"El amanecer es siempre una esperanza para los hombres."

"Diecisiete"

Capítulo XXV


El suelo a centenares de metros debajo de él tan solo formaba un compendio de colores rojizos imposible de describir con detalle, tal era la velocidad de vuelo de Diecisiete. Las últimas luces del atardecer encendían la tierra como una lumbre.

Era curioso cómo una visión tan simple podía ajustarse tanto a sus propias emociones.

Diecisiete ardía de ira e de impotencia. Sus dientes rechinaban y sus puños temblaban.

Las heridas de sus manos se habían vuelto a abrir y sangraban. Pero no le importaba el dolor, no le afectaba.

Su mente sólo podía pensar en todas y cada una de las formas con las que torturar al responsable de lo que les había pasado a Ruby y a él.

Ese malnacido pagaría por todas y cada una de las lágrimas que Ruby había derramado.

Esa atrocidad no merecía clemencia alguna aunque, de todas formas, Diecisiete no había sido clemente jamás.

Aceleró aún más y se condensó el aire alrededor del cuerpo de Diecisiete al sobrepasar la barrera del sonido.

Midiendo bien su colosal fuerza, la rubia removía el contenido de una olla con extremo cuidado. Conocedora de las preferencias culinarias de su esposo, se había aventurado en la cocina para preparar una sopa de verduras y pasta, que se hallaba a punto para añadir esta última.

—¡Ya estoy en casa!

Suspiró al oír su voz.

—Bienvenido —respondió.

Cada día se repetía la misma escena. Él llegando del trabajo, ella recibiéndole mientras preparaba la cena, realizaba algún quehacer o leía una revista, siempre ocultando la sonrisa vergonzosa que asomaba a su rostro de facciones delicadas, al oírle llegar.

Aunque pareciera imposible, Dieciocho se ruborizaba tiernamente cuando él la miraba, como una niña enamorada. Y eso era, en esencia, por más que la mala suerte y un loco se hubieran esforzado en apartarla de aquella realidad. Ella disfrutaba de su enamoramiento y lo vivía como una luna de miel. Aunque, eso sí, ponía especial cuidado en ocultarlo adecuadamente ante Krilin. Mostrar abiertamente sus sentimientos era algo lejano aún y demasiado vergonzoso para la androide.

Pero él, siempre atento a las señales de Dieciocho sabía bien lo que pasaba por aquella cabeza de cabellos dorados.

—No pongas esa cara Dieciocho… —murmuró él, de pie junto a ella, ante la encimera de la cocina y concentrado en dorar algo de pan en la tostadora.

Dieciocho podía asegurar que Krilin estaba tan ruborizado como ella.

—¿Qué? ¿Cuál cara? —preguntó ella, forzándose a mostrar una más inexpresiva y peinando sus cabellos tras las orejas, tal como siempre hacía cuando se avergonzaba.

Era tan inocente que a veces parecía una niña.

"Qué suerte tengo", caviló Krilin, sonriendo maravillado con la perfecta visión de su hermosa mujer ruborizada por su sola presencia. No podía ser más feliz.

En aquel momento sonó el timbre de la puerta, y ambos tortolitos desviaron las respectivas miradas hacia otro lado. Ella caminó hasta la otra punta de la cocina y encendió el televisor, y él apagó la tostadora y retiró el pan.

—Yo abriré —musitó Krilin.

Tenía la corazonada de que si se quedaba mirándola un rato más, la "minestrone" que iba a cenar en breve no sería la de aquella olla. No quería apresurar acontecimientos por más que lo ansiara.

Krilin acudió hasta la entrada del apartamento, secándose las manos en un paño. Abrió la puerta, esperando ver algún vecino pidiendo algo de sal o quizá dientes de ajo. A aquellas horas, ¿quién más podría ser?

Y el sujeto que se encontró al otro lado, apoyado con el codo en el marco, era el último que esperaba ver por allá.

—Hola… CUÑADO —dijo Diecisiete, pronunciando aquella palabra con tono perverso. Sus ojos le atravesaban como puñales.

Adiós al "minestrone"...

—Vaya… Qué alegría verte por aquí —musitó Krilin, enarcando una ceja.

—Qué honor que te alegres de verme… —respondió Diecisiete, en el tono desinteresado que acostumbraba.

—¡Krilin! ¡Ven a ver esto! —gritó Dieciocho desde la cocina.

Krilin y Diecisiete se miraron brevemente antes de que el primero cediera el paso al androide hacia el interior de su casa, finalmente.

En la cocina, Dieciocho observaba con ojos desencajados la noticia que emitían justo en aquel momento. Una corresponsal hablaba para los televidentes en aquel instante.

—… Nos encontramos junto al edificio de la Central de los Rangers del Royal Nature Park, donde hace tan solo unas horas se ha producido una violenta explosión de un depósito de gasoil. Como pueden ver, los daños son cuantiosos —la reportera se apartó para permitirle al operador de cámara hacer un barrido de la escena. Los bomberos trabajaban en la extinción del incendio que se había propagado hacia el bosque, beneficiado, además, por las altas temperaturas del día—. En unos momentos podremos hablar con el Jefe del Cuerpo de los Rangers que nos explicará cómo está la situación...

