ADAPTACIÓN. Ni los personajes ni la historia me pertenece, está adaptado por Martasnix.
Capítulo 25
Durante la tarde, Clarke procuró ocupar la mente con el trabajo. Cuando empezaba a aplicar pintura sobre el lienzo, se concentraba tanto que todo lo demás desaparecía de su conciencia. Sin embargo, comprobó con disgusto y frustración que aquello ya no funcionaba. En un determinado momento, dejó a un lado la paleta y los pinceles y se mesó los cabellos con las manos. Luego miró el reloj por quinta vez en otros tantos minutos: las siete.
«Me estoy volviendo loca. Podría llamar a Lexa, discretamente, para ver qué…»
Una llamada en la puerta interrumpió sus pensamientos. En cuanto abrió la puerta, agarró la mano de Lexa, la hizo entrar y la besó en la boca.
—Dime que tienes algo.
Lexa cabeceó, dejando la chaqueta sobre el respaldo de una silla y quitándose la pistolera.
—Aún no, pero Davis supone que no tardará mucho. Quiero creer que encontraremos algo pronto.
«Tengo que creerlo, porque el reloj corre más de lo que pensaba.»
—Tal vez se acabe todo esto —comentó Clarke, cansada—. Al menos, no hemos recibido más sobres con fotografías nuestras.
—No, y no creo que los recibamos. —Lexa se sentó en el sofá y se recostó entre los cojines. Había estado muchas horas encorvada ante un ordenador en el centro de mando.
—¿Qué te hace pensar eso? —Clarke se sentó al lado de Lexa.
—Me parece que nuestra teoría de que procedían de una fuente amiga es correcta —respondió Lexa. Le dio la mano a Clarke, entrelazó sus dedos con los de la joven y los apoyó sobre el muslo—. Creo que querían advertirnos, al menos advertirte a ti, del alcance de la investigación y tal vez dar pistas sobre la misma. La primera fotografía que se publicó era de nosotras dos juntas, para que supieses que nuestra relación no era un secreto. Pero nos decía mucho más a nosotras que al público. Podría haber sido mucho más perjudicial, ya que no se veía claramente que estabas con una mujer y a mí no se me identificaba. Después, no ha habido más. Un periodista no abandonaría así como así un chisme tan jugoso.
—Tienes razón —murmuró Clarke—. La foto nos decía mucho a nosotras, pero poca cosa a los demás. De hecho, a ese periodista de Chicago, Eric Mitchell, seguramente le encantaría continuar. Está claro que no tiene nada más; de lo contrario, lo habría publicado.
—Exacto. —Lexa dibujó círculos con el pulgar sobre la mano de Clarke mientras hablaba—. Luego, tenemos la fotografía en la que estoy en un bar con una mujer en situación comprometedora. En consecuencia, sabemos que hay una investigación encubierta sobre mí. Y apunta al tipo de vigilancia que sólo los profesionales pueden hacer, un vínculo con el FBI o con Justicia.
—Y por último —concluyó Clarke con entusiasmo—, hay una foto de la mujer con la que mantuviste una relación clandestina.
—Yo no le llamaría relación —protestó Lexa.
Clarke arqueó una ceja.
—Lexa, no busquemos tres pies al gato.
—Entendido.
—Lo llames como lo llames —Clarke continuó sin inmutarse—, la tercera fotografía nos advertía de que el servicio de compañía estaba siendo investigado y sugería que la operación se extendía a la vida personal, seguramente no sólo la tuya, sino también la de otras personas influyentes.
—Incluyendo al presidente —añadió Lexa—. Creo que alguien ha conseguido pintar un cuadro muy claro de lo que ocurría sin dar nombres ni arriesgarse personalmente.
—Supongo que pensó que las fotos me asustarían tanto que dejaría de verte.
—Para mantenerte a una distancia prudente y libre de cualquier escándalo. —A Lexa se le encogió el estómago—. Todo señala a alguien de Washington.
—En efecto, de nuevo la teoría de la Garganta Profunda —admitió Clarke—. Imagino que a alguien que no sepa que lo mío contigo es serio le parecerá un favor.
—¿Lo sabe alguien?
Clarke cabeceó.
—Sólo Zoe. Y tu madre.
Lexa permaneció inexpresiva unos segundos, y luego sonrió por primera vez en mucho tiempo.
—Creo que podemos descartarlas sin problemas. ¿Y tus amistades, tus contactos? Por lo visto conoces a un círculo muy bien situado dentro de la Casa Blanca y otros lugares muy útiles.
—Créeme, ya lo he pensado. Se me ocurren uno o dos que podrían participar en una conspiración de este tipo, pero lo normal sería que me llamaran por teléfono.
Lexa frunció el entrecejo.
