Disclaimer: Harry Potter y su mundo son míos y... *Tomate* Vale. No lo son. Nada de lo que puedan reconocer es mío, todos es de la Gran JK (Amén). Esto está hecho sin fines de lucro, sólo diversión propia y de ustedes.
Summary: Su básicamente inexistente "vida" es todo lo malo que puede ser una vida porque se ha convertido lentamente en un perene infierno de eterna agonía en donde el único culpable es... ¿Pues quién va a ser? Entre la esfera, su vecina, su trabajo, su familia, su jefe y Scorpius Malfoy, iba a volverse loca. Er, más loca.
Esto será editado para añadir agradecimientos decentes, lo prometo. Lamento mucho la tardanza y si está a mi alcance, no se volverá a repetir nunca jamás. Lo siento. Sin más, espero que disfruten mucho este largo, largo capítulo
Justicia Poética
(O del como el término "Justicia Poética" es sólo una forma bonita de decir "jodido karma")
–Aún no me has dicho donde estamos –señaló mirando las cajas apiladas con el ceño fruncido. Llevaba quince minutos en ese lugar y...
–¿No lo adivinas? –preguntó desde algún lugar de la casa y ella resopló, mirando alrededor a consciencia.
El color que más resaltaba en el lugar era el gris. Las sillas y las repisas eran de metal, al igual que el sostén de la mesa. El resto era complementado por estanterías y adornos de cristal. Incluso el sillón en donde estaba sentada tenía un aire de modernidad fina que la desconcertaba. Y es que todo parecía tan impersonal... era como si quién viviera allí sólo llegara a dormir o acostumbrara a viajar con frecuencia y no se preocupara demasiado por lo acogedor del lugar; lo indispensable era que sirviera de refugio.
Además, las cajas y embalajes distribuidos por la estancia le hacían pensar que quién fuera dueño de ese apartamento, acababa de mudarse.
–¿Es tu hogar? –inquirió tentativamente, temiendo equivocarse. Scorpius asomó la cabeza desde una puerta cercana y asintió.
–Sólo temporalmente –dijo, confirmando con palabras lo que ella ya llevaba rato sospechando–. Lo alquilé hace un par de meses y creí que era lo más justo que vinieras ya que he estado en tu piso muchas veces. Pensé esperar a que todo estuviera más organizado... pero como dudo que eso pase pronto, mejor temprano que tarde –volvió a entrar a donde sea que estuviera y añadió–. Me figuré que como ya no podemos ser vistos en público, necesitábamos algún sitio en dónde almorzar.
Luego de unos minutos en silencio, Rose lo observó moverse por la habitación colocando la mesa para comer y su estómago dio un rugido impaciente. Cuando todo estuvo listo, él la llamó con un gesto y ella se acercó vacilante.
–Gracias... –musitó cuando el humeante pollo horneado estuvo frente a ella y su estómago gruñó de alegría.
Cuando estaba a punto de atacar el indefenso plato con sus despiadados cubiertos, se sobresaltó cuando un elfo apareció junto a su silla e hizo una pronunciada reverencia.
–¿Qué desea beber la señorita? –dijo alegremente, encantado de tener a una invitada que atender y Rose lo miró unos segundos algo pasmada antes de contestar.
–Sólo agua, por favor –esperó a que el elfo le trajera el vaso y suspiró–. Tienes un elfo doméstico –comentó para confirmar con palabras a sus descabellados pensamientos y Scorpius rió entre dientes.
Por Merlín, ni siquiera había razón para sorprenderse. Era sólo el curso natural de las cosas, a decir verdad. En un futuro no muy lejano, ella compartiría sus días con muchos gatos y él, con muchos elfos domésticos.
Suspiró; no tenía ni idea de cual de esos futuros era más patético.
–En realidad, es idea de mi madre. Lo envió para cuidar mi alimentación –se explicó con una sonrisa y Rose asintió correspondiendo el gesto de forma ligera, sabiéndolo muy probable.
–¿Al pequeño Malfoy no le gusta comer? –preguntó burlonamente y él rodó los ojos.
–Al pequeño Scorpius no le da tiempo de cocinar –replicó alzando la ceja y ambos se observaron retadoramente antes de que Rose respingara cuando la sonrisa de él se volvió demasiado desvergonzada, decidiendo que lo más sabio era regresar su atención a la comida.
El silencio se extendió por varios minutos. Tantos, que cuando terminaron de almorzar, Rose miró su plato con fijeza, sintiéndose extraña. No era que le incomodara, pero Scorpius estaba distante y aún más raro de lo normal.
Es más, cuando ambos se dispusieron a servirse un poco más de agua al mismo tiempo y sus manos casi se rozan al tocar la jarra, Scorpius carraspeó y alejó su brazo como si ella lo fuera a quemar con su mero tacto.
Y era extraño.
Solía ser ella quién tenía ese tipo de reacciones, no él. Además, si ese roce hubiera existido, a ella no le parecería más que una coincidencia.
Y es que, bueno... él solía incordiarla con frecuencia mofándose de ella o comentando cosas tan fuera de lugar que la hacía enojar y sonrojar a partes iguales. Ahora estaba callado y tranquilo y en el tiempo que llevaban viéndose con molesta regularidad, jamás había sido así.
Sin embargo y aunque se muriera por preguntarle qué le ocurría desde aquel viernes que se vieron en la heladería, sentía que sería demasiado tonto y desubicado de su parte.
–Weasley –comenzó él removiendo de forma ausente la copa de agua. Rose dejó ambos cubiertos sobre el plato vacío y lo miró con atención–. Sobre lo que pasó en la heladería... –suspiró y clavó la vista en algún punto sobre la mesa–, tal vez es lo mejor.
–¿Qué quieres decir? –inquirió automáticamente e ignorando su propia incomodidad por el tema de esa inusual conversación.
–No sé cuánto tiempo pueda... –sacudió la cabeza levemente y la observó sin siquiera parpadear–. La cosa es que si te apetece, estaré dispuesto a olvidar esa tarde si tú también lo estás.
Bien, ¿Cómo tomarse esa afirmación? ¿Era algún intento de pedirle disculpas? No lo creía posible porque lo único que había hecho mal era no comportarse con normalidad. ¿Quizás una especie de tregua? Es decir, ella le había dado muchísimo material jugoso esa tarde. Si lo pensaba cuidadosamente, la única que podría obtener algún beneficio de ese acuerdo sería ella.
Sin embargo, era difícil pronunciar tres palabras seguidas sin tartamudear si él continuaba mirándola con tanta intensidad.
–Pues yo... sí. Claro, ¿Por qué no? –se encogió de hombros para restarle importancia al asunto y Malfoy se relajó visiblemente antes de sonreírle con algo que podría o no ser agradecimiento.
Naturalmente, se sentía inclinada a pensar que no lo era, pero estaba demasiado cansada como para pensar en eso seriamente.
Luego de unos segundos de pacífico silencio, el elfo recogió la mesa y Rose le agradeció fervientemente por su sazón, cosa que lo hizo azorarse y sonreírle abiertamente, disponiéndose a cumplir cualquier capricho que la invitada de su amo creyera conveniente. Entonces, Scorpius se levantó y desapareció por un pasillo sin siquiera decirle cuánto tardaría. Ella suspiró y recargó la cabeza en la mano derecha; le tocaba esperarlo.
–El amo Malfoy parece tenerla en la más alta estima, señorita –dijo el elfo y Rose lo miró sobresaltada, olvidándose por completo de que seguí allí.
–¿Por qué lo dices? –preguntó intentando reducir al mínimo su interés. La criatura pareció notarlo y le sonrió.
–A este hogar sólo la señora Malfoy ha logrado venir, señorita. El amo Scorpius es bastante reservado con sus cosas y no le gusta que nadie husmee en su casa. Que Monky recuerde, jamás ha traído a algún invitado especial –dijo apilando los platos y desapareciéndolos con un chasquido.
–Debe ser muy quisquilloso –aventuró imaginando lo horrible que debía ser eso de tener que someterse a las órdenes de un ser tan irritante y tirano. Sin embargo, el elfo pareció ofendido cuando lo insinuó.
–¡Señorita! ¡Por su puesto que no! –exclamó acalorándose y Rose alzó las cejas por el asombro–. El amo Malfoy es el señor más amable y generoso que existe.
–No debes salir mucho, ¿cierto? –aunque lo intentó, no logró reprimir una risilla incrédula que logró que el pequeño se ofuscara aún más.
–El amo ya me había comentado algo sobre su extraño sentido del humor, señorita, pero debe saber que es bastante compasivo y le da a Monky cualquier cosa que él considere prudente y que Monky piensa que es excesiva –replicó con fervor–. Siempre conversa con Monky cuando Monky se siente sólo y jamás ha permitido que Monky se castigue porque Monky detesta tener que vacacionar los fines de semana, señorita. El amo siempre hace reír a Monky y Monky es muy afortunado cuando le cuenta sus confidencias... y le puedo asegurar que el señorito la estima, señorita. Si el amo la quiere, entonces Monky también lo hace.
Y con esas desconcertantes palabras, le sonrió cariñosamente y se alejó hasta la cocina. Rose permaneció unos segundos analizando toda esa sarta se "Monkys" y "el amo es genial" que acababa de escuchar.
¿Malfoy era generoso y compasivo? Eso era nuevo. Sobra decir que con ella no lo era, así que dudaba que Scorpius la tuviera en algún tipo de estima. Sin embargo, siempre había creído que cuando un sirviente tenía tan buena opinión de su amo, eso hablaba muy bien de él... pero no se atrevía a seguir por ese camino, en realidad. Era demasiado escabroso y ella ya tenía una idea bastante plausible acerca de la odiosa personalidad de Malfoy, a decir verdad.
Cuando Scorpius volvió, caminó hasta el sillón en donde ella se había sentado antes de comer y miró la caja que había colocado sobre la mesa de centro.
–¿Cómo lo logras? –le preguntó una vez que ella estuvo junto a él. Rose lo miró confundida.
–¿El qué?
–Agradarle a todo el mundo... hasta mi elfo parece estar dispuesto a abandonarme si se lo pides –rió sin humor y ella se miró las manos, sintiéndose desconcertada.
–Yo... yo no le agrado a todo el mundo –replicó luego de aclararse la garganta. Por alguna razón, la sentía seca–. A ti no te agrado.
No supo por qué lo dijo. En realidad fueron palabras que salieron solas, sin demasiados miramientos de su parte. Algo que sólo pudo haber sido producto de la más pura de las sinceridades.
Scorpius clavó sus ojos grises sobre ella y cuando alzó apenas la vista, lo encontró con el ceño profundamente fruncido. Cada vez que tenía ese gesto, se veía aún más estricto e intimidante y ella sentía la necesidad de eliminar esa expresión tan adusta de su rostro. La hacía sentir pequeña y aún más idiota que de costumbre.
–Crees que no me agradas... –afirmó incrédulo y sacudió la cabeza, como si fuera demasiado disparatado para siquiera considerarlo–. ¿Qué te hace pensar eso?
–Tampoco has hecho mucho que me demuestre lo contrario –dijo indignada por su descrédito. Él se limitó a mirarla con las cejas alzadas y una sonrisa ladina.
–¿Y qué tendría que hacer? Me muero por oírlo.
–Bueno... en primer lugar, tendrías que evitar hacer eso –señaló la sonrisa de su rostro, pero él sólo la agrandó–. Y dejar de burlarte de mí y...