—Eso no lo ha hecho la explosión de un depósito de gasoil... —gruñó Dieciocho, frunciendo el ceño. La pantalla mostraba en aquel instante los grandes huecos que habían abierto Diecisiete y Veintiuno en la fachada de la taberna al inicio de su batalla, y ella conocía demasiado bien cómo se originaban unos agujeros así.

—Joder, lo hemos dejado todo hecho mierda...

—¡Ah! —chilló Dieciocho, sobresaltada.

Se giró rápidamente y encontró a Diecisiete mirando el televisor.

—¿Haciendo de ama de casa? —dijo él, dando una ojeada rápida al contenido burbujeante de la olla.

—¿Qué estás haciendo aquí, Diecisiete? —preguntó ella, sorprendida.

Él enfrentó su mirada y se encogió de hombros.

—Tengo problemas —respondió, simplemente.

Dieciocho entornó los ojos, sin comprender el tono de sus palabras y Krilin se acercó al androide.

—¿Qué ha pasado en la reserva? Yo tampoco me creo lo de la explosión del depósito… Los daños de ese edificio no cuadran con esa versión.

—Qué agudo, calvito… ¿Deformación profesional? —murmuró Diecisiete.

Krilin puso los brazos en jarras, molesto, mientras Diecisiete se sentaba en el mismo taburete que ocupó Ruby la última vez que estuvieron en aquella casa.

El recuerdo de Ruby y de la sonrisa orgullosa que había lucido aquella noche le encogió el estómago.

—Hemos tenido una visita inesperada por allá —dijo Diecisiete, hablando con tono tranquilo—. Un androide —anunció. Su hermana y su cuñado compusieron una expresión de sorpresa—. Lo envió un tal Spark, un científico que nos está buscando a ti y a mi, Dieciocho, y solo es cuestión de tiempo que dé también contigo.

Ella miró sorprendida a Diecisiete y a Krilin. ¿De qué estaba hablando su hermano?

Diecisiete frotó su rostro con el dorso de una de sus manos, fastidiado.

—¿Qué te ha pasado ahí? —preguntó ella al fijarse en la sangre de sus manos. Se acercó a Diecisiete y examinó una de ellas. Era extraño que hubieran sufrido esas heridas. Diecisiete era aún más resistente que ella misma.

Él retiró con brusquedad la mano y sonrió tal y como acostumbraba.

Pero la sonrisa desapareció rápidamente y la urgencia sustituyó la burla en sus ojos gélidos.

—Debo encontrar a ese tipo cuanto antes…

—… De momento no hay víctimas mortales. Sólo una trabajadora del Departamento de Conservación de la Vida Salvaje ha resultado herida y se encuentra ingresada…

La reportera continuó con su retransmisión y, al escuchar aquella parte, la preocupación azotó a Krilin hasta el punto de no poder contenerse. Se acercó a Diecisiete y le agarró de la solapa de su ya maltrecha camisa oscura.

—¿Qué le ha pasado a Ruby? —preguntó, en tono amenazador.

Sabía que Diecisiete podía matarle sin esfuerzo alguno, pero si aquella chica inocente había resultado herida por culpa del androide, no iba a dudar en soltarle una buena somanta de puñetazos antes de que el de cabellos negros le enviara al otro barrio.

Se sacudió de encima la mano de Krilin, igual que había hecho con Dieciocho, y le miró con desprecio. Tomó aire para responderle algo mezquino y… No pudo hacerlo. La voz de Ruby resonó en su cabeza una vez más, como tantas antes, desde que Diecisiete abandonó el hospital, y el recuerdo de la sonrisa radiante que lució en su rostro al regresar del control de embarazo le torturó.

"He escuchado su corazón y bombeaba fuerte..."

Resopló y hundió el rostro entre sus manos un momento, antes de alzar de nuevo la vista y proceder a dar la explicación de lo ocurrido.

—Ruby estaba embarazada de dos meses… —Diecisiete hizo una pausa y frunció el ceño, al fijarse en la expresión de Krilin y Dieciocho—. No pongas esa cara, enano. No tiene nada de extraño. Y tú —dijo, dirigiéndose a su hermana, que le miraba embobada—, todo lo que te estás preguntando ya me lo he preguntado yo, y no le encontré sentido. Quizá tú también puedas… —la rubia se sonrojó ante el comentario de su hermano. Diecisiete peinó su cabello hacia atrás con ambas manos y resopló—. Pero ese desgraciado la atacó a ella —murmuró, con rabia—. Y Ruby ha perdido el bebé…

—¡Maldito miserable! —exclamó su hermana. Dieciocho se tapó la boca con una mano, conmocionada por la noticia.

—¿Cómo se puede ser tan cobarde? —dijo Krilin a su vez, cabreado.

Tal como había vaticinado, Ruby se había visto envuelta en los problemas de estar con Diecisiete, finalmente, y lo estaba pagando aún siendo ella inocente de todo mal.

