N/A. HOLAAAAA! ¡SÍ, ESTOY VIVA, Y SÍ, ESTO ES UNA MALDITA ACTUALIZACIÓN! XDDD Me siento pletórica de felicidad. Siento muchísimo que al final me retrasara una semana más de lo previsto, pero los exámenes ocuparon todo mi tiempo últimamente. ¡Hace 21 días que no subo capítulo! No tengo remedio, lo lamento de veras. Pero que conste que tengo excusa xD
Os agradezco infinito vuestra paciencia, así como los ánimos que me habéis mandado. La verdad es que estoy relativamente satisfecha con cómo me han ido las cosas en el instituto, y creo que no volveremos a tener interrupciones de este tipo hasta el final del fic (¡ya casi hemos acabado! :C).
Sin más dilación, os dejo con 16 páginas de Word de capítulo. El segundo más largo que he escrito nunca. Habemus boda, drama y Dramione. ¡Espero que esto sirva para compensar la tardanza! Fin de la N/A.
Sábado
Había tanta gente aguardando fuera que Draco no pudo evitar suspirar, ligeramente agobiado. Aunque siempre le habían encantado las fiestas, y pese a que las multitudes nunca habían sido una molestia para él, últimamente se sentía poco inclinado a meterse de lleno en mitad de una aglomeración humana que sabía que lo miraría con lástima o desprecio.
De no ser porque aquel era el día de su mejor amigo, lo más seguro era que ya se hubiera largado. Pero no. Tenía que quedarse. Toda esa gente no estaba allí por él, sino por Pansy y Blaise.
—Tío, mírame. ¿El pelo está bien así?
Draco se separó de la ventana y se volvió hacia Blaise, estudiándolo de arriba abajo. El joven Zabini estaba verdaderamente deslumbrante ese día con su túnica negra y blanca, aunque el nerviosismo que latía en él era tan evidente que parecía expandirse por toda la habitación.
—Tienes el pelo rapado al dos, Blaise. No creo que haya muchas más formas de llevarlo, así que sí, está bien.
Zabini sacudió la cabeza y volvió a ponerse frente al espejo de cuerpo entero al que llevaba pegado veinte minutos.
—No lo entiendes —dijo—. Todo tiene que estar perfecto. ¿No crees que las mangas de la túnica me quedan muy largas? —Draco abrió la boca para responder, pero Blaise continuó sin darle tiempo a decir una sola palabra—. Merlín, me quedan muy largas. Lo sabía. Se me engancharán a la copa en el banquete y derramaré el vino sobre el vestido de Pansy. Me matará antes de llegar a la noche de bodas. Será el matrimonio más breve de la historia mágica. Y después yo…
Draco no le dejó continuar. Lo sujetó del codo y tiró de él, obligándolo a mirarle.
—Cállate de una vez, Blaise. Todo va a salir bien, ¿vale? No seas melodramático. Se supone que hoy tiene que ser el mejor día de tu vida y todas esas moñadas.
Blaise hizo una mueca de dolor, mirando a Draco con esa expresión de cachorrito abandonado que hacía que fuera imposible ser duro con él. Draco suspiró.
—Venga, relájate, ¿quieres? Vas a casarte con Pansy. Tendréis muchos mocosos negros, blancos y de todas las tonalidades intermedias, viviréis en una gran casa lejos de vuestras madres y por las noches podréis desahogaros lo suficiente como para no comeros con los ojos cada vez que quedemos todos juntos. Será simplemente perfecto.
Blaise sonrió nerviosamente y tiró de Draco hacia sí, atrapándolo en un fuerte abrazo que casi lo dejó sin aire.
—Tío… eres el mejor amigo que podría haber tenido.
—Sí, sí —replicó Draco, zafándose como buenamente pudo—. Lo que tú digas. Pero deja las pastelerías para la noche de bodas.
Sus palabras hicieron reír a Blaise. Aunque Draco se hiciera el duro, en sus ojos había brillado por un instante la diversión y algo que casi podría haber sido calificado de cariño. Blaise le dio un empujón amistoso y se volvió una vez más hacia el espejo, en el que ahora ambos se reflejaban.
Era increíble lo poco que se parecían. Blaise era todo oscuridad, con su piel negra, su pelo corto y moreno, sus ojos terrosos y su imponente altura. A su lado, Draco parecía hecho de papel y marfil, tan pálido, con un pelo tan platinado que casi parecía blanco y con su mirada grisácea y diluida.
—Pero qué buenos estamos —sonrió Blaise, haciendo que Draco pusiera los ojos en blanco.
—En realidad, tú solo lo pareces porque mi propia belleza es contagiosa.
—Una suerte que sea tu belleza y no tu retraso mental.
La puerta de la habitación se abrió justo cuando Draco estaba a punto de atizar a Blaise. Ambos se giraron, encontrándose con Theo. Al igual que ellos, el joven Nott también se había arreglado de forma excepcional, y el negro de su túnica de gala cubriendo una camisa azul pálido hacía destacar sus ojos brillantes.
—Merlín me libre de meterte prisa, Blaise, pero como no te muevas de una vez, celebraremos tu boda bajo la luz de las estrellas. ¿Tienes intención de salir hoy o prefieres que haga saber a tus invitados que tardarás aún un par de semanas más?
—No, no, ya voy —respondió Blaise apresuradamente, recordando su propia boda de golpe. Rodeó a Theo a la velocidad del rayo y salió de la habitación, pero volvió a girarse hacia sus amigos antes de desaparecer por el pasillo—. ¿Cómo estoy?
—Horriblemente mal —dijo Draco.
—Casi pasable —terció Nott. Blaise sonrió.
—Perfecto.