—Tienes razón. Ese enfoque carece de sentido.
Clarke metió las piernas bajo el cuerpo y se acurrucó junto a Lexa, abrazándola por la cintura.
—Le estoy agradecida al responsable de esto, pero no hay nada que pueda apartarme de ti.
«Sí que lo hay.»
Al ver que Lexa se ponía rígida y no decía nada, Clarke se incorporó con el corazón en un puño.
—¿Lexa? ¿Qué sucede?
—Mañana, a partir de las nueve, dejaré de ser tu jefa de seguridad. Marcus se encar…
—No —gritó Clarke, levantándose con los ojos desorbitados—. No. Nada de eso. De ninguna manera.
Lexa, sorprendida, también se levantó y buscó las manos de Clarke.
—Clarke…
—No —repuso Clarke en tono cortante, retrocediendo y evitando el contacto con Lexa—. Sé lo que va a pasar. Te sustituirán y nunca volveré a verte.
—No, eso no es cierto —prometió Lexa, tratando de acercarse a su amante. Clarke parecía a punto de salir corriendo. Lexa no recordaba haberla visto tan nerviosa ni siquiera cuando la perseguía Loverboy. No se trataba sólo de ellas, sino de algo más, un antiguo temor a la pérdida y al abandono que la dominaba. Con todo el dolor de su corazón, Lexa dijo—: No voy a desaparecer. Te prometí que eso no ocurriría.
Los ojos de Clarke se llenaron de lágrimas, mientras un miedo frío y tenaz anidaba en su pecho:
—¿Y si no puedes evitarlo?
—Puedo evitarlo —afirmó Lexa—. Lo evitaré. Aunque no esté en tu equipo, seguiré viéndote. Nadie va a pararme… a pararnos.
—¿Y si…? —Clarke parpadeó y se estremeció cuando Lexa la rodeó con sus brazos. A pesar de la necesidad de huir, se dejó abrazar. Lexa era cálida, tenía un cuerpo sólido y unas manos tiernas. El fantasma del pasado se desvaneció y el mundo se asentó. Al fin, Clarke suspiró—. Lo siento. Estaba aterrorizada. Yo…
—No pasa nada. —Lexa la besó dulcemente, y en ese momento, mientras se abrazaban, les dio fuerza la certeza de su amor.
Clarke se soltó con los ojos ardiendo de furia.
—Maldita sea, Lexa, no voy a permitir que hagan esto contigo. No voy a dejar que nos separen. Y no pienso consentir que el Capitolio siga gobernando mi vida. —Atravesó el loft en dirección a la zona de dormitorio.
—¿Qué vas a hacer?
—Voy a ir a Washington.
—Aún no sabemos…
—Entonces, yo lo averiguaré —dijo Clarke hirviendo de rabia.
Lexa lanzó una maldición cuando sonó su teléfono móvil. Lo cogió y gritó:
—Woods.
Su rostro permaneció impasible y los ojos concentrados mientras escuchaba.
—Suban y traigan lo que tienen.
Cuando apagó el teléfono, se enfrentó a la mirada interrogadora de Clarke.
—Reyes dice que tienen algo. Viene hacia aquí con Marcus y Blake.
—Muy bien, veamos —dijo Lexa mirando a Reyes y a Blake. Las dos estaban inusitadamente apagadas y a Lexa le dio la sensación de que Reyes hacía todo lo posible por no manifestar su nerviosismo—. ¿Agente Reyes?
—Hemos investigado a todos los que nos pareció que tenían vínculos con usted, comandante, en el pasado y en el presente, para comprobar la teoría de que el descubrimiento de su relación con… el… servicio de compañía podía ser una especie de venganza. —Reyes tomó aliento como si quisiera darse ánimos—. Ya sabe, un ajuste de cuentas, alguien que se sintió postergado por usted, que no soporta que una mujer dirija el equipo de seguridad, que tiene celos de…
—Creo que todos entendemos su razonamiento, Reyes —comentó Lexa en tono irónico—. ¿Adónde quiere ir a parar?
—Claro. Naturalmente, lo más lógico era empezar por los contactos recientes, así que dimos prioridad a las personas que conoce y a sus colegas. Luego, investigamos más a fondo a unos cuantos y…
—Se está yendo por las ramas —dijo Lexa bruscamente—. Suéltelo ya.
Lexa tenía los nervios de punta y sus esfuerzos por disimularlo no estaban dando resultado. A pesar de lo que le había dicho a Clarke, sabía que, cuando se realizase una investigación formal sobre su conducta en la operación Loverboy, no podría verla. Al menos hasta que quedase limpia, si quedaba limpia. La idea de que la separasen de Clarke, aunque sólo fuera unas semanas, la mataba.
