Trebuchet

Fue como el momento en que llegó el mensajero de Rosalie, la llegada de un personaje que trajo un nuevo drama para distraerlos del viejo drama. Pero esta vez, Isabella descubrió que no era una artimaña de su hermana. La urgencia en los ojos de Rosalie mientras hablaba con Edward era evidente. Había problemas en camino. Ella y Emmett habían visto una gran compañía de caballeros ingleses, marchando hacia Swan.

Secuestradora y rehén aparentemente había alcanzado algún tipo de tregua, ya que habían cruzado la colina juntos, Rosalie ayudando a sostener a Emmett, quien había sido víctima de cierta misteriosa herida, aunque él insistía que era sólo un raspón. Isabella se preguntó cual sería la verdad, pero no había tiempo para un interrogatorio.

-¡Nahuel!- Isabella gritó. -Da la alarma. Reúne a los granjeros. Jared y Quil, junten el ganado.

-¡Jasper!- Edward le lanzó la llave de la armería. -Reúne a los hombres en la armería. Garrett, asegúrate que los caballos estén en los establos.

Para no ser menos, Emmett gritó,

-¡Rosalie! Busca a Alice y busca refugio con ella y las otras mujeres dentro de la fortaleza.

Pera su sorpresa, su orden fue recibida con un silencio mortal. La mirada letal de Rosalie lo perforó.

-No me des ordenes, fanfarrón de...

-¡Basta, muchacha!- dijo. -No es momento para juegos.

Ella sacudió su cabeza.

-¿No has aprendido nada? ¿Quién te tomó como rehén a punta de cuchillo? ¿Quién te defendió de los bandidos? ¿Quién salvó tu trasero inútil?

-¡Paren ustedes dos!- Edward levantó sus manos. - No tenemos tiempo para esto. Rosalie, ¿puedes preparar a los arqueros?

-Por supuesto,- respondió con desdén hacia Emmett, entonces agregó entre dientes, -si los encuentro en medio de este lío que han hecho en mi fortaleza.

-Entonces hazlo.

Emmett puso una palma sobre el pecho de Edward.

-¡Espera! No puedes permitir que ella esté sobre la muralla. Ella es... es... una mujer.

Edward sonrió maliciosamente hacia su amigo, palmeándole el hombro.

-Ella es perfectamente capaz. Confía en ella. Las mujeres Swan están echas de otro material, tu más que nadie, lo tendrías que saber ya- dijo levantando una ceja.

-¿Estás loco?- gruñó, perplejo. -No puedes permitirle...

Pero Rosalie ya había bajado la escalera.

Edward apretó el hombro de Emmett.

-Estará bien. Fue capaz de secuestrar por si sola a Emmett Mcarthy.

Sin su alegría habitual, Emmett lo miró y asintió.

Emmett Observó el lugar por donde Rosalie había desaparecido. Si Isabella no estaba equivocada podría asegurar que ese pobre hombre estaba enamorado de su secuestradora.

-¿Puedes caminar para encontrar a mi padre?- le preguntó.

Emmett, agradecido por ser útil, cumplió el pedido dirigiéndose hacia la escalera.

Mientras tanto, Alice guiaba a las mujeres y a los niños con calma y eficiencia, llevándolos a un lugar seguro dentro de la fortaleza. Cuando todos estuvieron acomodados, ella se refugió ahí también.

Nahuel llevó los últimos animales dentro del jardín. En medio del caos, nadie notó una pequeña figura deslizándose fuera de los portones. Sam los cerró y bajó las rejas, aislando a Swan del mundo exterior. Sólo entonces Isabella dio un suspiro de alivio.

-Bien, mi lady,- Edward le dijo después de que los caballeros estuvieron reunidos y armados, -¿les parece que veamos a que nos enfrentamos?

Se aventuraron hacia arriba de la muralla externa. Isabella estuvo complacida de ver que los arqueros de Rosalie estaban en su lugar, con sus arcos preparados. Uno de los guardia gritó, -¡Ahí están!

Sobre lo alto de la colina se podía ver una serie de insignias de un ejército extranjero. Fue suficiente para encender el miedo en el corazón de Isabella.

Ella tragó en seco. -Son muchos.

-Si,- dijo, con sus labios curvándose en una sonrisa maliciosa, -pero son Ingleses.

Ingleses o no, Isabella contó por lo menos cuatro docenas de caballeros a caballo y un número a pie. Esa tenía que ser la alianza de los lords ingleses que había estado aterrorizando la zona de fronteras.