Dio media vuelta y salió disparado hacia la gigantesca carpa que habían erigido en el jardín de Zabini Manor, donde los últimos rescoldos de la aristocracia del Reino Unido al completo aguardaban para presenciar la que El Profeta había calificado como "la boda del año".
—Creía que el padrino de bodas tenía que ir con el novio —comentó Theo, enarcando una ceja. Draco resopló.
—Te lo estás pasando de lujo dando órdenes a todo el mundo, ¿eh, Nott?
Theo sonrió misteriosamente y Draco puso los ojos en blanco, saliendo de la habitación tan rápido como podía sin llegar a correr.
Unos cuantos minutos después de abandonar el cuarto donde Zabini y él habían estado esperando, Draco se encontró a sí mismo junto a Blaise sobre una tarima de mármol blanco, aguardando a Pansy junto a un funcionario del Ministerio de Magia. Las chicas llegaron poco después acompañadas de Theo, quien se deslizó a un lado de la entrada de la carpa en absoluto silencio.
Draco no pudo evitar pensar en lo increíblemente guapas que se veían sus amigas. Daphne, con un vestido largo azul y el pelo rubio cayendo lacio sobre sus hombros, parecía una princesa de cuento. Pansy, por otra parte, estaba sencillamente increíble. Se había salido ligeramente de la tradición, y en lugar de usar solo tonos claros en su vestido, había optado por añadir algunos detalles en verde oscuro que, combinado con el blanco, hacía destacar sus ojos color musgo de una forma casi hipnótica.
La increíble felicidad que derrochaba la mirada de Pansy era solo comparable a la del propio Blaise, quien parecía a punto de deshacerse en pedacitos si no la besaba de una maldita vez.
Cuando las dos chicas llegaron a la tarima, Daphne se retiró discretamente hacia la izquierda, de frente a Draco, dejando entre ellos a los prometidos. Greengrass le guiñó un ojo con diversión, y él enarcó una ceja burlonamente.
No escuchó lo que el funcionario dijo, aunque sí miró de reojo la fina lluvia de estrellas que regó a Blaise y Pansy cuando el acto llegó a su punto culmen y sus vidas quedaron mágicamente entrelazadas. Oyó los aplausos como algo infinitamente lejano, y por un instante se imaginó a sí mismo ahí, solo unos centímetros más a la izquierda, en el lugar de Blaise. Casándose con una mujer. Qué soberana tontería.
Cambió el rumbo de sus pensamientos justo antes de que el nombre de cierta bruja se formulara con fuerza en su cabeza. No era el momento de fantasear con estupideces como una adolescente hormonada.
Se concentró entonces en sus amigos. En los silbidos que resonaron por toda la carpa cuando Blaise atrapó la cintura de Pansy entre sus brazos y la hizo girar en el aire antes de posarla de nuevo en el suelo y besarla. Draco arrugó la nariz y apartó la mirada, sintiéndose ligeramente incómodo ahí, a tan poca distancia de ellos.
Después, el tiempo se aceleró. En el banquete, Draco se sentó entre Daphne y Theo, con Blaise y Pansy delante. La felicidad de sus amigos era tan contagiosa que Draco acabó riendo a carcajadas, sintiendo que todo se difuminaba a medida que Blaise rellenaba una y otra vez su copa.
Su padre estaba allí, hablando con los señores Greengrass, mientras la señora Zabini se paseaba de un lado a otro asegurándose de que todo el mundo estuviera pasándoselo en grande. Margot Parkinson, por el contrario, no había aparecido, aunque Pansy no parecía ni remotamente afectada por ello.
Draco no pudo evitar notar que la bruja posaba de vez en cuando la mano sobre su vientre abultado de forma inconsciente, como una caricia protectora y dulce que casi parecía fuera de lugar en alguien tan incendiario como Pansy. En ese momento, Blaise la rodeó por los hombros y la atrajo hacia sí para besarla de nuevo, susurrándole solo Merlín sabía qué barbaridades antes de atacar de nuevo sus labios entre risas.
La realidad de que dos de sus amigos acababan de casarse e iban a tener un hijo juntos golpeó a Draco de pronto con más fuerza que antes. Dejó su copa sobre la mesa y miró en torno a sí, desconcertado por el brusco impacto entre su mente y dicha revelación.
Por supuesto, nada de eso pasó desapercibido para Daphne.
—Así que —dijo, sonriendo mientras se limpiaba cuidadosamente los labios con la servilleta de tela— esto es lo que se siente cuando tus amigos empiezan a formar familias y asentarse. Nos hacemos viejos, Draco, ¿te das cuenta? Cualquier día dejaremos de quedar para beber y trasnochar y en lugar de eso nos reuniremos para que nuestros críos jueguen juntos y nos dejen hablar tranquilos de aburridos temas de adultos.
—Todos salvo Theo. A no ser que Tylor nos sorprenda quedándose embarazado —replicó Draco con malicia. Theo, quien lo había escuchado a la perfección, intervino sin dejar de pasear su mirada por el centro de la carpa, donde Blaise y Pansy acababan de abrir un baile.
—Siempre podremos adoptar a algún niño que sea tan listo y maduro como nosotros. Ya sabes, para que sea un buen ejemplo para tus hijos, dado que contigo lo tendrán bastante difícil.
Draco estuvo a punto de responder, pero Daphne fue más rápida.
—Descartas demasiado rápido que la madre sí sea un buen ejemplo para ellos, Theo —canturreó, y él sonrió.
—Cierto. Error mío. Pero, ¿qué bruja inteligente y responsable podría llamar la atención de Draco? ¿O mejor aún, querer casarse con él?
—Empezáis a desvariar —intervino Draco, frunciendo el ceño, pero ellos continuaron hablando como si no le hubieran escuchado.
