Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, y la trama está basada en uno de mis libros favoritos, "La Doncella de Piedra" de Susan King. Es una adaptación en la cual, los personajes de King fueron reemplazados por los de Meyer, pero la trama sigue siendo exactamente la misma. A pesar de ser una adaptación, sigue siendo una historia original, por lo cual, queda prohibida su copia parcial o total sin permiso.


Capítulo 24

La fogata de la cabecera del lago despedía humo y llamas que se elevaban formando una columna gris que opacaba la palidez del cielo. Edward dio un paso atrás sintiendo el intenso calor del fuego a pesar del viento helado, y contempló a los que estaban de pie en círculo alrededor del fuego, con el semblante luminoso, sonriéndole a él y también entre sí.

El día de Navidad había amanecido plateado y frío. El padre Padruig se había ido de la fortaleza aquella mañana, acompañado de varios montañeses y caballeros, entre ellos Isabella y Edward, que habían asistido a la temprana misa de Navidad celebrada en la iglesia de Santa Brígida. Los que no habían cubierto aquella distancia a pie fueron a caballo, a lomos de fuertes percherones de pie firme a través de las colinas, pues la fina capa de nieve se había congelado durante la noche.

A su regreso, los miembros del clan habían encendido la hoguera con las ramas y troncos que habían apilado el día anterior. Ahora estaban reunidos en torno a la enorme fogata para cantar canciones tradicionales y conjuros gaélicos y para quemar el tronco de Navidad. Edward había aprendido que las costumbres navideñas de las Highlands eran pocas y sencillas. Aquella festividad se celebraba de modo más austero que en Inglaterra o en Francia, mientras que por lo visto el Año Nuevo se recibía con gran entusiasmo.

El calor se extendió por aquellas caras alegres y familiares. Entre todos ellos, pensó Edward, Isabella refulgía como una estrella, cara y hermosa a sus ojos. Seguía con la cabeza descubierta, pues se había negado a llevar el velo blanco que usaban las mujeres casadas y había insistido en que aún no estaba oficialmente casada.

Pero sí lo estaba, y los dos lo sabían. Los de su clan habían adivinado por las miradas de placer de ambos que la unión por las manos se había consumado. Edward tenía la impresión de que los ancianos también suponían que él iba a quedarse con ellos en Kinlochan; veía la esperanza escrita en cada rostro sonriente, en cada paso y en cada risa sincera.

Frunció el ceño y se separó del resto, consciente de la carga que representaba aquella alegría, y sabía que Isabella sentía lo mismo. Percibió huellas de la tensión nerviosa en su semblante, en las sombras de sus ojos chocolates, en la curva seria de su boca. Vio que se obligaba a sonreír —él mismo lo había hecho muchas veces ese día— y rodeaba el perímetro de la hoguera con Billy.

Suspiró, porque había despertado confuso de la noche más increíble de su vida. No creía que le fuera posible abandonar ya a Isabella.

En el centro de la fogata se encontraba el enorme tronco de Navidad. En uno de sus extremos había sido tallado un rostro arrugado, una imagen que Isabella había fabricado unos días antes. Las violentas llamas fueron devorando el tronco, mientras aquel curioso semblante destacaba con toda claridad.

—Esa cara del tronco de Navidad es la Cailleach Nollaich —dijo Rosalie. Edward se volvió y la descubrió a su lado, con la cabeza envuelta en su tartán, que le cubría también el cuerpo, enmarcando su rostro sereno y perfecto—. Es la anciana de Navidad. También dicen que la Cailleach es la anciana del invierno, que pronto desaparecerá. Quemamos su imagen para que traiga buena suerte a todos el próximo año.

Edward asintió mientras contemplaba a Rosalie, cautivado por su sorprendente belleza. Una luz parecía brillar en el fondo de sus encantadores ojos castaños, y las finas arrugas y ojeras que antes los rodeaban parecían haber disminuido en los últimos días.

—Tienes buen aspecto —le dijo—. ¿Estás contenta de estar en Kinlochan?

Su sonrisa pareció casi secreta, y contenía una cierta dosis de tranquila alegría.

—Estoy muy contenta aquí —respondió.

Entonces le cogió la mano derecha, e Isabella se acercó a él para cogerle la izquierda. En torno a la hoguera, montañeses y normandos unieron las manos, y los primeros comenzaron a cantar. Al no conocer la letra, Edward escuchó la hechizante cadencia. Aquel ritmo pareció vibrar en su pecho y conmover inesperadamente su corazón.