—Tengo que encontrar a quien nos ha hecho esto, Dieciocho. Tiene que pagar por ello —dijo Diecisiete, con voz grave.

Se cruzó de brazos y los miró a ambos. Sus ojos fríos y distantes aún imprimieron más amenaza a cada palabra que dijo.

—Entonces hay que empezar a buscarle —concluyó la rubia.

—O a atraerle —sugirió, a su vez, el otro androide.

—¿Qué tienes en mente, Diecisiete? —preguntó Krilin, temeroso.

No le gustaba nada el cauce que estaba tomando aquella conversación. Podía jurar que Dieciocho estaba tan ofendida como él mismo y que sentía una empatía especial por Ruby. Era comprensible que quisiera implicarse.

Pero Diecisiete estaba demasiado afectado, podía ver la ira brillando en sus ojos, tanta que sería capaz de actuar sin pensar con frialdad.

Y el plan que les compartió confirmó sus miedos.

—Destruiré una ciudad, o mejor aún, varias —explicó Diecisiete, en el tono más tranquilo posible—. Utilizaré los medios de comunicación, igual que hizo Cell para anunciar su torneo. Me daré a conocer al mundo entero —dijo, abriendo los brazos en un gesto envolvente—. Y así ese Spark sabrá exactamente dónde estoy. Haré que venga a por mi, y entonces lo aplastaré...

—¡¿Estás chalado?! —gritó Krilin, llevándose las manos a la cabeza—. ¡En sólo dos minutos tendrías encima a Gohan y a Vegeta y te patearían el culo!

El androide soltó una risa incrédula.

—¡Venga ya! ¿Ese chiste de Saiyajin orgulloso y el mocoso mimado?

—Ya no eres el más poderoso del mundo, Diecisiete, lo creas o no —concluyó Krilin—. Y es mejor que no hagas la comprobación...

—Esa no es una buena solución —opinó Dieciocho.

Diecisiete resopló. Debió preverlo, su hermana estaba completamente absorvida por el enano calvo y se posicionaba de su lado.

—¡¿Entonces qué más puedo hacer?! —preguntó, airado—. El tiempo apremia y no tengo ni idea de quién es ese maldito Spark, ni de dónde cojones se esconde...

—Podemos preguntar a los expertos —sugirió Krilin, pensativo—. Bulma conocía la ubicación del laboratorio de Gero, el de las Montañas del Norte. Quizá sepa también acerca del de este científico —golpeteó su mentón con los dedos, con gesto concentrado. Miró a los dos androides y se dirigió a ellos con convicción—. Vosotros os quedaréis aquí y yo le preguntaré a...

—Ni sueñes con darme órdenes, enano —le interrumpió Diecisiete, entre dientes. Se levantó de repente de su asiento y señaló a Krilin con el dedo índice, amenazadoramente—. Es mi chica quien está en el hospital, y a nosotros a quienes está buscando ese tipo. No pienso quedarme al margen.

Krilin rodó los ojos. Diecisiete era duro de mollera de verdad...

—Pero, ¡no puedo reunirte con Bulma así como así! ¿No lo entiendes? ¡Ella formará un escándalo cuando se entere de que estás vivo, Diecisiete! Y se enterará Vegeta, eso te lo aseguro y entonces te pisará como a un gusano...

—Pero, entonces, ¿cómo vamos a conseguir que Bulma hable con Diecisiete? —planteó Dieciocho, ignorando claramente la discusión entre su hermano y su esposo.

—Sólo se me ocurre una manera… —murmuró Krilin—. Me duele decirlo pero con Bulma es mejor usar el factor sorpresa. Colaremos a Diecisiete en la Corporación sin que nadie se entere, ni siquiera Bulma.

—¿Cómo vamos a hacerlo? Eso es una fortaleza, Krilin, hay más seguridad ahí que en una cárcel. Además Vegeta ronda por esos pasillos… No. No podemos colar a Diecisiete fácilmente.

Diecisiete se cruzó de brazos y miró ofendido a su hermana.

—No me gusta la poca fé que tienes en mi…

—Yendo directamente al laboratorio de la compañía, no al privado de Bulma —respondió Krilin haciendo oídos sordos a los comentarios de Diecisiete—. Así evitaremos las zonas que Vegeta frecuenta. Es la única solución. Como le vea lo matará...

Diecisiete rodó sus ojos. Se estaba cansando de la falta de confianza de aquellos dos en sus extraordinarias capacidades...

Ignorando la expresión de hastío de su cuñado, Krilin sacó su teléfono móvil y buscó un contacto. Acercó el aparato hasta su oído y esperó...

—¡Hola Bulma! Soy Krilin. Escucha… Ah, ¿sí? Ese niño es un figura… Oye… Sí, ¿de verdad? Claro, es lógico… Bulma… … … Ehh… ¡Qué bien...!

Diecisiete se volvió a sentar. Aquello iba para rato. Posó la barbilla sobre una mano y observó al guerrero bajito, expectante.