—Pues yo no lo veo tan imposible —afirmó Daphne, tratando de ignorar la mirada asesina de Draco e intentando contener la risa. Se habían quedado solos en la mesa, y el volumen de la música les permitía hablar con comodidad sin ser escuchados. Solo ellos seguían sentados. El resto de la gente estaba bailando. Todos… salvo un mago que se dirigía a ellos, aunque ninguno de los tres había reparado en él aún—. Seguro que alguna habrá.
—¿Tú crees? —le siguió el juego Theo, quien no estaba esforzándose ni un poco en permanecer serio—. ¿Y cuál piensas que es el tipo de Draco?
—Irónicamente, creo que va a romper la tradición Malfoy, porque me temo que no le gustan las rubias.
—Pues antes me gustaban, Daphne, pero cuanto más te escucho más asco les cojo.
—Concuerdo contigo. En mi opinión, le van más las morenas. Aunque el color castaño tampoco está nada mal…
—Absolutamente de acuerdo, Theo. Y rizosas, a poder ser. No muy altas. Inteligentes, para poder discutir con ellas de cosas importantes.
—Y que le saquen de sus casillas al menos un par de veces a la semana.
—Y testarudas, a juego con él.
—¿Ya erais así de gilipollas cuando nacisteis o es algo que habéis ido consiguiendo a base de práctica?
—Vamos, Draco, no te enfades —rio Daphne, posando una mano sobre su brazo con delicadeza. Él miró los finos dedos de la bruja como si pretendiera prenderles fuego con los ojos. Tras ellos, el hombre que se había aproximado a su mesa para hablar con su hijo se detuvo de golpe—. Solo estábamos bromeando. No es nuestra culpa que seas un inmaduro emocional.
—Y ahora hablando en serio —añadió Theo, girándose hacia ellos por primera vez—Todos sabemos ya que estás loco por Granger. No, déjame acabar —alzó una mano para detener la protesta que Draco estaba a punto de soltar, y sonrió cuando él se cruzó de brazos como un niño enfurruñado—. Ella también debe de sentir algo por ti, porque eres demasiado orgulloso como para seguir con una cosa así si la chica en cuestión no te corresponde ni un poco. Así que, ¿cuál es el problema? ¿Por qué seguimos fingiendo todos que la terapia es la única razón por la que volviste al IMEM?
Se hizo el silencio. Draco sintió que todo se hacía demasiado grande, o tal vez fuera él quien estaba encogiendo. En cualquier caso, notaba cómo su secreto crecía y crecía, haciéndose tan gigantesco que era imposible ya guardárselo en el bolsillo y simular que no existía.
Las miradas de Theo y Daphne, ambas azules e intensas como puñales de hielo, hicieron que Draco resoplara con frustración y se presionara los ojos. Le daba vueltas la cabeza por culpa del alcohol y, de pronto, la música le molestaba tanto que se sentía tentado de volcar la mesa y silenciarla para siempre. De silenciarlos a todos. De detener el tiempo, volver atrás y fingir que nada de eso había ocurrido.
Para su desgracia, cuando volvió a abrir los ojos, Theo y Daphne seguían ahí. Aguardando.
Draco cogió aire.
Y después lo soltó.
—Estoy jodido.
Tras él, Lucius Malfoy dio media vuelta en silencio, alejándose sin que ninguno de los tres amigos hubiera reparado en él.
Lunes
Era una mañana triste. Un amanecer pálido y lleno de polvo, sin luces claras ni cielos azules. Los primeros minutos del día se arrastraban lentos y silenciosos, grises, descoloridos.
Lucius Malfoy caminaba entre las tumbas con la sensación de ser mil años más viejo de lo que realmente era. Le pesaba cada hueso, cada centímetro de piel, cada pedazo de su alma deshecha.
El cementerio estaba tan lleno y a la vez tan vacío que quemaba. Las lápidas cubiertas de flores secas se sucedían a ambos lados del camino, pero él avanzaba sin apenas mirarlas.
Finalmente, el mausoleo de los Malfoy apareció frente a él. Lucius murmuró unas palabras y la puerta de mármol, grande y pesada, se desplazó hacia un lado con un murmullo ronco.
El mago entró y una llama mágica se prendió al fondo de la gran cámara blanca, iluminando los rincones más oscuros de aquel lugar sobrio y lujoso en el que todos los Malfoy habían sido enterrados desde su llegada al Reino Unido.
Sacudió la cabeza y respiró hondo, armándose de un valor que estaba lejos de sentir antes de echar a andar de nuevo entre las tumbas marmóreas que se sucedían en hileras, con bustos de alabastro sobre las lápidas de los cabezas de familia.
Lucius pasó de largo a su padre, Abraxas Malfoy, y se detuvo de golpe justo antes de llegar a la última tumba ocupada.
Cogió aire de golpe, brevemente, con una inspiración torpe e irregular, y alzó la vista.
Ahí estaba. Blanca, rígida, majestuosa. La tumba de su mujer.
Lucius parpadeó y se acercó un poco más, sintiendo una extraña incomprensión naciendo en su interior.
Narcissa no podía estar ahí dentro.
La placa plateada rezaba "Narcissa Elladora Malfoy", seguido de las fechas de nacimiento y muerte y de una frase absurda que Lucius releyó cuatro veces sin pestañear. "Tu marido e hijo siempre te recordarán".
No. No, Narcissa no podía estar ahí dentro.
Daba igual lo que dijera esa estúpida placa.
Cissy, su Cissy, tan delicada y tan fuerte, tan hermosa, tan mágica… ¿Atrapada en una caja de mármol?
Imposible.
Lucius sintió que se mareaba.
Apoyándose en el bastón, se sentó en el suelo.