–Tienes muy poco sentido del humor cuando se trata de ti. Deberías aprender a reírte de ti misma –replicó y ella bufó.
–Me rio de mí misma –dijo con seguridad y él abrió mucho los ojos y alzó las cejas, fingiendo sorpresa–. Sólo que no cuando tú estás presente.
–Entonces te daré la espalda cada vez que me "burle" de ti. Cuando lo haga quiero escuchar un gran risotada, porque eres hilarante –se acercó un poco más a ella con la mirada firmemente clavada en sus ojos azules y Rose se convenció que era con toda la intención de intimidarla, así que se irguió en su asiento y sepultó la pequeña voz en su cabeza que se arrepentía de haberse sentado junto a él.
–Eres tan infantil... –suspiró negando con la cabeza y continuó–. ¿Dónde está el baño?
–Por el pasillo, la segunda puerta a la izquierda –se relajó sobre el sillón y la observó con una sonrisa satisfecha, dando la batalla verbal por ganada. Sin pensar mucho en ello, se incorporó y caminó sin volver la vista atrás hasta el baño, todo el tiempo sintiendo aquel desagradable cosquilleo en su nuca producto de su mirada.
Cuando se miró en el espejo, se encontró sonrojada y se preguntó exactamente cuanto tiempo llevaba así mientras se frotaba el rostro con agua con la intención de desaparecerlo. Respiró profundamente un par de veces a la espera de que se esfumara y su corazón, que hasta ese momento no se había percatado de que palpitaba desbocadamente contra su pecho, se ralentizó al ritmo de su respiración.
Salió convencida de que no dejaría que él volviera afectarla así y justo antes de volver junto a él, una puerta abierta frente al baño llamó su atención.
Era su habitación.
Una a la cual Rose no debería estar entrando, pero su curiosidad era mucho más fuerte que su voluntad y, bueno, era justicia poética. Últimamente, Malfoy paseaba por su hogar como si fuera el dueño y la prueba de ello estaba en el hecho de haberla despertado cuando dormía sobre su cama hacía ya tanto tiempo.
Por eso decidió asomarse apenas para otear lo suficiente como para satisfacer su curiosidad y casi tuvo que reír; su habitación era tan sobria como él mismo, aunque no por eso menos elegante. Haciendo caso omiso a su (falta de) cordura, entró y cerró la puerta tras ella. El lugar era amplio y luminoso, con una enorme cama justo en el centro de la habitación y grandes ventanales en la pared opuesta a un pequeño escritorio hecho de metal. Rose observó los pergaminos sobre él muy por encima y sólo se trataban de asuntos de Gringotts sobre algún viaje que se estaba retrasando mucho y una que otra carta sin concluir. También había un pequeño libro de cuero negro sin ningún título y cuando lo abrió, se percató que era el diario de Malfoy. Estaba hecho a modo de bitácora y relataba fielmente cada uno de los días que él había estado en Egipto y las anotaciones posteriores a ello eran cortas y concisas y se referían únicamente a sus avances con la esfera. Revisó las entradas finales buscando su nombre, por si él había hecho alguna mención de ella, pero nada.
No debería sentirse tan ofendida por lo último, pero bueno... nadie podía controlar sus sentimientos.
Con un suspiro resignado, siguió paseando alrededor y se sobresaltó al escuchar a una lechuza ululando indignada sobre un pedestal junto al armario que estaba frente a la cama, como si entendiera que Rose estaba violando la privacidad de su amo. Rose cogió una de las chucherías sobre el escritorio y se la dio mientras le acariciaba el lomo distraídamente, comprando su silencio. Cuando regresó para seguir husmeando el escritorio que estaba junto a la puerta, algo sobre la mesita de luz llamó su atención. Se acercó perpleja, acariciando a su paso las sábanas de seda negra, y se sentó sobre la cama, cogiendo la esfera que le había obsequiado con cuidado.
La tenía en su habitación. Junto a su cama.
Aquello tan cálido que se extendió por su pecho la hizo cerrar los ojos un momento y suspirar. Esa satisfacción al saber que él había apreciado su obsequio lo suficiente como para tenerlo junto a él era tan grande como desconcertante. No debería importarle, pero lo hacía y mucho.
Si cada regalo que hiciera le despertara esos sentimientos, lo haría con tanta frecuencia que Gringotts cerraría su bóveda por ser tan pobre.
Sin pensar mucho en lo que hacía, silenció la habitación y le dio cuerda, cerrando los ojos con placer cuando las primeras notas inundaron el lugar. La cama se veía tan cómoda que por muy poco resistió la tentación de acostarse sobre ella, pero a medida de que la música crecía, se dejó llevar y recostó la cabeza sobre la almohada, suspirando de placer.
Colocó la esfera sobre su estómago y cuando alcanzaba las notas finales, estaba tan somnolienta que se obligó a abrir los ojos para no dormir.
Y joder que no debió hacerlo.
Los pocos segundos que duró el final de la melodía, observó perpleja que el pequeño marco de la caja musical ya tenía una foto.
Una foto de ella, sonriendo coquetamente en dirección a la cámara.
Se incorporó y la colocó rápidamente sobre el soporte de madera, asustada. Era sobrecogedor que él la tuviera a ella sonriendo alegremente cada vez que quería escuchar el sonido de la esfera. Reconoció vagamente la foto; era una de las que tenía en su estantería en la sala de estar. En ella, estaba junto a Dominique, que hacía morisquetas y sacaba la lengua con frecuencia. Recordó aquello en lo que Dominique tanto insistía que Malfoy sentía por ella y se ruborizó sin poder evitarlo, por primera vez considerando que quizás Dominique llevara la razón.
Su turbación impidió que reiniciara la melodía para ver nuevamente la foto y si lo hubiera hecho, probablemente habría notado que varias fotografías se deslizaban a través del marco como una composición mágica de fotogramas en donde la protagonista era ella. En cambio, su mente le trajo aquel recuerdo distante de aquella vez en la Madriguera, cuando había sorprendido a Malfoy hablando con Dominique de aquella forma tan íntima y cercana. En la foto estaba ella, era cierto... pero también estaba su prima.
Tal vez Dominique se había equivocado y quién realmente le interesaba era ella y no Rose.
Y no Rose.
Esa idea la aterró lo suficiente como para que comenzara a hiperventilar, invadida por una sensación que sólo podía ser descrita como indignación.
Es decir... ¿Por qué le gustaba Dominique? Era cierto que su prima era hermosa, quizás demasiado para su propia vanidad. También le sobraba carisma y encanto y era de aquellas personas que solían atraer la atención sin siquiera proponérselo. Sin embargo, jamás se le ocurrió que Scorpius fuera tan común y tonto como para caer así de fácil ante las maravillas que Dominique podía ofrecer con tan solo una mirada de sus deslumbrantes ojos azules.
Colocó todo en su lugar y abandonó la habitación rápidamente, intentando ignorar el creciente abatimiento que sentía. Por un momento había creído que...
Así era mejor, de todas formas. Lidiar con esas ideas tan confusas no era lo más recomendable, a decir verdad. Tal vez si lograra juntarlos a ambos de alguna manera, todos esos sentimientos inclasificables que tenía desaparecerían de una vez por todas.
Sí, probablemente acabaría como una solterona con quinientos gatos y ellos se irían a Nueva Zelanda, pero lo prefería así. De esa forma, eliminaría la no-atracción que sentía por él.
–¿Has encontrado algo interesante? –preguntó intentando parecer casual y no mostrar la irritación hacia él que tuvo apenas segundos atrás.
–Has tardado –le dijo cuando alzó la vista, mirándola con curiosidad. Rose se encogió de hombros antes de sentarse en un sillón apartado, sólo logrando que él la mirara con recelo.
–¿Ahora tengo que detallarte lo que se hace en el baño? –replicó acalorada y él la miró con sorpresa antes de componer una sonrisa burlona, listo para atacar.
–Sólo si tú quieres explicármelo –Rose inhaló con fuerza y Scorpius adivinó muy acertadamente que su sonrojo no tenía nada que ver con la implícita insinuación–. ¿Te ocurre algo?
–No –dijo quizás demasiado impetuosamente, porque la mirada de él se volvió suspicaz. Suspiró intentando tranquilizarse y añadió–. No. Sólo... sólo dime qué encontraste.
Él la miró unos instantes más con los ojos entornados antes de regresar su atención a los pergaminos esparcidos frente a él. Le contó brevemente que sólo tenía algunas anécdotas que hacían referencia a sus viajes por el mundo para reunir la información necesaria para la elaboración del libro y descripciones detalladas de la esfera producto de una exhaustiva investigación, pero que no decía absolutamente nada de su función u origen. Sólo había indagaciones muy vagas que la relacionaban con la leyenda de los siete soles.
–Sin embargo, aún queda mucho por revisar. Los pergaminos están fechados y este parece ser sólo el principio... ¿Por qué me miras así? –preguntó desconcertado cuando se fijó en que ella prácticamente echaba fuego por los ojos. Se miró las manos, intentando relajarse en vano.
Al final, no logró contener su lengua.
–Te gusta Dominique –afirmó más que preguntó luego de aclararse la garganta. En cuanto lo dijo, su expresión fue un reflejo de la sorpresa de Scorpius; no podía creer que en serio lo había dicho. ¿Qué mierda estaba mal con ella? No se podía simplemente soltar algo así sin...
–Si fuera así, ¿qué? –interrumpió sus pensamientos súbitamente, sonriéndole con un inusitado fulgor en sus ojos grises y la indignación de Rose creció un poco más.
–Nada, no me importaría.
–Entonces, ¿por qué lo preguntas? –replicó él al ritmo del alzamiento de su horrible ceja albina. Scorpius no pudo más que reír cuando vio la evidente ofuscación de Rose.
–Es mi prima, ¿no? Me da curiosidad –dijo forzándose a sonar desinteresada. Scorpius soltó un bufido de risa y la observó unos segundos eternos con evidente mofa.
–¿Acaso me has escuchado preguntarte acerca de tu relación con mi primo?
–Es diferente –musitó frunciendo el ceño y mirándolo con los ojos entrecerrados. Scorpius pareció tomarlo como un reto y volvió a reír.
–¿Cómo? Muero por oírlo.
«A mi no me gusta Marius», pensó, pero por supuesto que no le diría eso.
–Pues... conocí a Marius mucho antes de comenzar a juntarme contigo en contra de mi voluntad y, bueno, no eres el indicado para ella. A pesar de las apariencias, es buena chica y tú...
–Yo, ¿Qué? –insistió cuando Rose pareció quedarse sin palabras. Ella captó enseguida que él sólo intentaba sulfurarla, pero no pudo contenerse.
–Tú eres una mala influencia.
Él rió de buena gana y Rose se sonrojó aún más, comprobando que en realidad era posible eclipsar a los tomates.
–¿Yo sería la mala influencia en la relación? –su evidente alusión al descaro de su prima la hizo apretar los puños–. De acuerdo, lo acepto. Pero si me gustara y decidiera tener algo más íntimo con ella, creo que sería justicia poética, ¿no crees?
–¿Por qué? –preguntó hoscamente, más enojada que intrigada. Scorpius se encogió de hombros y la miró con una sonrisa predadora antes de responder.