-Nadie pelea contra los caballeros de Masen voluntariamente, -Edward la tranquilizó. -Una vez que sepan con quien tendrán que lidiar establecerán un sitio antes que combatir cuerpo a cuerpo.

Isabella esperaba que tuviera razón. Parecía creer firmemente en la reputación de sus caballeros. Edward estudió a los soldados aproximándose.

-Creo que sería útil hacerles creer que nosotros somos mas en número.

Isabella pensó por un momento. Entonces una inspiración le llegó.

-Usaremos a todos. Granjeros, gente de las caballerizas, de la cocina y las doncellas. Diles que se tapen las caras. A la distancia, nadie puede diferenciar a un caballero de un sirviente, a un hombre de una mujer.

Edward la miró atónito. Entonces su cara mostró una sonrisa orgullosa.

-Brillante.

Pero mientras ella le devolvía la sonrisa, un arquero de Swan gritó,

-¡Qué diablos...!- La cabeza de Edward giró hacia el afligido arquero, y siguió la mirada del hombre hacia el ejército invasor.

-¡Maldición!

Isabella miró, en el horizonte gris, cargado de nubes oscuras nubes, vio la silueta siniestra contra el cielo, una enorme estructura de madera, empujada por un par de bueyes. Parecía una torre gigante o el mascarón de un barco.

-¿Qué pasa?

La voz de Edward se hizo neutra.

-Tienen un trebuchet.

Ella pestañeó y estrechó sus ojos.

-¿Qué es un trebuchet?

Edward estaba demasiado distraído como para responderle; él comenzó a disparar ordenes.

-¡Arqueros! No hay que dejarlos usar esa maquina del demonio.

Pasó por su lado, e Isabella tuvo que correr para alcanzarlo mientras bajaba las escaleras a pasos agigantados.

-¿Tienen mas arcos?- le preguntó mientras se apresuraba a través del gran salón.

-Arcos Cruzados.

-Los necesitaremos, todos los que haya. ¿Qué hay de sulfuro para un fuego Griego?

Ella frunció el ceño. Nunca había oído hablar del fuego Griego.

-No hay sulfuro,- murmuró.

-¿Pedazos de tela que podamos humedecer con aceite?

-Si.

-Usaremos eso. Y busca velas, muchas velas.

Quería hacerle preguntas pero... ¡Maldición! Sentía la urgencia de Edward, y confiaba en su juicio. Mientras se dirigía para buscar trapos y velas, lo oyó ordenar a los caballeros de la muralla del oeste, que cada mano libre estuviera armada con un arco. Y otra vez y otra vez, entre los hombres de Masen, ella oyó susurrar la palabra "trebuchet"

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Mientras Edward iba detrás de los arqueros, lanzó una mirada al cielo. Tormenta. Las nubes cubrían el cielo ahora. Apoyó su mano en la empuñadura de su espada mientras observaba al enemigo acampar.

No había nada más excitante que un enemigo con una espada en su mano.

Si, reconoció los méritos de las otras armas: el hacha, la daga, el machete, los arcos. Pero todos carecían del espíritu de una espada de acero de Toledo. Para un guerrero como Edward, el trebuchet era una abominación, una máquina de guerra que se basaba en la fuerza bruta más que en la sutileza de la esgrima. Era una máquina para cobardes y bárbaros demasiado estúpidos como para emplear el arte de la estrategia. Usar ese tipo de máquinas era deplorable, y para nada caballeroso.

Entonces cuando sus ojos se fijaron en esa monstruosidad rodando colina abajo, una silenciosa furia comenzó a hervir dentro de él. El hecho de que los ingleses recurriesen a usar ese tipo de arma, una bestia de destrucción que devoraba todo en su camino, significaba que no tenían intención de establecer un bloqueo a la fortaleza, no habría negociaciones, ni compromisos mutuos, y posiblemente no habría prisioneros. Probablemente tenían la intención de hacer un trabajo rápido con la fortaleza, y reclamarla como propia antes que el sol se pusiese y antes que cualquier ayuda pudiese llegar.

Pero lo que mas exasperaba a Edward, y además lo hacía sentir culpable, era el hecho que a causa de que él había estado tan entusiasmado con empezar la construcción de la muralla interna, el césped que rodeaba a Swan estaba cubierto con grandes pedazos de rocas, que serían perfectos y mortales misiles para ser disparado por el trebuchet.

Los escoceses aparentemente nunca habían visto ese tipo de máquina.

Apretando la empuñadura de su ahora espada inútil, nunca la verían en acción. Pero deberían proveer los trapos mojados en aceite a los arqueros rápidamente para que pudieran prender fuego a esa máquina y de ese modo poder deshabilitarla para el combate.