Era tan patético y humillante que, si Abraxas pudiera salir de su tumba en ese momento, lo más seguro era que lo matara con sus propias manos. Un Malfoy hecho y derecho sentado en el suelo, temblando como un crío. ¿Pero a quién le importaba eso? Narcissa estaba muerta, y su cuerpo se deshacía en la fría oscuridad de la piedra blanca.
Lucius sintió algo arder dentro de él. Era un dolor extraño, mudo, sin nombre, que crecía y se expandía y lo llenaba todo.
Era la primera vez que iba a ese mausoleo desde que había muerto su padre, a quien jamás había visitado. Siempre había pensado que los cementerios eran una estupidez, pues todas las personas morían alguna vez y, después, sus cuerpos se pudrían. Desaparecían para siempre. No había nada bajo toda aquella tierra sobre la que la gente dejaba flores y lloraba amargamente.
Una pérdida de tiempo ridícula, en su opinión.
Pero no había nada de ridículo en estar ahí, a solo unos centímetros de su mujer, y al mismo tiempo, más lejos que nunca. No había nada de patético ni de vergonzoso ni de deshonroso en esa placa helada que tan impersonalmente anunciaba que Draco y él no la olvidarían jamás. No había nada de estúpido en la rigidez de esa tumba tan espantosa.
Lucius, que siempre se había considerado un hombre fuerte y ajeno a las triviales cursilerías en las que caen los que enferman de amor, sintió entonces cómo le sobrevenía un pensamiento absurdo: a Narcissa no le hubiera gustado la fría sobriedad de ese mausoleo. Era demasiado grande y liso, demasiado ostentoso, demasiado oscuro.
Creyó entender de pronto por qué la gente llevaba flores a las tumbas de sus seres queridos.
Y entonces, todos los pensamientos que lo habían perseguido desde que un empleado de Azkaban le había anunciado entre carcajadas burlonas la muerte de su mujer, todas las pesadillas, todos los miedos, todas las dudas que no lo dejaban dormir, se condensaron en una única súplica de dos palabras temblorosas.
—Lo siento —susurró, y su voz trémula creció y rebotó contra las lejanas paredes del mausoleo.
Era la primera vez que Lucius pedía disculpas por algo en años. Ni siquiera estaba seguro de haberse disculpado alguna vez con su mujer. Y ahora, sin embargo, eso era todo cuanto quería hacer. Decirle cuánto lo sentía. Lo mucho que se arrepentía de no haber podido estar a su lado. De no haberla protegido, de no haberla salvado. Confesarle que hubiera dado su vida por ella, y que aunque nunca hubiera sido un hombre cálido y afectuoso, la había amado. La había amado más que a ninguna otra mujer. Tanto como amaba a Draco, su hijo, de los dos. La había amado a rabiar, en silencio, desde la distancia que él mismo había impuesto entre ambos como una barrera absurda.
La había amado. Desesperadamente. Intensamente. Y la amaría hasta el día en que él mismo fuera encerrado en una tumba de mármol blanco, fría y oscura, triste, olvidada.
Le dolía. Más de lo que nunca había dolido nada. Era un dolor sordo, punzante, terrible, lleno de miedo y sombras, más aterrador que Azkaban y que los dementores, más afilado que los crucios del Señor Tenebroso, más arraigado que ninguna de sus aspiraciones a un mundo dominado por los sangre limpias.
—Draco tenía razón —jadeó, sobrecogido ante las duras revelaciones que se sucedían sin cese en su cabeza—. Fue una guerra absurda. Una guerra innecesaria. Lo perdimos todo. Y fue mi culpa. De no haber sido por mí, seguirías viva. Seguirías con nosotros. Fue mi culpa. Solo mía…
Lucius se cubrió los ojos con las manos, presionándose los párpados, sintiéndose diminuto y perdido.
Él, que si hubiera visto a algún hombre hablar con la nada como él lo estaba haciendo en ese instante se hubiera reído a carcajadas. Ahí, solo, quieto, temblando.
Narcissa, muerta.
Para siempre.
Lucius había pasado años pensando que el Señor Tenebroso era su vida. Que nada era peor que el fracaso. Que solo alcanzaría la felicidad absoluta cuando se viera a sí mismo de pie junto al gobernador irrefutable de un nuevo mundo de pureza, de poder incuestionable, de magia sin límites.
Y solo ahora que de Narcissa Malfoy no quedaban más que huesos se daba cuenta de que su verdadera vida había estado siempre a su lado. De que la felicidad lo había perseguido cada mañana, en las miradas azules de su mujer y las risas infantiles de su hijo.
Ahora, ya no quedaba nada.
Era tarde para pedir perdón, e imaginar lo que podía haber en el interior de la tumba que tenía ante sí solo servía para provocarle arcadas.
No existían ya esos cabellos largos, rubios, perfectamente cuidados. Ni la piel blanca y suave, con ese ligerísimo olor a jazmín. Ni los ojos azules, claros, transparentes como el cristal. Ni los labios finos y tibios, húmedos, increíbles. Ni la suavidad de su voz, ni la calmada sabiduría de sus palabras, ni la delicadeza de sus largos dedos.
Nada. Nada. Narcissa Malfoy se había podrido en muerte en un mausoleo cerrado mientras él se pudría en vida en una celda.
Ya no quedaba nada.
Nada.
Lucius no se dio cuenta de que estaba llorando hasta que sintió una lágrima resbalar en el interior del cuello de su túnica. Inspiró hondo, pero el aire le supo a muerte.
Y de pronto, recordó algo.