–Tú sales con mi primo, ¿no? Y por lo que he escuchado y varias cosas que he visto y leído, van muy enserio. Además, tu prima es increíblemente guapa –comentó como si no fuera la gran cosa. Esto sólo hizo que Rose hinchara el pecho y se levantara del sillón de un salto.
–Bien –siseó apresurándose en reunir sus pertenencias. Scorpius rodó los ojos y fue tras ella, cogiéndola de la muñeca rápidamente para evitar su escape.
Rose miró su pálida mano con aversión infinita y Scorpius deshizo el contacto con lentitud, deslizando sus dedos por su piel como si pretendiera tranquilizarla.
–No puedo creer que en serio te quieras ir –señaló sonando incrédulo, pero no recibió más respuesta que un gruñido ininteligible–. Bien –repitió cuando notó que Rose parecía muy decidida a irse.
–Bien –gruñó por segunda vez, sólo logrando que él se echara a reír felizmente.
Azotó la puerta de entrada tras ella y se apoyó con pesadez sobre la madera, intentando relajarse. ¿Por qué había hecho semejante escena tan patética? Ni siquiera entendía porqué la idea de que Scorpius gustara de su prima... gustara de cualquier persona, la molestaba tanto.
–Ahora es un buen momento para reírte de ti misma –escuchó a través de la madera y se sobresaltó, separándose de inmediato de la puerta y fulminándola con la mirada como si ésta hubiera sido la agresora.
Quizás era sólo decepción, se dijo, porque en realidad creyó que Scorpius era lo más cercano a una persona asexual que existía.
Tenía que ser eso.
Creyó que había descubierto al primer hombre asexual del mundo y la indignación al saber que no era así la había alterado porque tal vez inconscientemente había pensado que hablar sobre ese impresionante acontecimiento sería un tema muy interesante para un artículo y, de hecho, debería sorprenderle que su mente fuera tan brillante y emprendedora sin que ella se lo propusiera.
Lo único que la consolaba era saber que no estaba obligada a volver a hablar con él hasta nuevo aviso.
Además, el imbécil tenía desde que tomaron helado, incluyendo toda la jodida mañana, siendo de lo más distante e indolente y cuando más necesitaba que fuera sereno, regresaba a ser el tonto de siempre.
Maldito idiota. De entre todas las mujeres, había tenido que escoger a su jodida prima para enamorarse.
Sólo contaba con que Dominique lo rechazara. Así cumpliría con su no-planificada venganza.
Já, sería delicioso verlo sufrir a él, para variar. Y ella reiría sin pensar en el remordimiento que tendría después por comportarse tan rastreramente como un Slytherin.
Por otra parte, ella definitivamente debería considerar la idea de mudarse a una confortable habitación en San Mungo. Comparada con su situación actual, esa perspectiva era más bien atractiva y bastante seductora.
Tal vez pudiera ser feliz allí. Es decir, rodeada de personas con verdaderos problemas mentales. Quizás todo eso la llevaría a tener una agradable epifanía en donde se daría cuenta de que, bueno, ella no estaba tan mal como pensaba.
De hecho, había muchísimas cosas buenas en su vida. Y sus desafortunados sonrojos. Y su insidiosa familia. Y su cotilla vecina. Y su estresante trabajo. Y una jodida esfera que no parecía querer dejarla en paz. Y un primo que oculta cosas potencialmente nocivas para su integridad emocional y física. Y una prima apunto de casarse con su ex-novio. Y Dominique envuelta en una extraña conspiración en su contra para demostrar que Malfoy sentía algo por ella. Y la realización de que su prima no pudo haber estado más equivocada ni aunque se lo hubiera propuesto. Y aquella relación forzosa con un hombre inhumanamente atractivo y homosexual.
Y Scorpius.
También estaba el jodido Scorpius Malfoy.
¿Tan triste es que lo mejor que hay en su vida en estos momentos sea Scorpius? Porque todo lo demás era tan horriblemente malo...
Dios mío, debía eliminar esa extraña apreciación que comenzaba a sentir por él o en su defecto, comenzar a mejorar su calidad de vida. Tal vez debería ser ella quién se mudara a Nueva Zelanda porque Scorpius Malfoy era el espécimen masculino más arrogante, insufrible, pomposo y presumido que alguna vez haya pisado la faz de la tierra. Tenía la cabeza más grande que todas las personas que conocía y lo decía alguien que trataba a Ron Weasley con mucha frecuencia.
Así que el hecho de que lo apreciara, era sencillamente espléndido.
No, en serio. Era francamente magnífico.
Argh, Cabrón.
–Marius, explícame qué es esto –exclamó lo más calmadamente que pudo, cuidándose de cerrar la puerta tras ella. Muchos eran los curiosos acerca del noviazgo de ambos y ella incluso había escuchado hablar de algunas apuestas sobre si Rose y Marius se lo montaban en la oficina del editor en jefe en secreto, así que ambos se cuidaban de que sus encuentros en la oficina fueran cortos, calmados y concisos.
Rutinariamente, silenció la habitación y colocó el pergamino sobre el escritorio de Marius con el gesto tan serio, que él tuvo que fruncir el ceño antes de responder.
–Eso es un memorándum de la zona de recursos humanos de las instalaciones del profeta –dijo luego de analizar cuidosamente el papel, percatándose de que Rose enrojecía de ira.
–¿Y qué es lo que dice, Marius? –él tomó el papel y lo leyó atentamente entes de encogerse de hombros con desinterés.
–Que no se te otorgarán las vacaciones hasta enero y que si quieres pedir permiso para un día en específico, debes comunicárselo al jefe de tu sección –dijo después de leer. Rose alzó las cejas ante su fingida ignorancia sobre el asunto y se cruzó de brazos con obstinación.
–Tú eres el jefe de mi sección –siseó, pero Marius sólo la miró expectante–. ¿Nada de eso suena terriblemente equivocado a tus oídos? –en su tono se percibió un ligero rastro de amenaza que cualquier persona con dos dedos de frente podría entender... a menos claro que no sólo fuera más brillante que la media, sino un jodido cínico desvergonzado.
–No, en realidad. La gramática de la oración escrita está bastante pasable, no hay ningún error ortográfico y mi dicción es fantástica –se recostó sobre el cómodo respaldar de su gran silla y se miró las uñas, aparentemente aburrido de la conversación. Rose entornó los ojos y aún sin sentarse, apoyó ambas manos sobre el escritorio y lo observó con una fijeza que intimidaría a cualquiera que no fuera el jodido idiota de Marius.
–¿Es esto una clase de broma de mal gusto? –Marius rió entre dientes y juntó las manos bajo su mentón–. Porque no da ninguna risa, Nott –él sólo la observó con la ceja alzada y una incipiente sonrisa en sus labios–. Marius, hablo muy en serio. Responde –demandó en un siseo, no estando dispuesta a ceder en su enojo. Estuvieron unos minutos retándose con la mirada hasta que Marius se rindió, alzando las manos como bandera blanca y suspirando.
–Vale, lo lamento. Sabes que en las navidades la sección de "sociales" es la más congestionada y tú eres la mejor de allí –explicó sonriendo como un cachorro abandonado, pero ella no se dejaría amilanar.
–Solicité las vacaciones a finales de septiembre, Marius. Septiembre –repitió enfatizando sus palabras con un movimiento frenético de sus manos–. ¡¿Por qué no puedo tener sólo dos semanas libres?! Éste mes y el anterior he trabajado como esclava e incluso he tenido que venir los domingos –resopló y cayó pesadamente sobre la silla más cercana, sintiéndose resignada.
–Lo sé, lo sé... pero creo que no has visto la última joya de In Magic –sacó la revista de un cajón y se la enseñó. Rose tuvo que gimotear a verlo–; alguien en la oficina (y tengo fuertes sospechas de que se trata de Bailey) ha ido por allí promulgando que te doy demasiados beneficios por ser mi novia y no podemos permitir que se nos tache de gente poco profesional. Además, es culpa de tus maneras encantadoras y humildes que te quieran a ti para cubrir todos los eventos que puedas. ¡La gente te adora! –exclamó alegremente, pero Rose lo fulminó con la mirada.
–¡No lo hagas sonar como si fuera algo bueno! ¡Es terrible! No me dan abasto... Y tengo fotógrafos tras mi trasero todos los jodidos segundos del día –replicó enterrando la cabeza entre sus brazos, apoyándose sobre el escritorio–. Al menos dame la noche buena libre, por favor –pidió suplicante, pero Marius chasqueó con la lengua.
–Puedo darte la mañana libre... –comentó dubitativamente y Rose alzó la cabeza rápidamente y lo miró perpleja–. ¿Qué? Sabes que te toca cubrir el discurso del Ministro sobre el progreso de la comunidad mágica en el 2028.
–Envía a otra persona –demandó sabiéndolo perdido–. Marius... –gimió cuando él la miró compasivamente luego de negarse.
–Ya he cerrado el trato, Rose, lo siento... si te sirve de consuelo, puedo pedirle a Collins que cubra el resto de eventos que te tocan ésta semana –lo miró esperanzada, demasiado fascinada por la idea de disfrutar de al menos unos cuatro días de paz–. Pero el domingo es imperativo que vayas a la cena anual del Ministerio por noche buena.
–Sí, sí... –asintió impotente y Marius le sonrió.
–No sabes cuanto aprecio que lo hagas, en serio. Eres la mujer más maravillosa y generosa que conozco y te adoro. Además, eres...
–Me pedirás otra cosa, ¿cierto? –su recelo pareció ofender a Marius profundamente, porque bufó y la miró con desaprobación.
–¿Qué? ¿No puedo decir lo que pienso sobre ti sin que sospeches de mis intenciones? –Rose alzó las cejas como toda respuesta y la fingida indignación de Marius se tambaleó–. Vale, sí necesito otro favor y es un verdadero placer que hayas venido, porque no me atrevía a ir a tu oficina a pedírtelo –Rose suspiró y apoyó la mejilla sobre su mano derecha, instándolo a continuar–. Mis padres dan una cena familiar todas las navidades y me han pedido que te invite. Les he dicho que el domingo estarías ocupada y lo han movido para el viernes, así que si quieres...
–¿Por qué quieren que vaya a una cena familiar? –su sexto sentido se encendió en una ruidosa alarma en su cabeza y lo miró con los ojos entornados. El tiempo que tenía conociendo a Marius le había enseñado algo y eso era que con él siempre, siempre había que estar a la defensiva.
–Rose, no seas pesada. No todo el tiempo estoy tramando algo –a pesar de esa afirmación, Rose no pudo contener un bufido incrédulo–. Hablo en serio. Sólo quieren ser amables contigo; después de todo, eres mi novia –lo miró con el entrecejo fruncido sin terminar de convencerse. Marius rodó los ojos y se inclinó hacia ella con un gesto mortalmente serio–. Además, me la debes. No sabes cuantos hilos he tenido que mover para mitigar los rumores sobre tu relación con Scorpius y, de paso, rebajar mis cuernos.
–¡No te estoy montando los cuernos, idiota! –exclamó ruborizada y Marius casi no pudo reprimir su sonrisa de satisfacción al dar justo en el clavo para despistarla–. Y no parece que lo hayas hecho, porque los reporteros siguen cada paso que doy de manera enfermiza.
