista, a cada roce de su lengua, cuando se ayudó con sus dedos llevándome al extremo del deleite.

—Ohhh... ¡Por... Dios! —grité, casi incrédula, por la sensación que sentía en todo mi cuerpo.
Alzando el rostro, me miró con una sonrisa triunfal y satisfecha por lo que había conseguido, pero sus manos no me abandonaron, en ningún momento y no permitieron dejara de sentir estar en el paraíso, aun cuando sus labios rehicieron el camino por mi cuerpo hasta llegar de nuevo a mi cuello. A sentir su cuerpo con todo mi ser y esa completa necesidad de fundirme con él.

No me permitió corresponder a su gesto. Estaba decido a llevar el control, el ritmo y la acción.

—Esta noche te quiero toda para mi... Así, y hacer lo que quiera con tu cuerpo —Susurró en mi oído, cuando me retuvo bajo su cuerpo.

La oferta era irrechazable, aunque no tenía fuerzas para, ni siquiera, negociar de haber podido, no pretendía negarme a que hiciera lo que quisiera, si su deseo era hacerme disfrutar hasta el límite.

En varias ocasiones durante la madrugada, entre las caricias, los abrazos y los besos, nuestros cuerpos se acoplaron de manera natural, sintiendo en mi interior a Murphy en su plenitud y generando un deseo y anhelo mayor por él y lo que teníamos prohibido aquella noche. Pero no excedimos los limites, recapacitando a tiempo.

Aquello nos provocaba más, pese a las horas trascurridas, no habíamos llegado al límite, y sentíamos que el límite nos estaba prohibido.

Cuando la claridad comenzó a ganarle terreno a la noche decidí corresponder a Murphy al final como el había hecho al comienzo y no le deje impedírmelo. Yo también encontraba placer en solo dárselo, en hacerle y sentirle mío. Y disimulando mi falta de experiencia y guiándome por sus gemidos, susurro y caricias le intente llevar al clímax.

—Te necesito... Toda —susurró, tirando de mi brazo.

Alcé la cabeza y el insistió tirando de mi y le obedecí, recostándome sobre él, rozando todo cuerpo contra el suyo y cumpliendo su petición. Me abrazo con fuerza, más de la que pensaba que podía conservar y deslizó sus manos por mis piernas, acomodándolas mientras se incorporaba, aún sujetándome con el otro brazo. Dejándome sentada sobre él, accesible a él.

Sentí como me invadía con placer, lentamente y satisfaciendo mi necesidad. Pero no se contuvo, no se frenó y continuo llevando mi cuerpo como una marioneta, generando en mi tanto deleite, que me resultaba imposible emitir una queja.
Pero aquello era demasiado arriesgado.

—Murphy... Para... No podemos... Murphy... —gemía, pues no encontraba la forma de que mi voz sonase a queja alguna.

Intente moverme y separarme de él, cuando me quedó claro que estaba dispuesto a llegar al final. Me tranquilice recuperando la confianza en él cuando se movió, desplazándome a un lado.

Pero separarse de mi, y abandonar mi cuerpo, no era su pretensión, muy al contrario. Me tumbo dejándome entre el colchón y él, con mi cuerpo entregado a él y una mente incapaz de controlar que me entregase por entero, mientras me gritaba que debía parar.
Pero no podía, ni frenarle a él, ni mi propio éxtasis.

—Oh... Dios... Mio —susurré asustada cuando Murphy se dejó caer sobre mi cuerpo, agotado y satisfecho —. ¿Qué has hecho?

Me sentía traicionada y desconcertada, y la única respuesta de él, eran unos rítmicos jadeos.
No llegaba a entender porqué Murphy había terminado haciendo aquello. Porqué tras toda una noche, sin llegar a hacer el amor, se había rendido y se había dejado ir sin cuidado y plenamente dentro de mi.

—Tienes que volver conmigo, Cat —fue su respuesta levantándose de mi pecho—. No te puedo dejar ir para siempre.

Mi mirada paso del desconcierto a la rabia en dos segundos, lo sentí en como él reaccionó.

—¡Maldito hijo de puta! —grité intentando alejarme de él —¿Ésta es tu idea de convencerme?

—No, no lo he pensado —dijo él, sorprendido por mi reacción —. No quería parar y luego sólo... pensé que no era un problema.

—Lo hablamos ayer, yo no quiero esto... No sólo importas tú —recogía mi ropa airadamente.

—Cat, quiero que vuelvas aquí, conmigo —dijo bajando de la cama y yendo tras de mi por la amplia habitación.

—Iba ha hacerlo... Yo quería estar contigo... Te amo... Te lo he dicho, a ti, sólo a ti. —estaba llorando, frustrada, rabiosa y herida.

—Querias... ¿Ya no?

—¿No ves lo que has hecho? No funciona asi, es mi cuerpo, es mi vida... Dios, Murphy, no puedes pensar que es genial eso de tener familia, y follarme sin cuidado mientras te digo que pares.