—Draco —empezó, pero su voz sonó rasgada y rota. Carraspeó antes de volver a intentarlo—. Draco… él… es un chico fuerte. Quisiera que pudieras verlo. Pero tú ya lo sabías. Siempre dijiste que sería un hombre difícil de derrotar. Creía… yo pensaba que él… se había equivocado. Que era una deshonra. Que había tomado todas las malas decisiones. Ahora sé que fui yo el que erró. Y él fue lo suficientemente listo como para observar y aprender. —Inspiró hondo, tratando de controlar el temblor de su voz. Y aunque sabía que Narcissa nunca escucharía sus palabras, no podía marcharse sin decírselo—. Está enamorado, Cissy. Enamorado de verdad. De aquella sangre sucia, Hermione Granger, la amiga de Potter. Una bruja muggle, sin ningún tipo de belleza. —Lucius rio sin humor, frotándose la cara para secar las lágrimas y despejar su mente—. La quiere. ¡La quiere! A esa vergüenza para la sociedad mágica. ¿Y qué puedo hacer yo? Es lo que desea. Draco es un hombre. Yo ya no puedo decirle qué debe hacer. Ya no puedo luchar contra eso. —Se quedó en silencio un instante, pensativo. Después, suspiró—. Me dijo que no sabía si Granger sería su Narcissa Malfoy, pero que quería intentarlo. Me hizo pensar. ¿Y si… y si estábamos equivocados, Cissy? ¿Y si una bruja muggle no es tan mala opción? Es inteligente, eso lo sabe todo el mundo, y muy diestra con la magia… Sigue siendo una locura, por supuesto. El linaje Malfoy, uno de los más puros del mundo, uno de los más impolutos, y nuestro hijo quiere mancharlo por una sangre sucia. Pero aun así… yo he fallado demasiadas veces como para ordenarle nada. Tal vez sea su turno. Quizás deba dejarle elegir. Si acierta, si lo hace bien, será el hombre feliz que quiero que sea. Y si se equivoca, será su error. Suyo y solo suyo. No de su padre. Y a lo mejor esa oportunidad para vivir su propia vida es todo cuanto nuestro hijo necesita.
Lucius se calló abruptamente, de nuevo consciente de que estaba hablando solo. Sin embargo, no se sentía todo lo estúpido que debería.
En realidad, casi se encontraba incluso mejor que antes.
Respiró profundamente de nuevo y se puso en pie con ayuda de su bastón, tras lo que miró de nuevo la tumba.
No. No, Narcissa no estaba allí. Ni allí, ni en ninguna parte.
Estaba muerta.
Pero Draco seguía vivo. Él era todo cuanto tenía ahora.
Y si algo había comprendido Lucius Malfoy en los últimos meses era que debía aprender de sus errores. Esta vez, nadie iba a apartarlo de su familia. No habría más sueños de grandeza alzando un muro entre él y su hijo. Nunca más.
Y si querer a Draco implicaba entender y aceptar que tal vez lo que su hijo deseaba no coincidía con lo que quería para él, estaba bien. Podía hacerlo.
Claro que podía.
Por Draco. Por él. Por Narcissa.
Leyó una última vez la inscripción de la placa y alzó la mano, acariciando delicadamente el mármol de la tumba. Cerró los ojos, se inclinó y depositó un único beso, levísimo, casi fantasmal, justo sobre el nombre grabado de su mujer.
—Hasta siempre, Cissy —susurró. Y en esas últimas palabras quedó comprendido todo lo que nunca le había dicho en vida. Todo lo que ella siempre había sobreentendido con solo mirarlo. Todo el amor, las disculpas, las declaraciones, la complicidad, el arrepentimiento, el dolor, la pasión. Todo.
Lucius Malfoy se enderezó y miró una última vez la tumba donde, en realidad, ya no había nada.
Rozó una vez más con las yemas de los dedos el nombre de Narcissa antes de dar media vuelta y alejarse.
Nunca más volvería a entrar en el mausoleo de la familia Malfoy.
Martes
—… y esta es la escoba más antigua del Museo. Por la edad de la madera, sabemos que tiene aproximadamente unos mil años. Como se puede observar, se trata de una escoba precaria y primitiva, que consiste en poco más que un manojo de varillas de avellano anudadas a una rama de fresno sin barnizar…
—No entiendo por qué queríais venir aquí si os sabéis de memoria la historia de cada maldita escoba —murmuró Hermione. Ron le chistó y Harry se encogió de hombros a modo de disculpa.
—Tú te has leído doscientas veces Historia de Hogwarts y nadie te dice nada —susurró con una sonrisa, pero Ron le pegó un codazo para que se callara y volvió a ponerse de puntillas para tratar de ver por encima de la aglomeración de gente.
Hermione suspiró y se cruzó de brazos, aburrida. Era el tipo de persona que adoraba visitar museos, pero desde luego, el Museo de Quidditch de Londres era uno de los pocos que le producían un efecto soporífero.
Y ya era la tercera vez que estaba allí. Harry y Ron, por su parte, debían de haber ido ya una decena de veces, y sin embargo, no parecían ni remotamente cercanos al tedio. Al contrario: se mostraban tan emocionados como lo había estado en la primera ocasión.
—Y luego os dormíais en clase de Historia de la Magiapor considerarla repetitiva —murmuró por lo bajo, recibiendo una mirada reprobatoria de un hombre canoso situado a su derecha. Hermione suspiró por milésima vez y trató de concentrarse en lo que la guía estaba explicando, pero la historia del quidditch le importaba demasiado poco como para entender realmente la mitad de lo que decía.
Y entonces, cuando el pequeño grupo estaba desplazándose hacia la siguiente vitrina guiados por la empleada del museo, Harry se detuvo de golpe, haciendo que Ron y Hermione chocaran con él.
—¿Qué pasa, Harry? —preguntó Hermione. Él se subió la manga de la camisa y reveló el brazalete azul del Cuerpo de Aurores, el cual empleaban para comunicarse entre ellos. Tenía un ligerísimo brillo, aunque Hermione sabía lo suficiente de esos artefactos como para imaginarse que lo que debía de haber alertado a Harry había sido un cambio en su temperatura.