–No es tan fácil contener a la prensa rosa y ya se me están acabando las ideas... ahora no les basta con que te invite a almorzar o a cenar fuera un par de veces a la semana y al menos no han invadido tu hogar o interceptado tus lechuzas –Rose palideció y abrió los ojos como platos, no pudiendo creer de lo que esas alimañas eran capaces–. Sí, pueden hacer eso y más... ¿Vendrás a cenar?
–No es como si tuviera opción –suspiró y se levantó, caminando pesadamente hasta la puerta y mirando su reloj de pulsera–. Son las once en punto y he terminado el artículo de la proclamación de la ley n° 5040, así que me tomaré la libertad de comenzar antes mis improvisadas y cortas vacaciones.
Marius rió entre dientes y cuando Rose abría la puerta, se acercó a ella y le extendió un saco de galeones que ella observó perpleja.
–No podría evitarlo ni aunque quisiera... toma, cómprate algo lindo; la cena es semi-formal. Y no te molestes en comprar obsequios para mis padres, tengo eso cubierto.
–En otras circunstancias –comenzó guardando los galeones en el bolsillo interno de su túnica–, jamás aceptaría tu dinero. Pero justo ahora me desagradas tanto, que te obligaré a cumplir tus deberes de novio fingido y exprimiré tu bolsillo –extendió la mano y Marius la miró con la ceja alzada antes de resoplar y posar sobre su palma otro saco repleto de galeones.
Rose lo miró con dureza una vez más antes de guardarse la bolsita y girarse para salir definitivamente de allí. Marius rió abiertamente cuando le cerró la puerta en el rostro con evidente mala leche.
Por apenas unos segundos, se sintió mal por la sorpresa que le esperaba en la dichosa cena porque, bueno, Rose era lo más parecido a una mejor amiga que había tenido. Sin embargo, su firmeza aplastó cualquier sentimiento de pena.
Él era todo un Slytherin y afortunadamente para él, Rose era la presa más fácil e ingenua del mundo. Además, cuando una oportunidad se le ponía en bandeja de plata, él jamás dudaba en tomarla y, de paso, llevarse la bandeja, fundir el metal y hacerse un precioso reloj como trofeo.
–¡¿No te darán vacaciones?! Oh, jodidos fascistas explotadores... esto puede pasar por violencia de género, ¿sabes? –Dominique se había levantado impetuosamente del sillón y ahora paseaba rápidamente de un lado a otro de la oficina, respirando furiosamente–. Demandaremos a El Profeta por negarte el permiso a pesar de que lo habías solicitado con tanta antelación...
–¡Dominique, baja la voz! –exclamó con un pobre susurro–. Marius ya me ha explicado que esto se trata sólo de quitarle las dudas a la gente que dice que él me beneficia innecesariamente en el trabajo y además, los organizadores de los eventos de esas dos semanas me han pedido a mí para que los cubra –explicó tan velozmente que le sorprendió que no se le hubiera enredado la lengua. Dominique la miró con descrédito, pero al ver que Rose no estaba dispuesta a tomar cartas en el asunto, se cruzó de brazos y la miró ofuscada.
–Bien, como sea... pero romperás la tradición.
–Lo sé –suspiró con tristeza. Gran parte de su resignación se debía a eso; todos los años desde que podía recordar, todos los primos se quedaban en noche buena a dormir en la Madriguera sin sus padres, que llegaban al día siguiente con sus regalos. Antes, la perspectiva de estar libres de supervisión directa era una delicia, pero con los años se había forjado como un hábito que les traía a la memoria los maravillosos recuerdos de su infancia.
Ahora no jugaban a las muñecas o a los duelos con ramillas de árboles semejantes a varitas ni se embriagaban y juergueaban con música a todo volumen aprovechando su rebelde adolescencia, la ausencia de sus progenitores y la falta de disciplina de sus abuelos. Ahora sólo se reunían junto al fuego a contar anécdotas y chistes toda la noche... aunque debía admitir que la última vez estuvo segura de que le daría alguna cirrosis hepática, pero esa era otra historia.
El punto es que ese día era con seguridad el más esperado del año por todos y lamentaba tener que perdérselo por una estúpida y aburridísima cena en el Ministerio.
–Bueno, supongo que siempre tendremos el año siguiente –se rindió Dominique luciendo tan abatida como Rose.
–Ahora, ¿Puedes terminar con lo que sea que estés haciendo?
–¿Por qué?
–Te dije que vendría para...
–¿Me dijiste que vendrías? –inquirió confundida y Rose aspiró lentamente, reuniendo toda la paciencia que poseía.
–Sí, Nique, te lo dije. Acordamos que vendría en cuanto saliera del trabajo al Ministerio y que de aquí iríamos al Callejón Diagon a comprar los obsequios para navidad –explicó con lentitud, asegurándose de que el cerebro de Dominique recibiera cada idea con claridad.
–Oh, ya lo recuerdo. Lo siento, es que el trabajo me volverá loca... –se sentó tras el escritorio y releyó la carta que escribía cuando Rose irrumpió en su oficina con esas noticias tan nefastas–. Terminaré un par de memorándums y nos vamos. Estoy segura de que a Hermione no le molestará –Rose suprimió la mueca de asombro al escucharla hablar de su madre como si sólo fuera la jefa, pero imaginaba que ambas tenían un acuerdo tácito de no recordarle a sus compañeros de trabajo su famoso y polémico parentesco.
–Por cierto, necesitaré una túnica semi-formal de Madame Malkin –comentó luego de unos minutos de silencio, captando el interés de Dominique–. Cenaré con la familia de Marius el viernes.
–Entonces claro que no iremos al Callejón Diagon –bufó ofendida ante la sugerencia inocente de su prima y añadió–. De todas formas, tengo un rato fingiendo que leo mientras pensaba en la manera de engañarte para ir a la Avenida Samoa.
–¿Avenida Samoa? ¡Estás demente! Probablemente tendremos que vender un par de órganos para pagar algo de ese sitio –en Dublín quedaba el lugar que era la crema y nata de la alta sociedad en lo que a compras se refería y Dominique, aprovechado su generoso sueldo, siempre se paseaba por allí esperando a que Rose quisiera acompañarla algún día. No es que su economía fuera tan corta, pero no le gustaba gastar más de lo que debía por prudencia. Dominique, sin embargo, la tachaba de...
–Tacaña –espetó y Rose la miró ofendida–. Vamos, ya estamos creciditas, Rosie. Sólo compraremos un par de cosillas y no creo que eso afecte tu presupuesto.
Resopló con cansancio e inconscientemente, tanteó los dos sacos voluminosos de galeones que seguían dentro de su túnica. Al tacto, parecía una cantidad considerable...
–No sé... el Callejón Diagon tiene cosas preciosas...
–¡Pero no es la Avenida Samoa, Rosie! Además, la colección de invierno de O'Miranda salió hace ya casi un mes y aún no la he visto. ¡Tenemos que ir! –exclamó y Rose se hundió en su asiento, sabiéndolo inevitable.
Dominique sólo había logrado que Rose la acompañara un par de veces y en ambas oportunidades salió tan abatida por no poder comprar absolutamente nada sin endeudarse... pero con su nuevo cargo, sus ingresos habían aumentado y si lo sumaba al dinero que le había quitado a Marius, quizás podría costearse una cosa o dos.
–Vale, pero sólo esta vez –aceptó finalmente y Dominique soltó un pequeño chillido de alegría. Estuvieron unos minutos en silencio mientras su prima continuaba con su trabajo y Rose lo aprovechó para pensar seriamente lo que llevaba semanas evitando; los obsequios que le daría a su familia.
Su padre sería fácil, pero Hugo y Hermione siempre constituían un reto. Además, aún faltaba...
–Aún no sabes a quién te toca regalarle este año –la seriedad de Dominique la desconcertó, pero ella continuó antes de que le preguntara como si supiera perfectamente el curso de sus pensamientos–. La semana pasada fue el sorteo y como faltaste, cogí el pergamino con el nombre.
Y captó a qué se refería. Lo había olvidado completamente hasta hace unos momentos. Al ser una familia tan grande, cada año se arruinarían si le regalaban a cada quién algún obsequio. Por ello, anualmente hacían una especie de amigo secreto entre los Weasley para que cada persona recibiera un presente de sus padres y hermanos más uno adicional de alguien de la familia. Recordó con vergüenza que al tío Percy le había tocado ella hacía un par de años y le había regalado un conjunto de pijamas tan infantiles, que se había visto en la necesidad de incinerarlo a penas tuviera tiempo porque, bueno... todos tenían un gracioso dibujo de un Micropuff de colores diferentes en la camisa y ella ya era una adulta, Merlín. Sin embargo, no tuvo el corazón de hacerlo y las prendas resultaron ser tan cómodas, que acabó disfrazada de Micropuff cada noche ates de dormir.
Por Circe, qué patética era.
–¿Quién me ha tocado? –preguntó curiosa luego de sacudir la cabeza para alejar esos pensamientos y Dominique la miró con preocupación–. Vamos, sé que lo has visto. No lograrías resistirte.
–Lily. Te ha tocado Lily.
–Oh...
Oh.
Vaya, que suerte tenía.
¿Qué le podría regalar a alguien con quien no hablaba desde que estaba en quinto año de Hogwarts? Lily era prácticamente una desconocida para ella, en realidad.
–Le encontraremos algo, te lo aseguro.
Asintió ausente y Dominique vio con obsesiva preocupación como Rose se abstraía con una expresión imperturbable. Siempre se preguntaba por qué su prima tenía tan mala suerte, pero no era quién para juzgar los hilos del destino.
Suspiró pesadamente y siguió con su redacción del memorándum del perezoso de Williams. Ya quedaría tiempo de preocuparse por Rose.
...
–¿Crees que le guste? –preguntó Rose por cuarta vez desde que se habían sentado en un café de Samoa. Dominique rodó los ojos.
–Ya deja de preocuparte, Merlín. Si no le gusta, me lo quedaré yo porque es precioso –dijo con firmeza y Rose asintió sin quitar el gesto mortificado de su rostro–. Deberías pensar en lo fabulosa que te verás el viernes con ese modelito que compraste... O'Miranda nunca me decepciona y Marius resultó ser un novio generoso.
Rose sonrió, demasiado acostumbrada ya a que se refirieran a Marius como su pareja como para sentirse incómoda por ello.
–Sí, lo es... –sin embargo, allí seguía esa inquietud que tenía desde su pequeña reunión con él; estaba segura de que tramaba algo.
–Ahora hablemos de cosas más relevantes... ¿qué es de tu vida? Hace días que no hablamos –dijo con reprobación y Rose se encogió en su asiento antes de contestar.
–Bueno, ya sabes... ahogada en trabajo. Ya te había comentado que la glamorosa vida de una reportera me agota –cerró los ojos y suspiró con cansancio, inconscientemente comprobando su punto. Cuando los abrió, Dominique fruncía el ceño.
–¿Y cuánto tiempo tomará para que te coloquen en la sección que quieres?
–Pues Marius me ha dicho que Blaise Zabini no es de esos que admiten sus errores tan fácilmente. Cuando Harrison salió de la sección de opinión, metió a Nina y hace ya bastante que se dio cuenta de que ella quedaría mejor en cualquier otra parte menos allí, pero le ha dado oportunidad tras oportunidad y yo me he ido quedando atrás...
–La solución es bastante simpe, ¿no crees? –dijo luego de encogerse de hombros y Rose la miró intrigada–. Podrían cambiarse de ocupación, ¿sabes? Por lo poco que conozco a Nina, sé que le sentaría mejor el puesto que tienes ahora.