—Tal vez no pase nada. Es solo una...

—Da igual, no es lo que pase o no, me has obligado, me estas obligando a quedarme a tu lado a la fuerza —le miré con pena —. Cuando he dejado mi vida por voluntad propia, para estar más segundos junto a ti. ¿Por qué lo has hecho?

—Quería...

—Has destruido todo. Todo lo que teníamos —Me metí en el baño, abrazada a mi ropa.

—Cat, joder... —golpeó la puerta —. No lo he hecho por nada, no ha sido así. Solo no quería parar.

—Vete, Murphy... Por favor... Vete —pedí, mirando mi rostro lloroso en el espejo sobre el lavabo.
—No, Cat, escucha —insistió —. No quiero que vuelvas porque pase algo con esto, no lo he hecho por eso. No te quiero obligar a que vuelvas.

—¡Vete y déjame en paz! —grité.

—Te quiero, Cat... No quiero...

—¡Largo! —chillé histérica.

No dejé que nadie salvo Eunice me acompañase al aeropuerto. No quería alargar nada, no quería explicar porque Murphy y yo no nos despedimos. Solo quería dormir, despertar en América y pensar que todo había sido un sueño.

—¿Has tomado una decisión sobre que hacer?

—No lo sé —contesté, y mi mente pensó en la posibilidad de quedarme embarazada y en que hacer en ese caso.

—No tardes en hacerlo, sea lo que sea contarás con todos los medios que disponemos.
—Gracias.

Tras fracturar mi equipaje me despedí de Eunice y pase a la zona de embarque.
Cuando por fin subí al avión repare en que volaba en primera clase y el largo vuelo no seria en absoluto incomodo. De hecho, pese a todas las preocupaciones que tenía, sobre mi y mi futuro, acabe sucumbiendo al sueño.

Cuando desperté horas después, descansada y algo desubicada ya nada me impidió no dejar de dar vueltas a lo ocurrido con Murphy.

Era algo contradictorio.

No me había sentido forzada, pese ha haberle dicho que parase, no lo deseaba ni se lo demostré. Mi problema no era la acción en sí, eran las consecuencias.
Una parte de mi deseaba que lo que había dicho de simplemente no querer parar y haber sucumbido al deseo fuera todo. No era algo de lo que estar orgulloso pero podía entenderlo.
Pero si no era así. Si realmente lo había hecho para que de quedarme embazada tras aquello, y no tuviera mas remedio que volver con él, no podía perdonarle.
Me negaba a pensar que el fuera así. No podía ser tan maquiavélico, tan mezquino, manipulador, tan ruin, egoísta y perverso.

Murphy no era así.

O, ¿me negaba a aceptar que lo fuera por que le amaba?

Y tuve mi respuesta.

No podía amarle de ser así, no podía ser así.

Pero aun así, me sentía traicionada.

Aunque solo hubiera sido un acto de completa lujuria, me había traicionado y había sido tremendamente egoísta e irresponsable.

Nada me podía hacer olvidar que, por su antojo y capricho ahora, yo tenía sobre mi una situación aún más complicada.

No quería estar embarazada, no así.

Sin darme cuenta me puse a rezar pidiendo que lo ocurrido con Murphy horas antes no tuviera mayores consecuencias y permanecí orando en silencio hasta que aterrizamos

No pensé en si era adecuado o no, pero lo primero que hice al llegar a Boston fue ir a ver como se encontraba el Agente Kunstler.

Toda la planta del hospital donde estaba ingresado era altamente vigilada, y fui reconocida por varios agentes que llevaban el caso.

Nadie tenía la menor sospecha o indicio sobre mi implicación en nada.
No puede ver al agente de primera mano, pero sí ser informada de su grave estado y descubrir que pese a todo no deseaba que muriese.

Después como es obvio fui a casa de mi abuela.
Gran error.

Debía haber ido a mi apartamento y dejar a Piaget allí, pero olvide por un instante el odio mutuo que abuela y gato se procesaban. Cosa que ella no tardó en recordarme.

—Tenía la esperanza de que lo confiscaran en aduanas o simplemente se escapara.
Un agudo maullido fue la respuesta del felino desde su trasportín.

—Ni se te ocurra soltarlo en casa, no quiero que me arañe nada.

—No, tranquila —aseguré y dejé al gato en la entrada de la casa.

Pesadamente me senté en un sillón y observé como mi abuela me servía café y me contaba como había estado el país en mi supuesta ausencia. Obviamente me narró la fuga de mis pacientes, y que no había cuerpo de seguridad que no les buscase.

—Aunque al parecer hay gente que les apoya —dijo cuando tomo asiento a mi lado —. Y bueno, es cierto que entre los delincuentes y asesinos ellos solo hacen mal a los malos.

—Creía que no pensabas así —dije sorprendida.