—Creo que tenemos trabajo —dijo, mirando a Ron. Él se había enderezado de golpe igual que Harry, sin duda notando que su brazalete también se había activado.
—¿A estas horas? —protestó Hermione, alzando las cejas—. ¡Es casi de noche!
—El crimen no descansa, Hermione —canturreó Ron con voz profunda, haciendo que ella lo golpeara suavemente en el hombro—. Seguro que es una misión de rutina. Puaj. Qué aburrimiento.
—Sí, pero Sage nos matará si no nos damos prisa. Ya llegamos tarde a la misión anterior.
—¡Me llamaron cuando estaba en el cuarto de baño!
Hermione rio, divertida con la indignación de Ron, y tiró de sus amigos hacia la puerta del Museo. En cierta forma, la aliviaba poder salir de allí. Tantas escobas y fotografías mágicas mostrando vertiginosas caídas en picado empezaban a agobiarla.
—Lo siento, Hermione. Sé que te habíamos prometido cenar juntos hoy, pero…
—No te preocupes, Harry —lo interrumpió, sonriéndole con cariño—. No es culpa vuestra. Otro día será.
—Te recompensaremos con toneladas de helado. Prometido —declaró Ron.
—Sí, sí. Pero ahora marchaos. Os la vais a cargar por llegar tarde otra vez —respondió Hermione entre risas.
—¿No quieres que te acompañemos a casa? Es muy tarde —señaló Harry, cambiando el peso de una pierna a otra mientras se subía la capucha de la capa. Hermione sacudió la cabeza.
—Soy mayorcita para volver sola, no te preocupes. Y ahora, ¿queréis largaros de una buena vez?
Ellos rieron y acabaron obedeciendo. Salieron los tres del museo y los chicos se despidieron de ella, prometiendo tener cuidado y darse prisa. Hermione les dijo adiós con la mano y les vio desaparecerse unos pasos más allá, bajo la lluvia que llevaba días empapando Londres.
Cuando estuvo totalmente sola, Hermione alzó la vista. El cielo encapotado hacía que pareciera que era ya noche entrada, aunque apenas debían de ser las nueve. Llovía con ganas, y ella no tenía paraguas.
—Maldita sea —murmuró. Inspiró profundamente y salió de la entrada cubierta del Museo, sintiendo en seguida las gotas finas y frías como agujas de hielo clavarse en su piel. Se envolvió con insistencia en su gabardina y se dispuso a correr hacia su casa, pero entonces, dos figuras protegidas por sendos paraguas se interpusieron en su camino.
Hermione alzó la vista y se encontró de frente con dos caras conocidas.
Draco Malfoy y Blaise Zabini.
—Joder —rio este último—. Dos años sin verte y ya van dos veces en un mes que nos encontramos. Qué caprichoso es el destino, ¿eh, Granger?
—Zabini —saludó ella, sonrojándose ligeramente. Miró de reojo a Malfoy, que la observaba con intensidad y diversión, y murmuró—: Malfoy.
—Granger —la imitó él con cierto tono de burla, aunque se contuvo de hacer ningún comentario. Blaise soltó un largo silbido, mirándola de arriba abajo.
—Estás poniéndote guapa, ¿eh? Vas a acabar empapada.
—Olvidé el paraguas —explicó brevemente, retirándose un mechón empapado de la frente. Se sentía estúpidamente nerviosa ahí, quieta bajo la lluvia, víctima de la demoledora mirada de Malfoy. Aquella situación era demasiado extraña, demasiado formal, demasiado absurda como para estar tranquila. De pronto, sin embargo, recordó que ella era ante todo una mujer educada, y se volvió hacia Zabini—. Leí lo de tu boda en El Profeta. Enhorabuena.
Blaise sonrió ampliamente como un niño pequeño.
—Gracias, preciosa. ¿Viste las fotos? Yo aún no he tenido ocasión, pero seguro que salgo despampanante en todas.
La fanfarronería desbordante y natural del chico hizo reír a Hermione, que no pudo evitar pensar que quizás Zabini no fuera tan malo para haber sido un Slytherin.
De pronto, a Blaise se le iluminó la mirada con una nueva idea.
—Oye, Granger, realmente estás poniéndote perdida. ¿Por qué no te vienes con nosotros a tomar un par de cervezas? Hemos quedado con Theo, pero seguro que no le importará. Le caes bien. Podríais hablar de cosas de cerebritos. Ya sabes, libros y todo eso.
Hermione sintió que el agua de sus mejillas podría evaporarse. ¿Blaise Zabini acababa de sugerirle que fuera a tomar algo con Malfoy, Nott y él?
El mundo se está volviendo loco y nadie se ha acordado de avisarme.
—Ehhh… Vaya, muchas gracias, Zabini, pero no creo que… Bueno, tal vez en otra ocasión. Debo volver a casa.
—¿A casa? —intervino Malfoy, frunciendo el ceño—. ¿A pie?
—No, en alfombra mágica —respondió ella, volteando los ojos—. ¿Tú qué crees?
—Que eres idiota. ¿Has oído hablar de la aparición? Te ahorraría terminar como si acabaras de salir del Mar del Norte.
—No puedo usarla.
—¿Por alguna razón en particular?
—Mi casa tiene encantamientos protectores que impiden aparecerse en ella.
—¿Y si te apareces en algún lugar cercano?
—No.
—¿Por qué no?
—Porque no.
Blaise los miraba discutir con diversión infinita, girando la cabeza de un lado a otro como si estuviera contemplando un partido de tenis. Aunque de ese deporte, por supuesto, él no sabía nada.