–No es como si no se hubiera discutido ya, pero no es tan sencillo –replicó apoyando la mejilla sobre la mano–. Desde que la gente se ha obsesionado conmigo, soy publicidad para el diario cada vez que aparezco en algún lugar... y el sueldo de Nina es superior al mío, así que ni ella está dispuesta a hacerlo ni a Zabini le conviene cambiarme. El otro día me dijo que cuando escribí el artículo sobre la fiesta de Malfoy y después de que las odiosas revistas del corazón soltaran toda clase de rumores, las subscripciones aumentaron en un 15%.
–¿Y qué esperan? ¿Que en tus reseñas sobre los eventos hayan cartas de amor codificadas? –Rose compuso una mueca de dolor, como si esa pregunta no difiriera mucho con el contenido de las cartas de los fans de Rose. Y es que ahora se tenía que cuidar de no poner ningún sinónimo de "querer" o "desear" en sus artículos–. Vaya lío... –Dominique resopló, empatizando con su prima–. Entonces sólo te queda esperar, ¿cierto?
–Sí, supongo que sí...
Siguieron charlando de esta manera por varios minutos mientras Dominique encontraba una manera de sacar el tema que le interesaba y Rose intentaba evitarlo con fervor. Cuando los temas familiares, de trabajo y de Mark Pucey se agotaron, nadie pudo evitar la pregunta.
–¿Y cómo va todo con Malfoy? La última vez en la Madriguera parecían llevarse bien –el efecto fue inmediato; inconscientemente, Rose entornó los ojos y frunció el ceño–. Wow, ¿Ocurrió algo? Esa mirada no me gusta.
–Yo... –suspiró antes de decidir que no valía la pena ocultarle cosas a Dominique–. Tuvimos un malentendido la última vez que nos vimos y no hemos hablado desde entonces.
–¿Te refieres a luego de que me fui del restaurante? Según sé, se encontrarían luego, ¿no?
–No, bueno, no sé. Ese día fuimos a tomar un helado en Florean Fortescue y él actuó extraño todo el rato, casi como si no estuviera allí o prefiriera estar en cualquier otra parte menos conmigo. Con frialdad y bastante distante... luego nos encontramos el domingo para confirmar algunas cosas en Derbyshire y continuó así hasta que...
–Hasta que, ¿qué? –preguntó Dominique esforzándose por no sonar demasiado expectante. Rose recordó con resentimiento lo sucedido y suspiró.
–Hasta que discutimos y volvió a la normalidad, ya sabes... a ser un idiota –su resentimiento hizo que Dominique por poco no bufara. Al final, esperó unos segundos a que desapareciera la amargura del rostro de Rosie y preguntó:
–¿Por qué discutieron, Rose?
–Bueno... tal vez me metí en asuntos en dónde no debía –admitió reticente después de unos segundos–. Por pura curiosidad (y hago énfasis en curiosidad), entré en su habitación mientras él pensaba que estaba en el baño y...
–Y... –ya se estaba haciendo difícil disimular su impaciencia ante los silencios cada vez más largos de Rose.
–Descubrí una foto. Una donde sales tú –gruñó y luego se mordió el labio inferior por poner en evidencia su molestia. Dominique abrió tanto los ojos que parecían estar a punto de saltar de sus cuencas y se inclinó hacia ella con tanta rapidez, que casi derrama el café sobre la mesa.
–¡¿Qué?! –exclamó con voz ahogada. Pocas cosas lograban sorprenderla, pero eso...
–Sí, como lo oyes.
El silencio que siguió a esa afirmación fue tan largo y sepulcral, que ni siquiera se atrevían a mirarse entre sí por la obvia incomodidad luego de esa declaración. Finalmente, Dominique decidió poner algo de orden a sus pensamientos.
–Yo pensé que... no es posible. Por Merlín… ¡Eso lo arruina todo! Yo no pude equivocarme –dijo tan indignada como Rose–. No, no puede ser. Quizás es un asesino en serie y yo soy su siguiente objetivo –bromeó disimulando lo ofendida que se sentía, pero Rose la miró con descrédito–. ¿Qué foto era esa?
–Una que estaba en la repisa de mi sala de estar y que yo no había notado que faltaba. En ella estábamos celebrando tu cumpleaños y ambas sonreíamos con...
–¿Ambas? ¡Rose! –chilló a modo de regaño, pero sonaba demasiado feliz como para que pudiera tomársela en serio–. ¿Cómo pudiste dejarme parlotear por horas interminables acerca de la hipotética vida sexual de Mark Pucey con un hipogrifo cuando ha pasado todo eso? –Dominique casi se derrite de puro alivio. Sus planes de juntar a Rose con Scorpius se retrasarían si él, de la nada, proclamaba que sentía algo por ella–. Merlín, eres maléfica –finalizó con el tipo de alegría que uno reserva para el día en que ves a un bebé riendo por primera vez o al comer chocolate–. Entonces... tú viste en su habitación una foto de ambas y sólo concluiste que él sentía algo por mí –¿Acaso eres idiota?, fue lo que estuvo a punto de preguntar con exasperación, pero se contuvo.
–¿Qué otra cosa podría ser? –inquirió confundida y Dominique sólo rodó los ojos. A veces Rose podía ser tan ingenua... lo único que se le ocurría era que Scorpius no había sido capaz de encontrar una foto en donde sólo estuviera Rose (porque ella odiaba las fotografías) y tomó aquella en la que más radiante se veía.
–Por eso discutieron –el sonrojo de Rose dijo más que mil palabras y Dominique no pudo reprimir una risita entre dientes–. ¿Y qué tendría de malo que sintiera algo por mí? A decir verdad, lo encuentro bastante guapo –se miró las uñas con falso interés y observando de reojo con diversión interna el como Rose alzaba el mentón y la fulminaba con la mirada.
–Eso mismo dijo él –gruñó hoscamente y los ojos de Dominique se volvieron suspicaces–. Básicamente me explicó que era lo justo que saliera contigo porque, bueno, yo salía con su primo. ¡Pero eso no tiene nada que ver! ¡Es el argumento más tonto del mundo! "Justicia poética"… ¡Bah! Patrañas –se cruzó de brazos y resopló–. Y ahora vienes tú y dices que no te parece mal... ¿Estás dispuesta a concederle ese capricho? Porque él es malo, Dominique. Malo.
Dominique la observaba con expresión tranquila, pero por dentro tenía una mezcla de perplejidad y creciente necesidad de abofetear a Rose. Sabía que su prima podía llegar a ser bastante obtusa y cabezota, pero esto ya le parecía increíble.
Si Rose se empeñaba en no abrir los ojos, entonces Dominique no veía nada de malo en molestarla un poco. Se lo merecía por ciega.
–No es como si concederle éste capricho –con sus manos, delineó las curvas de su cuerpo que no se ocultaban por la mesa en la que se sentaban y observó con satisfacción como Rose palidecía– fuera a ser un gran sacrificio para mí. Como dije, es muy atractivo y la única que no se da cuenta eres tú –Rose se miró las manos, evitando contacto visual. No quería que Dominique viera en sus ojos que, de hecho, quizás sí notaba que las facciones de Malfoy eran bastante simétricas–. Quizás le escriba en la noche y...
–Dominique –musito Rose desesperada y ella alzó una ceja, sintiendo que podría echarse a reír en cualquier momento–. Él no vale la pena. Malfoy es un idiota arrogante y además es malo –insistió, pero Dominique alzó una ceja burlona. No estaba tomándola en serio y Rose necesitaba que lo hiciera–. Vale, no es malo con todos, pero lo es conmigo. La gente parece pensar que él es un ángel, pero es porque ellos no temen encontrarse con Scorpius en cada esquina, en cada habitación, en cada plato de comida... –inhaló profundamente y se pasó una mano temblorosa por el rostro, ignorando las ganas de echarse a llorar de pura frustración–. No, Nique, no me mires así. Tú no sabes... él es así de molesto. Su sola presencia me crispa los nervios y me vuelve torpe y estúpida y siempre me mira con esa expresión que indica algo parecido a "eres una desgracia para la sociedad y todos lo saben"...
–Rose...
–Se cree la gran cosa porque es inteligente y se está pudriendo en galeones y lo peor es que todo el mundo le sigue el juego a pesar de que lo único que hace es pavonearse como el insufrible que es...
–Merlín, Rose...
–Es patético, Nique. Patético. ¿Y qué si es inteligente? No es tan difícil serlo, ¿sabes? ¡Tú y yo fuimos a Ravenclaw! ¡Somos el doble de brillantes que él! –chilló azorada y Dominique resopló con pesadez; por muy frecuentes que fueran, jamás se acostumbraría a las crisis existenciales de Rose–. Además, no es tan guapo como se cree que es –eso hizo que Dominique entornara los ojos con interés, pero Rose no pareció notar el cambio en sus facciones–. Su pelo es demasiado rubio y sus ojos son demasiado grises y su cuerpo es demasiado proporcionado y tiene todo en exceso porque es un egoísta que se aprovechó de algún feo desafortunado cuando se repartieron los atractivos físicos...
–Rose, joder...
–De acuerdo, es así de guapo... ¡Pero el punto es que lo sabe y es un rematado idiota pro ello! Su atractivo no le da ningún derecho a ser tan vanidoso y no quiero que te vayas a con él a Nueva Zelanda porque no podría...
–Oh, joder, para de lamentarte –la cortó alzando la voz por sobre sus balbuceos de frenética indignación–. ¿Nueva Zelanda? –inquirió incrédula y Rose enrojeció de vergüenza–. Vale, si tanto te preocupa, no ligaré con él. Pero explícame algo... –esperó a que Rose la mirara y continuó–. ¿Qué vamos a hacer con todo esto?
–¿Con qué?
–¡¿Cómo que con qué?! ¡Con esto! –exclamó fastidiada por su despiste. Como Rose no dio señales de entender, añadió–. Con el hecho de que él tenga una foto tuya...
–Una foto de ambas –corrigió frunciendo el ceño, pero Dominique fingió no haberla escuchado.
–Obviamente están al comienzo de algo...
Esa última afirmación resultó en un precioso y agradable sentimiento de terror absoluto.
–¡Claro que no! –replicó ofendida por la insinuación y Dominique puso los ojos en blanco.
–Rose, no discutamos esto de nuevo, ¿sí? Tienes que admitir de una vez lo que está pasando.
–No está pasando nada, Nique.
–¿Ah, no? No seas tonta, claro que está pasando algo. Tú misma me lo acabas de confirmar –afirmó con seguridad y Rose la fulminó con la mirada.
–Yo no he confirmado nada.
–Vamos, incluso tú has notado que él siempre parece mucho más descortés cuando está contigo...
–Eso es porque me odia –siseó furiosa y su prima chasqueó la lengua con desdén.
–Por supuesto que no. ¿Cómo explicas la foto? ¿Y las miradas? Todo es muy raro entre ustedes y él siempre parece dispuesto a fastidiarte con cada oportunidad que tiene. Es como si le satisficiera que...
–¡Claro que le satisface! Me odia –insistió histéricamente, sabiéndolo inútil.
–No, no lo hace. Te quiere.
Se estremeció al oír esas dos palabras finales y cerró los ojos unos segundos para ignorar la punzada de emoción maligna que sintió en su estómago.
