NOTA: querían saber qué pasa con el Daisuga? Pues... no xD jajaja En el cap del domingo, promesa :3 me enredé con ese cap y preferí subir algo ligerito en el intermedio. Espero que lo enjoyen (?) igual xD y porque soy rebelde actualizo a estas deshoras del señor (?) Saludos y love para todos!


Meanwhile in Tokyo…

CAPÍTULO 25

La alarma del celular comenzó a sonar a todo volumen a las ocho de la mañana.

"If you wanna be my lover, you gotta get with my friends… make it last forever, frienship never ends", cantaban las Spice Girls desde el celular.

Kuroo gruñó entre sueños, maldiciendo a Oikawa por haberle cambiado el tono de la alarma. Estaba boca abajo en la cama, con la cabeza tapada por las almohadas como solía dormir siempre; levantó con desgana un brazo para apagar el sonido, pero en cambio golpeó el aparato, que cayó al suelo lejos de su alcance.

—Kenma… —dijo entonces, tratando de despertarse.

Por toda respuesta obtuvo un murmullo adormilado. Kenma dormía plácidamente con la mitad de su cuerpo recargado sobre la espalda desnuda de Kuroo.

—Hora de levantarse —insistió Kuroo, rodando de costado para que el chico se deslizara hacia el colchón. Kenma cayó sobre las sábanas sin abrir los ojos, solo atinó entre sueños a arrimarse de nuevo al cuerpo de su compañero, aovillándose a su lado.

Hacía casi una semana que estaban solos en el departamento, pues Bokuto había vuelto a su hogar familiar durante las vacaciones, sobre todo porque le quedaba más cerca para visitar a Akaashi. Kuroo, por su parte, había permanecido en el departamento que compartían porque había tomado el puesto de asistente de laboratorio de un grupo de investigación, y le quedaba mucho más cercano a la universidad que su propio hogar. Así pues, le había propuesto a Kenma que se quedara con él durante esas semanas, y el chico había aceptado.

Tenían una rutina diaria muy parecida a sus días de preparatoria, cuando se veían por la tarde, en casa de uno u otro, estudiaban juntos y jugaban a algo, compartían charlas irrelevantes o silencios plácidos. La diferencia era que ahora estaban solos y podían tener sus momentos de intimidad sin esconderse, en el momento que les viniera en gana. A estas alturas Kuroo tenía buena parte de la espalda llena de rasguños, y Kenma llevaba varias marcas de besos por debajo de la clavícula.

"So tell me what you want, what you really really want. I'll tell you what I want, what I really really want… " seguían cantando las Spice Girls a todo pulmón.

Kuroo gruñó una vez más y sacó medio cuerpo fuera de la cama, para estirarse hasta el celular y por fin apagar la jodida canción. Sin darse cuenta arrastró con él a Kenma, quien se deslizó de costado y cayó al suelo.

—¿Estás bien? —le preguntó Kuroo, apurándose a levantarlo. Kenma seguía durmiendo.— Agh, eres increíble… —le lamió descaradamente un ojo y el chico se despertó sobresaltado.— Mucho mejor.

—¿Q-qué… ? —musitó Kenma, restregándose el párpado mojado.

—Hora de levantarse —anunció Kuroo.

Kenma se incorporó asintiendo bastante desorientado, mientras se tapaba la vista ante la luz que se filtraba entre las cortinas de la ventana. Era una muy cálida mañana de verano, que ya anunciaba el agobiante calor que los acecharía durante la jornada.

A pesar del intenso verano en Tokio, sofocante incluso por las noches, Kuroo no dejaba que Kenma durmiera en el futón de invitado. Antes muerto que desaprovechar los días que podía pasar durmiendo pegado a él.

—¿No era hora de levantarse? —murmuró Kenma al sentir que el otro chico le apartaba el cabello de la nuca, para comenzar a depositar besos en la piel de esa zona.

—Ya estoy levantado —hizo un gesto hacia la parte baja de su cuerpo.

Kenma murmuró algo indefinido entre dientes, entonces optó por reclinarse contra el pecho de Kuroo y seguir durmiendo.