La postura del androide dejaba claro que se estaba impacientando y Krilin comenzó a sudar.

—¡De hecho eso era precisamente para lo que te llamaba! —exclamó Krilin, cuando una de las vueltas de la conversación tiró por el derrotero adecuado—. Dieciocho necesita verte… Ehh, tiene algunas dudas sobre unas partes de su cuerpo y… —dijo, improvisando. Dieciocho frunció el ceño, un gesto al que él respondió con una sonrisa lastimera y un encogimiento de hombros—. ¿Ah no? De acuerdo, entonces… Pero, ¿le llamo yo directamente?... ... Ahá… De acuerdo, pásamelo, sí. ¡Muchas gracias Bulma! ¡Sí! Claro que iremos a visitaros un día de estos… Claro, tú nos avisas cuando Vegeta no esté por allá, ¡ha, ha, ha! —forzó una risa Krilin.

Dieciocho rodó los ojos y Diecisiete rió al presenciar el gesto hastiado de su hermana. Vegeta sentía animadversión por Dieciocho también. Era lógico, cada día no te dan una tunda como la que le dio su hermana al saiyajin. Eso no se olvida fácilmente.

Krilin cortó la llamada y suspiró.

—¿Y bien? —preguntó Dieciocho, claramente molesta al conocer el contenido de la última parte de la conversación.

—Me ha dicho que el experto en androides es su padre. Aunque eso ya lo sabía. Fue él quien reconstruyó a Dieciséis antes de la batalla contra Cell… Pero no sé si sacaremos algo en claro hablando con él. A veces el Doctor Briefs es un poco… denso.

La noticia acerca de la reconstrucción de Dieciséis hizo que Diecisiete aguzara el oído.

Un sonoro "Bip" indicó la recepción de un mensaje. Krilin comprobó que era de Bulma, quien le pasaba el contacto de su padre.

—Bien, el Doctor Briefs es una eminencia en este campo. Tengámosle fé. Y si no, ya veremos cómo conseguimos preguntarle a Bulma y esquivar a Vegeta...

El laboratorio personal del Doctor Briefs estaba situado en el sótano del edificio principal de la Corporación, que era la vivienda de la familia. Allí fue que el padre de Bulma citó a Krilin y a su esposa.

Krilin se mantuvo tremendamente tenso cuando la recepcionista del gran edificio esférico les recibió. Aquel era el momento de más peligro. Si a Vegeta se le ocurría pasar por allí en aquel instante…

En su nerviosismo miró a los dos androides. Dieciocho, embelesada con la decoración, el mobiliario de la sala de espera y el diseño de los ventanales, curvos. Diecisiete, de brazos cruzados mirando de soslayo a los trabajadores de la compañía que pasaban de vez en cuando junto a ellos. Ambos tranquilos, relajados.

Y cada vez que se acercaban pasos por el pasillo, el corazón de Krilin se salía por su boca.

"Si esto sale bien voy a necesitar vacaciones…", pensaba, estresado.

—El Doctor Briefs les recibirá ahora —dijo la recepcionista, amablemente.

Krilin suspiró, aliviado, al ser conducidos escaleras abajo hacia las instalaciones del laboratorio personal del científico. Al menos en aquella zona había menos peligro de encontrar a Vegeta. Tenía entendido que su suegro lo ponía tan nervioso que evitaba a toda costa cruzarse con él.

Atravesaron una gran sala repleta de instrumentos y herramientas de todo tipo, en la que tres científicos ataviados con bata blanca se hallaban tan enfrascados con lo que parecían restos de un par de robots de defensa que no hicieron caso de su presencia. Y, finalmente, llegaron hasta la puerta doble de un laboratorio cerrado, que la recepcionista golpeó un par de veces antes de abrir.

Krilin y los dos androides entraron en la sala. La trabajadora cerró la puerta tras ellos y regresó a su lugar de trabajo.

—¡Krilin! —dijo una voz en algún lugar del inmenso espacio diáfano. El Doctor de cabellos color lila emergió de detrás de una caja de herramientas y se acercó hasta ellos—. Bulma me comentó algo sobre un problema que tenía tu esposa, y ¡ah! Aquí está la señorita—. exclamó Briefs, al reparar en ella. Dieciocho esbozó una sonrisa que en sus facciones desprovistas de expresión resultó macabra, y se apartó a un lado, revelando a la tercera persona que había venido con ellos.

Briefs se detuvo en su avance y se puso serio. El cigarrillo medio apagado que pendía de sus labios se cayó al suelo a causa de la sorpresa.

—Vaya… Esto no… No lo esperaba en absoluto… —musitó el Doctor, al encarar la mirada asesina de Diecisiete.

Había estudiado su silueta tantas veces en aquel rollo de papel que era imposible que no le reconociera. El androide le observó con ojos feroces y el silencio se apoderó de la sala durante unos segundos

—¡Qué sorpresa más grata! —exclamó entonces el Doctor Briefs, emocionado—. No creí posible el verte algún día en persona, muchacho —confesó. Se acercó a él e inspeccionó de cerca su aspecto—. Sí, ¡eres una maravilla!