La canción prosiguió clara y dulce, elevándose junto con las brillantes llamas hacia el cielo de color perla. Edward apretó la mano de Isabella y sintió su esbelta fuerza, sus dedos acariciadores, aunque ella mantenía la vista fija al frente sin dejar de cantar.

Cantaron otro verso y volvieron a empezar. Esa vez Edward unió su voz a las demás formando un fondo grave a la melodía que lo rodeaba.

Isabella lo miró con las mejillas sonrosadas por el frío y los ojos de un brillo deslumbrante a los que asomaba su corazón. Por un instante, Edward olvidó su dilema. Apretó su mano y siguió cantando, su mirada clavada en la de Isabella, con el corazón rebosante también.

—Guerreros tenemos ahora con nosotros, guerreros que luchan a nuestra espalda, y es bueno —dijo Billy aquella noche después de cenar, otro modesto banquete con las mismas viandas que se ofrecieron tras la ceremonia del apretón de manos—. Y hace mucho, mucho tiempo, junto a otra hoguera en otra noche de invierno, los tres hijos guerreros de Uisneach se sentaron con la bella Deirdre, que más tarde se llamó Deirdre de las Desdichas. El mejor de los apuestos hijos de Uisneach era Naoise, de cabello negro como ala de cuervo y piel clara como la nieve, con mejillas rojas como la sangre. Deirdre lo amaba más que a su vida.

»Esa noche, Naoise se sentó a jugar al ajedrez con Deirdre, la de los rizos dorados y los ojos grises, cuya belleza era capaz de enloquecer a los hombres y cuya alma era dulce como una paloma. Estaba dispuesta a olvidar el amor de un rey y su propia tierra por estar junto al hijo de Uisneach. Y escuchad, y os contaré cómo Deirdre y los hijos de Uisneach llegaron a encontrarse juntos en el exilio en Escocia, y también os contaré cuál fue su fin...

Edward escuchaba con los hombros apoyados contra la pared. Había ocupado una vez más su sitio en el banco en sombras, donde podía encontrarse a solas después de las celebraciones y la compañía de sus amigos el día anterior, el del rito del apretón de manos, y del día de Navidad.

Contempló a los otros mientras bebía lentamente de su copa de vino con especias, recostado contra la pared de madera. El cuento que estaba narrando Billy era bello y conmovedor, lleno de amor y lealtad, anhelo y aflicción. Cuando Billy relató el poético recuerdo que Deirdre tenía de Escocia, una descripción de los valles y las colinas que había llegado a amar durante el tiempo que pasó allí en compañía de los hijos de Uisneach, sintió que se le formaba un nudo en la garganta.

El también amaba aquella tierra, con sus montañas cubiertas de nieve, sus profundos valles y sus lagos de plata; sus orgullosos riscos y sus altivas arboledas; y sus mujeres como perlas. Isabella brillaba entre todas ellas, y él no podía apartar la mirada de ella mientras Billy hablaba y ella traducía con voz profunda.

—Y cuando los hijos de Uisneach murieron —continuó Billy con voz grave y sonora— y fueron depositados en sus tumbas, Deirdre contempló sus bellos e inmóviles rostros y vio a Naoise yacente entre sus hermanos, y el corazón le dio un vuelco, transido de amor y de pena.

»No rompas este día, corazón mío, dijo Deirdre, y se arrojó y yació muerta entre Naoise y sus hermanos, el hilo de su corazón unido al hilo del corazón de él, por toda la eternidad...

Edward tragó saliva y bebió un sorbo de vino. Isabella terminó la traducción y se incorporó, y acto seguido se abrió paso entre la multitud que atestaba la estancia y se dirigió hacia el banco de Edward, bajo las vigas del techo.

Finan también se levantó del sitio donde había estado enroscado junto al fuego y siguió a su dueña. Edward le rascó la cabeza y le palmeó los hombros. Finan dio unos pasos en círculo y por fin se tumbó a los pies de Edward agitando la cola contra la punta de su bota.

Isabella se sentó junto a Edward. El resplandor castaño de su cabello era amortiguado por las sombras del pasillo, por lo que él no pudo verle el rostro tan claramente como cuando estaba sentada al lado del fuego.

Ella le cogió la mano en silencio, y él se sintió complacido. La tristeza del cuento de Billy seguía pesando sobre él como un manto. Cerró los dedos sobre los de Isabella, las manos de ambos unidas entre sí.

Billy tomó el arpa y dio comienzo a una canción de ritmo lento y regular y una melodía exquisita y conmovedora. Isabella se inclinó hacia Edward para que éste la oyera por encima de la música.