—Maldito flojo —se rió Kuroo, abrazándolo con fuerza hasta el punto que Kenma comenzó a patalear por oxígeno.— Muy bien, ve a ducharte mientras preparo el desayuno.

—Solo unos minutos más… —musitó el otro chico, tratando de volver a acurrucarse en el colchón.

—Si no te levantas de esa cama ahora mismo —le advirtió Kuroo desde la puerta—, no te dejaré salir de ella durante todo el día. Y no dormirás, precisamente.

Kenma bufó con descontento, pero le hizo caso. Quince minutos después aparecía en la cocina, ya duchado y vestido, al tiempo que Kuroo servía el desayuno. Comieron casi en silencio, como todos los días a esa hora de la mañana, pues a Kenma le llevaba un buen rato que las neuronas se deshicieran de la neblina del sueño, al menos lo suficiente para hilvanar respuestas que no fueran "Hum…", "Mmh…" ó "Ehhh…".

Cuando por fin terminaron de desayunar, tocaba el turno de Kuroo para ducharse antes de irse a la universidad. Además ya era hora de que Kenma se marchara, pues aquel día le había prometido a Hinata que lo guiaría a él y unos amigos por Tokio. El chico estaba en la ciudad junto con el resto de su equipo por el campamento de entrenamiento, y como recompensa les habían dejado una jornada libre para que disfrutaran a su gusto.

—¿Llevas el cargador de repuesto? —le preguntó Kuroo mientras lo seguía hasta la puerta de entrada.

—Sí —asintió Kenma.

Como su celular solía quedarse sin batería, y él solía perderse a menudo, incluso en su propia ciudad, Kuroo había tomado la precaución de acostumbrarlo a que llevara dos cargadores portátiles de repuesto (uno solo no alcanzaría, porque sabía que se lo gastaría jugando).

—¿Recuerdas el recorrido que hablamos? —insistió Kuroo.

—Sí, lo tengo aquí —Kenma señaló el celular, donde había apuntado el itinerario del recorrido ideal por Tokio para mostrarle los lugares más interesantes a Hinata y sus amigos, y no terminar perdidos en el proceso.

—¿Llevas suficiente dinero?

—Sí, mamá… —repuso cansinamente, mientras se calzaba las zapatillas y abría la puerta para marcharse.

—¿No te olvidas de algo?

—¿Mmh?

Kuroo se apoyó en el marco de la puerta, y cuando Kenma levantó la vista hacia él con gesto inquisitivo, inclinó la cabeza para besarlo. Fue solo un tierno beso de despedida, pero Kuroo se las arregló para pasear su lengua por el interior de la boca de Kenma, saboreando.

—Así me recuerdas —sonrió al volver a erguirse—, aunque andes emocionado por ahí con el enano.

Kenma permaneció en silencio unos segundos, sin marcharse todavía. Justo cuando Kuroo se apartó del marco de la puerta para entrar a ducharse, el chico le tomó el rostro con las manos y lo giró hacia sí mismo, poniéndose en puntillas de pie para besarlo él esta vez. No fue un beso tierno, si no la clase de besos que desata toda una reacción en cadena. No obstante, en cuanto Kuroo quiso atraparlo entre sus brazos para llevárselo de vuelta a la habitación, Kenma se apartó.

—Así me recuerdas —usó sus mismas palabras, con las mejillas acaloradas y desviando la vista—, aunque veas a Tsukishima por ahí.

Y se marchó a paso apresurado, dejando a un desconcertado y excitado Kuroo parado en la puerta del departamento.

En otra parte de la región, Bokuto caminaba a paso alegre en dirección a la casa de Akaashi. Tras insistir durante cinco días seguidos sobre ir de cita a un parque de diversiones, Bokuto había logrado que Akaashi aceptara su propuesta. Kotaro nunca había tenido una cita, ni en un parque ni en ninguna parte, y quería vivir esas experiencias.

En cuanto llegó a la casa de Akaashi y traspasó la reja del patio delantero, Bokuto quedó de piedra. Sentado en los escalones de la entrada, se encontraba un Akaashi en miniatura, que lo miró con su carita seria.