Isabella emergió en la muralla, sus brazos cargados con velas, media docena de muchachos la seguían con trapos y aceite. Edward le agradeció a Dios que ella no fuera una de esas muchachas lloronas que podría distraerlo de la tarea que debía enfrentar. En verdad, era una compañera y una colaboradora excelente.

Su cara mostraba preocupación, pero el oscuro fuego en sus ojos le dijo que ella era tan temeraria y determinada como cualquiera de sus caballeros. El Orgullo le llenó el Pecho cuando la miró, orgullo y veneración... y... si... amor. Amaba a su obcecada esposa escocesa.

Deseó que hubiera tiempo para decírselo. Cuando todo esto terminase, Edward silenciosamente se juró a sí mismo, que agotaría sus oídos con palabras de amor. Pero por ahora, tenían un castillo que defender, su castillo.

Isabella estudió la torre de madera, tratando de adivinar como funcionaría.

-Es como una catapulta.

-Si, sólo que mucho mas poderosa,- dijo. -Un trebuchet puede perforar la muralla de un castillo con un solo...

Isabella empalideció. Edward se arrepintió de haber dicho esas palabras. Podía ser una administradora capaz y una guerrera valiente, pero nunca había enfrentado a una amenaza tan absoluta a su propia fortaleza.

La tomó por los hombros y la miró a los ojos.

-Escúchame, Isabella.- Entonces hizo un juramento, uno que le rogó a Dios que pudiera cumplir. -No dejaré caer a Swan.

Por un momento, una duda moró en sus ojos. Pero ella asintió, deseosa de creer en él.

-Será mejor que no,- le advirtió, su mirada dura, recordándole que debajo de su suave carne había huesos de rígido acero. Entonces sus ojos brillaron misteriosamente. - Si no le dejaremos al bebé una pila de escombros.

Edward pestañeó. Mientras se miraban uno al otro, las palabras de ella fueron comprendidas y él frunció el ceño confundido.

¿Quiso decir "nuestro bebé"? ¿Estaba ella? No, no podía ser. Era demasiado pronto.

Sin embargo, la posibilidad existía y eso le causó una secreta excitación que dejó un extraño torbellino en su corazón.

Sería una cuestión de la que hablarían mas tarde, porque ella ya había dejando su abrazo para hacer algo mas útil, distribuir velas a los arqueros. El, también, tenía otros asuntos que atender si quería cumplir su promesa.

-Empapen los trapos con el aceite y fíjenlos en las puntas,- instruyó a los caballeros. -Enciéndalas, y asegúrense que estén ardiendo antes de lanzarlas.

Rosalie asomó su cabeza.

-He puesto centinelas alrededor del perímetro,- le dijo, -en el caso que ellos traten de minar las murallas.

Edward asintió en aprobación. La hermana de Isabella podía ser impulsiva, pero era admirablemente eficiente y capaz. A pesar de ser tan apremiante la situación, a pesar de lo poco preparada que estaba la gente de Swan para la guerra, Edward comenzó a creer que podían tener una oportunidad de vencer a los ingleses, si lograban deshabilitar el trebuchet.

Entonces la primera gota de lluvia cayó sobre su mejilla.

-¡Jesús!- dijo entre dientes.

Cualquier otro día la lluvia sería bienvenida, porque el mal clima era el talón de Aquiles de los sitiadores.

Pero hoy, la lluvia podría apagar las flechas con fuego de Swan. Isabella y Sir Jasper vinieron a su lado, mirando la lluvia.

-¡Mierda! - Isabella murmuró. -Tenemos que disparar ahora.

Jasper sacudió la cabeza.

-La máquina todavía está muy lejos, fuera de nuestro alcance.

Edward se frotó el mentón, sopesando las circunstancias mientras la lluvia comenzó a descargarse.

-No podemos darnos el lujo de esperar. Si no la deshabilitamos pronto...

Isabella forzó su vista hacia las nubes en el horizonte.

- ¿Cuánto tiempo les lleva preparar la máquina?

Jasper seguía su mirada.

-No demasiado tiempo.

-¡Mierda!

-Veamos que pueden hacer los arqueros – decidió Edward.

Tenía razón. El trebuchet estaba fuera del alcance de las flechas, aún para los mejores arqueros de Masen. Las flechas de fuego cruzaron el cielo plateado, sólo para caer en el terreno húmedo, varias yardas delante de la línea de frente del ejército enemigo.