–Estás tratando de meterte en mi cabeza para convencerme de la cosa más inverosímil del mundo, pero no lo lograrás. No está vez –farfulló entre dientes, pero Dominique pasó de ella con habilidad pasmosa.
Y es que su prima siempre conseguía invadir su mente. Lo hacía cuando la manipulaba para asistir a citas a ciegas en las que acababa siendo secuestrada, cuando necesitaba a alguien que la acompañara para sufrir hipotermia en los congeladores de Hogwarts, cuando la convencía de que era buena idea confundir a unos policías muggles para que no las arrestaran...
–No es eso lo que intento, Rose. Estoy siendo sincera. Además, creo que puedo conseguirle una explicación a lo del incordio –añadió pensativa y Rose resopló con pesadez–. Hay tanta tensión entre ustedes que él necesita drenarla de alguna manera, así que quizás podría deberse a algún tipo de frustración sexual que...
–¡No es un frustrado sexual! –chilló, volviendo a estar alterada y sonrojada de forma instantánea y atrayendo la atención de todas las personas que las rodeaban en el café–. Sólo es frustrado a secas porque nos frustramos mutuamente...
–Sexualmente –replicó Dominique con una sonrisa pícara y Rose emitió un rugido gutural que no podía clasificar en la especie humana.
–¡No! Sólo eso; nos frustramos. No hay ningún tipo de sugestividad implicada, Dominique. Nos frustramos espiritualmente –explicó moderando el tono de su voz para que la gente dejara de mirarlas como si estuvieran locas.
Ciertamente, así era como se sentía.
Loca.
–¿Así es como le dicen ahora? –Rose la fulminó con la mirada y Dominique chasqueó con la lengua–. Merlín santo, Rose, no seas cabezota –rodó los ojos con hastío y sacudió una mano con desdén–. La frustración espiritual no existe y tú no podrás escaparte mucho tiempo de tus sentimien...
–¡No hay sentimientos! –rugió impaciente y su prima alzó una ceja Malfoy-esca–. Bueno, puede que sí los haya, pero son malos, oscuros y venenosos, Dominique. No lo quiero en lo más mínimo y lo odio y da la casualidad de que la mayoría de sus sentimientos hacia mí son de desagrado y más odio y todo funciona muy bien entre los dos de esa manera odiosa, así que por favor, por favor, ¿podrías dejar el tema de una vez?
Dominique pareció considerar su petición con seriedad unos momentos antes de que su expresión se trasformara en una mueca astuta y traviesa.
Inmediatamente, Rose supo que no debía confiar en ella; había visto ese gesto antes. Muchas veces, de hecho. Y siempre, siempre acababa pagando las consecuencias de los ingeniosos planes de Dominique.
Esa sonrisa siempre acababa con ellas encerradas en congeladores del mal, perdiendo el carruaje que lleva a Hogwarts luego de una excursión a Hogsmade y viéndose obligadas a pasar la noche en la casa de un completo extraño luego de que les cerraran las puertas del colegio, organizando fiestas clandestinas en su sala común o en Dominique obligándola a explorar los diversos matices que podía ofrecerle tener una relación con alguien como Anne Moore (sobra decir que Anne es una chica y que Rose, de hecho, es heterosexual).
Dios mío, si se detenía a considerar todo eso, era bastante sorprendente que hubiera llegado a ser Premio Anual.
–De acuerdo, lo dejaré estar –dijo finalmente luego de que logró desaparecer la conspiración de su rostro.
–No –dijo lacónica y Dominique frunció el ceño con fingido desconcierto–. No lo harás.
–¿El qué?
–Ni siquiera lo pienses, Dominique. No te atrevas –advirtió con el tono más amenazador que poseía, pero el destello maligno en su mirada no cedió ni un milímetro.
–¿Que no me atreva a hacer qué? –inquirió aparentando inocencia.
Sin embargo, Rose siempre fue muchísimo más inteligente que eso.
Bueno, al menos lo era ahora.
–No te hagas la tonta conmigo, Dominique. Puedo ver cómo un nefasto plan se está trazando en tus ojos, pero no lo harás. No va a funcionar. ¿Debo recordarte cómo acabó el último complot?
–Vamos, Rosie, ése fue un fallo de cálculo insignificante...
–¡Acabé en una cita a ciegas con un tipo que estaba demente! –exclamó incrédula ante el menosprecio de Dominique hacia una situación que la atormentó por muchas semanas–. ¡Me secuestró y robó mi varita, Dominique!
–Estás exagerando; el pobre tenía demasiada carga con el trabajo y su inestable cerebro no pudo soportarlo. Fue un sencillo colapso nervioso. Además, sólo te invitó a tomar unas copas y probablemente se le fue la noción del tiempo –replicó despreocupadamente y Rose tuvo que disponer de todo su autocontrol para no matarla.
–Estuve cuatro días encerrada en su habitación escuchando peroratas infinitas acerca de la pleitesía que ese hombre le rendía a mis padres y si no es porque James y Albus me encuentran...
–Lo hicieron porque yo les di su dirección y al menos agradece que no te hizo nada malo porque prefería escucharte hablar acerca de Ron, Hermione y Harry. Aunque las malas lenguas decimos que sus genitales no eran funcionales –rió por su propio chiste, ignorando la mirada fulminante de Rose–. Y Lorcan estuvo de acuerdo conmigo porque no se puede creer que ese tipo te tuvo para él todo ese tiempo y no hizo...
–Tú quieres que agradezca que... –resopló como un toro tratando de expulsar todo el enojo de su cuerpo con esa simple exhalación–. No te atrevas a hacer nada, Dominique, te lo advierto. ¿Quién sabe? Quizás la próxima que acabe en una habitación para enfermos mentales en San Mungo seas tú.
O, en su defecto, sería la misma Rose quién viviría allí por el resto de sus días.
Llegados a este punto, ya no le importaba.
Es más, casi lo deseaba.
–Vale, no haré nada –se rindió con una mueca de disgusto distorsionando sus perfectas facciones–. Pero quiero que me ayudes a comprender algo... él no te gusta y estás convencida de que no siente nada por ti, estás saliendo con su primo y aun así no quieres que yo intente nada con él. ¿A qué se debe eso?
Se mordió el labio inferior e inhaló con fuerza, fallando en organizar sus pensamientos. Dominique esperó pacientemente a que Rose tomara la palabra y, finalmente, se decidió a hablar con voz tan baja que tuvo que inclinarse sobre la mesa para escucharla.
–Yo... no sé. Sólo me incomoda la idea, eso es todo –afirmó vacilante, esperando que eso bastara para satisfacer la curiosidad de Dominique.
–No puedo creer que seas tan cabezota –replicó luego de bufar–. Para mi es evidente que...
–Dominique... –gimió suplicante, pidiéndole con los ojos que no retomara esa conversación.
Nique se pasó una mano por el cabello y suspiró; aunque se moría de ganas por agarrar a Rose y sacudirla hasta que entrara en razón, tal vez aún no estaba lista para admitirlo. Se necesitaría tiempo y algo más... quizás que el mismo Scorpius se lo confirmara.
Había conversado con él en la Madriguera dejándole muy claro que sabía que él estaba colado por su prima, pero él lo había negado con fervor. Por un momento, ella estuvo apunto de dejarlo estar justo cuando él, poco antes de que Rose interrumpiera, le dijo que estaba seguro de que ella de todas formas jamás lo vería como otra cosa que como un insoportable dolor en el culo.
Y qué casualidad que Malfoy se hubiera mostrado tan frío con Rose el mismo día en que la prensa rosa soltó esos reportajes acerca de el fervoroso amor que se profesaban ella y Marius.
Tal vez eso explicaba que se hubiera comportado así con Rosie; Malfoy se convenció de que ella lo odiaba y de que amaba a Marius e intentó alejarse de ella emocionalmente para no caer en ese cliché de amor no correspondido. Guardar las distancias, mantenerse aparte y evitar cualquier tipo de contacto íntimo con Rose; de seguro esa había sido su estrategia.
Pero el ataque de celos de su prima debió haber renovado sus ánimos.
Sin embargo, la mortificación de Rose le impedía estar lista para escuchar algo así y Dominique, como tenía un alma infinitamente bondadosa, decidió no presionarla... bueno, no más de lo que ya lo había hecho. Sospechaba que la evidencia era tan contundente, que incluso Rose y su terquedad no eran capaces de obviarla, pero el estado de negación era mucho más fuerte que su sentido común.
Finalmente, resopló y se recostó en el respaldar de su asiento, llamando al mesero con un gesto de la mano.
–Creo que es hora de irnos –anunció para el alivio de Rose, que odiaba las confrontaciones–. ¿Aún está en pie la reunión en tu casa?
–Sí –miró su reloj con entusiasmo por el cambio de tema y continuó–. Son las cinco. Podemos ir a mi hogar y descansar un poco antes de que lleguen los demás. Se nos unirá Victoire.
–La princesita se ha dado cuenta de que Teddy la ama incondicionalmente –dijo desbordando ironía y Rose rió–. Admítelo; Victoire es una idiota celosa cuando se lo propone y conozco a alguien que se parece muchísimo a ella... gracias cariño –le guiñó el ojo al mesero y Rose, para no pensar en la alusión de su prima a sus inexistentes celos, comenzó a rebuscar galeones sueltos en sus bolsillos para pagar el costoso café.
Dominique, sin embargo, ni se inmutó.
–Ésta va por la casa, preciosas. Allí está mi nombre y mi dirección, por si alguna quiere enviarme alguna lechuza –les lanzó una mirada lasciva a ambas y Rose se sonrojó y comenzó a balbucear negativas, insistiendo en pagarle. Dominique la fulminó con la mirada y le sonrió al mesero con coquetería.
–Gracias, guapo –se guardó el papel que antaño había pensado que era la cuenta y el mesero se alejó como si flotara, demasiado feliz por haberse ligado a las dos bellezas de la tarde que había tenido el placer de atender. Sería la envidia de sus compañeros, definitivamente–. Rose, no seas tonta. Alégrate de que eres linda y que siempre que quieras puedes conseguir cosas gratis. No es un privilegio que tenga todo el mundo... aunque a mí me ocurre todo el tiempo.
Rió con gracia y Rose rodó los ojos antes de imitarla.
–Eres imposible... y tan presumida, que tal vez Malfoy y tú deberían intentarlo –bromeó cuando salían del local y Dominique la miró con las cejas alzadas.
–Ese es el problema, Rose. Somos iguales y no nos llevaríamos bien. Él necesita a alguien dulce, algo histérica y muy cabezota para compensar su cinismo, su pasividad y sus maneras insufribles –la miró sugestivamente, pero Rose no se dio por aludida–. Ya sabes lo que dicen, los opuestos se atraen porque se complementan, Rosie.
Rose despertó aquel viernes sintiéndose ligera a pesar de que el presentimiento de que algo ocurriría aquella noche no la abandonó; estaba tan feliz de haber podido descansar el día anterior, que lo pasó viendo todas aquellas películas que había obtenido durante su paseo con Dominique y que no había visto por esas semanas de ausencia.