—¡AGAAAASHEEEEEE! —gritó Bokuto, corriendo a tomarlo en brazos para observarlo de cerca.— ¿QUIÉN TE HIZO ESTO? ¿CÓMO TE ACHICARON? —lo levantó en alto, contemplándolo muy preocupado desde todos lo ángulos; entonces lo abrazó estrechamente.— No importa, Akaashi, lo solucionaremos, lo prometo.

En ese momento un objeto de plástico golpeó a Bokuto en la cabeza.

—¡Deje a mi hermanito! —chilló una voz infantil desde abajo.— ¡Tío Akaaaaashiiiii, un secuestradooor!

Bokuto bajó la vista hacia una figura pequeña enfundada en un disfraz de Batman; por debajo de la capucha le sobresalían dos coletas, por lo que supuso se trataría de una niña. La chiquilla tomó de nuevo el bumerán que acababa de lanzarle por la cabeza, y se lo clavó en una rodilla.

—¿Chizu-chan? —dijo Akaashi apareciendo a toda velocidad desde el lateral de la casa.

—¡Secuestradoooor! —seguía gritando la niña, pegándole a Bokuto con su arma de plástico.— ¡Te castigaré en nombre de la Justicia!

—Es mi amigo, Chizuru —le advirtió Akaashi, acercándose para apartar a la pequeña con calma.— Bokuto-san, perdona, te estaba por llamar.

—¿Akaashi? —Bokuto los miraba de forma intermitente a él y al pequeño que sostenía en los brazos.— ¡UN MINI CLON!

—Es el hijo de una prima.

—¡Pues parece hijo tuyo! —Bokuto dejó al niño en el suelo, que corrió a esconderse detrás de las piernas de Akaashi, y desde allí lo miraba con su carita seria. Era como ver dos versiones de la misma persona.

Al final pasaron al interior de la casa, y Akaashi le pidió disculpas porque no podrían salir de cita aquel día. Una pariente tenía algunos problemas urgentes y necesitaba que le cuidaran los niños durante el fin de semana; la madre de Akaashi accedió a ello sin inconvenientes, aún sabiendo que ella misma no estaría en toda la semana en Tokio, mucho menos en su casa, al igual que su marido, pues ambos eran viajantes de negocios. Pero contaba con que su propio hijo se hiciera cargo del tema, y ni siquiera le había avisado hasta último momento. Así pues, tendría que cuidar a Chizuru, de cinco años, y a Hayato, de tres, durante algunos días.

—Lo siento, Bokuto-san, podemos ir el próximo fin de semana —dijo Akaashi, volviendo al comedor con dos vasos de té helado.— ¿Bokuto-san?

Bokuto estaba sentado en el suelo, mientras Chizuru le ponía unos broches con formas de frutillas en el pelo, después de haberle maquillado la cara con sus pinturitas. La pequeña había abandonado rápidamente las acusaciones de secuestro cuando descubrió un modelo en potencia.

—¡Ya estás listo para la cita con el tío Akaashi! —sonrió la pequeña, que aún vestía el disfraz de Batman.

—¿Qué tal me veo? —Bokuto y la niña miraron al otro chico en busca de su opinión.

—Ehh… Aquí está tu té helado.

—¡Akaaaaashi!

—¡Es que te faltan estrellas! —Chizuru comenzó a ponerle pegatinas brillantes en la frente.

El pequeño Hayato, a quien la familia apodaba Momo por su fijación con lo duraznos (así se les llama en japonés), permanecía sentado en un sillón, comiendo trocitos de la fruta en cuestión. Era muy calmado para su corta edad y casi no hablaba, tan solo emitía las palabras justas si quería algo.

—¿Quieres ir al parque, Momo-chan? —le dijo Bokuto al pequeño, sentándose a su lado. El niño lo miró un momento, como pensativo, y luego le ofreció un trozo de durazno de su plato.— Tomaré eso como un sí.

—¡Sí, parqueeee! —exclamó Chizuru y de un salto se sentó sobre las piernas de Kotaro.