Diecisiete apoyó las manos en sus caderas con gesto desenfadado y dedicó una risita burlona al Doctor, que le estudiaba desde todos los ángulos.

—Mi novia también suele decirme eso…

—¡Diecisiete! —masculló Krilin, sonrojado. El de cabello oscuro se encogió de hombros y sonrió de medio lado.

Krilin se cubrió los ojos con la mano, avergonzado. Era incorregible. Por grave que fuera la situación, Diecisiete no podía evitar echar mano a sus comentarios mordaces, si la ocasión se presentaba.

—¡Oh! Pero, ¿qué te ha pasado en las manos? —musitó el científico, frunciendo el ceño—. Y en la cara, estás lleno de magulladuras… ¿Cómo… Quién ha podido dejarte esas marcas? Tu piel está modificada genéticamente para resistir más que el diamante…

—De eso precisamente queríamos hablarle, Doctor —dijo Krilin.

—Por supuesto, pero antes, tú ven conmigo —dijo Briefs, dirigiéndose al androide. Y sin esperar una respuesta, jaló a Diecisiete del brazo y lo arrastró hasta una camilla rodeada de instrumentación quirúrgica.

—Túmbate aquí —pidió el Doctor.

Diecisiete le miró como si le acabara de pedir la mayor locura del mundo. ¿Él en una camilla? ¿Otra vez? ¡Ni muerto!

El androide negó con energía, le repugnaba la idea. Dieciocho resopló al presenciar los reparos infantiles de su hermano y Krilin se colocó de espaldas para esconder la risa. Él era el único que estaba disfrutando de la situación. Sabía que el Doctor Briefs era capaz de colocar en fuera de juego a cualquiera, pero no imaginó que pudiera conseguirlo tan rápido, y con el Androide 17 nada menos...

Mientras Diecisiete miraba la camilla como si fuera un potro de tortura, Briefs caminó hasta lo que parecía un refrigerador y extrajo de él un tarro cerrado herméticamente. Al regresar y comprobar que el de cabellos azabache aún no se había movido de su lugar, le sonrió como a un niño.

—Vamos. No te va a pasar nada: sólo voy a curarte.

Diecisiete frunció el ceño. La bondad no era una virtud que hubiera apreciado nunca en su creador. Briefs le sorprendió con su actitud. Aquel hombre era demasiado confiado. O quizá, simplemente, era imbécil...

Suspiró, y tras una mirada de soslayo a su hermana, quien le hizo un gesto con la mano para que obedeciera de una vez, se subió a la camilla y se tumbó. El brillante foco del techo le trajo muy malos recuerdos de la última vez que recordaba haber estado en una igual.

—¿Estás cómodo? —preguntó Briefs.

El científico se colocó unos guantes de látex y observó con cuidado las manos de Diecisiete antes de proceder a extender sobre ellas una sustancia de color verdoso.

Diecisiete bufó.

—¿Quiere una lista de las cosas que preferiría hacer antes de estar aquí? Arrancarme los dientes es una de ellas… —respondió.

—¡Oh! ¡Qué mente tan afilada! Es asombroso el trabajo que hizo el Doctor Gero con vosotros.

Diecisiete entornó los ojos y miró con profundo odio al científico.

—Mi mente es completamente mía, no le atribuya a Gero lo que no le pertenece —masculló el androide.

Briefs asintió, reconociendo su falta de tacto.

—Tienes razón, lo siento. Pero no puedo evitar apreciar el trabajo bien hecho. Y tú, querido amigo, eres lo más sublime que he visto en toda mi vida, con perdón de la señorita.

Diecisiete miró con una mueca triunfante a su hermana, y ella rodó los ojos y chasqueó la lengua, harta de sus chiquilladas.

—Tendrás que quedarte quieto durante una hora —dijo el padre de Bulma, una vez terminó de cubrir sus profundas heridas con la sustancia—. Este material que he desarrollado regenera el tejido vivo con características cibernéticas. Tendrás las manos como nuevas en un rato —explicó Briefs. Guardó el tarro en aquel refrigerador y Diecisiete se miró las manos. Era repugnante...—. Y ahora, jovencita, tu turno —dijo el Doctor, dirigiéndose a Dieciocho.

Krilin alzó las cejas y se apresuró a desmentir el motivo por el que el científico creía que se hallaban allí.

—En realidad, Doctor, a mi esposa no le sucede nada. Hemos venido a verle para preguntarle acerca de un científico: el Doctor Spark. Necesitamos saber dónde tiene su laboratorio. Uno de sus esbirros hirió a la novia de Diecisiete, y él quiere encontrarle.

—Oh, eso es terrible... —dijo el padre de Bulma.

Briefs miró a uno y al otro miembro del matrimonio, mientras terminaba de lavarse las manos. Luego dirigió la vista a Diecisiete, inmóvil en aquella camilla, con actitud pensativa. Sus ojos eran profundos e inquisitivos, y a la vez, carecían de expresión.