Los ingleses parecían inmunes a la lluvia. Continuaron su trabajo, empujando el trebuchet hacia adelante, protegiéndolo con una serie de escudos que formaban lo que parecía una armadura gigante. Aunque entraron dentro del alcance de los arqueros, ninguna flecha pudo penetrar la protección de acero. Aún las flechas que fortuitamente fueron a dar a la parte alta del trebuchet pronto se apagaron debido a la lluvia.

Mirando al cruel cielo, Edward comenzó a preguntarse si Dios sería Inglés.

En una celda subterránea de la fortaleza, Alice hizo callar a los niños y a sus madres, siempre vigilante a los sonidos de batalla. Siempre y cuando las murallas externas resistieran, ella sabía, estarían seguros. Y si Sue Li había logrado salir por el portón de entrada, la ayuda llegaría ese día.

Mientras tanto, haría lo que Sue Li le había aconsejado y estaba atenta a los sonidos de invasión, porque si el asedio se convertía en un ataque a gran escala, si la seguridad de Swan era quebrada, ella sería forzada a revelar uno de los secretas más guardados del castillo.

Si eso fallaba, Alice tenía otra opción. Ella miró a la pequeña colección de armas que había puesto en un rincón de la celda.

Si necesitaba entrar en combate, no dudaría en usarlas. Tendría que dar un montón de explicaciones mas tarde, pero al menos viviría para hacerlo.

En lo alto de la muralla ahora con su armadura, Rosalie pasó al lado de los arqueros que había estacionado a lo largo de la muralla. Hasta el momento, pensó, los ingleses estaban focalizados en el lado oeste del castillo, pero eso podía cambiar en cualquier momento. Era esencial que los arqueros estuvieran atentos a pequeñas bandas de soldados que podrían atacar por esa zona.

Sonrió con satisfacción cuando miró a la fila de centinelas atentos. Al menos estos hombres no contradecían cada una de sus ordenes, como el Normando cabeza dura que ella había tomado cautivo en los últimos días.

Se mordió el labio, imaginándose qué habría sido de Emmett. Esperaba, después de todo, que no hiciera nada estúpido exponiéndose a sí mismo a ser matado.

Emmett era muy audaz, creía que podía ordenarla a ella que se quedara en la fortaleza junto con las otras mujeres. ¿No había aprendido nada sobre ella en esos días?

¿No se había dado cuenta que no era como las otras muchachas, sino una Doncella Guerrera de Swan? ¿No podía aceptar que valía tanto como cualquier guerrero hombre?

Emmett Mcarthy tenía mucho que aprender sobre Rosalie de Swan. Deseó que él viviera lo suficiente para enterarse quien era ella.

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Emmett hizo una mueca cuando un dolor agudo le tomó el muslo. El sudor empapaba sus cejas mientras ascendía los escalones de la muralla externa de la torre oeste, apoyándose pesadamente contra las piedras. Aún no había encontrado al padre de Rosalie, pero a ese paso de tortuga al que estaba forzado, el viejo posiblemente se alejaba de él a cada segundo. Emmett no era el hombre para esa tarea, no con su pierna en ese estado. Pero en ese momento estaba agradecido por esa distracción, porque en todo lo que podía pensar era en Rosalie y su obcecada insistencia de participar en la batalla.

¡Dios! , ella era una muchacha de armas tomar. Una vez que se ponía un objetivo no había peligro, razonamiento y ni siquiera un Dios, que la desviase de él. Así había sido cuando lo secuestró a él. No importaba cuanto hubiera intentado razonar con ella, cuanto le hubiera asegurado que su hermana no sufriría en manos de Edward, ni lo duro que sería el castigo por ese secuestro, ella insistía en su plan de pedir un recate por él. Aún cuando le aseguró que sería perdonada si ellos volvían al castillo, ella no lo escuchaba.

Pero, debía reconocerlo, su tenacidad le había salvado la vida. Ella había sido muy valiente al enfrentar al peligro. En verdad, habría muerto desangrado si no hubiera sido por la férrea determinación de ella de mantenerlo como rehén.

¿Pero, esto? Esto era diferente. Había un ejército entero ahí afuera, y no importa lo invencible ella se creyese, su carne era tan mortal como la del resto de los hombres. Mortal y vulnerable y... tan suave como la seda fina.

Arrugó la ceja, maldiciendo los recuerdos lujuriosos que lo acechaban a cada segundo. No amaba a la muchacha, se dijo a sí mismo, sin importar lo que había sucedido la noche anterior. Ella era divertida, si, y atractiva. Deseable. Y fascinante. Pero era problemática. Además, Si ella continuaba viviendo tan peligrosamente, sin cuidado por su propia seguridad, no sobreviviría al asedio de los ingleses.