Akaashi suspiró. A penas cinco minutos que estuvo en la cocina, y su sobrina ya sabía sobre su cita y se aliaba con Bokuto como si lo conociera de toda la vida. No podía dejar a los niños solos ni un momento; y ese "niños" incluía a Bokuto.

—No podemos ir al parque de atracciones con ellos, Bokuto-san, son muy pequeños —replicó Akaashi mientras tomaba asiento.

—¡Pero podemos llevarlos a la tienda de juegos del centro comercial! —propuso el otro chico con expresión chispeante.— ¡Todos los juegos que hay allí son para niños!

—Pensé que tenías ganas de que nosotros nos subiéramos a los juegos.

—¡Mira esta carita! —Bokuto señaló a Momo, que seguía saboreando los trocitos de durazno con expresión circunspecta.— ¡Verlo subido en el trencito será como verte a ti allí arriba! —le sonrió al niño, quien lo contempló a su vez sin perder la calma, y sin devolverle la sonrisa.

Por último Akaashi tuvo que ceder y así los cuatro se dirigieron al centro comercial, específicamente a un complejo lleno de tiendas dedicadas al entretenimiento infantil. Estaba repleto de niños de todas las edades acompañados por sus familiares, el bullicio resultaba caótico. Akaashi les dio estrictas instrucciones a sus dos sobrinitos en caso de que se perdieran (sobre todo Chizu, porque Momo iba en sus brazos). Pero olvidó darle las mismas instrucciones a Bokuto, y al poco rato lo habían perdido entre el gentío.

—¿Y el tío Bokuto? —preguntó Chizuru, estirando la cabeza como si desde su corta estatura pudiese avistar algo.— ¿Lo secuestró un hombre malo?

—No, pronto aparecerá…

No obstante, tras otros veinte minutos de infructuosa espera durante la cual Bokuto no solo no aparecía, si no que tampoco atendía el celular, Akaashi no tuvo más remedio que dirigirse a la mesa de informes para pedir que lo llamaran por los alto parlantes. Antes de hacer el anuncio le preguntaron por algunos rasgos del sujeto extraviado.

—¿Qué edad tiene el niño perdido? —quiso saber el empleado.

Akaashi mantuvo el gesto impasible.

—Diecinueve años —repuso entonces. En verdad Bokuto recién los cumpliría en Septiembre, pero no faltaba tanto.

El otro hombre pareció un poco desconcertado, pero hizo el llamado por los alto parlantes de todas formas. A los tres minutos Bokuto llegaba corriendo.

—¡Akaaasheeeeee!

—Muchas gracias —le dijo Keiji al empleado, quien se había convencido de que el muchacho extraviado de diecinueve años podría tener alguna afección de retraso madurativo. Sin embargo, Bokuto parecía un chico completamente sano; aunque al verlo abrazándose como alma en pena a su amigo por haberlo perdido durante media hora, el hombre no estuvo seguro de haberse equivocado o no.

Entonces Akaashi y Bokuto llevaron a los pequeños a montarse en algunas de las atracciones. Bokuto le sacaba fotos a Momo desde todos los ángulos.

—¡Mira la cámara, Mini-Akaashi! —le decía al niño, pero el chico salía en todas las fotos con la misma expresión. Bokuto comenzaba a adorarlo.

Pasado el mediodía, de camino al local de comida donde almorzarían, los dos niños se entusiasmaron con los globos que ofrecía un tipo disfrazado de mapache. Akaashi le compró un globo a cada uno, y cuando iba a retomar el rumbo hacia el local de comida, reparó en la expresión anhelante de Bokuto, que observaba fijamente un globo con forma de hamburguesa con ojos. Suspiró resignado y le regaló el maldito globo.

Después de comer llevaron a Chizuru a los videojuegos y Akaashi se quedó con Momo en un banco, pues el niño estaba soñoliento. Bokuto acompañó a la niña a jugar, hasta que en un momento de distracción, la pequeña terminó peleándose con tres chicos de su edad.

—¡No puedes ir de Batman! —le reclamaba uno de los niños, pues ella todavía llevaba puesto el disfraz.— ¡Eres una chica!