—Ese nombre me resulta muy familiar… Spark… Sí… Me trae a la memoria varios recuerdos… Veréis, tras el torneo de Cell, la Corporación Cápsula fue la organización que se encargó de despejar la zona. Teníamos dos tareas muy importantes y diferenciadas.

»La primera era despejar la zona de restos de los Cell Juniors. Existía un miedo bastante comprensible de que aquellas criaturas pudieran regenerarse si los pedazos eran lo suficientemente grandes, de modo que nos esforzamos en recoger todas las muestras, por pequeñas que fueran.

»La segunda tarea era recoger los restos del Androide 16. Él tenía un origen completamente mecánico por lo tanto no fue considerado un ser vivo por el dragón Shenlong, así que el deseo que le pidieron en la torre de Kamisama no le trajo de vuelta.

Diecisiete vio aclarado así el motivo por el que su compañero de aventuras no estaba ya en el mundo. Era un objeto, no una persona y el deseo que le resucitó a él mismo no funcionó con Dieciséis.

—Pero yo me propuse reconstruirlo a partir de aquellas piezas —explicó el Doctor Briefs, sonriente. Se dirigió hasta un rincón de la sala y exclamó—. ¡Mirad!

El Doctor Briefs levantó una lona y les enseñó el estado actual del proyecto de Dieciséis. Diecisiete sintió la sangre detenerse en sus venas.

Parecía un juguete montado con piezas de robots domésticos. Tan sólo alguna parte era reconocible de haber pertenecido a Dieciséis y, el resultado, no se parecía en absoluto a su antiguo camarada.

Aquello, bajo el punto de vista de Diecisiete, era un insulto a su memoria.

Dieciséis no le había hecho nunca daño a nadie. Era un ser de naturaleza benévola. Ni siquiera había participado de las gamberradas de Diecisiete y Dieciocho durante la búsqueda de Son Goku, e incluso había colaborado con aquellos guerreros para destruir a Cell y se había sacrificado finalmente para conseguirlo.

Y ahora le estaban "reconstruyendo" con trozos de aquí y de allí... ¡Como si fuese una puta batidora reciclada!

La sangre de Diecisiete hirvió, su labios se fruncieron y sus manos comenzaron a temblar.

—Por supuesto, como podéis ver, este proyecto posee sólo algunas de las piezas de Dieciséis —continuó Briefs—. El resto se guardó en un tanque de seguridad que...

—¿Por qué, simplemente, no le reconstruyó con todas las piezas y YA? —inquirió Diecisiete en un tono que dejaba más que clara su disconformidad.

—¡Oh! No era tan sencillo. Verás, algunos microchips de Dieciséis y algunas otras piezas, como el cañón sónico del brazo que recuperamos, estaban muy dañados y tenía que trabajar en ellos aparte… Pero yo no lo veo tan mal ahora mismo —confesó, palmeando suavemente la cabeza de aquel cyborg inerte y sin rostro—, sólo tengo que trabajar un poco más en su cara para que se vean igual y...

—Escucha —le interrupió Diecisiete—, empieza a correr.

—¿Por qué? —preguntó Briefs, sorprendido.

—¡PORQUE VOY A MATARTE! —Diecisiete se alzó violentamente de la camilla y su hermana se abalanzó sobre él para detenerle.

—¡Diecisiete! ¡No cometas locuras! —exclamó Krilin, colocándose entre su cuñado y el padre de Bulma y alzando las manos en son de paz.

—Si no me permites acabar de hablar no entenderás nada —le reprendió el Doctor Briefs. Dejó algo más de distancia respecto al visceral androide y se secó el sudor de la frente con un pañuelo antes de continuar—. Te he dicho que las partes más importantes de Dieciséis estaban almacenadas a buen recaudo. De hecho este proyecto de aquí era sólo una prueba para comprobar el funcionamiento de las piezas. Tenía pensado trabajar en las otras para reconstruir a Dieciséis exactamente igual a como fue, en un proyecto futuro.

»Pero hace casi un año entraron a robar en el laboratorio. Dieron con el código de seguridad, no sé cómo, y se llevaron aquel tanque en el que guardabamos las principales piezas de Dieciséis, junto con muchas otras cosas más. Y también tus planos, Diecisiete.

—¿Qué? —dijo él, alarmado. ¿De qué diablos hablaba aquel loco ahora?

—Sí, tus planos. Los que utilizamos para construir el mando para desactivaros… Con perdón... —musitó Briefs, alzando las manos en gesto de disculpa y suspirando, cansado—. En la época en que la Corporación limpió los restos de la batalla contra Cell, yo, personalmente, supervisé las tareas de recuperación y trabajé con un equipo de colaboradores, todos camaradas de profesión. Uno de ellos, Eugene, se hacía llamar "Spark". Era un científico brillante, tenía un gran futuro por delante. Pero desapareció la misma semana en que lo hizo el tanque y los planos.

Diecisiete se irguió de nuevo en la camilla al escuchar aquello. Tenía que ser el mismo Spark que había enviado el androide a por él.