—Dicen que existen tres clases de música de clarsach*, el arpa celta —dijo—. Está la música para llorar, la música para dormir y la música para reír. Toda la música de arpa, según dicen, es de una clase o de otra, y todas poseen el poder de conmover el alma.

—Ésta debe de ser la de llorar. —Edward sentía que lo emocionaba como jamás lo había emocionado música alguna. Se dijo que debía de ser por la mezcla de la historia de Billy y el vino, y también por la tristeza que llevaba en su propio corazón al pensar en abandonar a Isabella, aquel lugar, aquellas gentes.

—Billy termina así la historia de Deirdre de las Desdichas, pero luego nos alegrará de nuevo el ánimo con una música para reír, y después nos ofrecerá otra más relajada para dormir.

Edward afirmó con la cabeza mientras escuchaba el sonido de las cuerdas del arpa y sentía el calor de la mano de Isabella dentro de la suya. Al cabo de un rato. Billy comenzó otra canción ligera y más rápida. Isabella miró a Edward.

—Quiero que te quedes —le susurró.

Él lanzó un suspiro y miró a otra parte. Después levantó la mano de ella, encerrada en la suya, y se la llevó a los labios para besarle los suaves nudillos. Incluso aquel pequeño contacto entre ambos desató un sensual ardor en todo su cuerpo. No dijo nada, pero su silencio fue una elocuente negativa.

Isabella retiró la mano.

Al cabo de unos instantes él se inclinó y le dijo:

—Isabella, pronto tendré que ir a buscar a James MacNechtan. He de hablar con él de las órdenes del rey y establecer de algún modo cuál es su lealtad. El rey aguarda mi respuesta.

— ¿Tienes que ir a Turroch tan pronto? Apenas acaba de pasar la Navidad.

—El tiempo es impredecible, y esto no puede esperar mucho más. Ya hemos cumplido lo que queríamos —dijo—. Estamos unidos por el rito de las manos sin que James se haya enterado de ello, y el contrato matrimonial ha sido redactado y firmado. El padre Padruig me ha prometido entregarme una copia para que se la pueda enviar al rey por medio de un mensajero. También debo enviarle un informe en el que explique lo que haya encontrado en Kinlochan y lo que sepa acerca de las lealtades de James MacNechtan.

— ¿Quién va a ir contigo? —quiso saber Isabella.

—Mis hombres. Jacob ha aceptado, y también Quil. El resto de tu gente se quedará aquí. Yo me entrevistaré con James dentro de dos o tres días.

—Querrá sólo guerra.

—Estaremos preparados para luchar.

Isabella abrió la boca para decir algo, pero se contuvo. Edward vio el brillo de las lágrimas en sus ojos. Ella se puso de pie, murmuró una despedida de buenas noches y se alejó.

Finan levantó la cabeza con curiosidad y se incorporó para ir detrás de Isabella. Ésta, en vez de irse a su taller, como hacía tan a menudo por la noche, subió las escaleras de madera cubiertas de pizarra que conducían a su dormitorio, situado encima del salón. El perro la acompañó, pisando sin hacer ruido, hasta que ambos desaparecieron.

Edward se quedó largo rato contemplando los escalones vacíos. La tentación de tomar a Isabella en aquel momento, aquella noche, era tan intensa que el impulso lo hizo vibrar. Pero, por muy desesperado que estuviera por estar con ella, sabía que debía distanciarse de momento.

Cerró el puño sobre el muslo y apuró el resto del vino de un solo trago. Después se quedó inmóvil en su sitio.

Billy inició una melodía sedante con el arpa, y después otra. Edward sintió que su tensión iba disminuyendo poco a poco. Los demás empezaron a movilizarse en busca de sus camas, de uno en uno, y algunos de los caballeros ya se habían desplazado hasta el otro extremo del salón para disponer sus jergones; los tres jóvenes escuderos hacía tiempo que se habían retirado, y sus cabezas asomaban por encima de las mantas.

Siguió sentado a solas en su banco mientras Billy tocaba. Por fin se puso en pie, se despidió con un gesto de cabeza a quienes lo estaban mirando y se dirigió escaleras arriba hacia el piso superior.

Abrió con cuidado la puerta del dormitorio de Isabella. Oyó su respiración regular, que emanaba del refugio de la cama protegida con cortinas de tartán oscuro. La pequeña habitación se encontraba situada encima de la parte principal del salón, de manera que estaba caldeada y bastante cerca, y aún se oía el sonido del arpa, débil pero claro. En un rincón, el brasero de hierro desprendía suficiente luz rojiza para dejar ver el jergón formado por tartanes que ella le había preparado.