Durmió hasta pasadas las diez y como no tenía ningún deseo de salir de su hogar, sorteó entre los canales viendo su reloj con obsesiva fijación, esperando a que llegara la hora de arreglarse y sólo levantándose para comer e ir al baño. Al llegar las cinco en punto y acabar la última película del día, se levantó con pesadez y se dio una larga ducha, intentando ignorar aquella corazonada que la abrumaba. Se aplicó las pociones correspondientes para el cabello, que decidió llevarlo en una coleta bien elaborada a falta de más imaginación, se pintó las uñas de las manos y los pies y rebuscó en su armario unos tacones que combinaran con el vestido.
Cuando terminó todos los arreglos, eran a penas las siete y media. Se colocó la prenda –más parecida a un vestido muggle que a una túnica– y se observó en el espejo con ojo crítico: el vestido seguía sentándole tan bien como en la tienda. Tenía un estilo greco-romano inusual y era de color salmón con un efecto drapeado, sin mangas, con la falda fluida y una extraña costura a nivel de la cintura que hacía a la prenda más original que otras pares. Le llegaba a unos cinco centímetros por encima del muslo y la tela era suave, confortable y delineaba su figura de tal forma, que resaltaba sus atributos y disimulaba sus faltas. Bajo la prenda, debía usar algo parecido a unas mallas porque, bueno... O'Miranda debía agregarle algo que de verdad lo hiciera parecer un vestido de invierno. Honestamente le encantaba... quizás lo usaría para la cena en el ministerio.
Aprovechó el tiempo que quedaba antes de que Marius la recogiera para hacer algo sencillo en su rostro con sus escasos conocimientos sobre maquillaje, limitándose a delinear sus ojos y pintar sus labios.
Como si se hubieran puesto de acuerdo, apenas terminó de acicalarse Marius tocó la puerta y Rose lo invitó a pasar alzando la voz desde su habitación y quitando el pestillo con un movimiento de varita. No pasó mucho antes de que él se recostara en el marco de la entrada de su habitación y la observara fijamente mientras ella arreglaba su bolso.
–Casi me haces sentir culpable... –comentó como para sí mismo, pero Rose lo escuchó y lo miró alarmada.
–¿Por qué? –preguntó disimulando la ansiedad que sentía y que quería obligarla a enterrarse entre sus sábanas y no salir hasta estar segura de que no pasaría nada.
–Bueno, mírate –repuso sonriendo alegremente, pero sus ánimos la hicieron mirarlo con recelo–. Es una pena que tengas que estar atada a mí cuando podrías estar con cualquier otro hombre que de verdad pudiera hacerte feliz.
–No seas tonto –replicó sonriendo y Marius contuvo un suspiro de alivio–. A tu manera, me haces feliz.
Y no mentía. Marius era la fuente más rica en excusas que había tenido en siglos.
–Claro, ahora intenta convencerme de que Voldemort volvió y de que el Ministerio no sigue siendo corrupto y podrás dar el día por hecho –Rose rió ligeramente y corrió a su armario para sacar un abrigo y una bufanda preciosa que Dominique le había obligado a comprar para hacer juego con el vestido.
–Pues conozco a alguien que puede creer siete cosas descabelladas e imposibles antes de desayunar –comentó sonriendo al recordar a su tía Luna y rebuscó en su cómoda el saco de galeones restantes que Marius le había dado para comprar todo. Él lo miró incrédulo y rodó los ojos.
–No serás tú y mucho menos yo; somos periodistas y por fuerza, siempre necesitamos hechos –dijo sonriendo ladinamente antes de agregar–. Por ejemplo, para creer que realmente eres feliz, necesitaría saber hace cuanto exactamente que no tienes sexo con nadie –Rose se atragantó con su propia saliva y comenzó a toser de la impresión–. Y no seas tonta, tengo muchos más galeones de los que puedo contar.
Con los ojos llorosos, lo fulminó con la mirada y Marius debió encontrar ese intento divertido, porque no dejó de reír hasta que llegaron a las puertas de la Mansión Nott.
–No es asunto tuyo –dijo entre dientes cuando estuvieron allí y la risa de Marius ya se había esfumado. Él bufó y estuvo a punto de comentar algo cuando abrieron la puerta.
–Entonces no eres virgen –susurró contra su oído mientras el elfo los llevaba a la sala del té y Rose se sonrojó furiosamente–. Siempre me lo había preguntado, ya sabes... curiosidad.
Se guardó cualquier comentario que pudiera confirmarlo o desmentirlo y se limitó a pellizcarle el brazo que entrelazaba con el de ella. Marius soltó un débil gemido y la miró con los ojos entornados, pero tuvo que contener la réplica cuando encontraron a sus padres y a los Zabini sentados cómodamente sobre los sillones de la estancia que al gusto de Rose, era bastante ostentosa.
–Buenas noches, querida, que bueno que llegas –Daphne se levantó del sillón y la recibió con un abrazo que Rose correspondió desconcertada; no eran tan cercanas, a decir verdad–. Tengo cerca de media hora insistiéndole a Marius que fuera por ti, pero es muy perezoso.
–Le dije a las ocho, madre –dijo con un deje de fastidio que confirmó las palabras de Daphne. Rose tuvo que sonreír.
Uno a uno le fueron dando la bienvenida, algunos con más entusiasmo que otros, y Rose terminó sentada entre Daphne y Marius intentando evadir las miradas fulminantes que Pansy Zabini le enviaba. Suponía que aún resentían que, debido a Rose, Eve aún no estuviera casada… lo cual era irónico, porque la chica estaba cabizbaja y no mostraba la misma frialdad de antaño.
Luego de unos minutos de superficial conversación en dónde incluso Theodore se esforzaba por incluirla, Daphne suspiró lastimeramente y miró su reloj de pulsera.
–Astoria está tardando –anunció con el semblante nublado de preocupación–. Suele ser muy puntual.
Ante esto, Rose se emocionó un poco ya que apreciaba a Astoria y, bueno, no la veía desde la celebración del cumpleaños de Scorpius. Sin embargo, no tuvo mucho tiempo de lamentarse porque unos momentos después, un elfo anunció su llegada.
Los Malfoy llegaron con tal presencia, que todos se vieron prácticamente obligados a observarlos con admiración mientras entraban. Los tres con tanta elegancia y fluidez que Rose se sintió un poco cohibida al estar entre tanta gente hermosa.
En serio, ¿Qué tomaban los sangre pura? Con pocas excepciones, todos eran hermosos y perfectos.
–Buenas noches, lamentamos la tardanza –dijo Draco Malfoy con gesto imperturbable y Rose no pudo hacer otra cosa que volver a admirarse con el parecido que guardaba con Scorpius–. Me retuvo el Ministerio y a pesar de que me opuse, Astoria quiso esperarme.
–Faltaría más –replicó ofendida ante la perspectiva de acudir sin su esposo a cualquier lugar–. Pero ya que estamos aquí, creo que podríamos pasar al... ¿Rose? ¡Rose! Estás preciosa –se acercó a ella lo más rápido que su compostura le permitía y su impetuoso abrazo la obligó a incorporarse.
–Tu también, Astoria. ¿Cómo estás? –preguntó educadamente luego de separarse y ella le respondió con alegres ademanes mientras todos las observaban interactuar perplejos por la amistad cercana que parecían tener.
Un par de veces, Rose se atrevió a mirar por sobre el hombro de su interlocutora y vio a Scorpius mirándola con el gesto tan serio e inmutable, que reprimió la mueca de desconcierto y volvió a observarlo intrigada. Él se percató de esto, compuso una sonrisa ladina y asintió con la cabeza a manera de saludo, dejándola aún más extrañada.
Qué hombre más bipolar, en serio. Se preguntaba con cuantas personalidades tendría que lidiar su futura esposa.
Sin embargo, se distrajo de sus pensamientos cuando Scorpius se acercó a Marius y ambos intercambiaron un apretón firme e impersonal de manos en lugar de la calurosa muestra de afecto que cualquiera esperaría entre dos primos que supuestamente se quieren.
–Un placer… como siempre –dijo Scorpius con la voz grave y formal y Rose entornó los ojos, observando su interacción con curiosidad.
–No como siempre, primo –el tono burlón que empleó Marius logró que Rose se desentendiera completamente del diálogo que Astoria pretendía iniciar con ella–. Aunque has mejorado. La última vez estabas bastante tenso.
Scorpius soltó un bufido de risa y soltó la mano de Marius con aparente despreocupación.
–Pues no todos los días vez a un caballero aprovechándose de la bondad de una dama, primo –Malfoy alzó una ceja retadora que sólo consiguió que Marius rodara los ojos–. Siempre he pensado que es algo muy detestable. ¿Qué opinas tú? Tu criterio es siempre muy valioso.
Ambos siseaban en voz tan baja que a Rose le costaba escucharlos por sobre el barullo de las conversaciones. Sin embargo, para ella era evidente que las mandíbulas de Scorpius estaban tensas y que los hombros de Marius permanecían rígidos por aquel desafío mutuo.
–Quizás hoy sea uno de esos días. Después de todo, ser detestable es uno de mis dones, primo –y con esas frías palabras ocultas bajo capas de falsa cordialidad, Marius volvió a tomar asiento a su lado y Scorpius frunció el ceño profundamente y se alejó con una mueca que parecía dividirse entre meditabunda y enojada.
Rose los observó a ambos unos segundos más antes de concentrarse en Astoria, que continuó charlando alegremente acerca de las peripecias de esperar a su esposo y preguntándole por su trabajo y su familia, obligando a Marius a correrse de sitio para sentarse junto a ella. Después de unos momentos así, Daphne carraspeó delicadamente y miró a su hermana con recelo.
–Buenas noches a ti también, hermana. Cualquiera diría que luego de dos semanas sin vernos la cara, mostrarías un poco más de entusiasmo al saludarme... si lo hubieras hecho, claro –Astoria bufó divertida y le sonrió burlonamente a Daphne, que alzó una ceja de forma retadora.
–Pues crecí contigo, querida. Absolutamente todo lo que debería saber de ti ya lo sé y el saludo está implícito, ¿no crees? Ahora, si lo que te apena es que acapare la atención de tu nuera... –su voz mostró tranquilidad, pero su rostro y su sonrisa maliciosa le hizo replantearse a Rose de dónde había heredado Scorpius su odioso humor negro. Sin contar con el hecho de que la rivalidad entre ambas parecía ser un reflejo de la de sus hijos.
Qué familia tan extraña, a decir verdad.
–Siempre tan graciosa –Rose, que estaba sentada entre ellas, se sintió un poco acorralada porque a pesar de su cordialidad y aparente cariño fraternal, la competencia era evidente y se preguntó cómo no la había notado antes. Al parecer, sus respectivos esposos pensaron lo mismo que ella, porque Theodore le envió una mirada cómplice a Malfoy y él interrumpió el encubierto duelo con preguntas vanas sobre la decoración y la casa.
Luego de esa pequeña charla, Astoria decidió notar la presencia de Pansy e Eve y las saludó con algo de frialdad que fue correspondida de la misma forma. Rose, intrigada por esa interacción, miró a Astoria inquisitivamente y ella le dio a entender que le contaría después para aliviar su curiosidad.
No pasó mucho antes de que la comida por fin estuviera servida y todos se retiraron al comedor, donde Theodore tomó la cabecera de la mesa con Marius a su derecha y su esposa a la izquierda y Rose, algo reticente y nada acostumbrada a la formalidad, se sentó lentamente junto a su novio.