Hermione, por su parte, había vuelto a enrojecer, aunque esta vez con cierta rabia. Odiaba que le sacaran el tema de la aparición. Ella era una bruja excepcional con notorias habilidades para la aparición, pero no le gustaba usarla si no era algo extremadamente necesario. Desde que le había provocado a Ron una despartición dos años atrás, se sentía muy poco inclinada a hacer uso de esa rama de la magia.
Prefería mojarse. Vaya que sí.
Pero Malfoy, por supuesto, no podía dejarlo pasar.
—Eres una cría. Y vas a coger un resfriado estupendo.
—Mala suerte para mí.
Blaise y él se miraron, y entre ellos debió de haber alguna especie de comunicación masculina que escapaba al entendimiento de Hermione, porque de pronto Zabini suspiró y asintió.
—Tranquilo, le diré a Theo que vas a tardar un rato.
Malfoy cabeceó y se despidió de Blaise con un gesto, pero antes de marcharse, el chico se giró hacia Hermione y le dedicó una sonrisa traviesa.
—Nos queda pendiente esa cerveza, Granger, no lo olvides —dijo guiñándole un ojo. Seguidamente, dio media vuelta y se fue.
—Cualquiera diría que acaba de casarse —murmuró Hermione, demasiado sorprendida por la actitud desvergonzada de Zabini como para percatarse de lo que acababa de ocurrir. Pero entonces Draco la agarró de la gabardina y tiró de ella, metiéndola bajo su paraguas y haciendo que soltara una exclamación de sorpresa—. ¿Pero qué haces?
—Impedir que mueras de una pulmonía, al parecer —respondió él con evidente sarcasmo. Sus cuerpos estaban tan cerca que Hermione podía sentir su calor a través de la ropa—. ¿Y bien, Granger? ¿Dónde vives? Dímelo rápido y vayamos de una vez, antes de que cambie de idea y te empuje al charco más cercano. Mira, ahí hay uno bien grande.
Hermione frunció el ceño y trató de separarse, pero él la tenía aún sujeta.
—No te he pedido ayuda, bastardo arrogante.
—Pero yo, en mi infinita magnificencia, te la concederé aunque seas una orgullosa. ¿Tu dirección, por favor?
Hermione bufó y se zafó de él con un fuerte tirón.
—Calle Manette, en Soho —dijo entre dientes. Malfoy resopló.
—Genial. Aquí al lado, vaya.
—Nadie te ha dicho que me acompañes. Ya me he mojado. No me va a pasar nada por seguir un rato más bajo la lluvia.
—¿Y qué clase de caballero sería yo entonces? —replicó Malfoy con evidente ironía. La acercó a sí e hizo un gesto con la cabeza para instarla a avanzar—. Andando. No tengo toda la noche.
Hermione estuvo a punto de sugerirle un lugar por el que podría meterse su estúpido paraguas, pero acabó claudicando y caminó junto a él en dirección a su casa.
Siendo práctica, aquella no era mala idea: realmente no tenía ganas de atravesar cuatro manzanas de noche y lloviendo, sola y sin nada con lo que cubrirse.
Por otra parte, sin embargo, caminar en silencio junto a Malfoy, los dos juntos bajo el mismo paraguas, era una situación demasiado extraña. Por no hablar, claro, de que parecía que Malfoy tenía toda la intención del mundo de acompañarla hasta la mismísima puerta de su casa.
Era una idea algo aterradora, la de acercar tanto a Malfoy a su mundo. Como revelarle parte de su intimidad, el pedazo más vulnerable de su alma. Su hogar, el sitio donde había crecido, la casa en la que vivía con su padre.
Su padre muggle.
Hermione cerró los ojos e inspiró hondo, tratando de serenarse. La imagen mental de Draco con su ropa oscura y su porte aristocrático delante de su casa era hilarante y terrorífica a partes iguales.
Tan concentraba iba en sus sombríos pensamientos que no se dio cuenta de que se había metido de lleno en un charco hasta que resbaló. Y por supuesto, los rápidos dedos de Malfoy la atraparon por la cintura antes de que se precipitara al suelo.
Un segundo antes estaba casi en posición horizontal sobre los adoquines empapados, y ahora se encontraba de pie entre los brazos de Malfoy, fuertemente apretada contra su pecho.
—Lo siento —susurró torpemente, sintiéndose estúpida. Ya sería lo que le faltaba, que Malfoy pensara que era una cría inútil. Él la miró enarcando una ceja.
—Fascinante, tu capacidad para mantener el equilibrio —dijo únicamente. Hermione frunció el ceño, pero no hizo ningún comentario.
Tal vez, si aquella fuera una escena de una de las novelas que tanto gustaban a Ginny, Malfoy elegiría ese momento para bajar la cabeza y cubrir los labios de la bruja con los suyos propios.
Hermione casi se sintió deseando que lo hiciera.
Estaban solos, juntos, fundidos en algo que casi podría haber sido una parodia de abrazo, con la lluvia cayendo a su alrededor y el silencio de la noche rodeándolos por todas partes. Era el momento perfecto.
Pero, por supuesto, aquello no era ninguna escena de novela romántica, y el momento pasó. Malfoy la soltó y se alisó la camisa antes de seguir caminando sin siquiera asegurarse de que ella lo seguía.
Hermione resopló y se apresuró a regresar bajo la protección del paraguas.
Ninguno de los dos dijo nada hasta que llegaron a la casa de Hermione. Ella se detuvo, nerviosa de golpe, y se giró para encarar a Malfoy como si quisiera impedirle el paso. En cierta forma, de hecho, así era: por mucho que Draco hubiera cambiado, preferiría no acercarlo más a su padre.
Él alzó una ceja y miró por encima del hombro de Hermione, evaluando la pequeña casita de los Granger con aire crítico.