Se tambaleó contra la pared, otra oleada de dolor lo atacó. Esta, sin embargo, no le perforó la pierna, sino el corazón.

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Directamente por encima de Emmett, en lo alto de la muralla externa del castillo, el Lord de Swan escuchaba a su amada Renée. Ella lo estaba llamando, pidiéndole ayuda. Un sollozo ahogó su garganta, y lagrimas rodaron por sus mejillas, porque no importaba por donde la buscara, no podía encontrarla.

-Renée, mi amor,- llamó, su voz desesperada.

El sonido pareció envolverlo, viniendo de todos lados. Giró lentamente una y otra vez, pero sólo veía piedras grises. Se sintió desamparado, tan desamparado. Se tiró el cabello frustrado, esforzándose por oír, pero ahora sólo parecía que la lluvia murmurando sobre el parapeto de piedra.

Se asomó por el parapeto, un ejército se había reunido. No eran soldados de Swan, ni eran los caballeros del normando. Miró a la extraña compañía con cierta indiferencia, como si observara las preparaciones para la fiesta de Navidad. Tenían una cosa enorme de madera, observó, parecía un juguete gigante. Entonces vio que varios hombres elevaban un gran pedazo de roca sobre la plataforma que sostenía al gigante.

Como llevadas por la mano de Thor, una lluvia de flechas de fuego súbitamente descendieron de los cielos. Pero las llamas instantáneamente se apagaron, ahogadas por un chaparrón.

Entonces, el gigante de madera se estremeció con tanta violencia y velocidad que él apenas vislumbró brevemente el misil catapultado hacia él. La roca dio en la torre, impactando con fuerza, y una ominosa brecha, abrió las piedras debajo de él, dejándolo de rodillas.

Las rocas a su alrededor rugieron y se precipitaron. Ante sus ojos, la mitad de la torre oeste se derrumbó. Un viento húmedo le voló el cabello y golpeó en su cara, mientras sus ojos se esforzaban por abrirse luchando contra un brillo intenso que venía del cielo.

Debió haber disgustado a los dioses. La devastación a su alrededor era seguramente obra del martillo de Thor.

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La mano de Isabella se tensó sobre la piedra húmeda del parapeto mientras observaba el derrumbamiento de la torre oeste. Su corazón se detuvo, y no pudo llevar aire a sus pulmones. Miró el trebuchet que se sacudía con increíble fuerza. Nunca había imaginado la destrucción que podía causar. A su alrededor, los hombres de Swan estaban quietos sumidos en el silencio, apretando sus arcos, sus nudillos estaban blanco por la tensión, aunque tales armas ahora parecían tan inútiles como una pluma enfrentado una espada.

Por primera vez en su vida, miedo y duda la hicieron sudar como nuca. Estos no eran meros mortales con espadas, ellos peleaban con un monstruo forjado por Lucifer. ¿Cómo podían esperar triunfar contra semejante máquina?

Entonces miró hacia Edward, quien observaba al enemigo con ferocidad y apretaba su mandíbula. No estaban vencidos. Muy lejos de eso. Edward de Masen no se rendiría. Nunca rendirse. Aunque ese maldito trebuchet le lanzara una roca directamente a su propio vientre, moriría enfrentando a los ingleses con un puño levantado y una mirada desafiante.

¿Cómo podía ser ella menos valiente?

Inspirada por Edward, Isabella de Swan enderezó su espalda y tensó sus nervios, aflojando su asimiento al borde de la pared y cerrando el puño alrededor de la empuñadura de su nueva espada.

-¡Paren el fuego!- gritó a los arqueros.

Los ingleses se prepararon para atacar otra vez. Los soldados se mantenían en sus posiciones. No necesitaban avanzar a pie, no cuando poseían un arma tan formidable. Isabella estudió su posición y la trayectoria del trebuchet.

-¿Apuntaran a la misma torre?- preguntó bajo la lluvia.

Jasper asintió. -Si, para hacer un punto de entrada.

-Bien... Un solo punto de entrada es fácil de defender. Moveremos los soldados ahí.

- Será fácil,- Edward concordó muy serio, -a menos que ellos muevan el trebuchet.

Ella bajó las cejas. -Entonces matémoslos mientras podamos.

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Ohh pobre Charlie, ¿y que secreto guardará Alice con tanto ahínco? ¿Qué habrá pasado entre Rosalie y Emmett?jejeje, todo esto y más en el prox. Cap. Un bsote.