Se sorprendió cuando Astoria tomó asiento junto a ella y le sonrió con cariño antes de señalar con un gesto a su derecha, donde Eve la miraba con la nariz arrugada por haber tomado el puesto que ella deseaba. Suponía que la intención de la Señora Malfoy fue evitar que Zabini la incordiara toda la noche coqueteando descaradamente con Marius en sus narices, pero Rose sospechaba que su única intención era ver si era capaz de compartir ese momento con Marius sin intentar nada romántico con él, ya saben… una forma de probarse a sí misma que había hecho avances en eso de "olvidar a Marius", justo como Scorpius le había recomendado
Y como Rose a no quería seguir analizando el comportamiento de una familia tan abismalmente diferente a la suya, prefirió maravillarse ante el servicio. Y es que ella jamás había visto elfos tan bien educados; ni siquiera en el hogar de los Malfoy. Sin pronunciar ninguna palabra, colocaron los platos a la mesa y sin el acostumbrado pitido chillón que se solía a oír cuando hablaban, preguntaron a todos los invitados qué platillo del menú deseaban como aperitivo y proseguían a chasquear los dedos con maestría antes de que el plato estuviera frente a los ojos del comensal.
El estómago de Rose soltó un rugido feliz y triunfante cuando el coctel de camarones apareció frente a ella y la boca prácticamente se le derritió al imaginarse el sabor de un plato que ella consideraba exótico y muy diferente a lo que acostumbraba comer. Cuando la copa de vino se llenó frente a sus ojos, se sintió tentada a saborearlo y, Merlín... en definitiva, debía conseguir un elfo doméstico; junto a esos banquetes que se daba en las mansiones de la familia de Marius y Scorpius, el recuerdo de los macarrones con queso que comía casi a diario le provocaba arcadas.
Luego de aquella deliciosa entrada, Rose permaneció inquieta y expectante ante lo que le esperaba. Charlando escasamente y apenas levantando la mirada de su plato un par de veces, degustó el gran plato principal y la ensalada complementaria con hambre ciega e insaciable. Sólo se detenía para intercambiar ideas sobre el sabor y la sazón de los platos con Astoria o Marius y la las veces que lo hizo, pudo ver como Pansy la miraba con profundo disgusto, al parecer ofendida por su voracidad.
Sin embargo, Rose la ignoró abiertamente; comer era uno de los placeres más grandes que existían y no se frenaría porque una tonta consideraba que no comer una hoja de lechuga por plato era incorrecto.
Tampoco le importó que Scorpius no dejara de observarla con una sonrisa tan molesta y tonta como él mismo. De hecho, si se fijaba, apenas y prestaba atención a su cena. Sólo la miraba con la misma intensidad acostumbrada.
A punto de terminar con su ensalada, le dirigió la mirada más mortífera que poseía para que la dejara en paz; aún lo culpaba por haberse enamorado de su prima. Como probablemente es imposible lucir mortífera con las mejillas infladas por los continuos bocados, Scorpius sólo alzó el mentón en respuesta y sus ojos la miraron con diversión explícita que sólo la hizo sonrojar. Evidentemente, sabía que pensaba en Dominique y su posible relación con él.
En ese intercambio de miradas estaban cuando Astoria, cansada de que Eve quisiera intimidar a Rose, se inclinó hacia ella y le habló en tono confidencial.
–Otra cosa que tenemos en común –dijo, llamando su atención. Rose dejó de mirar a Malfoy con algo de alivio y se volvió a ella con interés–. Las Zabini parecen guardarnos un resentimiento infundado.
–Es obvio por qué Eve parece odiarme a mí –dijo después de tragar. Astoria frunció los labios y tomó de su copa para disimularlo. Entonces, volvió a dirigirse a Rose con una sonrisa pacífica.
–Yo estimo mucho a Pansy, de verdad; pero puede llegar a ser tan pesada... –suspiró con tristeza y Rose tuvo que esperar a que se repusiera para seguir escuchándola–. En Hogwarts estaba perdidamente enamorada de Draco, pero él ha estado comprometido conmigo desde la cuna –Rose casi se atraganta de forma vergonzosa e intentó por todos los medios disimular su impresión. Le dirigió una mirada furtiva a Pansy y con molesto asombro, vio como hablaba alegremente con el señor Malfoy aprovechando que Astoria estaba sentada muy lejos de él–. No sé hasta qué punto ha superado su capricho, pero Blaise se ve muy feliz con ella –susurró cuando siguió la dirección de los ojos de Rose.
Entonces, Rose miró a Blaise y ahora que se fijaba, estaba mucho menos entusiasta que lo usual y ocasionalmente, observaba a Pansy con algo parecido a la añoranza.
–Es una pena...
–Sí, me consta que él la ama de verdad, aunque nunca entendí por qué –Rose reprimió la risita que pugnaba por salir ante ese comentario aparentemente inocente y Astoria le sonrió con complicidad–. Ella no comprende que a pesar de que Draco y yo nunca tuvimos una relación implícita en Hogwarts, nos enamoramos... tomó algo de tiempo y un poco de esfuerzo, es cierto, pero lo hicimos. Él es un hombre muy cariñoso cuando quiere y me costó muchísimo descubrir sus demonios y ayudarlo a superarlos. Lo mejor de una relación llega cuando aprendes a ver más allá de sus virtudes y llegas a amar todas sus fallas... o, en su defecto, logras aceptar sus errores y desperfectos y te dejas maravillar cuando exterioriza todas sus bondades.
Inconscientemente, sus ojos se dirigieron a Malfoy, sentado casi frente a ella. Él observaba su plato distraídamente y asentía de forma sincronizada a las pausas de quienes intentaban entablar conversación con él.
Astoria, que secretamente ansiaba que Scorpius y Rose se enamoraran, observó a la pelirroja con suspicacia y no pudo reprimir su sonrisa de satisfacción al verla tan enfrascada en su hijo, que a la vista de cualquiera parecía tranquilo; ella, que lo conocía muchísimo mejor que eso, sabía que había algo rondando en su mente que no lo dejaba en paz.
Al terminar el postre, Rose se recostó en el respaldar de su asiento y cerró los ojos, somnolienta. Después de semejante comida, sólo tenía deseos de echarse a dormir en la cama más cercana, pero se recompuso rápidamente y esperó a que todos acabaran mientras charlaba con Marius, que se removía en su asiento con mal disimulado nerviosismo. A pesar de que insistió, él no dijo qué le ocurría; sólo se limitó a cambiar de tema cada vez que lo preguntaba.
Cuando todos finalizaron, regresaron al salón del té para conversar un rato más antes de que todos partieran. Rose no tuvo tiempo de aburrirse; hablaba animadamente con Daphne y Astoria bajo la mirada satisfecha de los hombres Nott y Rose aprovechó para agradecerle por tomarse la molestia de adelantar la cena navideña sólo para que ella estuviera presente. Luego de media hora, Marius se levantó y llamó a dos elfos para que llenaran sus copas para hacer un brindis; ingenuamente, Rose pensó que era alguna clase de tradición familiar.
Agradeció con fervor a todos los invitados por su presencia y les deseó una feliz navidad con educación y encanto. Todos brindaron con calmada alegría y ella, que nunca imaginó añorar a su escandalosa familia, sintió algo de nostalgia por el barullo que formaban por cualquier tontería. Había allí en las personas que la rodeaban tanta cadencia y elegancia, que el bullicio era motivo de reprobación.
Cuando todos chocaron sus copas, Marius se aclaró la garganta para invocar el silencio y continuó.
–Finalmente, quiero aprovechar esta oportunidad para anunciar algo muy importante para mí y es una verdadera satisfacción que todos mis seres queridos estén acá para escucharlo –Rose, que lo escuchaba con atención, se sintió desconcertada cuando Marius caminó hasta ella y la miró con profunda devoción.
Y, entonces, se arrodilló.
Sí. Se arrodilló frente a ella.
Dios mío, se arrodilló.
Su mente se quedó en blanco y sólo podía escuchar el sonido de su corazón desbocado pitando en sus oídos y las exclamaciones ahogadas llegaron tan lejanas, que su cerebro no las registró. Sus manos comenzaron a temblar y lo miró con los ojos tan abiertos, que debía dar la impresión de un conejillo asustado. Miles de excusas cruzaron su mente como un rayo; se ataría los zapatos, buscaría algo que se le cayó, se le había torcido el tobillo, tenía una extraña enfermedad que inmovilizaba su cuerpo y debilitaba sus articulaciones, le había entrado un imperioso deseo de rezar...
No.
Por Merlín y sus calzones, todo estaba sucediendo demasiado rápido y Rose necesitaba que la rotación del planeta se detuviera para poder darle un respiro a su súbito mareo.
Y es que no.
Marius no podía estar haciéndole esto. Él no podía estar removiendo en los bolsillos de su túnica para hallar lo que ella creía que buscaba. Seguro era su maldita paranoia; ellos habían acordado hablarlo antes si se daba el caso de que Theodore Nott insistiera. Él no podía... no podía hechizarle a traición con una propuesta.
–Marius... –balbuceó en un tono tan bajo, que ni siquiera ella fue capaz de escucharse. Un sudor frío le recorrió la espalda cuando él la miró directo a los ojos con una mezcla de expectación y disculpa y su garganta se secó cuando él puso frente a sus ojos una pequeña cajita de terciopelo que ella observó con pánico y no pudo evitar mirarlo suplicante.
Marius, obligado a mantener su expresión emocionada y ansiosa, no pudo evitar el retorcijón de culpabilidad en el estómago por haber expuesto a Rose a semejante situación sin ningún aviso previo y con mucha, mucha premeditación... pero ya no había vuelta atrás.
Le echó un vistazo breve a la mueca estupefacta y descolocada de Scorpius y suspiró para llenarse de valor.
Era ahora o nunca.
–Rose, cariño, ¿Me harías el honor de ser mi esposa?
Vean, vean, vean, vean, vean, ¡Vean!:
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¡Yay! Es un precioso, maravilloso y completamente genial fanart hecho por la paisana más generosa de todas: ¡Gracias, Milagros! Has hecho mi semana mucho más llevadera con el gesto, así que un abrazo y doble gracias para ti xD
Er… fin.
Hay muchas cosas que no tengo manera de explicar. Mi tardanza se debe a múltiples giros del destino que han conseguido que esta semana sea todos los sinónimos posibles de infernal, mismos giros que me han hecho imposible responder reviews. Me ocuparé de eso entre hoy y mañana, pero agradezco mucho su preocupación :)
En cuanto a este capítulo, podríamos decir que el cambio en Rose es un poco más evidente ya que lleva un buen tiempo sin imaginar escenarios demasiado trágicos y desastrosos porque Scorpius se las ha ingeniado para introducirse en su rutina sin ser detectado. Cualquier cambio en su vida diaria la altera hasta niveles insospechados y como Malfoy ahora es parte de esto… Eso explicaría la locura del capítulo pasado xD Pasado eso, este capítulo podríamos dividirlo en 3 partes. En la primera, Scorpius ve sus esperanzas renovadas, en la segunda, Dominique vuelve a atacar con fuerza y en la tercera, Marius... le da un giro súbito a los hechos.
Otra de las cosas que no puedo explicar es este final. Pues sí… no me odien, por favor. Sé que es inesperado y que imaginaban algo así, sí... en un futuro muy lejano. Sólo pido que confíen en mí como lo han hecho hasta ahora y, er… ¡lo siento!
En fin… me despido deseándoles lo mejor de lo mejor hasta la próxima :D
Besos, Clio :)