—¿Y no sospechó de él? ¿Le roban los planos de una máquina de matar y no se alarma, Doctor? —musitó Krilin, asombrado.

—En aquel momento no tenía motivos para sospechar de él… —respondió Briefs. Luego vió la mirada asesina que le dedicó Diecisiete y se apresuró a rectificar— Aunque quizá sí debí sospechar….

—¿Dónde está? —preguntó Diecisiete. Su voz sonó amenazadora.

—No tengo ni idea —confesó Briefs—. Debe poseer un laboratorio, pero no sé donde.

—En ese caso no me queda más que el Plan B. Haré que me encuentre, que venga a por mí… —concluyó Diecisiete, convencido de sus palabras.

—Otra vez con lo mismo… —resopló Krilin—. Te lo repito: si Vegeta o Gohan te ponen las manos encima será tu fin…

—¿No le sacaste nada? ¿No se te ocurrió interrogar a aquel androide que os atacó antes de hacerlo trizas? —preguntó Dieciocho. Su hermano negó y ella rodó los ojos.

"Hombres…", pensó.

Pero entonces la expresión del rostro de Diecisiete se iluminó, como si acabara de recordar algo importante.

—...Un momento… No, no le interrogué, pero él sí mencionó algo… Me dijo que el laboratorio de Spark estaba en una zona de hielos perpetuos que no iba a ser de mi gusto.

—¡Un glaciar! —exclamó Briefs, triunfante, al comprender la estrategia de Spark— ¡Qué astuto! El frío del hielo puede mantener oculta la ubicación de un lugar incluso del rastreo de los satélites más avanzados —explicó.

El Doctor Briefs se acercó a Diecisiete y examinó el proceso de regeneración del tejido de sus manos. Hecho esto prendió un cigarro y dio una larga calada antes de comenzar a preparar uno de los instrumentos quirúrgicos que se hallaban en una mesa, junto a la camilla de Diecisiete. El androide estudió cada movimiento del científico, escamado.

—Pero eso no ayuda mucho —repuso Krilin—. Hay miles de glaciares en el mundo…

Dieciocho miró a su esposo. Tenía razón. No podían, simplemente, ir glaciar por glaciar destruyendolos todos a su paso. Tardarían una eternidad.

—Sí —admitió el padre de Bulma—, pero no todos son válidos para albergar un laboratorio —explicó—. Los glaciares son masas móviles de agua congelada y eso impide que pueda estabilizarse un laboratorio en su interior. Sus paredes y su base se harían añicos. Cualquier edificación necesita estabilidad y más aún un laboratorio científico.

Con una especie de punzón encajado en el extremo de una herramienta parecida a un taladro de pared, Briefs procedió a pinchar diversos puntos de las palmas y los dedos de Diecisiete. Cada uno de ellos provocaba una descarga eléctrica que hacía que el androide reaccionara de forma refleja, apartando las manos.

El material estaba actuando bien. Debajo de aquel pringue verde se estaban regenerando las terminaciones nerviosas del androide.

El Doctor Briefs dejó el instrumento a un lado, dio otra profunda calada al vicio y negó con la cabeza.

—No —musitó, como si respondiera en voz alta a alguna pregunta planteada mentalmente—. Si está enterrado en un glaciar sólo puede estar en un lugar sin desnivel, donde el hielo sea estable y de terreno sólido.

Briefs se acercó entonces a uno de sus ordenadores y activó la pantalla.

—Veamos… Hielo perpetuo, en terreno sólido y sin desnivel…

El Doctor murmuraba mientras ojeaba con atención en un mapa interactivo. Unos minutos más tarde su consulta dio frutos, y Briefs imprimió un mapa en el que se veían marcados los puntos que cumplian esos requisitos. Eran un total de cuarenta y seis.

—La búsqueda va a ser complicada —dijo Briefs, entregándole el mapa a Dieciocho, que en seguida procedió a estudiarlo, con curiosidad.

El padre de Bulma hizo un gesto con la mano a Diecisiete para que se levantara y se acercara hasta un lugar parecido a una zona de limpieza. El androide colocó entonces sus manos sobre un sumidero para esterilizar instrumentos quirúrgicos y el Doctor roció sobre ellas con una ducha un líquido frío de color azul.

Cuando el científico cerró la llave de paso, Diecisiete miró sus manos. Alzó las cejas, perplejo. Su piel y la carne bajo ella estaban completamente recuperadas. No había rastro de las profundas laceraciones y quemaduras que había sufrido. Incluso su hermana se acercó para comprobar si era real lo que estaba viendo.

Era asombroso. Los tejidos orgánicos de Diecisiete y Dieciocho necesitaban del mismo tiempo para cicatrizar que los de cualquier humano normal, con la diferencia que ellos no corrían peligro de sufrir infecciones.

Aquel sistema de regeneración se parecía demasiado a...

—Impresionante, ¿verdad? ¡He, he! —rió emocionado, el Doctor—. Me inspiré en la técnica de autoregeneración de Piccolo y Cell para desarrollar esto. Y confieso que pude hacerlo gracias a las muestras de los Cell Junior que recogimos.