Ella misma lo había comentado; estaba totalmente de acuerdo con él. Era mejor mantener las distancias.

Finan dormía enroscado cerca del brasero, sobre un jergón de paja. Al ver pasar a Edward, alzó la cabeza con escaso interés y volvió a dormirse con un perezoso coletazo.

Edward fue hasta la cama y abrió la cortina sin hacer ruido. Isabella era un montón de sombras en la oscuridad, su respiración un susurro. Percibió el aroma de lavanda y su femenino calor. Su cuerpo se inflamó como una llama. Extendió una mano para tocar la nube de su pelo suelto y deslizó los dedos hasta su hombro, por debajo del cobertor de piel. Isabella se giró y el cobertor resbaló, y entonces los dedos de Edward rozaron la piel desnuda de su escote. Ella se agitó en sueños y emitió un leve sonido gatuno. Edward sintió una contracción en la ingle, un dolor, una plenitud.

Retiró la mano, respiró hondo y maldijo su orgullo y todas las metas que se había fijado en la vida. Cerró la cortina de un tirón y se dio la vuelta.

Tras quitarse sólo las botas y las calzas de lana, se tendió en el suelo de madera apenas mullido por unos tartanes. Lanzó un profundo suspiro y oyó su suave eco desde la cama. Entonces se volvió de costado, y se quedó dormido escuchando el arpa.

.

Isabella aguardaba junto a la Doncella mientras los copos de nieve flotaban, ingrávidos y veloces, a su alrededor. Tenía a Finan a su lado, describiendo círculos impaciente, con su larga cara y sus grandes ojos castaños interrogantes y suplicantes. Estaba claro que no le gustaba estar allí fuera en semejante día.

Las puertas de Kinlochan se habían abierto temprano, y cuando salió con el perro a la zaga, fueron pocos los que se percataron de ello. Los hombres del patio estaban ocupados en las necesarias tareas de caballeros preparándose para partir, mientras que las mujeres se encontraban todas en el salón y en la cocina, sin duda seguras de que Isabella estaba entretenida en su taller.

Los vio congregarse dentro de las puertas, Edward a lomos de su semental de color crema, los demás montados en sus propios caballos, Jacob y Quil en percherones de pelaje oscuro. Las cotas de malla y las armas relucían a la pálida luz.

Isabella miró hacia arriba. El cielo se veía de un blanco polvoriento y caía una nevada que podía intensificarse o amainar. Cuando volvió a mirar hacia Kinlochan, vio que los jinetes estaban ya saliendo por las puertas abiertas, una hueste de caballos y hombres armados, una severa visión de poderío.

Dedicó una breve mirada a la isla. Emmett seguía oculto en ella, aunque en los pocos días que habían transcurrido desde Navidad había pasado menos tiempo en las ruinas del brocha donde se las había arreglado para mantenerse caliente a pesar del mal tiempo. Su brazo se había fortalecido rápidamente, e Isabella sabía que ya era capaz de remar él mismo para ir y venir de la orilla y que a veces salía antes del alba o regresaba antes de que oscureciera, cuando Jacob llevaba a Rosalie en secreto para pasar la noche con su marido.

El lago aún no se había helado, pero cuando lo hiciera tendría que encontrar otro escondite. Isabella sospechaba, aunque Rosalie no lo había dicho, que ella y Emmett volverían pronto a su casa en las colinas. Probablemente, Rosalie anunciaría a los suyos que ya estaba harta de compañía y que estaba lista para vivir sola por muy mal tiempo que hiciera.

Ahora comprendía muy bien la profundidad y la pasión de la devoción que Rosalie y Emmett sentían el uno por el otro. Dejó escapar un suspiro y observó cómo los caballeros rodeaban al trote el extremo del lago, Edward y Jacob al frente.

A través de la cortina de nieve que caía vio al mágico guerrero de su sueño cabalgando hacia ella una vez más. El corazón le dio un vuelco y cerró los ojos durante breves instantes, saboreando el recuerdo de la pasión que había estallado entre ambos igual que una llamarada. Si él la dejase, guardaría para siempre aquel recuerdo suyo; si él la dejase, rezó por llevar dentro de sí un hijo suyo que transmitiera la sangre de su clan. Y que le proporcionase una parte de él.