—No tenemos tiempo para la versión completa. —Le sorprendió que la mano de Clarke se posase dulcemente sobre su rodilla. Tomó aliento, procuró serenarse y dijo—: Lo siento. Continúe.
Reyes se enderezó y prosiguió con el informe.
—Nos fijamos en que la sargento detective Costia Aronson, de la policía metropolitana de Washington, había estado casada.
—Sí, ya lo sé. —Lexa no apartó los ojos de Reyes, pero se le aceleró el pulso al oír el nombre de Costia—. Fue mucho antes de que yo la conociera y llevaba varios años divorciada cuando iniciamos nuestra relación. No solíamos hablar del tema.
—Sí, señora, lo comprendo. Estuvo casada con…
—Otro poli. Ya lo sé —dijo Lexa con impaciencia, pero sintió una punzada en el pecho, una premonición, como si hubiese algo que debía saber y que no sabía. Algo que había pasado por alto. ¡Cuántas cosas mal hechas en su relación con Costia!
Los dedos de Clarke se crisparon un instante sobre la pierna de Lexa, y luego empezaron a acariciarla. El contacto devolvió a Lexa a la realidad y deslizó su propia mano sobre la de su amante.
—Lo siento. Yo… prosiga.
—No estuvo casada con otro poli, comandante, sino con un agente federal. Charles Pike.
—Dios mío. —Lexa se levantó bruscamente y se fue al otro extremo de la habitación. De espaldas al grupo, contempló Gramercy Park, recordando el rostro de Costia y la expresión de sus ojos el día de su muerte. Sin volverse, con la voz tomada por los recuerdos, dijo—: Tal vez ella dijo que pertenecía a las fuerzas del orden y yo interpreté que era policía. Nunca pregunté… No parecía importante, pero…
«Entre nosotras no tenían importancia los asuntos personales. Compartíamos la cama y poco más. Dios, se merecía algo mejor.»
Desde el otro lado de la habitación, Clarke reparó en la espalda rígida de Lexa y en que tenía los puños apretados contra el cuerpo. Quería acercarse a ella, abrazarla, apoyar la mejilla en su espalda, sostenerla hasta que los recuerdos se desvaneciesen y el dolor disminuyese. No podía, y no porque los presentes no fuesen sus amigos, sino porque se trataba del dolor que Lexa guardaba para sí y aún no podía compartir. «Pero me lo contarás algún día, ¿verdad? Cuando puedas perdonarte. Y cuando ese día llegue, estaré a tu lado para ayudarte.»
Un minuto después, Lexa regresó a su asiento. Tenía el rostro inexpresivo y la voz serena.
—Si Pike le siguió la pista, tal vez averiguase lo nuestro. Es difícil mantener secretos entre policías. Seguro que Pike tiene amigos en la policía de Washington.
—Eso explicaría la inquina que le tiene —observó Marcus.
—No sería el único —repuso Lexa—. Mucha gente creyó que yo tendría que haber evitado lo que le ocurrió.
—También explica que, si encontró casualmente algo sobre usted en un expediente de investigación, trate de utilizarlo para perjudicarla —señaló Blake con tono sereno y realista. Había visto el dolor en los ojos de Lexa Woods y sentido el desesperado deseo de Clarke Griffin de consolarla. Sufría por las dos, dándose cuenta de lo duro que debía de ser ver los secretos más íntimos expuestos de aquella forma.
—Sí. —Lexa buscó la mano de Clarke involuntariamente—. Supongo que explicaría la fotografía en la que estoy con la pelirroja en el bar y tal vez la de Clarke conmigo. Si intenta sabotear mi carrera, ha empezado bien.
Marcus soltó una maldición, y Lexa le dedicó una sonrisa.
—Sin embargo, no explica la foto de Clarke y Chel… mi anterior acompañante.
—Sí, si lo que pretende es intimidarla —afirmó Reyes con indignación—. Amenazando con implicar a Clarke en algo ilegal o… desagradable, le apretaría las tuercas a usted.
—Supongo que tiene razón. —Lexa se frotó la cara con la mano libre; la otra aferraba la de Clarke, sentada a su lado en el sofá—. ¿Algo más?
Reyes y Blake cabecearon.
—Indra sigue trabajando, dice que se está acercando —comentó Marcus en un intento por infundir esperanzas. Cuando Lexa le habló de la llamada de Carlisle y de su inminente suspensión, Marcus quiso golpear algo—. Tengo algunas cosas sobre el periodista, aunque no mucho.
—¿Nos dais un rato, y luego volvemos a reunirnos para ver dónde estamos? —preguntó Clarke—. Os llamaré cuando estemos preparadas.
—Está bien —murmuró Lexa cuando sus agentes se marcharon.
—No, no lo está —repuso Clarke—. Pero lo arreglaremos.