—¡Puedo hacer lo que quiera! ¡Ñeeeeh! —Chizu le sacó la lengua.

—¡No, no puedes! ¡Y eres fea!

Bokuto se puso nervioso, sin saber qué hacer, y miró en dirección a Akaashi. El muchacho estaba sentado lejos, leyendo algo en el celular mientras Momo dormía sentado en su falda.

—¡Bumerán de la Justiciaaaaa!

Supuso que era momento de interceder.

—¡Hey, hey, HEY! —dijo en tono alegre, llegando a pararse entre medio de los chicos y Chizuru, que ya le había lanzado el bumerán por la cabeza a uno de ellos; el niño tenía los ojos llorosos.— No hay que pelearse… —el bumerán voló de nuevo pero en dirección a la niña.— ¡Hey!

—¡Es culpa de ella!

—¡No hice nada!

—¡Quieres ser Batman y no puedes!

—¡Si puedo!

—¡Dígale que no puede! —los niños miraron a Bokuto en busca de su veredicto.

El muchacho carraspeó y puso tono importante.

—Con esfuerzo se puede ser lo que uno quiera.

—¡JA! —rió Chizuru.

—¡No es verdad! —denegó un niño, señalando a Bokuto.— ¿Usted es lo que siempre quiso?

Quince minutos más tarde, Bokuto llegó junto a Akaashi y se dejó caer en el banco a su lado.

—¿Bokuto-san? —dijo Akaashi al verlo apoyar los codos en las rodillas y hundir el rostro entre las manos. Como no obtuvo respuesta, miró a Chizuru con gesto interrogativo.

—No es lo que quería ser —aclaró la niña.

—¿Lo que quer…?

—¡YO QUERÍA SER UNA NUBE! —lloriqueó Bokuto entonces.— ¡Desde chiquito! ¡Volar por el cielo y ser esponjosito! ¡Pero no se puedeee! —se apoyó sobre el hombro de Akaashi y le dio rienda suelta a su súbita depresión.

Akaashi tomó aquello como señal para regresar a la casa. Después de la cena Akaashi bañó a Momo, y cuando volvió al comedor, Chizuru y Bokuto miraban la lucha libre en la televisión.

—¡ACABA CON ÉL! —chillaba la niña, saltando en el sillón.

—¡HEY, HEY, HEEEY! —bramó Bokuto cuando el luchador que apoyaban hizo un último y espectacular movimiento.

—Chizuru, es tu turno en el baño, vamos —dijo Akaashi mientras dejaba al niño en el sillón.— Cuídalo un momento, por favor, Bokuto-san.

—¡Claro!

Un rato más tarde Akaashi volvía al comedor junto con la niña, ya bañada y en pijama. Bokuto seguía mirando televisión, pero había cambiado el canal por Momo.

—¡ZORRO, NO TE LO LLEVES! —gritaba el muchacho desesperado frente al televisor, y el niño le daba palmaditas en la rodilla con una expresión que parecía decir: "Tranquilo, es solo un dibujo animado".

Akaashi llevó a los niños a acostarse en la habitación de invitados y Chizuru le pidió que les leyera un cuento, pues Momo no se dormía si no le leían algo. Sin embargo, cuando Akaashi terminó de narrarles un breve cuento que sacó de Internet, el que roncaba estruendosamente era Bokuto. El pequeño Momo se levantó y le puso su mantita encima. Finalmente Akaashi logró que los niños se durmieran y despertó a Bokuto para que fuera con él.

—Oh, mira la hora que es —bostezó Bokuto observando su celular.— Debo irme a casa.

—Puedes quedarte —sugirió Akaashi. Que el otro chico pasara la noche allí era la idea original.

—Oh, sí, pero no podremos… ya sabes…

Se miraron unos instantes en un silencio insinuante.

—Podemos si mantenemos la voz baja —opinó Akaashi.

Sin embargo, en cuanto Keiji llegó a la habitación luego de ducharse, Bokuto roncaba profundamente una vez más. Suspiró, resignado. Había sido un largo día y en verdad era mejor descansar. Por la mañana cuando Akaashi despertó, descubrió que Bokuto había tenido visitas nocturnas en su futón de invitado: Chizuru dormía atravesada sobre su estómago, y Momo estaba acurrucado bajo su brazo.