Se apartó del refugio de la Doncella de Piedra y permaneció allí de pie, envuelta en su largo tartán, como una pequeña hermana gemela de la piedra. Edward frenó su montura. Cuando Jacob y los demás frenaron también, él les hizo una seña con la mano para que continuaran y se acercó a caballo hacia Isabella.

Ella alargó la mano para coger la brida del semental y miró a Edward.

—Quería hablar contigo antes de que partieras —le dijo.

—Si te preocupa el tiempo, no temas —repuso él—. Regresaremos temprano.

—No es eso. Hay una cosa que debo decirte.

—Turroch no se encuentra lejos. Hablaremos de las condiciones del rey y volveremos antes de que la nevada decida qué clase de tormenta quiere traernos hoy. —Sonrió con ojos tan verdes como la grama en plena primavera—. Ve adentro. No es seguro para ti estar aquí fuera sin una guardia.

—Tengo conmigo a Finan Mór, y además siempre estoy segura con la Doncella —replicó Isabella. Él le dirigió una mirada de duda—. Baja del caballo, hay una cosa que debo hacer.

—Lo que puedes hacer es regresar a la fortaleza lo más rápidamente posible. Finan, a casa —ordenó, señalando—. Lleva a tu dueña a casa.

—Finan, quieto —dijo ella. El perro lloriqueó y caminó en círculo—. No lo atormentes —dijo dirigiéndose a Edward—, ahora te ofrece su lealtad igual que a mí, quiere complacernos a los dos. Baja del caballo, necesito sólo un momento contigo.

Edward alzó una ceja en un gesto lacónico, y acto seguido suspiró y descabalgó con un crujido y un tintineo de acero y cuero. Parecía erguirse muy por encima de ella, y por un momento Isabella recordó el primer día en que pasó un rato con él en la abadía de Dunfermline, cuando hizo de guardia de honor para ella, paciente, fuerte y apuesto.

— ¿Qué? —preguntó. Ella le cogió la mano y lo apartó del caballo de forma que mirase de frente a la Doncella de Piedra.

—Si insistes en reunirte con James, debo darte un conjuro que te proteja —le dijo.

—Isabella, todo va a ir bien, no necesito...

—Calla —replicó ella—. Debo hacerlo por mí misma tanto como por ti. No puedo quedarme viendo cómo vas a ver a los MacNechtan sin un seun* que te proteja. —Le cuadró los hombros de forma que quedase mirando a la Doncella y a continuación empezó a caminar a su alrededor en el sentido del sol, hablando al mismo tiempo.

Un escudo de niebla pongo sobre ti,

Del brezo y de la montaña,

De la piedra y del mar,

De la doncella y del hombre,

Hasta que vuelvas a mí.

Le puso una mano en el pecho sintiendo el frío de la cota de acero bajo la palma.

—Ninguna hoja te herirá, ninguna flecha te alcanzará, ningún fuego te quemará. Un escudo de ángeles llevas alrededor, un escudo de hadas. Que vuelvas a mí igual que te alejas de mí.

Cerró los ojos e inclinó la cabeza, sin levantar la mano de su corazón, y permaneció durante largos instantes en silencio, con el gélido viento, húmedo de nieve, soplando entre los dos.

Cuando abrió los ojos, Edward la estaba observando fijamente con mirada penetrante y profunda. Le tomó el rostro entre los dedos y sin decir nada, velozmente, se apoderó de su boca en un hambriento beso. Isabella inclinó la cabeza hacia atrás y sintió que se le doblaban las rodillas bajo su propio peso. Por fin Edward la liberó y dio un paso atrás, con su mirada clavada en la de ella.

—Ahí tienes mi bendición —le dijo, y a continuación dio media vuelta, dio unos pasos bajo la intensa nevada, montó su caballo y se alejó a un ligero galope.

Isabella se tocó los labios con los dedos, mirándolo. Cuando llegó a la altura de sus compañeros, la nieve lo había ocultado de la vista.

Isabella aún percibía el lazo de unión entre ellos, semejante a un hilo de plata. Y también percibía la sutil tensión que se cernía sobre él, y eso hizo que se sintiera, de pronto, profundamente asustada.


Clarsach – Arpa celta

Seun – No tiene traducción exacta, pero por el contexto debe ser un conjuro, una protección. Es muy probable que signifique una de las dos.


Ach Dhia, yo también estoy profundamente asustada. ¿Irá todo bien en la reunión con James en Turroch?

No se ustedes, pero me gusta que Edward e Isabella sean más abiertos... :3

Un beso y un abrazo,

Dani.