—No lo hacia, pero Giovanna me dijo el otro día que ella les apoyaba, porque si no tenia miedo de una persona, no la consideraba mala. Y claro, a ella esos hombres no la daban miedo porque como mataban a mala gente sabía que ella estaba a salvo. Y la verdad lo vi así y dije, pues tiene razón.

—No eran malos, te dije que eran agradables —recordé y mi voz se tiño de nostalgia y algo de melancolía.

—Ay, pero cuéntame como te ha ido todo en Italia, con esa empresa, más tranquilamente —dijo cambiando de tema —. ¿Viste al firmante de la adopción?

—No, claro que no.

—Mejor, seria cruel que le mostrase la hermosa y brillante chica que no ha querido tener en su vida.

Sonreí agradecida por las palabras de mi abuela.

—Con la empresa, bien. Me ofrecen irme allí de forma permanente —solté, dejando prepeja a mi abuela —. Pero es sólo una posibilidad de tantas, porque no me iría sola.

—¿Cómo es eso? —preguntó sin comprender del todo.

—Si me fuera, a Italia o a otro lugar sólo lo haría llevándote conmigo —expliqué, tranquilizando su expresión.

—Yo estoy vieja para recorrer mundo —dijo ella.

—No te pierdes un viaje de la iglesia, Nona —dije mirando pertinaz —. Y es igual, eres mi única familia, no me voy a ir sin ti, ni a Italia ni a la esquina.

—Me alegra escuchar eso —aceptó —. Y si lo quieres realmente, pues tengo que aceptar. No sería justo para ti que no lo hiciera. Has sacrificado todo por tu trabajo, no te voy a dejar que sacrifiques tu trabajo por una vieja loca. Si he de ir contigo, iré a donde sea mejor que vayas.

Las palabras de mi abuela me emocionaron. No esperaba aquel compromiso total por parte de ella. Había imaginado que montaría un drama, sufriría un conato de infarto o algo similar y gritaría que la mato a disgustos.

La abracé con fuerza y no me importó soltar un par de lágrimas cuando la agradecí su apoyo y cariño.

Al menos en ese aspecto podía quedarme tranquila, de huir, podía hacerlo donde deseara con mi abuela al lado.

Poco después me despedí. El gato no dejaba de pedir ser liberado y era molesto. Así que al fin regrese a mi apartamento.

Mi vacío y frío apartamento.

Cuando el taxista que me ayudo a cargar el equipaje se marchó sentí que aquel lugar era más grande y silencioso que nunca.

La ausencia de Murphy era perceptible en cada rincón y habitación. Cada estancia me recordaba a él.

Le echaba de menos.

Le añoraba.

Pero aun así no sentía que ya le hubiera perdonado.

Fui a la cocina y me sorprendí al ver parpadear la luz del contestado, más cuando vi que tenía más de treinta llamas perdidas de ese mismo día.

Nadie menos mi abuela sabia que regresaba aquel día. Comprobé el numero y reconocí el prefijo.

Eran llamadas de Italia.

Mientras miraba pensativa la pantalla, dudando si llamar o no, el teléfono sonó de nuevo. Y lo cogí por inercia.

—Cat, Cat por Dios, tienes que perdonarme —reconocí la voz de Murphy.

—¿No es peligroso que me llames? —pregunté.

—No, no... Tranquila por eso. Pero escúchame, por favor. Sé que debí parar, que no pensé bien. Pero es que no pensé, no pensé... No lo hice para atarte a mi. Sólo te tenía y...
—Para, no quiero escuchar más escusas.

—No son escusas, es la verdad. Cat, perdonarme.

—Sigo enfadad, y no puedo hacerlo —dije con sinceridad.

—¿Me amas aún?

—Si, Murphy, pero me siento mal por lo que ha pasado.

—Yo también, pero te amo, lo sabes. Tienes que confiar en mi.

—Ese es el problema que no lo hago, confíe en ti, en que no perderías el control y lo hiciste.

—Cat...

—Lo siento, necesito tiempo para perdonarte.

—Lo siento, no sabes cuanto lo siento —escuche su frustración en casa sílaba.

—Y yo, Murphy. Lo siento muchísimo.

Se que esas palabras le hirieron, pues fui fría y no oculte mi decepción. Pero me sentía traicionada y herida.

Mantuve el teléfono descolgado para que no volviera a llamarme. Necesitaba tomar una decisión sola, decidirme por mi misma y no dejarme influenciar por las palabras de perdón y amor de Murphy. Debía pensar en mi, únicamente en mi.

Para facilitarme que así fuera, y solo me tuviera que preocupar por mi situación, y como respuesta a mis plegarias esa noche me vino la regla.

Una parte de mi se sintió algo triste, y creo que hay tuve otro milagro porque encontré la respuesta a qué debía hacer.

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.Continuará.


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Después de que ayer no pudiera publicar al fin hoy me deja!