Así pasó el fin de semana, entre dibujos animados, lucha libre y toneladas de durazno. La noche anterior a que los niños se marcharan, Bokuto y Akaashi, exhaustos después de haber logrado bañarlos y hacerlos dormir, miraban la televisión en el comedor, abrazados. En un momento llegó un mensaje de grupo al celular de Bokuto, y el chico puso gesto triste.

—¿Qué sucede? —preguntó Akaashi.

—La familia de Daichi se enteró de su relación con Suga y no lo aprueban —le explicó, enseñándole el texto.

Akaashi no cambió la expresión.

—Ya veo…

Ambos permanecieron en un silencio pensativo un rato.

—Supongo que también pasaremos por eso algún día —comentó Akaashi entonces.

—¿Por qué? —preguntó Bokuto con los ojos muy abiertos.— ¿Tu familia no nos aprobará?

—Ellos ya saben sobre mis preferencias —repuso en tono suave.— Me refería a tus padres…

—¡Ah! —Bokuto agitó una mano.— No pasa nada, ya les conté de ti.

Akaashi quedó estático un momento.

—¿Cuándo?

—Mmmh… ¿por la época en que te regalé el Anillo Único? —señaló la cadena que se veía alrededor del cuello de Akaashi, donde colgaba el anillo en cuestión, oculto por la sudadera.

—Hace casi un año de eso —fue exactamente para el cumpleaños anterior de Bokuto.

—¡Exacto!

—Y… ¿qué te dijeron?

—Mi mamá sigue preguntándome si es cierto que encontré alguien que me soporte, o si es un invento de mi imaginación —sonrió ampliamente.

—¿En… serio?

El otro chico asintió enérgicamente, sin dejar de sonreír.

—¿Y tu padre? —preguntó Akaashi con cautela.

La expresión de Bokuto se ensombreció y apartó la vista, sin decir nada.

—¿Bokuto-san? —no hubo respuesta.— Lo siento… ¿fue muy duro?

—… Sí —asintió, incómodo.— Él no deja de insistir, pero yo no quiero hacerle caso… no voy a hacerle caso.

Akaashi le puso una mano en el hombro.

—¿No quiere que estés conmigo?

Bokuto giró muy rápido la cabeza para observarlo.

—¿Qué? ¡No! —sacudió la cabeza.— ¡Por el contrario! ¡QUIERE CONOCERTE!

Akaashi parpadeó.

—… no entiendo cuál es el problema.

—¡Que querrá acapararte! —bramó Bokuto.— ¡Siempre me recrimina que le robé a mi mamá por nueve meses! ¡Y que le quité el podio en su corazón para toda la vida! —se llevó las manos a la cabeza.— ¡Me juró venganza a los cinco años y sé que querrá acapararte como yo acaparaba a mi mamá!

El padre de Bokuto sonaba como una versión crecida de su hijo. Akaashi solo pudo sentir admiración por la madre de Kotaro, y algo de pena por la pobre mujer.

Al día siguiente llegó la madre de los niños a buscarlos. Bokuto se puso a llorar a lágrima viva en la entrada, agitando la mano para despedirlos, mientras Akaashi a su lado se sentía entre aliviado y liberado. Sin embargo, antes de subirse al auto de su mamá, el pequeño Momo volvió corriendo ante los chicos que lo habían cuidado y extendió una manito.

—Boku-tan —dijo el niño.

—¿Para mí? —preguntó Bokuto, y el chiquillo asintió. Estiró la mano para recibir el regalo y entonces el niño salió corriendo hacia el auto, donde por fin se marchó con su familia.

—¿Qué es? —inquirió Akaashi.

—Un carozo de durazno —repuso extrañado y le enseñó el objeto seco, seguramente parte del montón de esa fruta que el niño había comida durante esos días.

Akaashi sonrió.

—Te regaló un corazón de durazno.

Un corazón de momo.

Y Bokuto empezó a lloriquear de nuevo.