—Por favor, dime que ahí es donde vive el perro y que vosotros tenéis otra casa más grande.
—No, Malfoy, es la nuestra. Imagino que para ti debe de ser sorprendente, acostumbrado como estás a necesitar mucho espacio para compartirlo con tu ego. Nosotros, sin embargo, no tenemos ese problema —replicó ella hábilmente. Malfoy bufó, pero sonrió.
—Si alguna vez sentís que os falta el aire, avísame. Seguro que podemos regalaros unode nuestros muchos terrenos. En algunos tenemos cobertizos en los que entraría dos veces tu casa.
—Impresionante —respondió ella sin ninguna emoción. Malfoy rio por lo bajo y negó levemente con la cabeza.
—Venga, entra de una vez. Tengo que volver con mis amigos.
—¿Y por qué no te vas ya? ¿Qué estás esperando, un beso de buenas noches?
Tan pronto como lo hubo dicho, Hermione se arrepintió. Algo cambió en la mirada de Draco, volviéndose brillante y llena de ideas perversas.
—Tal vez —respondió vagamente. Hermione frunció el ceño. Aquello era absurdo. La última vez había sido ella la que lo había besado. ¿Iba a convertirse eso en una especie de rutina?
Pero, claro, tampoco iba a permitir que pensara que era una cobarde.
Y después de todo, ¿a quién pretendía engañar? Malfoy no estaba afeitado esa noche, y Hermione llevaba todo el trayecto preguntándose si esos inicios de barba picarían.
Se pegó a él, se puso de puntillas y lo besó. Fue rápido, poco duradero, y cuando se separaron, la expresión de Malfoy daba a entender claramente que no había quedado satisfecho. Tras retirarle un rizo húmedo y rebelde de la frente, Malfoy se inclinó hacia ella y la besó de nuevo. Esta vez, largo e intenso. Con cierta furia. Con algo de rabia. Con sabor a lluvia y noche y dudas. Con la suavidad de Londres empapado y silencioso.
El beso llegó a su fin con una naturalidad arrolladora, sin detenciones bruscas ni alejamientos repentinos. Simplemente, acabó. Y mago y bruja se miraron a los ojos con apenas un par de centímetros de separación entre ellos.
Malfoy sonrió torcidamente.
—Buenas noches, Granger —susurró. Ella se sonrojó levemente al sentirse el blanco de semejante mirada, pero alzó la barbilla.
—Buenas noches, Malfoy. Gracias por acompañarme.
—Ha sido un placer —respondió él, aún con ese tono burlón y lleno de dobles sentidos peligrosos. Hermione dio un paso atrás, dispuesta a correr hacia la puerta de su casa. Antes de irse, sin embargo, volvió a depositar un rapidísimo beso sobre los labios del mago.
Después, entró en su casa sin volver a mirarlo.
Malfoy no se movió de allí hasta que la luz de la ventana de Granger se apagó por completo.
N/A. Ayayayay... Qué de cosas xD Son las tres de la mañana y estoy que me caigo de sueño, pero no quería dejaros un día más sin capítulo, así que seré breve en esta nota de autor. Espero de corazón que os haya gustado, porque yo disfruté un montón escribiéndolo -ya lo echaba de menos xD-.
¡En los próximos días se sabrá qué fics han sido nominados en los Amortentia Awards! Me muero de ganas de saber si YCTC ha conseguido pasar la fase de nominación, porque sé que muchos de vosotros me habéis nominado, ¡y os lo agradezco un montón!
Oh, por cierto: tengo intención de actualizar también La misma historia de siempre en el futuro cercano. Ya estoy trabajando en el siguiente capítulo ;)
¿Qué más? Ah, sí: ¡quedan solo dos reviews para llegar a los 400! ¿Llegaremos a los 500 antes de que acabe el fic? ¿Qué pensáis vosotros? ¡Ayudadme, a ver si lo conseguimos!
Un abrazo inmenso a las personitas que dejaron su comentario en el capítulo anterior:
LadyChocolateLover, MaRu-chan MKV, selene lizt, ncyG, Nuria16, PamEspaillat, Alejandra Diaz, Baruka84, crazzy76, Doristarazona, lilithamonre77, johannna, azulitaleka, Eishel Panakos, Sennyff Enel Ram, Saiine, arovgo, Carmen, Mantara, SALESIA, xaf, Parejachyca, Reichel (x2, jajajaja), CamiiBravoo, Caroone, cecy-965, Pauli Jean Malfoy y damalunaely. ¡WOW! En serio, ¿CUÁNDO HABÉIS PASADO A SER TANTÍSIMOS? Estoy tan impresionada que no sé ni qué decir. ¿Gracias? De verdad, no me lo puedo creer. ¡SOMOS UN MONTÓN, YAAAAA!
A ver, cosas: Doristarazona, ¡gracias! Pero no tengo 21 xD Tengo 17 años :)
Segundo: Saiine, ¡un millón de gracias! No sabes lo increíble que ha sido saber que te leíste el fic completo de una sentada y que te gustó tanto. He releído tu review varias veces a lo largo de estas semanas, y solo puedo decir eso: gracias. Tus palabras me animaron un montón. Algunas personas, como SALESIA, Lady, lilithamonre, xaf, Doristarazona y muchos más me dejan siempre comentarios verdaderamente impresionantes, y tú acabas de sumarte con ese review tan genial. De veras, gracias.
Y nada más. Que me voy a dormir, que me estoy muriendo. Que os quiero un montón, ¡y que hasta el próximo sábado!
PD/ Perdonad los posibles dedazos. Tengo sueño xD
PD2/ DEJA UN REVIEW SI TÚ TAMBIÉN QUIERES UN BESO BAJO LA LLUVIA CON DRACO/HERMIONE!