Diecisiete sonrió, satisfecho, abriendo y cerrando las manos y comprobando su fuerza.

—No está mal, Doctor —admitió. Entonces centró su atención en el mapa que su hermana sujetaba—. Si ese Spark tiene un laboratorio en algún lugar de estos, seguro que no le gustará que alguien ataque la zona y ponga en riesgo su trabajo.

Dieciocho y él se miraron y se sonrieron con expresión diabólica. En aquel momento eran un reflejo el uno del otro.

—¿No podéis pensar en una estrategia más sutil? —preguntó Krilin, pese a que conocía perfectamente la respuesta.

—Atacó a mi novia —argumentó Diecisiete, encogiéndose de hombros—. No voy a ser sutil en absoluto.

Dieciocho asintió.

—Iré contigo —anunció—. Krilin, estaré de vuelta antes del amanecer.

Los ojos del guerrero sin pelo se desencajaron.

—¿Qué…?

—De eso nada, Dieciocho —se negó Diecisiete—. Esto es un asunto personal entre Spark y yo. Además, si vienes correrás el riesgo de que se te estropee la ropa.

—¡Ja! Como si pudieras convencerme. De ningún modo, hermano. Voy a ir tanto si quieres como si no. A fin de cuentas también me busca a mi. Y no me vendrá mal un poco de diversión.

—Si tú vas yo no pienso quedarme aquí —confesó Krilin, mirando a su esposa, de brazos cruzados.

Los androides le observaron con una ceja enarcada, y él les enfrentó sin rastro de duda en los ojos.

No, por separado aquellos dos eran personas con sus cualidades y sus defectos (más defectos que cualidades en el caso de Diecisiete), como cualquier ser humano. Pero juntos formaban un tándem demasiado peligroso. De ningún modo les dejaría marchar solos.

—De acuerdo —se rindió Diecisiete, comprendiendo que era inútil discutir con ellos.

Su hermana y él eran igual de testarudos, y el calvo… Bueno, el calvo seguiría a Dieciocho como un perrillo faldero. Con algo de suerte le darían la golpiza que él tanto deseaba pegarle…

—Y en cuanto a usted —dijo el de cabellos negros, prestando su atención al Doctor Briefs. Al científico se le cayó el cigarro de la boca, por segunda vez, al sentirse objetivo de Diecisiete—. No se le ocurra explicarle a nadie que me ha visto.

—¿Por qué? —preguntó el padre de Bulma, sin comprender—. Tus amigos se pondrían contentos si se enteraran de que estás vivo.

Diecisiete contuvo una carcajada.

—¡Oh! Ya tengo suficiente con un loco que quiere destriparme. No necesito visitas de estúpidos "freaks" con afán de héroes que se creen que le hacen un favor al mundo intentando matar al Androide 17.

El científico frunció el ceño. No entendía el matiz de las palabras del cyborg. Y entonces Dieciocho se acercó a él y le miró con ojos suplicantes.

—Por favor, Doctor Briefs. No le hable de mi hermano a nadie.

El científico alzó las cejas y se rindió.

—De acuerdo… Si insistís...

..::::..


Nota de autora:

Y de nuevo, los mellizos juntos, preparados para la acción, y ¿rondando por el mundo sin vigilancia?… ¡Nooop! Forman un equipo demasiado temible, todos sabemos cómo la liaron en el futuro de Mirai...

Aunque sepamos que esta vez son los buenos y que tienen un motivo de mucho peso para provocar destrucción, mejor que lo hagan bajo la supervisión de Krilin. Tiene que haber alguien con ellos que les vigile para que sus ataques no se salgan de madre XD.

Los siguientes capítulos, los mellizos van a estar juntos, van a discutir y a lanzarse pullas continuamente. Van a desarrollar estrategias juntos, van a pelear y a vencer enemigos, y además contarán con la colaboración y la cabeza fría y prudente de Krilin. Va a ser un ejemplo de cómo imagino que se desarrollarán las batallas en el torneo multiversal. ¡A ver si acierto! ;)

Voy a intentar plasmar cómo les veo a ambos. Lapis era en esencia un joven arrogante, egocéntrico y gamberro, pero también valiente y cariñoso. Y Lázuli era traviesa, algo vanidosa e impaciente, y a la vez tímida y tierna. Una vez transformados en androides, es el lado oscuro, la sombra ;) lo que más les caracteriza. Sólo el paso del tiempo y las experiencias vividas podrán hacer que el resto de sus cualidades se amplifiquen y desarrollen su humanidad. ¡La vida no le pega a todo el mundo de la misma manera! XD

Respuestas a reviews sin cuenta:

Gabii Suarez: Sé que no tengo perdón y que no hay justificación para matar un bebé no-nato. Lo único que puedo alegar a mi defensa es que todo esto va a sensibilizar a Diecisiete respecto al concepto que él tiene de familia (Ohana). Es un sacrificio que le va a permitir avanzar como persona.

¡Muchas gracias por leer!


Dragon Ball © Akira Toriyama